Gansos salvajes

 

No tienes que ser buena.
No tienes que atravesar el desierto
de rodillas, arrepintiéndote.
Solo tienes que dejar que ese delicado animal
que es tu cuerpo ame lo que ama.
Cuéntame tu desesperación y te contaré la mía.
Mientras tanto, el mundo sigue.
Mientras tanto, el sol y los guijarros cristalinos
de la lluvia avanzan por los paisajes,
las praderas y los árboles frondosos, las montañas y los ríos.
Mientras tanto, los gansos salvajes, que vuelan alto
en el aire azul y puro,
vuelven nuevamente a casa.
Seas quien seas, por muy sola que te sientas
el mundo se ofrece a tu imaginación,
y te llama, como los gansos salvajes, chillando con excitación
anunciando una y otra vez
tu lugar en la familia de las cosas.

El viaje

 

Un día por fin supiste
lo que tenías que hacer, y lo empezaste,
aunque a tu alrededor algunas voces
insistían en gritar
malos consejos…
aunque toda la casa
se puso a temblar
y sentiste el viejo tirón
en los tobillos.
“¡Arréglame la vida!”,
gritaba cada una de las voces.
Pero no te detuviste.
Sabías lo que tenías que hacer,
aunque el viento husmeara
con sus dedos rígidos
hasta en los cimientos,
aunque su melancolía
fuese tremenda.
Ya era bastante tarde
y era una noche espantosa
y la carretera estaba llena
de ramas y piedras caídas.
Pero poco a poco,
a medida que dejabas atrás sus voces,
las estrellas comenzaron a arder
a través de las láminas de nubes,
y se oyó una voz nueva
que lentamente
reconociste como tuya,
que te hacía compañía
mientras a zancadas
penetrabas cada vez más en el mundo,
con la decisión de hacer
lo único que podías hacer…
la decisión de salvar
la única vida que podías salvar.

Lluvia

 

Toda la tarde llovió, y luego
semejante poder cayó de las nubes
en un hilo amarillo,
autoritario como se supone que es Dios.
Cuando golpeó el árbol, el cuerpo de ella
se abrió para siempre.

El jardín

 

La manga arrugada
del repollo,
la campana hueca
del pimiento,
la cebolla laqueada.

Remolachas, borraja, tomates.
Chauchas.

Entré y puse todo
sobre la mesa: cebollines, perejil, eneldo,
el zapallito como una luna pálida,
las arvejas con sus zapatos de seda, el maíz
hermoso que la lluvia empapó.

El día de verano

 

¿Quién creó al mundo?
¿Quién hizo al cisne, y al oso negro?
¿Quién dio forma al saltamontes?
Me refiero a este saltamontes,
el que acaba de saltar en la hierba,
el que ahora come azúcar de mi mano,
el que mueve las fauces de atrás para adelante y no de arriba abajo,
el que mira a su alrededor con enormes ojos complicados.
Ahora levanta una de sus patas y se lava la cara cuidadosamente.
Ahora de pronto abre sus alas y se va flotando.
Yo no sé con certeza lo que es una oración.
Sin embargo sé prestar atención
y sé cómo caer sobre la hierba,
cómo arrodillarme en la hierba,
cómo ser bendita y perezosa,
cómo andar por el campo,
que es lo que llevo haciendo todo el día.
Dime, ¿qué más debería haber hecho?
¿No es verdad que todo al final se muere, y tan pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?

Cuarenta años

 

durante cuarenta años
las hojas de blanco papel han
pasado bajo mis manos y he intentado
mejorar su pacífico

vacío, al depositar
pequeños caireles pequeños tallos
de letras escritas
pequeñas llamas saltando

ni una página
fue menos que fascinante
discurso lleno de cadencia
sus pálidos nervios escondiéndose

en las curvas de las Qs
detrás de las marciales Hs
en los pies palmeados de las Ws
cuarenta años

y de nuevo, esta mañana como siempre
me detengo mientras el mundo vuelve
mojado y hermoso, estoy pensando
que el lenguaje

no es ni siquiera un río
ni siquiera un árbol ni siquiera un campo verde
ni siquiera una negra hormiga que viaja
enérgicamente modestamente

de día a día, de una
dorada página a otra.

