Los filósofos de cátedra le consideran un charlatán sudoroso que no para de sonarse la nariz y de tirarse de la camiseta mientras cuenta chistes en un inglés del lejano este. Sin embargo, tiene desde 2007 una revista académica indexada sobre sus ideas, la International Journal of Zizek Studies, se acaba de publicar en inglés un libro sobre las fuentes yugoslavas de su filosofía que cualquier editor avispado correría a traducir a nuestro idioma y en España dos prometedores doctorandos le están dedicando su tesis: Jorge Fernández Gonzalo (finalista del Anagrama con ‘Filosofía zombie’) y Julen Robledo (quien intenta situar su filosofía política dentro de la corriente de la “izquierda indefinida divagante” tal y como la comprende Gustavo Bueno en ‘El mito de la izquierda’).

El público de izquierdas le conocerá por su discurso en el micrófono humano de Occupy Wall Street o por sus artículos en favor de Syriza (quién mejor que Alexis Tsipras para ilustrar la máxima de Samuel Beckett que tanto le gusta citar al esloveno: “Fracasa. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor”), pero su compromiso político es más tenue de lo que parece. Ernesto Laclau, la máxima autoridad intelectual del populismo hispanoamericano, le echó en cara en un famoso debate a tres bandas con Judith Butler que si la ideología fuera tan permeable como él piensa (hasta la forma del water es ideológicasegún su enfoque) la revolución sería inútil, cuando no directamente imposible, pues todo intento de transformar internamente el sistema no puede sino apuntalarlo aun más. Los revolucionarios de Slavoj Zizek, bromeaba Laclau en 2005, quizás tengan que venir de Marte.

Esta ambivalencia también está presente en la recepción de sus trabajos de crítica cultural. Los promotores del proletkult y de la guerra cultural desde el bando choni o chav le aprecian por su capacidad de filosofar a partir de películas que la mayoría de críticos de cine juzgan demasiado vulgarespara su paladar, mientras que el número de la revista neoyorquina n+1 dedicado a ¿Qué fue lo hipster? le cataloga como como un referente del elitismo camp encubierto precisamente por esa exégisis redentora del gusto de masas. Y no es de extrañar la ambivalencia. Si Zizek es el filósofo extranjero más conocido de nuestro país ello se debe, por lo menos en Madrid, a que sus libros se despachan igual de rápido en la librería de la cooperativa anticapitalista Traficantes de Sueños en Lavapies que en Pasajes, metro Alonso Martínez, a dos pasos de la sede del Partido Popular.

Zizek escribe demasiado, la mayor parte de sus publicaciones son un corta y pega de materiales previamente publicados, pero cada cuatro o cinco años aparece un libro suyo de cierto relieve, tanto en el número de páginas como en la novedad de los contenidos, como es el caso de su primer título en inglés, ‘El sublime objeto de la ideología’, una de las primeras síntesis legibles del posmarxismo y del psicoanálisis lacaniano, o ‘El sujeto espinoso’, una recuperación de la denostada subjetividad cartesiana contra las teorías de la corporalidad en la línea de Gilles Deleuze, o ‘Visión de paralaje’, donde desarrolla una ontología materialista y dialéctica donde la idea de salto o cambio (shift) desempeña el mismo papel de transición de lo cuantitativo a lo cualitativo que desempeñaba la asunción hegeliana (Aufhebung) en el diamat soviético, solo que sin progreso.

Zizek tiene mucho humor y mucha retórica, su dialéctica consiste en última instancia en el recurso de figuras retóricas como la catacresis (los términos filosóficos de Zizek —la Cosa, el Amo, el Acontecimiento, etc.— no están definidos sino que funcionan como metáforas), el diasirmo (Zizek ha defendido públicamente el estalinismo precisamente porque es indefendible) o los argumentos quiasmáticos a la manera marxiana que tienen más de provocación que de otra cosa (Marx: “Lutero convirtió a los curas en laicos, porque convirtió a los laicos en curas”; Žižek: “El problema de Hitler no es que fuera muy violento sino que lo fue demasiado poco”). No obstante, las líneas maestras de su teoría no son sino una recopilación de los mejores momentos de otros y él mismo ha reconocido constantemente la deuda que tiene contraída con la idea de contingencia de Friedrich Schelling o con la de acontecimiento de Alain Badiou. Por no hablar de Lacan y de Hegel.

‘Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico’ (Akal, 2015), el último título del esloveno traducido a nuestro idioma es, de hecho, un homenaje al idealismo especulativo cuya edición en español se abre con una dedicatoria en alemán gótico a Mladen Dolar, otro psicoanalista anticapitalista esloveno, “porque el Partido siempre tuvo la razón” y un prólogo titulado “PODEMOS (con Hegel)” donde Zizek actualiza la reacción de Lacan ante mayo del 68 (“Vosotros como revolucionarios lo que queréis es un Amo”) sugiriendo que Steve Jobs es el tipo de Amo que necesitamos para liberarnos del capitalismo y de la democracia liberal porque, a diferencia de los líderes que intentan adecuarse a la voluntad dada por el pueblo, él no hacía encuestas para saber lo que deseaban sus consumidores, sino que supuestamente les creaba nuevos deseos. “Este es el modo en que funciona un auténtico Amo: no intenta adivinar lo que quiere la gente; simplemente obedece su propio deseo, de modo que es decisión del pueblo decidir si le seguirán”.

A Zizek no parece importarle que esa sea precisamente la estructura del mercado político perfecto modelizado por Schumpeter donde los partidos funcionan como empresas y los votantes se comportan como agentes racionales que maximizan sus intereses, pero llegados a este punto quizás convenga preguntarse si el volumen que tenemos entre manos tiene siempre el mismo tono entre irónico y siniestro, y la respuesta, para sorpresa de los que hayan tirado la toalla antes de la página 215, es que no.

‘Menos que nada’ es, en las dos partes centrales dedicadas a Hegel y a Lacan, una monografía académica tradicional de comentario bibliográfico semierudito en la tradición de la filosofía continental de hacer mala historia de la filosofía, porque los textos canónicos nunca se incorporan en un esquema historiográfico que vaya más allá del catálogo de autores, y mala filosofía, porque sus ideas nunca se toman en serio, nunca se discute acerca de su verdad o falsedad. Por lo menos Zizek, como buen hegeliano, hace explícita la noción de progreso intelectual que está a la base de este tipo de doxografía, en la que los filósofos se convierten en etapas de un proceso de refinamiento intelectual donde Schelling supuestamente sabe más que Fichte pero menos que Hegel, y consecutivamente Lacan más que Hegel y —por esa regla de tres— Zizek más que nadie.

 

Fuente | Ernesto Castro | El confidencial

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