Apagad las luces

 

En silencio. Que no se caiga el rocío
que tiembla en la punta misma de las pestañas;
sin hacer ruido. silenciosamente. sin patetismo,
a aquella noche le digo: no fuiste de las peores.

Con las alas de la guarda
de las tinieblas, no nos envolvió tu ángel,
que con nosotros estaba, oh noche seria
después de frívolas noches, con violencia.

Y el grito que por tu alfombra se extiende
cuando de horror las manos nos estrechamos,
ese espantoso grito que puede oír cualquiera todavía,
una llamada dulce es para mí.

¡Apagad las luces! que no se caiga el rocío
que tiembla en la punta misma de las pestañas;
sin hacer ruido, silenciosamente, sin patetismos,
digo: cuál, cuál era la claridad

de aquella noche en que todo oscureció,
en que todos como sombras
en su tronco se encogieron.
Sé bien, sé muy bien que entonces hubiera sido mejor
oír el estruendo.

Canción

 

Agita un pañuelo blanco
el que se despide.
Cada día acaba algo,
acaba algo muy hermoso.

La paloma mensajera bate el aire con las alas,
de vuelta a casa.
Con esperanza y sin esperanza
siempre volvemos a casa.

Sécate las lágrimas
y sonríe con los ojos llorosos,
cada día empieza algo,
empieza algo muy hermoso.

Canción de amor

 

Oigo lo que no oyen los demás,
pies descalzos pisando terciopelo.

Suspiros bajo el sello de una carta,
el estremecimiento de las cuerdas, cuando no vibran.

A veces, huyendo de la gente,
veo lo que no ven los demás.

El amor, vestido con la risa
que se oculta en las pestañas, cubriendo los ojos.

Cuando aún tiene copos de nieve en los bucles,
veo florecer la rosa en el rosal.

Oí al amor partir
cuando unos labios por primera vez rozaron los míos.

Quién, sin embargo, detendrá mi esperanza:
ni siquiera el miedo al desengaño,

para que a tus rodillas no se ponga.
La más hermosa suele estar loca.

Jaroslav Seifert, poeta, Praga, 1901-1986

Pan y rosas

 

Entre dos polos se tensa el mundo
como la piel del asno.
La vida, entre dos cosas:
pan y rosas.

Se oye el mundo, redoblan los tambores.
Para cosas pequeñas, guerra grande.
Ganador y vencido vuelven a casa.
¿Qué distancia, qué distancia haya casa?

Dos dados, dos palabras maravillosas,
en la corneta de la historia: pan y rosas.
Volver a tocar sobre el tambor volcado
moviendo con violencia la corneta en las manos.

Sobre la piel de asno del tambor de guerra,
para nuestro amor, el hambre y la muerte espera.

¡Addio, hermosa llama!

 

¡Addio, hermosa llama!
La canción se ha herido levemente la frente
y aquella a quien iba dirigida, ha callado
lo que no podía pronunciarse.

¡No enciendas! Durante el crepúsculo
las palabras no parecen tan audaces.
¡Addio, hermosa llama!
La canción se ha herido levemente la frente.

Y ambos estaban confundidos.
Titubeando abrió la ventana.
Cayó la luz nocturna sobre el día.
Ya lo lejos Praga se sonrosaba.
¡Addio, hermosa llama!

El barco en llamas

 

Emprendí el camino al anochecer.
El que busca
suele ser esperado.
Al que espera, le encuentran.

Fui dejando detrás pequeñas ciudades dormidas,
rincones tejidos de hiedra,
donde quedaba aún algo de la música
de primavera,
hasta que me atrapó la noche.

En su oscuridad estalló una llama.
Alguien gritó:
¡Arde el barco!
La lengua apasionada de la llama
rozaba la desnudez del agua
y los hombros de la joven
temblaban de placer.

Bajo las nerviosas ramas del sauce
que daba sombra a la fuente,
en cuyo fondo se oculta la tiniebla
cuando hay luz,
vi a una joven.

Empezaba a amanecer.
Ella intentaba bajar del brocal
un cubo mojado.

Tímidamente le pregunté
si había visto la llama.
Me miró con sorpresa,
volvió hacia atrás la cabeza
y un momento después, dudando, asintió.

El tímido susurro de la boca besada…

 

El tímido susurro de la boca besada
que sonríe: Por un sí,
que hace tiempo no escucho.
Ni tampoco me toca.
Sin embargo quisiera encontrar aún palabras
que estén amasadas
de miga de pan,
o de olor de tilos.
Pero el pan se ha puesto mohoso
y el perfume amargo.

