La madre

 

I

1. El primer instante del cuerpo venerado

Mi lugar se aleja de mi memoria. Mas no se extingue
el silencio de las callejuelas en el espacio cristalino,
reflejado en las limpias pupilas de luminoso zafiro.

Tengo cerca las palabras del niño
que levantan el silencio:
«Mamá, mamá».

Y, luego, cual pájaro invisible, cae al fondo
de las mismas callejuelas.
De siempre retorno a los recuerdos,
que ensanchan la vida y se alzan desde el fondo
enriquecidos con un sentido inefable,
ajustando ideas y sentimientos a la sangre,
sin romper el silencio acordado al aliento, y asoman al unísono
al pensamiento y la canción.

Se trata de una oración, hijo mío;
estos días sencillos han ido creciendo y fluyen lentos hacia mis pupilas
y a mi sangre librada por ellos de su peso.

Son los días tranquilos, mi hijo,
de aquellas callejuelas
donde en el silencio protegía tu voz infantil.
Ahora oigo las palabras desde otra lejanía,
palabras que antes apenas murmurabas,
palabras que al intuir tu pensamiento me penetran el alma.

 

2. Palabras que crecen en mí

De pronto mis pensamientos se apartan de las palabras pronunciadas en alta voz.
Huyen de mi rostro cobijadas a la sombra de los altos muros,
sube la oleada de las gentes,
que apenas ayer andaban en conciliábulos,
donde sonaba el eco de tantos cambios, próximos y lejanos.

Aislado en un primer momento de asombro
que daba testimonio de ti, mi hijo adorado,
momento que se torna cada vez más profundo.
Cabe en él la vida entera,
hasta desaparecer en mis ojos que se apagan
como una gota de cera.

Toda la vida cabe en ese momento, condensado en verbo,
convertido en mi carne, alimentado con mi sangre,
llevado al éxtasis,
creciendo en mi corazón silencioso
cual el de un hombre recién nacido,
sin que cesara el asombro, ni la cotidiana tarea manual.

Este momento, al alcanzar su cumbre, sigue tan fresco,
te encuentra de nuevo y sólo falta una lágrima en mis párpados
en la que los rayos de las miradas se fundan en el aire frío
y el tremendo cansancio encuentre su luz y su sentido.

 

3. Asombro ante su único Hijo

Una luz se filtraba lentamente,
a través de los acontecimientos cotidianos
a que desde la misma infancia se acostumbran
mis ojos y manos de mujer,
y, de pronto, en estos mismos acaeceres
brilla una luz tan intensa,
que se anudaron las manos mientras
las palabras perdían su lugar.

En aquella aldea, hijo mío, donde todos nos conocían
y me decías «Madre»,
y nadie quería penetrar en las maravillas diarias.

Tú has unido tu vida a la vida de los pobres
para ser uno con ellos
en tu duro trabajo.

Sabía que la luz acompañaba aquellos acontecimientos
como chispa oculta bajo la corteza de los días,
era igual a ti,
y que esta luz no salía de mi cuerpo,
que te he sentido más mío
en la luz y en el silencio,
que antes cuando te sentía
en mi carne y en mi sangre.

 

4. Concentración madura

Las madres saben los instantes en los que el misterio humano
despierta un reflejo de luz en sus pupilas,
que parece tocar el corazón con la mirada apenas.

Sé de estas lucecitas que pasaron
sin despertar ningún eco
y duran lo que dura un pensamiento.

Hijo mío, complicado y grande, hijo sencillo,
conmigo te acostumbraste a pensamientos comunes a todos los hombres,
y, a la sombra de estas ideas, esperas la profunda voz del corazón
que en cada persona suena de manera distinta.
Yo soy madre absoluta
y esta plenitud nunca me cansará.

Cuando eres presa de un instante como este,
no sientes cambio alguno, todo lo mío te aparece sencillo.
Ya sabes, cuando las madres captan en los ojos de sus hijos
el hondo latido del corazón,
también estoy allí, recogida en su misterio.

 

 

II

1. Imploración de Juan

¡Oh Madre!, no detengas el ritmo del corazón que sube a tu mirada,
no cambies en nada este sentimiento,
en tus manos transparentes has de traerme la misma oleada.

Es Él quien te lo pide.

