Todo el cielo de España

Todo el cielo de España inmaculado
sobre las torres frías de la tarde;
sobre las torres mudas de la tarde,
todo el cielo de España inmaculado.
Para la patria que perdió la gracia,
el cielo inmaculado inmerecido;
el insultado cielo inmerecido,
para la patria que perdió la gracia.
De nada te sirvió vencer los mares
ni adentrarte en las selvas pavorosas.
No te sirvió avanzar en el desierto
ni defender la brecha en la muralla.
Lo que había que hacer y más hiciste
y a ti misma te pagas con desprecio.
Sobre la antigua casa de María,
todo el cielo de España inmerecido.

Batería

Cuando a mi alrededor todo se hunde,
pienso en los mapas y en la artillería,
en el mundo perfecto de los mapas
y en la realidad que lo transforma.
Alguien elige un objetivo y alguien,
antes de dibujar la trayectoria,
busca las referencias del paisaje,
la torre de una iglesia, una montaña,
para medir con pulcritud los grados.
En las mesas de cálculo se esmeran
los que aplican las fórmulas de tiro
y deciden el ángulo y la carga.
Los sirvientes empiezan su trabajo
mecánico y febril junto a las piezas
y los observadores se impacientan
por ver la nube del primer impacto.
Cuando al fin se da la orden de abrir fuego
todo se vuelve excitación y estruendo,
cada uno es responsable de su parte
y nadie es responsable del estrago.

Santo oficio

Hay una casa que no roza el tiempo.
Tiene torres espléndidas y oscuros
corredores. Sus salas están llenas
de claros y pacientes manuscritos.
Una raza distinta vive en ella:
varones para quienes la justicia
debe ser majestad y ser distante.
La eternidad los hace ser solemnes
y hace que sean pocas sus palabras
y su sentencia la hace irrevocable.
No malgastan su tiempo con sofismas;
saben que la opinión tiene mil labios,
es un monstruo ridículo y versátil.
No dan valor alguno a lo que opinan
los hombres incostantes. Los mil labios
de la opinión se cierran frente al dogma.

La vida retirada

Ya no salgo de casa. Otros no salen
después de haberlo visto todo; en cambio,
yo me encierro después de no ver nada,
o sólo las estrechas pasarelas,
las altas pasarelas pavorosas.

Tampoco tengo claro qué tarea…

Tampoco tengo claro qué tarea
debo cumplir; si todo se reduce
a acompañar en esta pesadilla
el dolor y el orgullo de los hombres
y llegar al final sin sufrimiento,
o si hay que herir también y ser herido.

Nunca he visto gozosa la victoria

Nunca he visto gozosa la discordia,
no conozco el olor que tiene el campo
después de la batalla. Nunca he visto
caballos sin jinete entre las picas
vagar y entre los muertos. No conozco
la voluntad de ser invulnerable 
ni el estupor que nace con la herida.

El cautivo

Dioses bajo la luz celeste y pura
luchan en la cubierta de la nave.
Escucho sólo el ruido de las armas
mientras intento ver desde lo oscuro.
Sólo el eco merece mi ceguera
e imagino el combate que no vivo.

Heráldica

Y mi alma puede ser un descampado
en el que quedan restos de unas casas
humildes junto a montes de basura.
Cuando cae la tarde, un jorobado
y un perro asustadizo y diminuto
vienen de no se sabe dónde y vagan
por sus valles umbríos y apacibles.

Mi alma quiere tener las claras rectas

Mi alma quiere tener las claras rectas
de los desconcertantes arsenales
y en su interior la música compleja
y los sonidos limpios del dieciocho:
la ansiosa melodía inacabable
que vuelve y cambia siempre y cambia y vuelve.
Mis ojos vieron para mi alma el Neva,
la plaza del comercio y conde duque,
y para mi alma oyeron mis oídos
total eclipse y una cosa rara,
para mi alma, la inhóspita y abstracta.

Julio Martínez Mesanza, Madrid, 1955

Arco

Cada flecha es un día. Tiene un punto
cercano al sol, y luego, exhausta, baja.
El arco que dispara tanta flecha
pudiera ser la vida. Si quebrara
su duro nervio, el ansia moriría.

De «Europa» 1986

Cuestiones naturales II

Vagas estrellas que arden para nada;
muertas lunas que surcan el vacío;
el cielo que vigila nuestro insomnio,
y, aquí abajo, la sucia piel del mundo
y la vida, su huésped más terrible.
Lo incomprensible no es que lo crearas,
sino que, pese a conocer lo absurdo
que era para los hombres tu universo,
te hicieses uno de ellos y quisieras
participar en esta pesadilla.

