A Cristo Nuestro Señor

 

Cristo dulce y amado,
sin quien vivir un punto no podría;
süave y regalado gozo
del alma mía,
mi bien, mi eterna gloria y alegría.

Mi puerto venturoso,
do Silva de mil males amparada
queda, y del mar furioso
la braveza burlada,
cuando más pretendió verme anegada.

Las olas hasta el cielo,
de tan divina roca rebatidas
quedaron por el suelo,
sus trazas destruídas,
y tus promesas fieles bien cumplidas.

Que nunca me has faltado
en los encuentros fieros y espantosos
del tigre denodado,
y leones furiosos,
sedientos de mi sangre y codiciosos.

Porque para leones
eres fuerte león de mi defensa;
y a armados escuadrones
del infierno en mi ofensa
en polvo los volvió tu fuerza inmensa;

y el dragonazo horrendo
que, de la boca, infame, emponzoñada,
su ancho río vertiendo,
de su furor cercada,
como en lazo pensó verme encerrada.

Y sólo con mirarme
(cuando a ti me volví), con esos ojos
soberanos librarme
pude de mis enojos,
quedando victoriosa y con despojos.

A la ausencia de su dulcísimo Señor en la Sagrada Comunión

 

¡Ay, soledad amarga y enojosa,
causada de mi ausente y dulce Amado!
¡Dardo eres en el alma atravesado,
dolencia penosísima y furiosa!

Prueba de amor terrible y rigurosa,
y cifra del pesar más apurado,
cuidado que no sufre otro cuidado,
tormento intolerable y sed ansiosa.

Fragua, que en vivo, fuego me convierte,
de los soplos de amor tan avivada,
que aviva mi dolor hasta la muerte.

Bravo mar, en el cual mi alma engolfada,
con tormenta camina dura y fuerte
hasta el puerto y ribera deseada.

A los divinos ojos de Nuestro Señor

 

Al alma que te adora
vuelve los ojos claros, Cristo amado,
que más que en sí, en ti mora,
y todo su cuidado
en sólo tu mirar está cifrado.

Ojos restauradores
de vida, que la dan de amor matando;
absolutos señores
de cuanto están mirando,
inmensa majestad representando.

Puro y vivo traslado
de todo el bien que encierra el alto cielo,
que tras el delicado
disfraz de humano velo,
hacen rico y dichoso a todo el suelo.

Sacros soles dorados,
cuya amable presencia poderosa
los males desterrados
deja, y su victoriosa
luz deshace la niebla tenebrosa.

Rara y suma lindeza,
y el «Nihil ultra» de la excelsa mano,
adonde con destreza
juntó un mirar humano
con un mirar divino y soberano.

Depósitos divinos
do está toda mi gloria atesorada,
espejos cristalinos,
vista dulce, agraciada,
dorado día, aurora arrebolada.

Jardines celestiales,
ameno paraíso deleitoso,
luceros orientales,
refugio venturoso,
puerto en la tempestad maravilloso

En esos ojos bellos
todo su bien librado el alma mía
tiene, y colgada de ellos
vive, que no podría
de otro modo vivir ni un solo día.

¿En cuánto me ha importado,
que para mí no son, o no hayan sido?
¿o, qué en ellos buscado
de bien he, o pretendido,
que vano o engañoso haya salido?

Decid, luces serenas,
¿quién de ese dulce revolver mirando
lazos hizo y cadenas,
con que el alma enlazando,
sutilmente la van aprisionando?

Las hazañas famosas
de amor, y sus victorias no imitadas
siempre, más venturosas
fueron, y señaladas
desde ese Alcázar Real ejecutadas.

De tanta hermosura
la fuerza intensa, aun no experimentada
con dichosa ventura,
en mirarla ocupada
viene a quedar suspensa y trasportada.

Y habiendo Amor robado
mi corazón, que en nada resistía,
le vi que, remontado,
por el aire subía,
y en tus ojos con él se me escondía,

por alcaide celoso,
en medio el pecho, en su lugar dejando
un afecto fogoso,
que en llamas abrasando
le está, y el homenaje a Amor guardando.

Al alma que te adora…

 

Al alma que te adora
vuelve los ojos claros, Cristo amado,
que más que en sí, en ti mora,
y todo su cuidado
en sólo tu mirar está cifrado.

Ojos restauradores
de vida, que la dan de amor matando;
absolutos señores
de cuanto están mirando,
inmensa majestad representando.

Puro y vivo traslado
de todo el bien que encierra el alto cielo,
que tras el delicado
disfraz de humano velo,
hacen rico y dichoso a todo el suelo.

Sacros soles dorados,
cuya amable presencia poderosa
los males desterrados
deja, y su victoriosa
luz deshace la niebla tenebrosa.

Rara y suma lindeza,
y el «Nihil ultra» de la excelsa mano,
adonde con destreza
juntó un mirar humano
con un mirar divino y soberano.

