La sed

Treinta años, o casi treinta, tomando arroz con leche por finura de Matías, que había decidido por su cuenta que ese era el postre predilecto de Justa. ¿Cómo decirle que no le gustaba? Nunca, ni de niña, se había atrevido.

No le daba las gracias por el regalo, ni por el postre, con todo y apreciarlos tanto; lo que más le había agradecido fue esa frase: «eres lo único que tengo en el mundo». ¿Era eso cierto? ¿Era ella tanto para alguien? El abuelo tenía una hija, otros nietos. Carlos, su hermana, sus sobrinos… Pero Matías la tenía a ella sola. ¡Qué gozoso regalo de cumpleaños!

Carlos, mientras se afeitaba, seguía pensando: «Yo, señora, represento los intereses de don Ambrosio Marsá…». Hacía una mañana fría, una de esas mañanas de fin de septiembre en las que la luz es húmeda entre la bruma. Aunque su marido le había ofrecido llevarla en el coche cuando saliera hacia el despacho, ella prefirió ir a pie. Iba andando despacio, gozándose en la temperatura de la mañana. Miraba a los transeúntes con los que se cruzaba, gente apresurada que iba a sus quehaceres, parejas de novios enlazados y en silencio, niños que corrían gritando, mendigos que se agachaban a recoger algún despojo. Y detrás de cada frente una encrucijada y dentro de cada corazón un ansia. Los veía de pasada, sin fijarse en ninguno determinado, y una inmensa piedad se apoderaba de su ánimo. ¡La gente, la vida! ¡Esa cadena monótona y sin sentido!

Eclipse de tierra

La dorada industria los sacó de allí poco menos que a puntapiés. Por un error al marcar los itinerarios, debido tal vez a que la casona de los Borrell se hallaba en el cruce de tres calles, el caso fue que se la incluyó en la ruta de varios grupos y Francisco y su acompañante resultaron ser los cuartos en llamar a aquella puerta con la pretensión de sacar al Asia de la idolatría. Como los dueños de la casa estaban ausentes y al portero, reumático y provecto, le costaba un trabajo ímprobo levantarse de su sillón y bajar los siete escalones para abrir el portal, y, por otra parte, le tenía sin cuidado el porvenir espiritual del Asia, cuando vio delante de sí a dos nuevos jovenzuelos armados de huchas y de fina dialéctica evangelizadora, los arrojó a empellones, con un vigor tan inesperado en su avanzada edad que de milagro no cayeron allí mismo descalabrados los pedantes apóstoles de la caridad.

Mercedes Ballesteros Gaibrois, Madrid, 1913-1995

Taller

Lo tenía arreglado con muy buen gusto: buenos muebles, antigüedades, grabados, un biombo de su invención con mariposas multicolores, aprisionadas entre dos cristales. Todo era refinado, con ese refinamiento un poco de pacotilla, de la pacotilla del buen gusto, que ilustra los «Vogue» y demás revistas depositarias del chic.

A Cruz le gustó, le gustó enormemente, sobre todo por el contraste que ofrecía aquel rincón exquisito con su piso destartalado. En su casa todo era feo, pobre. La estera del corredor estaba rota; deslucida la carpeta que cubría la camilla. La máquina de coser tenía una funda hecha con una colcha vieja. Solo la salita de recibir conservaba algún mueble bueno, pero falto de barniz. En la vitrina, que antaño contuvo algún objeto de valor, se amontonaban ahora las baratijas.

Mercedes Ballesteros Gaibrois, Madrid, 1913-1995
Mercedes Ballesteros Gaibrois, Madrid, 1913-1995
Mercedes Ballesteros Gaibrois, Madrid, 1913-1995
Mercedes Ballesteros Gaibrois, Madrid, 1913-1995