Quisiera estar solo en el sur

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.

En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.

Eras, instante, tan claro

Eras, instante, tan claro.
Perdidamente te alejas,
dejando erguido al deseo
con sus vagas ansias tercas.

Siento huir bajo el otoño
pálidas aguas sin fuerza,
mientras se olvidan los árboles
de las hojas que desertan.

La llama tuerce su hastío,
sola su viva presencia,
y la lámpara ya duerme
sobre mis ojos en vela.

Cuán lejano todo. Muertas
las rosas que ayer abrieran,
aunque aliente su secreto
por las verdes alamedas.

Bajo tormentas la playa
será soledad de arena
donde el amor yazca en sueños.
La tierra y el mar lo esperan.

Estar cansado

Estar cansado tiene plumas,
tiene plumas graciosas como un loro,
plumas que desde luego nunca vuelan,
mas balbucean igual que loro.

Estoy cansado de las casas,
prontamente en ruinas sin un gesto;
estoy cansado de las cosas,
con un latir de seda vueltas luego de espaldas.

Estoy cansado de estar vivo,
aunque más cansado sería el estar muerto;
estoy cansado del estar cansado
entre plumas ligeras sagazmente,
plumas del loro aquel tan familiar o triste,
el loro aquel del siempre estar cansado.

Luis Cernuda, poeta, Bidón (Sevilla), 1902-1963

Razón de lágrimas

La noche por ser triste carece de fronteras.
Su sombra en rebelión como la espuma,
rompe los muros débiles
avergonzados de blancura;
noche que no puede ser otra cosa sino noche.

Acaso los amantes acuchillan estrellas,
acaso la aventura apague una tristeza.
Mas tú, noche, impulsada por deseos
hasta la palidez del agua,
aguardas siempre en pie quién sabe a cuáles ruiseñores.

Más allá se estremecen los abismos
poblados de serpientes entre pluma,
cabecera de enfermos
no mirando otra cosa que la noche
mientras cierran el aire entre los labios.

La noche, la noche deslumbrante,
que junto a las esquinas retuerce sus caderas,
aguardando, quién sabe,
como yo, como todos.

Qué ruido tan triste

Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
parece como el viento que se mece en otoño
sobre adolescentes mutilados,
mientras las manos llueven,
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
cataratas de manos que fueron un día
flores en el jardín de un diminuto bolsillo.

Las flores son arena y los niños son hojas,
y su leve ruido es amable al oído
cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
cuando besan el fondo
de un hombre joven y cansado
porque antaño soñó mucho día y noche.

Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.

