​A una roja amapola amparada en el trigo

 

Vigilia de los trigos en verdura.
Regazo del rocío recatado.
Escorzo de la sangre, consagrado
a la brisa del alba en la llanura.

Custodia del color y la ternura.
Dulce fervor de luz sacramentado.
Desvelada armonía del sembrado
en el tibio temblor de su clausura.

Oración de humildad en lozanía
de un trigo verdecido en primavera.
Del campo y su pujanza, valentía.

Extremado candor de blanca niña.
Novicia del rubor en la primera
florida anunciación de la campiña.

Lleva mi pecho por amor herida

 

Lleva mi pecho por amor herida,
me desangro en la angustia de perderte,
y mana grave su temblor de muerte
con la nieve en la sangre detenida.

Dobla mi carne y tiembla, estremecida
en la noble presencia de saberte
tan lejos ya de mí, que se convierte
el mirar de mis ojos en tu vida.

Al pecho mío, con la luz brotada
en la severidad de esta agonía,
de llanto lo ilumino y de consuelo.

Y el alma es sangre tuya recostada,
aposento de paz en la paz mía,
ala de ruiseñor en dulce vuelo.

Gracias mil regazó tu fiel blancura

 

Gracias mil regazó tu fiel blancura,
morena de las brisas halagada.
Temblorosa la luz, tan delicada,
que estremece el candor en que perdura.

Suavísima armonía en la dulzura
del copo peregrino. Fiel nevada,
donde el aire es milagro, serenada
la nieve por el goce de su albura.

Los errantes cabellos esparcían
la rubia miel, del ébano ilustrados,
por el dulce marfil del grácil cuello.

Y al manso viento, ¡ay!, lo entretenían
el ébano y el oro, así mezclados
en júbilo de amor y juego bello.

Donde pisan tus pies nacen las rosas

 

Donde pisan tus pies nacen las rosas,
cuyo color compite la azucena,
nace el jazmín que la blancura ordena,
las leves flores para siempre hermosas.

Por los aires derramas generosas
y delicadas brisas de colmena,
y en tu paso tranquilo se serena
la purísima nieve, que en gozosas

horas del esplendor de primavera
dulcifica los montes sosegados.
Tu lento caminar de manso cielo

extrema mi temblor; y mensajera,
la voz siento perder en desmayados
jazmines que te estrechan por el vuelo.

Reino del aire claro de tu mano

 

Reino del aire claro de tu mano
por la rosa y el nardo regalada,
que la brisa fatiga, prodigada
por la espuma del lirio más temprano.

Libre vuela el cabello, tan ufano
de tanta valentía armonizada,
y en la más dulce tiranía alada
por el cuello revuela, soberano.

Prodigiosos los dedos y extremados
por el dulce volar al frágil cuello.
Los aires resplandecen serenados,

y consiente el suavísimo cabello
la encantadora cárcel; y peinados
muestran crespos los bucles su oro bello.

Juan Panero Torbado, Astorga, 1908-1937

Más allá de la mar…

 

¡Ay! Los ojos me llevan más allá de la mar;
como si la espuma de quebradas olas
fuera la cadena que a la mar me uniera.
Me espuma los ojos
la mansa obediencia del agua del mar.
Y en la roca viva,
donde esculpe el agua su trágica fuerza con
la blanca espuma,
lentamente huyen los ojos de mí…
Perdidos, se abisman buscando el temblor
fluido del agua.
Ansiosos, cegados de arena,
penetran los ojos en lo más profundo.
Me arrastran los ojos el alma,
y siento la sed invencible de apurar la gracia
desnuda del mar.
Y en la soledad que el mar nos impone
se duermen mis ojos soñando la plácida playa,
las olas que adquieren un rumor de besos,
y brizan la espuma con huellas levísimas de
ángeles heridos.

