Medianoche

Medianoche bien entrada en su forma oscura,
donde se mueven libres las sombrías visiones de los náufragos,
donde se liberan murmurantes como el mar en su espuma los dolores,
mi corazón hoy gime al ver tu espalda de bruma,

Caminante vigorosa, vertiginoso trajinar de silencio y de niebla,
cruenta noche de cuerdas que eres fría como la luna,
tú no eres negra noche, eres de silencio y eres de lluvia,
punzante como una guitarra me socavas a la una.

Una canción centellante que divaga en la distancia,
hace mecer las espigas con su voz que gira en el viento,
es incontrolable ahora en tu cuerpo la nostalgia,
tu mirada de cristal hace contener mi aliento.

Medianoche, resuenas inocultable en cada paso,
en los charcos de la calle por donde pasan las pisadas,
en los niños que ahora duermen y han callado,
en un chillido que es el canto perpetuo de mi alma.

Quiero gritar ahora noche, ser la voz cantante, ser un soplo,
estrofas de miel, con las cuerdas destruir las penas,
ser itinerante, dibujar con palabras las encantadas flores,
transcurrir en tu presencia sin llorar, sin agobiarme.

Una palabra entonces, noche de hiel me has deparado,
y yo cabalgo las palabras y sin quererlo las amo tanto,
que esta noche susurrante cuando más profundo sea el silencio,
trataré sin poder de silenciar mi incontrolable canto.

Tiempo

Por los escuetos senderos inciertos del tiempo,
Huye mi vida, sin voz, y en silencio,
Se va haciendo fuerte y más fuerte el viento,
Que empuja la barca en el Halis perpetuo.

Mil poemas épicos como latinos y griegos,

Marchan silenciosos, casi ocultos, más austeros,
Mientras el ruido frenético de miles de cuervos,
Va entrenando el alma para el zumbido eterno.

Entretanto las palabras reductos de hierro,

Ya no dicen nada al inefable silencio,
Retumban doloridas por un pasaje muerto,
Mientras vertiginosos marchamos, olvidados, resueltos.

Para que al fin en la noche pálida de hielo,

Cuando el tiempo apretado por débiles dedos,
Al irse muy raudo, silencioso y siniestro,
Nos despoje arrojados hacia el trance eterno.

En la presunta noche

En la presunta noche del presunto espanto,
de lo transeúnte donde, la palabra es tanto.

Y es tan poco aquello que emerge distante
de lo recóndito gesto, mueca de un instante.

Donde alarga sus brazos el futuro incierto,
y anhelos pasados, gimen en su esfuerzo.

No te vayas entonces noche pendenciera,
que mis pies son bronces y mi alma quimera.

La Historia

Por los vetustos pasajes rutilantes del tiempo,
Se ve pasar la vida, ya sin vida, sin aliento,
Arrastrada por los tigres imberbes y en cortejo,
Devorando silencio con falsarios colmillos hambrientos.

Siempre hacia el ocaso cigüeñal de renacidos muertos,
Y murmurando embustes, tramando entuertos,
Tejiendo con silbidos los entramados verbos,
Que deslizándose cautos van cultivando el tiempo.

Inhóspito entonces se ve caducar el viento,
De los que sin morir, con plena vida han muerto,
Presas del silencio de los encumbrados cuervos,
Que rapan los ojos zarcos de los tigres siniestros.

De modo que Kant, Fernando y Asencio:
El sujeto inmortal, el cotidiano y el quimérico,
Ya nunca serán lo que de veras fueron,
Sino una intención vulgar en un festín gatesco

Iván Andrés Cadabid Guerrero, poeta, San Juan de Pasto (Colombia), 1978

Oscuridad

Si pudiera entender lo que siento,
podría escribir lo que entiendo,
podría decir lo que pienso,
y sentir apasionado las palabras que digo.

Y sentirme bien con lo que escribo,
y sentirme bien con lo que siento,

Endilgar una palabra a cada cosa,
y con cada cosa remitirme a un sentimiento,
describir que la vida es una y demasiado corta,
que se agita, cambia y es incierta como el viento.

Pero en la oscura noche de mi vida,
donde camino aletargado el infierno,
se hacen reproches contra el tiempo,
y se hace insoportable la espina,

Preferiría dormir para siempre en la inconsciencia,
o perderme en la playa incierta del olvido,
feriar mi pensamiento a las vanas cosas de la existencia,
no tomarme más en serio el destino.

Pensar en los buenos días de mi vida,
donde sin razón se hace feliz el tiempo,
no se siente el olor de la flor marchita,
en la primavera precoz del sentimiento.

El mundo circular

El mundo es circular como el alma vagabunda del mendigo,
El cual sabía desde el principio irregular del tiempo,
Que aunque mil ángulos tenga el trasfondo misterioso del mundo,
Ninguno encaja perfecto en la cuadratura hipocrática del círculo.

Heracles sempiterno, bajo el cuenco del cielo sólido y broncíneo,
Voraz de historias vencedor de Cicno, galopa argivo hacia el fatum,
Eleva como Perses para dar a Edipo, el rayo, de Briareo en infeliz petitum,
El geómetra se desploma ante la mano que traza el triángulo infinito.

Ariadna seducida entregó el hilo, lo mismo que Loew al golem fatídico,
Si un aleph dueño del misterio de lo vivo cuando lo vivo yerto,
Antagónico texto de Borges, una totalidad esférica inmersa en lo recto,
Tus palabras encantadas quizá esta noche cuestionen lo verídico.

Y mi alma quizá se ensanche entonces ante Heracles y el mendigo,
La fuerza del segundo, carente de todo, hasta de destino,
Ya lo hubiera querido Odiseo, o Penélope al arrebatarlo a este de Calypso,
La condena del golem, de Odiseo, la muerte, la ausencia y la ceguera de Edipo.

Falacias inmortales, combatieron sofísticas a Sócrates, Eutidemo erístico,
Veintiuna fueron, dice Aristóteles, como la edad de tus ojos negros,
Como las palabras relevantes de este poema anaximante, etéreo,
Como el símbolo numérico de la Kabbalah, del purificador oráulo pítico.

Todo se conjuga, hace poco más de mucho tiempo se consume lo rígido,
Pero ahí sigue mi vida, en la piedra de Machines, en un calendario,
En una inscripción del tiempo circular, como el mundo infinito,
En una calle de mi Pasto, que lo conozco, de sus aceras que en mis noches lejanas camino…

Presunción y espanto

En la presunta noche, del presunto espanto,
de lo transeúnte donde, la palabra es tanto,

Y es tan poco aquello, que emerge distante,
de lo recóndito gesto, mueca de un instante,

Donde alarga sus brazos, el futuro incierto,
y anhelos pasados, gimen en su esfuerzo,

No te vayas entonces, noche pendenciera,
que mis pies son bronces y mi alma quimera.

El barquero

Mientras la vida pasajera como el río, atraviesa el tigre y gime en albores de medio día, espantando al buitre y a la medianoche en su intensa agonía, me indaga y arrebata, arrebata el alma mía. Oh barquero tan temido, tan ruin, tan del más allá labriego, que por dos monedas me cruzaras el río, y yo con qué te pagaré, si ni un solo plan he podido concretar en vida, mucho menos creo que tenga listo uno para la partida.

Y cambia mi vida, y también mi amor por voz, pues cuando te dije que te amaría por siempre no pensé que era una mentira, que ya no te amo y no invadirías ni un solo pensamiento de mi día…

Iván Andrés Cadabid Guerrero, poeta, San Juan de Pasto (Colombia), 1978