Audios León Felipe, por él mismo - Antología Poética
Preceptiva poética
Poemas menores
Que día tan largo
Ahora de pueblo en pueblo
Corazón mío
Ven con nosotros
Que solo estoy, Señor
Más sencilla
Cristo
Qué lástima
Qué pena
Como tú
Vencidos
Romero solo
Pie para el niño de Vallecas, de Velázquez
Elegía
Como un pulgón
Pero ya no hay locos
Segador esforzado
El salto
 
¡Qué Lástima!, poema de León Felipe en la voz de Héctor Alterio y la guitarra de José Luis Merlín

Poema Como tú musicado y cantado por Paco Ibáñez

Una cruz sencilla

 

Hazme una cruz sencilla,
carpintero…
sin añadidos
ni ornamentos…
que se vean desnudos
los maderos,
desnudos
y decididamente rectos:
los brazos en abrazo hacia la tierra,
el astil disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto:
este equilibrio humano
de los dos mandamientos…
sencilla, sencilla…
hazme una cruz sencilla, carpintero.

Autorretrato ¡Qué lástima que yo no pueda cantar a la usanza de este tiempo lo mismo que los poetas de hoy cantan! ¡Qué lástima que yo no pueda entonar con una voz engolada esas brillantes romanzas a las glorias de la patria! ¡Qué lástima que yo no tenga una patria! Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa desde una tierra a otra tierra, desde una raza a otra raza, como pasan esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca. ¡Qué lástima que yo no tenga comarca, patria chica, tierra provinciana! Debí nacer en la entraña de la estepa castellana y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada; pasé los días azules de mi infancia en Salamanca, y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña. Después… ya no he vuelto a echar el ancla, y ninguna de estas tierras me levanta ni me exalta para poder cantar siempre en la misma tonada al mismo río que pasa rodando las mismas aguas, al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa. ¡Qué lástima que yo no tenga una casa! Una casa solariega y blasonada, una casa en que guardara, a más de otras cosas raras, un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada (que me contaran viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala) y el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla. ¡Qué lástima que yo no tenga un abuelo que ganara una batalla, retratado con una mano cruzada en el pecho, y la otra en el puño de la espada! Y, ¡qué lástima que yo no tenga siquiera una espada! Porque…, ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada? ¡Qué voy a cantar si soy un paria que apenas tiene una capa! Sin embargo… en esta tierra de España y en un pueblo de la Alcarria hay una casa en la que estoy de posada y donde tengo, prestadas, una mesa de pino y una silla de paja. Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla en una sala muy amplia y muy blanca que está en la parte más baja y más fresca de la casa. Tiene una luz muy clara esta sala tan amplia y tan blanca… Una luz muy clara que entra por una ventana que da a una calle muy ancha. Y a la luz de esta ventana vengo todas las mañanas. Aquí me siento sobre mi silla de paja y venzo las horas largas leyendo en mi libro y viendo cómo pasa la gente al través de la ventana. Cosas de poca importancia parecen un libro y el cristal de una ventana en un pueblo de la Alcarria, y, sin embargo, le basta para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma. Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa cuando pasan ese pastor que va detrás de las cabras con una enorme cayada, esa mujer agobiada con una carga de leña en la espalda, esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana, y esa niña que va a la escuela de tan mala gana. ¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana siempre y se queda a los cristales pegada como si fuera una estampa. ¡Qué gracia tiene su cara en el cristal aplastada con la barbilla sumida y la naricilla chata! Yo me río mucho mirándola y le digo que es una niña muy guapa… Ella