Ángel de agua y de luz

 

Ola que en soledad, suavemente recoge el
temblor de su carne, con un azul de cielo
y una brisa menuda,
la pasión de la sangre suscita tu presencia
y quisiera volcar todo el peso del hombre
ganado en el asombro.
Angel de agua y de luz, en lentitud celeste
resucitando playas
y dando gravedad al peso imponderable de
la arena,
que solitaria infunde su memoria en el
tiempo.
Brazo de mar profundo, nacarado en el roce
inasible del viento,
hoy me acojo al amparo firmísimo que prestas a mis ojos,
y devuelvo al mirar su bienaventuranza.
Bello doncel de carne trasparente, azulada,
abrazando en su sueño la tersura del agua,
colmando de alegría su leve delgadez.
Resurrección divina de una núbil doncella
desperezando el cuerpo con la estela suavísima
del primer vuelo lento.
Ola que se recoge suavemente en sí misma
para extraer los fondos misteriosos del agua,
que en silencio palpitan bajo los bellos
mares,
ahora invoco tu nombre,
porque la voz del mar me inició en la obediencia.
Hoy te canto y celebro, sonorísima ola, en
soledad llevada por los dulces ensueños de
dócil superficie,
e insisto en la memoria cándida de la infancia,
porque te estoy nombrando con voz de adolescente que se ha maravillado.
Canto la derramada caridad de tu paso,
la fe, la fortaleza,
y el soberano empeño de sellar con blancura
las silenciosas playas,
y el mandamiento grave con que te movilizas.
¡Oh fugitiva voz! Yo celebro el compás de tu
ritmo severo y el beso de tus alas,
y en mi temblor te nombro, como una oración virgen que en súbita clemencia se
ha encendido en los labios;
blanquísimo prodigio de los mares azules,
obediente yo canto la humildad de tu espuma,
y mi pasión la pongo, toda amorosa y fina,
en gloriar el ejemplo dulcísimo que ofreces
al pasmo de mis ojos
y al alma, despertando
ante el estremecido candor de tu presencia
que armoniosa pasea la soledad del agua.
Hoy levanto mi voz, que ha comenzado a ser
voz potente y sonora,
como si en mi garganta un ruiseñor cautivo
presintiera que al alba sus cantos concluyeran.
Hoy levanto mi voz, y proclamo sereno la
salvación del hombre.
Ofrecida doncella de inaccesibles mares,
hoy levanto mi voz y el corazón me ordena
del temblor necesario,
y el ansia de mi pecho adquiere trasparencia,
y tu gracia da virgen majestad a las aguas.
Insiste en mi memoria
para poder llevar con firmeza el destino que
Dios ha puesto en mí.
Ola que en soledad, suavemente recoge el
temblor de su carne, con un azul de cielo
y una brisa menuda,
tu soledad es mía,
y es mi alma tu voz,
que en el sosiego alaba la soledad del mundo.

Consagración de la sangre

 

