Letras Libres entrevista a Michael Walzer

Howe primero como maestro en la Universidad de Brandeis y luego como amigo y camarada. Howe fue el primer representante de un grupo de intelectuales judíos en Estados Unidos que transitaron por varias sectas trotskistas antes de volverse decididos anticomunistas. Howe hizo un esfuerzo para hacer de las propuestas de la izquierda democrática y liberal parte de la discusión pública. Esta tentativa se reflejó no solo en el contenido de sus escritos, sino también en la forma en que escribió. Él estaba comprometido con el diálogo entre la izquierda y los ciudadanos norteamericanos. Howe escribió para el lector en general, esa figura mítica, al que nunca despreció. Ese es sin duda uno de los legados de Howe a Dissent.

¿Te ves como alguien que quisiera emular a Irving Howe?

Claro, tanto que al principio intenté ser un crítico literario. Escribí un ensayo al principio de mi carrera sobre la ficción de Salinger que se publicó en Dissent. En ese entonces, la década de los cincuenta y sesenta, escribí sobre la obra de un grupo de escritores ingleses que se autodenominaron los angry young men.

Kingsley Amis era uno de ellos.

Así es. John Osborne era otro caso muy interesante. Se trataba de escritores que se habían rebelado en contra de la tradicional jerarquía de clase británica. No recuerdo que hubiera mujeres en el grupo, pero no era casual que el grupo se llamara “hombres jóvenes iracundos”. Ellos no estaban comprometidos políticamente sino culturalmente. Y Lucky Jim, de Kingsley Amis, es una de las más grandes novelas que el grupo haya producido.

Una gran novela cómica. Si no entiendo mal, los miembros del grupo, en su mayoría, se volvieron conservadores.

Es cierto, aunque en ese periodo eran más bien de izquierda.

Durante los años axiales del movimiento estudiantil en los sesenta, tú eras profesor en las universidades de Princeton y Harvard.

Mi primer trabajo fue como profesor asistente en la Universidad de Princeton, en el Departamento de Gobierno, de 1962 a 1966. Luego fui a Harvard y después regresé a Princeton, porque en 1980 el Instituto de Estudios Avanzados me ofreció todas las libertades para hacer lo que yo quisiera. Regresar a Princeton también me permitió estar más cerca de Nueva York y, por lo tanto, cerca de las oficinas de la revista Dissent. En Harvard, mis amigos en el Departamento de Gobierno fueron Stanley Hoffmann y Judith Shklar, y en el de filosofía John Rawls, Hilary Putnam y Bob Nozick.

Ahora que mencionas a Robert Nozick, tu libro Las esferas de la justicia tiene su origen en un mítico curso que ustedes impartieron juntos en Harvard en 1970-71.

Nozick y yo éramos buenos amigos y en algún momento decidimos enseñar conjuntamente un curso que nos permitiría debatir mejor nuestras posiciones encontradas. Como sabes él era un libertario y yo siempre he sido un socialdemócrata. El curso estaba diseñado de tal forma que él daría dos conferencias y luego yo respondería críticamente a su exposición. Luego yo impartiría dos conferencias a la cuales él respondería. Funcionó muy bien. Aunque debo admitir que este curso es al que he dedicado el mayor esfuerzo de todos los que he enseñado, porque Nozick y yo éramos muy competitivos.

La idea era ganar la batalla espiritual de las ideas frente a un grupo de estudiantes muy inteligentes.

Así es. Debido a que el curso se impartió a principios de los setenta, creo que yo tenía ventaja, pues la mayoría de los estudiantes tenían opiniones de izquierda y estaban más interesados en escucharme a mí. Aunque debo admitir que Nozick era un gran polemista. Nozick no era un conservador sino un libertario radical. Recuerdo que en algún momento él dijo que si el capitalismo era el mejor sistema económico, esto de alguna manera justificaba una revolución social en Estados Unidos para establecerlo.

¿“Capitalistas del mundo, uníos…”?

Para mantener nuestra amistad, Nozick y yo jugábamos handball una vez a la semana después de clase. Es algo que recomiendo mucho a contrincantes intelectuales. La posición de Nozick era dejar en absoluta libertad al mercado, con una intervención mínima del gobierno. En este sentido su posición era prescriptiva, pues esa no es la situación en Estados Unidos ni en ningún otro país del mundo. Mi posición era una versión de la democracia social, con la asignación de diferentes papeles para el mercado y el Estado. Sobre esto escribí un artículo en Dissent, que se publicó en 1972, llamado “En defensa de la igualdad” que luego expandí como libro.

En Las esferas de la justicia, argumentas que hay que mantener la autonomía entre diferentes esferas de actividad humana. La idea es que ninguna de estas esferas pueda dominar a las otras en el reparto de bienes sociales. Se trata de una idea que combina la justicia social con el liberalismo.

Es una idea liberal en el sentido en que propone, lo que llamo en otro de mis artículos, “el arte de la separación”. Por otro lado, el libro es prescriptivo en cuanto que plantea la creación de un régimen político y económico que es una versión socialdemócrata del liberalismo. Y, sin embargo, marca una serie de criterios que pueden servir para criticar otro tipo de regímenes. Mi crítica al capitalismo estadounidense es que la esfera del dinero ha contaminado otras esferas de acción social que no son económicas. Hay que pensar en cómo evitar que el poder económico se convierta también en un poder político o militar. Por otra parte, mi crítica a la Unión Soviética, que era un gran poder mundial cuando escribí Las esferas de la justicia, es que el poder político dominaba otras esferas de acción humana que no eran políticas. Se trataba de una crítica a la nomenclatura, con sus privilegios de todo tipo.

Un caso contemporáneo es el de los regímenes islámicos donde la esfera religiosa contamina otras esferas.

Así es. De hecho, en la parte de Las esferas de la justicia dedicada a la justicia distributiva, discuto el papel de la religión en la sociedad.

