El sonido sordo y cauteloso del fruto

 

El sonido sordo y cauteloso del fruto
Que cae del árbol,
En medio de una incesante melodía
Del profundo silencio del bosque…

 

Traducción de Jorge Bustamante García

La concha

 

Tal vez no me necesites,
Noche; de la vorágine mundial
Yo fui lanzado a tu orilla
Como una concha sin perlas.

Indiferente, tú espumas las olas
Y cantas tercamente,
Pero llegará el día en que amarás
La inútil mentira de la concha.

Tú te acuestas a su lado en la arena,
Te vistes con su casulla
Y con ella construyes una gran campana
Irrompible entre las olas.

Y a las paredes de la frágil concha,
Como a la casa del corazón vacío,
Las llenarás con murmullos de espuma,
Con viento, bruma y lluvia…

 

Traducción de Jorge Bustamante García

La tristeza inexpresiva

 

La tristeza inexpresiva
Abrió sus dos ojos enormes,
El florero al despertar
Del cristal arrojó las flores.

Todo el cuarto se invadió
De una lánguida -¡dulce medicina!
Este reino tan pequeño
Tanto sueño ha devorado.

Un poco de vino rojo,
-Otro poco de sol de mayo-
Y rompiendo un delgado bizcocho
La blancura de dedos finos.

 

Traducción de Jorge Bustamante García

¿Qué calle es ésta?

 

¿Qué calle es ésta?
La calle Mandelstam.
Qué apellido más espantoso:
Si no lo aireas
Suena curvo y no recto.

Poco en él es lineal
Más bien de carácter sombrío
Y es por eso que esta calle
O, mejor, este foso
Lleva el nombre
De ese tal Mandelstam.

 

Traducción de Jorge Bustamante García

En el corazón del siglo soy un ser confuso

 

En el corazón del siglo soy un ser confuso
Y el tiempo aleja cada vez más el objetivo
Y el fresno cansado del bordón
Y el miserable verdín del cobre.

 

 

Traducción de Jorge Bustamante García

El oído afinado dirige la vela sensitiva

 

El oído afinado dirige la vela sensitiva,
La mirada dilatada se despobla
Y un coro enmudecido de pájaros nocturnos
Atraviesa el silencio.

Yo soy tan pobre como la naturaleza
Y tan simple como el firmamento,
Y mi libertad es tan quimérica
Como el canto de los pájaros nocturnos.

Yo veo al mes inanimado
Y al cielo más muerto que el lienzo;
Y acepto del vacío
¡Su mundo enfermo y extraño!

 

Versión de Jorge Bustamante García

Hay turpiales en los bosques, y una única medida

 

Hay turpiales en los bosques, y una única medida
En la permanencia de las voces y en los versos melodiosos.
Pero sólo una vez al año en la naturaleza sucede
El desborde de lo estable, como en la métrica de Hornero.

Este día ha abierto sus puertas a la pausa:
Desde la mañana hay quietud y largos y difíciles momentos
El ganado pasta, mientras la pereza divina
Extrae de la caña de la riqueza de sus notas.

 

Versión de Jorge Bustamante García

Yo quiero servirte

 

Yo quiero servirte
Al igual que otros,
Con la boca sedienta
Hechizarte de celos.
La palabra no me apacigua
Los labios resecos
Y sin ti otra vez
El aire vacío es espeso.

Ya no siento celos
Pero te deseo
Y yo mismo me cargo
Como un verdugo a su víctima.
No te nombraré
Ni el amor, ni el gozo,
Me cambiaron la sangre
Por una más salvaje y ajena.

En un instante más
Te diré una cosa:
Encuentro en ti sufrimiento
En vez de la alegría.
Como en un crimen
Hacia ti me atrae
La boca tierna cereza
En el caos mordida.

