Tú que sobre mis días de tristeza y de prueba…

 

¡Tú que sobre mis días de tristeza y de prueba
aun, sola, brillas como
un cenit estrellado que, en la noche de un río,
parte sus flechas de oro;

amable poesía, rodéame el espíritu
de un sutil elemento,
que me convierta en agua, en sarmiento y en hoja,
en tempestad y en fuego;

que, sin las inquietudes que atormentan al hombre,
suba hacia el cielo, verde
cual un roble divino, que me consuma igual
que una llama esplendente!

 

Traducción de Juan Ramón Jiménez.

No digáis que la vida…

 

No digáis que la vida es un festín alegre;
Lo dice un alma tonta o bien un alma baja.
No digáis sobre todo: es desdicha sin fin;
Lo dice un alma débil que temprano se cansa.

Reíd como las ramas en primavera agítanse,
Llorad como los vientos o la ola en la playa,
El placer y el dolor padeced y gozad; y decíd:
Es mucho todo esto y es la sombra de un sueño.

Ah ¿Quién debería hacer que mi corazón se desanime? –
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AH, ¿quién debería desanimar mi corazón?
Mi corazón se alborotó jadeando y sangrando?
Reina Cleopatra que necesitaría,
Y Melusina y la rubia
Aglaura a quien el Soldan se puso rígido
Navegó con su corteza.

Desde que Susan viene a cortejar,
Vayamos donde las palomas se arrullan.

Mi corazón guerrero no tiene piedad;
Ah, ¿quién debe hacer que mi corazón se rinda?
Princesa Aurelia la tierna,
Y la reina Ismene cuyas mejillas superan
Sobre las nieves los tonos de rosa
La mañana en la montaña lanza.

Desde que Alice viene a cortejar,
Vayamos donde las palomas se arrullan.

 

 

Traducido por Jethro Bithell.

Sólo los muertos me oyen

 

Sólo los muertos me oyen; habito los sepulcros;
de mí mismo he de ser el enemigo eterno.
Para el cuervo es mi grano, del ingrato mi gloria;
sin llegar nunca a las cosechas, labro y siembro.

No me he de lamentar: ¿qué importa el aquilón,
el oprobio, el desprecio, el rostro de la injuria,
pues que cuando te pulso, lira de Apolo, tú
me respondes más sabia, cada vez, y más pura?

 

 

Traducción de Juan Ramón Jiménez

El rufián

 

EN el espléndido ataúd de su forro escarlata
El esmalte de sus dos y treinta dientes brilla.
Su cabello, que una vez una abadesa amaba con el pecado ,
Acurrucado en rizos de la manera más astuta,
Caídas – carbuncos como de Fairylike – a sus ojos,
Cuyas cejas curvadas parecen teñidas con curcumina.
Sobre su corazonada descansando sus dedos enguantados en negro,
Con gorra con cresta y espada de arrastre, se demora
Bajo altos balcones donde se inclinan las damas.
Su doblete es de seda; empujado en su faja,
Hildeado con gavillas plateadas, sus dagas destellan,
Conjunto con diamantes blancos y esmeraldas verdes.
Y sensual es su alcoba con el aplastado
Pétalos de flores dejados por grandes damas, enrojecidos
Con amor que los lanzó jadeando sobre su cama.
Besar sus ojos tan vivos como las estrellas , sus bendiciones
Traen de joyas, pistolas y doblones,
Y morderse los labios como el ganado sacrificado rojo.
Así, guapo como un dios , valiente como su daga,
Habiendo matado en un duelo al marqués de Montmagre,
Diez condottieri, cuatro sobrinos del papa,
Con calma, cabeza alta, marcha por las ciudades,
Y arrastra a sus talones a las mujeres que nunca se compadece,
Cuyos corazones sobre su floreciente belleza adoran.

 

Traducido por Jethro Bithell.

Un amigo duerme

 

Tus manos por las sábanas eran mis hojas muertas. Mi otoño era un amor por tu verano.
El viento del recuerdo resonaba en las puertas de lugares que nunca visitáramos.

Permití la mentira de tu sueño egoísta allá donde tus pasos borra el sueño. Crees estar donde estás.
Qué triste nos resulta estar donde no estamos, así siempre.

Tu vivías hundido dentro de otro tú mismo, abstraído a tal punto de tu cuerpo que eras como de piedra.
Duro para el que ama es tener un retrato solamente.

Inmóvil, desvelado, yo visitaba estancias a las que nunca ya retornaremos.
Corría como un loco sin remover los miembros: el mentón apoyado sobre el puño.

