A Eugenio

En cualquier elemento el hombre
es tirano, prisionero o traidor…
A. Pushkin

 

Yo estuve en México, escalé las pirámides
impecables moles geométricas
desparramadas por el istmo de Tehuantepec.
Quiero creer que las hicieron visitantes del cosmos
pues estas obras suelen edificarlas los esclavos
y el istm0 está cubierto de hongos pétreos.

Los ídolos de arcilla son tan fáciles
de falsificar que propician rumores.
Bajorrelieves varios, con cuerpos de serpientes
y el alfabeto indescifrable de una lengua
que ignoró siempre la conjunción o.
¿Qué contarían si empezaran a hablar?

Nada. En el mejor de los casos, las victorias
sobre tribus vecinas y cabezas partidas.
Que la sangre del hombre vertida en el altar
del Dios del Sol le fortalece un músculo.
Que el sacrificio nocturno de ocho jóvenes fuertes
garantiza el alba con mayor seguridad que un despertador.

De cualquier modo es preferible la sífilis o las fauces
mortíferas de aquellos unicornios de Cortés, al sacrificio.
Si te toca en suerte alimentar con tus ojos a los cuervos
es preferible que el asesino sea asesino y no un astrónomo.
En general, sin esos españoles es muy poco probable
que hubiesen llegado a tener la certeza
de que alguna cosa les había pasado.

Es aburrido vivir, querido Eugenio. Dondequiera que vas
la estupidez y la crueldad te siguen.
Me da pereza encerrar eso en versos.
Como dijo el poeta: «En cualquier elemento…».
¡Qué lejos vio desde sus marismas natales!
Yo agregaría: en cualquier latitud.

 

1975. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

El explorador polar

Todos los perros devorados. En el diario
no queda una hoja en blanco. La foto de la esposa
se cubre de palabras a modo de rosario,
clavado en su mejilla el lunar de una fecha dudosa.
Le sigue la foto de la hermana. Tampoco la respeta:
¡se trata de la latitud alcanzada! Y, cada vez
más negra, por la cadera trepa la gangrena
como la media de una corista de varietés.

 

22 de julio de 1978. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

Mi verso mudo, mi callado verso…

Mi verso mudo, mi callado verso
pero aciago -mal le pesen las riendas-,
¿a dónde de este yugo iremos a quejamos
y a quién decir la vida que llevamos?
Por mucho que, pasadas ya las doce, buscando
detrás de la cortina, con cerillas, el ojo de la luna,
expulses de los restos de tu mueca opaca
con la mano, en la mesa, de la locura el polvo.
Por mucho que embadurnes este engrudo escrito
más denso que la miel, ¿con quién quebrar
en la rodilla, o en el codo al menos,
una vez más, el trozo ya cortado, mi callado verso?

 

De “Parte de la oración” 1975 – 1976

Versión de Ricardo San Vicente

Joseph Brodsky , poeta, Leningrado (actual San Petersburgo), 1940-1996

No hay sólo andar, también silencio, en tu reloj…

No hay sólo andar, también silencio, en tu reloj,
que además ignora el caminar en círculo.
Así en su caja hay gato y hay ratón,
nacidos, se diría, el uno para el otro.
Tiemblan, escarban, yerran en qué día están,
mas sus roer, enredos y trajín constantes
apenas se aprecian en un hogar del campo,
que suele cobijar cientos de seres vivos.
Allí en la razón cada hora se borra
y los rostros etéreos de los años perdidos
se escapan -más aún si se acerca el invierno,
que llena el zaguán de cabras, gallinas, carneros.

 

1963. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

Y no importa que un vacío empiece a abrirse…

Y no importa que un vacío empiece a abrirse
de entre tus sentires, que tras la gris tristeza
crepite el miedo y, digamos, un foso de furor.
Porque en la era atómica, cuando tiembla hasta la roca,
podremos sólo salvar los muros del hogar,
los corazones, fundiéndolos con fuerza igual
y nexo semejante a la muerte que los viene a acechar.
Y temblarás al escuchar decir: «Querido».

 

Noviembre – diciembre de 1964. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

Elegía a Leningrado

I
Quisiera vivir en una ciudad donde el río
surge debajo del puente, como una mano de la manga
que desembocara en el golfo abriendo los dedos
igual que Chopin quien jamás mostró su puño a nadie.

En una ciudad así, habría una ópera en la que un viejo tenor
puntualmente cantaría en las tardes el aria de María;
en la que el tirano aplaudiría desde su palco y yo
en la platea, entre dientes murmuraría con odio :“animal”.

Habría en esa ciudad un yatch club y un equipo de fútbol.
La ausencia de humo en las chimeneas de las fábricas
sería señal de que es domingo.