De «Las trincheras» 1996

De amicitia

A José del Río Mons

Si tuviese al justo de enemigo,
sería la justicia mi enemiga.
A tu lado en el campo victorioso
y junto a ti estaré cuando el fracaso.
Tus palabras tendrán tumba en mi oído.
Celebraré el primero tu alegría.
Aunque el fraude mi espada no consienta,
engañaremos juntos si te place.
Saquearemos juntos si lo quieres,
aunque mucho la sangre me repugne.
Tus rivales ya son rivales míos:
mañana el mar inmenso nos espera.

De «Europa» 1986

Después de haberme dicho muchas veces…

Después de haberme dicho muchas veces
que debía mirar de otra manera
las cosas, y que a nada conducía,
o tan sólo a pobreza y paranoia,
hacer frente al poder organizado
de los inicuos, tomo nuevamente
las armas y, en constante desacuerdo
con el mundo, me enfrento al sincretismo,
a toda ambigüedad y a la tibieza.

De «Europa» 1986

Egisto

Aquel que no merece luz ni casa,
que antes de haber nacido ya ha pecado.
Aquel que miente y sobrevive en vela,
que ama a la esposa del mejor guerrero.
El triste. Aquel que no es feliz ni hermoso.
Aquel que usurpa, Egipto, aquel, la sombra.

De «Europa» 1983

El río

Hacia el norte del golfo puede verse
una enorme extensión en la que pierde
su azul el mar y lo suplante el ocre.
Montañas de basura son las islas
que forma el río cuando desemboca;
bandadas de gaviotas caen sobre
los desperdicios y su griterío
acompaña a los lentos petroleros
que remontan el río ente la niebla.
En estas islas hubo pescadores,
hace tiempo, y un faro, cuya torre
fue demolida a medias, y ha quedado
ciega y gris a merced de las mareas.
Yo me acercaba hasta ella muchas veces
cruzando los hambrientos cenagales
desde el puerto fluvial en el que vivo.
Fue después de las torpes madrugadas
junto al amigo y la mujer que mienten;
en ellas todo parecía hecho
para menguar la gracia redentora.
A mi espalda quedaba el ancho río
con sus destartalados almacenes,
su oscura fundición, su factoría,
y la ciudad sin torres ni campanas,
sin un arco de triunfo ni una estatua,
el lugar más hermoso y miserable.
A la tarde de nuevo atravesaba
los pantanos camino de mi casa.
Entraba en la ciudad por una calle
contigua a la gran fábrica de hilados
y me encontraba siempre con los niños
de la tanda de noche que, en hilera,
como los prisioneros, cabizbajos,
ateridos y sucios, se adentraban
en el fragor del nuevo laberinto.
Yo meditaba acerca del pecado
y de cómo los hombres alimentan
con su vida el pecado de los otros.
Venía a mí la imagen de una leva
permanente y veía cómo eran
sacados de sus casas esos niños
y veía los tratos de las madres
con los sargentos y también a madres
que eran zarandeadas y obligadas
a entregar a sus hijos, y veía
sobre los desconchados de los muros
de esas casas el rostro de los nuevos
dioses: el campeón de los sofismas
y las perplejidades y ese otro,
el transformista y bailarín obsceno.
De vuelta a casa, desvariaba y todo
lo visto e imaginado sucedía
en mi alma: en ella se estancaba el agua
de este río solemne y miserable
que nace de la luz lejana y muere
entre los muros de un país sombrío.

De «Las trincheras» 1996

Julio Martínez Mesanza, Madrid, 1955

La derrota

A Abelardo y Marie-Christine

Tuve una amarga cita en Muros Negros.
El Maligno quería mi cabeza,
y yo cerrar su boca para siempre.
Fui con todas mis armas a su encuentro.
Cuando pasaba por las negras calles
las gentes del comercio me insultaban.
Esperé más de un año, y se reían
al verme inmóvil en la plaza inmensa.
Diariamente bardajes y banqueros
cumplían su papel contra natura
y la prensa alentaba todo fraude.
Ninguna cruz había en esa plaza
donde la corrupción se subastaba
por medio de la imagen y el sonido.
El torpe imitador jamás venía,
y yo era como estatua en la que orinan
los perros y defecan las palomas.
Malvendí mi armadura y los arreos
para pagar las deudas contraídas
con los proveedores de cebada
y dejar la ciudad abominable.
Entonces proclamaron mi derrota
y el pacífico triunfo del Falsario.
Su sutil ironía fue ensalzada
junto a la fortaleza de sus leyes.
Medio dormido sobre mi montura
cabalgo por un bosque de ahorcados,
mientras me alejo de los negros muros.
No sé dónde serán las otras citas.
Le ruego a Dios que me conceda fuerzas
y combatir de frente al enemigo.

