Soneto

 

¡Salve, titán de la cerúlea frente,
Sobre el materno piélago dormido;
De tu férrea garganta amo el rugido,
Amo la espuma de tu faz hirviente!

A tus arrullos despertó mi mente,
Mi primer llanto resonó en tu oído,
Eduqué con tu indómito alarido
Mi brava condición y ánimo ardiente.

Mas ni el fragor de tus tormentas calma
Esta pasión que vencedora rige
Mi fe, mi corazón y mi albedrío,

Ni darán tus sonrisas paz al alma,
Hasta que en ti sus claros ojos fije
La eterna luz del pensamiento mío.

Soneto

 

Cuando robó Plutón, enamorado,
de los bosques de vívida esmeralda
a Proserpina, que la blanca falda
violas robaba del florido prado,

ardió de gozo en brazos de su amado; 5
lanzadas las flores a su espalda,
lloró perdida la nupcial guirnalda
que en el suelo natal había segado.

Así, el ardiente espíritu del hombre,
que desatar anhela las cadenas 10
que le sujetan, y volar al cielo,

aunque al llegar la muerte no se asombre,
siente, no obstante, punzadoras penas
al perder los placeres de este suelo.

La ilusión de la copa

 

En una rica estancia
adornada con mágica elegancia,
do en candelabros de bruñida plata
rodeados de flores
brilla la luz que, rauda, se dilata, 5
y que en los vasos de cristal, reflejos
formando caprichosos,
se multiplica en límpidos espejos,
y en los pliegues se pierde majestuosos
del rico terciopelo, 10
que en pabellones del color del cielo
desciende al pavimento,
y que al soplo del aura
ondea con pausado movimiento,
pensé que estaba al lado de mi Laura, 15
libando los perfumes celestiales
que despiden sus labios virginales.

Del delicioso néctar jerezano
llena hasta el borde la argentada copa
que me brindaba su graciosa mano; 20
y la encantada tropa
de ligeros cupidos
en mi redor vagando,
y en mi frente sus alas desplegando,
que de placer inflaman los sentidos. 25

Pensé que sobre el seno,
de mil delicias lleno,
de mi adorada Laura reposaba,
y a cada beso que de amor me daba,
y que su labio con mi labio unía, 30
de amor mi corazón se estremecía.

Y del suave hoyuelo
que su barba divina
caprichoso formaba,
con voluptuoso vuelo 35
y gracia peregrina,
vi que hacia mí volaba
un cupidillo hermoso,
que en el seno amoroso
del tierno corazón se aposentaba. 40

Mas, ¡ay!, que cuando ardiente
apuré el vaso del licor bullente,
mi vívida alegría
se trocó en triste llanto,
perdida la ilusión del alma mía. 45

Y ¿qué era? Que en la copa, por encanto,
vi retratado al vivo el pensamiento
que el ánimo formaba,
y al apurar el néctar que encerraba,
se disipó mi dicha en el momento. 50

Volví a llenar la copa,
y volví a ver la fugitiva tropa
de encantados amores,
que en las ondas del vino se mecían
y en mi pecho bullían, 55
y a Laura concediéndome favores.

Volví a apurarla; se perdió el encanto;
volví otra vez al llanto;
la llené vez tercera,
y volvió la ilusión más hechicera. 60
Hasta que, al fin, rendido
del inocente juego que restaura
la amorosa quimera,
en el seno de Laura
pensé, quedarme, y me quedé dormido. 65

¡Amantes desdichados!
Ya sabéis la sencilla medicina,
que en ilusión divina
puede trocar desdenes y cuidados.

En el abanico de la mujer de Pereda

 

Por el perfume de azahar difuso,
El naranjo escondido se revela;
El pebetero con olor profuso,
Denuncia los tesoros que en sí cela;
El alma donde Dios su huella impuso
A otra alma rige y en sus obras vela;
Si en sus obras hay luz, paz y hermosura,
Es porque emanan de otra luz más pura.

En el álbum de la Duquesa de Villahermosa

 

Con larga mano te otorgó, señora,
Virtud, gracia y nobleza el alto cielo;
Es tu casta hermosura rico velo,
Digno del alma regia que atesora.

Tú del místico fuego guardadora,
Del desvalido perenal consuelo,
Pasas haciendo bien por este suelo:
La santa caridad tu techo mora.

Prez y decoro de tu estirpe clara,
Luz de tu esposo, gloria de tus lares
Más que por tiembres cien, por ti soberbios.

El sabio Salomón te comparara
A la amante mujer de los Cantares,
A la fuerte mujer de los Proverbios.

Soneto-dedicatoria

 

A ti, de ingenio y luz raudal hirviente,
De las helenas Gracias compañera,
De mis cantos daré la flor primera:
Gane hermosura al adornar tu frente.

No de otro modo en bosque floreciente
Rudo y sin desbastar el leño espera,
O el mármol encerrado en la cantera,
El sabio impulso de escultor valiente.

Llega el artista, y la materia rinde;
Levántase a forma vencedora
Del mármol que el cincel taja y escinde.

Corra, en la piedra, de la vida el río;
Tú serás el cincel, noble Señora,
Que labre el mármol del ingenio mío.

A…

 

¡Ojalá cada sol que te amanezca
Aún más hermosa y más feliz te mire!
¡Nunca tu frente oprima
El demonio tenaz del pensamiento,
Ni blando rostro, halagadora risa,
Hielen en ti la flor del sentimiento!
No llorarás por ti, serás dichosa;
Mas no a la compasión tu ánimo cierres,
Porque en llorar con el dolor ajeno
Hay alto y melancólico placer.

Nueva primavera

 

Brote del labio lo que el pecho siente;
Rompa su cárcel el interno fuego
Que nutrí con amor por tantos días,
Y devorando hasta el postrer rastrojo
Del seco campo de mi amor perdido,
Inflame el pensamiento
Con nueva luz, de dichas precursora,
Y el mundo del espíritu convierta
En realidad radiante de hermosura.

¡Cuánto tiempo pasó, sin que lograsen
En el centro del alma resonancia
Los himnos del placer y de la vida!
Y en la región de sombras encantadas
Y de flotantes sueños y quimeras,
¡Cuánta niebla veló la alzada cumbre!
¡Qué brava tempestad tronchó las flores!
¡Cómo enturbiaba su caudal el río!

Hoy siento que la vida
Llama a mis puertas en alegre coro;
Hoy reverdece mi esperanza muerta,
Hoy se agolpa en tropel mi hirviente sangre
Por un filtro genial vigorizada;
Hoy tienen para mí caricias nuevas
Las fuentes y las auras y las flores;
Hoy despierta mi espíritu abatido,
Más fuerte tras el duelo y la derrota,
Como retoña secular encina,
Cobrando esfuerzo doble
Del hierro mismo que mutila el tronco.

Dejadme bendecir la mano amiga
Que limó mi asperísima cadena;
Si aire de libertad de nuevo inunda
Mis sedientos pulmones,
Si aún puedo levantar la hundida frente,
Si aún soy señor de mí, dádiva es suya;
Suyo el recio valor que ella me infunde
Con la miel de sus labios persuasivos,
Y con el blando, irresistible freno
De su elocuente y clara inteligencia;
Ella me rescató, por ella aliento;
Dejadme que la rinda
Como triunfal despojo mi albedrío.

Nunca amé de esta suerte; ¿y quién negara
Admiración y amor a su hermosura?
Belleza no de estatua
En su divinidad alta y serena,
Mármol que extingue en castas desnudeces
El más osado impulso del deseo,
Sino belleza irresistible, humana,
Que no impera tan sólo
En las líneas del torso peregrino.
Ni se detiene en la gentil cabeza,
Ni en los anillos de la forma muere;
Halago que traspira
De su voz, de sus ojos, de sus venas,
De las místicas rayas de su mano
Y aun del ambiente mismo en que se mueve.

¡Oh, cuántos años de mi vida diera
Por respirar tan encantado aroma,
Por vivir de esa luz y de ese fuego!
¡Quién confundiera nuestras vidas juntas
Como dos gotas de la misma fuente,
Como dos cuerdas de la misma lira!
¡En su cauce orgulloso
Cuál resonara el pensamiento mío,
Si a acrecentarle con amor bajaran
De su espíritu egregio los raudales!
¡Qué mundos se abrirían
Ante mis ojos en los ojos suyos!
De oro y azul estancias fabulosas,
Nunca soñadas de alarife moro,
Alcázares de gnomos y de silfos,
Escondidos talleres
Donde el martillo de los genios suena,
Trémulos lagos donde hierve el oro,
Y un sol que centuplica sus ardores
Sobre el mezquino sol de nuestra esfera,
E infunde en nueva tierra y nuevos cielos
Una oculta virtud germinativa,
De nueva creación producidora.

Y a la luz de ese sol yo acertaría
A perpetuar tu nombre en mis cantares,
Cual hembra castellana
Nunca ensalzada fue, como aún respiran
Las doctas hijas de la antigua musa,
Como en Tibulo, Némesis y Delia,
Como en Horacio, la gentil Glicera…
¡Ven a alumbrar mis vigilantes horas,
A ser la sal de mi desierta mesa!
Te contaré mil fábulas sagradas
De amores de los hombres y los Dioses,
Cuanto tejió la griega fantasía
En la serena juventud del mundo,
Hasta que al suave y poderoso halago
De tanta juventud y tanta vida,
Sientas hervir tu sangre generosa
Caldeada por la llama del deseo.

A Lidia

 

Almas afines hay; bésalas Jove,
Y las manda a la tierra con el sello
De divina hermandad. Si no se encuentran,
Largo gemido y sempiterno lloro
Es su vida mortal. De vanos sueños
Se enamoran tal vez; el aire abrazan,
Y entre el error y la esperanza viven.
Una forma, una línea o un sonido
Les trae el eco de su dulce hermana,
Sombra falaz que sujetar ansían,
Y que cual humo leve desparece
En la nocturna lobreguez. La idea
Del vago bien, la forma no encarnada,
Místico amor, reminiscencia acaso,
Vive inmortal en la memoria suya,
Y es tormento no más. Al rudo soplo
Muere extinta la llama creadora,
O a sí propia se abrasa. Desfallece
La inspiración; cual Tántalo sediento,
El alma anhela las eternas aguas,
Que huyen del seco labio burladoras,
O quiere, como Sísifo, en la cumbre
Parar la piedra que hasta el fondo rueda.
¡Vano anhelar! la trama de su vida
Nadie logra romper; nadie separa
Los negros hilos de las blancas hebras.

¡Y qué blancas tal vez, si encuentra el alma
Su inmortal, peregrina compañera,
Eco perdido de su voz, reflejo
De su hondo pensamiento enamorado,
Que en ella se depura y enaltece,
Y medra en esplendor y en hermosura,
Y comprende en altísima manera
La cifra de lo hermoso y lo perfecto!
Entonces, a la lucha de la vida
Firme desciende el vigoroso atleta,
Y ni el rumor de populares armas,
Ni la faz del tirano, ni las olas
Del velívolo mar, ni el duro ceño
De la rígida ciencia le intimidan.
Lo que antes era mármol, blanda cera
Bajo sus manos es, y le obedece
Cual dócil sierva la palabra; rinde
La materia a sus pies, domeña el mundo,
Y es rayo en la tribuna y en las lides,
O circunda su frente vencedora
El lauro de las hijas del Permeso.

Bañarse en la corriente de la vida,
La tela trabajar del pensamiento,
Cuando hay un alma que a la nuestra sigue
Y con nosotros el bordado trama,
Hilos de amor mezclando a la madeja;
Arrancar de sus labios tembladores
La frase a medio hacer, envuelta en risa;
Aprender en la lumbre de sus ojos
Lo que nunca en las áridas escuelas,
Altísima de amor filosofía;
Y en su gallardo cuerpo ver cifrados
La luz, el movimiento, la elegancia,
La quintaesencia del arcano ritmo,
Es gozar y es vivir.

¡Oh, cuántas veces
La triste maga de los montes míos,
La de cerúleos, penetrantes ojos,
Me trajo en el arrullo de la brisa,
O en el clamor de mi natal ribera,
Su peregrina voz! ¡Cuántas su forma
Vi dibujarse en el tendido cielo,
O surgir de las ondas inclementes
De nuestro mar, en moribunda tarde!
¿Era la antigua helénica sirena,
Del golfo siciliano desterrada,
Para amansar con dóricos cantares
Al britano argonauta? Yo sentía
Gigante anhelo por asir la Diosa,
Cual a Juno Ixión; mas, como Juno,
Siempre la Diosa en nube se tornaba.
Y un sueño la juzgué, mas no era sueño;
Que en otras playas, en región distante,
Su huella descubrí, y en la alta noche
La vi pasar ceñida de hermosura,
Bajo el sereno azul partenopeo,
O en las bátavas nieblas reclinada.
Ella encantó mis solitarias horas
De escolar vagabundo. Ora la encuentro,
Y no velada en misterioso enigma,
Mas plástica y radiante. Eres aquella
Que yo soñé, dulcísima señora,
Risa perpetua, omnipotente gracia;
Es de Diosa tu andar, mora en tus labios
La grata persuasión, rige tu mente
La Urania Venus con lazada suave
De inmortal secretísima armonía,
Que rica por tus miembros se difunde.
No fue tan grácil la veloz Camila,
Sobre intactas espigas revolando;
Y el lauro del ingenio te otorgara
La misma de Sinesio profesora,
Decoro y flor y luz de Alejandría.

No rondaré sin tregua tus umbrales,
Haciendo resonar en tus oídos
El ya enojoso, por cantado a tantas,
Himno de amor. En el misterio vive
Y del profano vulgo se recata
Este mi oculto deleitoso fuego.
Ayúdale a crecer; nunca los ojos
Que tan alto tesoro ávidos celan,
Sorprenderán mi amor en mi semblante,
Ni juntaré mi voz a la alabanza
Que de ti en torno sin cesar resuena;
Y me verás indiferente, mudo,
Reprimiendo la férvida palabra
Que de mis labios escaparse quiere.
Mas ¡cuántas cosas te diré al oído,
Si quieres escucharme sin enojos!
Escúchame, señora, que es mi alma,
Si tormentosa como el mar bravío
Que de mi cuna los peñascos bate,
Dura y tenaz y firme y resistente
Cual la honda raíz de mis montañas;
Y ni el recio huracán de tus desdenes
Podrá abatir el generoso tronco
De esta pasión que crece y se agiganta,
Firme como el Titán en su caída.
Puede el cierzo doblar el leve mirto,
Y de su pompa y su verdor privarle;
Mas al roble, monarca de las selvas,
Sólo el rayo del cielo le derriba,
Sólo en lid secular le doma el tiempo.