Yo uniría mi voz al aullido general,
allá donde el pie continúa lo que empezó la cabeza.
De todas las reglas del código de Hamurabi
el penalti y el corner son las más importantes.

 

II
Habría en la ciudad una biblioteca y en sus salas desiertas
repasaría páginas de libros, con tal número de comas
como la diaria cantidad callejera de palabras obscenas
que no penetran los versos ni mucho menos los periódicos.
Podría ver la enorme estación destrozada por la guerra,
con una fachada más hermosa que el mundo afuera.
En esa ciudad, al ver una palma verde en la vitrina
de la agencia de viajes,
se despertaría el mono latente en mi interior
y, cuando el invierno envolviera al barrio
con su áspero lienzo blanco,
me aburriría en el museo Hermitage, donde cada óleo,
sobre todo los de Ingres y David,
semejarían una mancha entrañable sobre la pared.

En los crepúsculos espiaría desde la ventana
a las hordas de automóviles bramando y pasando
al lado de las esbeltas columnas desnudas
que muestran su peinado dórico, impasibles
desde la blancura del frontispicio del tribunal.

 

III
Estaría allí en aquel café donde venden deliciosos helados,
y cuando alguien comentara, qué necesidad hay del siglo XX
si ya tuvimos al diecinueve, vería como las miradas de los colegas
por un momento se detendrían en el tenedor o el cuchillo.

Debería verse allá, cierta calle con dos hileras de árboles,
el portal con el torso de la ninfa y otros embelecos
y habría en la sala un retrato que mostraría
cual fue el aspecto de la anfitriona en su juventud.

Escucharía atento a la voz que iría relatando
asuntos sin ninguna relación con la cena,
a la luz de los candelabros.
El fuego en la chimenea proyectaría
destellos y sombras violetas sobre el traje verde.
Pero al final se apagaría.
El tiempo que pasa a diferencia del agua
es horizontal de martes a miércoles,
allá en la penumbra suavizaría las arrugas
y desvanecería las propias huellas.

 

IV
En esa ciudad existirían monumentos, reconocería los nombres,
no sólo de los jinetes de bronce que estamparon sus plantas
en los estribos de la historia, imponiéndolas a otros cuadrúpedos,
vería sus marcas impresas en los habitantes de la ciudad.

Con el cigarrillo pegado de los labios regresaría
a mi casa por las calles a media noche, como un gitano
adivinaría la suerte en las grietas del asfalto
y en las palmas de la mano extendida.

Y cuando al final me detuvieran acusado de espionaje,
actividad subversiva, vagabundeo y menage à trois
rodeado por la horda que apuntaría con los dedos,
gritando enfurecida: -¡no es de los nuestros!-
íntimamente feliz, me diría en silencio
mira, es tu oportunidad de saber como se ve desde adentro
aquello que por mucho tiempo viste desde fuera;
no olvides los detalles cuando grites “¡Vive la Patrie!

Joseph Brodsky , poeta, Leningrado (actual San Petersburgo), 1940-1996

Odiseo se dirige a Telémaco

Telémaco hijo,
La guerra de Troya ha terminado.
Quién fue el vencedor, no lo recuerdo.
Tal vez los griegos, es costumbre suya
arrojar tantos cadáveres fuera de sus casas…
Y a pesar de todo tan largo resultó el camino a casa,
como si durante nuestra ausencia
Poseidón hubiera prolongado el regreso.
No sé dónde estoy, ni qué hay al frente.
En esta isla asediada por la desidia,
por el rastrojo, por los muros sin concluir y por el gruñido
de los cerdos; hay una princesa y un jardín desolado,
no veo más que piedras y vegetación.
Amado Telémaco, todas las islas se parecen
al final de tantos viajes y la mente
se extravía contemplando a las olas,
los ojos, agobiados por el horizonte,
se llenan de lágrimas.
No recuerdo qué pasó después de la guerra,
ni cuántos años tienes ahora.
Crece Telémaco, querido,
sólo los dioses saben si habremos de vernos.
Ya no eres el niño de entonces,
¿recuerdas que me veías enfrentar a los toros?
Si no hubiera sido por Palamedas, estaríamos juntos.
Pero acaso tenía razón, sin mí
te has librado del complejo de Edipo,
y tus sueños no serán retorcidos.