El ruiseñor sobre la piedra

Lirio sereno en piedra erguido
Junto al huerto monástico pareces.
Ruiseñor claro entre los pinos
Que un canto silencioso levantara.
O fruto de granada, recio afuera,
Mas propicio y jugoso en lo escondido.
Así, Escorial, te mira mi recuerdo.
Si hacia los cielos anchos te alzas duro,
Sobre el agua serena del estanque
Hecho gracia sonríes. Y las nubes
Coronan tus designios inmortales.
Recuerdo bien el sur dónde el olivo crece
Junto al mar claro y el cortijo blanco,
Mas hoy va mi recuerdo más arriba, a la sierra
Gris bajo el cielo azul, cubierta de pinares,
Y allí encuentra regazo, alma con alma.
Mucho enseña el destierro de nuestra propia tierra.
¿Qué saben de ella quienes la gobiernan?
¿Quienes obtienen de ella
Fácil vivir con un social renombre?
De ella también somos los hijos
Oscuros. Como el mar, no mira
Que aguas son las que van perdidas a sus aguas,
Y el cuerpo, que es de tierra, clama por su tierra.
Porque me he perdido
En el tiempo lo mismo que en la vida,
Sin cosa propia, fe ni gloria,
Entre gentes ajenas
Y sobre ajeno suelo
Cuyo polvo no es el de mi cuerpo;
No con el pensamiento vuelto a lo pasado
Ni con la fiebre ilusa del futuro,
Sino con el sosiego casi triste
De quien mira a lo lejos, de camino,
Las tapias que de niño le guardaran
Dorarse al sol caído de la tarde,
A ti, Escorial, me vuelvo.
Hay quienes aman los cuerpos
Y aquellos que las almas aman.
Hay también los enamorados de las sombras
Como poder y gloria. O quienes aman
Sólo a sí mismos. Yo también he amado
En otro tiempo alguno de esas cosas,
Mas después me sentí a solas con la tierra,
Y la amé, porque algo debe amarse
Mientras dura la vida. Pero en la vida todo
Huye cuando el amor quiere fijarlo.
Así también la tierra la he perdido,
Y si hoy hablo de ti es buscando recuerdos
En el trágico ocio del poeta.
Tus muros no los miro
Con mis ojos de tierra,
Ni los tocan mis manos.
Están aquí dentro de mí, tan claros,
Que con su luz borran la sombra
Nórdica donde estoy, y me devuelven
A la sierra granítica en que sueñas
Inmóvil, por la verde foscura de los montes
Brillando al sol como un acero limpio,
Desnudo y puro tal de carne efímera,
Pero tu entraña es dura, hermana de los dioses.
Eres alegre, con gozo mesurado
Hecho de impulso y de recogimiento,
Que no comprende el hombre si no ha ido
Hermano de tus nubes y tus piedras.
Vivo estás como el aire
Abierto de montaña,
Como el verdor desnudo
De solitarias cimas,
Como los hombres vivos
Que te hicieron un día,
Alzando en ti la imagen
De la alegría humana,
Dura porque no pase,
Muda porque es un sueño.
Agua esculpida eres,
Música helada en piedra.
La roca te levanta
Tal un ave en los aires;
Piedra, columna, ala
Erguida al sol, cantando
Las palabras de un himno,
El himno de los hombres
Que no supieron cosas útiles
Y despreciaron cosas prácticas.
¿Qué es lo útil, lo práctico,
Sino la vieja añagaza diabólica
De esclavizar al hombre
Al infierno en el mundo?
Tú, hermosa imagen nuestra,
Eres inútil, como el lirio
Pero ¿cuáles ojos humanos
Sabrían prescindir de una flor viva?
Junto a una sola hoja de hierba
¿Qué vale el horrible mundo práctico
Y útil, pesadilla del norte,
Vómito de la niebla y el fastidio?
Lo hermoso es lo que pasa
Negándose a servir. Lo hermoso, lo que amamos,
Tú sabes que es un sueño y que por eso
Es más hermoso aún para nosotros.
Tú conoces las horas
Largas del ocio dulce,
Pasadas en vivir de cara al cielo
Cantando el mundo bello, obra divina,
Con voz que nadie oye
Ni busca aplauso humano,
Como el ruiseñor canta
En la noche de estío,
Porque su sino quiere
Que cante, porque su amor le impulsa.
Y en la gloria nocturna
Divinamente solo
Sube su canto puro a las estrellas.
Así te canto ahora, porque eres
Alegre, con trágica alegría
Titánica de piedras que enlaza la armonía,
Al coro de montañas sujetándola.
Porque eres la vida misma
Nuestra, mas no perecedera,
Sino eterna, con sus tercos anhelos
Conseguidos por siempre y nuevos siempre
Bajo una luz sin sombras.
Y si tu imagen tiembla en las aguas tendidas,
Es tan sólo una imagen;
Y si el tiempo nos lleva, ahogando tanto afán
insatisfecho,
Es sólo como un sueño,
Que ha de vivir tu voluntad de piedra,
Ha de vivir, y nosotros contigo.

Luis Cernuda, poeta, Bidón (Sevilla), 1902-1963

Pájaro muerto

Sobre la tierra gris de la colina,
Bajo las hojas nuevas de manzano,
Al pie de la cancela donde pasan
Jóvenes estudiantes en roja toga.
Rota estaba tu ala blanca y negra,
Inmóvil en la muerte. Parecías
Una rosa cortada, o una estrella
Desterrada del trono de la noche.
Aquella forma inerte fue un día el vuelo
Extasiado en la luz, el canto ardiente
De amanecer, la paz nocturna
Del nido allá en la cima.
Inútil ya todo parece, tal parece
La pena del amor cuando se ha ido,
El sufrir por lo bello que envejece,
El afán de la luz que anegan sombras.
¡Si como el mar, que de su muerte nace,
Fueras tú! Una forma espectral de ti adivino
Que llora entre los aires los amores
Breves y hermosos de tus idos días.
Ahora silencio. Olvida todo. Duerme.
Nutre de ti la muerte que en ti anida.
Esa quietud del ala, como un sol poniente,
Acaso es una forma más alta de la vida.