entonces me llama ¡tonto!, y se marcha. ¡Pobre niña! Ya no pasa por esta calle tan ancha caminando hacia la escuela de muy mala gana, ni se para en mi ventana, ni se queda a los cristales pegada como si fuera una estampa. Que un día se puso mala, muy mala, y otro día doblaron por ella a muerto las campanas. Y en una tarde muy clara, por esta calle tan ancha, al través de la ventana, vi cómo se la llevaban en una caja muy blanca… En una caja muy blanca que tenía un cristalito en la tapa. Por aquel cristal se la veía la cara lo mismo que cuando estaba pegadita al cristal de mi ventana… Al cristal de esta ventana que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja tan blanca. Todo el ritmo de la vida pasa por el cristal de mi ventana… ¡Y la muerte también pasa! ¡Qué lástima que no pudiendo cantar otras hazañas, porque no tengo una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada, y soy un paria que apenas tiene una capa… venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!
Credo Aquí estoy… En este mundo todavía… Viejo y cansado… Esperando a que me llamen… Muchas veces he querido escaparme por la puerta maldita y condenada y siempre un ángel invisible me ha tocado en el hombro y me ha dicho severo: No, no es la hora todavía… hay que esperar… Y aquí estoy esperando… con el mismo traje viejo de ayer, haciendo recuentos y memoria, haciendo examen de conciencia, escudriñando agudamente mi vida… ¡Qué desastre!… ¡Ni un talento!… Todo lo perdí. Sólo mis ojos saben aún llorar. Esto es lo que me queda… Y mi esperanza se levanta para decir acongojada: Otra vez lo haré mejor, Señor, porque… ¿no es cierto que volvemos a nacer? ¿No es cierto que de alguna manera volvemos a nacer? Creo que Dios nos da siempre otra vida, otras vidas nuevas, otros cuerpos con otras herramientas, con otros instrumentos… Otras cajas sonoras donde el alma inmortal y viajera se mueva mejor para ir corrigiendo lentamente, muy lentamente, a través de los siglos, nuestros viejos pecados, nuestros tercos pecados… para ir eliminando poco a poco el veneno original de nuestra sangre que viene de muy lejos. Corre el tiempo y lo derrumba todo, lo transforma todo. Sin embargo pasan los siglos y el alma está, en otro sitio… ¡pero está! Creo que tenemos muchas vidas, que todas son purgatorios sucesivos, y que esos purgatorios sucesivos, todos juntos, constituyen el infierno, el infierno purificador, al final del cual está la Luz, el Gran Dios, esperándonos. Ni el infierno… ni el fuego y el dolor son eternos. Sólo la Luz brilla sin tregua, diamantina, infinita, misericordiosa, perdurable por los siglos de los siglos… Ahí está siempre con sus divinos atributos. Sólo mis ojos hoy son incapaces de verla… estos pobres ojos que no saben aún más que llorar.
Como tú… Así es mi vida, piedra, como tú. Como tú, piedra pequeña; como tú, piedra ligera; como tú, canto que ruedas por las calzadas y por las veredas; como tú, guijarro humilde de las carreteras; como tú, que en días de tormenta te hundes en el cieno de la tierra y luego centelleas bajo los cascos y bajo las ruedas; como tú, que no has servido para ser ni piedra de una lonja, ni piedra de una audiencia, ni piedra de un palacio, ni piedra de una iglesia; como tú, piedra aventurera; como tú, que tal vez estás hecha sólo para una honda, piedra pequeña y ligera…
León Felipe, poeta, Tábara (Zamora), 1884-1968
Ven con nosotros Cuando me han visto solo y recostado al borde del camino, unos hombres con trazas de mendigos que cruzaban rebeldes y afanosos me han dicho: —Ven con nosotros, peregrino. Y otros hombres con portes de patricios que llevaban sus galas intranquilos, me han hablado lo mismo: —Ven con nosotros, peregrino. Yo a todos los he visto perderse allá a lo lejos del camino… y me he quedado solo, sin despegar los labios, en mi sitio.
La ascensión

«Y dexas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, escuro…» Fray Luis de León