El Oarystis

 

LA DONCELLA Robó un pastor a la prudente Elena.
DAFNIS Yo gocé de otra Elena el dulce beso.
DONCELLA No te jactes, pastor, el beso es vano.
DAFNIS En vanos besos hay dulce deleite.
DONCELLA Tu beso borraré, lavo mi boca.
DAFNIS ¿Tu boca lavas? Besaré de nuevo.
DAFNIS No te envanezcas; que cual sueño leve
Pasa la flor de juventud lozana.
DONCELLA También se estiman las pasadas uvas;
Aún es fragante la marchita rosa.
DAFNIS Ven a la sombra, mis palabras oye.
DONCELLA Son engañosas tus palabras dulces.
DAFNIS Ven a los olmos, tañeré mi flauta.
DONCELLA No me deleitan, como a ti, sus sones.
DAFNIS Virgen, las iras de Afrodita teme.
DONCELLA Si ella me prende, auxiliárame Diana.
Detén la mano, o morderé tus labios.
DAFNIS Nadie de Amor a libertarse alcanza.
DONCELLA Juro por Pan que burlaré sus flechas.
¿Pero aún insistes en ponerme el yugo?
DAFNIS Temo que Amor a otro varón te entregue.
DONCELLA Mil me anhelaron, pero a nadie quise.
DAFNIS Yo sólo vengo a conquistar tus dones.
DONCELLA Grande dolor encerrarán las bodas.
DAFNIS Ningún dolor, mas juegos y alegría.
DONCELLA Siempre al marido temblará la esposa.
DAFNIS Es de la casa y del marido reina.
DONCELLA Del parto temo los dolores graves.
DAFNIS ¿Pues no te ampara la genial Lucina?
DONCELLA ¿Y tras el parto la hermosura queda?
DAFNIS Ella de nuevo nacerá en tus hijos.
DONCELLA ¿Qué me darás en opulenta dote?
DAFNIS Bosques, ganados, abundosos pastos.
DONCELLA No abandonarme, por los Dioses jura.
DAFNIS Por Pan lo juro, seguirete aunque huyas.
DONCELLA ¿Tálamo harás en la paterna casa?
DAFNIS Y establos llenos de balantes greyes.
DONCELLA Mas ¿qué decir a mi amoroso padre?
DAFNIS Mi nombre dile, gustará del yerno.
DONCELLA Dime tu nombre, agradarame acaso.
DAFNIS Dafnis, de Lycas y de Nomis hijo.
DONCELLA Soy bien nacida como tú, boyero.
DAFNIS Menos ilustre, de Menalcas hija.
DONCELLA Muéstrame el bosque y los establos pingües.
DAFNIS Ven do floridos los cipreses se alzan.
DONCELLA Paced, cabrillas, miraré sus campos.
DAFNIS Toros, paced, mientras mis campos mira.
DONCELLA Sátiro, para la atrevida mano.
DAFNIS Quiero coger las ya maduras pomas.
DONCELLA Tiemblo… ¡Por Pan!… Perezco… Desdichada…
DAFNIS Di, ¿por qué tiemblas, de mis ojos lumbre?
DONCELLA La tierra mancha mi ligera veste.
DAFNIS Blando vellón sobre la tierra pongo.
DONCELLA ¿Por qué desatas la virgínea zona?
DAFNIS En sacrificio a la de Chipre Reina.
DONCELLA Oigo rumor… Se acercarán al bosque.
DAFNIS Son los cipreses, que tus bodas cantan.
DONCELLA ¿Cómo mi velo desgarraste, aleve?
DAFNIS Otro más rico te daré mañana.
DONCELLA No cumplirás lo que prometes hora.
DAFNIS ¡Alma te diera y corazón y sangre!
DONCELLA Perdón, Artemis; ¡sucumbió tu ninfa!
DAFNIS A ti una vaca inmolaré, Cipriota.
DONCELLA Doncella vine… Y tornaré a mi casa…
DAFNIS No ya doncella, mas esposa… Y madre.
Así dijeron con susurro leve
Entrambos pastorcillos sus amores,
Y abandonando su furtivo lecho,
Tornó a sus cabras la gentil zagala,
Alegre el corazón, roja la frente;
Dafnis contento se volvió a sus toros.

Sus ojos

 

Cien veces los miré, mas nunca supe
Cuál era su color; fijos los míos
En su lumbre, contentos se anegaban,
Y al parecer veïan;
Pero el alma sedienta penetraba,
A través de las formas veladoras,
En busca del recóndito sentido,
Como busca el teósofo,
Signada en piedras, plantas y metales,
La huella del Señor; letras quebradas
Que anuncian su poder; cifra del nombre
A lengua terrenal siempre vedado.
No sé si azules son, garzos o negros.
Quede a vulgares ojos
El reflejar la luz del mediodía,
De bullidores átomos enjambre,
O la niebla del norte,
De graves pensamientos compañera,
Y de recio sentir inspiradora
Porque en los ojos de la amada mía
No se reflejan las terrenas cosas,
Sino sus arquetipos,
De perfección radiantes y hermosura,
Y aquella luz más alta e increada
De las puras ideas.

Ideal de virtud, de ciencia y gloria,
Sueños alegres de mi mente joven,
Visiones del Cantábrico Oceano,
Roto jirón de niebla,
Que en las tardes de otoño me traías
Mil vagas sombras y flotantes coros,
Por divina manera congregando
Lo que en los libros vi bullir y alzarse,
Lo que difuso en la materia vive,
Y aquella esencia más sutil y pura
Que sobre la materia y sobre el libro
Mi espíritu insaciable adivinaba.

Ella en tus ojos arde,
Ignota al vulgo, pero a mí patente;
Por eso, al contemplarlos,
No vi el color ni percibí la línea,
Y me embriagué de célica hermosura,
Y sentí rumor de alas
Que, en torno a mi cabeza,
El demonio socrático movía.

En otros ojos leo
La historia del amor en cifra breve;
La blanda luz de la pasión que nace,
Y las serenas horas
En que dos almas, sin hablar, se entienden;
La interna llama que potente cruje,
Y arde en las venas y a la lengua asoma;
El hervidor afán, la inquieta mente,
La voz primera que el amor declara,
Alma con alma confundidas luego,
Y al fin la negra sombra
Que envuelve al alma viuda y desolada,
Al espirar de la ruidosa tarde.

Pero en los tuyos, el amor perenne,
Algo que en mí despierta
Mezcla de amor y religioso culto,
Cielo sin nubes, devoción tranquila,
Que a recordar me lleva,
No ya la vida exuberante y varia
Que brota de los pechos inexhaustos
De la madre común Naturaleza,
Perpetua en el mudar de sus amores,
Sino la sacra y mística Teoría
Que forman las ideas
Eternas, inmutables,
Girando en torno a la Verdad Suprema.

Y no sólo la flor de la hermosura
En ti difunde su sagrado aroma;
No sólo me apareces
Una en la esencia, en formas inexhausta;
No sólo se revisten
En ti de gallardísima figura,
De nueva claridad por ti bañadas,
Las hijas de mi indócil fantasía:
Ora la noble dama montañesa
Su palafrén rigiendo,
Para imponer al valle su tributo;
Ora la ninfa griega
Que anima el soto y en la fuente ríe,
O hace correr la savia
Por el tronco gentil a que se enreda,
Del prolífico amor presa y vencida;
Sino que el rayo de tus dulces ojos
Es impulso inicial de mi albedrío,
Germen de soberanas fantasías,
Alto señuelo a mi ambición de fama,
Horno do se caldea
El metal en fusión del pensamiento,
Piedra quilatadora
Donde el sentir y el entender se prueban;
Raudal de frescas aguas
Que dan entendimiento de hermosura.
Quien aplicó su labio a tal corriente,
¿Qué sabor no hallará triste y amargo?
¡Cieguen los ojos que tu rostro vieron,
Si han de mirar de otra mujer los ojos!

Elegía

 

¿Por qué dicen, señora,
Que es el dolor la tierra conquistada
Por el moderno reflexivo numen?
¿No hay lágrimas de ardiente poesía
Hasta en el polvo más menudo y leve
De los sagrados mármoles de Atenas?
Hoy mismo, ¿quién podría
Llenar las soledades de tu alma,
Con voz más empapada de consuelos,
Que la solemne voz medio cristiana,
Présaga del dolor de otras edades,
Con que Menandro repitió en la escena:
«Joven sucumbe el que los Dioses aman?»

Le amaron… Sucumbió… ¡Triste destino,
Nunca cual hoy profundo y lastimero!
No sé qué vaga nube,
De futura tormenta anunciadora,
Cubrió mi frente, al encontrar perdida,
De un escoliasta en las insulsas hojas,
Esa eterna razón de lo que muere
Antes de tiempo y sin sazón cortado.
¿Te acuerdas? Otro día
La vimos centellar con luz siniestra
En el canto purísimo y sombrío
Del amador toscano de la nada,
Que en versos no entendidos
Del vulgo vil, y a espíritus gentiles,
Como el tuyo, señora, reservados,
La secreta hermandad te descubría
Del amor y la muerte.

Acaso tú su altísimo sentido
Con entrañas de madre penetrabas;
Yo acaso me creía,
Con infantil y amarga vanagloria,
Digno de las recónditas caricias
Que halagan al amado de los Dioses
En el tálamo excelso de la muerte;
Abrazos regalados,
Cual no los dio jamás mortal alguna;
Besos que infunden en los labios fríos,
No eterno anhelo, mas el goce eterno
De otra inmortal, fecunda primavera,
Rica de nueva flor y granos de oro.

¡Dichoso aquel que cuando joven muere!
Signo de alta fortuna
Lleva en su noble, inmaculada frente;
El sol de la existencia sin ocaso
Le nutre con su luz irrestañable;
El fango de la tierra
No salpica el laurel de su corona,
Ni el sueño inquietarán de su ceniza
Gárrulas voces de enemigo bando;
Cuando él no viva, su menor despojo,
Su pensamiento apenas germinado,
La impalpable semilla de su idea,
Lo que anheló y vivió, lo que, soñaba,
De lengua en lengua correrán gloriosos,
Materia a ser de admiración y llanto.
Nadie envidia la flor, muchos el fruto.
¡Dichoso aquél que cuando joven muere!
¿Cómo apartar de mi tenaz memoria
La tarde en que le vi por vez postrera?
El velo de la muerte
Que iba envolviendo su gentil semblante;
La fiebre, que sus huesos,
Cual indómito monstruo, contundía;
El rápido corcel del exterminio
Volando por su sangre generosa;
El flaco respirar del pecho herido,
Que ya por otras auras anhelaba,
Y el tibio fulgurar de aquellos ojos
Profundos y serenos,
Que hablarme de otro mundo parecían,
Cual lámpara de mago
Que a lo más hondo del santuario lleva
Y hace patente su riqueza arcana,

¡Tan joven, y tan dulce, y tan discreto!
Quizá tú soñarías
Con verle domeñar en la carrera
Del potro ibero la indomada espalda,
O en ruda caza fatigar los montes
O en el ardua palestra
Mover con arte el ya robusto brazo,
Al sudor noble de las armas hecho;
O ya en más alta empresa,
Rendir con tierno y laborioso halago,
De la Memoria a las esquivas hijas,
Siguiendo fiel el rastro luminoso,
Que en torno de él trazaban
Las cariñosas familiares sombras
Del moro vengador de su linaje
Y el penitente Edipo castellano.

Y quizá soñarías
Aplausos, y victorias, y loores,
Y el tronco de su estirpe,
Por él con nuevas y pujantes ramas
De perenne verdor engalanado…
¡Alégrate, señora,
Que aún fue mejor su venturosa suerte!
Intacto lleva a Dios su pensamiento;
No deja tras de sí recuerdo impuro,
Y ni la envidia misma
Puede clavar en él la torpe lengua.
Blanco de ciega saña
Nunca se vio, ni de traición aleve,
Ni, rota el ara del amor primero,
Halló trivial lo que juzgó divino…
Acá le llorarán; allá en el cielo
Árbol será firmísimo y lozano
Lo que era germen en la ingrata tierra.
Yo le envidio más bien. ¡Qué hermosa muerte!
¡Qué serena agonía,
Cual sintiendo posarse
Los labios del arcángel en sus labios!
¡Morir no en celda estrecha aprisionado,
Sino a la luz del sol del mediodía,
Y sobre el mar, que ronco festejaba
El vuelo triunfador del alma regia
Subiendo libre al inmortal seguro!
¡Morir entre los besos de su madre,
En paz con Dios y en paz con los humanos,
Mientras tronaba desde rota nube
La bendición de Dios sobre los mares!

La galerna del sábado de gloria

 

Puso Dios en mis cántabras montañas
Auras de libertad, tocas de nieve,
Y la vena del hierro en sus entrañas.
Tejió del roble de la adusta sierra
Y no del frágil mirto su corona;
Que ni falerna vid ni ático olivo,
Ni siciliana mies ornan sus campos,
Ni allí rebosan las colmadas trojes,
Ni rueda el mosto en el lagar hirviente;
Pero hay bosques repuestos y sombríos,
Misterioso rumor de ondas y vientos,
Tajadas hoces, y tendidos valles
Más que el heleno Tempe deleitosos,
Y, cual baño de Náyades, la arena
Que besa nuestro mar; y sus mugidos,
Como de fiera en coso perseguida,
Arrullos son a la gentil serrana,
Amor de Roma, y espantable al vasco,
Pobre y altiva, y como pobre hermosa.

No es el risueño Egeo que circundan
Cual ceñidor las Cícladas marmóreas;
Ni el golfo que con dórica armonía
De Nápoles arrulla a la Sirena
Cabe la sacra tumba de Virgilio;
Ni el vago azul de la marina Jonia;
Sino el Ponto que azota a Caledonia,
Y roto entre las Hébridas resuena,
Titán cerúleo que a la yerta gente
Hace temblar en la postrera Tule,
Y cabalga entre nieblas y borrascas
Sobre el inmenso Leviatán, que nutre
Con pestífero aceite la candela
Del céltico arponero. Ni cien carros
De guerra hicieran tan horrible estruendo
En torno de Ilión, como esas olas
Cuando las perlas de Cantabria hieren.

Hoy se vuelven a alzar firmes y rudas,
En son de guerra y vencedor amago,
A renovar el memorable estrago
Que en la Pasión de su Hacedor movieron;
Por eso es hoy más íntima y solemne
La voz de las tormentas boreales,
Mayor su indignación, cuando arrostrarlas
Osa el nauchero de piedad desnudo.
¡Ay! no verá la luz del patrio faro
Sobre el amigo cerro de la costa,
Cual mirada de Dios sobre sus hijos,
Ni su velera y triunfadora nave,
Al arribar, coronará de flores.

¡Piedad, Señor! Sienta tus iras sólo
Rota y hundida la soberbia quilla,
Que oro y baldón conduce a estas arenas,
O el ferrado vapor, en cuyas venas
Corre savia de fuego. Allí la sangre
De nuestra raza va; sobre estos montes
Tendió la emigración sus negras alas;
Llora la esposa en el helado lecho,
Cabe el extinto hogar llora la madre,
El campo desfallece sin cultura,
Y en tórrida región nuestros mancebos
Siega la muerte: ¡que más bien perezcan
Ante las rocas del amado puerto,
Acariciados por maternas olas,
Do lleve el viento el son de las campanas
De la torre natal, a sus oídos!