 

Versión de Jorge Bustamante García

Poema (sin título)

 

Vivimos insensibles, al suelo bajo nuestros pies,
Nuestras voces a diez pasos no se oyen.
Pero cuando a medias a hablar nos atrevemos
Al montañés del Kremlin siempre mencionamos.
Sus dedos gordos parecen grasientos gusanos,
Como pesas certeras las palabras de su boca caen.
Aletea la risa bajo sus bigotes de cucaracha
Y relucen brillantes las cañas de sus botas.
Una chusma de jefes de cuellos flacos lo rodea,
infrahombres con los que él se divierte y juega.
Uno silba, otro maúlla, otro gime,
Sólo él parlotea y dictamina.
Forja ukase tras ukase como herraduras
A uno en la ingle golpea, a otro en la frente, en el ojo, en la ceja,
Y cada ejecución es un bendito don
Que regocija el ancho pecho del Osseta.

Y estuve vivo

 

Y estuve vivo en la tempestad del peral en flor,
Yo mismo me erguí en la tormenta del cerezo aliso.
Todo era natura y lluvia de estrellas, certero y autodestructivo poder
Y todo me apuntaba a mí.

¿Qué es esta extrema delicia fluyendo, huyendo siempre de la tierra?
¿Qué es ser? ¿Qué es verdad?

Los florecimientos rompen y arrebatan el aire
Todo flotar y el martillo,
Tiempo que se intensifica y tiempo intolerable, decaimiento del deshilarse del dulzor.
Es ahora. Ahora no.

La dorada hidromiel

 

La dorada hidromiel tan espesa y lentamente de la botella
se derrama que el ama de casa acertó a decir:
—Aquí, en la triste Táuride, adonde el destino nos arrojó,
nunca nos aburrimos—, y miró por encima del hombro.

Todo aquí está al servicio de Baco, como si en el orbe
sólo guardianes y perros hubiera; vas y a nadie ves.
Como pesados toneles ruedan tranquilos los días.
A lo lejos, en una choza se oyen voces: no entiendes, no contestas.

Tras el té, salimos al vasto jardín de color canela,
como pestañas, las oscuras persianas caían de las ventanas.
Pasando ante blancas columnas, fuimos a las viñas;
allí, un cristal de aire durmientes montañas bañaba.

Y yo dije: En las viñas viven antiguas batallas,
crespos caballeros en rizado orden combaten.
Aquí, en la pétrea Táuride, está el saber de la Hélade:
doradas fanegas de herrumbrosos arriates.

Y en la alcoba blanca como un bastidor permanece el silencio.
Un olor a vinagre, pintura y vino fresco sube de la cava.
¿Te acuerdas? En la casa griega: ¿Cuánto tiempo bordaba
la mujer a quien todos amaban, no Helena, sino la otra?

Vellocino de oro, ¿dónde estás, vellocino de oro?
En todo el viaje murmuraban pesadas las olas,
y dejando la nave, fatigado de los trabajos del mar,
regresaba Odiseo, pleno de espacio y de tiempo.

 

 

De Tristia (1916-1921). En Ósip Mandelstam, Antología poética, edición de Jesús García Gabaldón, Alianza, Madrid, 2020.

1 de enero de 1924

 