Yo soy Juan el pescador, merezco poco que se enamoren de mí.
Todavía lo recuerdo a orillas del lago,
la menuda arena bajo mis pies,
cuando de repente, Él.

No podrás recoger este misterio en mí,
pero dulcemente yo estaré en tus pensamientos,
como una hoja de mirto.

Que pueda decirte madre, como Él lo quiso,
te ruego que no toques en nada esa palabra;
en verdad no es fácil medir su hondura,
cuyo sentido para ambos fue inspirada por Él,
para que en Él encuentre cobijo todo nuestro amor ancestral.

 

2. El espacio que permanece en ti

Con frecuencia vuelvo al espacio
que tu Hijo, tu único Hijo ocupa.
Mis ideas se ajustan a su forma,
pero quedan vacíos los ojos
y cuelgan de sus labios las palabras de siempre,
las mismas tras las que se ocultaba
cuando deseaba quedarse entre nosotros.

¿Es posible que estas mismas palabras
contengan el espacio mejor que la mirada?
¿Mejor que la memoria y el corazón?
¡Oh Madre!, de nuevo puedes hacerlo tuyo.

Inclínate junto conmigo y acepta.
Tu Hijo tiene sabor a pan,
pan de una sustancia eterna.

¿Dónde está este espacio: en el murmullo de mis labios,
en los pensamientos, en la mirada, en el recuerdo,
o, tal vez, en el pan?
Se ha perdido entre tus brazos, con la cabecita apoyada en tu hombro,
porque este espacio ha quedado en ti y de ti procede.

Nunca se ve el vacío. Nuestra unión es tan intensa,
que, cuando con dedos temblorosos partía el pan para ofrecerlo a la Madre,
me he quedado un momento atónito,
al ver toda la verdad en una lágrima que asomaba en tus ojos.

 

 

III

1. El comienzo de la canción

No me conocí hasta encontrarme en la canción.
Andaba entre la gente sin saber separar sus penas
de mis simples actos,
de mis pensamientos de mujer,
siempre expresado a voces.

Y cuando el canto estalló como una campana sonora,
he percibido que estas palabras te sacaban del refugio,
ha de contenerse como luz
profundamente dentro del pensamiento.

Una vez acabada la canción,
entenderás mejor lo que pienso.

Pasarán días y días entre gente diversa,
y sentirás el ti el ritmo igual de mi sangre.
No tengo otra canción que darte
y cuando esta vuelva a mí,
su profundo eco llegará a lo hondo del Ser de nuevo,
y podrá concentrarse en el murmullo de mis labios,
donde ella perdura siempre, con la misma sencillez.

 

2. Sumida en el tiempo nuevo

Penetrada hasta el fondo con tanta generosidad,
surgiendo con tu mirada
me adentro suavemente en ella.
Durante mucho tiempo nadie lo supo.
Nunca le hablé a nadie de tu mirada.

Nunca cesará en mí tu recogimiento.
Me levanto hacia ti, que serás parte de mí misma.
Silenciosa como un río de agua transparente;
con mi cuerpo dejado
vendrán los discípulos, hallarán
que mi corazón ha dejado de latir.

No dependerá mi vida de la balanza de mi sangre
ni huirá el camino bajo mis pies cansados,
en mis apagados ojos lucirá un tiempo nuevo.
Él será el huésped de mi corazón,
y enteramente me colmará la delicia.

Entonces se extenderá mi canto,
llegaré a comprender cada sílaba,
abriré mi canto inclinada sobre tu vida entera,
mi canto arrebatado por el Hecho tan claro y tan simple,
que aparece en cada hombre a la vez abierto y oculto.

Y este Hecho se hizo carne en mí,
se manifiesta en mi canto,
ha aparecido entre los hombres
y ha escogido en ellos su morada.

Cuando pienso en Patria

 

I

Cuando yo pienso: Patria

Cuando yo pienso, cuando digo: Patria,
me estoy expresando a mí mismo, y me enraízo,
y el corazón me dice que ella es la frontera oculta
que va de mí hacia los otros hombres
para abrazarlos a todos en un pasado
más antiguo que cada uno de nosotros…

Y de ese pasado —cuando yo pienso: Patria—
emerjo para encerrarla en mí como un tesoro.
Y sin cesar me acucia el ansia
de cómo engrandecerla,
de cómo ensanchar el espacio
que mi patria habita.

