Romance al Nacimiento

 

Divino verbo inmenso
que en tus eternidades
con inefable gozo
estabas en el Padre,

en el palacio empíreo,
en la esfera más grave,
trono de tu grandeza,
solio de majestades:

si contento vivías,
igual en todo al Padre,
de una sustancia misma,
de su bondad, imagen;

si con el mismo amor,
espíritu suave,
consolador piadoso,
sois todos tres iguales:

si el querubín hermoso,
criatura tan grande,
las alas de su ciencia
a vuestros pies abate;

si el serafín más bello
que en llamas vivas arde,
humilde y reverente,
peana siempre os hace;

si las columnas firmes
de esa Sión triunfante
se estremecen, y tiemblan
vuestro ser admirable;

¿cómo, Palabra Eterna,
se os pudo pegar carne
para pisar, piadoso,
nuestro, humildes valles?

¿Cómo, señor, tan niño,
cómo temblando nace
lo sumo del poder
entre unos animales?

¿Cómo en pajas humildes
hay un fuego tan grande,
que si bien soy de nieve,
presumo que me abrase?

¡Ay dulce dueño mío,
si a finezas tan grandes
correspondiera yo
con servirte de balde!

Mas ¿cómo puede ser
si tú te anticipaste
con tan grandes fatigas,
con beneficios tales?

Aunque yo te sirviera
los siglos, las edades,
no pudiera pagar
lo menos que tú haces.

¿Qué puede hacer, Dios mío,
la nada miserable
que, si no es de defectos,
no tiene otros caudales?

Tú me obligas, mi bien,
con tus penas y afanes,
a que gustosa siempre,
por tu amor los abrace.

Desnudez y pobreza,
lágrimas y pañales,
y ese lugar humilde
donde fajado yaces,

cátedra del pesebre
para enseñarme haces,
tierno predicador,
virtudes singulares.

¡Oh si supiera yo,
amorosa, buscarte
del pesebre a la cruz
donde pudiera hallarte!

Mas ¿cómo puede ser
amarte ni buscarte,
si amándome a mí misma
me busco en todas partes?

Pero la siempre Virgen
ya se inclina a mirarme,
gozosa que, por mí,
merece ser tu madre.

Y el castísimo esposo
José, divino Atlante,
pues puede sustentar
dos cielos los más grandes,

la mayor honra y dicha
hoy en suerte le cabe,
pues siendo un puro hombre,
de Dios se llama padre.

Pero ya en mil cuadrillas
resuenan por los aires
espíritus alados
que con voces suaves

os cantan a vos glorias
y nos prometen paces.
Hagámoslas los dos
y sean inviolables,

con eternos conciertos,
firmadas amistades.
Y pues me dais licencia,
diré de aquí adelante:

mi amado para mí
y yo para él constante.

A la Pasión

 

Oh dulcísimo Jesús,
ya eres varón de dolores
que apura sangre vertida;
que amas mucho se conoce.

Si de tu pasión sagrada
contemplando sus rigores,
no te rindiese la vida,
más dura seré que el bronce.

Tus amorosas finezas
siempre pago con traiciones,
que en mi proceder villano
es la moneda que corre:

¡ese bellísimo rostro
que selló con sinrazones
mano aleve y atrevida,
pero yo descargué el golpe!

Por cinco abiertas ventanas
quiere tu piedad que logre
el entrar a contemplar,
Dios mío, tus aflicciones.

Para saber estimar
tus afrentas y dolores
será el camino más breve
tu imitación más conforme.

Romance al buen empleo del tiempo

 

¡Oh cuánto pierde quien pierde
el preciosísimo tiempo!
¡Oh cuánto gana quien gana
sus instantes y momentos!

Toda la plata y el oro
y diamantes de más precio
no valen lo que un instante
que se gasta para el cielo.

¡Oh tiempo, riqueza suma
a quien te estima! Yo creo
que ni un solo respirar
no le exhale sin provecho.

¡Oh infelicísima vida
la que he gastado sin miedo
de la cuenta que he de dar
del instante más pequeño!

Las coronas y las mitras,
y aun las tiaras, es cierto
que son la misma desgracia
si desperdician el tiempo.

