La amada indefinible

 

No podría encontrar la verdadera
palabra que trazara tu figura.
Y a veces le pregunto a mi amargura:
¿Cómo era, Dios mío, cómo era?

¿Era un ángel que vino en primavera
en forma de azucena que perdura?
¿Un poco de candor entre la impura
materia terrenal, perecedera?

Mas por mucho que quiero, no defino
su encanto inmaterial, ese secreto
que encierra su mirar esmeraldino:

Y la llamo Azucena, Estrella, Rosa,
sin que en ningún vocablo halle completo
el perfume de su alma misteriosa.

Soneto a Cristo

 

Aquí estoy, mi señor. Soy la paveza
que queda del incendio de la llama…
soy el adolorido, por que ama.
El que busca tu aliento de tibiesa.

Por tí mi soledad muere, y empieza
la plenitud de tu bondad derrama.
Dame la paz que el corazón reclama.
Entrégame tu nombre de pureza.

Si prendas pides de verdad, te entrego
mi corazón, de amor crucificado
en el crisol divino de tu fuego.

Soy paveza, lo se. Rescoldo helado.
Me abrumaba tu luz y anduve ciego.
¡Me rescató el raudal de tu costado!

Soneto para un sencillo amor

 

Me gustas porque sí. Sencillamente
mi corazón te quiere. No hallaría
la palabra de íntima alegría
que te expresara lo que mi alma siente.

Y yo te quiero así. Tan simplemente
como el agua al paisaje, como el día
a la rosa que alza su ufana
frente a la primavera floreciente.

Te amo con sencilla transparencia,
con un amor apenas insinuado
que se vuelve silencio en tu presencia.
Con un tan dulce corazón herido
que si no te dijera que te he amado
lo sabrías oyendo su latido.

Retorno a San Francisco

 

Al fin torno tranquilo
a este elemental conocimiento
de la rosa, del árbol y del lirio;
a ver de nuevo todo
a través de un cristal palidecido:
el amor a mi lado ha sonreído
y me ha rozado con sus alas
y S)bre el corazón lo he sostenido,
pero no er-a su forma suficiente,
ni crecía su trigo
sobre el margo surco del corazón atardecido;
y sin embargo hubiera deseado verlo vivo,
nutrir mi soledad,
ce.-carme todos les caminos
y flotar blanco de pureza
en el perfup1e de los lirios.
El amor que. se encierra en una lágrima
o en una tenue gota de rocío ….
Pero hcy quiero volver, el corazón en alto,
seguro, puro y limpio,
a s2r hermano de la rosa
que arde en amor su rojo vino;
a dialogar con el agua
que trae su acento cristalino
cuando pasa bajo las ramas
de árboles recién floridos,
a hablar con las avecillas
con el dulzor de San Francisco
que tenía el corazón
hecho de pétalos de lirio.

Ceniza de la muerte

 

Sombra no más que el corazón alcanza
a entrever en la noche desolada;
voz sin labio, respuesta sin llamada,
paréntesis de bruma en la bonanza.

Nave de todo puerto, que remansa
en su silencio el prisma de la nada,
al fondo de la sangre vive anclada
presta a zarpar cuando la sombra avanza.

Con su proa desata tempestades,
olas somete a su cordaje fino
de mástiles y velas cenicientos;

el espíritu aprende sus verdades
oteante en sus jarcias y marino
por un mar de crepúsculos violentos.

Himno de Granada

Letra: Jorge Montoya Toro
Música: Ramón Eduardo Duque

 

Alabemos la tierra sagrada
que amorosa nos brinda sostén;
y cantemos “loor” a Granada
dulce patria de paz y de bien,
y cantemos “loor” a Granada
dulce patria de paz y de bien.

I
Bajo un cielo de azul esplendente
crece el alma, segura, hacia Dios
y su oído amoroso y clemente
oye siempre ascender nuestra voz,
oye siempre ascender nuestra voz.

II
Cuna noble de insignes varones,
que en la senda leal del deber,
hermanaron virtudes y dones
con la luz del cristiano saber,
con la luz del cristiano saber.

III
Tus mujeres son claros dechados
de sencillas virtudes raciales,
que conducen sus sueños dorados
por senderos exentos de males.

IV
De «Trabajo y Virtud» es el lema
que tu escudo proclama orgulloso,
porque el cielo es tu heráldico
emblema y el trabajo tu máximo gozo.

V
Rico surco en que pródigo grano
rinde al cielo sus frutos más bellos,
en altares los alza en tu mano
bendiciendo de Dios los destellos.

VI
Te signó con tu dulce presencia
el espíritu noble y divino,
y le das a la suma sapiencia,
el tributo mejor, tu destino.

VII
Si una cruz y un manojo de caña
sintetizan virtud y labor,
que tu pródiga y fértil entraña
brinde siempre sus frutos de amor.

Himno a Titiribí

Letra: Jorge Montoya Toro
Música: Jaime Llano González

 

Coro:
Tierra de gente minera,
Glorioso Titiribí,
Se alza tu imagen procera,
De un al otro confín

I
El oro que da tu mina,
se transforma en ideal,
Cuando entra la copla fina,
Salta la chispa genial.

II
Ágil trova juguetona,
que siembras en el corazón,
el vigor con que la entona
el alma del trovador.

III
Tierra de gente bravia,
que en combate singular,
fieramente dirimía,
Una deuda o un pensar

IV
Pueblo donde el grande «Ñito»
trovero sentimental,
hizo de la trova un rito,
entre sonriente y sensual.

V
La ciencia en sus resplandores,
brota cual pródiga vid,
con Juan B. Montoya y Florez,
Zea Uribe y Cadavid.

VI
Y para el que lucha y sueña,
¡Mujer Titibeseña!,
persiguiendo un ideal,
eres la flor del rosal

VII
Y entre el sencillo encordado,
del tiple acariciador,
caben presente y pasado,
amores y desamor.

VIII
A Titiribí cantamos.
Viendo entre nubes tu faz,
¡Titiribí! Que muramos.
¡Titiríbí! que muramos.

Resumen
Jorge Montoya Toro, Antioquía (Colombia), 1921-1989
Nombre del artículo
Jorge Montoya Toro, Antioquía (Colombia), 1921-1989
Descripción
Poesías de Jorge Montoya Toro
Autor