Un español habla de su tierra

Las playas, parameras
Al rubio sol durmiendo,
Los oteros, las vegas
En paz, a solas, lejos;
Los castillos, ermitas,
Cortijos y conventos,
La vida con la historia
Tan dulces al recuerdo,
Ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
De todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.
Una mano divina
Tu tierra alzó en mi cuerpo
Y allí la voz dispuso
Que hablase tu silencio.
Contigo solo estaba,
En ti sola creyendo;
Pensar tu nombre ahora
Envenena mis sueños.
¿Cómo vive una rosa
Si la arrancan del suelo?
Amargos son los días
De la vida, viviendo
Sólo una larga espera
A fuerza de recuerdos.
Un día, tú ya libre
De la mentira de ellos,
Me buscarás. Entonces
¿Qué ha de decir un muerto?

Amor oculto

Como el tumulto gris del mar levanta
Un alto arco de espuma, maravilla
Multiforme del agua, y ya en la orilla
Roto, otra nueva espuma se adelanta.
Como el campo despierta en primavera
Eternamente, fiel bajo el sombrío
Celaje de las nubes, y al sol frío
Con asfódelos cubre la pradera.
Como el genio en distintos cuerpos nace,
Formas que han de nutrir la antigua gloria
De su fuego, mientras la humana escoria
Sueña ardiendo en la llama y se deshace.
Así siempre, tal agua, flor o llama,
Vuelves entre la sombra, fuerza oculta
Del otro amor. El mundo bajo insulta.
Pero la vida es tuya: surge y ama.

Sobre el tiempo pasado

Mira cómo la luz amarilla de la tarde
Se tiende con abrazo largo sobre la tierra
De la ladera, dorando el gris de los olivos
Otoñales, ya henchidos por los frutos maduros;
Mira allá las marismas de niebla luminosa.
Aquí, año tras año, nuestra vida transcurre,
Llevando los rebaños de día por el llano,
Junto al herboso cauce del agua enfebrecida;
De noche hacia el abrigo del redil y la choza.
Nunca vienen los hombres por estas soledades,
Y apenas si una vez les vemos en el zoco
Del mercado vecino, cuando abre la semana.
Esta paz es bien dulce. Callada va la alondra
Al gozar de sus alas entre los aires claros.
Mas la paz, que a las cosas en ocio santifica,
Aviva para el hombre cosecha de recuerdos.
Tiempo atrás, siendo joven, divisé una mañana
Cruzar por la llanura un extraño cortejo:
Jinetes en camellos, cubiertos de ropajes
Cenicientos, que daban un destello de oro.
Venían de los montes, pasados los desiertos,
De los reinos que lindan con el mar y las nieves,
Por eso era su marcha cansada sobre el polvo
Y en sus ojos dormía una pregunta triste.
Eran reyes que el ocio y poder enloquecieron,
En la noche, siguiendo el rumbo de una estrella,
Heraldo de otro reino más rico que los suyos.
Pero vieron la estrella pararse en este llano,
Sobre la choza vieja, albergue de pastores.
Entonces fue refugio dulce entre los caminos
De una mujer y un hombre sin hogar ni dineros:
Un hijo blanco y débil les dio la madrugada.
El grito de las bestias acampando en el lleno
Resonó con las voces en extraños idiomas,
Y al entrar en la choza descubrieron los reyes
La miseria del hombre, de que antes no sabían.
Luego, como quien huye, el regreso emprendieron.
También los caminantes pasaron a otras tierras
Con su niño en los brazos. Nada supe de ellos.
Soles y lunas hubo. Joven fui. Viejo soy.
Gentes en el mercado hablaron de los reyes:
Uno muerto á regreso, de su tierra distante;
Otro, perdido el trono, esclavo fue, o mendigo;
Otro a solas viviendo, presa de la tristeza.
Buscaban un dios nuevo, y dicen que le hallaron.
Yo apenas vi a los hombres; jamás he visto dioses.
¿Cómo ha de ver los dioses un pastor ignorante?
Mira el sol desangrado que se pone a lo lejos.