Ingresé a la celda en lugar del salvaje animal,
consumí mi tiempo y atravesé la histeria en una barraca,
viví junto al mar, aposté al azar,
vestido de frac cené con quien resultaría un traidor.
Desde la altura de un glaciar avizoré medio mundo,
tres veces naufragué, dos veces fui cortado.
Abandoné al país donde me alimentaron.
Con los que me olvidaron se poblaría una ciudad.
Me fui errante por las estepas llenas de los ecos de Atila,
estaba vestido con lo que siempre pasaba de moda,
sembré centeno y me protegía con encerado para embalajes.
Y lo único que no bebí fue agua seca.
Admití en mis sueños la negra pupila del centinela,
sin perder una migaja devoré el pan del destierro.
Mis cuerdas vocales emitieron todos los sonidos, más allá del aullido,
modulé después el susurro.
He cumplido cuarenta años.
¿Qué debo decir sobre la vida? que resultó dilatada.
Sólo siento solidaridad con el dolor.
Pero mientras no tapen mi boca con barro,
lo único que tendré serán palabras agradecidas.

 

24 de mayo de 1980

Ahora que sé tanto de mi vida,
de las ciudades, de las prisiones y de las habitaciones
donde perdía la razón, sin volverme loco.
acerca de los mares en los que
me ahogaba y sobre aquellos
a quienes al final no retuve entre mis brazos,…
Ahora hubieses podido decir, suspirando:
“La suerte fue generosa con él”
y los sentados junto a la mesa
asentirían en silencio.

Cómo saberlo, es posible que tengas razón,
has de agregar a mis otras virtudes: la presbicia.

Entonces, hace tantos años cuando jugábamos
en la acera cerca de la sala de cine
¿quién hubiera podido imaginar la distancia
que habría de abrirse,
más insalvable que la que queda
entre la cara o el sello de la moneda?

Nadie. El trivial gesto de despedida
con las manos, al final de la calle
se convirtió en primer signo de la ausencia:
por estas tierras forasteras el aire
recuerda con mucha frecuencia a una hoja de papel.
Y la lluvia arroja una sombra sobre las huellas.

Quién sabe, es posible que ahora
cuando escribo estas líneas, sentado
en una pequeña ciudad de ladrillos
en el centro de Norteamérica, tú camines
a lo largo de un edificio color mostaza
entre cuyas húmedas paredes
se consume una generación más
apretujándose en la mancha frambuesa,
gris y parda de un hemisferio clandestino.

En resumen: no pasó lo peor.
Lo peor sucede solamente
en las novelas y a los que son mejores que nosotros,
tanto, que los pierdes en el momento de verlos
y los ecos de sus tragedias
se confunden con el canto del huso.
Como el sonido de un aeroplano distante
con el zumbido de una abeja atrapada entre los pétalos.
Y no habremos de vernos, porque
físicamente hemos cambiado tanto.
De habernos encontrado, no seríamos nosotros,
sino aquello que hicieron con nuestra carne
los años que sólo tuvieron compasión de nuestros huesos,
y el perro no reconocería al recién llegado
ni por el olor ni por la cicatriz.

¿Dices que ha sido generosa la vida? Ah… sí,
las olas del mar son generosas con los troncos.
Pues bien, quien no se lamenta por la suerte
no es digno de ella. Pero si el tiempo
reconoce al final sus trabajos
en la nebulosidad de los recuerdos,
entonces, pienso que tu rostro
puede adornar perfectamente
un monumento de bronce, o en el fondo del bolsillo
servir de relieve para una moneda sin gastar.

 

1984

Es una alameda con estatuas de greda endurecida
parecidas a árboles talados.
A muchas las conocía. A otras
las veo por vez primera. Por lo visto son los dioses
de los ríos y los bosques locales, centinelas del silencio,
o coágulos de ajenas evocaciones indescifrables
para mí.

En cuanto a las figuras femeninas, las ninfas, etc.
ellas
se ven inacabadas igual que pensamientos;
cada una intenta mantener
incluso aquí, en el futuro que ha llegado, la condición
de invitadas.

La ardilla no saltará y no atravesará los senderos.
No se escuchan los pájaros y mucho menos un automóvil:
el futuro es apenas la panacea para aquello
que tiene tendencia a repetirse.
Y sobre el cielo, esparcidos como prendas de un solterón
los nubarrones vueltos al revés
y aplanchados. Huele a coníferas
a la punzante materia de los sitios poco conocidos.
Las esculturas se yerguen en la oscuridad, las cubre de sombra
su compañía mutua, por la indiferencia
hacia ellas del paisaje circundante.
Si alguna de ellas hablara y tú
probablemente aspirarías el aire antes que estremecerte
al haber escuchado voces familiares, al haber escuchado
algo como: “el niño no es tuyo”
o “declaré contra él, pero fue por temor
y no por celos” –;los minúsculos secretos de hace veinte
años, de los corazones ciegos
poseídos por la absurda inclinación al poder
sobre sus semejantes, incapaces de darse cuenta
de la tautología. Los mejores de ellos
fueron víctimas y verdugos.