¡Oh si licencia les dieran
a los que gastaron, necios,
el tiempo, sin granjear
que volviesen a sus cuerpos!

Con provechosa codicia,
divinamente avarientos,
guardarían los instantes
como antes los dineros.

Para adquirir y ganar
vivimos este destierro,
y nuestros censos y juros
son los espacios del tiempo.

Depende una eternidad
de solo un instante incierto:
¿Pues cómo se pasa instante
sin dar pasos a lo eterno?

¡Oh si me diesen a mí
tiempo en que llorar el tiempo
que tan sin cuenta he gastado
todo lo mejor del tiempo!

De mi tiempo mal gastado,
Dios mío, [a] aquel tiempo apelo
que dispuso tu piedad
el que yo llegase a tiempo.

A sus vanas alegrías
llama el malo pasatiempos,
y tiempos que así se pasan
traerán tristeza a su tiempo.

¡Oh si todos entendiesen
el que no es ahora tiempo
de gozar! Que al padecer
sea dedicado este tiempo.

A unas ansias amorosas

 

Pues no puedo callar
ni hablar tampoco puedo,
entre callar y hablar
desahogarme intento.

Y callando lo más
y diciendo lo menos,
podré cumplir en parte
con estos dos afectos.

Yo me abraso de amores,
sin duda yo me quemo,
que me ha llegado así
un infinito fuego.

De cerca pudo herirme
si bien estaba lejos,
y en calor tan activo
se deshizo mi hielo.

Es el amante mío
fino por todo extremo,
y agora, por mi dicha,
ha dado en estar tierno.

Causan efectos tales
sus regalos del cielo,
que cuando me da vida,
me la quite deseo.

Yo no entiendo sus obras,
y sólo decir puedo
que con razón le llaman
artífice de enredos.

No sabré encarecer
lo mucho que padezco
ni lo mucho que gozo,
todo en un mismo tiempo.

Para matar de amores
y hacer otros excesos,
sus gracias sólo bastan,
que es hermoso y discreto,

liberal y apacible,
caricioso y risueño,
y también le hace gracia
un poquito de ceño.

Éste se quita al punto
en un abrazo estrecho,
y queda serenado
todo el hermoso cielo.

No pudiera decir,
si el tiempo fuera eterno,
cuánto sé de su amor
y lo que yo le quiero.

Vivo con imposibles,
porque un amor inmenso
para amarte, bien mío,
quisiera por lo menos.

Tú eres, dulce Señor
y regalado dueño,
a quien me dio el amor
por excesivo precio.

Naciste para mí,
moriste en un madero,
quedaste en comida
de gustos verdaderos.

Este fue el non plus ultra
de tu poder inmenso;
pudo llegar aquí
de tu amor el exceso.

Más no pudo pasar
ni hacer mayor empeño,
que en fineza tan grande
echaste todo el resto.

¿Cómo no me deshago
en agradecimiento
comiendo tantas veces
este manjar del cielo?

Sin duda este bocado,
de bien y gloria lleno,
me hechiza y enamora
y hace perder el seso.

Y mientras más le como,
más apetito tengo,
que aunque me sacia el alma,
la aviva por extremo.

¡Qué enamorado estabas,
querido por quien muero,
cuando, por obligarme,
te diste todo entero!

¡Qué engañados que viven
los miserables necios,
que apartados de ti,
piensan vivir contentos!

¿Quién les comunicara
la dulzura que siento
y el deleite que gozo
teniéndote en mi pecho?

Mi bien, porque te amaran,
te diera cuanto tengo
de tus dulces regalos, y
pasara sin ellos.

¡Oh si pudiera yo,
a costa de tormentos,
hacer que te sirvieran
cuantos te ofenden ciegos!

¡Oh si también pudiera,
con abrasado celo,
dar una voz terrible
en todo el universo

diciendo: amad a Dios,
mirad que él sólo es bueno,
él sólo satisface
y da consuelo entero!

¿Qué utilidad sacáis
de tan viles empleos
que os llevan tan aprisa
a un precipicio eterno?

Felicidad infame
son vuestros pasatiempos,
y gloria imaginada
que conduce al infierno.