Palinodia de la esperanza divina

Era aquel que cruzábamos, camino
Abandonado entre arenales,
Con una higuera seca, un pozo, y el asilo
De una choza desierta bajo el frío.
Lejos, subiendo entre unos riscos,
Iba el pastor junto a sus flacas cabras negras.
Cuando tras de la noche larga la luz vino,
Irisando la escarcha sobre nuestros vestidos,
Faltas de convicción, las cosas escaparon
Tal en un sueño interrumpido.
Padecíamos hambre, gran fatiga.
Al lado de la choza hallamos una viña
Donde un racimo quedaba todavía,
Seco, que ni los pájaros habían
Querido. Nosotros lo tomamos:
De polvo y agrio vino el paladar teñía.
Era bueno el descanso, pero
En quietud la indiferencia del paisaje aísla,
Y añoramos la marcha, la fiebre de la ida.
Vimos la estrella hacia lo alto,
Que estaba inmóvil, pálida como el agua
En la irrupción del día, una respuesta dando
Con su brillo tardío del milagro
Sobre la choza. Los muros sin cobijo
Y el dintel roto, se abrían hacia el campo,
Desvalidos. Nuestro fervor helado
Se volvió tal viento de aquel páramo.
Dimos el alto. Todos descabalgaron.
Al entrar en la choza, refugiados,
Una mujer y un viejo sólo hallamos.
Pero alguien más había en la cabaña:
Un niño entre sus brazos la mujer guardaba.
Esperamos un dios, una presencia
Radiante e imperiosa, cuya vista es la gracia,
Y cuya privación idéntica a la noche
Del amante celoso sin la amada.
Hallamos una vida como la nuestra humana,
Gritando lastimosa, con ojos que miraban
Dolientes, bajo el peso de su alma
Sometida al destino de las almas,
Cosecha que la muerte ha de segarla.
Nuestros dones, aromas delicados y metales puros,
Dejamos sobre el polvo, tal si la ofrenda rica
Pudiera hacer el dios. Pero ninguno
De nosotros su fe viva mantuvo,
Y la verdad buscada sin valor quedó toda,
El mundo pobre fue, enfermo, oscuro.
Añoramos nuestra corte pomposa, las luchas y las guerras,
O las salas templadas, los baños, la sedosa
Carne propicia de cuerpos aún no adultos,
O el reposo del tiempo en el jardín nocturno,
Y quisimos ser hombres sin adorar a dios alguno.

Deseo

Por el campo tranquilo de septiembre,
Del álamo amarillo alguna hoja,
Como una estrella rota,
Girando al suelo viene.
¡Si así el alma inconsciente,
Señor de las estrellas y las hojas,
Fuese, encendida sombra,
De la vida a la muerte!

Cementerio de la ciudad

Tras de la reja abierta entre los muros,
La tierra negra sin árboles ni hierba,
Con bancos de madera donde allá a la tarde
Se sientan silenciosos unos viejos.
En torno están las casas, cerca hay tiendas,
Calles por las que juegan niños, y los trenes
Pasan al lado de las tumbas. Es un barrio pobre.
Tal remiendos de las fachadas grises,
Cuelgan en las ventanas trapos húmedos de lluvia.
Borradas están ya las inscripciones
De las losas con muertos de dos siglos,
Sin amigos que les olviden, muertos
Clandestinos. Mas cuando el sol despierta,
Porque el sol brilla algunos días hacia junio,
En lo hondo algo deben sentir los huesos viejos.
Ni una hoja ni un pájaro. La piedra nada más.
La tierra.
¿Es el infierno así? Hay dolor sin olvido,
Con ruido y miseria, frío largo y sin esperanza.
Aquí no existe el sueño silencioso
De la muerte, que todavía la vida
Se agita entre estas tumbas, como una prostituta
Prosigue su negocio bajo la noche inmóvil.
Cuando la sombra cae desde el cielo nublado
Y el humo de las fábricas se aquieta,
En polvo gris, vienen de la taberna voces,
Y luego un tren que pasa
Agita largos ecos como un bronce iracundo.
No es el juicio aún, muertos anónimos.
Sosegaos, dormir; dormir si es que podéis.
Acaso Dios también se olvida de vosotros.