El que haya besado al tiempo en la frente atormentada
Recordará más tarde, con ternura filial,
Cómo el tiempo se echaba a dormir
En el montón de trigo fuera de la ventana.
El que ha levantado al tiempo los párpados enfermizos
—Dos grandes globos adormilados—
Por siempre oye el ruido de cuando rugieron
Los ríos de los tiempos oscuros y engañosos.
Dos globos adormilados tiene el siglo-soberano
Y una hermosa boca de arcilla,
Mas, cuando esté muriendo, irá a arrimarse
A la lánguida mano del hijo avejentado.
Sé que cada día que pasa se hace más débil la espiración de la vida,
Un poco más, y callarán
La simple canción de las ofensas de arcilla,
Y los labios llenarán de estaño.
¡Oh vida de arcilla! ¡Oh agonía del siglo!
Me temo que te entienda sólo aquel
Que tenga la sonrisa desvalida
De un hombre que a sí mismo haya perdido.
Qué dolor buscar la palabra perdida,
Levantar los párpados enfermos;
Con cal en la sangre
Coger hierbas nocturnas para una tribu ajena.
El siglo. Se endurece la capa de cal
En la sangre del hijo enfermo. Duerme Moscú como arca de madera,
Y no hay adonde huir del siglo-soberano…
La nieve huele a manzana, como antaño.
Quiero huir de mi puerta.
Mas ¿adonde? La calle está oscura;
Lo mismo que un camino de sal pavimentado
Blanquea ante mis ojos la conciencia.
Por bocacalles, cobertizos y nidos de estorninos,
Hecho el equipaje de cualquier manera,
Yo, viajero corriente, y cubierto de pieles de pescado,
Me esfuerzo en abrochar la manta del trineo.
Pasa una calle, luego otra.
Y cruje mi trineo igual que una manzana,
El duro ojal no cede,
Se me cae todo el tiempo de las manos.
Con cuánto hierro y quincalla la noche de invierno
Por las calles de Moscú resuena,
Golpeando con pescado helado; brota el vapor
De los salones de té rosados, como la plata del gobio.
Moscú, Moscú de nuevo. Le digo: «Hola.
No lo tomes a mal, ya no tiene importancia,
Como antaño respeto la hermandad
De las fuertes heladas y el juicio del lucio».
La frambuesa de farmacia arde en la nieve,
En alguna parte crujió una Underwood.
La espalda del cochero y medio metro de nieve:
¿Qué más quieres? No te tocarán ni te matarán.
El hermoso invierno, y el cielo de cabra
Cubierto de estrellas y de lácteo fuego,
Y la manta del trineo, cual crin de caballo,
Se pega a los patines helados y resuena.
Despedían hollín las bocacalles, cual lámparas de queroseno,
Tragaban nieve, frambuesa y hielo,
Todo se pela como una sonatina soviética,
Recordando el año veinte.
¿Acaso entregaré a la ruin maledicencia
—El frío vuelve a oler a manzana—
El hermoso juramento al cuarto estado
Y las promesas, grandes hasta las lágrimas?
¿A quién más matarás? ¿A quién ensalzarás?
¿Qué falacia te vas a inventar?
Es el crujido de la Underwood: arranca una tecla, pronto,
Y hallarás una espina de lucio;
Y la capa de cal en la sangre
Del hijo enfermo se va a derretir; va a brotar una risa bendita…
Mas la simple sonatina de máquinas de escribir
No es más que la sombra de aquellas grandes sonatas.

 

Incluido en Poesía acmeísta rusa (Visor Libros, Madrid, 2013, ed. de Diana Myers, trad. de Amaya Lacasa y Rafael Ruiz de la Cuesta).

El que encontró una herradura

 