La mensajera

 

Mi trabajo es el de amar al mundo.
Aquí los girasoles, ahí el colibrí–
idénticos buscadores de dulzura.
Aquí la apresurada levadura; ahí las azules ciruelas.
Aquí la almeja, hundida en la arena moteada.

¿Mis botas son viejas? ¿Mi abrigo está roto?
¿Ya no soy joven ni todavía la mitad de perfecta? Déjenme
concentrarme en lo que importa,
que es mi trabajo,

el cuál, en su mayoría, es estar de pie y aprender a estar
asombrada.
El mosquero, la candelilla.
Las ovejas en su pastura, y la pastura.
Lo cual es, en su mayoría, jubiloso, pues todos los ingredientes están aquí,

que son gratitud, por haber recibido una mente y un corazón
y estos cuerpos vestidos,
una boca que da gritos de alegría
a la polilla, al reyezuelo, a la soñolienta y recién excavada almeja
para decirles, una y otra vez, como es
que viviremos para siempre.

Cuando la muerte venga

 

Cuando la muerte venga
como un oso hambriento en otoño;
cuando la muerta venga y tome todas las monedas brillantes de
su bolsa

para comprarme, y cerrar su bolsa de golpe;
cuando la muerte venga
como el sarampión,

cuando la muerte venga
como un iceberg entre los omoplatos,

quiero atravesar la puerta llena de curiosidad,
preguntándome:
¿cómo será, aquella cabaña de oscuridad?

Y por lo tanto, lo veo todo
como una fraternidad y una hermandad,
y miro al tiempo como no más que una idea,
y considero a la eternidad como otra posibilidad.

y pienso en cada vida como una flor, tan común
como una margarita de campo, y tan singular,

y a cada nombre una música cómoda en la boca,
tendiendo, como hace toda la música, hacia el silencio,

y a cada cuerpo un león de coraje, y algo
precioso para la tierra.

Cuando se acabe, quiero decir que toda mi vida
fui esposa que se casó con el asombro.
Fui el esposo, tomando al mundo entre mis brazos.

Cuando se acabe, no quiero preguntarme
si hice de mi vida algo particular y
real.

No quiero encontrarme a mí misma suspirando y asustada,
repleta de argumentos.
No quiero terminar simplemente habiendo visitado este mundo.

Mary Oliver, Usa, 1935-2019

Nada es demasiado pequeño como para no hacerse preguntas

 

El grillo no se pregunta
si existe el cielo
o, si es que existe, si habrá espacio para él.
Es otoño. El romance ha acabado. Aun así, canta.

Si puede, entra en una casa
por el resquicio más pequeño de la puerta.
Entonces la casa se vuelve más fría.

Canta despacio y más despacio.
Y de pronto, nada.
Debe de significar algo, no sé qué.

Pero sin duda no significa
que no haya sido un excelente grillo
durante toda su vida.

A veces

 

1.
Algo surgió
de la oscuridad.
No era nada que había visto antes.
No era un animal
ni una flor,
a no ser que fuera de las dos cosas.
Algo surgió del agua,
la cabeza del tamaño de un gato
pero toda embarrada y sin orejas.
Yo no sé lo que es dios.
No sé lo que es la muerte.
Pero creo que tienen
un pacto fervoroso y necesario.

2.
A veces
la melancolía me deja sin aliento…

3.
¡Agua del firmamento! ¡Electricidad de la fuente!
¡Locas ambas por crear alguna cosa!
Los rayos más brillantes que cualquier flor.
Los truenos sin un hueso adormilado en el cuerpo.

4.
Instrucciones para vivir una vida:
Prestar atención.
Asombrarse.
Contarlo.

5.
Dos o tres veces en mi vida descubrí el amor.
Siempre parecía que lo arreglaba todo.
Siempre arreglaba muchas cosas
pero no todo.
Pero yo quedaba agradecida como si en efecto lo hubo
arreglado todo, y por completo.

6.
Dios, descansá en mi corazón
y fortaleceme,
sacame el hambre de respuestas,
dejá que las horas jueguen con mi cuerpo
como las manos de mi amada.
Que la cabeza de gato vuelva a aparecer:
el menor de tus misterios,
probablemente algún primo salvaje de mi propia sangre,
probablemente algún primo de mi propia sangre salvaje,
en el plato hondo negro del estanque.