Y en torno a mí se arrastran palabras de puntillas
y me ahogan,
cuando quiero asirlas.
Matarlas no puedo,
y a mí me matan.
¡Y retumban las puertas a golpes de maldiciones!
Si pudiera obligarlas a bailar para mí
se quedarían mudas.
Y aún cojearían.

Sin embargo sé muy bien
que el poeta está obligado siempre a decir más
que lo que esconde el rumor de las palabras.
Yeso es la poesía.
De lo contrario con la palanca del verso no podría
hacer saltar el capullo de los melosos goznes
y obligar al escalofrío
a que nos recorra la espalda
mientras desnuda la verdad.

Tórtola, cállate…

 

Tórtola, cállate, deja de arrullar,
en estos parajes a nada procurarás dulzura
y golpea la piedra con el ala indefensa
para que se levante el rabino,
lleva ya mucho rato durmiendo.

Con ondulación de tumba, que vaya a la sinagoga,
pues aquellos que marcharon hace tiempo
algunas veces regresan,
que los vivos se van siempre
y el mundo se quedaría vacío.

Que entre en el umbral y peine el crepúsculo
de barba gris.
Aquí está la primavera, el tiempo de Pascua empieza
y ha llegado ya el momento
de cantar el Cantar de los cantares
delante del cortinaje de la tora.
Que empiece el cantar,
escucharemos aquel grandioso cántico de muerte,
el cantar más triste de todos los cantares
escritos no hace mucho sobre la pared húmeda.

Que los nombres de los asesinados
pegados con sangre
caigan en la cúpula del cementerio y que le entierren.
Ya es bastante viejo.

Las piedras que en pie seguían
se inclinan e inclinadas caen al suelo.
¡Qué se oiga su voz
en el valle del silencio
y esparza ya aquellas manchas
que bailan entre las tumbas!
Su capa
está tejida de hedor de putrefacción
y los huecos de sus ojos con escamas de peces
están pegados.

Cuando ya incluso la mezuza tan sagrada
ha perdido su poder,
cuando ya ni siquiera las oraciones llegan
y caen atrás como flechas a mitad del camino,
quizá se abra paso su cantar
hacia el cielo cerrado.

Un arco iris de siete cintas
se tiende en el paisaje de primavera.
¿Qué es lo que huele? , huele el aire
y algo más huele en mayo:

la rosa silvestre.

Esas hojas suyas inocentes
son el saludo de antaño para mí tan querido.
No, no te cambiaría por otras,
ya fueran las más bellas rosas,

rosa silvestre.

Veo a mi madre cuando era joven.
Va por la hierba y lleva una rosa.
Mas cuando cae la flor del arbusto
la imagen de nuevo se desvanece,

rosa silvestre.

Jaroslav Seifert, poeta, Praga, 1901-1986

El grito de los fantasmas (fragmentos)

 

I

En vano nos agarramos a las telarañas flotantes
y al alambre de púas.
En vano apoyamos el talón en la tierra
para no dejarnos arrastrar con tanto ímpetu
hacia las tinieblas, que son más negras
que la más negra noche
y carece ya de corona de estrellas.

Y cada día encontramos a alguien
que involuntariamente nos pregunta
sin abrir siquiera la boca:
¿Cuándo? ¿cómo? ¿y qué viene después?

Bailan y danzan aún un poco más
y respiran el aire perfumado,
¡aunque sea con el dogal al cuello!

 

V

Los labios de la joven se iban marchitando
como una flor arrancada
cuando se le escapaba el alma por la boca
y se diluía en el azul.

Tanagra sonreía
y la querida muñeca de la joven viviente,
iba sonriendo con la muerta hasta la tumba
para contemplar al punto
como el ángel de la putrefacción
se acercaba a su cuerpo
y le iba desgarrando la piel
con las uñas moradas.

Durante mucho tiempo aún vagaban espectros
por allí, y espantaban con sus voces a los vivos
que pasaban cerca.
Ahora hace tiempo que todo está tranquilo.

Apenas si detrás del matorral de retamas
descansan los viajeros a veces
y a los labios llevan flautas de caña
que guardan bajo la capa.

 

VI

¿Dónde he leído la canción
de esa fina túnica de muchacha?
De tan poco que se defendiera,
habría sido fácil de vencer.
Tan difícil que hubiera podido evitar su pecho
y deslizarse por la curva de la espalda,
pues el pecho mismo estaba en una palma
como anillo inocentemente atrapado
en la trampa del lobo.