Depósitos divinos
do está toda mi gloria atesorada,
espejos cristalinos,
vista dulce, agraciada,
dorado día, aurora arrebolada.

Jardines celestiales,
ameno paraíso deleitoso,
luceros orientales,
refugio venturoso,
puerto en la tempestad maravilloso

En esos ojos bellos
todo su bien librado el alma mía
tiene, y colgada de ellos
vive, que no podría
de otro modo vivir ni un solo día.

¿En cuánto me ha importado,
que para mí no son, o no hayan sido?
¿o, qué en ellos buscado
de bien he, o pretendido,
que vano o engañoso haya salido?

Decid, luces serenas,
¿quién de ese dulce revolver mirando
lazos hizo y cadenas,
con que el alma enlazando,
sutilmente la van aprisionando?

Las hazañas famosas
de amor, y sus victorias no imitadas
siempre, más venturosas
fueron, y señaladas
desde ese Alcázar Real ejecutadas.

De tanta hermosura
la fuerza intensa, aun no experimentada
con dichosa ventura,
en mirarla ocupada
viene a quedar suspensa y trasportada.

Y habiendo Amor robado
mi corazón, que en nada resistía,
le vi que, remontado,
por el aire subía,
y en tus ojos con él se me escondía,

por alcaide celoso,
en medio el pecho, en su lugar dejando
un afecto fogoso,
que en llamas abrasando
le está, y el homenaje a Amor guardando.

Al Ecce Homo

 

Sacando el vivo retrato
de Dios Padre omnipotente,
el injusto presidente
a vista del pueblo ingrato;

disimulado en el traje,
y el traje desfigurado,
por haberse disfrazado
con mi ignominia y ultraje,

salió a la usanza de rey;
pero era nuevo el reinado,
porque en sus hombros cargado
sacó su imperio y su ley.

Y al punto que le miró
aquella gente, sedienta
de su sangre, como exenta
ramera, le blasfemó.

-«De delante nos lo quita,
-dijo-, y en una cruz muera»,
la más que pésima fiera,
con intolerable grita.

El juez inicuo, temiendo
tan manifiesta injusticia
y de ellos la gran malicia,
los acallaba, diciendo:

-«Atentamente mirad
en este hombre que os muestro;
atended a que es rey vuestro
y que le debéis lealtad;

Acábese de ablandar
pecho tan desapiadado:
¿a vuestro rey consagrado
tengo de crucificar?

Ese envidioso furor
el ánimo os ha cegado
para que así hayáis negado
a vuestro propio Señor».

La causa de le sacar
así, fue porque creyó
que, como él se lastimó,
los pudiera lastimar

ver a Dios en tal estado,
y, con la fuerza de amor
más herido en lo interior,
que no en lo exterior llagado.

Y aunque era luz penetrante,
no los aclaró este cielo,
porque echaron otro velo
al corazón de diamante.

Y cual abrasada fragua
que a toda furia se ardía,
cuanto el pueblo más pedía
su muerte, más la aceptaba.

Que era de amor mar profundo,
y con él se había juntado
el que faltaba al helado
pecho, del aleve mundo.

-Salid, hijas de Sión,
la suprema y levantada;
y no a ver la limitada
gloria del rey Salomón,

sino a la que lo es del Padre,
de grandeza incomprensible,
con la corona insufrible
que le coronó su madre

el solemnísimo día
en el cual se desposó
con su Amada, y le estimó
por el de más alegría.

Que por guirnalda de rosas
puso en sus sienes divinas
una corona de espinas,
crueles y lastimosas.

Madrastra fue al descubierto,
pues que, desde que nació
no paró hasta que le vio
fuera de los reales muerto.

Amor y ausencia

 

¿Cómo vives, sin quien vivir no puedes?
Ausente, Silva, el alma, ¿tienes vida,
y el corazón aquesa misma herida
gravemente atraviesa, y no te mueres?

Dime, si eres mortal o inmortal eres:
¿Hate cortado Amor a su medida,
o forjado, en sus llamas derretida,
que tanto el natural límite excedes?

Vuelto ha tu corazón cifra divina
de extremos mil Amor, en que su mano
mostrar quiso destreza peregrina;

y la fragilidad del pecho humano
en firmísima piedra diamantina,
con que quedó hecho alcázar soberano.

Asaltos tan rigurosos…

 

Asaltos tan rigurosos
sufres sin desalentarte:
Dime, flaco corazón,
¿haste vuelto de diamante?

Entre esas llamas fogosas
que te cercan y combaten,
parece te tiene amor
tan hecho a sus propiedades,

que, cuando fuerte te quiere,
fuerte eres e inexpugnable,
y cuando de blanda cera,
te derrites y deshaces.

Entre mortales heridas,
y dolores desiguales,
de amor vives, y esa vida
te alivia y te satisface.

Quéjaste en los accidentes
y sientes su rigor grave,
no habiendo gloria en la tierra
con quien gustes de trocarle.