Pero salva, Señor, el frágil leño
Del pescador que fatigado encuentra
Al fin de su pescar, la red vacía.
Es hijo de aquel pueblo que en tardía
Cadena domeñó la ingente Roma;
Del que a Cannas Aníbal conducía,
De las madres itálicas espanto,
Terror de los vacecos y autrigones;
Del que en la cruz de su triunfal suplicio
El bárbaro cantar de la victoria
De Agripa ante las haces entonaba.
¡Oh, sálvalos, Señor! En ellos corre
Sangre de Bonifaz el de Sevilla,
Del fiero vencedor de la Rochela,
Del que trazó primero en breve carta
La soledad de los indianos mares,
Y en sus bosques logró gigante tumba,
Al impulso de arpón enherbolado.
¡Contémplalos luchar!… ¡Vana esperanza!
Que ni el llanto de madres y de esposas
Las iras quebrará del Oceano,
Ni del hado la ley adamantina…
Mas salvados serán, porque las nieblas
Del mundo material y las del alma
Sólo la tempestad rompe y ahuyenta,
Y es su rojiza luz benigno rayo
De un sol que animará perennes flores.

¡Salvados, sí! Desde el salobre risco
De San Pedro del Mar, un sacerdote
Les dio la bendición. Nada más grande
Ojos humanos contemplar pudieron,
Cual lo que vio la moribunda gente,
Al descender el celestial rocío
Del divino perdón sobre su frente;
Abrirse el cielo, serenarse el mundo,
Entre Dios y la mar la Cruz alzada,
Y descender con palmas y coronas
Las sombras de sus mártires patronos,
Las de los dos celtíberos guerreros.
¡Muerte feliz, entre la paz del cielo
Y el beso de los mares! Cuando vengan
A acariciar la conocida playa,
De barca y pescador traerán los restos
En el cendal de su tejida espuma.

Otro celebre en canto que no muera
La guerra y la ambición, peste del mundo,
Y a la fuerza brutal erija altares.
Yo diré que mis cántabros se hundieron
Con los despojos de su fiel trainera,
Como cae el guerrero en la batalla
Asido al asta de su enseña rota.
¡Y aún es más noble y santa que en el campo,
En el taller la sangre derramada
A impulsos del martillo y de la rueda,
O en el cóncavo seno de los montes,
Al trueno de la pólvora deshechos,
Por donde agita sus humeantes crines
El moderno Tifón, o en los escollos
Do cela el mar sus perlas y corales!
¡Perenne lid con la materia inerte,
Dura labor, pero victoria cierta!
Otro estadio, otra arena, otra cuadriga
Piden en nueva edad cantares nuevos.
¡Dadme el lauro de Olimpia y de Nemea,
Y la frente del mártir del trabajo
Ciña la palma de Elis triunfadora,
Como al atleta coronar solía!

Oye, noble ciudad, luz de Cantabria:
Basta a cubrir las llagas de tu pueblo
Un trozo de tu regia vestidura;
Rásgale, pues, y en tu esplendor no olvides
Que esos del nauta sórdidos harapos,
De su viejo tugurio suspendidos
Y por el vendaval y por los soles
Y por el golpe de las olas rotos,
Te hicieron grande, poderosa y rica.

 

 

Santander, 30 de abril de 1878

Diffugere nives

 

¡Ved!… Ya la vida universal fermenta
En el regazo de la inmensa madre,
Que rota la amplia túnica de hielo
Su seno entrega sin cesar fecundo
A los besos de lluvia engendradora,
O a las caricias de amoroso viento.
La eterna desposada
Cede al blando alentar que hincha y entreabre
Los poros mil de su robusta entraña,
Y hombres, plantas y brutos,
Y hasta el metal, y hasta la piedra, sienten
Su vida duplicarse
Con el olear de la existencia nueva;
Y del halago de su madre ansiosos,
Van a beber del néctar de sus pechos
La irrestañable vena.

Hermosa la mañana,
Rica de luz y de oriental aroma,
Imprime sobre mármoles y muros
Las huellas de su beso luminoso,
Y aun parece que alegra y regocija
De mi estrecho tugurio los rincones,
Donde alzan la cabeza,
Como anhelando resurgir a vida,
En mudos libros los ingenios muertos

¡Alegre día! ¡Primavera hermosa,
Clima sereno y dulce,
Como el clima de Atenas
En el tiempo feliz de los Misterios!
¿Por qué entre tanta pródiga alegría
Que en la inerte vejez renueva el jugo
De la primera edad, que hasta en la tumba
Hace saltar los conmovidos huesos,
Sólo estoy mudo yo, y áspero, y triste?
¿Por qué no vuelven las vitales auras
A refrescar mi aridecida frente?

Cuando los años mi cabeza opriman,
Jamás podré apartar de la memoria
Aquellas horas de misterio llenas,
En que el alma se abría
Del primer sol al fecundante rayo,
Y por nuevas regiones
En rápida visión peregrinaba;
Mirando en otros ojos
Adivinada su fugaz ventura,
Más alto el pensamiento,
La voluntad más firme y poderosa,
Y aquel instinto vencedor que guía
A las grandes y estériles empresas.

Si sangrientas dejé mis vestiduras
En las ásperas zarzas del camino;
Si labré por mis manos la cadena
Cuyos férreos abrazos
Aún en las marcas de mi cuello duran;
Si me arrojé a luchar contra las olas
De la inconstancia femenil, más bravas
Que las del mar entumecido y bronco;
Si quise detener en su carrera
Los átomos del aire bullidores,
El carro irreparable de las Horas,
O el pensamiento suyo movedizo
Aún más que el viento y que la errátil nube,
Fue loca y temeraria mi osadía;
Mas generosa fue; y hoy que en la arena,
Cual gladiador rendido,
Lanzo el escudo por mil partes roto,
Aún la recuerdo y la bendigo y creo
Que vivirá como perenne aroma
Su espíritu en el mío;
Aunque me enseñe la mundana ciencia
Dónde la hierba de olvidar se cría.

El pájaro de Aglaya

 

¿Leíste alguna vez allá en el Tasso
La suave historia del jardín de Armida?
¿Del pájaro te acuerdas prodigioso
De varias plumas y de rojo pico,
Que con humana voz allí cantaba
La vida del amor y de las rosas,
Las rosas codiciadas
De mil amantes y de mil doncellas,
Para adornar con ellas
La tersa frente o el mullido seno?

¿Recuerdas cómo el pájaro encantado
Después con sabia lengua refería
Cuál pasa y se marchita la lozana
única flor que en la existencia crece,
Y que apenas florece
Cuando quema sus hojas el estío?
¿Recuerdas el dulcísimo consejo
Con que acabó sus pláticas el ave?
«Coged la rosa mientras dure el Mayo;
Agotad el perfume de la vida
Mientras hierve en el fondo de su copa
La regia prez del oloroso vino;
Recorred triunfadores el camino,
Como en antiguas fiestas los mancebos,
Corriendo en el estadio, se arrancaban
Las sagradas antorchas de las manos.»

Yo pienso, mi señora,
Que el ave aquella, cuya estirpe ignoro,
Alta filosofía
Aprendió de otros pájaros doctores,
Y aun de otras alimañas más obscuras,
En Oriente y en Roma y en Atenas.
¿Quién me diera entender su algarabía
Y declararte su sentido arcano?
Dicen que Salomón le comprendía.

Sólo sé que esa voz, detenedora
Del mísero Reinaldo en la espesura
Bajo el poder de la celosa maga,
Era la voz de tórtola judía
Que gime en el Cantar de los cantares;
La voz de anacreóntica paloma
Donde hasta el himno se transforma en beso;
Del persa ruiseñor la melodía
Que de Jafiz en el Diván resuena,
Y hasta el chirrido alegre y discordante
Con que alivia al cansado caminante
La cigarra del Ática en estío.

Es ley de amor que se revela al mundo,
Y si ese amor invade
Alma gentil de sus misterios digna,
Espárcese en la vida un penetrante
Lánguido aroma de azahar oculto,
Y acuden en tropel los ruiseñores,
Cantando sus amores,
A anidar en el alma enamorada
Y a celebrar sus inmortales bodas.

Y hoy anidan en mí; pero uno solo
Rompió su cárcel por buscar tu seno,
Y no encontró calor y abatió el ala,
Y encadenado gime
Bajo el imperio de tu blanca mano
Entre las redes de artificio sabio.
Él te podrá contar en la alta noche
Lo que nunca decir osó mi labio;
Que él sabe mis ocultos pensamientos
Y es docto, como el pájaro de Armida.

A Aglaya

 

¿Quién pudiera atajar, dulce señora,
El raudal inexhausto de la vida?
¿Quién, en las horas de ventura arcana,
Decir al corazón: «Aquí reposa,
La tienda levantemos;
Bastan sus lienzos a albergar dos almas»?
No es la vida el fragor de la pelea,
Ni el ciego impulso de ambición insomne
Que lucra maldición en los aplausos,
Sino la antigua idealidad serena,
Amplia fruición de sí, propio dominio,
Que no se asienta en la movible base
De favor popular o regio amparo;
Ni al hilo de la gente,
Sierva camina de opinión tirana.
Corren sus días cual intacta linfa
Que murmurando por la selva fluye;
La pompa de los cielos,
El vario ornato de perpetua boda
Con que Naturaleza se engalana,
En él encuentran cristalino espejo,
Que ni las sombras de la duda empañan,
Ni el desaliento hiela;
Señor de sí se eleva el pensamiento,
Y congregando aromas y esplendores,
Rico de propio jugo,
Y rico de la savia poderosa
Con que le nutre la opulenta vida,
Desata sus corceles
A conquistar el mundo de la idea.
¡Feliz si logra la templanza activa,
El reposo fecundo,
Del arte y la razón ansiada meta!

¡Mísero quien le pierde! Y no te asombre
Verme llegar, señora, a tus umbrales,
Cual náufrago lanzado
Por brava tempestad a nueva orilla,
¿Quién sabe si benigna o procelosa?
Mas no será aquel mar de escollos rico,
De fabulosos monstruos y tormentas,
Que desligó las tablas de mi nave,
Que mi brazo cansó, gastó mi fibra,
Y hoy me arroja a tus pies, roto y maltrecho.

Encadenome un día
Lazo falaz de pérfida hermosura;
Ya ni un rescoldo queda
Que las cenizas de su pecho avive,
Mas no la ingratitud manche mi labio;
Y aunque cien veces martilló risueña
Mi espíritu en el yunque de la vida,
¿Cómo olvidar que fueron
Sus palabras de amor las que sonaron
Por la primera vez en mis oídos?
Cifré en su pensamiento
Cuanto de luz, de gala y esplendores
El pensamiento crea,
Yo la enDiosé para adorarla luego,
El yerto mármol transformando en numen.
Era la estatua de Memnón, que sólo
Lanzaba sus recónditos sonidos
Cuando la luz de mi pasión la hería;
Por ella ambicioné triunfos y palmas,
Atar a mi cuadriga la fortuna,
Hacer sonar mi nombre entre la ciega
Versátil muchedumbre,
Saciar mi sed en las eternas fuentes
Del bien y la belleza,
Y con viril acento,
Descubrir la verdad a los mortales,
Para que el eco del aplauso diera
Recóndita fruición y arrullo grato
A mis tiernos amores,
Y en la santa labor ella gozase
De abrir un alma nueva
A los rayos del arte y de la vida.

Todo pasó; no volverán mis quejas
A interrumpir la calma
En que su muerto corazón reposa;
Ella al estruendo volverá del mundo,
Que sembrará de flores su camino,
Hasta que al peso de los años ceda,
Y se halle sola, desamada y triste,
Y se acuerde de mí; yo, que entre tanto,
Rotas las alas, perdereme oscuro
Entre la inútil, perezosa turba
Que despreciaba ayer; y eso que siento
Hervir el alma en entusiasmo santo,
Y algo que no es mortal rueda en mi mente.

¿Será verdad, señora, que en el alma
Una vez y no más brotan las flores?
¿Nada dirán a mi pasión dormida
La rubia mies, diadema de tu frente,
La casta luz de tus profundos ojos?
¿Podré escucharte impávido y sereno,
Sí para ti enlazados
Bondad nativa y peregrino ingenio,
Cual hadas mecedoras de tu cuna,
Benévolas pusieron
En tus labios de púrpura el tesoro
Que en torrentes de gracia se derrama?
¡Si a veces imagino
Que aún vuelve a mí la antigua primavera,
Que auras del cielo infunden
Nuevo y pujante retoñar de vida
Al talado vergel de mi esperanza,
Y que del alma en el arcano centro,
Por bosques frondosísimos de ideas,
Torna a mover sus perezosas aguas
La fuente del amor y la armonía!

¿Y no te han dicho alguna vez mis ojos
Que a compasión te muevas?
Por ti capaz me siento
Aun de domar mi condición bravía;
No será mi pasión ciega y fogosa,
Como avenida torrencial deshecha,
Cual fue el hervor de los pasados días,
Mas limpia fuente o cristalino arroyo
Que copie tu querer como un espejo
Y se dilate mansa por la vida.
Una palabra tuya
Freno será a mis ojos y a mi lengua;
Huiré de ti cual despreciado siervo,
Por contemplarte a solas sin enojos;
La lengua maldiciente
Jamás al tuyo enlazará mi nombre,
O dirá que las ruedas de tu carro
Pasaron sobre mí, sin que fijaras
En mí la vista, ni escuchases ruego.

¡Vano soñar!… Que pasen en buen hora;
Yo quisiera tener, para ofrecerte,
íntegra el alma, virgen el tesoro
Que arrojé al turbio mar de mi destino.
¡Tanto perdido afán, que en ti lograra
Más alto fin y generoso empleo!
Y entonces… A tus plantas te pidiera
Que marcases mi frente con el clavo
De servidumbre eterna… Mas no es digna
De ti, señora, la mezquina ofrenda
De un corazón que otro recuerdo mancha;
Y aunque de nuevo ruja
Y eleve en mí su indómita cabeza
La ronca tempestad que va conmigo,
Yo te amaré, pero en silencio siempre,
Y tu imagen vendrá consoladora
A posarse en mi umbral, ora desierto.

Himno a Dionysos

 

¡Salve, alegre, genial Primavera,
Que esperanzas derramas doquiera
Y coronas los prados en flor!

Ved cuál bulle y fermenta la vida,
Y al deleite natura convida
Con su oculta, tiránica voz.

Ya resuena la mística orgía,
Que otro tiempo las cumbres hería
Del heleno, feraz Citerón.

La Bacante su peplo desciñe
Que dos veces en púrpura tiñe
La fenicia opulenta Sidón.

Tibia noche sus sombras extiende,
A la cumbre la virgen asciende,
Y ya el báquico tirso empuñó.

Cubre piel de pantera su espalda,
Y el ardor de sus venas rescalda
La resina que el pino sudó.

Aquel Dios que domaba a Penteo
Y a Licurgo, sacrílego reo,
En su pecho domina feroz.

¡Ay de aquél que perturbe la fiesta,
O penetre con planta inhonesta
El recinto sagrado del Dios!

Él entrega los miembros humanos
De la Ménade loca a las manos,
Cuando hierve el sagrado furor.