Apenas si quedó un puñado de polvo
y basta.
Se alzaba y caía otra vez en lo oscuro
por todo el espacio del sepulcro.
Y por una grieta entre las losas,
como un ladrido de perros,
penetraba, cada tanto, el aroma de las violetas.

Ser poeta

 

La vida ya hace tiempo me enseñó
que la música y la poesía
son en este mundo lo más hermoso
que puede darnos,
excepto el amor.

En una antigua crestomatía,
publicada aún en tiempos del viejo Imperio austrohúngaro,
en el año en que murió Vrchlický
busqué el tratado que hablara
de poética y de los adornos poéticos.
Luego puse una rosa en un vasito,
encendí una vela
y empecé a escribir mis primeros poemas.

Inflámate, llama de las palabras, y arde,
aunque acaso me quemes los dedos.
Una metáfora sorprendente
es más que un anillo de oro en la mano.
Pero ni siquiera la metodología de Puchmajer
me sirvió de nada.
En vano recogía las ideas
y con fuerza cerré los ojos
para poder oír el misterioso primer verso.
En la oscuridad, lugar de las palabras,
entreví una sonrisa de mujer
y en el viento cabellos ondeantes.

Era mi propio destino
tras el que corrí, tropezando a veces,
sin respirar,
toda mi vida.

Consuelo

 

Señorita, señorita usted frunce el ceño
porque le ha llovido durante todo el día,
¿que podría decir aquella pequeña efímera
para la que llovió durante toda la vida?

La columna de la peste

 

2
Nuestras vidas se deslizan
como los dedos sobre el papel de lija;
días, semanas, años, siglos,
y había épocas en que pasábamos llorando
largos años.

Hoy todavía camino alrededor de la columna
donde con tanta frecuencia esperé
y escuché, cómo murmura el agua
de las fauces apocalípticas,
sorprendido cada vez
por la amorosa coquetería del agua,
que estallaba en la superficie de la fuente
mientras caía la sombra de la columna en tu rostro.

Esta era la hora de la Rosa.

Jaroslav Seifert, poeta, Praga, 1901-1986

Jardín de canal

 

1
He tenido que llegar a edad avanzada
para aprender a amar el silencio.
Conmueve a veces más que la música.
En el silencio aparecen señales emocionadas
y en las encrucijadas de la memoria
detectas nombres
que el tiempo pretendía ahogar.

Por la noche, en las copas de los árboles,
puedo oír hasta el corazón de los pájaros.
Y al caer el día, una vez, en el cementerio,
oí de lo hondo de una tumba
el crujir de un ataúd.

7
Nunca, nunca acariciará
mi barba rala;
nunca ahogaré mis labios
en su cuerpo.
No haberla visto quisiera
para que no me decapitara cada vez
con el sable de su belleza.
Al día siguiente, en el teatro,
se situó paciente
junto a la columna,
sin apartar la mirada del palco vacío.
Cuando entró,
se sentó en el asiento de terciopelo
y entornó los hechiceros ojos,
y las largas pestañas,
como una planta carnívora
de cuya flor pegajosa
no hay escape.

Cúbrete los ojos
o enloqueceré de amor.
Era joven,
enloqueció y murió.

Si se enterraran los amores

 

Si enterraran los amores
habría aquí un cementerio apacible.
Sin sirenas, nada por ninguna parte.
La isla está vacía.

Y el tiempo desgarró ya la música
que agitaba en la sala
el atractivo de los encajes.
Y desgarró también los encajes. Eso lo sabe hacer.
Y de sus hilos,
hizo ovillos,
en los que suenan sólo los guisantes
en el gaznate del pato. Así es como se hacían.

De un teatro cercano,
venían aquí, a veces, bailarinas
cuando salían de los ensayos.
Hoy la isla pertenece a la poetisa, como el libro y la rosa.

Y también las golondrinas,
golondrinas felices,
mientras piaban, ella lloraba.

Era tan jovencita
cuando oyó las sirenas de la vida.
Pero no se hizo atar
ni se puso cera en los oiditos
como aquel cobarde aventurero.

Con alegría corrió a su encuentro,
y murió por ello.
-¿Y qué hubiera pasado,
me preguntó de pronto mi hijita,
si las golondrinas fueran rosas?

A esta pregunta no supe contestar.