Miramos al bosque y decimos:
He aquí un bosque de navío, de mástil;
Pinos rosados
Libres hasta la copa de carga velluda,
Deberían crujir en la tormenta
Como pinos negrales solitarios
En el aire sin bosques furibundo;
La plomada, ajustada a la cubierta danzante, aguantará el talón salado del viento.
Y el navegante,
En su ansia desenfrenada de espacio,
Arrastrando por los húmedos baches el frágil aparato del geómetra,
Comparará la abrupta superficie de los mares
Con la atracción del seno terrestre.
Y al respirar el olor
De lágrimas resinosas que trasuda el tablazón del barco,
Al admirar las tablas
Remachadas, ajustadas en tabiques
(No por el pacífico carpintero de Belén, sino por otro
—Padre de los viajes, amigo del marino—),
Decimos:
Ellas también estuvieron en la tierra
—Incómoda como el lomo de un burro—,
Olvidando las raíces con las copas,
En la famosa cadena de montañas;
Bajo la lluvia de agua dulce murmuraron,
Ofreciendo al cielo en vano canjear su noble carga
Por un puñado de sal.
¿Por dónde empezar?
Todo cruje y se tambalea.
Tiembla el aire por las comparaciones.
Ni una palabra es mejor que otra,
La tierra resuena como una metáfora,
Y unos carros ligeros de dos ruedas,
Con arneses llamativos de bandadas de pájaros,
Espesos por el esfuerzo, destrózanse emulando
A aquellos jadeantes favoritos de los viejos torneos.
Es tres veces bendito el que introduzca un nombre en la canción.
Una canción adornada con un nombre
Vive más tiempo entre las otras; se distingue de sus compañeras
Por la cinta en la frente que cura del olvido,
Del olor mareante y demasiado intenso
De la intimidad de un hombre,
De la piel de un animal robusto,
O simplemente del tomillo restregado entre las manos.
El aire puede ser oscuro como el agua, y en él todo lo vivo nada como los peces,
Usando las aletas para empujar la esfera
Flexible, densa, apenas caldeada,
Cristal de roca en que las ruedas giran y se echan a un lado los caballos,
Húmeda tierra negra de Neyera, labrada cada noche
Con horcas, tridentes, azadas, arados.
El aire es tan espeso como la propia tierra:
No habrá quien salga de él y resulta difícil penetrarlo.
Por los árboles corre un rumor igual que un verde juego de pelota;
Los niños juegan a las tabas con vértebras de animales muertos.
La frágil cronología de nuestra era se acerca ya a su fin.
Gracias por lo que hubo:
Yo mismo me he equivocado, me he confundido en la cuenta.
La era sonaba, como una bola de oro,
Hueca, fundida, no apoyada por nadie;
Contestaba a todo roce diciendo «sí» o «no».
Así contesta un niño: «Te daré la manzana» o «No te la daré».
Y es su cara una réplica exacta
De su voz, que pronuncia esas palabras.
Aún suena el sonido, aún desaparecida la causa del sonido.
Yace el caballo en la arena y resopla en la espuma,
Pero la curva brusca de su cuello
Conserva aún el recuerdo
De la carrera con las patas desparramadas
—Cuando no eran cuatro
Sino cuantas piedras hay en el camino,
Renovadas en cuatro turnos
Según el número de rebotes del caballo respirando fuego.
Así,
El que encuentra una herradura
Sopla para quitarle el polvo
Y la frota con un paño hasta que brilla,
La cuelga luego en la puerta
Para que descanse
Y ya nunca tendrá que producir chispas en el sílice.
Los labios humanos que ya no tienen nada que decir
Conservan la forma de la última palabra pronunciada,
Y en la mano queda sensación de peso
Aunque se ha vertido hasta la mitad
El agua del jarro, camino de casa.
Lo que estoy diciendo, no lo digo yo:
Ha salido de la tierra, cual trigo petrificado.
Unos acuñan
La imagen de un león
En las monedas. Otros, una cabeza.
Monedas diferentes, tortas de oro y de bronce,
Que yacen en la tierra con los mismos honores.
El siglo, tratando de partirlas,
Ha dejado la marca de sus dientes.
El tiempo me corta, como una moneda,
Y ya no me basto a mí mismo.

Moscú, 1923

Osip Mandelshtam, Imperio Ruso, 1891-1938

Leer sólo libros infantiles

 

Leer sólo libros infantiles,
Acariciar sólo pensamientos incautos,
Disipar todo lo que huela a solemne,
Sublevarse contra la honda tristeza.

Yo estoy mortalmente cansado de la vida,
No admito nada de ella,
Pero aún así amo esta pobre tierra
Porque no conozco otra.

De niño, en un jardín remoto, solía mecerme
Sobre un columpio de madera sencilla,
Y recuerdo los altos y oscuros abetos
En medio del delirio brumoso.