Lázaro

Era de madrugada.
Después de retirada la piedra con trabajo,
Porque no la materia sino el tiempo
Pesaba sobre ella,
Oyeron una voz tranquila
Llamándome, tal un amigo llama
Cuando atrás queda alguno
Fatigado de la jornada y cae la sombra.
Hubo un silencio largo.
Así lo cuentan ellos que lo vieron
Yo no recuerdo sino el frío
Extraño que brotaba
Desde la tierra honda, con angustia
De entresueño, y lento iba
A despertar el pecho,
Donde insistió con unos golpes leves,
Ávido de tornarse sangre tibia.
En mi cuerpo dolía
Un dolor vivo o un dolor soñado.
Era otra vez la vida.
Cuando abrí los ojos
Fue el alba pálida quien dijo
La verdad. Porque aquellos
Rostros ávidos sobre mí, estaban mudos
Mordiendo un sueño vago inferior al milagro,
Como rebaño hosco
Que no a la voz sino a la piedra atiende,
Y el sudor de sus frentes
Oí caer pesado entre la hierba.
Alguien dijo palabras
De nuevo nacimiento.
Mas no hubo allí sangre materna
Ni vientre fecundado
Que crea con dolor nueva vida doliente.
Sólo anchas vendas, lienzos amarillos
Con olor denso, desnudaban
La carne gris y flácida tal un fruto pasado;
No el terso cuerpo oscuro, rosa de los deseos,
Sino el cuerpo de un hijo de la muerte.
El cielo rojo abría hacia lo lejos
Tras de olivos y alcores;
El aire estaba en calma.
Mas temblaban los cuerpos
Como las ramas cuando el viento sopla,
Brotando de la noche con los brazos tendidos
Para ofrecerme su propio afán estéril.
La luz me remordía
Y hundí la frente sobre el polvo
Al sentir la pereza de la muerte.
Quise cerrar los ojos,
Buscar la vasta sombra,
La tiniebla primaria
Que su venero esconde bajo el mundo
Lavando de vergüenzas la memoria.
Cuando un alma doliente en mis entrañas
Gritó, por las oscuras galerías
Del cuerpo, agria, desencajada,
Hasta chocar contra el muro de los huesos
Y levantar mareas febriles por la sangre.
Aquel que con su mano sostenía
La lámpara testigo del milagro,
Mató brusco la llama,
Porque ya el día estaba con nosotros.
Una rápida sombra sobrevino.
Entonces, hondos bajo una frente, vi unos ojos
Llenos de compasión, y hallé temblando un alma
Donde mi alma se copiaba inmensa,
Por el amor dueña del mundo.
Vi unos pies que marcaban la linde de la vida,
El borde de una túnica incolora
Plegada, resbalando
Hasta rozar la fosa, como un ala
Cuando a subir tras de la luz incita.
Sentí de nuevo el sueño, la locura
Y el error de estar vivo,
Siendo carne doliente día a día.
Pero él me había llamado
Y en mí no estaba ya sino seguirle.
Por eso, puesto en pie, anduve silencioso
Aunque todo para mí fuera extraño y vano,
Mientras pensaba: así debieron ellos,
Muerto yo, caminar llevándome a la tierra.
La casa estaba lejos;
Otra vez vi sus muros blancos
Y el ciprés del huerto.
Sobre el terrado había una estrella pálida.
Dentro no hallamos lumbre
En el hogar cubierto de ceniza.
Todos le rodearon en la mesa.
Encontré el pan amargo, sin sabor las frutas,
El agua sin frescor, los cuerpos sin deseo;
La palabra hermandad sonaba falsa,
Y de la imagen del amor quedaban
Sólo recuerdos vagos bajo el viento.
El conocía que todo estaba muerto
En mí, que yo era un muerto
Andando entre los muertos.
Sentado a su derecha me veía
Como aquel que festejan al retorno.
La mano suya descansaba cerca
Y recliné la frente sobre ella
Con asco de mi cuerpo y de mi alma.
Así pedí en silencio, tal se pide
A Dios, porque su nombre
Más vasto que los templos, los mares, las estrellas,
Cabe en el desconsuelo del hombre que está solo,
Fuerza para llevar la vida nuevamente.
Así rogué, con lágrimas,
Fuerza de soportar mi ignorancia resignado,
Trabajando no por mi vida ni mi espíritu,
Mas por una verdad en aquellos ojos entrevista
Ahora. La hermosura es paciencia.
Sé que el lirio del campo,
Tras de su humilde oscuridad en tantas noches
Con larga espera bajo tierra,
Del tallo verde erguido a la corola alba,
Irrumpe un día en gloria triunfante.