Aquí vino y se fue Vino …, nos marcó nuestra tarea y se fue. Tal vez detrás de aquella nube hay alguien que trabaja lo mismo que nosotros, y tal vez las estrellas no son más que ventanas encendidas de una fábrica donde Dios tiene que repartir una labor también Aquí vino y se fue. Vino …, llenó nuestra caja de caudales con millones de siglos y de siglos, nos dejó unas herramientas … y se fue. El, que lo sabe todo, sabe que estando solos, sin dioses que nos miren, trabajamos mejor. Detrás de ti no hay nadie. Nadie. Ni un maestro, ni un amo, ni un patrón. Pero tuyo es el tiempo. El tiempo y esa gubia con que Dios comenzó la creación.
Me voy porque la tierra y el pan ya no son míos Volveré mañana en el corcel del Viento. Volveré. Y cuando vuelva, vosotros os estaréis yendo: Vosotros los alcabaleros de la muerte, los centuriones en acecho bajo la gran ojiva de la puerta, los constructores de ataúdes que al medir el cuerpo amarillo de los que se van, con la cinta de metro y medio de los alfayates, decís siempre: ¡Cómo crecen los muertos! ¡Oh, sí! Los muertos crecen. El último traje que se hicieron al amortajarlos ya les viene pequeño. Crecen. Y apenas los entierran, rompen los tablones de pino y los catafalcos de acero; crecen después en la tumba, fuera de la caja, abren la tierra como las semillas del centeno y ya, bajo el sol y la lluvia, en el aire, sueltos, y sin raíces, siguen y siguen creciendo. Yo me voy a crecer con los muertos. Volveré mañana en el corcel del Viento. Volveré, ¡Y volveré crecido! Entonces vosotros que os estaréis yendo no me conoceréis. Mas cuando nos crucemos en el puente, yo os diré con la mano: ¡Adiós, alcabaleros, centuriones, sepultureros!… A crecer, a crecer, a la tierra otra vez… al agua, al sol, al Viento… al Viento… ¡Otra vez al Viento!
León Felipe, poeta, Tábara (Zamora), 1884-1968
No es lo que me trae cansado (poemas menores) No es lo que me trae cansado este camino de ahora. No cansa una vuelta sola. Cansa el estar todo un día, hora tras hora, y día tras día un año y año tras año una vida dando vueltas a la noria.
¡Qué pena! ¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas y siempre se repitieran los mismos pueblos, la mismas ventas los mismos rebaños, las mismas recuas! ¡Qué pena si esta vida tuviera —esta vida nuestra— mil años de existencia! ¿Quién la haría hasta el fin llevadera? ¿Quién la soportaría toda sin protesta? ¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? Los mismos hombres, las mismas guerras, los mismos tiranos, las mismas cadenas, y los mismos farsantes, las mismas sectas ¡y los mismos, los mismos poetas! ¡Qué pena, que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!
Romero sólo… Ser en la vida romero, romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos. Ser en la vida romero, sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo. Ser en la vida romero, romero…, sólo romero. Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero. Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo, ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos para que nunca recemos como el sacristán los rezos, ni como el cómico viejo digamos los versos. La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos, decía el príncipe Hamlet, viendo cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo un sepulturero. No sabiendo los oficios los haremos con respeto. Para enterrar a los muertos como debemos cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero. Un día todos sabemos hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo la hizo Sancho el escudero y el villano Pedro Crespo. Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo. Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero. Sensibles a todo viento y bajo todos los cielos, poetas, nunca cantemos la vida de un mismo pueblo ni la flor de un solo huerto. Que sean todos los pueblos y todos los huertos nuestros.