Y, cuando regresaba de esa carrera inerte, te encontraba aburrido, con los ojos cerrados,
con tu aliento y con tu enorme mano abiertos, y tu boca rebosante de noche.

Voces que regresan

 

VOCES regresando, acunadnos, acunando voces:
Ecos atenuados de lo que amamos a medida que pasa,
Campanas de mulas girando los pasos de montaña,
–Las voces regresan, nos acunan, acunan voces.
Intoxícanos, tú también, frascos que encarcelan a los de antaño:
Olores en las cosechas cosechadas, vellones despojados de las horas,
Carne de ámbar y almizcle, bocas de gillyflowers,
–Intoxícanos, tú también, frascos que encarcelan a la antigua.
En esta mañana de invierno , y de sombras frías,
En esta mañana de invierno, la voz de la alondra está quieta.
–Las voces regresan, nos acunan, acunan voces.
Los lirios se cortan en el jardín, y cada rosa,
Y los lirios por las aguas, aguas malhumoradas.
–Intoxícanos, tú también, frascos que encarcelan a la antigua.

 

Traducido por Jethro Bithell.

Mediodía

 

El sol cae aplomado

El pájaro
Alcanzando su sombra
Se posa dulcemente sobre ella
En Bizerte

Y un campesino corre.

Jean Moréas, Grecia, 1856-1910
Jean Moréas, Grecia, 1856-1910

Reprimenda de Julieta

 

Para protegerte del desastre
Banderas de amor y estándares que fluyen,
Te di mi cabello con el brillo de
El mar cuando sopla el viento del norte.

Bucklers con lemas leales
De amor y caridad,
Te di mis ojos orgullosos para protegerte
De tu propia vulgaridad.

Copa de música y bálsamo,
Te di para tu deleite
Mi boca viva nunca se calma
Como la rosa en el rosal brillante.

Damas del armario y la cámara,
Para traerte todo,
Te di mis manos que son más nobles
Que la corona en la frente de un rey.

Y te di por tus placeres,
Te di un montón en lo alto,
Todos los tesoros de mi espíritu
Como perlas fundidas en una pocilga.

 

Traducido por Jethro Bithell.

El paquete rojo

 

Mi sangre se ha transformado en tinta. Convendría evitar a toda costa esta repugnancia. Estoy envenenado hasta la médula. Canté en la oscuridad y ahora es esa canción la que me da miedo. Más aún: soy leproso. ¿Conocéis las manchas de moho que simulan un perfil? No sé que encanto de mi lepra engaña al mundo y lo autoriza a abrazarme. ¡Peor para él! No me conciernen las continuaciones. Solo he expuesto llagas. Hablan de graciosas fantasías: es culpa mía. Es de locos exponerse inútilmente..

Mi desorden se amontona hasta el cielo. Los que amaba están unidos al cielo por un elástico. Vuelvo la cabeza… Ya no están más ahí

Por la mañana me inclino, me inclino y me dejo caer. Caigo por la fatiga, el dolor, el sueño. Soy inculto, nulo. No conozco ninguna cifra, ningún dato, ni nombres de ríos ni lenguas vivas o muertas. Cosecho ceros en historia y geografía. Si no fuera por algunos milagros, me perseguirían. Por otra parte he robado los papeles a un tal J. C. nacido en M. L. el… muerto con 18 años tras una brillante carrera poética..

Esta cabellera, este sistema nervioso mal plantado, esta Francia, esta tierra, no me pertenecen. Me repugnan. Los cancelo mientras sueño de noche..

La madre no ve más que fuego. La amo. Me lo da. No digáis que la engaño. Como contrapartida le doy la ilusión de tener un hijo..

He dejado el paquete. Que me encierren, que me linchen. Que lo entienda quien quiera: Soy una mentira que siempre dice la verdad.

El Cabo de la Buena Esperanza

 

una seria turba árabe, francesa prevenida
por los radiotelegramas hormiguea Islam el calor
negrillos en los árboles el vendedor
de buñuelos con miel el severo servicio de orden
los reporteros los fotógrafos
seis mil espectadores
caras mirando hacia occidente esperan
prestos al entusiasmo
por una liza
el anuncio espléndido

el-joven -que-ha -cruzado-el-mar

tres torpederos
chafados en su baba

 

Traducción de Enrique López Martín

Final

Por la mañana me inclino, me inclino y me dejo caer. Caigo por la fatiga, el dolor, el sueño. Soy inculto, nulo. No conozco ninguna cifra, ningún dato, ni nombres de ríos ni lenguas vivas o muertas. Cosecho ceros en historia y geografía. Si no fuera por algunos milagros, me perseguirían. Por otra parte he robado los papeles a un tal J. C. nacido en M. L. el… muerto con 18 años tras una brillante carrera poética.

