A los mártires españoles

 

¡Transeúnte!, que una por una vas a pasar las hojas de este libro sincero:
Léelo todo, regístralo todo en tu corazón, pero refrena el espanto y la cólera.
Es lo mismo, es igual, es lo que hicieron con nuestros antepasados.
Es lo que sucedió en tiempos de Enrique VIII, en tiempo de Nerón y Diocleciano.
¿No beberemos también nosotros el cáliz que bebieron nuestros padres?
La corona que fue de espinas para ellos ¿para nosotros solo será de rosas?
¡La sal que antaño nos pusieron en la lengua era el sabor de este nuevo bautismo!
¿Es posible, Dios mío, que por fin nos concedáis el supremo honor
de que también Os entreguemos algo, pobres de nosotros, estando presentes,
y diciendo con nuestra sangre que es verdad que sois el Hijo de Dios?
¡Verdad es que la maravilla de Vuestra Existencia no puede pagarse más que con sangre!
No podía yo impunemente recibir el Evangelio de Jesucristo.
No es verdad que en este mundo incrédulo se pueda creer impunemente.
No solo para nuestro regalo Os tomasteis el trabajo de nacer
Con todas sus entrañas Os aborrece el mundo, y no es mejor el siervo que el señor.
Pero nosotros sí creemos en Vos, y en el rostro escupimos a Satán.
Esa pobre gente que duda, todos esos cobardes y vacilantes
No necesitan palabras sino actos, una voz clara y el grito de un resplandor.
En el cielo estáis ahora, más allá de la visibilidad y de la nube.
Pero nosotros estamos aquí, entre sus manos… ¡Pues que nos cojan, y ya les ofreceremos por nuestra parte cosas que ver hasta llenarles la vista!
Robespierre, Lenin y toda esa ralea con Calvino no han agotado todos los tesoros del rencor y la rabia.
Voltaire, Renan y Marx no han palpado todavía el fondo de la sandez humana.
Pero, delante de nosotros, aquel millón de mártires, delante de nosotros aquellos inocentes, henchidos de gloria,
No lo han dado todo, no lo han derramado todo.
¡Somos nosotros quienes ahora estamos en su puesto para arrimar el hombro!
¡He aquí, por fin de vuelta, la hora del Príncipe de este mundo,
La hora de la final interrogación, la hora de Iscariote y Caín!

¡Santa España, en la extremidad de Europa concentración de la Fe, cuadrado y masa dura, y atrincheramiento de la Virgen Madre,
Última zancada de Santiago, que no se detiene sino donde concluye la tierra,
Patria de Domingo y de Juan, de Francisco el Conquistador y de Teresa,
Arsenal de Salamanca, pilar de Zaragoza, raíz abrasadora de Manresa,
Inquebrantable España, que ningún término medio has aceptado jamás,
Empellón contra el hereje, paso a paso rechazado y repelido,
Exploradora de un firmamento doble, la oración y la sonda razonando,
Profetisa de aquella otra tierra, allá, bajo el sol, y colonizadora del otro mundo!
En esta hora de tu crucifixión, santa España, en este día, hermana España, que es tu día,
Yo te envío mi admiración y mi amor con los ojos llenos de entusiasmo y de lágrimas.
¡Cuando todos los cobardes hacían traición, una vez más tú no transigiste!
¡Como en tiempo de Pelayo y del Cid, una vez más blandiste la espada!
Ha llegado el momento de escoger y desenvainar el alma.
Los ojos en los ojos, ha llegado el momento de encararse con la infame proposición.
¡Ha llegado por fin el momento de que conozca el color de nuestra sangre!
¡Ah! Muchos se figuran que su pie se va solo al cielo por un fácil camino complaciente.
Pero he aquí, de pronto, planteada la opción. ¡He aquí la intimación y el martirio!
Nos ponen el cielo y el infierno en la mano, y tenemos cuarenta segundos para elegir.
¿Cuarenta segundos? ¡Es demasiado! Hermana España, santa España: tú ya elegiste.
Once obispos, (diez y) seis mil sacerdotes asesinados, y ni una sola apostasía.
¡Ojalá pudiera yo como tú, a voz en grito, dar mi testimonio en el esplendor del mediodía!
Decían que dormías, hermana España, y dormías como quien finge un sueño.
Y he aquí de repente la interrogación, y he aquí de una vez esos (diez y) seis mil mártires.
“¿De dónde me llegan tantos hijos?”, exclama la que suponía ya estéril.
Las puertas del Cielo ya no bastan a ese tropel atropellador.
¿Hablabais de desierto? Pues mirad. ¿Decíais que era el desierto? Pues ahí tenéis el manantial y la palmera.
¡(Diez y) seis mil sacerdotes: el contingente de una sola hornada, y el cielo con una sola llama colonizado!
¿Por qué tiemblas, alma, y por qué te indignas contra los verdugos?
¡Yo solamente junto las manos y lloro, y digo que así está bien y que es hermoso!