Cordura

Suena la lluvia oscura.
El campo amortecido
Inclina hacia el invierno
Cimas densas de árboles.
Los cristales son bruma
Donde un iris mojado
Refleja ramas grises,
Humo de hogares, nubes.
A veces, por los claros
Del cielo, la amarilla
Luz de un edén perdido
Aún baja a las praderas.
Un hondo sentimiento
De alegrías pasadas,
Hechas olvido bajo
Tierra, llena la tarde.
Turbando el aire quieto
Con una queja ronca,
Como sombras, los cuervos
Agudos, giran, pasan.
Voces tranquilas hay
De hombres, hacia lo lejos,
Que el suelo están labrando
Como hicieron los padres.
Sus manos, si se extienden,
Hallan manos amigas.
Su fe es la misma. Juntos
Viven la misma espera.
Allá, sobre la lluvia,
Donde anidan estrellas,
Dios por su cielo mira
Dulces rincones grises.
Todo ha sido creado,
Como yo, de la sombra:
Esta tierra a mí ajena,
Estos cuerpos ajenos.
Un sueño, que conmigo
El puso para siempre,
me aísla. Así está el chopo
Entre encinas robustas.
Duro es hallarse solo
En medio de los cuerpos.
Pero esa forma tiene
Su amor: la cruz sin nadie.
Por ese amor espero,
Despierto en su regazo,
Hallar un alba pura
Comunión con los hombres.
Mas la luz deja el campo.
Es tarde y nace el frío.
Cerrada está la puerta,
Alumbrando la lámpara.
Por las sendas sombrías
Se duele el viento ahora,
Tal alma aislada en lucha.
La noche será breve.

Atardecer en la catedral

Por las calles desiertas, nadie. El viento
Y la luz sobre las tapias
Que enciende los aleros al sol último.
Tras una puerta se queja el agua oculta.
Ven a la catedral, alma de soledad temblando.
Cuando el labrador deja en esta hora,
Abierta ya la tierra con los surcos,
Nace de la obra hecha gozo y calma.
Cerca de Dios se halla el pensamiento.
Algunos chopos secos, llama ardida
Levantan por el campo, como el humo
Alegre en los tejados de las casas.
Vuelve un rebaño junto al arroyo oscuro
Donde duerme la tarde entre la hierba.
El frío está naciendo y es el cielo más hondo.
Tal un sueño de piedra, de música callada,
Desde la flecha erguida de la torre
Hasta la lonja de anchas losas grises,
La catedral extática aparece,
Toda reposo: vidrio, madera, bronce,
Fervor puro a la sombra de los siglos.
Una vigilia dicen esos ángeles
Y su espada desnuda sobre el pórtico,
Florido con sonrisas por los santos viejos,
Como huerto de otoño que brotara
Musgos entre las rosas esculpidas.
Aquí encuentran la paz los hombres vivos,
Paz de los odios, paz de los amores,
Olvido dulce y largo, donde el cuerpo
Fatigado se baña en las tinieblas.
Entra en la catedral, ve por las naves altas
De esbelta bóveda, gratas a los pasos
Errantes sobre el mármol, entre columnas,
Hacia el altar, ascua serena,
Gloria propicia al alma solitaria.
Como el niño descansa, porque cree
En la fuerza prudente de su padre;
Con el vivir callado de las cosas
Sobre el haz inmutable de la tierra,
Transcurren estas horas en el templo.
No hay lucha ni temor, no hay pena ni deseo.
Todo queda aceptado hasta la muerte
Y olvidado tras de la muerte, contemplando,
Libres del cuerpo, y adorando,
Necesidad del alma exenta de deleite.
Apagándose van aquellos vidrios
Del alto ventanal, y apenas si con oro
Tristes se irisan débilmente. Muere el día,
Pero la paz perdura postrada entre la sombra.
El suelo besan quedos unos pasos
Lejanos. Alguna forma, a solas,
Reza caída ante una vasta reja
Donde palpita el ala de una llama amarilla.
Llanto escondido moja el alma,
Sintiendo la presencia de un poder misterioso
Que el consuelo creara para el hombre,
Sombra divina hablando en el silencio.
Aromas, brotes vivos surgen,
Afirmando la vida, tal savia de la tierra
Que irrumpe en milagrosas formas verdes.
Secreto entre los muros de este templo,
El soplo animador de nuestro mundo
Pasa y orea la noche de los hombres.

