A comienzos del siglo VII en Arabia, una región marginal a las grandes corrientes históricas de la época y que identificamos con la Persia Sassánida y el Imperio Bizantino, un hombre iluminado, el Profeta Mahoma (c.570-632), comenzó a recibir una serie de Revelaciones que constituirán la base no sólo de una nueva religión, sino de toda una Civilización. Rescatando algunos elementos de las tradiciones preislámicas, pero aportando también con aspectos novedosos, se dio forma a una nueva creencia que habría de tener un gran protagonismo en la Historia del Mediterráneo, desde entonces y hasta hoy en día.

Difícil es entrar al tema de la vida de Mahoma, ya que en el relato que de ella elaboró la tradición musulmana, se mezclan datos históricos y legendarios; las biografías del Profeta se escriben en forma tardía, destacándose en ese género, la Sirat al-Rasul de Ibn Hisham, del siglo IX. Sabemos que Mahoma nació en La Meca, y que descendía de la tribu de los Quraysíes, y del clan de los Hassemitas. Huérfano a temprana edad, fue criado por su tío Abu-Talib, y más tarde se empleó a las órdenes de Jadicha, una viuda rica que tenía intereses en el comercio caravanero, casándose luego con ella. Con fama de hombre piadoso, Mahoma realizaba retiros espirituales (tahannut) en el monte Hira. Hacia el año 610, en uno de esos retiros, se le apareció al Arcángel Gabriel, quien le transmitió por vez primera la voluntad de Dios (Alá). Guardó Mahoma en secreto esta Revelación, confiándosela sólo a sus más cercanos: Jadicha, Abu Talib, Abu Bakr y Utmán, entre otros. Hacia el año 612 las Revelaciones se reanudaron y Mahoma comenzó a predicar la palabra que Dios había hecho descender desde lo Alto.

Esa “palabra” revelada a Mahoma constituye el Corán, en árabe qur’ân, es decir, “recitación”, el libro (Kitab) sagrado de los musulmanes, y que, para ellos, es la primera y más auténtica fuente del Islam, palabra eterna e increada de Dios. Para el musulmán, a diferencia de la Biblia -escrita por hombres bajo inspiración divina-, el Corán es la palabra divina; Mahoma sólo la transmite, y es el último de una larga serie de profetas.

Revelado en árabe, lo que elevó esta lengua al rango de sagrada constituyéndose en un pilar de la unidad de la religión islámica, el Corán se divide en suras (capítulos) y aleyas (versículos), que fueron reveladas a Mahoma en distintos momentos y lugares, entre los años 612 y 632, y que se refieren a variados temas. Las suras más religiosas se relacionan con la época de la predicación en La Meca, y dicen relación con la aceptación de la voluntad de Dios y ser agradecido por sus dones, la condena a la idolatría y la noticia del Juicio Final, para el cual deben prepararse los creyentes llevando una vida piadosa. Las restantes suras corresponden al período de Medina, y sus disposiciones legales reflejan la experiencia de la primera comunidad islámica.

Transmitido en un principio en forma oral, en un lenguaje poético y rítmico, confiado a los “memoriones”, después de la batalla de Yamama (633) en que muchos de ellos murieron, se ve la necesidad de poner por escrito el Corán. Esta tarea la llevaron a cabo los califas Umar (634-644) y Utmán (644-656), de manera que hacia el año 651 se pudo contar con un texto “oficial”, canónico, llamado “Vulgata Coránica”, y que fue enviado a las principales ciudades islámicas de la época.

El Corán es un código religioso, ético, moral, civil, que involucra el ordenamiento completo de la comunidad o Umma, donde se reconoce un fuerte sentido comunitario que descansa en la fe y la lengua. La Umma es la más perfecta realización del plan divino, y se la entiende como una verdadera comunidad “matriz” (del ár. umm, “madre”), portadora de todos los valores religiosos que anticipan el Reino de Dios sobre la tierra. Esta nueva forma de organización social tiene una base esencialmente religiosa, que reemplaza a los lazos de parentesco de las antiguas comunidades tribales, como vínculo de unidad. Fue en Medina, después de la Hégira (622) cuando  Mahoma fundó históricamente la primera comunidad islámica.

Teóricamente, la jefatura de la Umma corresponde a Dios, cuyo representante o vicario es el Profeta o su sucesor. Se constituye así la Umma en una comunidad politico-religioso-jurídica, y se instaura el Corán como Ley suprema sobre la costumbre tribal. Cuando se plantee a la comunidad un problema cuya solución no está en el Corán, se puede recurrir a los hadices del Profeta, esto es, dichos, sermones o proverbios inspirados por Alá. Mahoma, en efecto, es el ejemplo vivo del Corán, y existe entre los musulmanes lo que podríamos llamar una “Imitatio Muhammadis“. El conjunto de lo hadices conforma la sunna o “tradición”. El problema de la autenticidad de los hadices llevó a la elaboración de una verdadera ciencia de la crítica que floreció entre los siglos XIII y XIV, pero recurriendo a colecciones elaboradas más tempranamente por tratadistas como al-Bukhari (810-870) o Muslim ibn al-Hajjaj (817-875), entre otros. La crítica del hadith analiza el Isnad o “cadenas de transmisores” y el maten, es decir, el “mensaje” propiamente tal.