 

 

II

Cuando se habla, alrededor, en idiomas diferentes…

 

1

Cuando se habla, alrededor, en idiomas diferentes,
siento crecer el río de las generaciones;
cada una lleva al tesoro de su tierra
cosas antiguas y cosas nuevas.

La tierra se va convirtiendo en cauce de río,
en el cual destellan las luces encendidas dentro de las gentes.
Y el torrente lenguaje, acrecido por la Historia,
una y otra vez abraza el globo.

Las aguas de los ríos corren hacia abajo;
el torrente del lenguaje sube hacia las cumbres.
Cada hombre que surge de la tierra
es también una cumbre.
Y la cumbre se alza a la vez sobre todos nosotros,
se yergue cada vez más abrupta
y se hunde cada vez más profundamente en las conciencias.

 

2

Cuando alrededor oímos hablar distintos idiomas del mundo,
la lengua nuestra suena con fuerza mayor:
se ahonda en el pensamiento de las generaciones
y se convierte en el techo de nuestras casas,
donde vivimos juntos.
Fuera del ámbito de esta casa nuestra,
nuestra lengua resuena pocas veces.
Entre los muchos hombres que hablan alrededor
—y son como islas del océano del habla universal—
no puedo reconocer mi propia oleada.

No, no han ido en aumento los recursos de mi tierra.
Incluso si mi idioma pasa al extranjero
es para desaparecer lentamente
en los cauces que se van secando.
Las lenguas de otros países no han querido
hacer lugar a la nuestra;
alegan: «es demasiado difícil», «es inútil».
En las grandes asambleas de los pueblos
hablamos un idioma ajeno a nosotros;
el nuestro, nuestro idioma,
fortalece el vínculo que nos une,
pero no nos abre el mundo.

 

3

Así vinculados por la misma lengua,
existimos y nos ahondamos en nuestras raíces,
a la espera del fruto
de nuestras maduraciones y nuestros virajes continuos.
Envueltos, más cada día, en la belleza de nuestra propia lengua,
no nos hiere la amargura
de que en los mercados del mundo
no se vendan los frutos de nuestro pensamiento
por el gran precio que hay que pagar
por nuestras palabras.
Pero no deseamos cambiar de mercancía…
Pueblo que a través de las generaciones
se queda en el corazón de su propio idioma,
no puede explicar del todo
el misterio de la idea.

 

 

III

Oigo todavía el ruido de la hoz

Si pienso en mi Patria,
oigo el ruido de la hoz que choca
contra el muro del trigo.
Y ese muro se funde con el horizonte…
Ya se acercan las segadoras,
ya introducen, ya hunden
en ese muro dorado
los sonidos monótonos
y los movimientos violentos
que tumban el trigo…

 

 

 

IV

Llego al corazón del drama

 

1

Detrás del lenguaje se abre un abismo.
La inseguridad de esta flaqueza nuestra,
¿la hemos heredado de nuestros mayores?
¿Habrá de conquistar siempre la libertad?
¿No basta sólo poseerla?
Nos viene como un regalo.
Pero se la mantiene luchando.

Regalo y lucha se inscriben en nuestros mapas
secretos y, sin embargo, evidentes.
Tú pagas con todo tu ser tu libertad de persona cabal.
Pagando siempre, llegas a poseerte de nuevo;
y a esto hay que llamarlo libertad.
Pagando siempre,
entramos en la historia
y trascendemos todas sus épocas.
¿Dónde hallar la línea divisoria
entre los que pagaron poco
y los que han tenido que pagar demasiado?
¿A quién preferiremos?
Tanto afán de autodeterminación,
¿no habrá sobrepasado nuestras fuerzas?
¿No llevaremos sobre nosotros todo el peso de la Historia
como un pilar cuyas fisuras
no se han cerrado todavía?

 

2

¡Patria! Desafío de esta tierra nuestra,
lanzado contra nosotros
y contra nuestros antepasados,
para decidir sobre el bien común
y envolver la Historia en la bandera
de nuestro propio idioma.

El canto de la Historia surge de las gestas
fundadas en la roca de la voluntad.
Desde la madurez de nuestra autodeterminación,
juzgamos nuestra juventud,
los tiempos de la desmembración
y el siglo de oro.