Me gustaría aprovechar este momento para preguntarte sobre tu interés en la teología política. Después de todo tu penúltimo libro, In God’s shadow, es un análisis de la política en la Biblia.

Yo siempre he dicho que estoy sordo cuando se trata de aceptar los reclamos de la teología, incluyendo la judía. Sin embargo, siempre he estado interesado en la relación de la religión y la política. De hecho mi último libro, cuyo manuscrito acabo de mandar a Yale, versa sobre una comparación de tres casos: Israel, Argelia e India. En los tres casos hubo movimientos de liberación que eran seculares en origen –el Congreso Nacional en la India, el unionismo laboral en Israel y el Frente de Liberación Nacional en Argelia–. Estos movimientos de la izquierda secular fueron al principio exitosos en establecer tres Estados-nación que, sin embargo, fueron desafiados una treintena de años después por grupos militantes en India, por el movimiento mesiánico en Israel, y por el radicalismo islámico en Argelia. Tres diferentes religiones irrumpieron al mismo tiempo contra Estados seculares de izquierda. Lo que me pregunto en el libro es qué paso con los movimientos de liberación nacional de carácter secular. Busco llamar la atención sobre algo que me preocupa hondamente: la falta de reproducción cultural de la izquierda democrática que se encuentra en crisis no solo en los países que mencioné sino también en varias partes del mundo.

¿Cuál es la naturaleza de este predicamento?

Pareciera que la izquierda secular no es suficientemente robusta para garantizar la transmisión de su cultura intergeneracionalmente. Es muy difícil encontrar hoy gente comprometida con los ideales socialistas a la manera en que sucedía en Europa durante los treinta o los cuarenta. Parece ser que la religión es mucho más eficiente en transmitir valores de una generación a otra.

Esto a pesar de que recientemente en varios países de Occidente, de España a Israel, hubo movimientos juveniles de izquierda que se manifestaron en las calles. El ejemplo paradigmático fueron las manifestaciones en Wall Street.

Eso fue muy interesante. Yo estuve en Israel en el verano de 2011, donde presencié manifestaciones en las calles de Tel Aviv. Se trata, sin embargo, de formas de rebelión que desgraciadamente no pueden perdurar. En Estados Unidos el liderazgo anarquista, pretendiendo que no era un liderazgo, nunca pensó en formas prácticas de organizar el movimiento. Uno de nuestros jóvenes escritores en Dissent me describió una reunión del grupo que tomó las calles en Wall Street. En un momento alguien se levantó y habló de la necesidad de reclutar gente; uno de los ideólogos anarquistas le respondió que el reclutamiento era una idea fascista. No se puede sostener ningún tipo de movimiento si se piensa así. Al mismo tiempo creo que los reclamos deben referirse a realidades concretas de la sociedad, sobre cómo distribuir este o aquel bien social, y no sobre cómo transformar radicalmente nuestras sociedades.

Uno de los problemas parece ser que los nuevos intelectuales de izquierda, los maestros de los jóvenes anarquistas que describes, ya no están comprometidos con la idea de la socialdemocracia.

Gente como Alain Badiou o Slavoj Žižek son neocomunistas que creen que la dictadura es aún la salida. En Dissent publicamos al menos un artículo criticando a Žižek. Aunque a mí me parece que su influencia en Estados Unidos, o inclusive en Europa, no es muy importante. Solo un grupo minoritario en algunas universidades sigue atentamente su obra.

Pasemos de los ideólogos a los pensadores. Tu obra no sería posible sin la previa publicación del libro Teoría de la justicia, de John Rawls. ¿Cuáles son tus acuerdos y desacuerdos con Rawls?

Siempre he dicho que los rawlsianos escriben con la vista puesta en la economía y la psicología, mientras que yo leo historia y antropología. La Teoría de la justiciaes uno de los más grandes libros de filosofía política que se hayan escrito. Rawls tomó el espíritu de los sesenta como punto de partida de su teoría de la justicia, comenzando así la tradición argumentativa a la que después nos integramos Nozick, yo y otros. Mi desacuerdo con Rawls es que su libro es muy abstracto para mi gusto. Tengo mis reservas también con el principio diferenciador (difference principle). Simpatizo con la idea de que la agitación política en defensa de la igualdad comienza con la gente menos afortunada económicamente. Pero los principios distributivos tienen que atender la naturaleza de los bienes que se están distribuyendo. Los bienes sociales tienen que ser diferenciados. Por ejemplo, Rawls critica la idea del mérito (desert) con el argumento de que los talentos son repartidos aleatoriamente. De acuerdo con esta idea, ser talentoso es tan meritorio como haber ganado la lotería. Mi crítica consiste en proponer, contra Rawls, que la distribución inequitativa de los talentos es parte de la condición humana que no podemos soslayar. Por ejemplo, me parece que tiene sentido homenajear a John Rawls por sus logros filosóficos. El mérito es el principio por el cual las sociedades distribuyen el honor, que es un bien social. Esto no quiere decir que no haya otros principios para distribuir distintos bienes sociales. A diferencia de Rawls, creo que hay que pensar en esquemas de distribución de bienes sociales de acuerdo con el contexto de las sociedades en las que vivimos.

La pugna por la justicia no debe cegarnos de nuestra apreciación por la excelencia. Pasemos ahora a hablar del que es quizá tu libro más conocido, Guerras justas e injustas. ¿A qué crees que se deba la popularidad de este libro?

Este libro se ha vendido más que toda mi obra restante en su conjunto. El tema de la guerra justa había sido pensado por la tradición teológica y moral del catolicismo, desde los tiempos de Francisco Suárez, Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria. Pero quizá yo haya escrito la versión secular de la teoría con un estilo accesible al público en general. El libro ilustra la teoría con ejemplos antiguos y modernos. No hay que olvidar tampoco que Guerras justas e injustas se publicó en un momento en que las cicatrices de Vietnam no habían sanado del todo.

