Las purgas fueron algo muy recurrente en la Unión Soviética: ya fuese contra los enemigos del régimen o ya fuese en el interior del mismo Partido. Como le escribía Ferdinand Lasalle a Marx el 24 de junio de 1852, que Lenin cita en la carátula de su ¿Qué hacer? de 1902, «La lucha partidaria da al partido fuerza y vitalidad; la prueba más grande de la debilidad de un partido es el amorfismo y la ausencia de fronteras netamente delimitadas; el partido se fortalece depurándose» (citado por Lenin, 1974: 351). No obstante, es obvio que en el período del Terror (y esto vale tanto para el Terror Rojo como para el Terror Blanco o del color que sea) muchos aprovecharon la ocasión para satisfacer rencores y rencillas personales.

Las purgas en el Partido se denominaban oficialmente «verificación de documentos» (Proverka). Un 91% de miembros del Partido (177.000) fueron expulsados tras descubrírseles «materiales comprometedores» (Véase Gellately, 2013: 49). Entre 1933 y 1939 1,8 millones de miembros del Partido fueron expulsados y sustituidos por un millón de nuevos miembros, con lo cual Stalin construyó una cúpula en el Partido de la que se podía fiar.

En la Unión Soviética del Partido Comunista (bolchevique) estos reaccionarios o personas non gratan para el régimen -que debían ser «retiradas de las circulación»: ya detenidas, ya deportadas, ya ingresadas en campos o colonias de «trabajo correctivo» o bien simplemente ejecutadas- fueron purgados a lo largo de las diferentes fases de la dictadura del proletariado. Fases que en total vinieron a ser tres guerras civiles: la Revolución de Octubre y la guerra civil contra los Blancos, Negros, Verdes más catorce ejércitos internacionales de 1918 a 1920, la deskulakización de 1929 a 1933 y las purgas en el seno del partido de 1936 a 1938 que se conoce en Occidente, a través del ideólogo anticomunista Robert Conquest, como «Gran Terror».

El 30 de julio de 1937 se aprobó, a propuesta del jefe de la NKVD, a la sazón Nikolai Yezhov, alias «el Morita», la orden número 00447, que entró en vigor el 5 de agosto y se prolongó hasta noviembre de 1938 (los dos ceros antes del número de una directiva significa que la orden procedía directamente de Stalin). Los disidentes eran envidados a los gulags o ejecutados. La «Máxima medida punitiva», abreviada como «VMN» o bajo el acrónimo de Vyshka, era llamada por Stalin «la obra negra», «que, a su juicio, constituía un noble servicio prestado al Partido» (Montefiore, 2010: 191). Esta medida era tomada no sólo contra los que eran seguros traidores o espías sino también contra los supuestos, con tal de no correr el riesgo de que efectivamente lo fuesen. Como dijo Yezhov, «Caerán víctimas inocentes en esta lucha contra los agentes del fascismo. Vamos a lanzar un gran ataque contra el Enemigo; que nadie nos guarde rencor si le damos algún codazo. Más vale que sufran diez personas inocentes que no que se escape un solo espía. Cuando se corta leña, saltan chispas… si durante esta operación se ejecuta a mil individuos más, tampoco son tantos» (citado por Montefiore, 2010: 213-227).

Fueron reprimidos y represaliados monárquicos, kadetes, mencheviques, cosacos, blancos, verdes, negros (los anarquistas de Néstor Majnó), socialistas-revolucionarios, socialistas-revolucionarios de izquierda, kulaks, «bandidos», gamberros, ladrones, «parásitos», huelguistas, desertores del trabajo o aquellos que no hubiesen realizado un «número mínimo de horas de trabajo» en los koljoses, antiguos funcionarios, policías y oficiales del ejército zarista, antiguos «comerciantes» y terratenientes, artesanos y pequeños empresarios privados, boy scouts, miembros del Club de Tenis, «miembros de la intelligentsia rural», «especialistas burgueses» (los spetzy), organizaciones «clericales» y «sectarias», «elementos desclasados», falsificadores de moneda, «elementos socialmente extraños», «elementos socialmente peligrosos» (los ex), «enemigos del pueblo», «fascistas», «social-fascistas» (social-traidores), quinta-columnistas e incluso miembros de la policía política por cometer delitos y excesos y también miembros del propio Partido Comunista considerados «centros terroristas» como trotskistas, zinovievistas (el «Centro de Moscú»), el «Centro Unificado trotskista-zinovievista», «el bloque antisoviético trotskista-derechista» (el «juicio espectáculo» más importante se hizo contra este bloque), «trotsko-fascistas», «desviacionistas de derecha», «abortos derechista-izquierdistas», «centralistas democráticos» e incluso el «pueblo llano» que no estaba clasificado en la categoría canónica del «proletariado obrero constructor del socialismo».