El Corán y la Sunna, pues, son las fuentes de la ley (shari’a); a partir de ambos los juristas musulmanes establecen y estudian la jurisprudencia (fikh), recurriendo al consenso o a la deducción analógica, según la época, lugar de procedencia o escuela teológica en la cual se inscriba el estudioso del derecho. El buen musulmán debe observar escrupulosamente las reglas del fikh, partiendo por lo que se conoce como “los pilares de la fe” (arkan al-islam), los deberes respecto a Dios, que expresan lo más propio del Islam, esto es, la fe y la sumisión completa a su voluntad. Los pilares corresponden a las prescripciones de culto (ibadat), y son: la shahada, “testimonio”, o profesión de Fe; la salat, u oración ritual; el zakat o limosna legal; el sawn, ayuno del Mes de Ramadán; y el hadjdj, la peregrinación a La Meca, que se debe hacer al menos una vez en la vida, y siempre que no haya impedimento justificado. Algunos juristas musulmanes incluyen el jihad entre los pilares del islam; más adelante volveremos sobre este concepto, central para nuestro análisis.

De La Meca a Medina

La religión de Mahoma provocó el más vivo rechazo y oposición de los mercaderes mequíes, ya que amenazaba la peregrinación a La Meca, que también era una “feria”. En ese entonces, las instituciones religiosas y comerciales estaban controladas por la tribu de los Quraysíes. Habiéndose tornado insostenible su situación, Mahoma y sus compañeros se retiraron a la ciudad de Yatrib en el año 622, fecha de la Héjira, el año 1 de la era musulmana. Desde entonces, Yatrib pasará a llamarse Madinat al-Nabi, la Ciudad del Profeta, o simplemente Medina.

Allí se formó la primera Comunidad Islámica, la primera Umma, a partir de la llamada “Constitución del Año 1” o “Pacto”, por el cual todos -judíos y árabes que se encontraban hasta entonces sumidos diputas internas- se sometieron a la autoridad de Mahoma, quien asume, así, funciones propias de un Juez, de un general y de un gobernante, además de ser el líder religioso y el guía espiritual. De este modo, quedaron indisolublemente ligadas las esferas civil y religiosa.

Con la expulsión de los judíos en 625, Medina se transformó en una comunidad islámica homogénea, una umma hegemónica y combatiente. Este momento marca el fin de una época, la de la predicación, y el comienzo de otra, la de la práctica.

Guerra y Jihad.

En este ambiente, la guerra adquiere nuevo sentido, se “totaliza”, transitándose desde la antigua razzia, necesaria por las exigencias materiales de la nueva comunidad, a una guerra “total”, dado su carácter religioso. La experiencia militar del profeta será clave para su prestigio en Arabia y, por tanto, para conseguir nuevas adhesiones.

Sería, justamente, en el período medinés cuando el Profeta habría recibido las primeras revelaciones que hacen lícita la guerra en defensa de la fe, lo que dice relación con la precaria condición de la naciente comunidad islámica. Muchos autores han visto en la Batalla de Badr (624) el inicio del primer jihad; en efecto, tal batalla fue el gran acontecimiento de la primera comunidad musulmana, y se entiende como una continuación de la ghazawat o razziaque, dadas las circunstancias, se transforma en la primera victoria contra los infieles, con la intervención de ángeles enviados por Dios; así, el ataque contra una caravana de La Meca, se transforma en una guerra de los fieles contra los infieles, en la cual triunfaron los primeros gracias a una intervención divina. También la conquista de La Meca en el año 630 se verá revestida de un aspecto religioso. Para algunos las guerras del Profeta son las únicas y verdaderas “guerras santas” del islam.

La doctrina de la guerra se nutre del Corán y la Sunna, donde se exhorta al combate contra el infiel; se trata de un problema complejo, que obliga a tener en cuenta también la realidad histórica, fundamentalmente las etapas coránica y de las primeras conquistas, cuando realmente se elabora una idea de la guerra en relación al infiel. Existen en lengua árabe distintas palabras para referirse a la guerra, como las que se forman a partir de la raíz triconsonántica q.t.l., “combatir, matar”, o g.z.w. que involucra la idea de “razzia, atacar”, o la raíz h.r.b., la más corriente para referirse a la “guerra”. El concepto de jihad, corresponde a otro ámbito semántico, y su codificación se dio en los dos primeros siglos de la historia islámica, marcada por tanto por la experiencia de la conquista.

