He leído con creciente interés y máximo aprovechamiento el libro de Jordi Canal titulado ‘Con permiso de Kafka’ (2018).

Canal es historiador, un prestigioso colega de origen gerundense que actualmente imparte docencia y desarrolla investigación en la École Practique de Hautes Études, de París.

En su volumen repasa de manera exhaustiva los orígenes y desarrollos del ‘Procés’ (‘Prusés’). Es la suya una síntesis muy atendible.

Por pocos euros podrán ustedes hacerse una idea cabal de historias fantásticas y dañinas. En sus páginas hay ideas venenosas que él destila con todo tipo de precauciones. Es un libro terapéutico.

Por supuesto no han sido pocos los políticos que han soñado con un mundo imaginario, con una nación fantaseada, con el futuro prístino de una Cataluña homogénea. O de una España uniforme.

Por supuesto, no son pocos los que han contribuido a la nacionalización, a la formación del espíritu nacional, a forjar comunidades en trance de nacionalizarse. En trance: fuera de sí.

Esos políticos han contraído una grave responsabilidad (‘La conjura de los irresponsables’, en palabras de Jordi Amat). Han difundido mitos y leyendas fantasiosas y un bla bla bla manipulador.

Nacionalizar es crear una identidad colectiva que tiene elementos reales, costumbres remotas y tradiciones recién inventadas. Nacionalizar es idear un futuro con moldes artificiales.

En este asunto, lamentable, me siento concernido por el papel jugado por no pocos historiadores en la creación mítica de una Cataluña como nación milenaria y con episodios y procesos de identidad homogénea.

Parece mentira que colegas nuestros se salten la deontología profesional para convertirse en panfletarios o propagadores de una buena nueva que es romanticismo rezagado.En la España del franquismo ya sufrimos estos adoctrinamientos.

Sin duda, hay casos penosos que cita Jordi Canal. Me estoy mordiendo la lengua para no dar nombres (lean a Canal). Son nombres de historiadores que han avalado fantasías animadas de los soberanistas, fábulas con pasados inventados, puros anacronismos o dislates.

Han acudido al pasado para confirmar lo que supuestamente ya sabíamos: que Cataluña es una nación firme y única, oprimida y corajuda, y que España es un Estado, un instrumento de opresión y, como mucho, una nación de segunda.

A estos historiadores animosos, que cultivan una historia recreativa habría que recordarles que no nos adentramos en el pasado para calcar.

O para respetar lo que otros hicieron, para interpretarlo con ojos actuales. Habría que recordarles que la historia siempre desconcierta y trastorna, descoloca, no confirma lo que somos o creemos ser.

No hacemos historia para homenajear a nuestros antecesores, a los que deberíamos todo, esa comunidad nacional supuestamente homogénea e indiscutible.

Lo de regresar a lo remoto con gozo es cosa de los que celebran las glorias que justifican nuestras ensoñaciones. Celebrar las gestas no es asunto de historiadores. O no debería serlo hoy en día.

No nos instruimos para justificar a los antepasados, para acomodarnos a sus ideas y sentimientos, para desxontextualizar sus actos o para dotarnos de justificaciones actuales. Tampoco para aventurar o consumar las quimeras futuras o insensatas de que fueron capaces.

El curso de los acontecimientos, del que somos conscientes, no fundamenta las decisiones que hoy podamos tomar. Conocer ese curso histórico nos permite averiguar en qué erraron o en qué acertaron quienes nos precedieron. Nada más o nada menos.

Pero de esa lección remota o cercana no siempre podemos extraer enseñanza y justificaciones. Las analogías, las semejanzas, son sólo instrumento precario del individuo, del historiador. Muchas cosas se parecen, pero los contextos son distintos y no hay continuidades estables.

Con el nacionalismo siempre hay alguien que manipula, siempre hay alguien que tergiversa, siempre hay alguien que habla del pasado con ignorancia, mala fe y descaro. Siempre hay alguien que lo convierte en mito originario, en la fuente ancestral de lo que somos o de lo que llegaremos a ser. Europa esta aquejada de este mal…

Resulta triste que historiadores prestigiosos pero siempre abocados a toda clase de ideologismos se presten desde hace años a manipular o a mantener a la gente en la ignorancia culpable.

Quien manipula influye o altera la percepción. Quien manipula modifica la información de los hechos y su significado compartido u objetivo: los cambia para así impedir el comportamiento racional y razonable del destinatario. ¿Qué hace y para qué?

Insisto: modifica los datos objetivos de un personaje, de una colectividad, de un acontecimiento; trastorna su sentido para de ese modo dificultar la conducta independiente del receptor, la autonomía personal; fuerza los hechos para de esa manera propiciar decisiones emocionales, puramente reactivas.

Quien manipula presiona vigorosa o persistentemente tratando así de calar hondo. Intenta tapar: que los manipulados no se den cuenta de lo que ven y de lo que no quieren percibir.

Por ello, quien manipula procura no manifestar de manera abierta sus propósitos o intenciones. Pero es incluso posible que ese historiador haya acabado por creerse sus propias fantasías cuando no mentiras.

El historiador doloso manipula y persuade, pero se diferencia del investigador y del informador que trabajan, que trabajan con restricción y con todos los rigores. El historiador doloso aprovecha la falta de información del manipulado para suministrar datos falsos o para torcer su sentido más elemental.

Embauca, despista e induce a equivocación. El manipulador sabe que los individuos son sugestionables, que los pueblos prefieren cuentos a mediocres realidades, saben que el conocimiento cuesta, saben que la superstición, el victimismo, el martirio y la leyenda son combustible que arde con facilidad, que enardece.

La historia es ciertamente peligrosa y el pasado, un material explosivo. Pim pam pum. Hay que protegerse de los furtivos.

 

 

Fuente | Justo Serna

Los historiadores dolosos, Justo Serna