¡Y a vosotras, oh piedras, también os saludo desde lo más hondo de mi alma, santas iglesias exterminadas!
Y a las estatuas rotas a martillazos, y a todas esas venerables pinturas, y a ese copón en donde uno de la C.N.T.
Antes de pisotearlo, gruñendo de gusto, revolvió baba y hocico.
¿Para qué tantos santos, si ninguna falta le hacen al pueblo?
A la belleza tanto como a Dios aborrece la bestia inmunda.
¡Grandes librerías: a la hoguera! Revolcándose está Leviatán de nuevo, y con los rayos del sol hace su yacija y su muladar.
Frente a tantas bocas interrogantes era demasiado difícil salvar la propia jugada.
Lo mejor será cerrarles la boca de un puñetazo. ¡Abajo Cristo y viva el toro!
Hay que dejar sitio a Marx y a todas esas biblias de la imbecilidad y del odio.
Mata, camarada, destruye, emborráchate y goza de mujer. ¡Eso, eso es la solidaridad humana!
Todos esos curas, vivos o muertos, que están ahí, mirándonos, ¿no diréis que no nos provocaron?
¡Hacer el bien sin pedir recompensa! ¡No, eso no podía tolerarse!
¡Y a los que están ya muertos iremos a buscarlos dentro de la tierra!
Y esos esqueletos, riéndose, ¡qué divertidos! Un gracioso se ha quitado de la boca el cigarrillo, y se lo ha puesto entre los dientes a ese cadáver – que fue su madre.
¡A quemar todo lo que pueda arder, y juntos en un montón a los muertos y a los vivos!
¡Que traigan petróleo! ¡Hay que abrasar a Dios! ¡Qué peso se nos va a quitar de encima!
Me molestan todos esos ojos, vivos o muertos, que están ahí mirándonos. ¿Para qué servirán?

¡Salve, quinientas, iglesias catalanas destruidas! ¡Salve, gran catedral de Vich, catedral de José María Sert!
¡También vosotras habéis sabido dar testimonio, también vosotras sois mártires!
Las mismas iglesias sois que vio Juan: iglesias de Gerona y Tortosa, iglesias de Laodicea y Tiatira.
La vestidura ardió con el sacerdote, y el cirio prendió fuego al candelabro.
Todavía se yergue el campanario -es el último instante- sobre el evangelio animal que se encabrita.
Y con estrépito de trueno el campanario se desploma, se derrumba, desaparece, ha desaparecido.
Todo se acabó, iglesia de mi primera comunión, ya no te veré más.
¡Pero es hermoso morir partido en dos: secti sunt! ¡Es hermoso morir en su puesto con un grito de triunfo!
¡Es hermoso para la iglesia de Dios subir entera al cielo en el incienso y en el holocausto!
Sube al cielo, virgen venerable. ¡Todo derecho! Sube, columna. Sube, ángel. Sube al cielo, gran oración de los antepasados.
No eras admirable sino para los hombres, catedral de José María Sert. Ahora, catedral, eres agradable a Dios.