Cuerpo en pena

Lentamente el ahogado recorre sus dominios
Donde el silencio quita su apariencia a la vida.
Transparentes llanuras inmóviles le ofrecen
Árboles sin colores y pájaros callados.
Las sombras indecisas alargándose tiemblan,
Mas el viento no mueve sus alas irisadas;
Si el ahogado sacude sus lívidos recuerdos
Halla un golpe de luz, la memoria del aire.
Un vidrio denso tiembla delante de las cosas,
Un vidrio que despierta formas color de olvido;
Olvidos de tristeza, de un amor, de la vida,
Ahogados como un cuerpo sin luz, sin aire, muerto.
Delicados, con prisa, se insinúan apenas
Vagos revuelos grises, encendiendo en el agua
Reflejos de metal o aceros relucientes,
Y su rumbo acuchilla las simétricas olas.
Flores de luz tranquila despiertan a lo lejos,
Flores de luz quizá, o miradas tan bellas
Como pudo el ahogado soñarlas una noche,
Sin amor ni dolor, en su tumba infinita.
A su fulgor el agua reducida se aquieta,
Azulada sonrisa asomando en sus ondas.
Sonrisas, oh miradas alegres de los labios;
Miradas, oh sonrisas de la luz triunfante.
Desdobla sus espejos la prisión delicada;
Claridad sinuosa, errantes perspectivas.
Perspectivas que rompe con su dolor ya muerto.
Ese pálido rostro que solemne aparece.
Su insomnio maquinal el ahogado pasea.
El silencio impasible sonríe en sus oídos.
Inestable vacío sin alba ni crepúsculo,
Monótona tristeza, emoción en ruinas.
En plena mar al fin, sin rumbo a toda vela;
Hacia lo lejos, más, hacia la flor sin nombre.
Atravesar ligero como pájaro herido
Ese cristal confuso, esas luces extrañas.
Pálido entre las ondas cada vez más opacas
El ahogado ligero se pierde ciegamente
En el fondo nocturno como un astro apagado.
Hacia lo lejos, sí, hacia el aire sin nombre.