Como un pulgón Yo no puedo tener un verso dulce que anestesie el llanto de los niños y mueva suavemente las hamacas como una brisa esclava. Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie. Además… esa tempestad ¿quién la detiene? ¡Eh, tú varón confiado que dormitas! Levántate, recoge tus zapatos y prosigue… Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie. Hacia las cumbres trepan los dioses extenuados buscando un resplandor. Y aquí voy yo con ellos, entre el sudor y el polvo de sus inmensos pies descalzos, aquí voy yo con ellos, atropellado y sacudido pero agarrándome a sus plantas como las pinzas de un insecto, clavándome en su carne, hundíendome en su sangre como un pulgón, como una nigua… maldiciendo, blasfemando… Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie: ni a los niños ni a los hombres ni a los dioses.
Sé todos los cuentos Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan sólo lo que he visto. Y he visto: que la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos, y que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos. Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos… y sé todos los cuentos.
Revolución Siempre habrá nieve altanera que vista el monte de armiño y agua humilde que trabaje en la presa del molino. Y siempre habrá un sol también —un sol verdugo y amigo— que trueque en llanto la nieve y en nube el agua del río.
León Felipe, poeta, Tábara (Zamora), 1884-1968
Quiero… sueño No me contéis más cuentos, que vengo de muy lejos y sé todos los cuentos. No me contéis más cuentos. Contad y recontadme este sueño. Romped, rompedme los espejos. Deshacedme los estanques, los lazos, los anillos, los cercos, las redes, las trampas y todos los caminos paralelos. Que no quiero, que no quiero, que no quiero, que no quiero que me arrullen con cuentos, Que no quiero, Que no quiero, Que no quiero, Que no quiero que me sellen la boca y los ojos con cuentos, que no quiero, que no quiero, que no quiero, que no quiero que me entierren con cuentos, que no quiero, que no quiero, que no quiero, que no quiero verme clavado en el tiempo, que no quiero verme en el agua, que no quiero verme en la tierra tampoco, que no quiero, a su ovillo, como un hilo de barba sujeto. Quiero verme en el viento, quiero verme en el viento, quiero verme en el viento, quiero verme en el viento… quiero… ¡quiero!… sueño… ¡sueño! Soy gusano que sueña… y sueño verme un día volando en el viento.
Piedra de sal Tu estabas dormida como el agua que duerme en la alberca … y yo llegué a ti como llega hasta el agua que duerme la piedra. Turbé tu remanso y en ondas de amor te quebraste como en ondas el agua que duerme se quiebra cuando llega a turbar su remanso dormida la piedra. Piedra fui para ti, piedra soy y piedra quiero ser, pero piedra blanda de sal que al llegar a ti se disuelva y en tu cuerpo se quede y sea como una levadura de tu carne y como el hierro de la sangre en tus venas. Y en tu alma deje una sed infinita de amarlo todo … y una sed de belleza insaciable … eterna …
Dame tu oscura hostia No te apiades de mí, luz cenicienta. Dame tu oscura hostia, tu último pan… Un sueño sin retorno y sin recuerdo. Déjame hundirme en ese pozo negro, más abajo del limo y de la larva… Donde la vida es un fantasma verde que nadie vio jamás.
Drop a star ¿Dónde está la estrella de los Nacimientos? La tierra, encabritada, se ha parado en el viento. Y no ven los ojos de los marineros. Aquel pez -¡seguidle!- se lleva, danzando, la estrella polar. El mundo es una slot-machine, con una ranura en la frente del cielo, sobre la cabecera del mar. (Se ha parado la máquina, se ha acabado la cuerda.) El mundo es algo que funciona como el piano mecánico de un bar. (Se ha acabado la cuerda, se ha parado la máquina…) Marinero, tú tienes una estrella en el bolsillo… ¡Drop a star! Enciende con tu mano la nueva música del mundo, la canción marinera del mañana, el himno venidero de los hombres… ¡Drop a star! Echa a andar otra vez este barco varado, marinero. Tú tienes una estrella en el bolsillo…. una estrella nueva de palacio, de fósforo y de imán.
Elegía