¡Ya está! Se ha consumado la obra, y la tierra por todos sus poros ha bebido de la sangre de que estaba sedienta.
El cielo ha bebido, y profunda la tierra, digiere la misa de los cien mil mártires.
Tambaleándose vuelve a su casa el asesino, y con estupor se mira la mano derecha.
Solamente el santo se ha tomado posesión de su parte, que es la mejor.
Una vez más todo está consumado, y en el cielo hay un silencio de media hora.
También nosotros, con la cabeza descubierta, en silencio… ¡Oh alma mía: guarda silencio ante la tierra sembrada!
La tierra ha concebido en su profunda entraña, y la Reanudación ya ha comenzado.
La tierra está labrada. Ahora es la época de la siembra.
La amputación del árbol ha concluido. Ahora es la época de las represalias.
Bajo tierra la idea ha germinado. ¡Por todas partes en tu corazón, santa España, la represalia inmensa del amor!
Con los pies en el petróleo y en la sangre, creo en Ti, Señor, y en ese día que será tu día.
La mano derecha tendiendo hacia Ti para jurar entre la matanza y la acción de gracias.
“Tu cuerpo verdaderamente es un manjar, y Tu sangre verdaderamente es una bebida”.
De la carne que fue estrujada-Tu carne- y de la sangre que fue derramada,
Ni una sola partícula pereció, ni una sola gota se perdió
¡El invierno continúa sobre nuestros surcos, pero la primavera ya ha estallado en las estrellas!
¡Y respetuosamente los ángeles han recogido todo cuanto fue derramado, y lo han trasportado al interior del Velo!

 

 

Nota: Claudel habla de once Obispos martirizados puesto que el beato Anselmo Polanco, el obispo mártir de Teruel, sería asesinado en el año 1939. También habla de dieciséis mil sacerdotes cuando fueron seis mil.

Oda segunda – El espíritu y el agua

 