¿En qué momento en específico concebiste el libro?

En 1967 yo estaba muy activo visitando diversas ciudades en Estados Unidos, hablando en contra de la guerra de Vietnam. Fue en ese momento en que dio inició la guerra árabe-israelí de los Seis Días. La vida me había puesto en una situación en la cual, por un lado, me oponía absolutamente a una guerra (la de Vietnam), cuando al mismo tiempo defendía otra (el derecho de Israel a un ataque preventivo). La hora llamaba a hacer distingos conceptuales y juicios morales sobre dos guerras que sucedían por diversas razones. De alguna manera me vi forzado a justificar mis compromisos. Fue entonces cuando nació la idea de escribir un libro que delineara argumentos sobre cuándo y cómo hacer la guerra.

Entonces, la guerra justa era la guerra de los Seis Días y la guerra injusta era la guerra de Vietnam. El libro tiene una riqueza de fuentes intelectuales, de citas de los clásicos de la filosofía política a recuentos de batallas militares…

Para escribir el libro leí, entre otros, a San Agustín y a Tomás de Aquino. Pero también pasé cinco años leyendo historia militar y memorias de soldados. De igual modo entrevisté a gente que estuvo en el campo de batalla durante la Segunda Guerra Mundial. Otra fuente fueron poemas sobre la guerra que leí copiosamente. Tuve esta necesidad porque yo nunca he sido un soldado. Era muy joven para pelear en Corea y muy viejo para hacerlo en VietnamSentía una responsabilidad moral de aprender sobre la experiencia de la guerra antes de escribir el libro.

Es muy interesante la manera en que organizas el libro, con discusiones teóricas sobre Tucídides, Grocio o Maimónides que luego ilustras con los ejemplos de batallas.

La idea era trabajar la discusión teórica a través de los ejemplos. El ejemplo de Maimónides junto con el de Josefo son probablemente los únicos provenientes de fuentes judías. Pero la verdad es que fueron los católicos quienes desarrollaron mejor la teoría de la guerra justa. Lo cual no es casualidad, pues por mucho tiempo los católicos vivieron en situación de guerra casi permanente, mientras que los judíos, antes de la creación de Israel, carecieron por mucho tiempo de ejército o de Estado.

Si tu ejemplo original de guerra injusta fue la intervención militar de Estados Unidos en Vietnam, algo interesante parece haber pasado lustros después de que se publicó tu libro. En los noventa Estados Unidos interviene en guerras que consideras justas, primero en Bosnia-Herzegovina y luego en Kosovo.

Nunca creí que Estados Unidos fuera el villano automático en toda conflagración. Siempre he sido consciente de que contribuyó decididamente a derrotar a los países del Eje durante la Segunda Guerra Mundial y después a la Unión Soviética. Aún así, me pareció injusta la guerra de Vietnam, así como otras intervenciones en América Latina. Creo que la primera Guerra del Golfo contra la ocupación de Kuwait, por parte del régimen de Sadam Husein, fue una guerra justa, aunque en su momento me opuse al bombardeo contra toda infraestructura ligada al bienestar de la población civil. La intervención en Kosovo también me pareció justificada, aunque no estuve de acuerdo con el bombardeo a Belgrado ni con la decisión de no enviar tropas a las zonas donde se cometían atrocidades. Si se hubiera actuado de otra manera, muchas vidas se habrían salvado.

Recientemente te has opuesto a la intervención militar en Libia y Siria

Es verdad, pero hace no mucho escribí un artículo titulado “¿Nos equivocamos en Siria?”, donde me pregunto si la izquierda no se equivocó en oponerse a la intervención. En el caso de Libia, me opuse a la intervención porque las fuerzas de la otan decapitaron el régimen de Gadafi sin pensar en qué hacer tras la intervención. Como resultado, Libia es hoy un desastre, con milicias de caudillos militares controlando el país por medio del terror. Además, no hubo control del arsenal del régimen que ahora circula en Mali y otros países de África y del Medio Oriente.

La difícil pregunta es ¿qué habrías hecho con el régimen de Gadafi que, de acuerdo con muchos analistas, estaba a punto de masacrar a la población civil en Benghazi?

Gadafi no había cometido ningún tipo de masacres en las ciudades que su ejército ocupó en su camino a Benghazi. Además los rebeldes se estaban moviendo tan rápido que para cuando Gadafi hubiera arribado a Benghazi, ellos ya habrían llegado a Egipto. En su escrito sobre la intervención humanitaria, John Stuart Mill argumenta que quienes se rebelan contra un tirano tienen que aceptar los riesgos que conlleva su rebelión.

Por último, me gustaría saber tu opinión sobre el desarrollo reciente de lo que se ha llamado el sistema internacional de justicia criminal, ejemplificado con la Corte Penal Internacional para procesar a criminales de guerra.

No me opongo a la creación de este sistema, lo que objeto es pensar que el sistema ya es robusto. Creo que Estados Unidos debiera integrarse como miembro de la Corte Penal Internacional. El gobierno de Clinton participó activamente en la creación de la Corte, pero luego, debido en parte al proceso de impeachment en su contra, Clinton se desentendió del asunto. Fue un error. El problema con la Corte Penal Internacional es que no tiene medios para imponer sus decisiones. Esto es muy claro en el caso del presidente de Sudán. Es peligroso pretender que algo existe cuando en verdad no existe. Esto aplica también respecto al papel desempeñado por el Consejo de Seguridad de la onu,que no está diseñado para responder a casos de genocidio y otras atrocidades. Hay veces que la actuación unilateral puede detener atrocidades masivas, en cuyo caso hay que apoyar esa acción. Te doy un ejemplo de ingenuidad: después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, algunos pensaron que la solución era enviar a los terroristas a la Corte Penal Internacional. Me acuerdo que al oír esto yo escribí que esta era la solución 911 al 9/11.*

 

* Walzer se refiere al número (911) al que se habla en caso de emergencia en Estados Unidos. Por azar, ese número coincide con la fecha (9/11) en que ocurrieron los ataques terroristas en Nueva York y Washington dc en 2001.

