Verano de 1936 en el East End londinense, zona de Londres que se extiende por barrios tan importantes como Whitechapel o Hackney. Unas mujeres tienden la ropa en el balcón de sus casas mientras charlan sobre las últimas noticias del continente. Los niños del barrio se entretienen jugando con latas y pelotas de trapo, improvisando una portería con un par de abrigos deshilachados. A su lado, un río de personas desemboca en la sinagoga local. En la puerta, un grupo de estibadores irlandeses reparte panfletos sobre la próxima huelga en los muelles. Sus compañeros y vecinos judíos no lo dudan: estarán en la primera línea del piquete. Un grupo de hombres y mujeres se citan en la sede del Partido Comunista de Gran Bretaña para comentar los avances de la recién comenzada guerra civil española publicados en el diario The Daily Worker. Varios de ellos ven la posibilidad de embarcar hacia España y alistarse en las recién creadas Brigadas Internacionales. En otra habitación, una comisión de laboristas y comunistas organiza una campaña de colecta de comida para el hambriento bando republicano. El East End es una comunidad humilde pero unida y dispuesta a luchar por causas justas.

No muy lejos del barrio, en el céntrico distrito de Westminster, Oswald Mosley se dirige al banco conducido por sus recientes bandazos ideológicos. Hijo y heredero de un famoso aristócrata inglés, ha cosechado una fortuna que no duda en emplear en saciar su sed de poder.

Y es que, mientras unos se compadecen del oprimido, otros prefieren sembrar miedos al calor del opresor. Son tiempos de posicionarse y Mosley tiene claros sus referentes. Así, se erige como líder de la British Union of Fascist, a la que termina donando gran parte de su fortuna. Bajo su liderazgo el partido se radicaliza, creando una división pseudomilitar de camisas negras que pretende emular las pardas de Hitler.

Pero, desde luego, no hay perro sin amo. Lord Rothermere, magnate propietario del Daily Mail, el famoso periódico británico, decide apoyar a los camisas negras de Mosley regalándoles una portada que rezaba: “Hurrah for the Blackshirts!”(“¡Viva los camisas negras!”)

Mientras Hitler y Mussolini consolidan su poder, Franco avanza en su ofensiva frente a la República y los aliados. Los grandes medios difunden el mensaje del partido entre la población, ganando la simpatía de grandes propietarios y de las clases medias. Es la ocasión perfecta para dar un puñetazo en la mesa y asaltar la política británica. Así, la British Union of Fascists anuncia que el 4 de octubre los camisas negras marcharán sobre uno de los barrios de Londres con mayor presencia de inmigrantes y judíos: el East End.

Las noticias de la marcha llegan a la comunidad y su respuesta no se hace esperar: no pasarán.

4 de octubre de 1936. Londres amanece bajo un cielo despejado y azul. Los niños se asoman a las ventanas y miran de lado a lado como si de un partido de tenis se tratase. Hombres y mujeres cargaban cajas de verduras podridas para subirlas a los pisos superiores de las casas de Cable Street. Camionetas repletas de piedras y tablas vienen y van, cruzándose con los coches de policía que hacen su ronda de reconocimiento.

A pesar de la falta de rifles, granadas o cañones, el ambiente en el East End era el previo a una verdadera batalla. Los niños escuchaban, asombrados, las hiperbólicas descripciones que uno de los niños más mayores daba sobre los camisas negras que marcharían más tarde por el barrio. La sinagoga estaba vacía. También la sede del sindicato y del Partido Comunista. Y, desde luego, los pubs de la zona.

Unas horas después, a la hora pactada, los vecinos y vecinas del barrio salen de casa y se dirigen hacia Cable Street, lugar de la batalla. Llevan bolsas llenas de piedras y palos, tablas, puertas… Todo lo posible para levantar barricadas que bloquearan el paso de los camisas negras de Mosley. Empiezan siendo algunas decenas; luego, cientos y, finalmente, miles. El East End está en la calle. No importa su origen, religión o tradiciones. La comunidad se funde en un río de colores frente a la masa gris.

Es un torrente de “No pasarán” y “They shall not pass”, es la alegría de la diversidad haciendo frente al miedo enemigo grande y poderoso. 20.000 hombres, mujeres y niños, palos y piedras en mano, esperan la marcha negra tras las barricadas. No pueden esperar más. Es el momento.

Unos minutos después, comienzan a vislumbrar a los lejos una masa negra aproximándose. Ni siquiera llegan a 3.000. Los antifascistas se frotan las manos: no van a pasar. Es el amor frente al odio, la solidaridad frente al egoísmo, la comunidad frente al fascismo. No pueden pasar.

La policía se moviliza y 5.000 efectivos bloquean el encuentro. Mientras tanto, los camisas negras entonan consignas fascistas exaltando su antisemitismo. Estibadores irlandeses, trabajadores judíos, comunistas, laboristas y sindicalistas, hombro con hombro, gritan “¡No pasarán!” desde el fondo de su corazón. Y así, la comunidad pasa a la ofensiva.

La batalla dura horas. La policía no puede contener el ataque de los obreros del East End, alcanzando a los fascistas de Mosley, quienes tratan –en vano– de defenderse. Tienen que huír, con el rabo entre las piernas, hacia Hyde Park, mientras la policía se enzarza con los manifestantes en una batalla que dura horas y se salda con cientos de heridos y detenidos. Los camisas negras terminan dispersándose ante la mirada desesperada de un desconsolado Mosley.

Ésta sería la última marcha de los camisas negras. El gobierno británico prohibió el uso de uniformes políticos durante sus marchas. Además, el número de afiliados bajó drásticamente de varios miles a menos de 4.000. El partido perdió el apoyo de los grandes propietarios ante la creciente amenaza nazi, volviendo a posicionarse al lado de los conservadores. En 1940, ya comenzada la Segunda Guerra Mundial, el BUF fue finalmente ilegalizado por el gobierno británico. Oswald Mosley y casi 800 militantes del partido fueron detenidos.

 

Fuente | Carlos Leaud | Drugstore Magazine (26/10/2016)

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