Es poder una torre sobre rocas…

A Luis Alberto de Cuenca

Es poder una torre sobre rocas
cuyo interior adornan ricas telas
e inscripciones de anales y de leyes.
Una torre que guarda los despojos
de solares y eternas dinastías.
Tiene el poder severos escenarios
e implacables sirvientes silenciosos.
Poder arroja infamia sobre el tibio
y no acepta en su guardia a los neutrales.
Tiene la torre normas que el profano
no comprende y desprecia torpemente.
Poder cierra la boca al arbitrista
y hace que el cuerdo abrevie su discurso.
Es poder una torre sobre un yermo
cuyo exterior el tiempo hizo terrible.

De «Europa» 1983

He soñado de nuevo con jinetes…

He soñado de nuevo con jinetes
pesadamente armados. A lo lejos
acampan. Vemos la humareda enorme
de sus festines y sus grandes sombras.
Sabemos que vendrán tarde o temprano,
y ante su carga no valdrán las hachas
ni las cobardes hoces, ni la astucia.
Sobre nuestras espaldas de vencidos
golpearán terribles sus espadas.
Quisiera desertar, pero me dicen
que sé algo de estrategia y que soy joven.
Quisiera estar del lado de los otros.

De «Europa» 1988

La torre y los cerdos

Arriba, donde reza la doncella,
todo el día es de día; abajo, donde
viven los cerdos, es siempre de noche.
Hay criados que conocen ambos mundos,
pues tienen que subir todos los días
para servir a la doncella orante.
Otros, los que alimentan a los cerdos,
pierden la vista paulatinamente,
y lo mismo sucede con los cerdos,
incluso algunos nacen ya sin ojos.
En tiempo de matanza la doncella
sueña con un inmenso mar de sangre
al que se asoman altos promontorios
formados por los huesos de los cerdos,
y sueña que uno de esos cerdos ciegos
la empuja y contra el rojo mar la estrella.
Esto sucede arriba de la torre,
desde la que se ve una tierra inculta
cruzada por acequias desecadas
y cerrada por anchos y altos setos.
Unas lomas impiden que la torre
se vea desde lejos, y el viajero
que ahora llega sólo puede verla
cuando su enorme sombra lo amenaza.
Limpiará muchos años las pocilgas
y vivirá la vida de los siervos:
el promiscuo placer y la torpeza
del vino, y su lenguaje serán gritos
y blasfemias y en viles altercados
se verá envuelto, y perderá su nombre.
Un día encontrará una cruz tirada
entre los excrementos de los cerdos,
una pequeña cruz labrada en oro,
que ocultará supersticiosamente
ya la que llevará siempre su mano
antes de hacer un rápido remedo
de señal de la cruz, para escudarse
ante un peligro o dar a la conciencia
una tregua después de la caída.
Pasado el tiempo, no tendrá memoria
del error que lo trajo a las pocilgas,
ni de por qué vagaba por los campos
buscando no se sabe bien qué cosas.

De «Las trincheras» 1996

Las campañas de mayo

Otros recuerdan los jardines falsos
del amor y los días en que amaron
o creyeron amar, y otros, los libros
que leían de niños y marcaron
su vida para siempre, ya que nunca
pudieron entender cómo es el mundo.
Y todos se consuelan de esta forma
e incluso se entusiasman cuando sienten
que la memoria puede moldearse
a voluntad y dar lo que no daban
el amor, los jardines y los libros.
Yo recuerdo las cosas que no hice:
las campañas de mayo sobre todo.

De «Las trincheras» 1996

Los prisioneros

A Lorenzo Martín del Burgo

Él era de una raza de gigantes.
Mirábamos sus ojos, y su orgullo
nos sojuzgaba. Mucho ponderamos
su grandeza de espíritu, su forma
de arrastrar las cadenas en la jaula.
Era la dignidad y lo inasible,
un astro en torno al cual todo giraba.
Cuando fue deportado, nuestras vidas
perdieron su más clara referencia:
allí permanecía aquella jaula,
pero sin nuestro superior trofeo,
y el tiempo en el cuartel se hizo insufrible.
En vano organizarnos correrías,
saqueos sistemáticos y asaltos
por sorpresa; fue inútil disfrazarnos
con harapos y entrar en las ciudades
del enemigo y practicar secuestros:
ningún botín podía devolvernos
la confianza perdida y la victoria
dejó de ser hermosa y el combate
se convirtió en oficio de asesinos.
Vemos la noche desde nuestra jaula
y nos imaginamos yermas lunas
más lejos cada vez unas de otras
y un sol sólo ceniza a la deriva
del que también se alejan esas lunas.
Entonces la traición de nuestros jefes
y todos nuestros crímenes no importan;
aunque tarde, aprendemos la renuncia
y viene a consolarnos el desprecio.