Que sólo el vivir, muriendo
porque no mueres, te aplace;
la libertad te atormenta
y sirve de estrecha cárcel.

Y por oscuras mazmorras
suspiras, y ausentes trances:
¡Oh, en cuán extraña cadena
quiso Amor aprisionarte!

¡Ay, si entre los lazos fieros…

 

¡Ay, si entre los lazos fieros
que a mi gloria aprisionaron
par mi libertad, yo viera
enlazar mi cuello y manos!

Pero si es atrevimiento,
porque esos son sacrosantos,
e indigna toda criatura
de adornos tan soberanos;

concédeme, Amor, siquiera
(pues en dar no eres escaso)
algunas dulces prisiones
que les parezcan en algo.

Dulces las llamo, porque,
en ley de amor, sus amargos
son tan dulces, que la vida
se suele dar por comprarlos.

¡Oh cuán mil veces dichosa
aquella, do ejecutados
mil sangrientos sacrificios
y abrasados holocaustos,

se te ofrece Cristo mío,
en lo posible mostrando
cuán imposible es que quede
en ningún modo ni caso,
su fuerte amor satisfecho,
ni el tuyo inmenso pagado!

Asaltos tan rigurosos…

 

Asaltos tan rigurosos
sufres sin desalentarte:
Dime, flaco corazón,
¿haste vuelto de diamante?

Entre esas llamas fogosas
que te cercan y combaten,
parece te tiene amor
tan hecho a sus propiedades,

que, cuando fuerte te quiere,
fuerte eres e inexpugnable,
y cuando de blanda cera,
te derrites y deshaces.

Entre mortales heridas,
y dolores desiguales,
de amor vives, y esa vida
te alivia y te satisface.

Quéjaste en los accidentes
y sientes su rigor grave,
no habiendo gloria en la tierra
con quien gustes de trocarle.

Que sólo el vivir, muriendo
porque no mueres, te aplace;
la libertad te atormenta
y sirve de estrecha cárcel.

Y por oscuras mazmorras
suspiras, y ausentes trances:
¡Oh, en cuán extraña cadena
quiso Amor aprisionarte!

¡Ay, soledad amarga y enojosa…

 

¡Ay, soledad amarga y enojosa,
causada de mi ausente y dulce Amado!
¡Dardo eres en el alma atravesado,
dolencia penosísima y furiosa!

Prueba de amor terrible y rigurosa,
y cifra del pesar más apurado,
cuidado que no sufre otro cuidado,
tormento intolerable y sed ansiosa.

Fragua, que en vivo, fuego me convierte,
de los soplos de amor tan avivada,
que aviva mi dolor hasta la muerte.

Bravo mar, en el cual mi alma engolfada,
con tormenta camina dura y fuerte
hasta el puerto y ribera deseada.

¿Cómo vives, sin quien vivir no puedes?…

 

¿Cómo vives, sin quien vivir no puedes?
Ausente, Silva, el alma, ¿tienes vida,
y el corazón aquesa misma herida
gravemente atraviesa, y no te mueres?

Dime, si eres mortal o inmortal eres:
¿Hate cortado Amor a su medida,
o forjado, en sus llamas derretida,
que tanto el natural límite excedes?

Vuelto ha tu corazón cifra divina
de extremos mil Amor, en que su mano
mostrar quiso destreza peregrina;

y la fragilidad del pecho humano
en firmísima piedra diamantina,
con que quedó hecho alcázar soberano.

Cuán dado, mi Dios, te diste

 

¡Cuán dado, mi Dios, te diste,
pues, por darte al alma amada,
la aleve y desmesurada
llegar a ti permitiste,
con bondad no imaginada!

La sagrada Comunión
recibiendo cada día,
siete veces la escondía,
y con perversa traición
a un moro infiel te vendía.

El cual un escudo daba
por ti, en que eras apreciado,
y para hechizos comprado;
que para ellos no ignoraba
ser tú, mi gloria, apropiado.

Pero, ¿cómo no entendió
el infamísimo avaro,
si riqueza pretendió,
que tesoro inmenso dio
vendido en sólo un ducado?

¡Tan barato te vendía,
mi bien, estando yo aquí!
¡Ay, si me encontrara a mí,
y diérale, sin porfía,
hacienda y vida por Ti!

Quien te vendió me lastima,
y también quien te compró,
pues ninguno conoció
el gran respeto y estima
que a tu persona debió.

¡Oh hechizos! cuán venturosa
fue el alma a quien hechizastes!
Decidme, ¿no la dejastes
hecha una celestial diosa,
si a dicha en gracia la hallastes?

Que si así fue, empíreo cielo
vuelta, sin duda, quedó,
mientras en sí os poseyó;
que el no pensado consuelo
y eterna vida se halló.

