Sofía Casanova, la corresponsal del ABC y enfermera durante la I Guerra Mundial, entrevistó a Lev Trtosky, uno de los artífices de la Revolución rusa, un mes después de la llegada al poder de Lenin.

Desde octubre de 1914, al poco de estallar la Gran Guerra, Sofía Casanova (Almeiras, La Coruña, 1861) había empezado a colaborar con el diario madrileño desde Varsovia, donde pasaba largas temporadas con sus tres hijas y la familia de su marido, Vicente Lutoslawski, un intelectual y terrateniente polaco con el que apenas mantenía ya relación. Poetisa, novelista y miembro de la Real Academia de Poesía Española, Casanova había logrado cierto prestigio literario en el Madrid de principios de siglo, donde presidía en su casa un salón de tendencias modernistas.

Mujer de convicciones católicas y pacifistas, trabajó como voluntaria en la Cruz Roja, en uno de cuyos hospitales de la capital polaca pudo presenciar los efectos del mayor conflicto que habían conocido los europeos hasta el momento y del que dejó constancia en sus crónicas. De Varsovia huyó a Moscú y luego a San Petersburgo, ciudad en la que será testigo del cataclismo que provocó la abdicación del Zar Nicolás II. Sus artículos, recogidos en dos volúmenes, De la Revolución rusa en 1917 y La Revolución Bolchevista, son el testimonio más directo de los sucesos revolucionarios que pueden leerse en español. La sinceridad de su escritura, la ausencia absoluta de retórica y una capacidad de observación privilegiada permiten seguir el desarrollo de una revolución que despertó la mayor de las esperanzas y acabó construyendo el más grande y duradero régimen de terror de la Historia.

La entrevista que Sofía Casanova hizo a Lev Trtosky

Casanova acudía como enfermera cerca de los frentes y desde allí enviaba sus crónicas a ABC

La entrevista

 

Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir —por qué no confesarlo— al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno popular. Como no me atrevía a ir sola, ni otra persona alguna hubiera querido acompañarme, dije a la fiel gallega [Pepa], inseparable nuestra en estas penalidades, que viniera conmigo, pero sin descubrirla el objeto de nuestra salida.

Obscuras las calles, resbaladizas como vidrios enjabonados y completamente solitarias a aquella hora –cinco de la tarde-, tras muchos tumbos hallamos un iswostchik, somnoliento en el pescante del trineo. Extrañado de la dirección que le daba y puesto buen precio a la carrera, atravesamos lobregueces y más lobregueces de barrios extremos, hasta dar en un edificio enorme que sobresale de casucas y callejuelas adyacentes. Entre el portón que da a la calle y el de entrada principal del edificio hay un gran espacio, jardín en otro tiempo donde esperan los automóviles del personal gubernativo. Los guardias de la entrada, paisanos armados, caliéntanse en una hoguera. me preguntan adónde voy; respondo que voy a ver al comisario Trotsky y me señalan con franco ademán la escalinata.

Penetro en el edificio, y en la sala contigua a un vestíbulo, donde se desparraman grandes paquetes de papel, veo sentados en torno de una mesa dos marineros, tres soldados y dos jóvenes judías, que escriben. Repito mi demanda de ver a Trotsky -ministro de Negocios Extranjeros, que es el más interesante de los compañeros de Lenin-, y sin más requisitos nos entregan dos pedacillos de papel timbrado con el número del cuarto donde el compañero Trotsky trabaja. Ruego que me indiquen el camino de aquel piso tercero y aquel número 67, y merezco la deferencia a la muchachita judía Sarah Ivanova de que nos conduzca ella misma a los pisos altos. Son muchos los escalones, y a cada uno que subimos auméntase el pánico de Pepa que, aterrados los ojos, el mantillín caído sobre la frente, me dice en gallego cerrado:

-¿A dónde me leva, señora? Mire que aquí nos matan, a canalla está muy armada; a min me tembla o pulso.