Versos de tapiz

 

¡Praga!
A quien la ha visto una vez por lo menos
su nombre le canta en el corazón
y es ella misma una canción entretejida de tiempo,
y nosotros la amamos.

¡Escuchad!
Mis primeros sueños aún felices
brillaron en sus tejados
como platillos volantes,
y se perdían dios sabe dónde,
cuando era joven.

Una vez apoyé la mejilla
sobre la piedra del viejo muro
del castillo.
En el oído, de pronto,
sentí un retumbar oscuro:
Eran los siglos y su bramido.
Mas las suave y blanda piedra de marga
de la montaña blanca
me susurró al oído amistosamente:
ve, te están buscando.
Canta, tú tienes a quien cantar,
y di la verdad.

Y lo hice y no he mentido
si no es a mis amores
y tan sólo un poquito.

Jaroslav Seifert, poeta, Praga, 1901-1986

Una vez fui corriendo detrás de mi padre

 

Una vez fui corriendo detrás de mi padre
a una concentración popular.
Allí se oía otra canción:
No habrá ni reyes ni emperadores,
¡y romped las cadenas!

Hubiera querido romperlas
pero entonces aún no sentía su peso
y tan sólo me gustaban
el gorro frigio,
los tambores y sus correas
y los harapos de la bandera deshilachada a tiros.

Y al día siguiente corrí hacia el castillo presidencial
por las escaleras más hermosas del mundo
y, emocionado, contemplé la ciudad.
De tener un laúd y saber tocarlo,
en aquella ocasión me hubiera puesto enseguida a cantar,
mientras con el azul del cielo
y las sonrisas,
que no me pertenecía,
tejía mis deseos. Eran juveniles
y hacían reír.

Luego, lo borré todo
y empezó lo mismo de nuevo.
Por dónde vagué,
ya no lo recuerdo,
pero un momento me vuelve siempre ante los ojos:

Por la puerta entreabierta vi una sala donde se bailaba.
Las cortinas de las ventanas eran solemnes
y era como ver a la juventud bajo palio.
Muchachas vestidas de blanco, muchachas vestidas de rosa
y bailarines en negro traje de etiqueta
giraban alrededor de hermosos presentimientos.

Un hechizo así puede hasta cortar la respiración.
Y luego alguien de golpe cerró la puerta.

Miss Gada-Nigi

 

Noches abiertas alas de cuervo tambor de tiniebla
Miss Gada-Nigi está sentada en el trapecio
debajo en la arena el payaso dormita Como un pájaro cae
la nieve de sus sueños

por el agujero de la lona sonríe Gada-Nigi a las estrellas
mientras escucha el tic-tac de su reloj de pulsera
está aprendiendo a bailar en la cabeza del caballo encabritado
y en los encajes de niebla la eternidad en las estrellas

el tic-tac del reloj destello del infinito en el rostro del payano
y en el carromato de los artistas de circo lloró un niño
tendiendo la mano a las estrellas de los pechos de su madre
y la canción del pájaro se columpiaba en las ramas del jazmín

cuando dándose la espalda los amantes y el suicida
bajo el luminoso parasol del farol
vieron la estrella que cae a lo largo de una noche milenaria
apagarse en los nenúfares del superficial estanque

Oh miss Gada-Nigi no piense en las estrellas
ya que en las rayas de la mano encerrado está el destino usted
el payaso y yo
Solamente los amantes mueren sin querer de amor Escuche
sólo un momento
cómo en el beso se apagan las finas flautas del aliento

Fruta candente

 

Amar a los poetas
la moribunda fauna del parque de Yellowstone
y a pesar de ellos amamos la poesía
la poesía
cascada eterna

Cañones de gran alcance disparan sobre París
poetas con cascos
¿mas para qué contar los muertos por un amor infeliz?
¡adiós París!

Circunnavegamos África
y con ojos de diamante agonizaban los peces
de los barcos de vapor en las hélices
si se recuerda
tanto más duele

Y las liras de los negros
perfumes del aire ardiente
maduran en nuestra tierra de las arañas los frutos candentes
cuando medianoche cierra
y el señor Blaise Cendrars
se quedó manco en la guerra

Los pájaros sagrados
en sus patas delgadas como sombras
el destino de los mundos acunan
Cartago está muerta
y como mil clarinetes
toca el viento la caña de azúcar
y en los frágiles paralelos de la tierra
la historia mientras tanto
centenaria hidra serpentea
me muero de sed señorita Mugret
y usted no me ha contado
cómo sabía el vino de Cartago

Partió un rayo a las estrellas
y llueve
la superficie del agua
tenso tambor agitó
la revolución en Rusia
la toma de la Bastilla
y el poeta Mayakovski ya muró

pero la poesía
luna de miel gotea néctares olores
en los cálices de las flores

Panorama

 

El ciervo se aleja, de su cornamenta se levanta el humo,
tras la hoja del helecho escuchad a la estrella
pero silenciosamente, sólo silenciosamente.