Está bien que recuerdos ajenos
se mezclen en los tuyos. Está bien que
algunas de estas figuras te parezcan
extrañas. Su presencia insinúa
otros acontecimientos, otra variante del destino
tal vez no la mejor, pero es evidente
que fue aquella que se te escapó. Esto libera
no sólo la imaginación, también a la memoria
y por mucho tiempo, si no es que para siempre. Saber,
que te engañaron, que por completo
se olvidaron de ti, o que al contrario
te odiaron desde entonces; es extremadamente
desagradable. Pero imaginarte
el centro, aunque sea de un universo sin gracia
resulta insoportable y obsceno.

Como soy un esporádico y
posiblemente el único visitante
de estos sitios, entonces pienso
que tengo derecho de describir sin maquillajes
lo visto. Aquí está nuestra pequeña Valhalla,
nuestra propiedad completamente abandonada
al tiempo, con un puñado de almas muertas
con campos donde una hoz filosa
no se sentirá a sus anchas
y donde los copos de nieve lentamente giran en círculos
como ejemplo de comportamiento en el vacío.

Aquella tarde junto a nuestro fuego
apareció un corcel negro.
Nunca vi nada más negro,
como de carbón eran sus patas.
Era negro como la noche o el vacío.
Era negro desde la crin hasta la cola
pero de otra manera era negro
su lomo que no conocía la montura.
Estaba inmóvil como si durmiera.
Sus cascos negros infundían miedo.

Era negro y no sentía las sombras.
Tan negro que nada lo sobrepasaba
tan negro como tiniebla de medianoche.
Tan negro como una aguja dentro de sí.
Tan negro como los árboles dentro del horizonte,
como el lugar de las costillas en el pecho
como un hueco en la tierra, como un grano.
Yo imaginaba que así de negro era nuestro interior.

Pero de todos modos se iba haciendo más oscuro.
Era apenas la medianoche en el reloj.
No se adelantaba un paso hasta nosotros.
En sus fauces había una tiniebla sin fondo.
Su lomo apenas sí era visible.
Y no quedaba una mancha luminosa
sus ojos resplandecían como una afrenta.
Y eran más terribles sus pupilas.

Como si fuera el negativo de alguien.
¿Por qué detuvo su carrera?
¿Y se quedó con nosotros hasta la madrugada?
¿Por qué no se separó de la hoguera?
¿Por qué respiraba un aire de tinieblas?
¿Para qué despedían sus ojos una oscuridad tan espesa?
El acechaba a un jinete entre nosotros.

 

1962

Joseph Brodsky , poeta, Leningrado (actual San Petersburgo), 1940-1996

Cantares de estos tiempos

El hombre va a las ruinas una y otra vez,
él estuvo aquí ayer y anteayer
y regresará mañana,
las ruinas lo atraen.
Él habla:
Poco a poco,
poco a poco aprenderás tantas cosas, muchas,
aprenderás a elegir en el montón de escombros
un reloj despertador y los lomos quemados de los albumes,
te acostumbrarás
a llegar por estos lados cada día,
te acostumbrarás a saber que las ruinas existen,
convivirás con este pensamiento.

A veces da la impresión y esto es necesario:
a veces da la impresión que lo aprendiste todo,
y hablas ahora sin esfuerzo
en la calle con un niño desconocido
y lo explicas todo. Esto también es necesario.

El hombre regresa a las ruinas,
cuando desea amar otra vez,
cuando da cuerda a su despertador.

A las personas normales jamás nos pasaría por la cabeza, que uno pueda volver a casa y hallar ruinas donde estaba el hogar: No podemos imaginar que sea posible perder los brazos y las piernas en un accidente del tren o del tranvía: Nos enteramos de todo esto… ¡Gracias a Dios!… a través de penosos rumores, pero es este el porcentaje convenido de infelicidad, esta es la rosa de las desgracias.

El hombre llega a las ruinas otra vez,
por largo tiempo escarba con un palo entre
los mohosos cortinajes y los escombros,
se inclina, se levanta y mira.

Alguien construye las casas,
alguien las destruirá, alguien las levantará otra vez, la profusión de ciudades a todos nos infunde optimismo. El hombre de entre las ruinas alzó algo y se quedó contemplando. Seres así no tienen la costumbre de llorar. Inclusive convidados… gracias a Dios, a las casas de sus conocidos, miran las fotos de los álbumes y dicen con reproche: “En los tiempos que corren, no vale la pena guardar fotografías”

Se pueden levantar muchas edificaciones que serán destruidas igualmente y erigirlas de nuevo.
Nada hay más terrible que las ruinas del corazón,
nada hay más sobrecogedor que las ruinas,
sobre las que cae la lluvia y al lado de las que pasan
los automóviles último modelo,
por las que deambulan como fantasmas
personas con el corazón destrozado y niños con boinas,
no hay nada más terrible que las ruinas
que dejan de parecer una metáfora
y son lo que alguna vez fueron:
la casa.