 

Fuente | Ángel Jaramillo | Letras Libres (14/01/2014)

Artículos de Michael Walzer

La política exterior estadounidense y la ausencia de la izquierda

Consideremos el desastre que es la política exterior estadounidense bajo el mandato de Donald Trump. Si bien el presidente pasó su primer año en el cargo intercambiando insultos con el dictador de Corea del Norte, ese país ha avanzado de manera constante en su programa nuclear, y Estados Unidos se ha aproximado cada vez más a una guerra que nadie quiere.

En Siria, el pasado abril, las fuerzas estadounidenses atacaron instalaciones del gobierno mediante un único bombardeo, que como no recibió ningún seguimiento político ni diplomático, no logró nada. Del mismo modo, después de armar a las milicias kurdas para luchar contra el Estado Islámico (ISIS) en su representación, Estados Unidos se quedó a la espera y observó como Turquía atacaba a esos mismos hombres y mujeres.

Como resultado de que la administración Trump ha dejado de lado las restricciones de la era de Obama con respecto al uso del poderío aéreo, se alcanzó una «victoria» de la coalición encabezada por Estados Unidos en Mosul, Irak, misma que causó miles de víctimas civiles y dejó una infinidad de de escombros. Al igual que en Vietnam, Estados Unidos tuvo que destruir la ciudad para poder salvarla.

Mientras tanto, la administración ha desplegado miles de tropas estadounidenses en Afganistán, pero sin molestarse en idear una estrategia política para romper el estancamiento allí.

Bajo el mandato de Trump, Estados Unidos también se ha convertido en un incondicional partidario de regímenes autoritarios, desde Arabia Saudita hasta las Filipinas. Y, en Europa, los líderes de extrema derecha en Polonia y Hungría caminan con decisión siguiendo los pasos de Trump – si es que no van un paso o dos delante de él

En Israel, Estados Unidos se alió efectivamente con el movimiento de los colonos y el gobierno de extrema derecha, rechazando, por lo tanto, el antiguo sueño sionista del «pequeño Israel». De hecho, en su reciente viaje a Israel, el vicepresidente Mike Pence se negó incluso a hablar con el líder del opositor Partido Laborista.

En resumen, Estados Unidos ha alienado a algunos de sus aliados más cercanos, ha debilitado la Alianza de la OTAN y se ha convertido en una presencia intolerante y xenófoba en el escenario mundial. ¿Cómo deberían responder los liberales y los izquierdistas?

Nosotros, que estamos en la izquierda, nos oponemos a casi todo lo que Trump ha dicho y hecho. Sin embargo, no hemos ofrecido una alternativa plausible o coherente. Ni siquiera hemos debatido sobre política exterior; o, simplemente, hemos objetado cualquier uso de la fuerza en el extranjero, mientras nos dejamos llevar por nuestra propia versión del aislacionismo.

Pero, el aislacionismo es solo otra forma de no tener una política exterior. El senador de Vermont, Bernie Sanders, hizo una campaña fuerte y efectiva en el año 2016 cuando se abordaban temas de política nacional. Pero, a pesar de que se postulaba para ser presidente del país más hegemónico a nivel mundial, no tenía prácticamente nada que decir acerca de la política internacional.

Ante todo, la izquierda debe pensar seriamente en el uso de la fuerza, que es el tema central en los debates de política exterior. Es correcto usar la fuerza en defensa propia o en defensa de los demás. Está mal cuando luchamos por un cambio de régimen, en apoyo de los gobiernos autoritarios, o en contra de los movimientos nacionales que ya han ganado la batalla conquistando «corazones y mentes».

Otra interrogante fundamental se refiere a cómo se debe usar la fuerza. Pero, esa tiene respuesta fácil: debe usarse con restricciones diseñadas para minimizar las bajas civiles. Estas no son interrogantes difíciles, pero cuando las tomamos en serio, pueden conducir a posiciones políticas complejas.

Por ejemplo, Estados Unidos se equivocó al invadir Irak en el año 2003, pero estuvo en lo correcto en cuanto a unirse a la lucha contra ISIS, y para rescatar a los yazidíes de una masacre. Fue correcto atacar la ciudad ocupada de Mosul, pero fue un error reducir dicha ciudad a escombros.

También fue un error pedir el derrocamiento del régimen del presidente sirio Bashar al-Assad, porque las fuerzas opositoras a Assad carecían del apoyo popular necesario y Estados Unidos no estaba preparado para ayudarlas a obtener ese apoyo. Por otro lado, ayudar a los kurdos sirios fue una buena idea, porque eran combatientes eficaces que contaban con un fuerte apoyo de su propio pueblo y, probablemente, no habrían sobrevivido bajo un califato de ISIS.

En cuanto a otros lugares, es correcto fortalecer la defensa de Corea del Sur y Japón, pero obviamente es un error amenazar con una guerra nuclear. Las armas nucleares no pueden servir para ningún propósito humano concebible. Pero, eso no es cierto con respecto a todas las armas, y la izquierda necesita llegar a aceptar eso. No podemos ser pacifistas cuando las personas de todo el mundo viven con miedo al asesinato masivo porque pertenecen a una minoría étnica o religiosa determinada, porque creen en una ideología «equivocada», o viven en países vulnerables en la vecindad de poderes revanchistas.

En el apogeo de la Guerra Fría, muchos izquierdistas se opusieron a la OTAN. Y, en los últimos años, políticos como Jeremy Corbyn, antes de convertirse en líder del Partido Laborista del Reino Unido, han apoyado retirar a sus países de la Alianza, precisamente porque están comprometidos con el uso de la fuerza como un medio de defensa mutua.

