Los Estados, como los organismos, envejecen. Su envejecimiento social, demográfico y político puede ser corregido con ciertos ajustes, y su decadencia, aunque inexorable, se ralentiza o, sencillamente, se reconfiguran las fronteras y unos Estados se dividen o se integran en otros y desaparecen. En los sistemas garantistas, su fuerza política y su superioridad ética suelen acabar convirtiéndose en su mayor debilidad. Tras varias generaciones, el privilegio de vivir en una sociedad opulenta diluye la cohesión social y la legitimidad del Estado queda más fácilmente en entredicho, especialmente entre aquellas franjas de la población que nacieron en la placenta del Estado bienhechor. Sin los mecanismos necesarios para mantener los derechos adquiridos y, a la vez, evitar la disolución interna no es posible frenar esa descomposición.

En Europa, el ciclo de crecimiento económico tras la Segunda Guerra Mundial permitió la extensión de los servicios sociales, el aumento de la esperanza de vida, la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, seguridad militar y la garantía de unos derechos individuales concedidos graciosamente por el Estado del bienestar. Estos factores se asociaron a la democracia, como si fueran una virtud taumatúrgica que se derivaba per se de ese modo de administrar la cosa pública, sin contar con la fuerza militar o la prosperidad económica y como si no hubiera más que una democracia, sagrada inspiración de la humanidad. Esa visión mágica de la democracia, amparada en la ilusión supersticiosa de que todo se arregla en política con gestos, símbolos, empatía y palabras, excluye una definición técnica, capaz de revelar sus limitaciones y defectos. Esta opulencia social y económica condujo, por su propio desarrollo, a un envejecimiento demográfico y al aumento de bolsas de población improductivas y de los tiempos de ocio, absorbidos por la televisión y las redes sociales. Además, un europeísmo ingenuo se entregó a la tendencial pérdida de soberanía de los Estados nación, en abierta crisis, sacudidos, en muchos casos, por la fuerza centrífuga de la dispersión trasnacional de la globalización y por la fuerza centrípeta de la atomización nacionalista, regionalista e identitaria. En esa dialéctica se produce un estallido de identidades asociadas a peculiaridades folclóricas o psicológicas, alimentando el magma convulso de un narcisismo en el que se ignora el principio de realidad y se confunden los deseos subjetivos con derechos sociales o políticos. Aburridos de sí mismos, los hijos generacionales para los cuales todo derecho es una obligación sin contrapartida que el Estado ha de proporcionar, viven acunados en la sociedad opulenta del bienestar, sobreprotectora pero ayuna de toda épica.

La política, en su dimensión técnica, es tediosa y sólo divierte cuando, en su lado más teatral, conduce al desastre. La diversión de las utopías, propias de adolescentes que sueñan una sociedad perfecta, un nuevo hombre o cambiar el mundo, produce a menudo que cualquier modesto paraíso, transitorio y frágil como todo lo real, parezca un infierno. La felicidad duradera acaba aburriendo y se vive como una pesadilla de la cual despertar. El anhelo de épica generacional, que sólo la caridad exótica o la revolución callejera parecen ofrecer, empuja a los brazos de mitologías ansiosas de pasado y nostálgicas de futuro. El aburrimiento y la opulencia propician la búsqueda de coartadas que ciertos mecanismos simbólicos de identificación proporcionan. Las portadas digitales de los medios se llenan de trivialidades elevadas a la solemnidad de causas humanitarias o sociales, de compromisos políticos, de orgullos sexuales heridos. Si cualquier cosa es fascismo, las verdaderas víctimas del fascismo sufrieron simples accidentes meteorológicos. A José Ramón Rekalde, herido en la cara por un disparo de ETA, le preguntaron por la dignidad de las víctimas. Su respuesta, en su sencillez, fue más lúcida y más digna que cualquier victimismo de salón: «A mí no me han quitado la dignidad. ¡Ojalá! A mí me han pegado un tiro».