En fin, hechizos se hicieron,
con que bien enhechizado
de amor quedó el que ha tomado
tales hechizos, pues fueron
hechos del Verbo encarnado.

Que, en hechizos, yo no dudo,
Hostia sacra, que ese amor
hechice con tal primor,
que ni supo Dios ni pudo
hacer hechizo mejor.

Cristo dulce y amado…

 

Cristo dulce y amado,
sin quien vivir un punto no podría;
süave y regalado gozo
del alma mía,
mi bien, mi eterna gloria y alegría.

Mi puerto venturoso,
do Silva de mil males amparada
queda, y del mar furioso
la braveza burlada,
cuando más pretendió verme anegada.

Las olas hasta el cielo,
de tan divina roca rebatidas
quedaron por el suelo,
sus trazas destruídas,
y tus promesas fieles bien cumplidas.

Que nunca me has faltado
en los encuentros fieros y espantosos
del tigre denodado,
y leones furiosos,
sedientos de mi sangre y codiciosos.

Porque para leones
eres fuerte león de mi defensa;
y a armados escuadrones
del infierno en mi ofensa
en polvo los volvió tu fuerza inmensa;

y el dragonazo horrendo
que, de la boca, infame, emponzoñada,
su ancho río vertiendo,
de su furor cercada,
como en lazo pensó verme encerrada.

Y sólo con mirarme
(cuando a ti me volví), con esos ojos
soberanos librarme
pude de mis enojos,
quedando victoriosa y con despojos.

Cuando vuelvo los ojos a mirarte…

 

Cuando vuelvo los ojos a mirarte,
después de haber estado divertida
en el caduco mundo, de tal arte
viene a quedar tu Silva entristecida,
que sin hallar reposo en otra parte
que en Ti, se vuelve a ti despavorida,
cual pequeñuelo niño que, a deshora,
de su madre la ausencia advierte, y llora.

Y herida del ligero pensamiento,
despide de sí el alma unas centellas,
aspirando con tal fuerza a su centro,
que se ven en un punto todas ellas
puestas y fijas en el firmamento
de amor, como hermosísimas estrellas,
de do arrojando fuego con presteza,
de nuevo Silva a se abrasar empieza.

Con tierno sentimiento suspirando,
entre mi dulce gozo mezclo lloro,
amorosas querellas derramando
delante de Ti, gloria en quien adoro,
pidiéndote me digas hasta cuándo,
hasta cuándo, inmensísimo tesoro,
me pensabas dejar tan trascordada
y en las vanas ficciones ocupada.

Como el pez a quien falta su elemento,
sin ti muero y expiro ciertamente;
estimando en mil años un momento
de los que suelo hallarme de ti ausente,
y por el más furioso y gran tormento
que en las leyes de amor el alma siente;
que este dolor terrible es tan subido
de punto, que aun no queda encarecido.

Y pues de mí te escondes y te ausentas
como de una enemiga declarada,
muchas veces, Señor; y aunque atormentas
así a tu Silva, no la hallas cansada
de sufrirte y quererte, no consientas
que también yo ande ausente, y olvidada
de Ti, pues de esto no saco otro fruto
que pagar al tirano su tributo.

Forzada de la flaca y deleznable
naturaleza, a los males dispuesta,
me sirve de un infierno intolerable,
y profundos gemidos mil me cuesta;
pero en ninguna vía remediable
puede ser tan gran peste como aquesta,
si de tu eterna y tan divina mano
no me viene el socorro soberano.

Una merced te pido, confiada
en aquesa bondad tan sin medida,
y es, que a tu voluntad muy ajustada
quede tu Silva en todo, tan rendida
en Ti, y tan embebida y empapada,
que de mí ni una gota sea vertida:
si este celestial don me concedieres,
yo te daré por él cuanto quisieres.

De afectos interiores de amor de Dios

 

¡Ay, si entre los lazos fieros
que a mi gloria aprisionaron
par mi libertad, yo viera
enlazar mi cuello y manos!

Pero si es atrevimiento,
porque esos son sacrosantos,
e indigna toda criatura
de adornos tan soberanos;

concédeme, Amor, siquiera
(pues en dar no eres escaso)
algunas dulces prisiones
que les parezcan en algo.

Dulces las llamo, porque,
en ley de amor, sus amargos
son tan dulces, que la vida
se suele dar por comprarlos.

¡Oh cuán mil veces dichosa
aquella, do ejecutados
mil sangrientos sacrificios
y abrasados holocaustos,

se te ofrece Cristo mío,
en lo posible mostrando
cuán imposible es que quede
en ningún modo ni caso,
su fuerte amor satisfecho,
ni el tuyo inmenso pagado!

De Navidad

 

No es mal remedio el sereno
y estar en portal sin casa
para pecho que se abrasa
y que está de fuego lleno.

Y ya que eso no ha bastado
a templar la ardiente llama,
tener el suelo por cama,
y estar temblando de helado.