Escuchad esos trinos suaves;
Es el ave que cuenta a las aves
Los sagrados misterios de amor.

Y la fuente los dice a la fuente,
Y la linfa fugaz del torrente
Precipita su manso rumor.

Con su trémula luz las estrellas
Por el cielo persiguen las huellas
Del triunfante y fugaz Hyperión.

En su hoguera otros soles se inflaman,
Y a otros mundos su lumbre derraman
En abrazo insaciable de amor.

¡Eros, salve! En los cielos imperas,
Obligando a rodar las esferas
En eterno y armónico son.

Coronemos de rosas la frente,
Que mañana la aurora riente
Deshojadas verá y sin olor.

En las copas el vino de Samos,
Y el escolio inmortal repitamos
Que las fiestas de Jonia alegró.

A Sofía

 

Como si en la pradera
silvestres flores bellas
eligiese, y con ellas
la guirnalda te hiciera
que tu frente ciñera. 5

O formase un donoso
ramillete variado,
que, aunque de olor privado,
lo pondría oloroso
tu aliento perfumado. 10

Prestando dulcemente,
a la rosa riente
por no causar agravios,
la nieve de tu frente,
y el carmín de tus labios. 15

Así ofrecerte quiero,
Sofía, las primicias
de mi musa, y espero
que les des en albricias
mérito verdadero. 20

Cosa fácil, pues sabes
que en siendo de tu agrado,
aunque las gentes graves
digan que soy negado,
no se me da cuidado. 25

Como un ramo de flores
mi pecho las envía;
dales tú, vida mía,
de tu rostro colores,
de tu boca ambrosía. 30

Que así como la viola
que en tu pecho se ufana
crece escondida y sola;
y ora se ostenta vana
contigo más galana. 35

Así a mis versos luego
que les prestes te ruego
miel de tus labios rojos,
de tu espíritu el fuego
el brillo de tus ojos. 40

Entonces, adornados
con dotes tan preciados,
se ostentarán donosos;
y más armoniosos
por tu labio cantados. 45

 

Granada, 1483

La Virgen misteriosa

 

En un ameno prado,
de flores esmaltado,
do dulcido resuena
de alegre cantilena
el eco enamorado; 5
do la blanca azucena
sobre la verde falda
de fúlgida esmeralda
del pensil aromoso
osténtase gala, 10
del néctar delicioso
con que el alba se ufana
henchido el crespo seno.
En este valle ameno,
do en límpidos cristales 15
desliza sus raudales
el arroyo sonoro;
formando blando coro
de mágica armonía
el céfiro a porfía 20
y el ruiseñor canoro.

En este valle umbroso
de plácidas riberas
de albergue misterioso,
todas las primaveras 25
una virgen hermosa,
púdica y candorosa,
de albo cendal flotante,
cubierto el seno amante,
fugaz aparecía; 30
mas rápida volaba,
y si alguien la seguía,
al punto la perdía
y nunca la encontraba.
Pero cuando llegaba, 35
de tierno placer llenos
los juveniles senos
con plácidas delicias
buscaban sus caricias,
y de sus blancas manos 40
recibían ufanos
mil frutas deliciosas,
mil flores olorosas,
bajo otro sol ardiente
más puro y más luciente, 45
de otro dichoso mundo
bellísimas nacidas;
sin duda bendecidas
de un hálito fecundo.

Quién fuera esta doncella 50
mil veces he pensado;
y el tiempo se ha pasado
pensando siempre en ella.

Sin duda que sentía
el puro sentimiento 55
de nuestra edad primera;
pues al prado venía
derramando contento
su beldad hechicera;
y luego que marchaba, 60
si alguno la seguía,
al punto la perdía
y nunca la encontraba.

La ninfa de las aguas

 

Por la amena pradera
de la cercana aldea, distraído,
con la faz placentera,
puesto el mundo en olvido,
iba yo dulcemente embebecido; 5

prestando oído atento
al que la flor acariciaba al paso
enamorado viento,
o ya entonando acaso
los versos de Virgilio y Garcilaso. 10

La refulgente aurora
vertía puros rayos de su frente,
y la alondra canora
cantaba dulcemente
a la encantada margen de una fuente. 15

Del bullicio lejano
en mi suave soledad vivía,
y en vergel lozano
coronas me ceñía
que de violas pálidas tejía, 20

cuando sentí a mi lado
un suave airecillo lisonjero
de flores perfumado,
y el manantial lucero
brilló con nueva luz más hechicero. 25

La fuente cristalina
por las praderas se esparció serena;
lució una luz divina,
ardió amor en mis venas
y vertió el aura blancas azucenas. 30

Entonces vi una bella
Virgen que me tendía una mirada;
amable cual la estrella
que alegra el alborada,
y en un cendal blanquísimo velada. 35

Más aérea y esbelta
que el virginal pimpollo de la rosa,
en su talle más suelta,
gallarda y majestuosa,
que la hija de Píndaro famosa. 40

Esparcido el cabello
en aromadas trenzas por la espalda;
desnudo el blanco cuello,
flotante la ancha falda,
y en la púdica frente una guirnalda. 45

Al ver tan hechicera beldad,
mi corazón latió de amores;
y una flecha certera
que me dio mil dolores,
me disparó el Amor entre las flores. 50

Entonces la hermosura
tendió hacia mí su delicada mano;
y, bañado en la pura
luz de su soberano
rostro, olvideme del dolor tirano. 55

Y me llevó consigo
al través de los valles olorosos,
y mi tierno enemigo,
con vuelos caprichosos,
se posaba en sus brazos amorosos. 60

Y al llegar a una selva
de corpulentos árboles poblada,
de fresca madreselva
y arrayán tapizada,
y de un río limpísimo regada; 65

sonando la belleza
un blando silbo de marfil y oro,
salió de la aspereza
de ninfas mil un coro
danzando al son del crótalo sonoro. 70

Con ellas nos mezclamos
en danzas bellas a la par cantando;
y mientras que cantamos,
el caramillo blando
iban cuatro zagales modulando. 75

Y yo siempre seguía
a la beldad a quien mi pecho adora;
mi brazo la ceñía,
y ella, más seductora,
me echaba una mirada triunfadora. 80

Mas, ¡ay!, que en él instante
se arroja la beldad al ancho río;
y un vórtice sonante,
con su furor impío,
en las ondas sumerge al dueño mío. 85

Yo me arrojo tras ella
de dolor con amores angustiado,
cual rápida centella
allí precipitado,
creíme en el abismo sepultado. 90

Mas súbito que miro
en un rico palacio, y oigo amante
un ardiente suspiro,
me vuelvo en el instante,
y veo a mi hermosa de placer radiante. 95

«Soy la ninfa que habita,
me dijo, en este albergue sosegado;
por ti, Delio, palpita
mi pecho enamorado;
ven y recibe el premio deseado.» 100

Recosteme en su seno,
que vertió olor cual de doradas pomas;
el aire quedó lleno
de fragantes aromas,
y arrullaron las cándidas palomas. 105

Y allí quedé dormido
de un enjambre de amores rodeado,
y, al despertar, perdido
miré mi dueño amado,
que era un sueño no más cuanto he contado. 110

 

Granada, abril de 1843

La nueva flor de Gnido

 

¿Por qué, Dalmiro, dejas
del ejercicio bélico el estruendo
y del mundo te alejas,
aquel fatal veneno
de los besos de Elisa recibiendo 5
que aún emponzoña mi angustiado seno?

Con el áspero freno,
del audaz caballo generoso
venciendo la indomable bizarría,
no ya la gallardía 10
de tu cuerpo gentil luces airoso.
Ni la copa en la mano,
do brilla como el sol en el Oriente,
tu mirada fulgente,
con el vapor del vino jerezano, 15
te place el entonar dulces canciones
a los acordes sones
del laúd y sonoro palmoteo
inspirado del néctar de Lieo,
que en la concha de Venus amarrado 20
estás por esa nueva flor de Gnido,
de rosas y de mirto coronado,
sobre el lecho de púrpura tendido.

De tu Elisa el cabello
esparcido en desorden sobre el cuello 25
y la divina espalda,
y en desorden también la rica falda
de blanco lino o de crujiente seda,
mientras que de la frente
la corona riente 30
se desprende de perlas y se rueda.

No te engrías, Dalmiro,
de estar entre sus brazos celestiales;
que te verás al fin como me miro,
y al fin tendrás que lamentar tus males. 35

Viste tal vez la mariposa ufana
que en el vario pensil de bellas flores
va aspirando la esencia y los olores
cuando vierte su lumbre la mañana;
y de una en otra vuela 40
ostentando sus galas
mientras que e l sol en sus pintadas alas
los vivos rayos de su luz riela;
no de otra suerte la beldad donosa,
cuando se canse de tu amor sincero, 45
del pensil de Cupido mariposa
te olvidará cual me olvidó primero.
Entonces, del amor escarmentado,
así como colgaba
del templo sacrosanto de Neptuno 50
su ropaje mojado,
aquel que de las ondas se salvaba,
si es que la hermosa te ha dejado alguno
con que hacer puedas una ofrenda dina,
colócalo en el templo de Chiprina, 55
que del naufragio cierto
del amoroso mar te sacó a puerto.

Marcelino Menéndez Pelayo, Santander, 1856-1912

​Carta a mis amigos de Santander

 

¡Al fin llegaron… Desde el turbio Sena
Que la varia y gentil ciudad divide,
Metrópoli lodosa de Juliano,
Hasta los montes de Cantabria invicta,
Último escollo del poder latino!
¡Qué dicha, qué placer, cuánto tesoro!
¡Gracias, amigos! Ya mi estante oprimen
Volúmenes sin cuento; ¡qué delicia
Es recorrer sus animadas hojas!
¡Cómo a la mente atónita resurgen
Los inmortales de la edad helena!
¡Cómo habla la belleza en esos libros,
Llenando de deleites y memorias
El alma henchida de estupor sagrado!

Si el pagano escultor sintió animarse
La piedra que él en Diosa transformara,
Y la sangre serpear entre las vetas
Del pario mármol, y espirar los ojos
Lumbre de vida, y rítmica palabra
De sus labios salir, y el pecho alzado
En onda de suspiros agitarse,
Y los brazos tenderle -¡insigne premio
Al vencedor artífice de Atenas!-
Tal siento palpitar eterna vida
Entre las muertas hojas de esos libros,
Del tiempo y la barbarie vencedores,
Que hora vuestra amistad pone en mi mano.

Ved… Homero está aquí… Bélico estruendo
Del Escamandro en las riberas suena;
Teucros y Dánaos, cual espesas moscas
En torno de la leche, la llanura
Invaden con sus carros; allí Aquiles,
El de los pies ligeros, raudo vuela,
Agitando fatídicos corceles.
Las troyanas esposas desde el muro
Con horror le contemplan; solo Héctor
Combatirá por el Ilión sagrado;
Miradle traspasar la puerta Scea;
Andrómaca, bañada en risa y lloro,
En brazos lleva al pequeñuelo infante,
A quien asusta el yelmo empenachado
De su padre feroz. ¡Ved cómo arroja
Fuego voraz a las aquivas naves!
¡Ved cómo estrecha el suplicante Príamo
Del ya piadoso Aquiles las rodillas,
Y cómo lleva a sus ancianos labios
La mano matadora de sus hijos!

¡Pues qué, si de la plácida Odisea
Vago feliz por los amenos bosques!…
Allí portentos de la docta Maga,
El Cíclope sin luz, y los vergeles
De Alcino, y de la gruta de Calipso
El umbroso frescor; allí la lucha
Del mañoso Itacense con los vanos
De la casta Penélope amadores,
Que en balde el arco manejar querían,
Por la diestra fortísima doblado
Del hijo de Laertes. ¡Y qué escenas
De hospitalaria paz bajo los techos
Del viejo Néstor y del rey de Esparta!
¡Qué Elena tan gentil, ya redimida!
¡Salve, padre inmortal, eterna fuente
De cuanto bello el arte ha concebido!
De tu sol un reflejo centellea
Del jonio mar en las risueñas ondas
El mármol del Pentélico ilumina,
Resplandece en el ágora de Atenas,
Y el Cronios rey de tu cantar augusto
A Fidias sirve de ejemplar sereno
Para labrar la olímpica cabeza.

¿Y quién agotará su cauce al río?
¿Quién podrá enumerar los que se alzaron
Líricos vates, del sagrado suelo
Bañado por las ondas de armonía,
Que de la voz de Homero se desatan
Para fecundizar los campos griegos?
Apagadas cenizas sólo quedan
De la llama de Safo, ora a Afrodita
Quiera ablandar con métricos halagos
Porque a sus brazos al infiel conduzca,
O ya en ardiente, voladora estrofa,
El fuego exhale que en sus venas corre,
Cuando contempla a aquel mortal dichoso,
A los eternos Dioses semejante,
Que mira frente a sí reír su amada,
Y dulcemente hablar. ¡Y cómo vuela
La oda triunfal de Píndaro, y corona
De lauro inmarcesible al noble púgil
Que huella invicto la palestra Elea,
Entre el polvo de férvidas cuadrigas
Y los aplausos de la doria plebe,
Infundiendo las Gracias de Orcomeno
A sus miembros vigor y gallardía!
Y no de ungido luchador tan sólo
La gloria canta, mas de su linaje
Y su pueblo también; que la oda inmensa
En hilo de oro engarza tierra y cielo,
Vuela del agua al sol, del sol a Jove,
Y oráculo de pueblos y Sibila,
De la justicia y sobriedad las leyes
Grata pronuncia en vividores versos.

Venid a mí, despedazados torsos
De estatuas inmortales: rotos himnos
De Aleco, de Estesícoro y Simónides,
Donde aún alienta el genio en cada sílaba;
Dísticos vengadores de Tirteo,
Que del duro Lacón el pecho inflaman
En la feroz mesénica contienda;
Y templen tal horror con dulce halago,
El himno de Baquílides suavísimo,
O la voz grave del anciano ascreo,
O el canto pastoril siracusano,
O un enjambre de abejas desprendidas
De la hiblea antológica colmena.

Mas ya al corvo teatro resonante
Me parece asistir; encadenado
Miro al Titán filántropo en la roca
Su cólera exhalando contra Zeus
En impotentes voces, mientras Io
Mísera vaga por la ardiente arena,
Y el coro de las Ninfas Oceánidas
A tan recio dolor no halla consuelo.
Ved, bañado está en sangre el de Micenas
Alcázar opulento; de Casandra
La fatídica voz alzarse escucho;
Sigo temblando al parricida Orestes,
Cuando aún la sangre cálida gotea
De su madre infeliz y las Euménides
No abandonan su umbral, siempre entonando
El coro vengador; él, perseguido
Por los terrores de conciencia inicua,
De gente en gente vaga; sólo encuentra
Juicio y perdón cabe el altar de Palas.
Que no el choque brutal de las pasiones
Se limita a pintar el arte heleno;
Queda en el fondo del oscuro vaso
Una gota de miel; todo lo templa
La voz solemne del antiguo coro.
Religiosa emoción la mente embarga,
Al ver a Edipo ciego, desterrado,
Su carrera expiatoria ya cumplida,
Penetrar en el bosque de Colona,
Y hacer sagrada con la tumba suya
La ática tierra. ¡Imágenes risueñas
De la tragedia griega, castas vírgenes,
Antígona, Ifigenia, Polixena,
Que al dar el cuello al sacrificio infando,
Sólo el morir tan jóvenes sentíais!
¡Cuál resplandece la verdad humana
En esas puras frentes! ¡Cómo sabe
Eurípides mover los corazones,
De la cautiva Andrómaca al lamento,
O a los furores de la Colquia maga!
¡Cuál se despide moribunda Alceste!
¡Qué hondo terror infunde en las Bacantes
El ulular de la nocturna orgía!