También hubo purgas en las universidades, en los institutos, en las academias (fundamentalmente en Bielorrusia y Ucrania), comisarios del pueblo para la Educación, para la Agricultura y para la Justicia. También científicos: casi todos los astrónomos del gran observatorio de Pulkovo, estadísticos de la dirección central de la economía nacional, lingüistas, biólogos. Los artistas y la gente de la cultura circunscrita tampoco se salvaron de la purga, como algunos miembros de la Unión de escritores, músicos y gente del teatro. Y por supuesto los «últimos residuos clericales», aunque después, durante la Gran Guerra Patriótica, se rehabilitó a la Iglesia ortodoxa en solidaridad contra los nazis.

El componente étnico sólo representó «una quinta parte del total de detenciones y un tercio de las ejecuciones. Sin duda, los soviéticos temían que los capitalistas pudieran infiltrarse en el país a través de sus minorías. En cierto momento, Moscú habría creído que aquellos grupos con lazos al otro lado de la frontera podrían utilizarse para expandir el comunismo. Pero mediados los años treinta, el Kremlin concluyó que lo contrario era más probable; es decir, que los enemigos del comunismo aprovecharían los vínculos fronterizos con grupos étnicos del interior de la Unión Soviética. De este modo, las autoridades decidieron trasladar a ciertas minorías hacia el interior del país y apresaron a los miembros de aquellos grupos que vivían en otros lugares de la Unión Soviética» (Gellately, 2013: 61).

En el vigésimo aniversario de la Revolución de Octubre, el 7 de noviembre de 1937, en una comida en casa de Klim Voroshílov donde también se encontraba Giorgi Dimitrov, decía Stalin contra el separatismo: «Cualquiera que intente destruir la unidad del estado socialista, que pretenda separar de él cualquiera de sus partes o nacionalidades, es un enemigo, un enemigo declarado del estado y los pueblos de la URSS. Y exterminaremos a todos y cada uno de estos enemigos, sean antiguos bolcheviques o no. Exterminaremos a sus parientes y a toda su familia. Exterminaremos sin misericordia a todo aquel que, con hechos o ideas, amanece la unidad del estado socialista. ¡Brindo por el exterminio de todos los enemigos, de ellos y de sus parientes!» (Gellately, 2013: 62-63). Y el 11 de noviembre, le diría en privado a Dimitrov que había quienes «en realidad, en su interior no habían aceptado la línea del partido, en particular, no habían podido tragar con la colectivización» y el trata a los kulaks, los cuales pasaron a la clandestinidad y «aun careciendo de poder en sí, se habían asociado con enemigos externos, prometiendo ucrania a los alemanes, Bielorrusia a los polacos y el Extremo Oriente a los japoneses». Y llegaría a afirmar que «en julio habían hecho preparativos para atacar al Politburó en el mismo kremlin. Pero perdieron los nervios» (citado por Gellately, 2013: 63).

Durante la «gran purga» del «Gran Terror» -que podría situarse entre el 1 de diciembre de 1934 con el asesinato de Sergei Kírov y el 20 de agosto de 1940 con el asesinato de Trotski (aunque la gran purga propiamente dicha empezó en la víspera de la conspiración militar de Tujachevski, siendo los años críticos 1937 y 1938)- se purgaron a miembros del Politburó, miembros del Comité Central, delegados del XVII Congreso del partido (1934), dirigentes del Komsomol (juventudes comunistas), secretarios regionales, secretarios de distritos y diplomáticos. También responsables soviéticos y funcionarios del aparato de la Internacional Comunista y de los aparatos anejos: la Internacional Comunista de las Juventudes, la Internacional Sindical Roja, el Socorro Rojo, la Escuela Leninista Internacional, la Universidad Comunista de las Minorías Nacionales de Occidente. También se purgó a las diferentes secciones de la Komintern, empezando por la alemana, al Partido Comunista Polaco, el yugoslavo (purga tras la que precisamente ascendió el disidente Josip Broz, alias Tito, que renegaría de la URSS en 1948), el finlandés, el italiano. También hay que mencionar las purgas contra los «disidentes» que vivían en el extranjero: la más famosa es la de Trotski (asesinado en Méjico el 20 de agosto de 1940 por el español Julián Ramón Mercader del Río). Pero también fueron destacables la de trotskistas como Rudolf Klement y Lev Sedov (hijo de Trotski).