Esta cabellera, este sistema nervioso mal plantado, esta Francia, esta tierra, no me pertenecen. Me repugnan. Los cancelo mientras sueño de noche.

La madre no ve más que fuego. La amo. Me lo da. No digáis que la engaño. Como contrapartida le doy la ilusión de tener un hijo.

He dejado el paquete. Que me encierren, que me linchen. Que lo entienda quien quiera: Soy una mentira que siempre dice la verdad.

Jean Moréas, Grecia, 1856-1910
Manifiesto del Simbolismo por Jean Moréas

Manifeste du Symbolisme
Jean Moréas

Comme tous les arts, la littérature évolue: évolution cyclique avec des retours strictement déterminés et qui se compliquent des diverses modifications apportées par la marche du temps et les bouleversements des milieux. Il serait superflu de faire observer que chaque nouvelle phase évolutive de l’art correspond exactement à la décrépitude sénile, à l’inéluctable fin de l’école immédiatement antérieure. Deux exemples suffiront: Ronsard triomphe de l’impuissance des derniers imitateurs de Marot, le romantisme éploie ses oriflammes sur les décombres classiques mal gardés par Casimir Delavigne et Étienne de Jouy. C’est que toute manifestation d’art arrive fatalement à s’appauvrir, à s’épuiser; alors, de copie en copie, d’imitation en imitation, ce qui fut plein de sève et de fraîcheur se dessèche et se recroqueville; ce qui fut le neuf et le spontané devient le poncif et le lieu commun.

Ainsi le romantisme, après avoir sonné tous les tumultueux tocsins de la révolte, après avoir eu ses jours de gloire et de bataille, perdit de sa force et de sa grâce, abdiqua ses audaces héroïques, se fit rangé, sceptique et plein de bon sens; dans l’honorable et mesquine tentative des Parnassiens, il espéra de fallacieux renouveaux, puis finalement, tel un monarque tombé en enfance, il se laissa déposer par le naturalisme auquel on ne peut accorder sérieusement qu’une valeur de protestation, légitime mais mal avisée, contre les fadeurs de quelques romanciers alors à la mode.

Une nouvelle manifestation d’art était donc attendue, nécessaire, inévitable. Cette manifestation, couvée depuis longtemps, vient d’éclore. Et toutes les anodines facéties des joyeux de la presse, toutes les inquiétudes des critiques graves, toute la mauvaise humeur du public surpris dans ses nonchalances moutonnières ne font qu’affirmer chaque jour davantage la vitalité de l’évolution actuelle dans les lettres françaises, cette évolution que des juges pressés notèrent, par une inexplicable antinomie, de décadence. Remarquez pourtant que les littératures décadentes se révèlent essentiellement coriaces, filandreuses, timorées et serviles: toutes les tragédies de Voltaire, par exemple, sont marquées de ces tavelures de décadence. Et que peut-on reprocher, que reproche-t-on à la nouvelle école? L’abus de la pompe, l’étrangeté de la métaphore, un vocabulaire neuf où les harmonies se combinent avec les couleurs et les lignes: caractéristiques de toute renaissance.

Nous avons déjà proposé la dénomination de symbolisme comme la seule capable de désigner raisonnablement la tendance actuelle de l’esprit créateur en art. Cette dénomination peut être maintenue.

Il a été dit au commencement de cet article que les évolutions d’art offrent un caractère cyclique extrêmement compliqué de divergences ainsi, pour suivre l’exacte filiation de la nouvelle école, il faudrait remonter jusqu’à certains poèmes d’Alfred de Vigny, jusques à Shakespeare, jusques aux mystiques, plus loin encore. Ces questions demanderaient un volume de commentaires; disons donc que Charles Baudelaire doit être considéré comme le véritable précurseur du mouvement actuel; M. Stéphane Mallarmé le lotit du sens du mystère et de l’ineffable; M. Paul Verlaine brisa en son honneur les cruelles entraves du vers que les doigts prestigieux de M. Théodore de Banville avaient assoupli auparavant. Cependant le Suprême enchantement n’est pas encore consommé un labeur opiniâtre et jaloux sollicite les nouveaux venus.