¡Coros de nubes y graznar de ranas,
Chistes inmundos, mágico lirismo,
Comedia aristofánica, que adunas
Fango y grandeza, y buscas en las heces
De lo real lo ideal! La suelta danza
De tus alados hijos me circunde,
Que nunca el ritmo ni la gracia olvidan
Aun en sus locos, descompuestos saltos.
¡Espíritus alegres, cuán distintos
De las negras terríficas visiones
Del yerto septentrión, donde el fermento
De insípida cebada, en las cabezas
Sombras y pesadez va derramando!

¿Quién fantaseó de griegos y teutones
Sacrílego consorcio? Entre la niebla
De las ásperas cumbres hiperbóreas,
Y este radiante sol que a nuestros campos
El don prodiga de la rubia Ceres
Y de Falerno el otoñal racimo,
¿Quién las paces hará? ¿Quién podrá a Elena
Con el Fausto casar, que imaginaba
El Júpiter de Weimar? Siempre ansiosos
De tierra más feraz, al mediodía
Los Bárbaros descienden; en buen hora
Que de nuestros despojos se enriquezcan,
Mas no el rudo cantar de sus montañas
Al canto de las Piérides igualen,
Ni su filosofar caliginoso
A aquella antigua, plácida Sofía,
Que del divo Platón en el Convite
Alzó la mente a contemplar el rastro
De la eterna belleza, y a expresarla
Cual nunca la expresó lengua nacida.

Esa Venus Urania, siempre joven,
Que si, al sepulcro descender pudiera,
Otra vez del sepulcro se alzaría,
De juventud radiante y de hermosura,
Por la voz de Demóstenes hablaba
En el tumulto del hirviente foro;
Del cándido Herodoto se envolvía
Entre la ingenua, desatada prosa,
Y en el seco, nervioso y penetrante
Estilo de Tucídides; posaba
De la abeja del Ática en los labios
La pura esencia de las jonias flores.
Ella enmeló las flechas de Luciano,
Y hasta el sobrio y severo Estagirita,
Déspota rey de la conciencia humana,
Culto y aras le dio.

¡Las Gracias llenen,
Amigos, vuestra mente con sus dones;
Las Gracias, compañeras de la vida,
Por fácil lleven y apacible senda,
De flores adornada, vuestros pasos!
Ni me olviden a mí. Yo el don precioso
Que de vuestra amistad hora recibo,
Conservaré con diligente estudio,
Y el revolver los inspirados folios
Traerá a mi mente la memoria grata
De los caros amigos donadores.

¿Cómo olvidar a ti, que en rica prosa,
Del áureo siglo el esplendor renuevas;
Ni a ti, cantor del Anahuac ingente,
Cual sus bosques espléndido y lozano;
Ni a ti por quien El Tuerto y Tremontorio
No envidian de Cervantes los pinceles;
Ni a ti que riges la edilicia vara,
No sin dolor de las sagradas Musas,
Un tiempo enriquecidas de tus dones,
Desiertas hoy; ni a ti que a Víctor Hugo
Cubriste fiel con peregrino manto,
Tejido de colores y armonías,
Volviendo a España el oriental tesoro,
Que él al Sena llevó; ni a ti que guardas
Con docto afán, en codiciado archivo,
De la vieja Cantabria los anales,
Y en rancios pergaminos escudriñas
Las olvidadas montañesas glorias;
Ni a vosotros, mis dulces compañeros
En estuDioso afán; ni a los sagaces
Del comercio fructífero ministros,
Por quien nuestra ciudad es rico emporio
De los tesoros de la mar de Atlante?

¡Salve, reina del mar, Sidón ibera,
Puerto de la Victoria apellidada
Por el romano triunfador Augusto,
Cuando del fuerte cántabro imponía
El yugo a la cerviz! ¡Puerto sagrado
Por las cabezas que en tu templo guardas!
Crezca en gloria y poder el pueblo tuyo,
Dilátense tus muelles opulentos
Y traigan tus alígeros bajeles,
En cambio al trigo que te da Castilla,
De la tórrida caña el dulce jugo,
O del café los vigilantes granos,
O la hoja leve que en vapores sube
Y como la esperanza se disipa.

Y no olvides jamás, patria adorada,
Que fueron, como tú, de mercaderes
Cuna y albergue Rodas y Florencia;
Recuerda que el Magnífico Lorenzo
No fue educado en el feudal castillo
Que alzó el señor germano entre las ruinas
De la inmortal, helénica cultura,
Sino en la abierta, florentina lonja;
Y de aquel mercader so el regio manto
Medró la ciencia, sublimose el arte;
La lámpara platónica encendida
Tornó a brillar en manos de Ficino
Y del latín en las marchitas frases
El alma juvenil de Policiano
Supo infundir calor y nueva vida.
Recuerda que togados mercaderes,
Los que sus leyes al Oriente dieron,
Cuando temblaba la imperial Bizancio
Del león de San Marcos al rugido,
Ardieron en la misma noble llama.
Para ellos los PalaDios y Bramantes
Alcázares suntuosos levantaron
Orillas de la adriática laguna,
Y del ducal palacio en las techumbres
Torrentes de color vertió Ticiano.
Que no el amor del oro allí extinguía
Del genio vividor la pura llama,
Ni ha de apagarla en ti. Con larga mano
Premia el ingenio y al saber ayuda,
Ni ingenio ni saber en mí premiaste;
Sólo el intenso amor irresistible,
Que hacia las letras dirigió mis años,
Y aquel amor más íntimo y potente
A mi dulce Cantabria, tierra santa,
La tierra de los montes y las olas,
Donde ruego al Señor mis ojos cierre,
Sonando, cual arrullo en mis oídos,
Lento el rumor de su arenosa playa.

Remember

 

Si dura ley, señora,
Impide que mi voz presente y viva,
O encadenada en letra mensajera,
Amante vuele a acariciar tu oído,
¿Consentirás al menos
Que el ritmo vago, como el aire libre,
Indomeñable, etéreo,
Que ni montes ni alcázares detienen
Y halaga y duerme al velador tirano,
Y nada dice y lo revela todo,
Las alas tienda desde el fresco seno
De mis cántabros valles, y penetre
En la áurea estancia do tu pecho yace
En la nocturna calma?

Sí lo consentirás; que lidio sólo
Con la espada del canto,
Y ni tesoros ni grandezas tengo
Que arrojar a tus plantas;
Y si tú me recuerdas
Alguna vez en solitarias horas,
No será por los triunfos y laureles
Que siembre a Fortuna en mi camino,
Sino por la recóndita armonía
Que vibró de tus ojos en mi mente,
Y arrancó, reflejada en mis cantares,
Tal vez una sonrisa de tus labios.

¿Me olvidarás, gentil iniciadora,
Profetisa de amor, Diótima nueva,
Que a mi sediento espíritu ofreciste
Tan alta y celestial sabiduría,
Cual la que oyera Sócrates severo
De la extraña mujer de Mantinea?
Amor, divino intérprete y ministro,
Que al cielo lleva los humanos votos,
O al hombre trae la inspiración sagrada;
Lazo que traba y une
En síntesis armónica y fecunda
El mundo real y el mundo de la idea;
Amor es el demonio
Que describe Platón, mañoso, artero,
Ágil y vigoroso,
Porque heredó de Poros la firmeza,
Hábil encantador, sofista y mago.
Dura pobreza le educó a sus pechos,
Y anda descalzo, sin hogar ni lumbre,
Ansiando siempre por lo hermoso y bueno.

Ése es mi amor; el inmortal deseo
Que antes erraba sin hallar reposo,
Y ora descansa, y yacerá por siempre,
En el centro sagrado de tu alma,
Como en su propia esfera. Allí respira
Y vive para ti, tú le custodias,
Ni un punto romperá su alegre cárcel;
Pasan por él los ruidos de la tierra
Sin conmoverle; y por extraño modo,
Cuanto él quiere, medita y fantasea,
Tu solo pensamiento lo contiene;
Y bellas son por ti las cosas bellas,
Alegre el sol porque tu faz alumbra,
Áureas las flores si tu frente ciñen,
Y apetecible el lauro y la victoria
Si huellas tú la conquistada palma.

¿Cómo olvidarte yo, si eres la fuente
De todo buen pensar; si tú lanzaste
Al surco de mi alma
Los gérmenes primeros
De propia inspiración y altivo canto;
Si sangre y jugo y plástica hermosura
Tal vez al mármol diste,
Que antes labraba yo con torpe mano;
Si alguna de las Gracias que en ti moran,
Y fáciles, ligeras,
Cual enjambre de abejas del Himeto,
Bullen del labio tuyo desprendidas,
Endulzó con su miel el acre fruto
De mi indómito, agreste y rudo ingenio?
¡Oh! ¡cuánta y cuánta plática sabrosa,
Como el rocío sobre yerba nueva,
A refrescar mi espíritu bajaron!
¡Cómo se abrió risueña ante mis ojos
La de esperanzas opulenta vida!

¡Que no las hiele el viento de la ausencia,
Dulce señora mía,
Mi sola voluntad, mi pensamiento!
¡Florezcan inmortales
En las dos almas por un Dios unidas!

Himno de la Creación para la mañana del día del gran ayuno

 

Dios

¿A quién, Señor, compararé tu alteza,
Tu nombre y tu grandeza,
Si no hay poder que a tu poder iguale?
¿Qué imagen buscaré, si toda forma
Lleva estampado, por divina norma,
Tu sello soberano?
¿Qué carro ascenderá donde tú moras,
Sublime más que el alto pensamiento?
¿La palabra de quién te ha contenido?
¿Vives de algún mortal en el acento?
¿Qué corazón entre sus alas pudo
Aprisionar tu veneranda esencia?
¿Quién hasta ti levantará los ojos?
¿Quién te dio su consejo, quién su ciencia?

Inmenso testimonio
De tu unidad pregona el ancho mundo;
Ni hay otro antes que tú. Claro reflejo
De tu sabiduría se discierne,
Y en misterio profundo
Las letras de tu nombre centellean.

Antes que las montañas dominasen,
Antes que erguidas en sus bases de oro
Las columnas del cielo se elevasen,
Tú en la sede divina te gozabas,
Do no hay profundidad, do no hay altura.
Llenas el universo y no te llena;
Contienes toda cosa
Y a ti ninguna contenerte puede;
Quiere la mente ansiosa
El arcano indagar, y rota cede.
Cuando la voz en tu alabanza muevo,
Al concepto la lengua se resiste;
Y hasta el pensar del sabio y del prudente
Y la meditación más diligente
Enmudece ante ti. Si el himno se alza,
Tan sólo El Venerando te apellida,
Pero tu Ser te ensalza
Sobre toda alabanza y toda vida.

¡Oh sumo en fortaleza!
¿Cómo es tu nombre ignoto,
Si en todo cielo y toda tierra brilla?
Es profundo… Profundo
Y a su profundidad ninguno llega.
¡Lejos está… Muy lejos…
Y toda vista ante su luz es ciega!
Mas no tu ser, tus obras indagamos,
Tu fe cual ascua viva,
Que en medio de los santos arde y quema.
Por tu ley sacrosanta te adoramos;
Por tu justicia, de tu ley emblema;
Por tu presencia, al penitente grata,
Terrífica al perverso;
Porque te ven sin luz y sin antorchas
Las almas no manchadas,
Y tus palabras oyen, extasiadas,
Cuando yace dormido
El corporal sentido,
Y repiten en coro resonante:
«Tres veces Santo, Vencedor y Eterno,
Señor de los ejércitos triunfante.»

Los ángeles del cielo altísimo

¡Bendecid al Señor, ángeles suyos,
De su palabra fieles mensajeros!
¡Señor de los guerreros!
Es su nombre glorioso acá en la tierra;
El Eterno y El Uno
Sus nombres celestiales;
Nadie contó la inmensa muchedumbre
De espíritus que, en torno de su lumbre,
Cantan sus alabanzas inmortales.
Sus infinitos rostros reproducen
La faz tremenda y la visible espalda.
Él levantó del carro los pendones,
En signo y testimonio de su gloria,
Para mostrar que viene la victoria
Del eterno Señor a las naciones.
Son todos los espíritus sus siervos,
De su palabra y su querer ministros;
Se esconden a los ojos de las gentes,
Mas de cerca o de lejos, tus videntes
Oyen el blando ruido de sus alas.
Y es su camino el caminar glorioso
Que les trazó mi Dios, mi Rey, el Santo,
Que con ellos estaba
Allá en la cumbre del sagrado Sina.
No obran jamás sin voluntad divina;
Por eso, al escucharlos reverentes,
Dicen los santos que por boca de ellos
Tu eterna Majestad habla y fulmina.
Desplegadas al viento las banderas
De tu primera excelsa monarquía,
Cubren las tiendas do tus fuertes moran,
Y todos con tus armas se decoran
Mostrando tu blasón en hierro y oro.
De la luz el tesoro
Pusiste entre ellos y la viva fuente.
¡Dichoso el que en la férvida corriente
Pueda anegarse, y repetir con ellos
En incesable canto, noche y día,
Como David enfrente de tu carro:
«¡Bendecid al Señor, ángeles suyos!»

Los ángeles del segundo cielo y los planetas

Inferior a este cielo soberano
Otro segundo cielo se dilata
Y otro ejército allí. Bestias enormes,
Las que del carro de Ezequiel tiraban,
Mostrando van en círculo perfecto,
Henchida de ojos, la candente espalda,
Hasta que, dominando las esferas,
Sobre el mundo inferior su tienda plantan,
Y del Señor adoran la presencia
Con la voz de sus ruedas inflamadas.
Millares y millares de legiones,
Que ciencia profundísima realza,
Moviendo van la esfera de la luna
Y la del sol que lo inferior arrastra.
Ellos rigen y mueven las estrellas
Dominadoras de la suerte humana,
Y el ejército inmenso de las noches,
Y sobre el cielo las tendidas aguas.
Y cada cual anhela con sus obras
Dar fin cumplido a la inmortal palabra,
Que no se tuerce ni quebranta nunca,
Que nunca cede ni tropieza en nada;
Todos concordes a una voz se alegran
Y el nombre del Señor en himnos cantan:
«¡Bendecid al Señor, legiones suyas!»
Que el gran cantor de salmos invocaba.