 

1961

La estrella de Navidad

En una época fría, en un lugar más acostumbrado al calor sofocante
que al frío, a la llanura más que a la montaña,
en una gruta nació el niño para salvar al mundo;
el viento soplaba en el desierto como es frecuente en invierno.
Todo le parecía enorme al niño: los pechos de la madre, el vaho amarillo
que salía de las narices del buey, los reyes magos: Melchor, Gaspar y
Baltasar; los regalos que llevaban.
El niño era apenas un punto lo mismo que la tierra.
Atentamente, sin parpadear, atravesando las nubes escasas,
sobre el niño del pesebre, desde muy lejos
desde las profundidades del universo, desde su otro extremo,
una estrella contemplaba la gruta. Esta era la mirada del Padre.

 

24 de diciembre de 1987

Amicum-philosophum de melancholia, mania et plica polonica

(«Al amigo-filósofo, de la manía, de la melancolía y de la plica
polaca»: título de un tratado del siglo XVIII que se conserva en la
biblioteca de la Universidad de Vilnius. [Nota del autor.])

 

Insomnio. Un trozo de mujer. Un vidrio
repleto de reptiles que se abalanzan hacia afuera.
La locura del día se desliza del cerebelo
al cogote donde ha formado un charco.
En cuanto te meneas, el interior percibe
como en este lodo helado alguien
sumerge una pluma fina
y lentamente traza «maldición»
con letra que se tuerce en cada curva.
El trozo de mujer con crema
suelta al oído palabras largas
como una mano en mugrientas greñas.
Y tú en las sombras estás solo, sobre la sábana
denudo, como un signo zodiacal.

 

1971. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

Carta a un amigo romano

(De Marcial)

 

Sopla el viento hoy, las olas se encaraman.
Se acerca el otoño y trocará toda la vista.
Y, Póstumo, este mudar de tonos te llega más al alma
que ver cómo se cambia de vestido la amiga.

De una doncella gozas hasta un punto cierro,
que no supera el codo, la rodilla.
Cuánta más dicha en la belleza ajena al cuerpo:
a salvo del abrazo, la perfidia.

*

Te mando Póstumo, estos escritos.
¿Y en la capital? ¿La cama te hacen blanda, o te resulta dura?
¿Qué es del César? ¿Sigue aún con sus intrigas?
Con ellas sigue, imagino, y con su gula.

Me encuentro en mi jardín, arde una tea.
Sin una amiga, sin siervos, sin afectos.
Y en lugar de los pequeños y grandes de la tierra,
suena en concierto un zumbar de insectos.

*

Aquí yace un mercader de Asia. El mercader valía;
era hábil, aunque fuera discreto.
Murió deprisa: de unas fiebres. A hacer negocio había venido
y no, ciertamente, a acabar en esto.

Junto a él yace un legionario bajo un cuarzo grueso.
Dio gloria al Imperio en la batalla.
¡Pudo caer tantas veces! Pero murió de viejo.
Tampoco aquí, mi Póstumo, hay norma que valga.

*

Tal vez una gallina, en verdad, no llegue a ave,
mas hasta con su seso te lloverán los palos.
Si por fortuna en tierras del Imperio naces,
mejor que vivas junto al mar, en un rincón lejano.

Lejos del César, de fieros nubarrones,
de la adulación, el miedo, la premura.
¿Que todos sus gobernadores, dices, son ladrones?
Mejor quien roba que el que tortura.

*

Acepto esperar contigo que pase el aguacero,
hetera, pero sin regateos de mercado:
cobrar de quien te está cubriendo el cuerpo
es como reclamar las tejas a un tejado.

¿Tengo goteras, dices? Mas ¿y la prueba del delito?
No he dejado charco alguno en mi vida.
Verás, el día en que encuentres un marido,
como te dejará las sábanas perdidas.

*

Ya ves, ya hemos recorrido media vida.
Como me dijo un viejo esclavo en la taberna:
«Mirando alrededor tan sólo vemos ruinas».
Dura opinión, lo reconozco, pero cierta.

Estuve en las montañas. Un ramo aderezo con las flores.
Un jarro he de hallar, llenarlo de agua fresca…
¿Por Libia cómo va, mi Póstumo, o dónde te encuentres?
¿Será posible que aún siga la guerra?

*
¿Recuerdas, Póstumo, la hermana que el gobernador tenía?
Aquella delgadita, pero de gruesas ancas.
Llegaste a dormir con ella… Ahora es sacerdotisa.
Sacerdotisa, Póstumo, y con los dioses habla.

Ven, tomaremos vino, de pan acompañado.
O con ciruelas. Me contarás las nuevas.
Te pondré el lecho en el jardín, bajo el cielo despejado
y te diré cómo se llaman las estrellas.