No es la muerte un morir perfilando facciones,
o estirando los miembros contra severos pinos de muertas primaveras.
Ni es angustiar los pechos con la grave caída
de las piedras sonando sobre la paz del
mundo.
Ni es partir a las sombras espesas de la tierra
para escuchar del viento la queja lastimera
que pone en los cipreses,
y oír sonar los pasos de hombres tristes que
llevan el corazón con peso,
y percibir el llanto de la madre que queda
esclava de los ríos,
y el llanto de la amada derramado en las
flores.
Ni es la muerte el desmayo de los labios
serenos
como rosas que pierden lozanía y donaire
sobre el rosal ungido por aguas del otoño.
Ni es el gesto de dolor desvaneciendo el
rostro
al cesar en las dulces pupilas la benéfica lluvia de que se sirve el hombre para ver el
paisaje sereno de la sierra.
Ni tampoco es la muerte el oro que los cirios
dejan caer, temblado, sobre el grave silencio;
ni es la la leve ceniza que se lleva la tierra
como nieve humildísima de un pecho que
se hunde lentamente en olvido.
Es poner luz de vida sobre la carne oculta en
aquella otra carne que hoy sufre podredumbre,
y mostrar el revés como su almendra muestra
al madurar la fruta, por perecer la carne
con júbilo de pájaros.
Es lograr la apacible dulzura y sentir lo más
frágil de las brisas del cielo, al salvar por
la fe la inocencia del alma;
es apurar la sangre en la luz ordenada por
las nubes que cantan la plata fugitiva del
sueño de los ángeles.
Es la entrega del alma a la perenne paz remansada del tiempo,
donde el silencio afirma la divina palabra,
y un torrente de luz la anega y estremece
para darnos el tiemblo preciso de la Gracia;
donde el silencio afirma el no existir del
tiempo,
porque es la caridad el sostenido asombro de
Dios en nuestros ojos,
y nos ciega la fe, y la visión trasciende al
gozar su presencia,
y todo es maravilla, majestad y consuelo.
Porque el tiempo no existe en donde el tiempo nace;
porque sólo es allí donde la luz adquiere
sentido de lo eterno,
y es la luz la elocuente palabra que redime a
los ojos y consagra a la sangre.
Morir es desbordar el ámbito del mundo,
que se inicia en los vuelos suavísimos de las
pequeñas aves cuando alaban airosas las
pujanzas del día;
es cortar las tinieblas para alcanzar el manso
manantial de la luz;
romper gloriosamente con los estrechos límites que ahogan y torturan lo encendido del
hombre en su estancia de tierra.
Morir es consagrar el fervor de la sangre como
la flor de harina consagra la blancura.
Es hacer evidente la existencia del hombre,
confirmándola honda realidad de la muerte.
¡Oh misterio dulcísimo, prodigiosa ventura
colmada en el silencio redentor de la carne!
¡Oh el amoroso alivio prodigando las glorias
excelsas del descanso en la paz de los cielos!
Oh, morir es hallar el delgado sonido de la
carne que luce su trasparente vidrio;
es tañer el silencio celeste con los húmedos
huesos que quedaron perdidos entre piedras
y abrojos de humildes cementerios.
La muerte es plenitud perfecta de la vida.
Es agostar los mares hasta dejar la ola que
siente en soledad la delgadez del agua.
Es el fruto del hombre con madurez colmada,
que en presencia del cielo resucita su
sangre.
Es un salir sereno, y ansiado de quietudes, de
la prieta angostura que le ponen sus carnes,
para en respiro eterno reposar como arcángeles blancos que despliegan sus alas al mandato divino,
allí donde se sabe del tránsito en la tierra
porque existen los hombres,
y los hombres ascienden con sus alas de sueño
a la morada última,
donde el descanso acierta a ser descanso
eterno

Paisaje de luna

 