A la memoria de Héctor Marqués, capitán de la Marina mercante española, que murió en alta mar y lo enterraron en Nueva York.

Marineros, ¿por qué le dais a la tierra lo que no es suyo y se lo quitáis al mar? ¿Por qué le habéis enterrado, marineros, si era un soldado del mar? Su frente encendida, un faro; ojos azules, carne de iodo y de sal. Murió allá arriba, en el puente, en su trinchera, como un soldado del mar; con la rosa de los vientos en la mano deshojando la estrella de navegar. ¿Por qué le habéis enterrado, marineros? ¡Y en una tierra sin conchas! ¡¡En la playa negra!! … Allá, en la ribera siniestra del otro mar; ¡Nueva York! -piedra, cemento y hierro en tempestad-. Donde el ojo ciclópeo del gran faro que busca a los ahogados no puede llegar; donde se acaban las torres y los puentes; donde no se ve ya la espuma altiva de los rascacielos; en los escombros de las calles sórdidas que rompen en el último arrabal; donde se vuelve la culebra sombría de los elevados a meterse otra vez en la ciudad… Allí, la arcilla opaca de los cementerios, marineros, allí habéis enterrado al capitán. ¿Por qué le habéis enterrado, marineros, por qué le habéis enterrado, si murió como el mejor capitán, y su alma -viento, espuma y cabrilleo- está ahí, entre la noche y el mar…?
Bertuca

En tu agonía, amor.