Ennemie de l’enseignement, la déclamation, la fausse sensibilité, la description objective, la poésie symbolique cherche à vêtir l’Idée d’une forme sensible qui, néanmoins, ne serait pas son but à elle-même, mais qui, tout en servant à exprimer l’Idée, demeurerait sujette. L’Idée, à son tour, ne doit point se laisser voir privée des somptueuses simarres des analogies extérieures; car le caractère essentiel de l’art symbolique consiste à ne jamais aller jusqu’à la conception de l’Idée en soi. Ainsi, dans cet art, les tableaux de la nature, les actions des humains, tous les phénomènes concrets ne sauraient se manifester eux-mêmes; ce sont là des apparences sensibles destinées à représenter leurs affinités ésotériques avec des Idées primordiales.

L’accusation d’obscurité lancée contre une telle esthétique par des lecteurs à bâtons rompus n’a rien qui puisse surprendre. Mais qu’y faire? Les Pythiques de Pindare, l’Hamlet de Shakespeare, la Vîta Nuova de Dante, le Second Faust de Goethe, la Tentation de Saint Antoine de Flaubert ne furent-ils pas aussi taxés d’ambiguïté?

Pour la traduction exacte de sa synthèse, il faut au Symbolisme un style archétype et complexe: d’impollués vocables, la période qui s’arcboute alternant avec la période aux défaillances ondulées, les pléonasmes significatifs, les mystérieuses ellipses, l’anacoluthe en suspens, tout trope hardi et multiforme; enfin la bonne langue -instaurée et modernisée-, la bonne et luxuriante et fringante langue française d’avant les Vaugelas et les Boileau-Despréaux, la langue de François Rabelais et de Philippe de Commines, de Villon, de Rutebeuf et de tant d’autres écrivains libres et dardant le terme du langage, tels des Toxotes de Thrace leurs flèches sinueuses.

Le rythme: l’ancienne métrique avivée; un désordre savamment ordonné; la rime illucescente et martelée comme un bouclier d’or et d’airain, auprès de la rime aux fluidités absconses; l’alexandrin à arrête multiples et mobiles; l’emploi de certains nombres premiers -sept, neuf, onze, treize-, résolus en les diverses combinaisons rythmiques dont ils sont les sommes.

Ici je demande la permission de vous faire assister à mon petit INTERMEDE tiré d’un précieux livre: Le Traité de Poésie Française, où M. Théodore de Banville fait pousser impitoyablement, tel le dieu de Claros, de monstrueuses oreilles d’âne sur la tête de maint Midas.

Attention!

Les personnages qui parlent dans la pièce sont:

UN DETRACTEUR DE L’ECOLE SYMBOLIQUE
M. THEODORE DE BANVILLE
ERATO
Scène Première

LE DETRACTEUR.- Oh! ces décadents! Quelle emphase! Quel galimatias! Comme notre grand Molière avait raison quand il a dit: Ce style figuré dont on fait vanité Sort du bon caractère et de la vérité.

THEODORE DE BANVILLE.- Notre grand Molière commit là deux mauvais vers qui eux-mêmes sortent autant que possible du bon caractère. De quel bon caractère? De quelle vérité? Le désordre apparent, la démence éclatante, l’emphase passionnée sont la vérité même de la poésie lyrique. Tomber dans l’excès des figures et de la couleur, le mal n’est pas grand et ce n’est pas par là que périra notre littérature. Aux plus mauvais jours, quand elle expire décidément, comme par exemple sous le premier Empire, ce n’est pas l’emphase et l’abus des ornements qui la tuent, c’est la platitude. Le goût, le naturel sont de belles choses assurément moins utiles qu’on ne le pense à la poésie. Le Roméo et Juliette de Shakespeare est écrit d’un bout à l’autre dans un style aussi affecté que celui du marquis de Mascarille; celui de Ducis brille par la plus heureuse et la plus naturelle simplicité.

LE DETRACTEUR.- Mais la césure, la césure! On viole la césure!!

THEODORE DE BANVILLE.- Dans sa remarquable prosodie publiée en 1844, M. Wilhem Tenint établit que le vers alexandrin admet douze combinaisons différentes, en partant du vers qui a sa césure après la première syllabe, pour arriver au vers qui a sa césure après la onzième syllabe. Cela revient à dire qu’en réalité la césure peut être placée après n’importe quelle syllabe du vers alexandrin. De même, il établit que les vers de six, de sept, de huit, de neuf, de dix syllabes admettent des césures variables et diversement placées. Faisons plus: osons proclamer la liberté complète et dire qu’en ces questions complexes l’oreille décide seule. On périt toujours non pour avoir été trop hardi mais pour n’avoir pas été assez hardi.

LE DETRACTEUR.- Horreur! Ne pas respecter l’alternance des rimes! Savez-vous, Monsieur, que les décadents osent se permettre même l’hiatus! même l’hiatus!!