¡Oh la luz de la luna en la amorosa entrega!
La luna derramada en la paz de los campos.
La luna que desvela la lentitud del río,
los pujantes alcores, y el habar oloroso.
La luna prodigando sus caricias de nieve por
los esbeltos pinos,
que en el vasto callar, dulcísimos regazan sus
sombras sobre el musgo.
¡Oh excelsa y luminosa vigilia castellana!
¡Serenísima luz colmando los pinares de arrobado misterio!
¡Ay pinos castellanos siempre atentos al
cielo!
Bellos pinos de copa redonda y perfumada,
donde el cielo parece descansar, deslumbrado.
¡Cielo azul de Castilla en luz maravillosa!
Trasparencia suavísima, donde el alma deleita
sus dones, y, encendida, perfecciona el deseo.
Caridad del misterio regalada a los ojos,
que contemplan, humildes, la serena belleza.
Morada de la luz; reino de la hermosura.
Prodigio del cristal rozado por los ángeles.
Valentía del aire que en el dulce sosiego
da encendidos temblores y extremada dulzura.
¡Oh cielo de Castilla en luz privilegiado!
¡Oh la luna en el cielo resplandeciendo el
aire!
Frágil noche de luna que ilumina a Castilla
con no igualado celo y castísimo halo.
¡Ay los breves arroyos! son lágrimas dormidas,
aguas quietas, brillantes, regalando el olvido.
¡Ay lagos de magnolia y azucena atrevida!
Toda la maravilla del campo permanece
como en gozoso sueño de acendrados secretos.
Tesos dando al paisaje leves sombras de
alivio,
rocas vivas prestando su devoción agreste,
trigos en la naciente ventura del silencio,
praderíos amenos privilegiando el valle,
y fuentes amorosas de manar recatado,
y esparcidos barbechos, y encinares severos.
Frágil noche de luna desvelando collados,
que, poderosos, alzan los señeros castillos.
Altivos torreones y elocuentes almenas
tocados por la luz piadosa del milagro.
Cerros donde la sombra recuesta su linaje,
y al amparo suavísimo de las mansas laderas
soberano reclina su corazón el cielo.
Cerros cercando todo lo que inmóvil se queda
para darse a la aurora con ferviente misterio.
¡Ay arroyo tendido por la noche suave,
sólo suenan tus aguas cuando nace la espuma!
Tus juncos armonizan con mi temblor, y el
río
pregona un cielo hermoso que se espeja en
las aguas.
¡Celestial desamparo del asombro en la altura!
¡Maravilla creciente de la luz prometida!
En el manso quedarme a solas con la noche,
dócilmente descubro el temblor, y levanto
la voz del corazón y el ruego de la sangre;
y estremecido busco en la prisión dulcísima
de esta paz que me anega, la gracia y el
consuelo;
y por la estrecha senda de pálidos relumbres,
entregada al fervor purísimo del campo,
van hiriendo mis pasos los aires aromados,
los aires que sosiegan los dulces resplandores;
y se brinda a mis ojos la caricia del cielo.
Y ardiente, traspasado, me entrego a la obediencia
ganada por los hombres de soledad y llanto,
para dar fortaleza a la fe, y elegancia
soberana a la voz más honda y levantada,
y, romero en las cumbres, liberar la transida
pujanza de la sangre, ensalzando y loando
la apacible azulez, resplandeciente y tierna.
Oh luna que en la noche silente nos revelas
el arrogante otero, la discreta colina,
el plácido collado, y el cerro enaltecido.
Oh montes de espesura, donde la luz amable
sigilosa penetra y entroniza el misterio.
Oh prados, oh viñedos, oh valles deleitosos,
amorosas corrientes de caminar perpetuo.
Ay el búho en la noche insistiendo en el
canto.
Oh majestad del cielo, de estrellas serenado,
luceros prodigiosos, derramando, lejanos,
el esmerado brillo de sencillez piadosa.
Oh locas aventuras de la sangre arrobada,
en el dulce reposo contemplo la grandeza
de impecable azulez, y el manso destelleo.
Oh noche de tesoros, privilegios y encantos,
en donde el alma mía florece como un lirio
de extremado candor y delicada albura
y entona este cantar de bienaventuranza.
Oh noche bienamada de dulzura y sosiego,
de luna entre los pinos, y en los riscos, y
el río,
luz inmortal que ordenas la severa llanura,
que la paz sea contigo, y celebren los
hombres
la paz, y en la quietud, transidos, ¡ay! proclamen
el silencio elocuente de la sangre y los ojos,
y entonen la alabanza del misterio a quien dejas
esparcir tembloroso su abolengo de siglos.
Oh noche castellana de claridad y asombro,
firme en la tierra invoco tu resplandor divino,
que no cesa de herirme, y el reposo del
campo.
¡Oscuridad dulcísima! ¡Redentora obediencia,
cumpliendo su mandato de dar paso a los
días!

