Abrigos

 

Le vi salir del hospital
con un abrigo de mujer sobre el brazo.
Evidentemente ella no lo iba ya a necesitar.
Las gafas de sol que llevaba no podían
ocultar su cara húmeda y su desconcierto.

Como una burla el día era brillante
y suave el aire para ser diciembre. Aun así
se subió la cremallera de su abrigo y se ató
la capucha bajo la barbilla, preparándose
para un frío irremediable.

La pera

 

Hay un momento en la madurez
en que te aburres, encolerizado
por tu mente mediocre,
aterrorizado.

Ese día el sol
deslumbrante te quema
y te hace sentir más desolado.

Pasa sutilmente como cuando una pera
se pudre de dentro afuera
y tú tal vez no lo adviertes
hasta que es demasiado tarde.

Galleta

 

EL perro ha limpiado su cuenco
y su recompensa es una galleta
que yo pongo en su boca
como un sacerdote ofrece la hostia.

¡No puedo soportar esa cara confiada!
Él pide pan, espera
pan y yo con mi poder
podría haberle dado una piedra.

Invierno seco

 

Tan poca nieve, que la hierba del campo,
como un fatal pensamiento,
no ha desaparecido del todo.

Mirando a las estrellas

 

No es el Dios del espacio curvo,
el seco Dios quien va a ayudarnos, sino el hijo
cuya sangre salpica
en el dobladillo del vestido de su madre.

No

 

La última oración había sido dicha
y era hora de alejarse
del ataúd, en sereno equilibrio sobre su andamiaje
plateado junto al agujero abierto
que olía como un campo recién gradado.

Y entonces oí un ruido que no parecía
humano. Era más bien como el viento
entre los árboles sin hojas, o como el ganado mugiendo
en un establo lejano. Me detuve,
con una mano sobre el techo del coche,
mientras el sonido subía de tono, y luego
adquiría coherencia verbal: «¡No, no me hagan
esto a mí! ¡No, no…!». Y cada uno de nosotros
permaneció donde estaba, dudando entre
quedarnos o dejarla allí.

Al descubrir un cabello largo y gris

 

Friego las largas tablas del suelo
de la cocina, repitiendo
los movimientos de otras mujeres
que habitaron esta casa.
Y cuando descubro un cabello largo y gris
flotando en el balde,
siento mi vida sumada a las de ellas.

El pretendiente

 

Nos acostamos dándonos la espalda. Las cortinas
suben y bajan
como el pecho de alguien que duerme.
El viento mueve las hojas del viejo boj,
mostrando sus claros reversos
al dar la vuelta todas a la vez
como un banco de peces.
De pronto, comprendo que soy feliz.
Durante meses este sentimiento
se ha estado acercando, ha permanecido
en breves visitas como un tímido pretendiente.

Reunión al aire libre en septiembre

 

Nos sentamos con amigos a la mesa
redonda de cristal. La charla es inteligente;
todos están a la altura. Las abejas
se acercan a las helicoidales mondas de pera
de tu plato.
Desde mi regazo o tu mano
el sabor de nuestra intimidad matinal
sale a la superficie. El sol de otoño
pasa a través del vino.

Jane Kenyon, Usa, 1947-1995

Al solsticio de invierno

 

Los pinos parecen negros en la media-luz del alba.
Quietud…
Mientras dormíamos, una pulgada de nieve simplificó el campo.
Hoy, entre todos los días, el sol no brillará más que es meramente necesario.

Anoche, dentro la iglesia del pueblito, los niños
–pastores y sabios–
empujaron cerca el pesebre, en obedencia, deseando solo que pasa el tiempo.
La niña vestido como María se estremecía – agachándose sobre el heno acre;
y –como la Madre del Cristo– se preguntaba por que ella estaba La Elegida.

Después del cuadro vivo: un alboroto de tarjetas, regalos y dulces navideños…
Algunos se quedaron para despejar de los bancos los fragmentos y cintas vividas;
también para levantar a su sitio tradicional el púlpito.

Cuando abrí la biblia centenaria por leer el cuento de Luca sobre la Epifania,
polvo negro de la encuadernación cayó sobre mis manos –y el mantel.

