Pasadas ya las conmemoraciones del Día Internacional contra la Violencia de Género (25 de noviembre) y sosegado el panorama, es el momento idóneo para desgranar la verdadera naturaleza de dicho constructo. Hacerlo en medio de esa celebración habría sido situarse en la diana mediática de la corrección política y haber sido objeto de un linchamiento público inmisericorde.

Lo cierto es que el concepto violencia de género no es más que una extensión de la dialéctica marxista de la lucha de clases. Agotados los efectos movilizadores de la confrontación entre el proletariado y la burguesía ante la desaparición del concepto de clase trabajadora, la universalización de las comodidades y la superación de las necesidades materiales gracias al triunfo del capitalismo, la izquierda necesita de nuevas batallas con las que agitar a sus desnortadas mesnadas. Pues, como bien es sabido, el marxismo necesita del conflicto social para poder sobrevivir política y sociológicamente.

Que hay mujeres que son agredidas por sus parejas esuna realidad que no puede negarse. Que la violencia ha de ser perseguida y no debe ser tolerada en una sociedad digna de ese nombre también es una obviedad. Pero que dichas agresiones sean fruto de una supuesta ideología misógina, machista y heteropatriarcalfundamentada en el odio a la mujer, eso es ya harina de otro costal.

Porque, contrariamente a lo defendido por los ideólogos de génerola violencia en las relaciones afectivas no es monopolio de ningún sexo, sino consecuencia de las debilidades y miserias de la naturaleza humana. Pese a la imagen distorsionada que se nos presenta, no sólo hay hombres que abusan de sus mujeres, también hay mujeres que abusan de los hombres, y mujeres de mujeres y hombres de hombres.

Cuando hay violencia de por medio, en las relaciones de pareja y en cualquier otro ámbito, ha de perseguirse a quien agrede, con independencia de su sexo, religión o raza. Y a la víctima hay que protegerla y darle amparo cualquiera sea su sexo, religión o raza. La Justicia ha de ser ciega y castigar comportamientos y acciones objetivos, con independencia de la adscripción de víctima y verdugo a uno u otro grupo. Si hay más hombres que agreden, entonces habrá más hombres condenados. Como de hecho sucede para la generalidad de las infracciones penales, pues, según el Registro Central de Penados, de las 222.000 condenas firmes dictadas en 2015, 190.000 tuvieron por objeto a varones y 32.000 a mujeres; pero nadie –de momento– ha pedido ampliar las discriminatorias normas procesales vigentes contra el varón en materia de violencia doméstica al resto de tipos recogidos en el Código Penal.

Tampoco hay –de momento– ninguna presión social para que se supriman las garantías procesales o se fijen tipos penales específicos para otros grupos estadísticamente más propensos a cometer determinados delitos, como pudiera ser la población inmigrante en lo relacionado con los delitos contra la propiedad y el tráfico de drogas o la musulmana en lo relacionado con el terrorismo (ni los hubo para la vasca durante las décadas de actividad terrorista de ETA).

Lo que determina la violencia doméstica no es el sexo del agresor y la víctima, sino la relación afectiva entre ambos. Dicha violencia se produce en parejas (sean del mismo o de sexo opuesto) que mantienen o han mantenido una relación con contenido sexual, relación que además se ha prolongado durante cierto tiempo y que normal aunque no necesariamente ha implicado convivencia. La causa de esta violencia no es una lucha de sexos, ni la opresión o explotación de un sexo por el otro, ni demás elucubraciones de raigambre marxista. Todo es mucho más primario y básico: se trata de celos, envidias, de instintos primarios relacionados con las pulsiones más animales del ser humano, aquellas que proceden de las pasiones más virulentas y ligadas al intercambio sexual. No en vano, este tipo de violencia y de crímenes siempre se llamaron así: crímenes pasionales. Una denominación mucho más atinada, no politizada y libre de prejuicios ideológicos. Y es que la violencia de género, en realidad, no existe; existe la violencia.

 

Fuente | Club LD (21/12/2017)

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