La tierra

Es el reino tercero cuanto encierra
En su ámbito la tierra,
Y cuanto, circundándola, se extiende.
Es la generación del aire y fuego;
Son del ingente mar las crespas olas,
El tesoro de Dios, de donde salen
La nieve, la tormenta y el granizo,
Y el viento proceloso
Que a cumplir sus palabras se desata,
Y los arroyos que en bullente plata
Hace correr su dedo generoso,
Y los cedros del Líbano altaneros
Que levantó su mano,
Hierbas y plantas mil que fructifican
Para el sustento humano.
Y Dios manda crecer en copia grande
Los peces de la mar y las ballenas,
Y poblando la selva y las arenas
De innúmeras feroces alimañas,
Hace que dé la tierra a aves y fieras
El fruto bienhechor de sus entrañas.
Y todo al hombre se somete luego,
Al hombre, tu legado, a quien alzaste
Por señor de las obras de tu diestra,
Para sacar un día
De su semilla al rey y al sacerdote,
Y al pueblo de tu ley, que parecía
De ángeles campo, reino de profetas.
Y por glorificar tu augusto nombre,
Porque suene continua tu alabanza,
Firmaste el pacto y la perpetua alianza,
Y en la boca de niños y lactantes
Pusiste la verdad de tus promesas.
Magnificado sea
De región en región tu nombre santo,
Y de tus mensajeros
Por edades sin fin resuene el canto,
Que el hombre de los cánticos suaves
A su Hacedor decía:
«Bendecid al Señor, sus obras todas.»

Israel

Bendecid al Eterno,
Por toda tierra que su imperio abarca.
No hay en el universo otro monarca,
Ni otro eterno más que Él. Por Él salía
El noble Jesurún de servidumbre.
Y en medio de las ondas eritreas
La mano de Moisés le conducía.
Hizo bajar la gloria de su trono
Hasta el santuario do sus pies estampa,
Y levantó al profeta hasta las nubes,
Donde su faz de resplandores vela.
El germen esparció de profecía
Sobre los pechos a su luz abiertos,
Y derramó su espíritu en las almas
Atentas a los célicos conciertos.
Y su culto ordenó firme y estable,
Imagen de su reino perdurable.
Los ángeles del alto ministerio
Su nombre santifican,
Y en su pecho las iras dulcifican.
Es blanco su vestido
Como el del serafín o el del profeta,
E iguala su figura
Del ámbar y el topacio la hermosura.
Y corren, se apresuran y congregan,
Y cuando a ti se llegan,
Medran en gloria y en saber y en lumbre;
Se visten de temor y se avergüenzan,
Mas luego les infundes nuevo aliento
Para cumplir solícitos tus obras,
Y en las alas del viento
Triplican la alabanza al Dios que reina,
Temido en el congreso de sus santos.

 

El Alma

 

I

Bendice, ¡oh alma mía! derivada
Del puro aliento de la santa boca,
El nombre del Magnífico, temido
De serafines en el alto coro.

 

II

¡Oh tú, que de la fuente de pureza
Espléndida y hermosa procediste;
Tú que delante de Él doblas la frente,
Y en su divino nombre eres bendita,
Bendice a Aquél que te estampó su sello,
Porque siguieses firme su camino!

 

III

Bendice, ¡oh alma mía!, manifiesta
A las miradas de interior sentido,
Mas no a los ojos de la carne ciega,
El nombre de Elohim el invisible,
El fiel ensalzador de tu flaqueza.
¿Qué boca expresará sus alabanzas?
Sublimes son las obras de su mente.

 

IV

Bendice, alma sutil, que sin apoyo
Llevas el cuerpo, el nombre del que tiene
Suspendidas sus tiendas en la nada,
Del que al hijo de Adán dio el intelecto,
Fiel mensajero de verdad y ciencia.

 

V

Bendice, oh tú que por asirte luchas
A la flotante fimbria de su veste,
Y por llegar al escabel sagrado
Donde sus pies en el santuario asienta,
El nombre del que ensalza a quien se abate,
Y entre los serafines le numera.

 

VI

Bendice, ¡oh alma mía! destinada
A hacer sapiente el corazón del hombre,
Al Justo que te infunde en la materia,
Para mover la carne perezosa,
Para vivificar la sangre hirviente
Que pierden su color, si te retiras,
Y se deshacen como el humo al viento;
Mas sobre ti despuntará florido
El tallo que germina del Eterno.

 

VII

¡Oh tú, que en las tinieblas resplandeces,
Bendice al esplendor de la justicia,
Que levantó la puerta de los cielos!

 

VIII

Bendice, ¡oh alma viva! encarcelada
En cosas muertas, al viviente eterno
Que con la llama de la gracia alumbra
Al que en la Ley su espíritu apacienta.

 

IX

¡Oh tú, que a la substancia de los cielos
Etérea, inmaculada, sobrepujas,
Bendice a quien formó para su gloria
Al patriarca que en su nombre espera,
Y con la voz de inmensos beneficios
Le preparó a gustar de sus arcanos!

 

X

¡Tú, que al Perfecto en ciencia conociste,
Bendice al sabedor de tus deseos,
Que cumple los anhelos inmortales,
Y del perdón desatará las aguas
Si penitente a sus senderos vuelves!

 

XI

¡Bendice, hija del Rey, hija querida,
El nombre del Potente que ha enseñado
No arcana ley, difícil ni remota:
«¡Harás misericordia, harás justicia;
Que en la equidad el Verbo se deleita!»

 

XII

Bendice, ¡oh tú, que te conservas santa
En deleznable y pasajero cuerpo!
A quien de santidad su frente ciñe,
Y ante quien los espíritus se avezan
A repetir por siempre su alabanza,
Sin consumirse en el sagrado fuego.

 

XIII

No hay alabanza que su nombre agote;
Mas bendícele tú, que tan de cerca
Puedes glorificarle y bendecirle
En el augusto templo de tu mente.

 

XIV

Tú, que enfrente del Rey sales erguida,
Para cumplir sus obras en la tierra,
Bendice a quien te mira desde el trono,
Y bélica armadura da a su pueblo.

 

XV

Bendice, ¡oh alma mía! que los miembros
Sostienes del espíritu en las alas,
El nombre de tu Dios, que en las columnas
De saber inmortal mantiene el mundo,
Sobre las almas justas cimentado.

 

XVI

Tú, que serás de gloria circundada,
Y de radiante majestad vestida,
Bendice a Aquél que cuanto ordena cumple,
De quien tiemblan los impíos confundidos,
Y cuyo auxilio al vencedor alegra.

 

XVII

Bendice al Hacedor, ¡oh margarita!
Que de tu Dios alumbras los senderos,
Del Dios que tus plegarias acogiera,
Cuando corriste a demandarle ayuda.

 

XVIII

Bendice a Dios, ¡oh forma intelectiva
Que en el nombre tus huellas estampaste!
Dios es la Roca en que se apoya el orbe;
La Justicia y la Fe le llaman justo.

 

XIX

Bendice, ¡oh Santa! al Dios Omnipotente
Cuya visión tendrás, santificado
Por innúmeros vates y profetas.

 

XX

Bendice, ¡oh tú que la justicia sigues!
Al que en su carro el firmamento cruza,
Para salvar a su abatida plebe:
«Dios (así clamarán los poderosos)
Sobre todas las gentes es excelso.»

 

XXI

Tú, que en casa de fango te cobijas,
Mas de los cielos tu raíz procede,
Bendice el nombre que resuena en medio
De siete purísimas legiones,
De toda mancha y toda culpa netas.

 

XXII

Bendice, ¡oh tú, que de su diestra pendes,
Como pupila suya muy amada!
El nombre del Perfecto bendecido
En todo corazón y en toda lengua,
Del que a par de la luz formó las almas,
Al primer son de la palabra suya.

Palinodia de Leopardi

 

Erré, cándido Gino, largo tiempo,
Y grandemente erré. Mísera y vana
Juzgué la vida; insulsa más que todas
Esta presente edad. Intolerable
Fue y pareció mi lengua a la dichosa
Prole mortal, si es que mortal se puede
Llamar el hombre. Entre desdén y asombro,
Del Edén odorífero en que habita,
Rió la alta progenie afortunada,
Y me llamó infeliz, y de placeres
Incapaz o inexperto, pues mi hado
Juzgué común, y de mi mal, consorte
Al humano linaje. Al fin mis ojos
Hirió la diaria luz de las gacetas,
Entre el humo volátil del cigarro
Y el ruido de crujientes pastelillos,
Entre el rumor de sacudidas tazas
Y blandidas cucharas, ante el grito
Ordenador de helados y bebidas
Cual voz de mando. Y confesé humillado
La pública alegría y las dulzuras
Del destino mortal noble y excelso;
Y vi el valor de las terrenas cosas,
Y toda flores la carrera humana,
Las obras estupendas, las virtudes,
Alto saber, estuDios y prudencia
De nuestro siglo. De la Osa al Nilo,
Del Catay a Marruecos, y de Goa
A Boston, vi correr reinos, ducados
E imperios, anhelantes tras las huellas
De la felicidad y asirla casi
Por los flotantes rizos, o a lo menos
Por la cola del manto. Y esto viendo
Y meditando las profundas hojas,
Del grave antiguo error que me cegaba
Y aun de mí mismo yo tuve vergüenza.

Áureo siglo, Marqués, hilan ahora
Los husos de las Parcas. Todo diario
En varias lenguas y columnas varias,
De todas partes lo promete al mundo.
Universal amor, ferradas vías,
Vapor, tipos, comercio y aun el cólera,
Los más lejanos pueblos y naciones
En lazo estrecharán; ni maravilla
Será que suden leche las encinas
Y miel los robles, o danzando giren
A los sones de un vals. Tanto ha crecido
El poder de retortas y alambiques
Y máquinas del cielo emuladoras,
Y tanto crecerá, volando siempre
De progreso en progreso, sin medida,
De Cam, de Sem y de Jafet la prole.

No cual un día comerá bellotas
Si el hambre no la obliga; el duro hierro
No depondrá. Con pólizas de cambio
Satisfecha tal vez, la plata y oro
Despreciará la generosa estirpe;
Mas no de sangre de los suyos nunca
Su mano ha de lavar; antes cubierta
Será de estragos, con la vieja Europa,
Del Atlántico mar la otra ribera,
Fresca nodriza de sin par cultura;
Y en campo lidiarán fraternas huestes
Por pimienta o aromas o canela
O por el jugo de melosa caña,
O alguna otra razón, práctica y útil.
Y valor y virtud, y fe y modestia,
Y amor a la justicia, escarnecidos
Y de toda república arrojados
Como siempre serán; que es su destino
Estar siempre debajo. Torpe fraude
Y audacia impune elevarán su frente,
Nacidas a reinar. De imperio y fuerza,
Ya unidas en un haz, ya separadas,
Abusará quienquiera que los rija;
No importa el nombre. Que esta ley grabaron
Hado y Natura en tablas de diamante,
Y no la borrarán con sus centellas
Volta ni Davy, ni Inglaterra toda
Con las máquinas suyas, ni en un Ganges
De políticas hojas nuestro siglo
Ha de anegarla. Siempre el vil en fiesta,
Siempre el bueno en tristeza; conjurado
El mundo todo contra excelsas almas;
Del verdadero honor perseguidoras
Calumnia, odio y envidia; de los fuertes
Despojo el débil, de los ricos siervo
El ayuno mendigo, en toda forma
De público gobierno, cerca o lejos
Del polo o de la eclíptica, y por siempre,
Si al humano linaje esta morada
O la lumbre del sol no se nos niega.

Estas leves reliquias, estos rastros
De la pasada edad, fuerza es que impresos
Lleve la que ora surge edad del oro,
Porque de mil discordes elementos
Tejida está la condición humana,
Y a ponerlos en paz nunca bastaron
Fuerza ni entendimiento de los hombres,
Desque nació su generosa raza;
Ni bastarán, aunque potentes sean,
En nuestra edad periódicos y pactos.
Pero en cosas más graves será entera
Nuestra felicidad nunca soñada.
O de lana o de seda los vestidos
Han de ser más galanos cada día;
Dejará el labrador los rudos paños
Por cubrir de algodón su piel hirsuta,
De castor su cabeza. Y apacibles
A la vista, mil cómodos sillones,
Mesas y canapés, lechos, tapetes,
Adornarán con su mensual belleza
Todo aposento. De manjares formas
Nuevas admirará, calderas nuevas,
La humeante cocina. Y rapidísimo
De París a Calais, de Calais a Londres
Y de aquí a Liverpool, será el camino,
Por no decir el vuelo…

Iluminadas
Mejor que ora lo están, mas no seguras,
Serán de las ciudades populosas
Las más ocultas y torcidas calles.
Tales dulzuras, tan dichosa suerte
A la naciente prole se aperciben.
¡Feliz aquél que mientras esto escribo
Llora en los brazos de la fiel niñera!
Él ha de ver el suspirado día
En que aprendan los niños con la leche
De la cara nodriza, cuánto peso
De sal, cuánto de carne, cuánta harina
Consume en cada mes la patria aldea,
Y cuántos de nacidos y de muertos
Anualmente consigna en su registro
El anciano prior; cuando por obra
Del potente vapor, en un segundo
Impresas a millones, llano y monte
Y aun de los mares la extensión inmensa,
Cual bandada de grullas que se abate
Sobre ancho campo, y obscurece el día,
Cubrirán las gacetas, vida y alma
Del universo, y de saber en ésta
Y en la futura edad única fuente.

Como un infante, con asiduo anhelo
Fabrica de cartones y de hojas
Ya un templo, ya una torre, ya un palacio,
Y apenas le ha acabado, le derriba,
Porque las mismas hojas y cartones
Para nueva labor son necesarias;
Así Natura con las obras suyas,
Aunque de alto artificio y admirables,
Aún no las ve perfectas, las deshace,
Y los diversos trozos aprovecha.
Y en vano a preservarse de tal juego,
Cuya eterna razón le está velada,
Corre el mortal, y mil ingenios crea
Con docta mano; que a despecho suyo,
La natura cruel, muchacho invicto,
Su capricho realiza, y sin descanso
Destruyendo y formando se divierte.
De aquí varia, infinita, una familia
De males incurables y de penas,
Al mísero mortal persigue y rinde;
Una fuerza implacable, destructora,
Desque nació le oprime dentro y fuera
Y le cansa y fatiga infatigada,
Hasta que él cae en la contienda ruda
Por la impía madre opreso y enlazado.
¡Del estado mortal miseria extrema!
¡Vejez y muerte que comienzan cuando
El labio infante el tierno seno oprime
Que la vida destila! Ni enmendarlos
Podrá, por sabio y por feliz que sea,
El siglo nono-décimo, ni cuantas
Vengan tras él edades sucesivas.
Mas si lícito me es la verdad neta
Por su nombre decir, sólo infelice
Será todo nacido, en cualquier tiempo,
No en la vida civil, en toda vida,
Por esencia insanable y ley eterna
Que cielo y tierra abraza. Pero nuevo
Y divino remedio imaginaron
De nuestra edad los ínclitos talentos,
Pues no pudiendo hacer feliz a nadie,
Se dieron a buscar, dejando al hombre,
Una común felicidad, e hicieron
De muchos tristes un alegre pueblo,
Todo paz y ventura. Y tal portento,
En folletos, revistas y gacetas,
No declarado aún, asombra al mundo.