Después de largo silencio humeante,
Después del gran silencio civil de muchos días
humeantes de rumores y de humaredas,
Aliento de la tierra cultivada y canto de las grandes
ciudades doradas,
De repente el Espíritu de nuevo, de repente el soplo
de nuevo
¡De repente el golpe sordo en el corazón, de repente
la palabra dada,
de repente el soplo del Espíritu, el rapto seco,
de repente la posesión del Espíritu!
Como en el cielo pleno de noche antes de que
estalle el primer fuego del relámpago,
¡De repente el viento de Zeus en un torbellino de
paja y polvo con la ropa lavada de toda la ciudad!
Dios mío, que en el principio separaste las aguas
superiores de las aguas inferiores,
Y que de nuevo has separado de esas aguas húmedas
que menciono,
Lo árido, como a un niño que separaron del
abundante cuerpo materno,
La tierra calentándose, reverdeciendo y alimentada
con leche de lluvia,
Y que en el tiempo del dolor, como en el día de
la creación, tomaste en tu mano todopoderosa
la arcilla humana y el espíritu te salpica
entre los dedos,
De nuevo después de largas rutas terrestres,
¡He aquí la Oda, he aquí ante ti esta gran Oda nueva
No como una cosa que comienza, sino poco a poco
como el mar que estaba ahí,
El mar de todas las palabras humanas con la
superficie en diversos sitios.
Reconocido por un soplo bajo la bruma y por el ojo
de la matrona Luna!
Ahora bien, cerca de un palacio color de caléndula
entre los árboles de techos numerosos que dan sombra a
un trono podrido,
Habito la ruina principal de un viejo imperio.
Lejos del mar libre y puro, amarillo o en lo más
terrestre de la tierra,
Donde la tierra misma es el elemento que se respira,
manchando
inmensamente con su sustancia el agua y el aire,
Aquí donde convergen los canales mugrosos y las
antiguas rutas desgastadas y los caminos de los asnos
y de los camellos,
Donde el emperador de las tierras terrenales traza el
surco y alza las manos al cielo útil de donde viene el
tiempo bueno y malo.
Y como en los días de turbonada, se ven
a lo largo de las costas los faros y las agujas
de roca envueltas por la bruma y la espuma
que se pulveriza,
Es así como en el antiguo viento de la Tierra, la
Ciudad cuadrada erige sus fortificaciones y sus
puertas,
Escalona sus puertas colosales en el viento amarillo,
tres veces tres puertas como elefantes,
En el viento de polvo y de ceniza, en el gran
viento gris del polvo que fue Sodoma, y los imperios de
Egipto, y de los persas, y París, y Tadmor, y Babilonia.
Pero qué me importan en el presente vuestros
imperios y todo lo que muere,
¡Y vosotros a quienes dejé con vuestros odiosos
caminos allá!
¡Puesto que soy libre! ¿me importan acaso vuestros
compromisos crueles? ¡Puesto que yo al menos soy
libre! ¡Puesto que he encontrado! ¡Puesto que al menos
estoy fuera!
¡Puesto que ya no tengo mi lugar con las cosas
creadas, sino mi parte con el que las creó, el espíritu
líquido y lascivo!
¿Se labra el mar, acaso? ¿acaso lo abonáis
como parcela de guisantes?
¿Acaso le elegís su rotación, alfalfa
o trigo o coles o remolachas amarillas
o púrpuras?
Pero es la vida misma y sin ella todo está muerto,
¡ah, quiero la vida misma sin la cual todo está muerto!
¡La vida misma, y me mata todo lo que es mortal!
¡Ah, no me basta! ¡Miro el mar! todo lo que tiene
fin me colma.
Pero aquí y por doquier que dirija el rostro y de
aquel otro lado
¡Hay más todavía y allá también y siempre y otra vez
aún más! ¡Siempre, corazón querido!
¡No temas que mis ojos lo agoten! Ah, estoy
harto de tus aguas potables.
No quiero de tus aguas compuestas, recolectadas
por el sol, filtradas y alambicadas, distribuidas
por las máquinas de las montañas,
Corruptibles, fluyentes
Vuestras fuentes no son fuentes. ¡El elemento
mismo!
¡La materia prima! ¡Es la madre, digo, que me hace
falta!
¡Poseamos la mar eterna y salada, la gran rosa gris!
¡Alzo un brazo hacia el paraíso! ¡Me dirijo hacia el mar
de entrañas de uva!
¡Me he embarcado para siempre! Soy como el viejo
marinero que ya no conoce la tierra sino por sus faros,
los sistemas de estrellas verdes o rojas señalados
por el mapa y el portulano.