  ¡Cuánto le costó a la muerte apagarte los ojos! Sopló una vez, dos veces, tres veces –¡bien lo ví! – y tus ojos siguieron encendidos. Alguien dijo: Ya no tiene ni sol ni sal en las venas y los ojos no se le apagan. Yo llegué a pensar que no se apagarían nunca, que quedarían encendidos para siempre como las alas de una mariposa de oro eternamente abiertas sobre los despojos de la muerte. Al fin todo se hundió… y tu mirada se torció y se deshizo en un cielo turbio y revuelto… Y ya no vi más que mis lágrimas.
Colofón Luz… cuando mis lágrimas te alcancen la función de mis ojos ya no será llorar, sino ver. Con las piedras sagradas de los templos caídos grava menuda hicieron los martillos largos de los picapedreros analíticos. Después, sobre esta grava, se ha vertido el asfalto negro y viscoso de los pesimismos. Y ahora… Ahora, con esta mezcla extraña, se han abierto calzadas y caminos por donde el cascabel de la esperanza acelera su ritmo. Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol… y un camino virgen Dios.
Versos del caminante I Deshaced ese verso. Quitadle los caireles de la rima, el metro, la cadencia y hasta la idea misma. Aventad las palabras, y si después queda algo todavía, eso será la poesía. II Poesía, tristeza honda y ambición del alma, cuándo te darás a todos… a todos, al príncipe y al paria, a todos… sin ritmo y sin palabras! III Sistema, poeta, sistema. Empieza por contar las piedras, luego contarás las estrellas. IV Ni de tu corazón, ni de tu pensamiento, ni del horno divino de Vulcano han salido tus alas. Entre todos los hombres las labraron y entre todos los hombres en los huesos de tus costillas las hincaron. La mano más humilde te ha clavado un ensueño… una pluma de amor en el costado. V No andes errante… y busca tu camino. —Dejadme—. Ya vendrá un viento fuerte que me lleve a mi sitio.
Vieja raposa Abajo quedas tú, Inglaterra, vieja raposa avarienta, que tiene parada la Historia de Occidente hace más de tres siglos, y encadenado a Don Quijote. Cuando acabe tu vida y vengas ante la Historia grande donde te aguardo yo, ¿qué vas a decir? ¿Qué astucia nueva vas a inventar entonces para engañar a Dios? ¡Raposa! ¡Hija de raposos! Italia es más noble que tú Y Alemania también. En su rapiña y en sus crímenes hay un turbio hálito nietzscheano de heroísmo, en el que no pueden respirar los mercaderes, un gesto impetuoso y confuso de jugárselo todo a la última carta, que no pueden comprender los hombres pragmáticos. Cuando abran sus puertas a los vientos del mundo, cuando las abran de par en par y pase por ellas la justicia y la democracia heroica del hombre, yo pactaré con las dos para echar sobre tu cara de vieja raposa sin dignidad y sin amor, toda la saliva y todo el excremento del mundo. ¡Vieja raposa avarienta, has escondido, soterrada en el corral, la llave milagrosa que abre la puerta diamantina de la Historia…. ¡No sabes nada! ¡No entiendes nada y te metes en todas las casas a cerrar las ventanas y a cegar la luz de las estrellas! ¡Y los hombres te ven y te dejan! Te dejan porque creen que se le han acabado los rayos a Júpiter. Pero las estrellas no duermen. Tu imperio es solo una torre artificiosa de ambiciones encadenadas que se las llevará el viento como las cuentas vencidas de un avaro monstruoso. A la larga, la Historia es mía, porque yo soy el Hombre y tú eres sólo un trust de mercaderes. Vieja raposa avarienta, has amontonado tu rapiña detrás de la puerta, y tus hijos ahora no pueden abrirla para que entren los primeros rayos de la aurora del mundo… ¡Eres un gran mercader! ¡Eres un gran mercader! Sabes llevar muy bien las cuentas de la cocina y piensas que yo no sé contar. ¡Sí, sé contar! He contado mis muertos. Los he contado a todos, los he contado uno por uno. Los he contado en Madrid, los he contado en Oviedo, los he contado en Málaga, los he contado en Guernica, los he contado en Bilbao…. Los he contado en todas las trincheras; en los hospitales, en los depósitos de los cementerios, en las cunetas de las carreteras, en los escombros de las casas bombardeadas (resbalando en la sangre, tanteando en las sombras y en las ruinas). Contando muertos este otoño, en el Paseo del Prado, creí una noche que caminaba sobre barro, y eran sesos humanos que llevé por mucho tiempo pegado a las suelas de mis zapatos. Los he contado en las plazas y en los parques. He visto a un niño con la cabeza rota y doblada sobre un velocípedo, en una plaza solitaria, cuando todos habían huido a los refugios. El 18 de noviembre, solo en un sótano de cadáveres, conté trescientos niños muertos. Los he contado en los carros de las ambulancias, en los hoteles, en los tranvías, en el metro, en las mañanas lívidas, en las noches negras sin alumbrado y sin estrellas….. Y en tu conciencia todos ¡Raposa!…. y todos te los he cargado a tu cuenta….. ¡Ya ves si sé contar! Eres la vieja portera del mundo de Occidente… Tienes desde hace mucho tiempo las llaves de todos los postigos de Europa, Y puedes dejar entrar y salir por ellos a quien se te antoje. Y ahora por cobardía, Por cobardía y avaricia nada más, Porque quieres guardar tu despensa hasta el último día de la Historia, has dejado meterse en mi solar a los raposos y a los lobos confabulados del mundo para que se sacien en mi sangre y no pidan enseguida la tuya. Pero ya la pedirán, ya la pedirán las estrellas. La Historia es larga, el Hombre eterno, y tu eres sólo la sombra pasajera de la avaricia. Oye, Raposa: Yo soy el grito primero, cárdeno y bermejo de las grandes auroras de Occidente. Ayer sobre mi sangre mañanera, el mundo burgués edificó en América todas sus factorías y mercados. Sobre mis muertos de hoy, el mundo de mañana levantará la Primera casa del Hombre. Y yo volveré, volveré porque aún hay lanzas y hiel sobre la Tierra. Volveré, volveré con mi pecho y con la aurora otra vez.
León Felipe, poeta, Tábara (Zamora), 1884-1968
Resumen
León Felipe, poeta, Tábara (Zamora), 1884-1968
Título del artículo
León Felipe, poeta, Tábara (Zamora), 1884-1968
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Una cruz sencilla Hazme una cruz sencilla, carpintero... sin añadidos ni ornamentos...
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