De «Europa» 1990

Nínive

No soy feliz, ni lo seré venciendo.
Ya no quiero vencer. Lanzo la flecha,
pero la estéril ansiedad persiste.
Mando romper el nervio de los arcos
y la ansiedad persiste. Ya me hiere
todo rumor y escucho predicciones
sobre eclipses e imperios. El insomnio
me devuelve un pretérito manchado.
La vejez de los dioses es inmensa,
y mil generaciones de los hombres
alcanzan lo que alcanza su agonía.
Los crímenes de un dios jamás prescriben,
se arrastran como siglos por los siglos
ensuciando los ojos de lo eterno.
Todo lo que alcancé ya no me sirve.
No quiero ver a la mujer gozada.
No quiero ver el campo victorioso.
No quiero ver las torres ni los templos.
Ni las palabras dichas ya me sirven:
escapan sin sentido de mi boca.
Todo lo que contemplo se empobrece.
Ningún alivio encuentro en los paisajes
que los hombres aprecian. Ha salido
muchas veces el sol, muchas ha muerto.

De «Europa» 1986

Nunca he visto gozosa a la discordia…

Nunca he visto gozosa a la discordia.
No conozco el olor que tiene el campo
después de la batalla. Nunca he visto
caballos sin jinete entre las picas
vagar y entre los muertos. No conozco
la voluntad de ser invulnerable
ni el estupor que nace con la herida.

De «Europa» 1983

Remedia amoris I

Amigos, el amor me perjudica:
no permitáis que caiga nuevamente.
Podemos emprender una campaña
o el estudio de textos olvidados:
algo que me mantenga distraído.
No me habléis de la dulce voz de aquélla
ni del hermoso talle de esa otra.
Quemad todo retrato, ensordecedme,
poned sus armas en mis propias manos:
si sé el secreto su poder se extingue:
ellas son incapaces de ternura.

De «Fragmentos de Europa» 1977-1997

Retirada

Vengan grises caballos por la senda
nevada, y un anciano se detiene
y ve pasar jinetes y armas oye.
Continuamente pasan los soldados,
y otra tierra recuerda y otro tiempo.
El corazón del viejo se ensombrece
mientras las muchas sombras enumera,
y otra guerra recuerda y otros hombres.

De «Europa» 1986

Rusia

Me puse a divagar y pensé en Rusia;
también pensé que el alma es como Rusia
y que son sus fronteras las de Rusia,
amenazadas por las mismas hordas.
Después pensé en un carro de combate
que avanza por la estepa día y noche
dejando sus rodadas infinitas
en los fangales del primer deshielo.
Por su torreta asoma la figura
de un hidalgo espectral y delirante
que a grandes voces desafía al mundo
y pide a Dios la salvación del diablo.

De «Las trincheras» 1996

San Luis

A Violeta

Hay algo noble en todas las espadas.
Hay algo noble en todos los jinetes.
Y espadas nobles hay en manos regias,
y audaces horas y monarcas santos
que cabalgan enfermos, poseídos
por una gracia que el temor destruye.
Ellos nunca quisieron ser los dioses
pues Dios era su sueño y su vigilia.
Hay espadas que empuña el entusiasmo
y jinetes de luz en la hora oscura.

De «Europa» 1986

Sancta María

Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra,
Majestad y Humildad, impera siempre.
Tiro como si fuera un trapo viejo
la razón inestable que ayer dijo
y dirá lo contrario de inmediato.
Olvido los tres siglos de cordura,
la mole de palabrería impresa,
e intento serte grato nuevamente.

Sólo quiero volver a las trincheras…

Sólo quiero volver a las trincheras,
a las trincheras donde nunca estuve.
La mañana de nieve, el negro muro,
tus palabras de hielo en mis oídos.
Sólo quiero volver a la tristeza
del frente occidental, que es mi tristeza.

Tartaria

Cuando a mi estéril corazón me vuelvo,
por las eternas dudas asolado,
pienso en Tartaria, en gélidos desiertos,
y una sombra comienza a tomar forma
y una forma se encarna lentamente,
mientras mi débil voluntad conquista.
Desde entonces que el jinete eterno,
a quien turban inmensas lejanías,
lleno de desazón, se ponga en marcha.