Volved, Señor piadoso,
esos ojos serenos,
y a tanta ingratitud
no castiguéis severo,

que esta mía mayor
con razón considero,
pues que debiendo más,
os pago tanto menos.

Pero volviendo ya
a tratar del incendio
que causa en mí tu amor,
se templará este afecto.

¿Sabes que me imagino,
y aun lo tengo por cierto,
que estás flechando el arco
cuando dices requiebros?

Presumo que saetas
arrojas a mi pecho
cuando con tus caricias
se derrite de tierno.

Acaba de enfermarme
o matarme, te ruego,
pues el morir de amor
es sólo mi remedio.

Y en tanto, vida mía,
que tanto bien merezco,
no dejes de aliviarme
con avivar el fuego.

¡Oh si creciera tanto
la llama de este incendio
que abrasara en tu amor
a todo el mundo luego!

¡Oh si viesen mis ojos
que con afecto tierno
te amasen cuantos viven
en este vil destierro!

No quiero que me des
otra gloria ni premio
sino ver que te busquen
y aspiren a tu reino.

Romance de un alma que temía distraerse al salir de un retiro

 

Dulce querido mío,
hechizo de mi alma,
si enamorarme intentas,
ya estoy enamorada.

Si pretendes, mi bien,
con amorosas trazas,
con cautelas divinas,
probar mi fe y constancia,

excesiva es la prueba,
más parece amenaza,
pues dices que mi amor
admitirá mudanza.

Aunque te niegues luego,
tu presencia a mi alma
estará firme en todo,
con la misma constancia,

aunque por tus desdenes,
desvíos y amenazas,
crezcan las aflicciones
sin término ni pausa.

Aunque no quede en mí
señal de que me amas,
me tendrás, vida mía,
guardando tus espaldas.

Aunque me diga todo
que me tienes dejada,
y que dejar la empresa
puedo por olvidada,

tierna te buscaré
desde la noche al alba,
desde el alba a la noche
sin dar fin a mis ansias;

es muy grande el incendio
en que yace mi alma,
para que se consuma
aunque le cerquen aguas.

Tú, que en mi corazón
vives como en tu casa,
sabes de mis amores
los efectos y causas.

Sabes que es ya tan tuyo
que en ti solo descansa,
en ti solo se alegra
y lo demás le cansa.

Sabes que por tenerte
mil suspiros exhala,
mil congojas padece
con infinitas ansias,

pues hallado una vez
el bien que deseaba,
¿cómo le ha de olvidar
por más que le combatan

si con dulces violencias
tus amores me enlazan,
tus caricias me obligan,
tu hermosura me mata,

si sabes que me tienes
cautiva y hechizada,
y de amor por tus ojos
ardiendo en vivas llamas?

Y que en dejando yo
tu soledad sagrada
y en volviendo a la aldea,
mitigaré mis ansias,

que el confuso tropel
de criaturas tantas,
con las ocupaciones,
apagarán la llama.

Y si tú te retiras
y haces ausencias largas,
faltará la memoria
de finezas pasadas,

y sin ella, el afecto
es fuerza tenga pausa,
y todo el bien se acabe
en voluntad templada.

Si yo, de presumida,
con loca confianza,
esperara en mis fuerzas,
sin duda me faltaran,

pero si pongo en ti
todas mis esperanzas,
¿por qué he de persuadirme
que se han de ver frustradas?

¿Tengo yo de pensar
que de burlas me amas,
que por juego acaricias,
por donaire regalas?

Y después, dueño mío,
que con veras tan claras,
con finezas tan tuyas
me obligas y dilatas,

no puedo yo creer
que amistad tan fundada
acabe un accidente,
de fin tan leve causa.

Pues en ti presumida
y en tu amor alentada,
prometo a tu belleza
que no ha de haber mudanza.

Tu esposa fiel seré,
mi bien, aunque te vayas
y ausentes tantas veces
cuantas te doy el alma,

y aunque tu sierva inútil,
tu puntual esclava,
estaré ejecutando
tu voluntad sin falta.

¿Ha de faltar tan presto
tanto amor, sin más causa
que volver a la aldea
a servir en tu casa?

