Pregunta. ¿Cómo explica esta obsesión por el uso de la memoria (la que enseña, la que legitima, la que repara, la que cura, la que libera)?

Respuesta. Cada una de estas memorias alberga un uso. El denominador común es la expectativa de que nos ofrezcan las claves para entender y actuar que nos esconde el presente.

P. ¿Por qué se abusa tanto hoy de los elementos irracionales en la política? Ya sabe, eso de “asaltar el cielo”.

R. La creciente complejidad del mundo hace más complicado el recurso a unas explicaciones racionales, y ya no digamos científicas, no siempre al alcance de todos. Si se le añade el convencimiento, generalizado entre algunos, de que su emoción funda derechos (si sienten X, tienen derecho a que X les sea concedido, es su razonamiento), el cocktail está servido.

P. ¿Qué me dice de la condición de víctima, hacia dónde se dirige una sociedad pendiente de tantas humillaciones y horrores que reparar?

R. Una sociedad victimizada no tiene futuro. El cobro de todas las deudas acumuladas en el pasado no es un proyecto político: es, si acaso, la utopía del resentimiento.

P. Trata de Auschwitz en su libro. ¿De qué manera opera la idea del mal en la construcción de políticas concretas? ¿Cómo pueden exigirse hoy responsabilidades por desmanes antiguos (por ejemplo, el franquismo)?

R. La presencia del mal en la vida pública aumenta conforme se pone más cuesta arriba acordar una idea de bien susceptible de ser aceptada por todos en nuestras sociedades plurales. Respecto a lo segundo, no podemos estar reconsiderando a cada poco los límites de lo imprescriptible, por decirlo a la manera de Jankélévitch. En todo caso, aprender a convivir es aprender a olvidar.

P. Ya no sirven los viejos discursos para cambiar el mundo, ¿qué hacemos?

R. Hay que empezar por definir la naturaleza del cambio al que se aspira, asunto que está lejos de ser obvio.

P. ¿Qué peso tiene en la acción política esa superioridad moral que se otorgan a sí mismos los que se ven investidos de una causa por la que luchar?

R. Cualquier tipo de supremacismo es tóxico para la democracia, que supone y exige precisamente que todos los actores asuman su radical, constituyente, falibilidad. A los hechos me remito: nadie es más indulgente con los golpes de Estado de los suyos que el supremacista.

P. ¿Todavía se puede hablar de derecha e izquierda?

R. En la medida en que la política ya no es el puro hueso de las cuestiones sociales y económicas, y ha ido incorporando reivindicaciones de otro orden (culturales, de costumbres, etc.), resulta más ardua la delimitación. Pero creo que se puede mantener como criterio la actitud frente a cualquier forma de explotación, opresión y dominio. Aplicando dicho criterio a Europa y al Estado de bienestar, no sé si hay muchas dudas respecto a quien defiende a este último y quien intenta reducirlo a su mínima expresión.

P. ¿Conservan las utopías alguna capacidad de movilización?

R. Menguante, sin duda. El lado bueno es que la gente no se moviliza por lo que ya ha alcanzado, y buena parte de las utopías del pasado se han cumplido. El lado malo, que la aceleración de los cambios haya terminado por ahogar nuestra capacidad de proyectar mundos radicalmente nuevos.

P. Y los sujetos, ¿tienen margen, en una sociedad cada vez más tecnológica, para articular políticas de futuro?

R. Quienes respecto a esto hablan de empoderamiento –palabro que confieso que no se encuentra entre mis expresiones favoritas– lo que plantean precisamente es poner al servicio de los sujetos y de sus demandas el creciente arsenal tecnológico disponible, en vez de declararnos derrotados frente a él antes de empezar. A fin de cuentas, hace mucho que nos sentimos desbordados por tanto como sabemos. Es cierto que el complejo científico-técnico nos hace poderosos en una medida inédita en la historia humana. Pero el signo que termine por adoptar tanto poder no está escrito en ningún lado. No podemos naturalizar lo que es resultado de la contingencia histórica.

 

Fuente | Manuel Cruz | José Andrés Rojo | El País (17/12/2017)

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