Títiro, el genio superior de Apeles

 

Títiro, el genio superior de Apeles,
solo artífice al émulo de Aquiles,
pidió a Fidias prestados los buriles
y le usurpó a Lisipo los cinceles.

E invidiando del Griego los pinceles,
en sus esfuerzos se infundió sutiles,
corrigiendo a mil siglos los perfiles
de linos, leños, bronces, mármol, pieles.

Aquí es verdad la secta, y aquí hallara
del cielo ese fatal desasosiego
seguro Atlante de sus lumbres puras.

Pues si Naturaleza se cansara
de tan contino obrar, pudiera el Griego
ayudarle a sacar las criaturas.

Divino Griego de tu obrar no admira

 

Divino Griego, de tu obrar no admira
que en la imagen exceda al ser el arte,
sino que de ella el cielo por templarte
la vida deuda a tu pincel retira.

No el sol sus rayos por su esfera gira
como en tus lienzos. Basta el empeñarte
en amagos de Dios: entre a la parte
Naturaleza que vencer se mira.

Émulo de Prometeo en un retrato
no afectes lumbre, el hurto vital deja,
que hasta mi alma a tanto ser ayuda.

Y contra veinte y nueve años de trato,
entre tu mano y la de Dios, perpleja,
cuál es el cuerpo en que ha de vivir duda.

Al túmulo que hizo el Griego en Toledo para las honras de la reina Margarita, que fue de piedra

 

Huésped curioso, a quien la pompa admira
de este aparato, real milagro griego,
no lúgubres exequias juzgues ciego,
ni mármol fiel en venerable pira.

El sol que Margarita estable mira
le arrancó del fatal desasosiego
de esta vana región, y en puro fuego
vibrantes luces a su rostro aspira.

Al nácar que vistió cándido pone
Toledo agradecido, por valiente
mano, de creta caja peregrina.

Tosca piedra la máquina compone
que, ya su grande Margarita ausente,
no le ha quedado a España piedra fina.

Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, poeta, Madrid, 1580-1633
A un rayo que entró en el aposento de un pintor   Ya fuese, Griego, ofensa o ya cuidado que émulo tu pincel de mayor vida le diese a Jove, nieve vi encendida, el taller de tus tintas ilustrado. Ya sea que el laurel horror sagrado guardó la lumbre, ya que reprimida la saña fue de imagen parecida, desvaneció el estruendo, venció el hado. No por tus lienzos perdonó a Toledo el triunfador del Asia; antes más dueño, gobernaste del cielo los enojos. Envidia los mostró, templolos miedo, y el triunfo tuyo su castigo o ceño hiciste insignias, cuando no despojos.
A un retrato de Pedro de Valencia cojo, por Filipo, pintor   Esta en caducas tintas espirante verdad, que al lino eternidades fía, tanto a la muerte es hurto, cuanto al día de la virtud crepúsculo durante. Reliquia es, no copia del flamante sol de las ciencias, que entre sombra fría, soberbiamente grata, desafía del mismo origen la igualdad constante. Valencia grande, no el pincel valiente de Filipo, tu bulto ilustre anima tu genio, si eficaz aun en su idea. Siempre vives por ti, siempre presente serás a todo siglo, a todo clima. ¡Oh, dure España y tanta gloria vea!
Obró a siglo mayor, mayor Apeles   Del Griego aquí lo que encerrarse pudo yace. Piedad lo esconde, fe lo sella, blando le oprime, blando mientras huella zafir la parte que se hurtó del nudo. Su fama el orbe no reserva mudo humano clima, bien que a oscurecella se arma una envidia y otra: tanta estrella nieblas no atiende de horizonte rudo. Obró a siglo mayor, mayor Apeles, no el aplauso venal, y su extrañeza admirarán, no imitarán edades. Creta le dio la vida y los pinceles; Toledo, mejor patria donde empieza a lograr con la muerte eternidades.
A unos ojos negros   Hermosos negros ojos, blanco de un hombre que os ofrece en suma a sí todo en despojos, lenguas me quiero hacer con esta pluma, y sea yo tan dichoso que ojos se haga vuestro dueño hermoso. Oh queridas estrellas, que entre los velos de la noche negra, con turbadas centellas, entretenéis la luz que al mundo alegra, por tomar a porfía de la noche el color, la luz del día.
¡Ay ojos!, que sois hojas   ¡Ay ojos!, que sois hojas, aunque negras, de temple toledano, que en sangre de almas rojas, muerto dejáis el cuerpo, extraña mano, terrible golpe y fuerte, que con espada negra dais la muerte. Son vuestros filos tales, que entre negras cautelas los admiro, obráis sí, dulces males, como enemigo al fin hacéis el tiro, por encubrir la espada tiráis con vaina y todo la estocada. Ojos, el que no os ama, quédese en blanco, pues lo negro deja, que yo en mi ardiente llama no pido libertad, ni tengo queja; pues por tal hermosura pido al amor que dé negra ventura.
Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, poeta, Madrid, 1580-1633

cuando Paravicino solo tenía dieciocho años, en 1598, Matías de Porres le pidió algunos poemas para el opúsculo que preparaba con las composiciones del certamen organizado por la Universidad de Salamanca para honrar la muerte de Felipe II; esta fue la respuesta que, al parecer, le dio el joven:

Siendo tal vuestro tesoro,
veros pedir me ha espantado,
y culpo vuestro decoro,
pues echáis desde el tablado
los más amigos al toro.

En el cascarón metido, el señor volamatriz para un elogio infeliz octavas ha repartido. Aunque han cortado y cosido, siempre parece Alarcón este elogio tolondrón, pues es, cuanto más se adoba, cada octava, una corcova, y, cada verso, un chichón.   Fray Juan de Centeno, seudónimo de Félix Paravicino para el Elogio descriptivo -ver documento-)
De amiga idea, de valiente mano De amiga idea, de valiente mano, molestado el metal, vivió en mi bulto, émulo tibio; y el intento vano, si vida se usurpó, me rindió culto. Bien así, ¡oh, huésped!, doctamente humano copias perdona de mi genio culto, cuando aun la Fama del pincel presuma, que no hay de mí más copia que mi pluma.
Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, poeta, Madrid, 1580-1633