¡Oh mente sobrehumana, oh agudeza
Del siglo que ora corre! ¡Y qué seguro
Filosofar, y qué sapiencia, amigo,
En más sublime asunto y remontado
Enseña nuestra edad a las futuras!
¿No ves con qué constancia hoy escarnece
Lo que ayer adoró, y el ara abate
Para juntar mañana sus pedazos
Y venerarlos entre humeante incienso?
¡Oh cuánta fe y estimación merece
El concorde sentir de nuestro siglo…
O el del año corriente!… ¡Y qué trabajo
Es comparar nuestro sentir y ciencia
Con el del año actual y el del que viene,
Porque ni un punto discrepemos todos!
¡Cuánto en filosofar adelantamos
Si al moderno se opone el tiempo antiguo!

Uno de tus amigos, y maestro
No sólo en poesía, mas en todas
Artes y ciencias, de la humana mente
Árbitro enmendador, me aconsejaba:
«No cantes tus afectos y dedica
Esa viril edad a los severos
EstuDios económicos. Atiende
Al público gobierno. ¿El propio pecho
Qué te vale explorar? Materia al canto
No busques en ti mismo. Las grandezas
De nuestro siglo di; di su esperanza
Que madurando va.»

¡Recto consejo,
Que yo escuchaba con solemne risa,
Al resonar en mi profano oído
Ese cómico nombre de esperanza!
Mas ora vuelvo atrás y la carrera
Contraría emprendo, persuadido al cabo
Que quien anhele gloria y busque fama,
Al propio siglo contrastar no debe,
Sino adular y obedecer: ¡por corta
Y fácil vía llegaré a los astros!
De tan alta ventura deseoso
Materia no darán al canto mío
De la presente edad los intereses.
Ya sabrán mercaderes y oficinas
Cuidar de ellos mejor. Mas la esperanza
He de decir, que ya visible prenda
Nos conceden los Dioses; ya de larga
Felicidad principio, ostenta el labio
Y el rostro del garzón enorme pelo.
¡Oh luz primera, saludable signo
De la famosa edad que se levanta,
Mira cómo se alegran tierra y cielo
Delante a ti; cómo fulgura el rostro
De la doncella, y en convites vuela
La gloria ya de los barbados héroes!
¡Crece, crece a la patria, oh masculina
Moderna prole! A tu velluda sombra
Italia crecerá, crecerá Europa
De las fauces del Tajo al Helesponto,
Y el mundo al fin reposará seguro.
¡Y tú comienza a saludar con risa
A los híspidos padres, prole infante,
Para los áureos días elegida!
Ni te asuste el negrear de su semblante.
¡Sonríe, oh tierna prole; a ti guardado
De tanto y tanto hablar espera el fruto!
Mira el gozo reinar, ciudades, villas,
Vejez y juventud al par contentas
Y las barbas ondear largas dos palmos.

A la memoria del malogrado poeta dramático Don Luis Eguílaz

 

Vuelve a mis manos, olvidada lira,
Ministra un tiempo de guerrero canto;
Hoy de dolor el corazón suspira
Y se agolpa a los párpados el llanto.

¿Qué es el hombre en la tierra? Polvo y cieno,
Un punto breve en la extensión inmensa,
Gota perdida en el profundo seno
Del mar azul, entre la niebla densa.

Las armas, los trofeos, los blasones,
La gloria y el poder y la hermosura,
Del monarca triunfante los pendones;
Todo cede a tu imperio, muerte dura.

Tronos, cetros, alcázares reales,
Soberbias torres hasta el cielo erguidas,
Cayeron en sus urnas sepulcrales,
Como caen las encinas sacudidas.

Milicia es nuestra vida en este suelo,
Sombra fugaz que pasa arrebatada;
Volved los ojos al sereno cielo;
La vida es sueño, vanidad y nada.

Más ligera que el vuelo de las aves,
Y más veloz que el Euro proceloso,
Sube la muerte a las ferradas naves,
Sigue al jinete en vuelo presuroso.

El varón justo y de mancilla exento,
Que de Dios al decreto se somete,
Parte, al sonar el último momento,
Cual sale el convidado de un banquete.

¿Quién ataja a la muerte en su camino
Cuando llega a sonar la hora postrera?
Si es más inexorable que el destino
¿Quién podrá detenerla en su carrera?

Sólo la gloria del artista dura
Que la palma triunfal ha merecido,
Siendo a despecho de la envidia oscura,
En fama claro y libre ya de olvido.

Que si de Ilión las torres abrasaba
En su furor el ofendido griego,
Monumento más alto levantaba
De Aquiles al cantor, de Esmirna al ciego.

Eternizó de Sófocles la gloria
Pintar a Edipo en su dolor infando;
Ciñó Eurípides lauro de victoria
El triste afán de Andrómaca llorando.

¡Salve llama del genio soberano,
Que iluminas la mente del poeta;
Que prestas voz y aliento sobrehumano
Al que llega a tocar la ansiada meta!

El mismo fuego iluminó la frente
Del varón cuya pérdida lloramos,
Por quien hoy llenos de entusiasmo ardiente
Flores sobre una tumba derramamos.

¡Venid, hijos del canto y la armonía,
Que amáis el arte y anheláis la gloria;
Venid a tributar en este día
Lágrimas y dolor a su memoria!

Si es el teatro de virtud modelo,
Venid a dar un nuevo testimonio,
Venid a honrar con lastimero duelo
Al autor de La cruz del matrimonio.

¿No veis cuál corre el abrasado lloro,
Cómo resuena el lúgubre lamento?
Responda vuestro cántico sonoro,
Cual arpa eolia herida por el viento.

Tomad la triste y fúnebre corona
Con que a su hermano coronó Catulo;
La cítara del vate de Sulmona
Cuando lloró la muerte de Tibulo;

Y bañados en llanto nuestros ojos
Sobre el sepulcro esparciremos flores,
Y en la losa que cubre sus despojos
Grabaremos sus ínclitos loores:

«Pintó mujer más fuerte y virtuosa
Que Andrómaca, que Antígona y Alceste;
Su sagrada ceniza aquí reposa;
Voló su alma a la mansión celeste.»

Fantasía

 

Un campo es el corazón,
un campo que tiene flores,
que se engalana con ellas
porque son sus ilusiones,
con cuyo perfume alienta, 5
cuyo perfume es su goce,
cuyo perfume embalsama
del corazón las regiones;
porque en el aire perdidas
las esperanzas del hombre, 10
son de la flor la semilla
con la que el campo cubriose.
Pero esta flor se marchita,
que está del sepulcro al borde,
porque tan sólo un momento 15
nos duran las ilusiones,
y el jardín se cambia en páramo
y en hojas secas las flores,
porque yermo el corazón
para siempre ya quedose. 20

Porque hay un huracán en la llanura
que el viento del deseo lo formó,
que marchitó del campo la verdura
y la flor gaya de ilusión seco.
Y este huracán, que lo engendró el deseo, 25
es la pasión que vomitó Luzbel,
y en sus alas marchito y en trofeo
lleva el que fue del corazón vergel.
Y deja un tronco seco y deshojado
de espinas lleno, lleno de dolor, 30
y éste es el desengaño, que clavado
se nos queda cual dardo matador.

A María

 

Dulce me eres,
linda morena,
como me es dulce
de primavera
naciente aurora 5
de luces bellas.
Que son tus ojos
que mi alma queman,
soles nacientes:
y tus guedejas, 10
que al aire flotan
o en lindas trenzas
caen en tu espalda,
son por lo negras
como azabache, 15
y por lo luengas
como el cariño
que mi alma encierra
y que consagra
a tu belleza; 20
porque tu forma
toda es perfecta
toda es divina,
toda es aérea.
Es cual de un ángel 25
la tu voz tierna,
como un suspiro
que el aire lleva,
como el remate
de dulce endecha, 30
como el arrullo
de tierna queja
de la paloma
de amores llena.
Es lo que siente 35
tu alma bella,
que más encanta
que tu belleza,
puro y virgíneo
cual tu alma mesma, 40
cual el aliento
del Criador fuera
cual son dulcísimo
que exhala tierna
la lira armónica 45
del rey poeta.
Así, mi niña,
son las tus prendas
cual el perfume
de la flor bella 50
que el dulce céfiro
en alas lleva.
Por eso el pecho
mío se queja,
por eso siento 55
que mi alma incendias
en fuego vivo
de amor y penas,
un fuego eterno
que no remedian 60
mil y mil muertes
si mil me dieran,
que no consume
aunque quisiera
el agua toda 65
que, bravo, encierra
el mar ruidoso
que el mundo cerca,
ni el río de lágrimas
que lastimera 70
arroja mi alma
de amor deshecha.
Sólo tu labio,
tu mano bella
mi fuego ardiente 75
calmar pudieran.

En el álbum de María

 

En tu virgínea frente,
de olorosos jazmines coronada,
el pudor dulcemente
la mano delicada
puso, y dejola de ilusión colmada. 5

En tu mirada, pura
más que la luz de la naciente aurora,
la inocencia fulgura,
entre sus llamas mora,
y nítidos ensueños atesora. 10

El dedo colocado
sobre la dulce boca, adormeciendo
el velador cuidado
del mundanal estruendo,
mientras tu corazón está durmiendo. 15

Duerme, duerme, ángel mío,
en fresco lecho de encantadas flores;
el ave en el sombrío
te cante sus amores,
el céfiro te arrulle y vierta olores. 20

A Lucinda

 

Dulce es el tierno canto
del ruiseñor amante,
que en la tranquila noche
resuena sin cesar.
Dulce junto a la fuente 5
límpida y susurrante
adormirse arrullado
del céfiro fugaz.

De la armoniosa música
los melodiosos sones, 10
que de amor estremecer,
el blando corazón.
La voz de las doncellas
mezclada en las canciones,
el son del arpa de oro 15
del tierno trovador.

Es dulce de las copas
el alegre estallido,
y dulce del banquete
el placer mundanal; 20
aspirar el aliento,
en el salón perdido,
de tanta enamorada
voluptuosa beldad.

Es dulce el giro rápido 25
del baile delicioso
de las cándidas vírgenes
que suspiran de amor;
de sus trémulos pechos
el deleite amoroso, 30
de sus miradas púdicas
el arrobado ardor.

Es dulce allá en los mares,
en la noche callada,
la canción ardorosa 35
del triste pescador;
por las tranquilas ondas
oírse modulada,
al compás de los remos
del ardiente amador. 40

Y es dulce el leve aroma
de las virgíneas flores,
que en su alas conduce
el céfiro gentil;
pero más es tu aliento 45
cuando me hablas de amores
con tus divinos labios
de nítido carmín.

Más dulces son tus ojos
o tu virgínea frente, 50
más dulce de tu pecho
el celestial ardor;
más dulce de tus labios
un beso tierno ardiente,
que todo lo más dulce 55
más dulce, más, tu amor.

 

Granada, 1841

A Laureta

 

¡Ay! Cuán hermosa, cándida y divina
brilla en su frente la inocencia pura,
más alba que la luz que el sol fulgura
al nacer entre mares de carmín.
Qué blondos sus cabellos aromados 5
que en mil rizos descienden por su espalda,
adornados tal vez de una guirnalda
de azucenas y cándido jazmín.

¡Qué pureza en sus labios sonrosados
y en sus mejillas de tempranas rosas! 10
¡Qué dulces sus palabras melodiosas!
¡Qué inocentes sus ósculos de amor!
Te alzas al cielo de placer radiante…
¿Qué deleite sus ojos embriaga
y qué secreta inspiración te halaga 15
que hace latir tu tierno corazón?

Porque esos ojos del azul del cielo,
brillantes cual la luz de la mañana,
sin una chispa de fulgor profana
buscan del cielo la suprema luz; 20
porque es un ángel desterrado al mundo
la celestial y púdica Laureta,
ángel que hiere el alma del poeta
y hace vibrar las cuerdas del laúd.

Santa inocencia te proteja siempre 25
cuando cesando tu dichosa infancia,
cual puro cáliz de eternal fragancia,
se abra al amor tu virgen corazón.
Pobre inocente púdica Laureta,
más pura que el amor de los querubes, 30
¿por qué sobre sus alas no te subes
a la celeste fúlgida mansión?

 

Granada, 1841

Mi lira

«Quaeritis unde mihi toties scribantur unde meus veniat mollis in amore ora liber non mihi Calliope, non haec mihi cantas Apollo, ingenium nobis ipsa puella facit». Propertius.

 

Las cuerdas de mi lira
despiden blandos sones,
de armónica dulzura
henchidas y de amores.
Mi garganta modula 5
ternísimas canciones
y el sonido del harpa
languidece de amores.
Los aromados céfiros
sus alillas veloces 10
no extienden tan suaves
sobre las gayas flores.
Ni tan dulces lamentan
con arrullos acordes
las palomas gemelas 15
que se mueren de amores.
Pero el genio sublime
no inspira mis canciones,
ni despliega sus alas
sobre mi frente pobre. 20
Sólo me inspiran, ¡Cintia!,
tus ojos seductores,
tus nudosos cabellos
más negros que la noche.
De tu voz melodiosa 25
los dúlcidos acordes
y de tu blando sueño
los inocentes goces.

 

Granada, 1841

El sueño de las tinieblas

 

Se obscureció la celestial lumbrera
con palidez mortal; los claros astros,
que iluminan el ancho firmamento,
ennegreciendo el mundo se extinguieron,
y las tinieblas hórridas cubrieron 5
la celestial esfera.
Rompió sus alas y extinguió su aliento
el aura lisonjera,
que la rosa ternísima libaba;
y enfurecido el viento 10
con ímpetu violento
en derredor bramaba.

El ángel del Señor envuelto en ira
cruzó el cóncavo espacio, de los tiempos
la inmensidad, de sus eternas puertas 15
rompió el quicial con fulgurante acero
y entró do está la eternidad velada.
Hundió los siglos en el hondo olvido
con poderosa diestra, y revolando,
con belígeros brazos furibundos, 20
a cenizas redujo las estrellas
y arrancó de sus órbitas los mundos.

Todo era noche, obscuridad, gemidos;
los cetros y los tronos
por el suelo rodaban; 25
del huracán violento los enconos,
en el silencio hundidos,
de la noche el horror acrecentaban.

Los hombres olvidaban,
de miedo lleno el corazón cobarde, 30
sus pasiones, delirios y mentiras;
el fuego celestial y el rayo ardiente
redujeron a yermo sus mansiones;
derrocaron sus iras
desde el roble potente 35
hasta el cedro del Líbano eminente,
y llenaron de horror los corazones.

Sólo en las calvas cimas,
de los excelsos montes
alumbraban el mundo, 40
como si antorchas funerales fueran,
con ímpetu fecundo
mares de fuego y lava requemante
derramando, los hórridos volcanes.