El compromiso de OTAN se dirigió, en un principio, contra la Unión Soviética, y hoy en día apunta contra la Rusia de Vladimir Putin. Los izquierdistas estadounidenses deberían abordar esta situación haciendo preguntas a los izquierdistas en Polonia, Lituania o Ucrania, donde hay mucho en juego. Yo diría que muchos izquierdistas de Europa del Este son partidarios de la OTAN, y querrían que Estados Unidos fuera también partidario. No siempre tenemos que hacer lo que nuestros amigos quieren que hagamos, pero siempre debemos escucharlos.

Un viejo principio de la ideología izquierdista sostiene que los países capitalistas hegemónicos como Estados Unidos nunca pueden actuar bien en el mundo. Pero, es un principio equivocado. Al fin y al cabo, Estados Unidos jugó un papel fundamental en la derrota tanto de la Alemania nazi como de la Unión Soviética, dos de los regímenes más brutales de la historia mundial.

Estados Unidos puede hacer cosas buenas en el mundo, y a veces las hace. Los izquierdistas estadounidenses debemos exigir que nuestro país actúe bien, y debemos objetarlo cuando no lo haga. Pero, no podremos ni exigir ni oponernos exitosamente hasta que hayamos formado una mirada coherente de política internacional.

 

 

Fuente | Michael Walzer | Nueva Sociedad (febrero 2018) | Project Syndicate | Traducción: Rocío L. Barrientos

¿Es ésta una guerra justa?

Es una pregunta muy concreta. No se refiere a si la guerra es legítima conforme al derecho internacional, ni a si es política o militarmente prudente librarla ahora (o nunca). Sólo pregunta si es moralmente defendible: ¿justa o injusta? Dejo el derecho y la estrategia a otra gente.

La guerra de Sadam es injusta, aunque él no iniciara los combates. No está defendiendo su país frente a un ejército conquistador; está defendiendo su régimen, el cual, teniendo en cuenta su historial de agresión en el extranjero y brutal represión en el interior, no tiene ninguna legitimidad moral, y se resiste a desarmar a su régimen, como le ordenó Naciones Unidas, aunque luego no le obligara a obedecer. Ésta es una guerra que él podía haber evitado cumpliendo sencillamente las exigencias de los inspectores de la ONU, o, al final, aceptando el exilio por el bien de su país. Es cierto que la defensa propia es el caso paradigmático de guerra justa, pero lo de propia se refiere a un colectivo, no a una sola persona o a una pandilla de tiranos que se aferra desesperadamente al poder, independientemente del coste para la gente de a pie.

La guerra de EE UU es injusta. Aunque desarmar a Irak es un objetivo legítimo, moral y políticamente, es un objetivo que casi con toda certeza habríamos podido conseguir con medidas que no fueran una guerra a gran escala. Siempre he rechazado el argumento de que la fuerza es el “último recurso”, porque a menudo, como los franceses demostraron este otoño e invierno pasados, la idea de “último” es meramente una excusa para posponer indefinidamente el uso de la fuerza. Siempre hay algo más que hacer antes de lo que viene en último lugar. Pero la fuerza era necesaria para todos los aspectos del régimen de contención, que era la única alternativa a la guerra, y fue necesaria desde el principio. Las zonas de restricción de vuelos y el embargo requirieron medidas enérgicas casi todos los días, y los inspectores regresaron a Irak sólo gracias a una amenaza creíble por parte de EE UU. La fuerza no es una cuestión de todo o nada, y no es una cuestión de primero o último (o de ahora o nunca); su uso tiene que ser oportuno, y tiene que ser proporcionado. En marzo de 2003 se podría haber hecho frente a la amenaza que representa Irak con algo que no fuera la guerra en la que ahora estamos metidos. Y una guerra librada antes de su momento no es una guerra justa.

Pero ahora que estamos en ella, espero que la ganemos y que el régimen iraquí caiga rápidamente. No voy a manifestarme para que pare la guerra mientras Sadam siga en pie, ya que eso reforzaría su tiranía en el interior del país y le convertiría, una vez más, en una amenaza para todos sus vecinos. Mi discusión con los que se manifiestan en contra de la guerra depende de la justicia relativa de dos desenlaces posibles: o una victoria estadounidense, o todo lo que no lo sea, que Sadam podría considerar como una victoria suya. ¿Pero -preguntarán algunos de los manifestantes- no validaría el primero la desastrosa diplomacia de la Administración de Bush que condujo a esta guerra? Sí, podría ser, pero, por otro lado, el segundo final validaría la diplomacia francesa, igualmente desastrosa, que rechazó todas las oportunidades para ofrecer una alternativa a la guerra. E, insisto, reforzaría el juego de Sadam. Pero hasta la gente que estaba en contra de iniciar esta guerra puede todavía insistir en que debería dirigirse conforme a los dos compromisos cruciales asumidos por la Administración de Bush. En primer lugar, que se haga todo lo posible por evitar o reducir las bajas civiles; éste es el requisito esencial para que haya jus in bellum, justicia en la forma de dirigir la guerra, que todos los ejércitos en todas las guerras están obligados a cumplir, independientemente de la moralidad de la guerra en sí. En segundo lugar, que se haga todo lo posible por garantizar que el régimen pos-Sadam sea un Gobierno de, por y para el pueblo iraquí; éste es el requisito esencial de lo que podría denominarse jus post bellum, la parte menos desarrollada de la teoría de la guerra justa, pero, evidentemente, importante estos días.