 

Versión de Jorge Bustamante García

Por la gloria ruidosa de siglos futuros

 

Por la gloria ruidosa de siglos futuros,
Por la tribu más alta de los hombres,
He perdido mi copa en el festín paterno,
He perdido mi honor y mi alegría.
El siglo –perro lobo- se me echa sobre el hombro,
Pero no tengo sangre de lobo.
Más vale que me metas, como un gorro, en la manga
Del abrigo caliente de Liberia,
Y no veré al cobarde ni la pastosa mugre
Ni los huesos sangrientos en la rueda.
Podrán lucir de noche los zorros azulados
En toda su belleza primigenia.
Oh llévame a la noche del río Yenisey,
Donde el pino se toca con la estrella.
Mi sangre no es de lobo y sólo un semejante
Me ha de quitar la vida.

Traducido del ruso por Amaya Lacasa.

¿Qué puedo hacer con este cuerpo mío irrepetible

 

¿Qué puedo hacer con este cuerpo mío irrepetible,
que me ha sido dado?
¿A quién, dime, debo agradecer,
por la apacible alegría de respirar y vivir?

Yo soy el jardinero y soy la flor,
En la mazmorra del mundo no estoy solo.

En la eternidad del cristal ya se ha esparcido
Mi aliento y mi calor.

En él está impreso un signo,
Irreconocible hasta hace poco tiempo.

Ojalá la bruma se diluya en los instantes
Para que no borre el signo amado.

 

Versión de Jorge Bustamante García

Regresa pronto a mí

 

Regresa pronto a mí
Sin ti me asalta el miedo
Nunca antes como ahora
Tan profunda yo te sentí.
Todo cuanto yo quiero
Lo veo en realidad.
Ya no siento celos
Sin embargo, te llamo.

 

Versión de Jorge Bustamante García

Tu rostro

 

Tu rostro
Es lo más tierno entre lo tierno,
Tu mano
Es lo más blanco entre lo blanco,
Estás lejos
De todo mundo
Y todo es inevitablemente tuyo.

Inevitable
Es tu tristeza
Y la calidez
De los dedos de tus manos,
Y el sonido apacible
De tus palabras
Joviales,
Y la lejanía
De tus ojos.

 

Versión de Jorge Bustamante García

Yo he regresado a mi ciudad, que conozco

 

Yo he regresado a mi ciudad, que conozco
hasta las lágrimas,
Hasta las venas, hasta las inflamadas glándulas
de los niños.

Tu regresaste también, así que bébete
aprisa
El aceite de los faros fluviales
de Leningrado.
Reconoce pronto el pequeño día decembrino,
Cuando la yema se mezcla a la brea
funesta.

Petersburgo, todavía no quiero morir.
Tú tienes mis números telefónicos.

Petersburgo, yo aún tengo las direcciones
En las que podré hallar las voces de los muertos.

Vivo en la escalera falsa, y en la sien
Me golpea profunda una campanilla agitada.

Y toda la noche, sin descanso, espero la visita anhelada
Moviendo los grilletes de las puertas.

 

 

Versión de Jorge Bustamante García

Epigrama contra Stalin

 

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.

Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasi personas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
sólo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en la ceja,
[al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.

Noviembre de 1933

No compares: es incomparable el ser viviente…

 

No compares: es incomparable el ser viviente.
Con un miedo teñido de ternura
Aceptaba la igualdad de las llanuras
Y el círculo del cielo era mi enfermedad.
Yo acudía al aire-siervo
Esperando algún favor o una noticia;
Luego me preparaba para ponerme en marcha,
Flotando por la curva de viajes sin comienzo.
Donde tenga más cielo, allí caminaré.
No me deja partir la diáfana pena
Del monte de Voronezh —tan joven todavía—
Al monte universal que clarea en Toscana.