Tras la dorada libertad
vino la condena al cautiverio.
Los héroes llevaban sobre ellos la sentencia:
al desafío de la tierra entraban
como en una noche oscura
exclamando: «¡La libertad vale más que la vida!»

«Hemos juzgado nuestra libertad
con más justicia que los otros»
(así se oía la voz misteriosa de la Historia).

En el altar de la autodeterminación
ardían las ofrendas de las generaciones;
y el grito de libertad
era más fuerte que la muerte.

 

3

¿Podemos rechazar ese grito,
que se alza en nosotros y crece
como la corriente de un río
entre orillas elevadas y abruptas?
¿Tenemos derecho a medir nuestra libertad
por la libertad de los demás?
(Lucha y regalo).
Vosotros, los que habéis unido
vuestra libertad a la nuestra,
tenéis que perdonarnos.
Mirad: estamos descubriendo, siempre de nuevo,
que nuestra libertad y la vuestra
son un regalo, que viene por sí solo,
y que la lucha nunca es suficiente.

 

 

 

V

Estribillo

Al pensar en mi Patria,
busco el camino que cruza
a través de las vertientes de las montañas
como fluido de alta tensión
que trepa hacia las cumbres.
Así la Patria pasa a través
de cada uno de nosotros
por caminos abruptos
y no nos permite detenernos
ni por un solo instante.
El camino cruza de una a otra vertiente,
regresa a los mismos lugares,
se convierte en un gran silencio
que cada noche visita
los cansados pulmones de mi tierra.

 

 

 

VI

Al pensar en mi Patria regreso al árbol…

 

1

El árbol del conocimiento del bien y del mal
ha crecido en las orillas de los ríos de nuestra tierra.
Ha crecido junto a nosotros
a través de los siglos,
y se ha ahondado en la Iglesia
con las raíces de nuestras conciencias.

Hemos dado frutos que pesan y frutos que enriquecen;
hemos sentido cómo se dividía el tronco del árbol
en tanto que las raíces seguían hincándose en tierra.

La Historia cubre con hechos
la lucha de las conciencias.
Ahí están las victorias y los fracasos.
La Historia no los encubre; los subraya.

¿Puede la Historia oponerse
al torrente de las conciencias?

 

2

¿Hacia qué lado crecieron las ramas del árbol?
¿Hacia qué lado se inclinan las conciencias?
¿Hacia qué lado va la Historia de nuestra tierra?

El árbol del conocimiento no conoce límites.
La única frontera para él es el Advenimiento
que ha de unir en el mismo cuerpo las luchas
de las conciencias y los misterios del pasado;
y que el árbol del conocimiento lo va a convertir
en fuente siempre manante de vida.

Pero, hasta entonces, cada día nos trae la misma
desintegración de actos y de ideas;
y a partir de ella crece. Desde las raíces
de la Historia, la Iglesia de las conciencias.

 

3

No hay que perder de vista la transparencia
de los acontecimientos, apartándonos
en una inmensa torre. A pesar de todo,
el hombre sabe a dónde va.
Y el amor sabe siempre equilibrar el destino.

No se debe agrandar la dimensión de las sombras.
¡Que el rayo de luz ilumine los corazones
y nos vuelva transparentes las tinieblas
de tantas generaciones!
¡Que el torrente de la fortaleza penetre las debilidades!
¡No podemos transigir con las flaquezas!

 

4

Un pueblo es débil si acepta su derrota,
y si olvida el mandato de estar despierto
cuando llegue su hora.
En la gran esfera del reloj de la Historia
las horas se repiten siempre.

Esta es la liturgia de la Historia: hay que estar en vela,
conforme dijo el Señor y dice
el Pueblo. Y su palabra la hemos de aceptar
de nuevo en toda ocasión, como si fuera
la ocasión primera. Las horas se funden
en el salmo de las conversaciones permanentes.
Caminamos a participar en la Eucaristía
de los mundos.

 

5

Por eso caminamos hacia ti, tierra nuestra,
para ensancharte en todos los hombres. ¡Oh tierra
de nuestras derrotas y nuestras victorias,
que te alzas en todos los corazones con el misterio de la Pascua!