Puede que la democracia sea una aspiración utópica, dada la historia de Irak y los antecedentes en política exterior de EE UU en estos últimos cincuenta años; desde luego, no es fácil imaginar que se consiga. Pero es fácil imaginar algo mejor que el partido Baaz en Bagdad y estamos moralmente obligados a perseguir un acuerdo político en el que quepan shiíes y kurdos, independientemente de las dificultades que implique. Las críticas al unilateralismo estadounidense deberían centrarse por el momento en el esfuerzo para lograr un final justo para esta segunda guerra del Golfo. Y también deberían hacerlo las críticas a la irresponsabilidad europea. Estados Unidos necesitará ayuda en Irak (como también la necesitó y sigue necesitándola en Afganistán), y eso inmediatamente plantea dos preguntas: ¿estamos dispuestos a pedir a otros países, o la ONU como su representante, que desempeñen una función importante en la reconstrucción política y económica de Irak? Y, ¿están Francia, Alemania y Rusia dispuestas a desempeñar esa función, que implica responsabilizarse, junto con nosotros, de que se consigue un resultado decente? Estos tres países no estuvieron dispuestos a asumir ninguna responsabilidad en un régimen serio de contención antes de la guerra; ni tampoco estábamos nosotros dispuestos a invitarles a participar en un régimen así. Nosotros nos comprometimos, demasiado pronto, con la guerra; ellos se comprometieron desde el primer momento con la pacificación. Un esfuerzo de cooperación para llevar la decencia política a Irak, y para ayudar a reconstruir la economía del país, podría empezar a crear un punto medio en el que el multilateralismo pueda arraigar. Y luego podemos ponernos a trabajar en el historial de la Administración de Bush en lo que respecta al medio ambiente, y su oposición al Tribunal Penal Internacional, y su cancelación del tratado sobre prohibición de pruebas, y su derecho a un poder hegemónico más allá de todo desafío, y…

 

Fuente | Michael Walzer | El País (08/04/2003)

Los malos tratos a prisioneros en Irak

La mayoría de los estadounidenses, tanto los que están a favor como en contra de la guerra, se han sorprendido ante las noticias sobre los malos tratos a prisioneros que están inundando los medios. Pero creo que no debería sorprendernos. La guerra alimenta el sadismo, y los campos de prisioneros de guerra son uno de los principales caldos de cultivo. Desde el punto de vista moral, lo peligroso no son sólo el calor de la batalla, el miedo y la ira producidos por el combate, sino también el poder incuestionado que conlleva la victoria. Lo único que se puede hacer por impedir el abuso y las atrocidades es un esfuerzo firme por mantener la disciplina y por instruir a los soldados en las normas del Ejército y los derechos de los prisioneros. Pero eso requiere el compromiso de los líderes políticos y militares, y nuestros gobernantes actuales muestran una falta de compromiso patente. De hecho, creo que la mayoría de los miembros del Ejército creen en las normas; son profesionales y su código de honor, así como el código legal y ético de jus in bello, excluye el maltrato a los prisioneros. Y comprenden la reciprocidad de los códigos; saben que algún día ellos podrían ser prisioneros también.

Pero el actual Gobierno de Washington parece actuar sin conciencia moral y sin ningún sentido del significado de la reciprocidad. El Pentágono de Rumsfeld puso a los prisioneros iraquíes en manos de unos reservistas a los que no se les mencionó la Convención de Ginebra, de agentes del servicio de inteligencia interesados únicamente en la obtención de información, y de trabajadores externos, algunos de los cuales, al parecer, ya tenían experiencia tanto en la gestión carcelaria como en los malos tratos a los prisioneros. Y el mensaje transmitido a estas personas fue el de una total indiferencia o algo peor, porque algunos de ellos llegaron a la conclusión, por las órdenes que recibieron, de que humillar a los hombres iraquíes capturados era parte de su trabajo. Se suponía que tenían que hacer todo lo necesario por debilitar la resistencia de los prisioneros para futuros interrogatorios.

Todo esto es vergonzoso, pero me temo que encaja demasiado bien con otras actitudes y políticas de la Administración de Bush. Pongamos dos ejemplos. Primero, esta Administración se compromete con la privatización en una escala que excede con creces lo visto en el país hasta ahora. La privatización de prisiones comenzó, creo, en la época de Reagan, pero la privatización de las cárceles militares, de la ocupación militar, y quizá de la guerra en sí, es una innovación de Bush II. En parte, es una forma de ocultar los costes de la guerra (y también, probablemente, de aumentarlos) y, por tanto, mina las estructuras de la responsabilidad fiscal. No hemos hecho más que empezar a enterarnos de cuántos trabajadores externos hay en Irak actualmente y cuánto se les paga. Pero mucho más importante es que estas personas no son responsables ante la ley militar estadounidense, y que se les ha garantizado la exención de cualquier futura jurisdicción iraquí. Si cometen crímenes en Irak, tendrán que ser procesados en Estados Unidos, y esos procesos son muy complicados. De modo que los trabajadores externos son responsables únicamente ante sus contratistas, y los contratistas son responsables únicamente ante el Departamento de Defensa (y sólo dentro de los límites de sus contratos), y el Departamento de Defensa es responsable ante el Congreso y el pueblo -sin contar que el Congreso y el pueblo tienen que atosigar a los burócratas del Departamento de Defensa para que les digan cuántos trabajadores externos hay, lo que están haciendo y cuánto están cobrando-. Esta serie de responsabilidades no tienen nada de transparente, y en este momento no parecen ser democráticamente aplicables.

En segundo lugar, Bush y sus colegas desprecian no sólo el respeto internacional de los derechos humanos en sí, sino los propios derechos, siempre que chocan con la política o los objetivos militares de la Administración. En momentos de guerra, los derechos tienen que estar equilibrados con la seguridad, pero no ha habido muchas pruebas de equilibrio en los últimos años. El fiscal general parece empeñado en establecer una categoría de personas, “combatientes enemigos ilegales”, que carecen literalmente de derechos, que pueden mantenerse incomunicados indefinidamente. Los prisioneros en Irak supuestamente no entran en esa categoría, al menos en su mayor parte. Pero lo que también es cierto es que no se les ha tratado como beneficiarios de los derechos reconocidos por la Convención de Ginebra. La actitud despreocupada ante la Convención es muy propia de esta Administración. El mismo estilo se refleja en el hecho de que sus miembros están mucho menos preocupados por la violación de derechos que por las fotografías de las violaciones. Meses de protesta de la Cruz Roja no obtuvieron respuesta; el informe sincero y detallado (y sospecho que muy valiente) del general Antonio Taguba ni siquiera se había leído en el Pentágono…, hasta que las fotos comenzaron a circular.