Fuentes llenas de frutas y noches de estrellas,
quisiera ofrecerte esa bacía de bronce,
y ser barbero.

Oh peluqueros,
las manos cansadas que se deslizan los lisos cabellos,
de la mano cae el peine, el escultor soltó el cincel
y en el espejo los ojos se han helado.

Ya es de noche. ¿Duerme usted?
¡Acabe con la blandura de su edredón!
La hora de medianoche. Las lámparas eléctricas.
Tinieblas, luz, tinieblas, medialuz
y he aquí:

el peine de las montañas desenreda del cielo la cabellera
y como dorados piojos van cayendo las estrellas.

¡Qué difícil me fue!

 

¡Qué difícil me fue
abandonar para siempre
los muros amados! Hubo momentos
en los que pensé que no podía vivir
sin sus sombras, que en tanto superan
a nuestra breve vida.

La rosa de los vientos ya no invita
a lejanías extrañas
y sus destellos tal vez para mí se han extinguido.

Y los árboles verdes
con raíces ampliamente agarradas
van al mismo paso que yo.

Jaroslav Seifert, poeta, Praga, 1901-1986

Pendientes de coral

 

Todo cuanto se nos va
y se hunde en el pasado
pierde por el camino muchas
de sus propiedades.
El mal empalidece, el pecado se olvida,
el vino se vuelve agrio
y los besos que han quedado grabados bajo el cielo
se tornan canción.

Cuando anhelaba estar en tus brazos,
inventaba versos.
Iba arriba y abajo de la habitación
y los decía ante una ventana vacía.
¡Ah, aquellos versos!
No eran muy logrados,
pero estaban llenos de deseo obsesivo
y de palabras apasionadas.

Con la mano me tapabas la boca
para hacerme callar,
y tercamente protegías
tus orejas sorprendidas,
mientras yo la punta de la lengua
dejaba extraviar en sus pliegues rosados
como en un laberinto.

A menudo dormía sobre tu corazón
y ávidamente respiraba el perfume
de piel ardiente.
Los sueños, que se acercan a escondidas
y se apoderan del dormido en la oscuridad,
tenían el color de tus ojos.
Eran azules.
Y en mi frente lentamente caían
los empañados corales de tus pendientes
como gotas de lacre.

Cuando hoy apoyo entre las manos
mi cara envejecida,
puedo bajo los dedos con precisión notar
la forma de mi propio cráneo.
Nunca había pensado antes,
ni tampoco ponía la cabeza entre las manos.
No tenía ningún motivo.

Y el terrible deseo de existir
mal sea sin alegría ni esperanza
añade sin cesar alas negras
al miedo de no existir.
Pero cuando esté muerto de verdad,
incluso del silencio de la arcilla
todavía saldrá al encuentro de tus pasos
mi amor.

En la calma de la memoria

 

En la calma de la memoria y sobretodo cuando cierro fuertemente los ojos,
en el momento que quiero,
veo los rostros de muchas bellas personas que he conocido en la vida y
de algunas de las cuales fui amigo, entonces me vienen los recuerdos,
uno trás otro, cada vez más hermosos.
Y me parece que fue ayer cuando hable con toda aquella gente.
Aún siento el calor de las manos que estreché.
Todos están en mi recuerdo;
pero no me pondré a llorar, aunque las lágrimas, según dice Juvenal,
representan la parte más hermosa de nuestros sentidos.

Homenaje a Vladimir Holan

 

Hay momentos en que en nuestro pensamiento
olvidamos incluso a los muertos,
cual si su eterno no ser
fuera sólo un reposar
en tranquilidad suave y sin dolor,
bajo unas flores marchitas.

Pero basta un estremecimiento de placer,
sea cual sea,
y nos aprestamos a regresar
a los problemas cotidianos.

He sobrevivido a todos los poetas
de mi generación…
Todos fueron amigos míos.
El último en morir fue Vladimír Holan.
¿Cómo no iba a sentir zozobra?:
estoy solo.

Jiri Wolker fue el primero,
era joven y tenia prisa.
¡Oh esos desdichados besos
en los labios febriles
de las muchachas tuberculosas
del sanatorio a la orilla del mar…!