Voronezh, 18 de enero de 1937

Olvidé la palabra que quería decir…

 

Olvidé la palabra que quería decir.
Al palacio de las sombras va a volver la golondrina ciega,
En sus cortadas alas, para jugar con las transparentes.
La nocturna canción se canta en el desmayo.
No se oyen los pájaros. Las siemprevivas no florecen.
Son transparentes las crines de los caballos nocturnos.
En el río seco flota una barca vacía.
Entre los saltamontes la palabra se ha olvidado.
Y crece lentamente, como una carpa o un templo,
Se extiende de pronto, como Antígona demente,
O cae a los pies, cual golondrina muerta,
Con ternura estigia y una rama verde.
¡Oh, si fuera posible recobrar el pudor de los dedos videntes,
La cóncava alegría del reconocimiento!
¡Tengo tanto miedo a los llantos de las aónides,
A la bruma, al zumbido y al vacío!
Le es dado a los mortales reconocer y amar,
Para ellos el sonido se verterá en los dedos,
Mas olvidé lo que quería decir,
Y la idea incorpórea volverá al palacio de las sombras.
Pero la transparente repite aún lo otro,
Sigue la golondrina, Antígona, la amiga…
Y en los labios arde, como hielo negro,
El recuerdo del zumbido estigio.

 

Incluido en Poesía acmeísta rusa (Visor Libros, Madrid, 2013, ed. de Diana Myers, trad. de Amaya Lacasa y Rafael Ruiz de la Cuesta).

Por una tierra baldía cojeando levemente…

 

Por una tierra baldía cojeando levemente
Con andares desiguales y apacibles,
Ella avanza, adelantando un poco
A su rápida amiga y a su joven hermano.
Le impulsa la encogida libertad
De su defecto alentador,
Y parece que una clara sospecha
Quisiera detenerse en sus andares:
Que este tiempo primaveral
Es para nosotros el antepasado
De la bóveda mortuoria; y que esto recomienza eternamente.
Hay mujeres que son de la familia de la húmeda tierra;
Cada paso es un llanto sonoro.
Es su vocación estar junto a los muertos,
Ser siempre las primeras en saludar a los resucitados.
Pedirles caricias es un crimen,
Y separarse de ellas, insufrible.
Hoy ángel y mañana: gusano sepulcral,
Y pasado mañana: un contorno tan sólo.
Lo que fueron andares, ya será inaccesible.
La flor es inmortal. El cielo indivisible.
Y el futuro… tan sólo una promesa.

 

Voronezh, 4 de mayo de 1937

Un decembrista

 

— Así lo atestigua el senado:
¡experiencias como éstas nunca pueden morir!
Encendió la pipa y se envolvió en su abrigo
mientras jugaban al ajedrez en la penumbra.
Cambió su atónita ambición por una humilde
cabaña entre los bosques de Siberia,
la quebrantada pipa en los enfermos labios
que urdieron la verdad frente a un mundo caduco.
Se despertaba entonces la voz de los quejigos
y gemía sin tregua la ensombrecida Europa.
Negras cuadrigas desbocadas
corrían sobre los arcos de triunfo.
A veces, mientras ardía la llama azul del ponche,
entre el rumoroso vaho del samovar,
dialogaba en silencio con la amiga renana,
esa guitarra fiel para cantar la libertad.
— ¡Todavía estremecen tantos vivos clamores
la entraña pura de la civilización!
Pero las víctimas no buscan esperanzas ciegas:
sólo el trabajo y el tesón las guía.
Todo se confunde y, sin embargo, nadie
puede decir que todo, en una gradual indiferencia,
se confunde, mientras es dulce repetir:
Rusia, Leteo, Loreléi.

 

1917

 

Incluido en Antología de la poesía soviética (Ediciones Júcar, Madrid, 1974, versión de Carlos Álvarez).

Osip Mandelshtam, Imperio Ruso, 1891-1938