Nada de esto debería sorprendernos. Deberíamos avergonzarnos de sorprendernos, porque es señal de que hemos estado ocultando o reprimiendo lo que realmente sabíamos: lo autoritario que se ha vuelto nuestro Gobierno. Tenemos que leer en esas horribles imágenes de jóvenes estadounidenses humillando y torturando a jóvenes iraquíes, la fisonomía moral de los estadounidenses de más edad, que son los que dirigen la función en Washington. El Gobierno de Estados Unidos procederá ahora, estoy seguro, a castigar a los jóvenes guardias de prisiones que aparecen en las fotos, y quizá a sus superiores inmediatos. Habrá consejos de guerra en Bagdad. Pero hay otro tipo de justicia, la justicia política, que se tiene que hacer en Washington. Los líderes que fomentaron el ambiente de despreocupación y desprecio respecto a las convenciones internacionales y los derechos humanos han de ser obligados a dimitir o derrotados en las próximas elecciones. Lo que los tribunales hacen es muy importante, pero lo que el pueblo hace, lo es mucho más.

 

Fuente | Michael Walzer | El País (18/05/2004)

¿Hasta qué punto debe mostrarse agresivo Israel?

Israel se encuentra en estos momentos en guerra con un enemigo cuya hostilidad es extrema, explícita e incontenible, y está guiada por una ideología de odio religioso. Pero se trata de un enemigo que no dispone de ejército; que carece de estructura institucional y de una cadena de mando visible; que no reconoce el principio legal y ético de inmunidad de los no combatientes; y que, de hecho, no admite ninguna regla de combate. ¿Cómo puede uno -cómo puede cualquiera- luchar contra un enemigo así? No puedo tratar temas como la estrategia y las tácticas de una lucha semejante. Cómo asestar un golpe efectivo, cómo evitar una escalada peligrosa, son cuestiones importantes, pero no de mi incumbencia. La cuestión que yo quiero abordar tiene que ver con la moralidad y la política.

La parte fácil de la respuesta es decir lo que en justicia no se puede hacer. No puede haber ataques directos contra objetivos civiles (aunque el enemigo no crea en la existencia de civiles), y este principio constituye también una importante limitación para los ataques contra infraestructuras económicas. Cuando escribí sobre la primera guerra de Irak, en 1991, alegué que la decisión estadounidense de atacar “sistemas de comunicación y transporte, instalaciones de suministro eléctrico, edificios gubernamentales de cualquier tipo, estaciones de bombeo de agua y plantas purificadoras” era un error. “El seleccionar determinadas infraestructuras como blanco es fácil de justificar: los puentes por los que se transportan las provisiones al ejército en el campo de batalla son un claro ejemplo. Pero la electricidad y el agua… son equiparables a la comida: ambas son necesarias para la supervivencia y la actividad cotidiana de las tropas, pero son igualmente necesarias para todos los demás. Atacarlas supone un ataque contra la sociedad civil… Son las consecuencias militares, si es que las hay, las que son colaterales”. Este razonamiento tenía y tiene carácter general; es claramente válido para los ataques israelíes contra las estaciones de suministro eléctrico en Gaza y Líbano.

El argumento es, en este caso, prudencial y ético a la vez. Al reducir la calidad de vida en Gaza, ya de por sí baja, se pretende presionar a los responsables políticos de los habitantes de esta zona de forma que los mismos, se espera, arremetan contra las fuerzas ocultas que atacan a Israel. En Líbano, en donde dichas fuerzas no están tan ocultas, se ha aplicado la misma lógica. Sólo que nadie asume la responsabilidad en ninguno de los dos casos o, mejor dicho, aquellos que podrían asumirla optaron hace mucho tiempo por no hacerlo. Los líderes del Estado soberano de Líbano aseguran que carecen de control sobre la parte sur del país y, lo que es aún más sorprendente, que no tienen obligación alguna de ejercerlo. Aun así, es poco probable que los ciudadanos palestinos atribuyan la responsabilidad de su destino a alguien que no sean los israelíes y, aunque los libaneses tendrán más discernimiento, gran parte de la culpa seguirá recayendo en Israel. Hamás y Hezbolá se nutren del sufrimiento que sus actividades provocan, y una respuesta israelí que no hace sino aumentar este sufrimiento sólo les dará más alas.

¿Qué puede hacer Israel entonces? Uno de los principios importantes de la teoría sobre la guerra justa es que si bien la justicia puede descartar muchas modalidades de enfrentamiento, no puede descartar el enfrentamiento en sí, ya que éste es en ocasiones necesario tanto desde un punto de vista ético como político. La respuesta militar a la captura de tres soldados israelíes no era, literalmente, necesaria; en el pasado Israel ha optado por negociar en lugar de luchar y luego ha intercambiado prisioneros. Ahora bien, puesto que Hamás y Hezbolá describen dichas capturas como operaciones militares legítimas -actos de guerra-, difícilmente pueden alegar que los actos de guerra cometidos en respuesta sean ilegales. Las nuevas acciones tienen que ser proporcionadas, pero dado que el objetivo de Israel es impedir futuras incursiones, además de rescatar a los soldados, la proporcionalidad no sólo debe medirse en relación con lo que Hamás y Hezbolá ya han hecho, sino también con aquello que intentan hacer (y ambas dicen que están haciendo).