Mas fuego que al hielo ataja,
y que pone-en tal estrecho
al Niño,¿como no ha hecho
ceniza el heno y la paja?

Sin duda es el fuego, a quien
figuró la llama ardiente,
que vio tan resplandeciente
entre la zarza Moisén.

Y siendo amor, su potencia
no asesta en pajas ni en heno,
sino en el pecho terreno
do busca correspondencia.

Que una rústica serrana
fue quien su pecho encendió,
desde el punto que la vio
en su idea soberana.

Herido me han los amores
del Niño, y sus gracias mil;
parece un florido Abril
cuando derrama sus flores.

Toda me quiero vender
por sus llamas al amor;
que no habrá trueco mejor,
y eso debe él pretender.

De sentimientos de amor y ausencia profundísimos

 

¿Cómo vives, sin quien vivir no puedes?
Ausente, Silva, el alma, ¿tienes vida,
y el corazón aquesa misma herida
gravemente atraviesa, y no te mueres?

Dime, si eres mortal o inmortal eres:
¿Hate cortado Amor a su medida,
o forjado, en sus llamas derretida,
que tanto el natural límite excedes?

Vuelto ha tu corazón cifra divina
de extremos mil Amor, en que su mano
mostrar quiso destreza peregrina;

y la fragilidad del pecho humano
en firmísima piedra diamantina,
con que quedó hecho alcázar soberano.

Del testamento de Silva

 

Sintiendo Silva, de amor
gravemente el alma herida,
y que jamás acostumbra
a herir, que deje con vida;

con vida que fuera de él
vivir pueda un solo día,
empezó a hacer testamento,
y con prisa disponía
de todo lo que hasta allí
esperaba o poseía.

Manda el alma, a su Pastor,
a cuyo imperio rendida
está, porque en buena guerra
la ganó estando cautiva.

Y al cuerpo, con S. y clavo
un precepto le ponía,
de que al alma, su señora,
sujeto y sin rebeldía
obedezca humildemente;
y él así lo prometía.

Nombrado ha por heredero
de su loca fantasía
al mundo, porque de él hubo
esta hacienda tan de estima,

y el mayorazgo heredado
de aquella prosapia antigua
que suele rentar cada año
dos millones de fatigas:

las unas sobredoradas
y llenas de amargo acíbar,
y las otras plateadas
y por de dentro vacías.

Deja a los ricos avaros
el muy rico oro de Tíbar;
y a los Señores y Grandes,
de vanidad una sima.

Y el bajo amor fementido
que a las almas tiraniza,
a los corazones viles
que sobre sí le entronizan.

Las galas manda a las damas:
y toda la bizarría,
guantes, ámbar y pebetes,
cazoletas y pastillas,

fiestas, banquetes, jardines
faustos, pompas, cortesías,
entre aquellos a quien toca,
por no hacerles injusticia,

quiere que se les reparta
todo en juro de por vida,
y en esperanzas sin fruto
y en la flor desvanecidas.

Y en quimeras y designios,
trazas, lisonjas, mentiras,
intereses, pretensiones,
temores, melancolías,

correspondencias y amigos
compuestos de mil falsías;
mejora en el tercio y quinto
a la gente más lucida:

a los discretos y honrados
que tienen por granjería
el tratar con esta hacienda
y rica mercadería.

Y al ya nombrado heredero
deja lo que se le olvida,
para que lo dé a quien sabe
que más su amistad codicia.

Y vuelta Silva al Pastor
de cuyo amor quedó herida,
le dijo: «Bien de mi gloria,
recibe a Silva, que expira».

Y en sus manos dejó el alma.
Y el Pastor la recibía,
y con solemnes exequias
él mismo la deposita

en un glorioso sepulcro
que dentro en su pecho había,
dejando el de sumo olvido
que para Silva tenía

el vano mundo engañoso
edificado a gran prisa.
Y el Pastor, muerto de amores,
puso a su esposa querida

una letra soberana
que su memoria eterniza,
que dice: «Silva, cual Fénix,
en mil llamas encendida,
yace dichosa y feliz
en mí, del mundo escondida».

Luisa de Carvajal y Mendoza, Cáceres, 1566-1614

Deseos de martirio

 

¡Esposas dulces, lazo deseado,
ausentes trances, hora victoriosa,
infamia felicísima y gloriosa,
holocausto en mil llamas abrasado!

Di, Amor, ¿por qué tan lejos apartado
se ha de mí aquella suerte venturosa
y la cadena amable y deleitosa
en dura libertad se me ha trocado?

¿Ha sido por ventura haber querido
que la herida, que al alma penetrada
tiene con dolor fuerte y desmedido,

no quede socorrida ni curada
y, el afecto aumentado y encendido,
la vida a puro amor sea desatada?

Dulce y fiel esperanza…

 

Dulce y fiel esperanza,
mi Cristo, mi Señor y mi deseo:
¿qué bienaventuranza,
qué gusto o qué recreo
podrá haber para mí do no te veo?