¡Un momento sobre el muelle entre los fardos y los
toneles, los documentos con el cónsul, un apretón de
manos al estibador
Y después, de nuevo, la amarra soltada, el silbido
de las máquinas, el rompeolas que se rebasa,
y bajo mis pies
De nuevo la dilatación del oleaje!
Ni
El marinero, ni
El pez que otro pez lleva a comer,
Sino la cosa misma y todo el tonel y la
vena viva,
Y el agua misma, y el elemento mismo, ¡Juego,
resplandezco!
¡Comparto la libertad del mar omnipresente!
El agua
Viene siempre a reencontrar el agua,
Componiendo una gota única.
Si yo fuera el mar, crucificado por millones de brazos
sobre sus dos continentes,
Sintiendo en pleno vientre la atracción ruda del cielo
circular, con el sol inmóvil como la mecha encendida
bajo la ventosa,
Conociendo mi propia cantidad,
Soy yo, jalo, llamo con todas mis raíces, el
Ganges, el Mississippi,
La mata espesa del Orinoco, el largo hilo del Rin,
el Nilo con su doble vejiga,
Y el león nocturno bebiendo, y las ciénagas,
y las cuencas subterráneas y el corazón redondo y pleno
de los hombres que duran su instante.
¡No el mar, si soy espíritu! ¡Y como el agua
del agua, el espíritu reconoce al espíritu,
El espíritu, el hálito secreto,
El espíritu creador que hace reír, el espíritu de vida
y el gran aliento neumático, la separación del espíritu
Que cosquillea y que embriaga y hace reír!
¡Oh cómo esto es más vivo y ágil, no hay temor de
quedar
sin humedad! Por hondo que me sumerja, no puedo
vencer la elasticidad del abismo.
Como en el fondo del agua se ve a la vez una docena
de diosas de hermosos miembros,
Verduzcos, subir en una erupción de burbujas de aire
Que se regocijan en el amanecer con el día divino en
el gran encaje blanco, en el fuego amarillo y frío, en el
mar gaseoso y burbujeante!
¿Qué
Puerta me detendría? ¿Qué muralla? ¡El agua
Huele a agua, y soy más que ella misma, líquido!
¡Cómo disuelve la tierra y la piedra cimentada, tengo
por doquier inteligencias!
El agua que ha hecho la tierra, la desata; el espíritu
que ha hecho la puerta, abre la cerradura.
¿Y qué es el agua inerte al lado del espíritu, su
potencia
Al lado de su actividad, la materia comparada con el
obrero?
¡Siento, olfateo, rastreo, desenredo, respiro
con algún sentido
La cosa tal y como está hecha! ¡Y también estoy
colmado de un dios, estoy abultado de ignorancia y de
genio!
Oh fuerzas activas en mi derredor
Sé hacer tanto como vosotras, ¡Soy libre, soy
violento,
soy libre a vuestra manera que los profesores no
comprenden!
Como el árbol nuevo cada año en la primavera
Inventa, trabajado por su alma,
El verde, el mismo que es eterno, y crea de la nada
su hoja, puntiaguda,
Yo, el hombre
Sé lo que hago,
Del ímpetu y del mismo poder de nacimiento y
de creación
Hago uso, soy maestro
Estoy en el mundo, ejerzo en todas partes
mi conocimiento.
Conozco todas las cosas y todas las cosas se conocen
por mí.
Aporto a cada cosa su alumbramiento,
Por mí
Ninguna cosa permanece en la soledad sino que asocio
una con otra en mi corazón:
¡Esto aún no basta!
¿Qué me importa la puerta abierta si no tengo la
llave?
¿Y qué me importa mi libertad si no soy mi propio
maestro?
Miro todas las cosas, miradme todos, pues no soy el
esclavo sino el dominador.
Toda cosa
Más que sufrir impone, forzando que se
avenga con ella, todo ser nuevo
¡Una victoria sobre los seres que ya eran!
Y tú que eres el Ser perfecto, ¡Tú no has impedido
que también yo sea!
Miras al hombre que yo creo y al ser que de ti tomo.
¡Oh Dios Mío, mi ser suspira hacia el tuyo!
¡Líbrame de mí mismo! ¡Libera al ser de la
condición!
¡Soy libre, líbrame de la libertad!
¡Veo muchas formas de no ser, mas no hay sino
una sola forma
De ser, que es ser en ti, que es Tú mismo!
El agua
Aprehende el agua, el espíritu da olor a la esencia.
Dios mío, que has separado las aguas inferiores
de las aguas superiores,
¡Mi corazón gime por ti, líbrame de mí mismo,
porque tú eres!
¿Qué es esta libertad, y qué debo hacer en otra parte?
Debo sostenerte.
Dios mío, veo al hombre perfecto sobre la cruz,
perfecto sobre el Árbol perfecto
Tu hijo y el nuestro, en su presencia y en la nuestra
clavado de pies y manos con cuatro clavos,