*

Mi Póstumo, pronto tu amigo, amante de las sumas,
su vieja deuda pagará a tanta resta.
Encontrarás dinero bajo el cojín de plumas;
para el entierro al menos basta, me parece.

Ve en tu yegua negra donde las heteras viven,
allá, donde la villa alcanza la muralla.
Y págales lo mismo que por su arte piden,
para que por suma igual lloren mi marcha.

*

El verde del laurel que el temblor alcanza.
De par en par la puerta y polvo en la rejilla.
La silla, abandonada, vacía la estancia.
Y una tela que bebe el sol del mediodía.

El Ponto ronca sordo tras los pinos negros.
Combate con el viento un buque junto al cabo.
En un reseco banco se sienta Plinio el Viejo.
Murmura quedo un mirlo en un ciprés crespado.

 

Marzo de 1972. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

Divertimento mexicano

A Octavio Paz

Cuernavaca

En el jardín donde M., un protegé francés
mantuvo a una beldad de espesa sangre indígena
hoy canta un hombre venido de muy lejos.
En el jardín tupido como un trazo cirílico
un mirlo nos recuerda al ceño cejijunto.
El aire de la noche suena como cristal.

El cristal ya está roto, notémoslo de paso.
Aquí Maximiliano fue emperador tres años.
Introdujo el cristal, la champaña, los bailes
y todas esas cosas que adornan la existencia.
Pero la infantería de los republicanos
lo fusiló después. Dolorosos graznidos

llegan del denso azul.
Los campesinos sacuden sus perales.
Tres patos blancos nadan en el estanque.
El oído percibe en la hojarasca
la jerga de las almas que conversan
en un infierno densamente poblado.

*

Omitamos las palmas. Destaquemos el sauce.
Imaginemos que M. deja a un lado la pluma,
se despoja, sereno, de su bata de seda
y se pregunta lo que hará su hermano
Francisco José (también emperador),
mientras silba, quejoso, Mi marmota.

«Saludos desde México. Mi esposa
enloqueció en París. En las afueras
de palacio oigo tiros, crepitan las llamas.
La capital, querido hermano, está rodeada
y mi marmota, fiel, permanece conmigo.
El revólver, de moda, ha vencido al arado.

Qué otra cosa decirte, la caliza terciaria
es famosa por ser un suelo hostil.
Agreguémosle a esto el calor tropical
donde los disparos son la ventilación.
Se resienten mis pobres pulmones y riñones,
sudo tanto estos días que se me cae la piel.

Como si fuera poco, se me antoja largarme,
extraño demasiado nuestros tugurios patrios.
Envíame almanaques y libros de poemas.
Todo parece indicar que ya di con la tumba
en donde una marmota será mi compañía.
Mi mestiza te manda los debidos saludos.»

*

Julio llega a su fin y se oculta en la lluvia
como un conversador entre sus pensamientos,
lo cual, por supuesto, nada afecta a un país
con mucho más pasado que futuro.
Una guitarra gime. Las calles tienen lodo.
Un paseante se hunde en un velo amarillo.

Incluido el estanque, todo se ha enyerbado.
Alrededor pululan culebras y lagartos.
En las ramas hay pájaros con nidos y sin ellos.
Todas las dinastías declinan por la cifra
tan grande de herederos y la falta de tronos.
El bosque nos invade como las elecciones.

M. no reconocería el lugar. No hay bustos
en los nichos, los pórticos están desvencijados,
los muros desdentados muerden la ladera.
Puedes saciar la vista, mas no los pensamientos.
El parque y el jardín se convierten en selva.
De los labios se escapa una palabra: “Cáncer».

 

1975. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

Joseph Brodsky , poeta, Leningrado (actual San Petersburgo), 1940-1996

El busto de Tiberio

Yo te saludo, pasados dos mil años.
También tú fuiste marido de una puta.
Es algo que tenemos en común. Por lo demás,
en torno a ti está tu urbe. Estruendo, coches,
chusma con jeringas en húmedos portales,
ruinas. Yo, un viajero del montón,
saludo ahora tu busto polvoriento
en la desierta galería. Ah, Tiberio,
aquí no alcanzas ni los treinta. Del rostro
mana la confianza de quien domina el músculo
más que el futuro de su suma. Y la cabeza,
que el escultor cortara en vida,
muestra en esencia el augurio del poder.
Todo lo que queda bajo el mentón es Roma:
provincias, cohortes y también rentistas,
más un sinfín de infantes que besan tu aguijón
-placer en clave de la loba
que alimenta a los críos Remo
y Rómulo-.(¡Los mismos labios!,
musitando, dulces, inconexos
entre los pliegues de la toga. ) A fin de cuentas:
un busto en señal de independencia entre cuerpo y cerebro.
De hecho, incluido el del Imperio.
De dibujar tú mismo tu retrato,
sería todo él circunvoluciones.