La identidad se construye por negación. No hay deseo de armonía universal por altruista que se pretenda que no encuentre un obstáculo cuya eliminación es indispensable para su cumplimiento. En ese afán de identificación se marca al otro con las señales de lo políticamente incorrecto, de lo moralmente despreciable, haciendo un uso indiscriminado de cuantos insultos generen el rechazo mediático más eficaz. Términos con un origen técnico preciso y un significado histórico o político concreto se diluyen en el lodo viscoso e indiferenciado de la refriega ideológica, donde todos los gatos son pardos y se impone quien grita con más estridencia e impostura o consigue más likes. Cada pequeña contrariedad se vive como una ofensa que hay que verbalizar y exteriorizar, haciendo públicas muestras de escándalo, porque el ego diminuto del individuo postmoderno se infla disparando a las alturas de lo sublime y lo eterno simples peripecias biográficas, y cierra los ojos a un mundo que, después de malcriarlo, lo ha abandonado.

Resulta más fácil y rápido, más televisivo y satisfactorio enunciar un estereotipo al cual se inyecta la correspondiente carga valorativa y resolver con él de una vez realidades heterogéneas y de gran complejidad que emprender el esfuerzo disciplinado, paciente e ingrato de tratar de entenderlas y buscar soluciones eficaces y realistas. Es el triunfo de las mentiras particulares defendidas y arrojadas a la arena pública como verdades absolutas. Pero, ¿cómo puede ser verdadera una idea que no es común, que no se pliega a los códigos objetivos de una racionalidad universal, de una ciudadanía política, a salvo de los particularismos raciales, étnicos, folclóricos, psicológicos o ideológicos? La verdad no es propiedad exclusiva de nadie. La pulsión de identidad es un anhelo de eternidad que, por su imposibilidad material, sólo puede ser satisfecho con ficciones ciegas y mentiras propagandísticas. En ese marasmo relativista, ciertos impulsos pueden encauzarse por medio de una labor de ingeniería social en forma de movimientos de masas en cuyas liturgias hallar refugio bajo la intemperie existencial, personal, generacional, económica, teológica. Esta sobreabundancia social con sus muchedumbres ociosas produce, en la fase crítica de su desbordamiento, respuestas que en los países pobres son marginales, excepcionales o inexistentes y que entran en contradicciones irresolubles con los intereses de las clases menos favorecidas. El pacifismo voluntarista pone en riesgo puestos de trabajo de obreros reales en fábricas de armamento. El feminismo nominal y tuitero prohíbe el piropo pero ve con agrado el burka. En aras del ecologismo se grava el diésel perjudicando a los propietarios de coches viejos. El nacionalismo folclórico no prende en regiones empobrecidas. En su paroxismo mediático, estas efervescencias ideológicas son privilegios que sólo pueden permitirse sujetos acomodados de sociedades ricas y que hacen peligrar las condiciones políticas que los hicieron posibles:

«Los problemas de un mundo opulento y que no se entiende a sí mismo pueden ser serios y hasta pueden amenazar innecesariamente esa misma abundancia. Pero no es probable que sean tan graves como los de un mundo pobre en el que las sencillas exigencias de la pobreza excluyen el lujo de la incomprensión, pero en el que además, y por desgracia, no se pueden encontrar soluciones» (John K. GalbraithLa sociedad opulenta).

La Ley es la defensa del que no tiene poder. El Pueblo, y su santa voluntad (Vox Populi Vox Dei), es el último refugio de las élites, la coartada televisiva para la perpetuación de una minoría endogámica en el expolio a expensas de las invocaciones teatrales a una justicia o a una legitimidad superior a la de la legislación positiva, imperfecta y precaria, pero dotada de una objetividad impersonal que, en lo posible, limita los abusos y los caprichos personales. La ley, como racionalidad común, opone resistencia contra las inercias de la mediocridad al materializar lo mejor de los individuos tomados en conjunto, a salvo de los peligros de las élites privilegiadas y de las masas ofuscadas, aburridas de las garantías ciudadanas y de la seguridad que el gris funcionamiento administrativo de las leyes les procura. Gritar con pose de profeta que España es un Estado fascista es la prueba inmediata de que no sólo no lo es, sino que es un Estado débil al borde del suicidio que tolera en sus instituciones públicas y hace rico a quien lo dice.

 

Fuente | José Sánchez Tortosa | El Mundo Opinión (23/10/2018)

Las miserias de la abundancia por José Sánchez Tortosa