¡Tierra que nunca dejarás de ser una parte de nuestro tiempo!
Alertados por una nueva esperanza,
nos dirigimos siempre hacia una nueva tierra.
Y a ti, tierra antigua, te alzaremos
como fruto de amor de las generaciones
que lograron superar el odio.

El obrero de la fábrica de armas

 

Yo no influyo en el destino del mundo. Yo no declaro guerras.
Pero no sé si estoy contigo o contra ti.
No peco.
Pero esta es mi angustia: que ni peco ni influyo,
que fabrico diminutos tornillos y preparo fragmentos de destrucción,
y no abarco el conjunto ni domino el destino del hombre.
Otras totalidades crearía, por mí, otro destino (¿mas cómo?, ¿sin engarces?)
del que yo y los otros seríamos la causa sacrosanta,
que nadie podría cancelar con un gesto
o negar con palabras.
Sé que no es bueno el mundo que fabrico.
Sé que no soy autor de un mundo malo.
Pero, ¿eso basta?

El obrero de la fábrica de automóviles

 

Salen de mis manos elegantes modelos. Ya rugen por lejanas carreteras.
Mas yo no corro en ellos sobre el asfalto de calles ignoradas,
no yo –sino su dueño– maneja las palancas.
Desde ahora tienen la palabra los vehículos. A mí me han quitado la voz.
Tengo mi ánimo abierto. Quisiera comprender.
¿Y contra quién combato? ¿Por qué vivo?
He aquí pensamientos más fuertes que palabras.
Y no existe respuesta. No debes proponer estas cuestiones en voz alta.
Limítate, como siempre, a presentarte en la fábrica a las seis de la mañana.
¿Quién te ha dicho que en la balanza del mundo vence el hombre?

Ciegos

 

Golpeando la tierra con los blancos bastones
creamos un distanciamiento indispensable.
Cuesta fatiga cada paso.
En las vacías pupilas sigue muriendo el mundo,
un mundo que ya no se parece a sí mismo:
un mundo compuesto no ya de colores sino de rumores
(contornos, líneas hechas de susurros).
Piensa con cuánta dificultad se madura y se cambia
y sólo una pequeña parte resta idéntica y hay que apostar por ésta.
Oh, qué a gusto cogería cada uno de nosotros todo el peso
de un hombre que en su blanco bastón resume el mundo.
¿Lograrás enseñarnos que existen otros males además de los nuestros?
¿Sabrás convencernos de que en la ceguera puede estar la felicidad?

Los niños

 

El amor les madura de improviso y de improviso adultos
cogidos de la mano vagan entre la gente
(cazados como pájaros los corazones, confundidos en el crepúsculo los rostros).
Sé que en sus corazones pulsa el latido de toda la humanidad.
Cogidos de la mano se sientan silenciosos en la orilla.
El tronco de árbol y la tierra iluminada por la luna: arde un triángulo incompleto.
Aún no se han levantado las nieblas. Los corazones infantiles se alzan sobre el río.
¿Seguirá todo así –me pregunto– cuando ellos se vayan?
O, tal vez al contrario, el cáliz de la luz derramada en las plantas
descubra en cada una otro color inédito.
¿Conseguiréis no corromper lo que en vosotros nace?
¿Distinguiréis siempre el bien y el mal?

Los niños

 

Crecen casi sin advertirlo
a través del amor.
Pero de pronto
ya grandes,
caen bajo el control de las multitudes
que van y vienen sin sentido,
desdibujados entre el día y la noche,
sus corazones atrapados como pájaros.

El pulso de la humanidad
comienza con ellos a latir.
En la orilla de un río
un árbol levanta sus brazos
a la luz de la luna
mientras la tierra
apenas se atreve a respirar.
Ese es el momento
en que los corazones de los niños
salen del agua.
¿Cómo serán mañana cuando echen a andar?

Actor

 

¡Tanta gente ha crecido en torno a mí, a través de mí y en mí!
Me he convertido en el cauce de un río por el que corre una inundación
llamada ‘hombre’
Mas también yo soy hombre
y, ¿no me habrá también a mí desviado esa inundación de multitud?
Si en cada hombre me he realizado a medias (permaneciendo siempre demasiado mío),
¿puede aquel yo que de mí sobrevive contemplarse sin alarma?