Paisaje del alba

 

Sotos donde la luz despierta en generosa
y fresca amanecida, que la alondra celebra;
y donde emprende el vuelo la cándida paloma,
y los silbos silvestres del mirlo, y las dulzuras
del ruiseñor, y el trino del gracioso jilguero.
De ofrecida hermosura se alzan nobles los
montes,
y halagados los pinos recrean las colinas,
y mensajera el agua recobra sus honores
y el celaje finísimo compite con la aurora,
y la amena amapola ruboriza el rocío,
y regaladamente surca la golondrina
las primicias del aire, renovado de aromas;
y la creciente albura anega las majadas
y quiebran la quietud del campo las esquilas
de dóciles rebaños, y el cantar de pastores.
Y con dulces sonidos las sonoras campanas
esparcen por los valles y la adusta llanura
la caridad, el júbilo, la armonía y la gloria;
y lentamente pierden el temblor de los aires,
allí, en las serranías, donde, chicos los ríos
hinchen el caudal limpio con las últimas
nieves.
Y las palomas bravas airosas revolean,
y las mansas cigüeñas presienten las culebras.
El campo serenísimo colma su trasparencia.
La brisa de la honesta alborada abanica
las ramas sonrientes del lisonjero pino,
y la música al viento, dulcemente esparcida,
perfecciona el oído y, sonora, agradece
el canto de las aves que silenció el crepúsculo.
Bañados de la luz la soledad y el llanto
amorosos reciben el caudal de la aurora.
Pródigo y reluciente el oro de su mano
a los montes, al río, al campo y la arboleda,
acaricia y consagra los bienes derramados.
Oh feliz altozano desde donde celebro
las gracias acabadas del campo y su dulzura.
Sobre el césped tendido la sangre se serena
y mis ojos persisten en plácido abandono,
y ahora entregan la luz, y el color, y el donaire,
que los campos alegres les cedieron gozosos.
Recogido en la sangre que bautizó la aurora,
Con locura del hombre fuertemente asombrado,
cantaré los deleites que soñaron mis ojos.
Ni el alba fugitiva, ni las sombras primeras
de los árboles tiernos, sufrirán el olvido.
Quiero ensalzar la paz sobre todas las cosas,
y devolver al alma el goce de los campos.
¡Ay la brisa primera que estremeció el rocío!
¡Ay, la luz en el aire es fragancia y aroma!
Perezosa la tierra vuelve a brindar las flores:
los novicios capullos del clavel y la rosa,
el jazmín desmayado por la fina blancura,
el fácil pensamiento, delicada violeta,
la arisca zarzamora, el nevado jacinto,
gentiles clavellinas y el cautivo cantueso,
jaramago y retama, y pámpanos en cierne,
la malva y el espliego, y el agreste tomillo.
Huelgan las praderías y las aguas relumbran,
y en el heno oloroso brincan los ternerillos,
y en la fácil holganza serpentean riachuelos
entre prados risueños y huertos perfumados.
Y el cielo resplandece con el oro patricio,
que dora los centenos, e inclina las cinturas,
frágiles y espigadas, del armonioso trigo.
Y los árboles, todos, remozan y engalanan:
los almendros dulcísimos, los frondosos castaños,
los manzanos en flor, los rosados cerezos,
el olivo elogioso de madurados siglos,
el solitario olmo que al rayo desafía,
el fresno vigoroso, las oscuras encinas,
los negrillos, el álamo, los robustos nogales,
las hayas y los pinos, los sauces y los robles,
y la verde chopera sesteando los sotos.
¡Oh sencillez del chopo en la limpia alborada;
¡Oh escorzo de la sombra fugitiva del viento!
Espuma del color en el páramo austero,
majestad extremada, árbol del señorío,
y llama del amor sentido por la tierra
que proclama su firme convicción de alabanza,
y humildemente quema sus salmos de verdura,
su vigilante paz en la gloria del día.

Juan Panero Torbado, Astorga, 1908-1937