Mientras estuvimos discutiendo

 

Cayó la primera nieve – o debería decir:
Voló oblicuamente y parecía como
la casa se movía descuidadamente por el espacio.
.
Las lágrimas salpicaron como abalorios en tu pulóver.
Pues, para unos largos momentos, no hablaste.
Ningún placer en las tazas de té que hice distraídamente a las cuatro.
.
El cielo se oscureció. Oí el arribo del periódico y salí.
La luna oteaba entre nubes disintegrandos.
Dije en voz alta:
“Mira, hemos hecho daño.”

La nieve y una mañana oscura

 

Cae sobre el topillo del campo que empujar con el hocico
en alguna parte de las malas hierbas;
cae en el ojo abierto del estanque.
Y hace venir tarde el correo.
.
El trepador hace espirales de frente/abajo en el árbol.
.
Estoy adormilada y benigna en la oscuridad.
No hay nada que quiero…

Invierno seco

 

Tan poco de nieve…
La hierba del campo es como
un pensamiento terrible que
nunca desapareció completamente…

Sola por una semana

 

Hice una lavada de ropa
y la colgué para secar.
Subí al pueblo después fui al centro
y me entretuve todo el día.
La manga de tu camisa más fina
ascendió solemnemente
cuando llegaba en el carro
nuestras ropas de dormir
se enlazaron y desenlazaron
en una pequeña ráfaga de viento.
Para mí se estuvo haciendo tarde; estaba
para ti, donde estabas – no.
La luna de otoño estaba llena
pero las nubes escasas hacían su luz
no exactamente fidedigna.
La cama en tu lado parecía
ancha y llana como Kansas;
tu almohada estaba rellena, fresca, alegórica…

———————————————————————————————–

Una semana de soledad

 

Lavé un montón de ropas
y las colgué para secarse.
Pues fui al pueblo
y me mantuve todo el día.
La manga de tu mejor camisa
subió ceremoniosamente
cuando regresé en el carro.
Nuestros camisones entrelazaban y destorcían
en una racha de viento.
.
Para mí, se tornaba tarde;
para ti, donde estabas, no.
Había una luna de cosecha, y llena,
pero unas nubes escasas crearon
una luz no bastante fiable.
Nuestra cama (de tu lado) parecía
tan ancho y plano, como Kansas;
tu almohada estaba rolliza, fresca,
y alegórica…

Jane Kenyon, Usa, 1947-1995

Indolencia durante un invierno temprano

 

Llega una carta de unos amigos –
¡Déjenlos divorciarse, todos,
pues casarse de nuevo y volver a divorciarse!
Perdóname si me quede frito…

Yo debería avivar el fogón de leña,
ojalá que lo había hecho la hora pasada.
La casa se volverá frío como la piedra.
¡Fabuloso – no tendrá que hacer el balance con mi chequera!

Hay un amontonamiento precario de correo sin respuesta
y el gato lo derrumba cuando viene por verme.

Y quedo aquí, en mi silla,
enterrado bajo los escombros
de matrimonios fallidos,
formularios para renovar suscripciones de revistas,
cuentas,
amistades caducadas…

Es el sol que provoca esta clase de consideración.
Parte del cielo más y más temprano cada día, y se va en algún lugar,
como un marido preocupado,
o como una esposa melancólica.

Los primeros días de la barba incipiente

 

1. Una página de puntos de exclamación
2. Una clase de cadetes en posición de firmes
3. Una escuela de anguilas
4. Viajeros suburbanos en pie en la tren
5. Un lecho de clavos para un swami
6. Mástiles de paises desconocidos
7. Ciempieses descansando en sus laureles
8. Las uñas del pie de la cara

Los calcetines

 

Mientras estabas fuera
emparejé tus calcetines
y los rodé en pelotas.
Pues llené tu cajón con
puños morenos apretados.

La camisa

 

La camisa toca su cuello
y alisa sobre su espalda.
Se desliza sus costados,
aun descende abajo de la cintura
– dentro de sus pantalones.
¡Qué camisa afortunada!

Los primeros días de la barba incipiente

 

1. Una página de puntos de exclamación
2. Una clase de cadetes en posición de firmes
3. Una escuela de anguilas
4. Viajeros suburbanos en pie en la tren
5. Un lecho de clavos para un swami
6. Mástiles de paises desconocidos
7. Ciempieses descansando en sus laureles
8. Las uñas del pie de la cara

Jane Kenyon, Usa, 1947-1995