Aquí no alcanzas ni los treinta. Nada
en ti detiene la mirada.
Ni, a su vez, tu firme observar
está dispuesto a detenerse en algo:
ni en rostro alguno ni en un
paisaje clásico. ¡Ah, Tiberio!
¡Qué más te da lo que rezonguen
Tácito o Suetonio en busca de las causas
que te hicieron cruel! No hay causas en el mundo,
tan sólo efectos. Los hombres son sus víctimas.
Y sobre todo en las mazmorras donde todos confiesan;
no en vano confesar bajo tortura,
como las confidencias del niño,
se torna monocorde. Lo mejor es
no tener nada que ver con la verdad.
Por lo demás, ésta no eleva. A nadie.
Menos aún al César. Al menos,
tú apareces más capaz de ahogarte
en tu baño que por una gran idea.
Y en general, ¿ser cruel no es acaso
precipitar tan sólo el común destino
de toda cosa, o la caída libre
de un cuerpo simple en el vacío? En él
siempre acabas en el momento de caer.
No vendrá el diluvio tras nosotros

Enero. Un aluvión de nubes
sobre la invernal ciudad a modo de mármol sobrante.
El Tíber, que huye de la realidad.
Las fuentes, que echan agua hacia el lugar
de donde nadie mira, ni cómo quien no ve,
ni entornando la mirada. ¡Es otro tiempo!
Y no hay modo de atrapar al lobo
enloquecido. ¡Ah, Tiberio!
¿Quiénes somos nosotros para ser tus jueces?
Has sido un monstruo, mas fiera impasible.
Pues la naturaleza, cuando crea sus monstruos
-las víctimas jamás-, los plasma, no obstante,
a semejanza suya. Más nos vale mil veces
-si escoger nos es dado-
que venga a destruirnos un engendro del infierno
antes que un neurasténico. Con treinta sin cumplir,
el rostro hecho en piedra, cara rocosa,
creada para dos milenios,
te asemejas a un instrumento natural
de exterminio, y en nada a un esclavo
de pasión humana alguna, o a un forjador de ideas
y demás. Y defenderte de las invenciones
es como proteger al árbol de sus hojas,
con su complejo de que ellas son, entre susurros
inconexos pero claros, mayoría.
En la desierta galería. En mediodía gris.
El ventanal tiznado con las luces del invierno.
El ruido de la calle. Ajeno por completo
a la textura del espacio, el busto…
¡No puede ser que no me oigas!
Pues yo también huí, sin mirar hacia atrás,
de todo lo que me había sucedido; me convertí en isla
con sus ruinas, sus cigüeñas. También me esculpí
el rostro por medio de un candil.
A mano. Y lo que llegase a decir,
lo que haya dicho, a nadie le interesa,
y no en su momento, sino hoy mismo.
¿No es esto también un modo de acelerar
la historia? ¿No es un intento -logrado por desdicha-
de colocarse el efecto delante de la causa?
Y además, también en el total vacío,
lo cual no garantiza un gran aplauso.
¿Arrepentirse? ¿Rehacer tu suerte?
¿Jugar, como se dice, con otra baraja?
Pero, ¿vale la pena acaso? La lluvia radiactiva
nos cubrirá no mucho peor que tu historiador.
¿Y quién vendrá a maldecirnos? ¿Una estrella?
¿La luna? ¿Una termita enloquecida por
las incontables mutaciones, de tronco fofo, eterna?
Todo es posible. Pero, cuando, como un objeto duro,
se tope con nosotros, ella también, tal vez,
algo turbada, detendrá la excavación.

«Un busto -exclamará en el lenguaje de las ruinas,
del músculo abreviado-, un busto, un busto.»

 

1985. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

El fuego, oyes, se empieza a apagar…

El fuego, oyes, se empieza a apagar.
En los ángulos las sombras se agitan.
Y ya no hay modo de poderlas señalar,
gritarles que se queden quietas.
Cerrando filas, se han puesto a formar.
No, esta hueste no atiende a palabras.
Silenciosa avanza de cualquier rincón
y yo de pronto he ocupado el centro.
Más altas cada vez, signos de exclamación,
las explosiones de tinieblas se elevan.
La noche arruga el papel hasta el mentón
de lo alto, cada vez más densa.
Se han esfumado las agujas del reloj.
Y éste no se ve, ni se oye siquiera.
Y aquí no ha quedado más que el brillo ocular,
inmóvil, detenido. Detenido.
El fuego se apagó. Lo oyes: se apagó.
El humo ardiente vuela por el techo.
Mas no huye de la vista este fulgor.
O, mejor dicho, no deja las tinieblas.