Encerrado en mi pecho,
de ausencia y del amor, fuego tan fuerte,
me ha puesto en tal estrecho,
que un punto de no verte
me es de mayor dolor que el de la muerte.

Porque sin ti, mi vida
queda cual la del pez sin su elemento,
hasta que socorrida
de tu presencia, siento
vuelto en deleite y gloria mi tormento.

¡Baste, mi bien, te ruego!
No te tardes ya más en socorrerme,
pues ves, Señor, que llego
a un extremo, que en verme
se juzgará que baste a deshacerme.

Rompe esta tenebrosa
nube que de mil modos me atormenta,
con tu vista gloriosa,
y apaga la sedienta
congoja que me aflige y desalienta.

Que cuando reverbera
la rutilante luz de tu hermosura,
mi invierno en primavera
se trueca, y su secura
en dulce y amenísima frescura.

En el siniestro brazo recostada…

 

En el siniestro brazo recostada
de su amado pastor, Silvia dormía,
y con la diestra mano la tenía
con un estrecho abrazo a sí allegada.

Y de aquel dulce sueño recordada,
le dijo: ‘El corazón del alma mía
vela, y yo duermo. ¡Ay! Suma alegría,
cuál me tiene tu amor tan traspasada.

Ninfas del paraíso soberanas,
sabed que estoy enferma y muy herida
en unos abrasadísimos amores.

Cercadme de odoríferas manzanas,
pues me veis, como fénix, encendida,
y cercadme también de amenas flores.’

¡Esposas dulces, lazo deseado…

 

¡Esposas dulces, lazo deseado,
ausentes trances, hora victoriosa,
infamia felicísima y gloriosa,
holocausto en mil llamas abrasado!

Di, Amor, ¿por qué tan lejos apartado
se ha de mí aquella suerte venturosa
y la cadena amable y deleitosa
en dura libertad se me ha trocado?

¿Ha sido por ventura haber querido
que la herida, que al alma penetrada
tiene con dolor fuerte y desmedido,

no quede socorrida ni curada
y, el afecto aumentado y encendido,
la vida a puro amor sea desatada?

Infeliz hora, desdichado punto…

 

Infeliz hora, desdichado punto,
tiempo sin tiempo, vida no, mas muerte,
cruel prisión, y la cadena fuerte,
hierros que me enlazaron en un punto.

Parezco vivo, mas estoy difunto;
a un tiempo todo se acabó; mi suerte
desdicha fue, y plegue a Dios acierte
a recobrar lo que he perdido junto.

Lágrimas, suspirar, amargo llanto,
gemir del corazón, cruel azote,
dolor profundo con intensa pena,

desde agora será mi dulce canto,
con que, pagando el miserable escote,
pueda seguir mi dulce Filomena.

Llora Silva, y su Pastor

 

Llora Silva, y su Pastor,
se alegra de su pesar:
¡hasta aquí pueden llegar
las trazas que tiene amor
para su fuego aumentar!

En las niñas de los ojos
dice el Pastor que le ofende
quien en dar a Silva entiende
aun muy pequeños enojos,
y que su furor enciende.

Y viéndola él afligida
y llena de desconsuelo,
la vuelve de plomo el cielo,
y su luz oscurecida,
y de metal todo el suelo.

No es mal remedio el sereno…

 

No es mal remedio el sereno
y estar en portal sin casa
para pecho que se abrasa
y que está de fuego lleno.

Y ya que eso no ha bastado
a templar la ardiente llama,
tener el suelo por cama,
y estar temblando de helado.

Mas fuego que al hielo ataja,
y que pone-en tal estrecho
al Niño,¿como no ha hecho
ceniza el heno y la paja?

Sin duda es el fuego, a quien
figuró la llama ardiente,
que vio tan resplandeciente
entre la zarza Moisén.

Y siendo amor, su potencia
no asesta en pajas ni en heno,
sino en el pecho terreno
do busca correspondencia.

Que una rústica serrana
fue quien su pecho encendió,
desde el punto que la vio
en su idea soberana.

Herido me han los amores
del Niño, y sus gracias mil;
parece un florido Abril
cuando derrama sus flores.

Toda me quiero vender
por sus llamas al amor;
que no habrá trueco mejor,
y eso debe él pretender.

Para una señora grave

 

¿Cómo, di, bella Amari, tu cuidado
estimas en tan poco, que, olvidada,
de quien con tanto amor eres amada,
te empleas en el rústico ganado?

¿Hate la vana ocupación comprado?
¿qué nigromántica arte embelesada
te trae, y de tu bien tan trascordada?
¡Ay, alevosa fe! ¡ay, pecho helado!

Vuelve, Amari; repara que perdiendo
vas de amor el camino; digo, atajo.
Y ese que llevas, ancho y deleitoso,

suele mañosamente ir encubriendo
entre las florecillas, y debajo
de verde hierba, el paso peligroso.