Antes de la Gran Guerra Patriótica también fueron víctimas ciertos militares del Ejército Rojo con el objeto de limpiar la retaguardia de posibles traidores y de paso transformar un ejército preparado para la Primera Guerra Mundial en un ejército preparado y equipado para la inminente Segunda Guerra Mundial, o mejor dicho, transformar el Ejército Rojo de la guerra civil en el Ejército Rojo de lo que sería la Segunda Guerra Mundial o Gran Guerra Patriótica. De modo que fueron purgados mariscales, generales de ejércitos, generales de división, almirantes, comisarios de ejército, comisarios de campo y oficiales. Como se congratulaban Stalin y Voroshílov, el Ejército Rojo «se había extirpado la gangrena de la carne sana» (citados por Lozano, 2012: 154).

Paradigmático fue el caso del mariscal Mijail Tujachevski (el «pequeño Napoleón virtual», como lo llamaba Bujarin), cuya eliminación fue clave para reforzar el Ejército Rojo, como reconoce el mismísimo Adolf Hitler según reproduce Goebbels en su Diario el 23 de octubre de 1943: «Nuestro error más trágico ha sido creer que Stalin se había colocado en una posición de debilidad haciendo fusilar a Tujachevski y su banda. En realidad, él se ha desembarazado de ese modo de toda oposición procedente de los generales» (citado por Santos, 2012: 660). Como dijo Molotov años después en sus conversaciones con Tchuchev Félix, «Si Tujachevski, Yakir y Zinoviev hubiesen lanzado sus operaciones en tiempos de guerra, hubiese habido una lucha extremadamente dura, el número de víctimas habría sido colosal. ¡Colosal! Los dos lados habrían estado condenados al desastre. Tenían alianzas que se remontaban hasta con Hitler. Y lejos, Trotski tenían lazos parecidos. No podíamos tener dudas. Hitler era un aventurero y Trotski también, los dos tenían rasgos parecidos. Y los derechistas, Bujarin y Rykov, estaban unidos a ellos. Y, seguro, otros muchos dirigentes militares» (citado por Martens, 101).

Ante la inminencia de la guerra, como afirmaba Molotov, las prisas estaban «a la orden del día. ¿Acaso era posible profundizar en todos los detalles? … A veces se detuvo a gente inocente. Es lógico que de cada diez, uno o dos fueran detenidos de forma indebida, pero los demás no». Y Stalin sentenciaba: «Más vale una cabeza inocente menos que encontrarnos con vacilaciones en la guerra» (Molotov y Stalin citados por Montefiore, 2010: 229). Después de la guerra, Lazar Kaganovich justificó estas medidas afirmando que de lo contrario «nunca habríamos ganado la guerra» (citado por Montefiore, 2010: 238).

La represión contra estos elementos se llevaba a cabo ya fuese por revueltas, motines, sabotajes, espionaje, ayuda a la burguesía internacional, propaganda que ayudaba a la burguesía internacional o por cualquier «acto contrarrevolucionario» actual o potencialmente peligroso para la eutaxia del Estado revolucionario que -como vemos- le resultó absolutamente imposible extinguirse (de haberlo hecho hubiese sido el final mismo de la revolución, lo cual hubiese resultado ser, aparte de una traición, un monumental absurdo). Y además, como le comentó Stalin a Lavrenti Beria, «Un enemigo del pueblo no es sólo aquel que comete un acto de sabotaje, sino también el que pone en duda el acierto de la línea del Partido. Y son muchos los que piensan de ese modo, y nosotros debemos eliminarlos» (citado por Montefiore, 2010: 243).

De modo que, si en la ética el fin no justifica los medios, en política parece que sí, parece que el fin puede justica los medios y las mayores atrocidades pueden resultar a la larga una gran prudencia (la virtud política por antonomasia) y la ética puede resultar la mayor de las imprudencias (el error político por antonomasia). En un mundo hostil más vale ser severo que ser un pánfilo. O matas o te matan.

Bibliografía

  -Gellately, R., La maldición de Stalin, Traducción de Cecilia Belza y Gonzalo García, Pasado & Presente, Barcelona 2013.

-Lenin, V.I., Obras completas, Tomo IV, Versión de Editorial Progreso, Akal Editor, Madrid 1974.

  -Lozano, A., Stalin. El tirano rojo, Ediciones Nowtilus, Madrid 2012.

  -Martens, L., Otra visión de Stalin, Biblioteca Digital Partido Comunista Obrero Español, http://www.pl.org.ar/public/pdfs/Otra%20mirada%20sobre%20Stalin.pdf.

-Montefiore, S. S., La corte del zar rojo, Traducción de Teófilo de Lozoay, Crítica, Barcelona 2010.

-Santos, A., Stalin el Grande, Edhasa, Barcelona 2012.

Fuente | Daniel López | Posmodernia (13/01/2019)

Las purgas en la Unión Soviética