Bien sé yo, Señor mío,
que ha de sentir el alma
el que breves instantes
has de comunicarla,

y es fuerza que eche menos
las horas regaladas
que en tan dulces coloquios
en tus brazos pasaba;

bien sé que he de decir:
¡ay soledad amada
donde con tanta gloria
de mi esposo gozaba!

Y que con tierno llanto,
en memorias pasadas,
pasaré de tu ausencia
noches tristes y largas;

pero aun quererlo tú
toda fatiga para,
todo afecto se niega
y toda queja es vana.

No sé si, a fue de necia,
estoy tan confiada
que te he de amar ahora,
mi bien, con más ventajas,

y que no ha de ser parte
toda la astucia humana
del que afecta oponerse,
para entibiarme el alma.

Afile su agudeza
y primorosas trazas,
que armada con la fe,
hollaré su arrogancia.

Con esto, dueño mío,
no haya más amenazas:
no mates con temores
a quien de amores matas.

Marcela de San Félix, Toledo, 1605-1668

Otra a la soledad de las celdas

 

A daros mil norabuenas
de dicha tan deseada,
vengo, santísimas madres,
con mucho gozo en el alma.

Y este gozo se origina
de ver que ya vuestras ansias
y deseo de retiro
el piadoso dueño paga.

Vuestra santa pretensión
justísimamente alcanza
hoy la alegre posesión
de tan largas esperanzas.

Si yo espíritu tuviera
y elocuencia soberana,
de la amable soledad
dijera las alabanzas,

pero soy muy ignorante
y en el espíritu zafia,
y pudiendo decir tanto,
u diré muy poco u nada.

Como estoy tan exterior
y en muchas cosas turbada,
de aquel Uno necesario
ignoro excelencias tantas.

Alaben la soledad
las almas exprimentadas:
las que en dichosa quietud
a su tierno esposo abrazan.

La estrecha conversación
que tienen con Dios las almas
en la soledad alegre,
las hace humildes y sabias,

porque el Espíritu Santo,
cuando ama mucho a las almas,
las lleva a la soledad
y a los corazones habla.

Y las palabras que dice,
tan substanciales y claras,
son de heroica perfección
y santidad consumada.

En la soledad parecen
estas apariencias, falsas,
que el mundo vende por buenas,
con infinidad de faltas.

En la soledad se quitan
las nubes grandes y opacas,
y el alma, llena de luz,
toda la verdad abraza.

En la soledad se vencen
las pasiones mal domadas,
los sentidos se componen,
los apetitos se matan.

En la soledad se acuerda
de su presto fin el alma
y, confiando en su Dios,
consigue la amada patria.

En la soledad desea
el alma ser despreciada
y que, olvidándola todos,
la dejen en dicha tanta.

En la soledad se advierte
que Dios solo al alma sacia,
y que todo lo crïado
solo aflige y embaraza.

En la soledad se gozan
favores y glorias tantas
que, si no tuviera fe,
por eternas las juzgara.

En fin, todas las virtudes,
todos los dones y gracias,
en la soledad feliz
se comunican al alma.

Entrad, pues, madres gozosas,
fervorosas y animadas,
que el Señor que dio las celdas
también dará lo que falta.

Lo que falta es el adorno,
que en una celda descalza,
no ha de faltar lo curioso
de muy vistosas alhajas:

desnudez, pobreza, olvido
de toda cosa crïada
y un incesable deseo
de ser más pura y más santa;

que la celda material
ha de servir como caja
que guarda la interior celda
donde el esposo descansa.

Que si faltase el espíritu
y la oración en el alma,
más que santa religiosa,
será mujer encerrada.

A todas sus reverencias
comunique Dios su gracia
para que, viviendo solas,
estén bien acompañadas.

Otro, a lo mismo

 

Dios mío, así de ti goce,
que me digas si me quieres,
que aunque veo tus finezas,
quiero ver si he de atreverme.

A tus brazos me llegaste;
allí he visto cómo llueves
favores en tus amantes
por lo mucho que los quieres.

Allí vi de mi esperanza
los logros con que la tienes,
que los que en ti la aseguran
siempre alcanzan lo que quieren.