Años más tarde muere Jindrich Horejsí.
Era el mayor de nosotros.
Escribía sus versos en el café repleto,
en una mesita redonda,
como un soldado, después de la batalla,
escribe a su amada las cartas
sobre un tambor boca arriba…

Josef Hora fue entre nosotros el único
en tutearse con F. X. Salda.
Entrad en su jardín
cuando empiecen a florecer los árboles injertados.
Sus impresionantes flores desprenden al sol perfume
de almendras amargas.

Frantisek Halas, compañero amado,
no nos dijo adiós siquiera.
Deseaba que sus verso graznaran
a los oídos de la gente,
pero, a veces, no lo conseguía
y cantaba.

Con un gesto brusco se marchó de repente
Konstantin Biebl.
Añoraba la ternura de las muchachas hawayanas
que son como flores vivas
y andan silenciosamente de puntillas.

Vitézlav Nezval renegaba de la muerte
y ella se vengó.
Cuando murió inesperadamente en Pascua,
como él mismo había predicho,
se partió una de las ramas fuertes
del árbol de la poesía.

En la muerte aún no había ni pensado
Frantisek Hrubín.
Al principio no sospechaba yo dónde había descubierto
las melodías de sus versos,
pero él escuchaba solamente la risa del agua
en el dique del Sázava.

Hola tardó en morir.
El teléfono frecuentemente se me caía de la mano.
En esa maldita jaula que es Bohemia,
tiraba con desprecio sus poemas
como trozos de carne ensangrentada.
Pero los pájaros tenían miedo.

La muerte quería su sumisión
mas él la sumisión no conocía
y hasta el último momento
luchó furiosamente con la muerte.

El ángel que levantaba sus brazos
cuando se desvanecía,
estaba sentado al borde de su cama
y lloraba.

Toda la belleza del mundo

 

De noche, cuando las nubes negras de las calles resplandecen de luces,
qué hermosas son las bailarinas de los carteles entre las letras.
Bajo, muy bajo descienden como palomas los aeroplanos, y borracho entre las flores queda solo el poeta.
Poeta, mueres con las estrellas, mústiate con las flores, ya nadie languidece hoy en pos de ti;
a tu arte y tu gloria les queda ya bien poco,
pues parecen flores de cementerios,
y los aviones que hacia los astros se precipitan
cantan en tu lugar canciones de metálicos ritmos,
y son hermosos, como más bellos, aún, que las flores de los parterres,
por la calle y encima de las casas, son las multicolores flores eléctricas.
Para nuestros poemas hemos hallado bellezas completamente nuevas.
Antes de consumirte, luna, isla de vanos sueños, límpiate las narices.
Callaos, violines, y suenen las bocinas de los automóviles,
que el hombre en una encrucijada pueda soñar aún.
Aeroplanos, cantad como ruiseñores la canción de la noche: bailarinas, bailad en los carteles entre las letras negras.
El sol se ha extinguido, pero desde lo alto de las torres los reflectores pasean por las calles las llamas de un nuevo día.
Las estrellas fugaces se enganchan en las construcciones metálicas de las azoteas:
ante la pantalla del cine soñamos hoy nuestros mejores sueños,
el ingeniero construye puentes en la inmensa estepa rusa y los trenes pueden marchar muy alto por encima del agua,
y sobre los tejados de los rascacielos, cuando las luces brillan,
nos paseamos sin pensar ni un instante en los poemas,
y como el rosario de nudos entre los dedos para la oración
escala el ascensor los pisos cientos de veces al día,
y allá arriba ante ti ves toda la belleza del mundo:
y todo lo que era arte sagrado aún ayer
se transforma de pronto en cosa simple y real
y los más bellos cuadros de hoy no los ha pintado nadie.
La calle es una flauta que toca todo el día su canción amante,
y por encima de la ciudad, alto hasta las estrellas, se remonta el avión.
Así pues, adiós, dejadnos partir, bellezas imaginarias;
a lo lejos, la fragata se hace mar adentro.
Musas, soltad tristemente vuestros cabellos;
ha muerto el arte, el mundo, sin él, vive:
es un hecho que no se puede negar,
pues incluso esta pequeña mariposa, nacida de una oruga, alimentada con libros de poemas, que se eleva hacia el sol,
tiene razón, en contra de los versos del poeta reunidos en un libro.

Jaroslav Seifert, poeta, Praga, 1901-1986