La muchacha que perdió su amor

 

A veces el sufrimiento del corazón se mide con el mercurio de un termómetro
lo mismo que el calor del aire o de los cuerpos
y, sin embargo, hay que descubrir su distinta grandeza.
Pero tú eres excesivamente el sostén de tus cosas.
Si, al menos, descubrieras que tú no las sostienes
y que El que las sustenta
tampoco encuentra amor…
Si llegaras a entender
para qué sirve el corazón humano…
La temperatura del universo es el corazón humano, el mercurio.

Karol Wojtyła, Polonia, 1920-2005

​​Aunque tomen otros caminos

 

Querido hermano
eres como una inmensa tierra
donde de pronto los ríos se secan
y el sol quema el cuerpo
como metal fundiente.
Siento tus pensamientos
como míos
aunque tomen otros caminos.
Porque usaremos la misma balanza
para pesar la verdad y el error.
Es como una fiesta:
pensamientos que brillan
diferentes
en tus ojos y en los míos
aunque sea la misma
sustancia para ambos.

​​El amor me lo ha explicado todo

 

El amor me lo ha explicado todo,
el amor me lo ha resuelto todo,
por eso admiro el amor
donde quiera que se encuentre.

Si el amor es tan grande como sencillo,
si el anhelo más simple se puede encontrar en la nostalgia,
entonces puedo entender porque Dios
quiere ser recibido por gente sencilla,
por esos cuyos corazones son puros
y no encuentran palabras para expresar su amor.

Dios ha venido hasta aquí
y se ha parado a poca distancia de la nada,
muy cerca de nuestros ojos.

Quizá la vida es una ola de sorpresas,
una ola más alta que la muerte,
no tengáis miedo jamás.

 

Poema que reza Karol Wojtyla cuando es elegido Papa según la Película “Karol, el hombre que se convirtió en Papa”.

​​​​Contemplo la belleza de esta tierra

 

Contemplo la belleza de esta tierra.
Parecen hablar, con una fuerza excepcional,
el azul del cielo, el verde de los bosques y los campos,
la plata de los lagos y los ríos.
Y todo esto testifica el amor del Creador,
de la fuerza vivificante de su Espíritu
y de la redención hecha por el Hijo para el hombre y para el mundo.

Himno al amor

 

SOL RE DO RE
El amor me lo ha explicado todo,
El amor lo es todo para mí,
El amor me transforma, me hace Jesús,
SOL RE SOL
El amor me lleva a plenitud.

Del amor he nacido.
Al amor tornaré.
Si al amor pertenezco
Yo por él viviré.
El amor es mi suelo,
El amor es mi hogar.
Eres tú, oh Santa Trinidad.

El amor me ha salvado de la nada,
Él pronunció mi nombre y existí,
El amor me ha llamado a vivir en Él,
El amor es mi verdadero ser.

Del amor he nacido… (bis)

La cantera

 

I La materia

Escucha bien, escucha los golpes del martillo,
La sacudida, el ritmo. El ruido te permite
Sentir dentro la fuerza, la intensidad del golpe.
Escucha bien, escucha, eléctrica corriente
De río penetrante que corta hasta las piedras,
Y entenderás conmigo que toda la grandeza
Del trabajo bien hecho es grandeza del hombre.

La mano encallecida, de viejas cicatrices,
Su voluntad tozuda prolonga en el martillo
Mientras el pensamiento encuentra soluciones
En la piedra que salta, en la piedra que cede.
No hay poder en la piedra si la privas del hombre.
Si la arteria de pronto, bulliciosa de sangre,
Partes en un instante y en el lugar preciso.
Busca amor en la ira, encendida de fuego,
Metida en el aliento como viento en el río
Hasta cortar las cuerdas sin que salga la voz
Luego los transeúntes se meterán en casa.
Dispersos y asustados y alguien dirá en voz baja
¡Nadie lo hubiese dicho: eran un hombre tan fuerte!

Y tú no tengas miedo. Los asuntos humanos
Discurren por un cauce de muy anchas orillas,
Todo viene de lejos, todo sigue adelante.
En todo lo que pasa mira presente Aquel
Que te llega en el rítmico golpear de martillos.

Karol Wojtyła, Polonia, 1920-2005