Víctima y verdugo

Soy el que cae en el primer asalto
entre el agua y la arena en Normandía.
Soy el que elige un hombre y le dispara.
Mi caballo ha pisado en el saqueo
el rostro inexpresivo de un anciano.
Soy quien mantiene en alto el crucifijo
frente a la carga de los invasores.
Soy el perro y la mano que lo lleva.
Soy Egisto y Orestes y las Furias.
Soy el que se echa al suelo y me suplica.

De Europa, 1988

Domingo sin ocaso

EL sábado que pasan tantas cosas,
soy el guardián dormido en el sepulcro;
el sábado, que no tendría nunca
que pasar nada, están pasando cosas.
Sábado era ley, perfecto el mundo:
sirvo a la ley, y ni siquiera a ella,
pues, cuando tuve que velar, dormía
en el perfecto sábado del mundo;
en el último sábado perfecto
en que la ley y el alma se bastaban,
en que era el alma la gozosa sierva:
en el último sábado perfecto,
preludio de un domingo sin ocaso.

Y yo tampoco

EL polvo y el desorden de esta tierra
no se merecen el azul hiriente
ni las nubes que solo ve mi alma
sobre los infinitos descampados.
No se merecen nada y yo tampoco.

La merecían

LA lluvia que ha lavado las naranjas,
las últimas naranjas perezosas,
la limpia, la que viene ya sin barro.
Y esas naranjas que la merecían
solo por esperar hasta el invierno,
como merecen todos los que esperan.

de “Gloria”. Ediciones Rialp, 2016

Julio Martínez Mesanza, Madrid, 1955

También mueren caballos en combate

También mueren caballos en combate,
y lo hacen lentamente, pues reciben
flechazos imprecisos. Se desangran
con un noble y callado sufrimiento.
De sus ojos inmóviles se adueña
una distante y superior mirada,
y sus oídos sufren la agonía
furiosa y desmedida de los hombres.

Santa Cristina

El orden vive lo que vive el día
y, a la tarde, retorna la tortura:
el mar de sangre y los dorados dioses,
el sueño de la torre y la doncella.
Las calles de Milán fatigo entonces:
cruzo frente a los patios escondidos
y los grandes palacios apagados
mientras me empuja la ansiedad insomne.
Huyo de mí, que sueño lo terrible,
los sueños que penetran un segundo
la inesperada luz de la vigilia,
zarandeando el corazón inerme.

No deja de llover

No deja de llover sobre las ruinas
que rodean mi casa, vieja y pobre,
aislada en medio de este descampado.
No llueve igual más lejos, en los huertos
que nunca pisaré, ni en las ciudades
que conservan indemnes sus iglesias;
pero sí en las trincheras, en los fosos,
en los taludes donde fui soldado.
Y llueve igual que aquella amarga noche,
mientras pasaba la segunda hora
del frío turno que precede al alba,
la hora en que los vigías se abandonan
a las ensoñaciones y en que el miedo
y con él la atención desaparecen.

Preferencias

Ni las cumbres sublimes ni los ríos
que no han sido ensuciados por los hombres;
ni los palacios ni las blancas ruinas
de los templos antiguos, ni los dioses
de mármol o de bronce, iguales a todos,
ni la alada victoria ni un bugatti,
menos aún la música y el baile,
con sus amanerados sacerdotes:
ninguna de esas cosas y de otras
tan admiradas por los más sensibles
y que tienen que ver con el buen gusto
me proporciona una impresión profunda.
Si acaso, los hangares en desuso,
las estaciones fuera de servicio,
el laberinto de las fundiciones,
el brumoso extrarradio, un descampado
en el que sólo puede comprenderse
la perpleja tristeza de los hombres,
y los ríos que arrastran su miseria,
oscuros, majestuosos y solemnes,
y las descomunales escombreras.

Han caído las torres

Han caído las torres, y el desierto
es ahora tan grande como el alma:
esas torres que alcé y ese desierto
que quise mantener lejos del alma.
Los enemigos que inventé murieron
y si hay otros no quiero imaginarlos:
así que no vendrán los enemigos.
Y los amigos no vendrán tampoco,
igual que yo no iré a ninguna parte:
han quedado atrapados en sus reinos,
perplejos como yo, sin esperanza,
y miran las desmoronadas torres
que fueron su pasión y su defensa,
y el desierto es el dueño de sus almas.

Julio Martínez Mesanza, Madrid, 1955