Decía San Pablo que el hombre sufría la alienación o kenosis cuando se alejaba de Dios; literalmente, lo que la tradición hegeliano-marxista denominó como alienación o enajenación (objetivación de la esencia humana, la salida «fuera de sí» del hombre), identificada con la explotación del hombre por el hombre, que cesará cuando termine la «Prehistoria de la Humanidad» y el hombre nuevo florezca con el comunismo final. En este sentido, tanto la tradición marxista como la del cristianismo primitivo no consideran que el hombre deje de ser (se aniquile) al vaciarse de Dios, sino que tan sólo vive extrañado de sí, a la espera de recuperar el recto sendero de su salvación.

La idea de kenosis es recuperada desde el materialismo filosófico, pero no como la evacuación de una esencia primigenia, sino el «vaciamiento» de un contorno determinado, no tanto de sus contenidos, sino de tales contenidos respecto a un entorno en el que se analizan. La kenosis sería así no un vaciamiento literal, sino una abstracción formal de unos contenidos respecto a otros. Hay kenosis cuando consideramos la conducta apotética de un vertebrado segregando las reacciones químicas o físicas que se encuentran envueltas en tales operaciones. También podemos hablar de kenosis sociologista en las Historias de la Filosofía que interpretan las ideas de Aristóteles sobre la esclavitud abstrayendo su doctrina del desarrollo histórico-filosófico en el que se encuentran involucrada, planteándolas como un mero resultado de las condiciones sociales de su tiempo (del «modo de producción esclavista»).

En este sentido, la idea de kenosis entendida como alienación que aparece en la obra de Marx analizando el modo de producción capitalista, constituye ella misma un «vaciamiento» de los cauces institucionales a través de los cuales se comprende la racionalidad humana; ya no sólo porque las morfologías estatales son necesarias para comprender la lucha de clases (los proletarios tienen en efecto patria), sino porque la empresa es una figura institucional insustituible en la economía de mercado, a la hora de producir bienes y de sostener su recurrencia mediante la venta de productos o de sus stocks para suavizar las crisis de sobreproducción inherentes al modo de producción capitalista. La empresa, como bien señala Gustavo Bueno, es una institución «caliente (metabólica) de ciclo ampliado», cuya recurrencia necesita de beneficios, no como modo de enajenar al hombre, sino como forma de sostenerse en el tiempo; una empresa que no obtiene beneficios está condenada a su disolución, y el modo de producción capitalista, condenado a una crisis económica definitiva, no conducirá al socialismo sino al colapso de nuestra compleja sociedad industrial y el «retorno» a una época preindustrial, donde difícilmente podrá mantenerse la actual cantidad humana de 7.000 millones…

 

Fuente | José Manuel Rodríguez Pardo | La lengua del Imperio (14/04/2017)

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