Si fue verdad, tú lo sabes:
mis desconfianzas temen
porque puede tu contrario
fingir, aunque a mí me pese.

Mas no puedo yo creer
que tus amores consienten
que se engañe quien te busca
y sólo amarte pretende.

Deseo, amante querido,
que muy entendido quede
que el amor con que me abraso
ningún interés pretende.

Ni tus halagos me obligan,
ni tus ternuras me mueven,
ni tus caricias me atraen,
ni tus favores me prenden,

y sólo tu amor desnudo
me obliga, rinde y enciende,
me cautiva y aprisiona,
me regala y entretiene;

y alguna vez presumí
que llegara a enloquecerme,
que mostrara muy buen juicio
quien por ti, Señor, le pierde.

Y aunque yo, querido mío,
algunas veces me queje
de que de mí te retires
y tu presencia me niegues,

no es, mi bien, por pretender
me regales y consueles,
que tu gusto quiero sólo
en lo triste y en lo alegre.

Y todas mis pretensiones,
apetitos y quereres
se reducen a querer
tu voluntad solamente:

Siquiera te me concedas
o siquiera te me niegues
en cuanto a darme tus dones,
que satisfecha me tienes,

como a esposa me regales
o como a esclava desdeñes,
me estimes y me regales,
me abatas y me desprecies.

Tres días ha que te fuiste
a los prados y a las fuentes
dejando las de mis ojos
adonde pudieras verte.

Y todo este dolor
es por temer si sucede
tu ausencia por culpa mía,
que es lo que sentir se debe,

que a pensar que no te daba
causa para tus desdenes,
fueran glorias para mí
por servir sin intereses.

Asegúrame tú, amado,
que te ausentas porque quieres,
que no habrá nadie en el mundo
que oiga que yo me queje.

El pensar que te disgusto
con tal extremo me duele,
que no hay tormento terrible
con que comparar éste.

Tendré por dulce y suave
el tránsito de la muerte,
si le mido con la pena
que me causa el ofenderte.

¿Por qué, Señor, lo permites?
¿Por qué, mi bien, lo consientes
que amando tanto el servirte
ni te sirva ni lo acierte?

Otro, al jardín del convento

 

En estas verdes hojas
que esta fuente riega
con agua de mis ojos,
que suya no la lleva,

contemplo, amado mío,
tu grande providencia,
tu beldad soberana
y tu hermosura inmensa.

También, por el contrario,
conozco mi vileza,
mi imperfección sin par,
mi descuido y tibieza,

pues las hojas y flores,
que crecen tan aprisa,
con sus calladas voces
significan mis menguas,

y siempre que las miro,
parece que me enseñan
que yo sola en el mundo
soy la que nunca medra.

Miro del cinamomo
aquella copia inmensa
de su olorosa flor
que tanto nos deleita;

parece que, a porfía,
su multitud afecta
llevarse de las flores
la palma de belleza.

En las guardadas rosas
a quien espinas cercan,
de tus hermosas llagas
la memoria refrescan.

Los vistosos jazmines
en su candor ostentan
lo lindo de tus manos
y liberal franqueza,

porque, sin aguardar
que los cojan por fuerza,
ellos se dan al suelo
sin hacer resistencia.

Acuérdame tu olor
la fragante mosqueta,
tan noble entre las flores
y tan linda en sí misma.

El clavel estimado
tu sangre representa,
y por esto merece
le traten con decencia.

De tus hermosos labios,
del coral dulce afrenta,
su cárdeno color
me muestran las violetas.

Majestuosa siempre,
la cándida azucena
tu bellísimo cuello
venturosa semeja.

La fecunda retama,
tan rubia como bella,
de tus cabellos de oro
me da memorias tiernas.

Muestra, por abrazar,
la siempre verde hiedra,
a que busque tu unión;
provoca mi tibieza

procurando ascender;
si presumida trepa,
humilde se aprisiona,
que de amante se precia.

Misericordia y paz
este olivo me enseña
que siempre las procure
por costosas que sean.

Las rojas clavellinas
y manutisas bellas,
de mirar tu color
parece que se precian,

pero el bizarro lirio,
con gravedad modesta,
porque a él te comparas,
más ufano campea.