Es preciso desmitificar aquella idea según la cual la “guerra santa” cristiana tiene su origen en el jihad musulmán, esto es, que los cristianos elaboran una idea de “guerra santa” cuando se sienten amenazados por los musulmanes, especialmente en la Península Ibérica. Tampoco es acertado señalar lo contrario, es decir, que en el Mundo Islámico se concibe el jihad como respuesta a la amenaza de las Cruzadas; es cierto que en el siglo XII se avivan los sentimientos religiosos respecto de la guerra, pero las raíces del jihad son mucho más profundas y complejas.

El término jihad se forma a partir de la raíz árabe j.h.d, y significa “esfuerzo”, sobreentendiéndose que es “en la vía de Alá”. Se trata del combate por el triunfo de la fe, un esfuerzo físico y moral del creyente, conteniendo la idea de “hacer lo posible, esfuerzo dirigido a un fin preciso y difícilmente accesible, con valor de prueba y sufrimiento”. Se entiende como una acción piadosa que trae nuevos adeptos al Islam y, según algunos tratadistas, como un deber colectivo de defender y expandir el islam. Dicho esfuerzo se puede llevar a cabo por la palabra, es decir, la predicación; también por el pensamiento, abarcando la lucha contra sí mismo y el demonio; y también por acciones contra los infieles y, en ese caso, puede incluir la guerra. Dice un hadith: “El hombre combate por el botín; el hombre combate por la gloria; el hombre lucha por demostrar la superioridad de su temple; ¿quién es el que combate en el camino de Alá? El que combate para que sea exaltada su palabra, ése está en el camino de Alá” (Al-‘aïnî, 6557)

Por otra parte, algunos teóricos, especialmente pertenecientes al sufismo, intentaron definir el jihad como un combate estrictamente interior, espiritual, contra las pasiones, para llegar a un estado de contemplación mística. Se distinguió así un jihad mayor, espiritual, de otro menor, que dice relación con la guerra. Esta noción se apoya en el siguiente hadit, proclamado presumiblemente por Mahoma al regresar de una batalla: “He aquí que volvemos del jihad menor. Nos queda entregarnos al jihad mayor, el de las almas”.

Quien combate en la vía de Alá es el muyahid, “el que se esfuerza”, “el combatiente” (en la vía de Alá), y si muere en esta acción, se transforma en un shahid, “testigo”, “mártir”, ya que la muerte en el combate borra las faltas y abre las puertas del paraíso, según un conocido hadit: “El Paraíso está bajo el relámpago de los sables”.

El jihad (menor) se entiende dentro de una concepción universalista que divide el mundo en dos: dar al-islam, la casa del islam, esto es, el mundo de los creyentes, quienes están sometidos a la autoridad y la ley islámicas, y dar al-harb, la casa de la guerra, que incluye a los Pueblos del Libro y a los infieles (kafir, pl. kuffar), los cuales deben someterse a la autoridad islámica, convertirse o morir, según sea el caso. Así, el jihad islámico se entiende sólo desde una perspectiva universalista y misional, por cuanto intenta convertir el mundo a la fe islámica (a diferencia de la Cruzada cristiana, que no intenta convertir al infiel, sino expulsarlo de territorios injustamente arrebatados). James Turner Johnson afirma que la concepción islámica de la guerra dice relación con la integración a un orden político y religioso que se encuentran confundidos, en contraste con la concepción occidental de la separación de las esferas de lo temporal y espiritual. Fue después de la Hégira, en Medina, cuando se fundó esta concepción teopolítica, al transformarse Mahoma en el líder religioso, político y militar, como señalamos líneas atrás.

De allí, pues, que el jihad, como “guerra santa” adquiera un carácter más total y absoluto. Por cierto que la aplicación del concepto corresponde a un uso post-coránico, más bien tardío en relación con los juristas clásicos. Mair Ali, desafía a cualquier intelectual -en una página web- a encontrar en el Corán o en los hadices, la palabra jihad significando “guerra santa”, expresión que en árabe se traduciría como al-harbu al-muqaddasatu. El problema, pues, y sólo en el ámbito conceptual es muy complejo al referirse a la realidad islámica respecto de la guerra. No obstante, debemos aceptar el hecho de que la palabra jihad ha sido la que ha gozado de mayor recepción en el público -erudito o no- para describir lo que denominamos una “guerra santa” musulmana.

Usando la palabra jihad (menor), entonces, en un sentido restringido -y aceptando que podría ser inexacto- como sinónimo de “guerra santa”, ya se puede afirmar que, efectivamente, se justificaría asimilar uno y otro término por cuanto también se incorpora en el islam la noción de martirio, de recompensa celeste.

En fin, impulsados por el celo religioso, los musulmanes se lanzaron a la conquista y conversión del mundo, cayendo bajo su poder, en un breve lapso de tiempo, Egipto, Siria, Palestina, norte de Africa, de modo que a mediados del siglo VIII su civilización abarcaba desde el norte de la India hasta la Península Ibérica. Después de la conquista de La Meca, y hasta 732, fueron un poderío casi imbatible.

 

 

Fuente | José Marín

Orígenes y fundamentos del Islam, José Marín

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