Al reflexionar sobre la tragedia catalana, que ha provocado la peor crisis que haya sufrido la democracia española fundada en 1978, el historiador Santos Juliá ha afirmado que las políticas identitarias “son como mantos primorosamente repujados que cubren políticas de poder” (El País, 6 noviembre 2017). Ciertamente, son los poderes quienes tejen una identidad colectiva separada, de la cual supuestamente emana una voluntad nacional como sujeto que aspira a la soberanía. Esta es la raíz de los nacionalismos. Sin embargo, las identidades nacionales no solamente son instrumentos funcionales manipulados por los poderes políticos con el propósito de legitimar su hegemonía. Son también complejos culturales de larga duración que tejen leyendas, mitos, rituales y costumbres. Tienen una vida propia, crecen y eventualmente se extinguen o sufren grandes mutaciones. Cuando estos “mantos primorosamente repujados” son manipulados políticamente surgen esos fenómenos ideológicos que llamamos nacionalismos. Las ideologías nacionalistas han contribuido con mucha frecuencia a lo largo del siglo XX a la cristalización de toxinas políticas extremadamente dañinas. Estos fenómenos tóxicos suelen acompañar e impulsar procesos políticos autoritarios o dictatoriales en los que se inventa una voluntad nacional popular que corroe a las instituciones democráticas.

No hay que olvidar que, puesto que se basan en una cultura política extendida y enraizada en la sociedad, los poderes nacionalistas llegan a apoyarse en una gran masa popular que, en ocasiones, llega a ser mayoritaria. Es lo que ocurrió en 1924 en Italia, cuando Mussolini ganó las elecciones. En 1933 en Alemania ocurrió algo similar cuando Hitler obtuvo el 44 % de los votos y, a pesar de no obtener la mayoría, fue nombrado canciller por el presidente Hindenburg. El ascenso de estos dos nacionalismos al poder, el fascismo y el nazismo, tuvo consecuencias letales para Europa y para el mundo entero.

Desde luego, no todas las expresiones nacionalistas han sido tan malignas. El nacionalismo no es una postura ideológica fácilmente definible. Es más bien un flujo que se filtra como un componente en diversas corrientes políticas, y que impregna con frecuencia al socialismo (en la época de Stalin), al populismo (hoy en Estados Unidos y Europa) e incluso al liberalismo (en las fundaciones de Estados nacionales durante el siglo XIX). Podemos observar fuertes ingredientes nacionalistas en el peronismo, el nasserismo y el kemalismo, lo mismo que en las derechas europeas, de Le Pen en Francia a Puigdemont en España, pasando por la Liga Norte italiana. Los nacionalismos suelen fortalecerse al enfrentarse con otros nacionalismos vecinos.

El nacionalismo se opone a las visiones internacionalistas y cosmopolitas. Cuando se mezcla con corrientes de izquierda se producen extraños cortocircuitos, pues el nacionalismo en principio choca con los ideales apoyados por las tradiciones socialistas, laboristas y comunistas democráticas. Pero en América Latina el nacionalismo ha impregnado a movimientos que se proclaman como socialistas y de izquierda, aunque en realidad son corrientes populistas (el chavismo en Venezuela) o comunistas autoritarias (el castrismo en Cuba). En México ha gobernado durante decenios una corriente nacionalista revolucionaria -el PRI- que sumió al país en un largo periodo de despotismo, que duró hasta que se inició la transición democrática en el año 2000. Hoy aparecen líderes que provienen de la izquierda y que retoman el viejo nacionalismo revolucionario para reciclarlo o regenerarlo. Cabe preguntarse: ¿sigue siendo de izquierda un partido o un grupo que adopta el nacionalismo en su programa? ¿Es compatible el nacionalismo con la izquierda? Cuando el nacionalismo infecta a las corrientes políticas de izquierda suele ocurrir un profundo deterioro del ideario progresista.

En el siglo XXI los nacionalismos han sido especialmente dañinos y han surgido con fuerza en contextos enormemente diferentes. Impregnan tanto al gobierno del presidente Donald Trump en Estados Unidos como a los británicos que votaron por el Brexit. También está presente en los dogmas que impulsan al terrorismo, sea con tintes islamistas o no. El nacionalismo amenaza con convertirse de nuevo en una plaga política.

 

Fuente | Roger Bartra | Reforma