Suave el albahaca,
símbolo de pureza,
su verdor apacible
nuestra esperanza alienta.

Clavelones, adorno
de las últimas fiestas,
enseña que la muerte,
como terrible, es cierta.

Recuerdo de humildad
es la hierba doncella;
aunque vistosa y grave,
no sale de la tierra.

Los amargos ajenjos
me enseñan a que tenga
mortificado el gusto
y el apetito venza.

El robusto alelí,
que el invierno no seca,
me fuerza a que haga rostro
a toda la aspereza.

El funesto ciprés,
aunque árbol de tristeza,
provoca a devoción
y soledad enseña;

y la del nombre dulce,
felicísima hierba
que de santa María
nos acuerda y recrea.

Las ásperas ortigas,
intratables y fieras,
en igualar mi agrado
presumen competencia.

Entre todas las flores
puede la gigantea
pretender, por amante,
que alaben sus finezas:

del sol enamorada,
siempre mirarle intenta
y, por vueltas que da,
de seguirle no cesa.

¡Oh, cómo reprehende
el descuido y tibieza
con que busco, Dios mío,
a tu amable presencia!

Los árboles copados
alegres manifiestan
los sazonados frutos
que el justo te presenta.

Las abundantes parras
alegres manifiestan,
que a tu sangre real,
accidentes le prestan.

Mis años mal gastados
me acuerda a esta higuera,
pues ha crecido tanto
y yo estoy tan pequeña.

Y habiéndonos plantado
en esta santa tierra
casi en un tiempo mismo,
mil ventajas me lleva.

El riguroso invierno,
con su mucha aspereza,
os quita los vestidos
y deja en gran pobreza:

tolerando rigores
y sufriendo inclemencias,
me enseñáis, apacibles,
a que tenga paciencia.

Con suave agasajo,
la alegre primavera
siempre os sirve gustosa
de madre y camarera;

de la Resurrección
parece nos da nuevas
cuando, sin menoscabo,
nos tornen nuestra tierra.

Los árboles y plantas,
las flores y las hierbas
publican tu hermosura
y dicen tu grandeza.

Todas, Señor, me animan,
me enseñan y me fuerzan
a que te sirva y ame,
te alabe y engrandezca.

Otro a un efecto amoroso

 

Esposo de mis ojos,
querido por quien muero,
si de amante te precias,
yo de amante me precio.

¿Para qué son las riñas,
desdenes y desprecios
cuando por tus amores
conoces que me pierdo?

Mas nunca más ganada,
que en tal deshacimiento
cobro en pérdidas tales
más de lo que merezco.

Si no quieres, mi vida,
que te diga requiebros,
yo cerraré los labios
y al corazón apelo.

Es imposible que él
deje de hablarte tierno,
desahogando un poco
lo mucho que padezco.

Si te ofenden mis ansias,
si te cansan afectos,
sana tú las heridas
que con tu aljaba has hecho.

¿Para qué disimulas
con tan hermoso ceño,
si sabes que tú has sido
quien ha encendido el fuego?

Y si celoso estás,
puedes tener por cierto
que, si no es de ti mismo,
no hay de quien tengas celos.

Y si de ti los tienes,
mi bien, yo te confieso
que serán con razón,
que más que a mí te quiero,

que libre está tu amante
de peregrino afecto,
que el fuego que me abrasa
los consumió al momento.

Mas, ay, que ya conozco
lo mucho que te debo,
lo poco que te pago,
y por eso estás serio.

Bien sabes que te he dado
de todo cuanto tengo
entera posesión
como a querido dueño.

Bien sabes que tú fuiste
quien me miró primero,
quien primero me amó
y me rondó al sereno.

Bien pudiera acordarte
los tiernos sentimientos
con que tocaste al alma
y me abrasaste el pecho,

si a fue de enamorado,
con caricias y ruegos,
venciste mi dureza
deshaciendo mi hielo.

¿Por qué haces del esquivo
cuando rendida llego?
Harásme presumir,
Dios mío, que es por eso.

Si quieres que me vaya
y que deje el intento,
mientras más me despides,
mayor firmeza tengo.