7.
La muerte me espera, ya lo sé, a la vuelta
de alguna esquina.
Eso no me divierte.
Tampoco me da miedo.
Después de la lluvia, volví al campo de girasoles.
Estaba fresco, y yo no estaba nada adormilada.
Anduve despacio, y me puse a escuchar
a las raíces locas, en la tierra empapada, que reían y crecían.

 

Traducción Ezequiel Zaidenwerg

Mary Oliver, Usa, 1935-2019

A la mañana temprano, mi cumpleaños

 

Los caracoles se mueven entre las campanillas
sobre el trineo rosado de su cuerpo.
La araña duerme entre los pulgares rojos
de las frambuesas.
¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer?

La lluvia es lenta.
Bajo ella los pajaritos reviven.
Hasta los escarabajos.
Las hojas verdes la beben a lengüetazos.
¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer?

La avispa se sienta en el porche de su castillo de papel.
La garza azul sale de las nubes flotando.
El pez salta, todo arco iris y boca, del agua oscura.
Esta mañana los lirios de agua no son menos hermosos, creo,
que los lirios de Monet.
Y yo no quiero más ser útil, ser dócil,
guiar
a los chicos desde los campos hasta el texto
de la civilidad, enseñarles que son (no son) mejores
que el pasto.

El trastero

 

Cuando me mudaba de una casa a otra
había muchas cosas para las que no tenía espacio
¿Qué podía hacer?
Alquilé un trastero y lo llené.
Los años pasaron.
De vez en cuando iba allí y miraba,
sin que nada ocurriera, ni una sola
punzada en el corazón.
Cuantos más años cumplía, las cosas que me importaban eran cada vez menos, pero más importantes.
Así que un día rompí el candado
y llamé al basurero.
Se lo llevó todo.
Me sentí como el burrito al que
finalmente quitan la carga de encima
¡Cosas!
¡Haz un hermoso fuego!
¡Habrá más espacio en tu corazón para el amor,
para los árboles!
Para los pájaros que nada poseen- razón por la que pueden volar.

La vida es bastante parecida

 

La vida es bastante parecida
cuando todo va bien
resonante
cotidiana.

Pero ¿quién que no esté
bajo el sello del desastre
puede entender cómo es la vida
cuando todo empieza a temblar?

Visitando el cementerio

 

Cuando pienso en la muerte pienso
en una ciudad bastante
luminosa, donde cada año hay
más rostros conocidos

pero ninguno de ellos
puede verme
aunque lo deseo
y cuando hablan entre sí,

cosa que hacen
en voz muy baja,
su lenguaje es imposible—
puedo reconocer el tono

pero no entiendo ni una palabra—
y cuando abro los ojos
ahí está la tierra misteriosa, los árboles altísimos.
Las lápidas.

Percy y los libros

 

A Percy no le gusta cuando leo.
Pone su hocico sobre el libro y gime.
Revolea los ojos, a veces estornuda.
El sol está arriba, dice, y el viento abajo.
Afuera está el mar y juegan los perros de los vecinos.
Pero Percy, digo. ¡Las ideas! ¡La elegancia del lenguaje!
Las percepciones, las ironías, las historias hermosas
que nacen y mueren y giran en torno a la fuerza, o al coraje.

¿Libros? dice Percy. Una vez me comí uno, y fue suficiente.
Salgamos.

Rojos

 

Todo el tiempo
que estuve dando clases
en el estado de Virginia
quise ver
al zorro gris.
Finalmente lo encontré.
Estaba en la autopista.
Estaba cantando
su canción de agonía.
Lo levanté
y lo llevé
a un campo
mientras los autos seguían pasando.
Me mostró
cómo podía gemir
cómo podía sangrar.
Adiós, le dije
a la luz de su ojo
mientras los autos pasaban.
Dos días después
encontré a su pareja.
Estaba en la autopista.
Estaba cantando
su canción de agonía.
La levanté
y la llevé
al campo
donde gimió
mitad gris
mitad roja
mientras los autos seguían pasando.
Mientras los autos seguían pasando.
Zorro gris y zorra gris.
Rojos, rojos, rojos.

Mary Oliver, Usa, 1935-2019