 

1962. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

El nuevo Jules Verne

3. Conversación en el salón de pasajeros

«¿El archiduque? ¡Un monstruo, sin duda! Aunque, si bien lo
miras,
es imposible negarle al hombre cierta virtud…»
«Los esclavos critican al señor. Y los señores, la esclavitud.»
«¡Qué círculo vicioso!» «¡No, más bien un salvavidas!»
«¡Espléndido jerez!» «Toda la noche sin poder dormir.
Qué sol más horroroso. Me ha quemado los hombros, el bandido.»
«¿… y si se ha abierto una vía de agua? Como he leído, puede ocurrir.
¡Figúrese que se ha abierto una vía y empezamos a hundirnos!»

«¿Ha naufragado alguna vez, teniente?» «Nunca. Pero me mordió
un tiburón.»
«¿Sí? Qué curioso… Pero, imagínese que empieza a entrar
agua… Y figúrese que…»
«Quién sabe, tal vez el trance obligue a asomarse a la cubierta
a la del I 2-B.»
«¿Quién es?» «Viaja en el barco a Curaçao, es hija del gobernador.»

* * *

4. Conversaciones sobre cubierta

« Yo, profesor, también de joven tenía el ideal
de descubrir alguna isla, no sé, algún bacilo, una fiera…»
«¿Y qué se lo impidió?» «Es que la ciencia me supera.
Y luego además, esto, lo otro.» «¿Perdón?» «¡Aaah… el vil metal.»

«Porque, ¡¿qué es el hombre?! ¡No más que un mosquito, la verdad!»
«Y dígame, monsieur, ¿en Rusia qué, resulta que hasta tienen goma?»
«¡Voldemar, estése quieto! ¡Me ha mordido, Voldemar!
No olvide que si yo…» «Cousine, ¿verdad que me perdona?»

«Oye, chaval.» «¿Qué hay?» «¿Qué será eso, lejos? ¿Ves?»
«¿Dónde?» «Allí, a la derecha.» «No veo.» «Ah, diría…
Parece una ballena. ¿No tiene nada para envolver?» «No, sólo
el diario del día…
¡Pero si crece! ¡Mira!… Es inmens…»

 

1976. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

Joseph Brodsky , poeta, Leningrado (actual San Petersburgo), 1940-1996

Me han culpado de todo, salvo del tiempo…

Me han culpado de todo, salvo del tiempo,
yo mismo me he solido amenazar con un duro rescate.
Mas pronto me arrancaré, como se dice, los galones,
y me convertiré en una simple estrella.

Y brillaré en el adiós como un teniente de los cielos,
cuando oiga el trueno, me ocultaré entre la nube
sin ver cómo la tropa, bajo el empuje de los saldos,
huye bajo el acoso de la pluma.

Cuando alrededor ya no hay lo que una vez estuvo
no importa si es un blitz o si os cogen prisionero.
Así el escolar, al ver en sueños el tintero,
mejor dispuesto está a multiplicar que tabla alguna.

Y si, por la velocidad con que va la luz, no esperas premio,
al menos el blindaje del común no ser
valore tal vez los intentos de mudarlo en cedazo
y por la brecha que abrí me dé las gracias.

 

1994- De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

Música sueca

K.J.

 

Cuando la nieve cubre el mar y el crujir del pino
deja en el aire más honda huella que el trineo,
¿a qué azul pueden llegar los ojos?, ¿a qué silencio
puede caer la voz desamparada?
Perdido de vista, ignorado, el mundo exterior
ajusta cuentas con la cara, como con un rehén de Mameluco.
…así en el fondo del océano fosforescea el calamar,
así el silencio se embebe de la entera rapidez del sonido,
así ya basta una cerilla para poner el fogón al rojo,
así, tras el latir del corazón, el reloj de pared,
al detenerse en éste, seguirá andando en el otro
extremo de la mar.

 

1978. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicente

No hay sólo andar, también silencio, en tu reloj…

No hay sólo andar, también silencio, en tu reloj,
que además ignora el caminar en círculo.
Así en su caja hay gato y hay ratón,
nacidos, se diría, el uno para el otro.
Tiemblan, escarban, yerran en qué día están,
mas sus roer, enredos y trajín constantes
apenas se aprecian en un hogar del campo,
que suele cobijar cientos de seres vivos.
Allí en la razón cada hora se borra
y los rostros etéreos de los años perdidos
se escapan -más aún si se acerca el invierno,
que llena el zaguán de cabras, gallinas, carneros.

 

1963. De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Versión de Ricardo San Vicent

Joseph Brodsky , poeta, Leningrado (actual San Petersburgo), 1940-1996