Con desdenes, mi amor
recibe más aumento,
y con tu sequedad
se aviva más el fuego.

No hay para qué te escondas
y pongas tierra en medio
de mi bajeza suma
en mi conocimiento,

porque todo parece
sirve para el incendio
en que mi alma yace
de materia y sustento.

No hay trazas para amor,
que en ellas estás diestro,
y mientras más las buscas,
que estás más fino pienso.

Bien sabes que me tienes
sin alma y sin deseos,
que sólo en mí se hallan
de tu amor verdadero.

También de las potencias
y el albedrío entero
te tomaste el dominio
con poderoso imperio.

Y si del corazón
antes eras tan dueño,
ágora me parece
que aun no sé si le tengo,

aunque a veces, Señor,
en sus latidos siento
que vive para ti
y recibe tu aliento.

¡Ay esperanza mía,
si yo cumplidos veo
los deseos de amarte
con infinito exceso!

Y si pudiera yo,
a costa de tormentos,
darte más que gozaras,
muriera de contento,

y todo lo que gozas
con ese ser inmenso,
si lo tuviera yo,
te lo diera al momento:

aunque hubiera de estar
metido en el infierno
por darte a ti la gloria,
fuera para mí cielo.

Y no pienses que son
poéticos conceptos,
que son verdades puras
que con el alma siento,

pero tú nunca acabas
de asegurarte en esto
pensando que ha de ser
tan falso como el dueño.

Pues, mi bien, por tus ojos,
de mi amor dulce cebo,
que puedes ya creer
que ha mucho que no miento.

Bien sabes tú que eres
solo mi amado dueño,
mi amorosa caricia
y mi dulce requiebro.

Tú, que vives más cerca
que yo misma a mi centro,
sabrás que no te engaño
con encarecimientos.

Podrás asegurarte
que no habrá en mí en ningún tiempo
de mi parte ocasiones
que puedan darte celos.

Podrás, amante mío,
sin miedos y recelos,
entrar siempre en la casa
que tienes en mi pecho,

que si la falta adorno,
sola está, por lo menos,
o que lo esté, Señor,
deseo por extremo.

Si hallares dentro a alguien,
digo, mi bien, que quiero
que me quites la vida
como a traidora luego.

Otro al Niño Jesús; comento

 

Las doce son de la noche,
Niño Dios, y no dormís.
Si es amor, ¡ay Dios, qué dicha!
Si son celos, ¡ay de mí!

Bien pueden mis graves culpas
y descuidos presumir
que esos desvelos os causan,
porque como amáis, sentís.

Si a tantas finezas vuestras,
tanto esperar y sufrir,
corresponde mi bajeza
siempre ingrata y siempre vil,

si el nacer en un pesebre,
si el padecer y morir
no han mi dureza ablandado,
no hay más que hacer ni decir.

¡Ay dulce Niño del alma!
¡Y cómo fuera feliz
si supiera agradecer
para acertar a servir!

¡Oh, cómo vivo engañada
si de amaros presumí!
Pues no he dado el primer paso
en aborrecerme a mí.

Vanísimas son las quejas
cuando no las doy de mí,
pues no puedo yo quejarme
sino porque os ofendí.

¡Cuántas veces a mis puertas
esperáis y me pedís
que os abra, que del rocío
todo cubierto venís!

Y yo, villana y grosera,
no lecho florido os di,
antes sorda y descortés,
nunca despierta os abrí.

Bien podéis, Niño del alma,
estar quejoso de mí,
pues pago con ingratitudes
cuanto de vos recibí.

Cuantas palabras os doy
de empezar y proseguir
a serviros más perfecta,
todas son vanas al fin.

Mas ya que con tanta gracia
ya lloráis y ya reís,
ríame yo de esta vida,
y llore el que os ofendí.

Otro romance a una soledad

 

En ti, soledad amada,
hallaba mi compañía,
en ti los días son glorias,
en ti las noches son días.

En ti cogí de mi amor,
con abundancia excesiva,
fértil cosecha del alma,
dulce agosto de mi vida.

En ti gocé de mi esposo
las pretendidas caricias,
los halagos sin estorbos,
los regalos sin medida.