Nos dejó Sarah junto a una puerta, donde la Guardia Roja hacía centinela, y mientras que pasaban mi tarjeta a Trocky [hoy escribimos Trotski], dialogué con “la canalla muy armada” que allí había. Les había anunciado la judía que éramos españolas, y cuando uno de aquellos proletarios me dijo que había leído cosas de España, y fijándose en Pepa habló con calor de las mujeres de mi país, oíselo apagándose la luz eléctrica, y lanzó un grito Pepa, agarrándose a mí espantada. Fue un momento de pintoresca emoción; volvió la luz, se abrió la puerta, y el soldado, correcto, que había llevado mi tarjeta, dijo:

-Les ruego que pasen.

Atravesamos una sala grande, sin más muebles que algunas sillas y máquinas de escribir, y a la izquierda; en un gabinete chico, nos esperaba Trotsky. Me rogó que tomara asiento en el único sillón de la estancia, frente a él, junto a una mesa de despacho. Indicó a Pepa el sofá, que completaba el sobrio mobiliario, y con voz agradable se expresó así en francés:

-Conozco España; es un hermoso país del que tengo buenos recuerdos, aunque la Policía comme de raison me trató mal. He visitado Madrid, Barcelona, Valencia. Mi amigo Pablo Iglesias estaba a la sazón en un Sanatorio; sentí dejar España.

Nuestra política es la única que puede hacerse al presente. El mundo está hambriento de paz y nosotros tenemos la esperanza de que se haga no la paz aislada de Rusia, sino la general, la de todos los pueblos combatientes. Ahora mismo acabo de recibir un radiotelegrama de Czernin de conformidad con nuestra iniciativa de armisticio y de gestiones pacifistas. No hemos de detenernos, ni mis compañeros ni yo, en el camino emprendido.

-¿Pero la actitud de las potencias de la Entente es inquietante?- indiqué.

Veló con los cansados párpados su aguda mirada Trotsky, y en vano esperé una respuesta o un comentario a mi frase. Conversamos aún, rozando los asuntos, sin ahondar en ellos y con sencillez me dijo al despedirnos:

-Me alegro haber conocido a usted y por su conducto envío un saludo a España.

Volvióse a su asiento, y su cabeza se inclinó sobre los documentos allí reunidos.

¿Es simpático Trotsky? No es atractivo. Acentúa su tipo israelita la espesa melena revolucionaria, que enmarca con negrura su rostro irregular y agudo. Las cejas y la recortada perilla, muy negras, son a modo de pinceladas mefistofélicas en el rostro cetrino. No se revela en él ni la voluntad, ni la inteligencia; nada, en fin, potencialmente fuerte.Podría pasar por un artista decadente, y, sin embargo, yo creo que tiene un valor irremplazable en la Rusia actual, y que no son las circunstancias precarias las que dan relieve a una medianía, sino que es la personalidad de este hombre la que se impone a aquéllas con actos de un plan político desconcertante y trascendental.

Al fanatismo jerárquico del Imperio sustituye el otro, el de la ergástula en rebeldía. ¿Qué pueblo podrá ser feliz gobernado por el terrorismo de abajo?En el antro de las fieras existe menos disparidad entre ellas y aquel que existía en el Palacio de la Duma. En el Instituto Smolny es todo plebeyamente democrático, y los feroces marineros de Kronstadt, confundidos con la guardia roja, no desdicen de los fríos muros, de las salas desamuebladas, donde funcionan como árbitros de San Petersburgo. Impresionan y desasosiegan el Instituto Smolny, y sus moradores, porque es un foco de anarquía y porque la ignorancia y el odio de los antiguos esclavos a todas las clases sociales arma sus manos con el ensañamiento demoledor.

Sólo la bandera blanca de la paz, que estos hombres levantan, da el alivio de una esperanza a nuestra angustia de desterrados. ¡La paz!, la paz, y luego… ¿qué ocurrirá en las regiones de Rusia dispersas y sin tradición de independencia? Aquella hoguera llameando sobre la nieve a la entrada del Instituto Smolny me parece un símbolo del porvenir: ¡Incendio en las estepas invernales!”.

 

Sofía Casanova, San Petersburgo, Diciembre 1917 | ABC (2 de marzo de 1918)