El objetivo israelí más importante tanto en el norte como en el sur es prevenir los ataques con cohetes contra su población civil, y, en este sentido, su respuesta claramente satisface el requisito de la necesidad. El fin primordial de cualquier Estado es defender la vida de sus ciudadanos; ningún Estado puede tolerar ataques indiscriminados con cohetes contra sus pueblos y ciudades. Desde que Israel se retiró del norte de Gaza hace un año se han disparado 700 cohetes desde esa zona; imaginemos la respuesta estadounidense si se lanzase un número similar de proyectiles sobre Buffalo y Detroit desde una tierra de nadie canadiense. Da igual que los cohetes arrojados desde Gaza apenas hayan causado daños; la intención con la que se dispara cada uno de ellos es destruir alguna casa o colegio y, tarde o temprano, dicha intención se verá materializada. Israel ha esperado durante mucho tiempo que tanto la Autoridad Palestina como el Gobierno libanés se ocupen del lanzamiento de cohetes desde Gaza y del incremento de estas armas en la frontera libanesa. En este último caso esperaba también la intervención de la ONU, que tiene desplegada una fuerza en el sur de Líbano encargada de “restaurar la paz y la seguridad internacionales”, pero que no obstante ha asistido al despliegue de miles de cohetes sin hacer nada al respecto. Hace un par de años, el Consejo de Seguridad aprobó una resolución en la que exigía el desarme de Hezbolá; es de suponer que sus tropas se habrán percatado de que esto no ha sucedido. Ahora Israel ha decidido con razón que no tiene más remedio que sacar los cohetes él mismo. Sólo que, una vez más, ¿cómo puede hacerlo?

El argumento crucial es el uso palestino de escudos humanos. Los filósofos académicos han escrito largo y tendido sobre estos “escudos inocentes”, ya que estos hombres y mujeres explotados de forma radical (pero puede que, en ocasiones, con su consentimiento) plantean un dilema que pone a prueba la habilidad dialéctica de los filósofos. A los soldados israelíes no se les exige tener dotes dialécticas, pero, por un lado, se supone que deben hacer todo cuanto esté en su mano para prevenir la muerte de civiles, y, por otro, se espera que luchen contra un enemigo que se esconde detrás de civiles. Así que (citando una famosa frase de Trotski), aunque puede que a ellos no les interese la dialéctica, la dialéctica sí que está interesada en ellos.

No hay una solución palmaria para su dilema. Cuando los militantes palestinos lanzan ataques con cohetes desde zonas civiles, ellos, y sólo ellos, son los responsables de la muerte de civiles que causa el contraataque israelí. Pero (prosigue el enfrentamiento dialéctico) a los soldados israelíes se les exige que apunten con la mayor precisión posible a los militantes, que asuman riesgos para poder hacerlo y que suspendan los contraataques que puedan acarrear la muerte de un gran número de civiles. Esta última exigencia supone que, en algunas ocasiones, la utilización de escudos humanos por parte de los palestinos, aunque sea una forma cruel e inmoral de luchar, también es efectiva. Funciona porque para los israelíes es éticamente correcto y a la vez políticamente inteligente el minimizar -y hacer ver que minimizan- las bajas civiles. No obstante, minimizar no significa evitar por completo: la población civil seguirá sufriendo en tanto en cuanto el lado palestino (o el lado libanés) no adopte medidas para poner fin a los ataques con cohetes. Desde ese lado, aunque no desde el lado israelí, lo que se debe hacer probablemente se podría hacer sin causar daños a la población civil.

Hace poco me pidieron que firmase una condena a la operación israelí en Gaza, una declaración en la que se afirmaba que los ataques con cohetes y la incursión militar que habían desembocado en la captura de Gilad Shalit eran sencillamente una consecuencia inevitable de la ocupación israelí: “No habrá paz y seguridad hasta que no acabe la ocupación”. Estoy seguro de que en el pasado algunos ataques palestinos estuvieron motivados por la experiencia de la ocupación. Pero eso es algo que hoy en día ha dejado de ser verdad. Hamás ha seguido atacando después de la retirada israelí de Gaza y después de la formación de un gobierno que se ha comprometido (o que se había comprometido hasta que se produjeron los ataques) a efectuar una gran retirada de Cisjordania. De igual modo, los ataques de Hezbolá se produjeron después de que los israelíes se retiraran de Líbano. El objetivo de estos militantes no es crear un Estado palestino junto a Israel, sino destruir Israel. Hay que reconocer que se trata de un objetivo a largo plazo que se deriva de una interpretación religiosa de la historia. A los seglares y a los pragmáticos les cuesta mucho aceptar dicha interpretación, y no digamos comprenderla.

Por el contrario, la respuesta israelí sólo tiene un objetivo a corto plazo: poner fin a los ataques en sus fronteras. Hasta que no se consiga eso, ningún Gobierno israelí dará un paso más para emprender otra retirada. De hecho, probablemente sea verdad que los ataques de Hamás y Hezbolá ya hayan hecho imposible cualquier futura retirada unilateral. Israel necesita un socio en el otro lado que sea, ante todo, capaz de mantener la seguridad en la nueva frontera y que, además, esté realmente dispuesto a hacerlo. No puedo pretender que las operaciones militares que Israel ha puesto en marcha vayan a producir un socio así. En el mejor de los casos, el ejército y la fuerza aérea debilitarán la capacidad de Hamás y Hezbolá para atacar Israel, pero no le harán cambiar su decisión. Lo más probable es que la comunidad internacional -Estados Unidos, Europa, Naciones Unidas y algunos Estados árabes- tenga que intervenir para que el ejército libanés se instale en el sur del país y, una vez que esté allí, transformarlo en una fuerza efectiva. Y hará falta una coalición similar para apadrinar y apoyar a un Gobierno palestino comprometido con dos Estados con una frontera permanente y pacífica, y preparado para reducir a los militantes religiosos que se oponen a semejante compromiso. Hasta que no exista un ejército libanés efectivo y un Gobierno palestino que crea en la coexistencia, Israel tiene derecho a actuar, dentro de los límites dialécticos, en su propio nombre.

 

Fuente | Michael Walzer | El País (26/07/2006)

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