Sacando el vivo retrato…

 

Sacando el vivo retrato
de Dios Padre omnipotente,
el injusto presidente
a vista del pueblo ingrato;

disimulado en el traje,
y el traje desfigurado,
por haberse disfrazado
con mi ignominia y ultraje,

salió a la usanza de rey;
pero era nuevo el reinado,
porque en sus hombros cargado
sacó su imperio y su ley.

Y al punto que le miró
aquella gente, sedienta
de su sangre, como exenta
ramera, le blasfemó.

-«De delante nos lo quita,
-dijo-, y en una cruz muera»,
la más que pésima fiera,
con intolerable grita.

El juez inicuo, temiendo
tan manifiesta injusticia
y de ellos la gran malicia,
los acallaba, diciendo:

-«Atentamente mirad
en este hombre que os muestro;
atended a que es rey vuestro
y que le debéis lealtad;

Acábese de ablandar
pecho tan desapiadado:
¿a vuestro rey consagrado
tengo de crucificar?

Ese envidioso furor
el ánimo os ha cegado
para que así hayáis negado
a vuestro propio Señor».

La causa de le sacar
así, fue porque creyó
que, como él se lastimó,
los pudiera lastimar

ver a Dios en tal estado,
y, con la fuerza de amor
más herido en lo interior,
que no en lo exterior llagado.

Y aunque era luz penetrante,
no los aclaró este cielo,
porque echaron otro velo
al corazón de diamante.

Y cual abrasada fragua
que a toda furia se ardía,
cuanto el pueblo más pedía
su muerte, más la aceptaba.

Que era de amor mar profundo,
y con él se había juntado
el que faltaba al helado
pecho, del aleve mundo.

-Salid, hijas de Sión,
la suprema y levantada;
y no a ver la limitada
gloria del rey Salomón,

sino a la que lo es del Padre,
de grandeza incomprensible,
con la corona insufrible
que le coronó su madre

el solemnísimo día
en el cual se desposó
con su Amada, y le estimó
por el de más alegría.

Que por guirnalda de rosas
puso en sus sienes divinas
una corona de espinas,
crueles y lastimosas.

Madrastra fue al descubierto,
pues que, desde que nació
no paró hasta que le vio
fuera de los reales muerto.

Sintiendo Silva, de amor…

 

Sintiendo Silva, de amor
gravemente el alma herida,
y que jamás acostumbra
a herir, que deje con vida;

con vida que fuera de él
vivir pueda un solo día,
empezó a hacer testamento,
y con prisa disponía
de todo lo que hasta allí
esperaba o poseía.

Manda el alma, a su Pastor,
a cuyo imperio rendida
está, porque en buena guerra
la ganó estando cautiva.

Y al cuerpo, con S. y clavo
un precepto le ponía,
de que al alma, su señora,
sujeto y sin rebeldía
obedezca humildemente;
y él así lo prometía.

Nombrado ha por heredero
de su loca fantasía
al mundo, porque de él hubo
esta hacienda tan de estima,

y el mayorazgo heredado
de aquella prosapia antigua
que suele rentar cada año
dos millones de fatigas:

las unas sobredoradas
y llenas de amargo acíbar,
y las otras plateadas
y por de dentro vacías.

Deja a los ricos avaros
el muy rico oro de Tíbar;
y a los Señores y Grandes,
de vanidad una sima.

Y el bajo amor fementido
que a las almas tiraniza,
a los corazones viles
que sobre sí le entronizan.

Las galas manda a las damas:
y toda la bizarría,
guantes, ámbar y pebetes,
cazoletas y pastillas,

fiestas, banquetes, jardines
faustos, pompas, cortesías,
entre aquellos a quien toca,
por no hacerles injusticia,

quiere que se les reparta
todo en juro de por vida,
y en esperanzas sin fruto
y en la flor desvanecidas.

Y en quimeras y designios,
trazas, lisonjas, mentiras,
intereses, pretensiones,
temores, melancolías,

correspondencias y amigos
compuestos de mil falsías;
mejora en el tercio y quinto
a la gente más lucida:

a los discretos y honrados
que tienen por granjería
el tratar con esta hacienda
y rica mercadería.

Y al ya nombrado heredero
deja lo que se le olvida,
para que lo dé a quien sabe
que más su amistad codicia.

Y vuelta Silva al Pastor
de cuyo amor quedó herida,
le dijo: «Bien de mi gloria,
recibe a Silva, que expira».

Y en sus manos dejó el alma.
Y el Pastor la recibía,
y con solemnes exequias
él mismo la deposita

en un glorioso sepulcro
que dentro en su pecho había,
dejando el de sumo olvido
que para Silva tenía

el vano mundo engañoso
edificado a gran prisa.
Y el Pastor, muerto de amores,
puso a su esposa querida

una letra soberana
que su memoria eterniza,
que dice: «Silva, cual Fénix,
en mil llamas encendida,
yace dichosa y feliz
en mí, del mundo escondida».