Los hombres, maldiciendo sus afanes, 45
con hambre y sed, y de dolor cubiertos,
como aceradas picas, erizados
sus cabellos de horror, muertos caían.
Sus cadáveres yertos,
sin sepultura, de festín servían 50
al voraz buitre y al hambriento lobo,
que de terror helados
domésticos y trémulos yacían.

Los mundos sin la fuerza que los une
nadaban en el hórrido vacío, 55
como nave a merced del mar violento.
Y la tierra sin hombres y sin día,
casi perdida en el espacio umbrío,
sin luz, sin aire, sin sonoro viento,
de abismos en abismos descendía. 60

Las olas fueron muertas
en la insondable tumba de los mares:
en hórridas cavernas encubiertas
sepultados los vientos,
sin nubes el horror del hondo cielo, 65
que la tiniebla fiera
cubrió de negro y de profundo velo.

Nada el espacio cóncavo encerraba,
todo en silencio de terror yacía,
ni la naturaleza suspiraba, 70
ni el universo de dolor gemía.

Imitación de Lamartine

 

Cuando los años con veloz carrera
arrebaten la flor de tu hermosura,
y en lágrimas bañados de amargura
tus ojos lloren tu beldad primera,

no en el cristal tu imagen lisonjera 5
busques entonces con falaz locura,
ni del arroyo en la corriente pura
que blanda fertiliza la pradera;

sino en mi pecho, donde eternas viven
mi ternura y mi fe; de tu belleza 10
bajo el abrigo de mi amor florece;

de tus recuerdos sin cesar reviven;
de tu virtud y virginal pureza
tienen un templo que jamás fenece.

 

Málaga, 1841

La muerte del avecilla

 

Llorad, ¡oh Gracias!, y plegad las alas
dulces amores de dolor transidos…
el avecilla de mi blanda Lesbia
lánguida expira.

Murió por fin la virginal, suave, 5
tierna delicia de mi Lesbia amada,
aun más querida que la ardiente y pura
luz de tus ojos.

Porque era hermosa; su amorosa gracia
gratos placeres a mi Lesbia daba 10
a quien amaba; como a tierna madre
cándida virgen.

Sin apartarse del regazo tierno
de su adorada celestial señora,
volando en torno, de sus puros labios 15
bebió el aliento.

Con su nevado y argentino pico
trinos sonoros repitiendo alegre,
su blanca frente y su turgente seno
besar solía. 20

Murió la triste… no oirase el eco
de sus cantares regalados nunca,
no más sus besos de amoroso anhelo
gozará Lesbia.

No porque al mundo robes atrevida 25
tiernas beldades de mortal encanto,
no porque el luto despiadada siembres,
pálida muerte.

Porque robaste fiera el avecilla
objeto amado de mi amada Lesbia, 30
serás maldita de mi triste labio,
seraslo siempre.

Por ti padece sin cesar mil penas,
por ti apagados sus brillantes ojos
ora sin tregua de amoroso llanto 35
lágrimas vierten.

 

Granada, 1842

En el álbum de Conrado

Reddeas incolumme precor. Horacio.

 

Céfiro blando de la dulce Flora,
esposo tierno y amoroso halago,
el éter vago con tus alas hiende
de ondeante gasa.

Soberbio Eolo en tu profundo antro 5
el viento hunde que a tu voz retumba.
Sirvan de tumba a sus sonantes alas
sus negros senos.

De las ligeras vagarosas auras
tan sólo el leve y amoroso aliento 10
suave concento derramando en torno
rice las ondas.

Potente diosa de la blanca espuma
del mar cerúleo para amar nacida,
hija querida del brillante cielo, 15
Venus hermosa.

Puras antorchas de la densa noche,
claras estrellas, misteriosa luna,
dulce fortuna en sus viajes dulces
dad a mi amigo. 20

Guardará entonces mi amoroso pecho
gratitud siempre a vuestro blando amparo
y, en canto claro, vuestras sacras glorias
dirán mis versos.

Málaga, marzo de 1842

A la muerte de Espronceda

 

Yo quisiera cantar. Hierve y se agita
la inspiración en mi abrasado pecho…
Mas mi dolor por tu temprana muerte
la triste voz en la garganta hiela,
y sólo se revela 5
por las amargas lágrimas que vierte
mi corazón al contemplar tu suerte.

Oh, si me fuera dado
el ardor inspirar que a mí me inspira,
exhalar el dolor que el alma siente!… 10
¡Quién pulsara con estro más ardiente
la armoniosa lira!
……………………………………………………..

¿Dónde están ya, poeta, los acentos
de tu laúd sonoro?
¿Do las cuerdas de oro 15
que lanzaban torrentes de armonía?
¿Do la voz resonante
que, al vibrar en mi oído,
el alma estremecía,
llevándose tras sí como encantado 20
mi corazón amante?…
¡Oh desventura impía!…
Todo está sepultado
dentro del seno del sepulcro helado!
………………………………………………….

¡Oh muerte despiadada! 25
¡Oh vida malograda!
Águila que altanera
de la tormenta en el embate, fiera,
hasta los cielos por alzarse ansía!
¡Ay me! ¿Quién me diría 30
cuando te vi, de inspiración ardiente
fuego brotando la elevada frente,
que vendría la muerte destructora
de lágrimas seguida,
a dar fin en una hora 35
a tus dulces cantares y a tu vida?

Mas recuerdo los célicos acentos
de tus versos divinos,
que guarda mi memoria;
y cesan mis lamentos, 40
que imagino escuchar tu voz gigante
que se difunde en alas de los vientos
desde la excelsa cumbre de la gloria.

Mas, desmayando luego,
se extingue el vivo fuego 45
de mi entusiasmo, de tu muerte dura
vuelve el recuerdo al angustiado pecho,
y el triste corazón saltarse quiere
en lágrimas deshecho.

Murió Espronceda, y en la tumba obscura 50
el astro se eclipsó; mas sus cantares
eternos vivirán; su nombre augusto,
allá en la edad futura,
se escuchará con mágico respeto;
su inmarcesible gloria 55
límites no tendrá, y eternamente
su fama refulgente
conservará en sus páginas la historia.

 

Granada, mayo de 1842

En la tumba de Laureta

Sinite parvulos
venire ad me.

 

¡Cuán suaves los céfiros murmuran
lamentando tu pérdida temprana!
¡Cuántas la aurora cándida y galana
sobre esa tumba lágrimas vertió!
¡Cómo mi seno de dolor palpita 5
con misterioso y apacible encanto,
al saludar de tu sepulcro santo
la pobre melancólica mansión!

Aun me parece ver tu virgen alma
al levantarse con sereno vuelo, 10
llegar al puro y, extendido cielo
en alas del radiante querubín.
Y que el Señor, con amoroso anhelo,
en medio de los ángeles te llama,
y con voz blanda y amorosa clama 15
«¡Dejad que venga la inocencia a mí!»

Feliz, Laureta, que cual blanca y leve
florecilla del valle delicada,
al abrirse tu cáliz, agostada
fuiste por mano del supremo Dios. 20
Que antes de disiparse los perfumes
de tu virgínea célica fragancia,
el puro cáliz de tu dulce infancia
el Señor en su seno recogió.

 

Mayo, 1842

La maga de mis sueños

 

Dulce tormento de la vida mía,
hondo misterio de mi edad primera,
galana luz, de mi esperanza guía;
lozana flor que en el jardín floreces
de mi tierno y ardiente sentimiento, 5
que con las alas, ¡ay!, del pensamiento
por esa inmensidad te desvaneces:
como una virgen cándida, amorosa,
sobre tu blanco pecho me adormeces,
o tus labios de rosa 10
acarician mi frente con un beso.
El mágico embeleso
de tu suave voz hiere mi oído,
y el eco repetido
de tu cantar me halaga. 15
¡Qué quimérica y vaga
es la nube que encubre tu hermosura!
Que te miro doquier se me figura;
pero tú huyes, la esperanza mía
llevándote contigo 20
y arrancando del seno de tu amigo
en un suspiro toda su alegría.

¿Quién eres, que en las alas de mi mente
te remontas al cielo?
¿Por quién el pecho siente 25
el continuo desvelo
que me atormenta con dolor impío?
¿Quién eres, di, fantástica señora,
infierno, beatitud, noche y aurora
del corazón enamorado mío? 30

¿Eres quizá la rápida esperanza
que, con tus alas de esmeraldas vivas,
vas más ligera que el alado viento;
que retratas mi dicha en lontananza,
en medio de las ondas fugitivas 35
del mar del pensamiento?
Sí, yo te vi flotar sobre la ola
de la mar agitada,
aérea y vaporosa,
y en esa inmensidad perdida y sola 40
derramaba tu frente enamorada
una luz misteriosa.

En la rica y amena patria mía,
de sus frondosas selvas en lo esquivo,
a veces, de repente, te veía, 45
y tu mirar altivo
o tu dulce mirar el alma hería;
y tu revuelta falda,
blanca, leve, flotante,
se solía rozar con mi vestido, 50
y, al desaparecer, de tu guirnalda
una me dejabas odorante,
que de ella se te había desprendido.

¡Oh veleidosa maga,
cuya beldad el corazón halaga! 55
¿Eres del corazón primer latido,
o postrer sentimiento?
¿Eres mi amor sin esperanza, acaso,
o mi deseo rudo y violento?
¿Eres un sol que se hunde en el ocaso 60
para nunca volver, o del aurora
el luminoso aliento
que el cielo alumbra y el vergel colora?

 

Madrid, 1842

A Lelia

 

Tus ojos, vida mía,
bellos como la luz de la mañana
que entre celajes de zafiro y grana
el claro sol desde el Oriente envía,
y el vivo lampo ardiente 5
que enciende el genio en tu divina frente,
arrebatan de amor mi fantasía.

Tu voz, vibrante y pura,
como los ecos del laúd sonoro,
que derrama un torrente de ternura, 10
arranca de mi pecho un «yo te adoro»;
y de tus puros labios encarnados,
en dulce miel bañados,
libar quisiera el encantado acento
antes que se difunda por el viento. 15

Tu suavísimo acento que, del aura
sobre las blandas alas conducido,
llega a mover mi espíritu dormido
y en nuevo amor mi corazón restaura.
El entusiasmo en tu inspirado seno 20
puso su fuego sacro, y en tu boca
sus palabras los cándidos amores;
y así tu nombre, de tu gloria lleno,
resistirá del tiempo a los furores,
como la yerta y empinada roca 25
que de las crespas olas combatida
alza la frente erguida
a cuyos pies el Océano brama.

Sí, Lelia mía, ya la eterna fama
que en las nubes esconde la cabeza, 30
llevó tu dulce nombre y tus canciones
por todas las regiones
do vierte el sol su lumbre y su belleza.

Yo escuché entusiasmado
en mi dulce retiro 35
tu cántico inspirado;
mas, luego que te vi, dueño adorado,
el corazón de amor lanzó un suspiro.
El dios de la poesía
en lauro eterno coronó tu frente, 40
de tu dulce regazo, vida mía,
el entusiasmo ardiente
brota al pulsar la cítara sonora,
y Stenio al verte tu faz implora;
y te suplica con ardiente ruego 45
que tengas compasión del vivo fuego
que arde en su amante pecho; así el que inspira
sacro numen tu canto enardecido,
haga vibrar con mágico sonido
entre el aplauso popular tu lira. 50

 

1842 o 1843

A mis amigos

 

¿Cuándo será que pueda, amigos míos,
me preguntáis, volver a mi Granada;
y ver sus frescos ríos,
y su Alhambra dorada,
por quien mi pecho sin cesar suspira?
Cuando el poder que contra mí conspira
se sumerja en el mar de mi amargura,
cuando de su deseo más ferviente
sólo le quede al corazón doliente
un lastimado acento de tristura.

Entonces iré ahí, y en vuestros brazos
aliviaré mi pena.
………………………………………………………
Entretanto, si oís en la serena
noche, en la Alhambra, un lastimado acento
que se confunde con el manso ruido
del aromado viento,
que en la verde espesura
los árboles menea, es el quejido
de mi alma enamorada,
que por ahí se anda divagando,
sus antiguos amores recordando.

Y si a los rayos de la luna hermosa
de la noche querida,
veis vagar por la vega, blandamente
en alas de los céfiros mecida,
una forma ligera y vagorosa
que por los horizontes se dilata;
y que suavemente
sobre las ondas de zafiro y plata
de los hermosos ríos
voluptuosa se mece,
y entre las densas nieblas desvanece
las orlas de sus blancos atavíos,
ésa es, amados míos,
mi ilusión querida;
la amada de mi vida,
cuyo recuerdo suave
en mi pecho se anida,
y el tierno corazón guardarle sabe.

 

Madrid, 1843

Al mar

 

Siempre presente a la memoria mía
estás, profundo mar; sobre tu espalda
de blanca espuma y líquida esmeralda
se columpia mi libre fantasía;
como al vencer del potro la fiereza 5
que por primera vez sujeta el freno,
mostrando con orgullo su destreza
vuela el jinete impávido y sereno.

Siempre, siempre te amé; me complacía
en oír de tus olas el silbido, 10
más suave a mi oído
que el eco de la artística armonía.
¡Ay!, cuántas veces la argentada luna
que en tu puro cristal se reflejaba,
cuando en la obscura noche te admiraba, 15
con débil luz me sorprendió importuna!

Objeto de mi anhelo
era adorar tu inmensidad tan sólo,
ya si sereno te contempla el cielo
o si violento Eolo 20
arrebata tus ondas espumosas.

Coronados de rosas
mis compañeros, jóvenes y amantes,
entretanto a los pies de sus hermosas
veían volar las horas como instantes. 25
Allí, solo a tu lado,
el mundo y el amor puesto en olvido,
de tu grandiosidad enamorado,
te contemplaba absorto y embebido.

Y hasta me imaginaba 30
que sólo tú mis penas comprendías,
y el que tu seno horrísono formaba
ronco bramido, el eco que sonaba,
pensé que era de las quejas mías.

¡Ay!, que de fuerte acero 35
tendría el duro pecho el arrogante
que en la espalda gigante
del hondo mar se sustentó primero;
arrostrando en un leño
el rebramar del huracán sonoro 40
y de las ondas el airado ceño.
En su palacio de oro,
de ricas perlas y coral luciente,
el dios que rige los inmensos mares
estremeció de cólera el tridente 45
al ver al hombre que, sus patrios lares
por las ondas dejando turbulentas,
sujetó el hado a su inmortal destino,
a otras tierras abriéndose camino
sin temer las undívagas tormentas. 50
Los genios que sustentas,
Océano, en tu seno, no miraron
la humana audacia con la faz serena;
se enfureció la armónica sirena
y los vientos horrísonos bramaron. 55

Para oponerse entonces al camino
de Occidente, se alzó como un coloso
el padre de los mares; en las olas
asentado del férvido Océano.
Hasta que el grande genovés glorioso, 60
y el valor de las gentes españolas,
venciendo al dios marino,
un nuevo mundo hallaron;
y el pendón de Castilla
en la incógnita orilla 65
con brazo armipotente tremolaron.

 

Madrid, julio de 1843

Marcelino Menéndez Pelayo, Santander, 1856-1912