En ti vi de su belleza,
aunque en tiniebla, divina,
con cuánta razón me prende,
con cuánta causa cautiva.

En ti me vi alguna vez
anegada y sumergida
en el mar de dulces aguas
y riquezas infinitas.

En ti, con los imposibles,
satisfice mi codicia,
que, con lo posible, amor
nunca llena sus medidas.

En ti me vi, felizmente,
muy negada y muy vacía
de criaturas y afectos,
y muy lejos de mí misma.

En ti gocé libertad
de tanto precio y estima,
que darlo todo por ella
no será paga cumplida.

En ti celebró mi esposo,
en aquel dichoso día,
en amoroso himeneo,
las bodas de mi alegría

En ti estuve tan gozosa,
contenta y entretenida,
que no podré encarecer
lo menos que en ti sentía.

En ti, con dichas tan grandes,
las horas, noches y días
dulcemente se pasaban,
instantes me parecían.

En ti, ¡qué corto mi sueño
y qué larga mi vigilia,
qué penoso fue el descanso,
qué gustosa la fatiga!

En ti le dije a mi amante
lo tierno que le quería,
lo mucho que me obligaba,
lo poco que le servía.

En ti le solicitaba,
con finezas y caricias,
a que me diese su amor
pues el mío conocía.

En ti pudo conocer
cómo le estaba rendida
mi alma, que está colgada
de su voluntad divina.

En ti le pedí su unión,
con ansias de amor tan vivas,
que no sé si le obligaron;
él lo sabe y él lo diga.

En ti procuré entregarle
tan por suya el alma mía,
los sentidos y potencias,
que él los mande y él los rija.

En ti también le ofrecí
serle fiel y agradecida,
correspondiente a su amor,
y por todo extremo fina.

En fin, en ti le ofrecí
todo cuanto yo tenía,
a todo lo que anhelaba,
todo cuanto apetecía.

En ti le di de mi amor
la posesión tan cumplida,
que ninguno me ha quedado
para nadie en esta vida.

En ti conocí del suyo
la gran fuerza y valentía,
lo ardiente con que me enciende,
lo activo con que me anima.

En ti le vi, liberal,
intentar hacerme rica,
que, derramando sus dones,
pudo saciar mi codicia.

Mas no me doy por contenta,
que mi afecto a más aspira,
y solo el mismo podrá
dar satisfacción cumplida.

Así, Soledad amada,
causa de todas mis dichas,
después que tú me faltaste,
me ha faltado el alegría,

cercóme la confusión,
el afán y las fatigas,
todo me aflige y congoja,
y causa melancolía.

Las criaturas me estorban,
los apetitos me irritan,
los afectos me atormentan
y las pasiones se avivan;

tempestades se levantan,
brama el mar, y la barquilla
grande tormenta padece
de las olas combatida.

¡Ay Soledad deseada
de mi alma, y pretendida!
Cada vez que te experimento,
tengo de ti más estima.

¡Oh si gozara de ti
lo que durara mi vida,
a quien triste muerte llamo
sin tu presencia querida!

¡Quién hablara dignamente,
con lengua humana y tardía,
de tus grandes perfecciones,
agrado y soberanía!

¡Qué de santos engendraste
en ti, con vida divina!
En frágil barro vivieron
innumerables cuadrillas.

La pureza, la oración,
la contemplación divina,
tus hijas son, Soledad,
de ti nacen, tú las crías.

¿Qué virtud no se alimenta
con tus pechos y caricias,
quién deja de estar contento
si te busca y te codicia?

Tú causas los desengaños
y a la verdad solicitas
para que, usando su fuerza,
atropelle a la mentira;

haces del destierro patria,
y sacas con valentía
a las almas que te aman,
de la opresión de sí mismas.

Y por no ofenderte más
con ignorancias tan mías,
no diré en tus alabanzas
lo mucho que se ofrecía.

Marcela de San Félix, Toledo, 1605-1668
Resumen
Marcela de San Félix, Toledo, 1605-1668
Título del artículo
Marcela de San Félix, Toledo, 1605-1668
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Poemas de Marcela de San Félix
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