Elegía

Este lugar, hostil a los oscuros
Avances de la noche vencedora,
Ignorado respira ante la aurora,
Sordamente feliz entre sus muros.
Pereza, noche, amor, la estancia quieta
Bajo una débil claridad ofrece.
El esplendor sus llamas adormece
En la lánguida atmósfera secreta.
Y la pálida lámpara vislumbra
Rosas, venas de azul, grito ligero
De un contorno desnudo, prisionero
Tenuemente abolido en la penumbra.
Rosas tiernas, amables a la mano
Que un dulce afán impulsa estremecida,
Venas de ardiente azul; toda una vida
Al insensible sueño vuelta en vano.
¿Vive o es una sombra, mármol frío
En reposo inmortal, pura presencia
Ofreciendo su estéril indolencia
Con un claro, cruel escalofrío?
Al indeciso soplo lento oscila
El bulto langoroso; se estremece
Y del seno la onda oculta crece
Al labio donde nace y se aniquila.
Equívoca delicia. Esa hermosura
No rinde su abandono a ningún dueño;
Camina desdeñosa por su sueño,
Pisando una falaz ribera oscura.
Del obstinado amante fugitiva,
Rompe los delicados, blandos lazos.
A la mortal caricia, entre los brazos,
¿Qué pureza tan súbita la esquiva?
Soledad amorosa. Ocioso yace
El cuerpo juvenil perfecto y leve.
Melancólica pausa. En triste nieve
El ardor soberano se deshace.
¿Y que esperar, amor? Sólo un hastío,
El amargor profundo, los despojos.
Llorando vanamente ven los ojos
Ese entreabierto lecho torpe y frío.
Tibio blancor, jardín fugaz, ardiente,
Donde el eterno fruto se tendía
Y el labio alegre, dócil lo mordía
En un vasto sopor indiferente.
De aquel sueño orgulloso en su fecundo,
Esplendido poder, una lejana
Forma dormida queda, ausente y vana
Entre la sorda soledad del mundo.
Esta insaciable, ávida amargura,
Flecha contra la gloria del amante,
¿Enturbia ese sereno diamante
De la angélica noche inmóvil, pura?
Mas no. De un nuevo albor el rumbo lento
Transparenta tan leve luz dudosa.
El pájaro en su rama melodiosa
Alisando está el ala, el dulce acento.
Ya con rumor suave la belleza
Esperada del mundo otra vez nace,
Y su onda monótona deshace
Este remoto dejo de tristeza.

Homenaje

Ni mirto ni laurel. Fatal extiende
Su frontera insaciable el vasto muro
Por la tiniebla fúnebre. En lo oscuro
Todo vibrante un claro son asciende.
Cálida voz extinta, sin la pluma
Que opacamente blanca la vestía,
Ráfagas de su antigua melodía
Levanta arrebatada entre la bruma.
Es un rumor celándose suave;
Tras una gloria triste, quiere, anhela.
Con su acento armonioso se desvela
Ese silencio sólido tan grave.
El tiempo, duramente acumulando
Olvido hacia el cantor, no lo aniquila;
Su voz más joven vive, late, oscila
Con un dejo inmortal que va cantando.
Mas el vuelo mortal tan dulce, ¿adónde
Perdidamente huyó? Deshecho brío,
El mármol absoluto en un sombrío
Reposo melancólico lo esconde.
Qué paz estéril, solitaria, llena
Aquel vivir pasado, en lontananza,
Aunque trabajo bello, con pujanza
Surta una celestial, sonora vena.
Toda nítida, sí, vivaz perdura,
Azulada en su grito transparente.
Pero un eco es tan solo; ya no siente
Quien le infundió tan lúcida hermosura.

VI

¿Dónde huir? Tibio vacío,
Ingrávida somnolencia
Retiene aquí mi presencia,
Toda moroso albedrío,
En este salón tan frío,
Reino del tiempo tirano.
¿De qué nos sirvió el verano,
Oh ruiseñor en la nieve,
Si sólo un orbe tan breve
Ciñe al soñador en vano?

No se que nombre darle en mis sueños

Ante mi forma encontré aquella forma
En tiempo de crepúsculo,
Cuando las desapariciones
Confunden los colores a los ojos,
Cuando el último amor
Busca el cuerpo postrero.
Una angustia sin fondo aullaba entre las piedras;
Hacia el aire, hombres sordos,
La cabeza olvidada,
Pasaban a lo lejos como libres o muertos.
Vergonzoso cortejo de fantasmas
Con las cadenas rotas colgando de las manos.
La vida puso entonces una lámpara
Sobre muros sangrientos;
El día ya cansado secaba tristemente
Las futuras auroras, remendadas
Como harapos de rey.
La lámpara eras tú,
Mis labios, mi sonrisa,
Forma que hallan mis manos en todo lo que alcanzan.
Si mis ojos se cierran es para hallarte en sueños
Detrás de la cabeza,
Detrás del mundo esclavizado,
En ese país perdido
Que un día abandonamos sin saberlo.

Luis Cernuda, poeta, Bidón (Sevilla), 1902-1963

La Realidad y el Deseo en el Centenario de Luis Cernuda