Sobre interiores sentimientos del alma

 

Cuando vuelvo los ojos a mirarte,
después de haber estado divertida
en el caduco mundo, de tal arte
viene a quedar tu Silva entristecida,
que sin hallar reposo en otra parte
que en Ti, se vuelve a ti despavorida,
cual pequeñuelo niño que, a deshora,
de su madre la ausencia advierte, y llora.

Y herida del ligero pensamiento,
despide de sí el alma unas centellas,
aspirando con tal fuerza a su centro,
que se ven en un punto todas ellas
puestas y fijas en el firmamento
de amor, como hermosísimas estrellas,
de do arrojando fuego con presteza,
de nuevo Silva a se abrasar empieza.

Con tierno sentimiento suspirando,
entre mi dulce gozo mezclo lloro,
amorosas querellas derramando
delante de Ti, gloria en quien adoro,
pidiéndote me digas hasta cuándo,
hasta cuándo, inmensísimo tesoro,
me pensabas dejar tan trascordada
y en las vanas ficciones ocupada.

Como el pez a quien falta su elemento,
sin ti muero y expiro ciertamente;
estimando en mil años un momento
de los que suelo hallarme de ti ausente,
y por el más furioso y gran tormento
que en las leyes de amor el alma siente;
que este dolor terrible es tan subido
de punto, que aun no queda encarecido.

Y pues de mí te escondes y te ausentas
como de una enemiga declarada,
muchas veces, Señor; y aunque atormentas
así a tu Silva, no la hallas cansada
de sufrirte y quererte, no consientas
que también yo ande ausente, y olvidada
de Ti, pues de esto no saco otro fruto
que pagar al tirano su tributo.

Forzada de la flaca y deleznable
naturaleza, a los males dispuesta,
me sirve de un infierno intolerable,
y profundos gemidos mil me cuesta;
pero en ninguna vía remediable
puede ser tan gran peste como aquesta,
si de tu eterna y tan divina mano
no me viene el socorro soberano.

Una merced te pido, confiada
en aquesa bondad tan sin medida,
y es, que a tu voluntad muy ajustada
quede tu Silva en todo, tan rendida
en Ti, y tan embebida y empapada,
que de mí ni una gota sea vertida:
si este celestial don me concedieres,
yo te daré por él cuanto quisieres.

Sobre sentimientos de ausencia de Nuestro Señor

 

Dulce y fiel esperanza,
mi Cristo, mi Señor y mi deseo:
¿qué bienaventuranza,
qué gusto o qué recreo
podrá haber para mí do no te veo?

Encerrado en mi pecho,
de ausencia y del amor, fuego tan fuerte,
me ha puesto en tal estrecho,
que un punto de no verte
me es de mayor dolor que el de la muerte.

Porque sin ti, mi vida
queda cual la del pez sin su elemento,
hasta que socorrida
de tu presencia, siento
vuelto en deleite y gloria mi tormento.

¡Baste, mi bien, te ruego!
No te tardes ya más en socorrerme,
pues ves, Señor, que llego
a un extremo, que en verme
se juzgará que baste a deshacerme.

Rompe esta tenebrosa
nube que de mil modos me atormenta,
con tu vista gloriosa,
y apaga la sedienta
congoja que me aflige y desalienta.

Que cuando reverbera
la rutilante luz de tu hermosura,
mi invierno en primavera
se trueca, y su secura
en dulce y amenísima frescura.

Soneto a un hombre que cayó en la culpa y se reduce a penitencia

 

Infeliz hora, desdichado punto,
tiempo sin tiempo, vida no, mas muerte,
cruel prisión, y la cadena fuerte,
hierros que me enlazaron en un punto.

Parezco vivo, mas estoy difunto;
a un tiempo todo se acabó; mi suerte
desdicha fue, y plegue a Dios acierte
a recobrar lo que he perdido junto.

Lágrimas, suspirar, amargo llanto,
gemir del corazón, cruel azote,
dolor profundo con intensa pena,

desde agora será mi dulce canto,
con que, pagando el miserable escote,
pueda seguir mi dulce Filomena.

Soneto espiritual de Silva

 

En el siniestro brazo recostada
de su amado pastor, Silvia dormía,
y con la diestra mano la tenía
con un estrecho abrazo a sí allegada.

Y de aquel dulce sueño recordada,
le dijo: ‘El corazón del alma mía
vela, y yo duermo. ¡Ay! Suma alegría,
cuál me tiene tu amor tan traspasada.

Ninfas del paraíso soberanas,
sabed que estoy enferma y muy herida
en unos abrasadísimos amores.

Cercadme de odoríferas manzanas,
pues me veis, como fénix, encendida,
y cercadme también de amenas flores.’

Luisa de Carvajal y Mendoza, Cáceres, 1566-1614