THEODORE DE BANVILLE.- L’hiatus, la diphtongue faisant syllabe dans le vers, toutes les autres choses qui ont été interdites et surtout l’emploi facultatif des rimes masculines et féminines fournissaient au poète de génie mille moyens d’effets délicats toujours variés, inattendus, inépuisables. Mais pour se servir de ce vers compliqué et savant, il fallait du génie et une oreille musicale, tandis qu’avec les règles fixes, les écrivains les plus médiocres peuvent, en leur obéissant fidèlement, faire, hélas! des vers passables! Qui donc a gagné quelque chose à la réglementation de la poésie? Les poètes médiocres. Eux seuls!

LE DETRACTEUR.- Il me semble pourtant que la révolution romantique…

THEODORE DE BANVILLE.- Le romantisme a été une révolution incomplète. Quel malheur que Victor Hugo, cet Hercule victorieux aux mains sanglantes, n’ait pas été un révolutionnaire tout à fait et qu’il ait laissé vivre une partie des monstres qu’il était chargé d’exterminer avec ses flèches de flammes!

LE DETRACTEUR.- Toute rénovation est folie! L’imitation de Victor Hugo, voilà le salut de la poésie française!

THEODORE DE BANVILLE.- Lorsque Hugo eut affranchi le vers, on devait croire qu’instruits à son exemple les poètes venus après lui voudraient être libres et ne relever que d’eux-mêmes. Mais tel est en nous l’amour de la servitude que les nouveaux poètes copièrent et imitèrent à l’envi les formes, les combinaisons et les coupes les plus habituelles de Hugo, au lieu de s’efforcer d’en trouver de nouvelles. C’est ainsi que, façonnés pour le joug, nous retombons d’un esclavage dans un autre, et qu’après les poncifs classiques, il y a eu des poncifs romantiques, poncifs de coupes, poncifs de phrases, poncifs de rimes; et le poncif, c’est-à-dire le lieu commun passé à l’état chronique, en poésie comme en toute autre chose, c’est la Mort. Au contraire, osons-vivre! et vivre c’est respirer l’air du ciel et non l’haleine de notre voisin, ce voisin fût-il un dieu!

Scène II

ERATO.- (Invisible.) Votre Petit Traité de Poésie Française est un ouvrage délicieux, maître Banville. Mais les jeunes poètes ont du sang jusques aux yeux en luttant contre les monstres affenés par Nicolas Boileau; on vous réclame au champ d’honneur, et vous vous taisez maître Banville!

THEODORE DE BANVILLE.- (Rêveur.) Malédiction! Aurais-je failli à mon devoir d’aîné et de poète lyrique! (L’auteur des Exilés pousse un soupir lamentable et l’intermède finit.)

* * *

La prose, -romans, nouvelles, contes, fantaisies-, évolue dans un sens analogue à celui de la poésie. Des éléments, en apparence hétérogènes, y concourent: Stendhal apporte sa psychologie translucide, Balzac sa vision exorbitée, Flaubert ses cadences de phrases aux amples volutes. M. Edmond de Goncourt son impressionnisme modernement suggestif. La conception du roman symbolique est polymorphe: tantôt un personnage unique se meut dans des milieux déformés par ses hallucinations propres, son tempérament; en cette déformation gît le seul réel. Des êtres au geste mécanique, aux silhouettes obombrées, s’agitent autour du personnage unique: ce ne lui sont que prétextes à sensations et à conjectures. Lui-même est un masque tragique ou bouffon, d’une humanité toutefois parfaite bien que rationnelle. -Tantôt des foules, superficiellement affectées par l’ensemble des représentations ambiantes, se portent avec des alternatives de heurts et de stagnances vers des actes qui demeurent inachevés. Par moments, des volontés individuelles se manifestent; elles s’attirent, s’agglomèrent, se généralisent pour un but qui, atteint ou manqué, les disperse en leurs éléments primitifs. -Tantôt de mythiques phantasmes évoqués, depuis l’antique Démogorgôn jusques à Bélial, depuis les Kabires jusques aux Nigromans, apparaissent fastueusement atournés sur le roc de Caliban ou par la forêt de Titania aux modes mixolydiens des barbitons et des octocordes. Ainsi dédaigneux de la méthode puérile du naturalisme, -M. Zola, lui, fut sauvé par un merveilleux instinct d’écrivain -le roman symbolique- impressionniste édifiera son oeuvre de déformation subjective, fort de cet axiome: que l’art ne saurait chercher en l’objectif qu’un simple point de départ extrêmement succinct.

Manifiesto École Romane por Jean Moréas
Jean Moréas, Grecia, 1856-1910
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Jean Moréas, Grecia, 1856-1910
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