¡El corazón roto en dos y las grandes Aguas
que penetran hasta su corazón!
¡Líbrame del tiempo y toma mi corazón miserable
toma, Dios mío, este corazón que late!
¡Más yo no puedo forzar en esta vida
Hacia ti por este mi cuerpo, y tu gloria
es como la resistencia del agua salada!
¡La superficie de tu luz es invencible y no puedo
encontrar el lado débil de tus resplandecientes tinieblas!
Tú estás allá y yo estoy allá.
Y tú me impides pasar y yo también te
impido pasar.
Y tú eres mi fin, y yo también soy tu fin.
Y como el gusano más endeble que se sirve del sol
para vivir y de la máquina de los planetas,
Así no hay un soplo de mi vida que yo no tome
de tu eternidad.
¡Mi libertad está limitada por mi sitio en tu
cautiverio y por mi ardiente parte en el juego!
A fin de que no escape este rayo de tu luz, creadora
de vida, que me estaba destinado.
¡Y tiendo las manos a diestra y siniestra
A fin de que por mí no quede
ningún vacío en el perfecto recinto de tus criaturas!
¡No hay necesidad de que yo muera para que tú vivas!
Tú estás en este mundo visible como en el otro.
Tú estás aquí
Tú estás aquí y yo no puedo estar en ninguna parte
sino contigo.
¿Qué me sucede? Es como si este viejo mundo
estuviera ahora cerrado.
Así como antaño cuando trajeron la cabeza desde el
cielo encima del templo,
La piedra clave de la bóveda vino a apresar el bosque
pagano.
¡Oh Dios mío, veo ahora la clave que libera,
no es aquella que abre, sino la que cierra!
¡Tú estás aquí conmigo!
¡Estás cerrado por tu voluntad como por un muro
y por tu potencia como por una fortísima muralla!
Y he aquí que como antes Ezequiel con la caña
de siete codos y medio,
Estás atrapado y de un rincón del mundo al otro
alrededor de ti
He tendido la inmensa red de mi conocimiento.
Como la melodía que inicia con metales
Gana las maderas y progresivamente invade las
profundidades de la orquesta
Y como las erupciones del sol
Que repercuten sobre la tierra en crisis de agua y
maremoto,
Así, desde el más grande Ángel que te contempla
hasta la piedra del camino y de un rincón de tu creación
hasta el otro,
No cesa la continuidad, como tampoco entre el alma
y el cuerpo;
El movimiento inefable de los serafines se propaga
en los Nueve órdenes de los Espíritus,
¡Y he aquí el viento que se eleva sobre la tierra,
El sembrador, el Recolector!
Así el agua continúa el espíritu y lo soporta y lo
alimenta,
Y entre
Todas tus criaturas hasta ti, hay como un
enlace líquido.
¡Te saludo, oh mundo liberal ante mis ojos,
Comprendo por qué estás presente,
Lo Eterno sí está contigo, y donde está
la Criatura, el Creador no la ha abandonado!
Yo estoy en ti y tú estás en mí, tu posesionen la mía.
Y ahora en nosotros por fin
Resplandece el comienzo,
Resplandece el nuevo día, resplandece en la posesión
de la fuente, yo sé qué juventud angélica!
Mi corazón no marca más el tiempo, es el instrumento
de mi perduración,
Y el imperecedero espíritu contempla las cosas
pasajeras.
¿Pero he dicho pasajeras? He aquí que ellas
recomienzan.
¿Y mortales? No hay tampoco muerte conmigo.
Todo ser, como
Obra de la Eternidad, es también su expresión.
La eternidad es presente y todas las cosas presentes
suceden en ella
No es el texto desnudo de la luz: mirad, todo está
escrito de un lado a otro:
Se puede recurrir al detalle más gracioso: no falta
sílaba ninguna.
La tierra, el cielo azul, el río con sus embarcaciones
y tres árboles cuidadosamente plantados en la orilla,
La hoja y el insecto sobre la hoja, esta piedra
que sopeso con mi mano,
La aldea con toda esa gente de dos ojos
que a la vez habla,
teje, comercia, enciende fuego, lleva fardos,
completa como una orquesta que toca,
Todo esto es la eternidad, y la libertad de no ser
le ha sido negada,
¡Yo los veo con los ojos del cuerpo, los produzco
en mi corazón!
¡Con los ojos del cuerpo, en el paraíso no usaré
otros ojos sino estos mismos!
¿Se dice acaso que el mar pereció porque otra ola
y una tercera y una enésima sucede
A ésta que se resuelve triunfalmente en la espuma?
El mar está contenido en sus riberas y el
Mundo en sus límites, nada se pierde en este lugar
cerrado,
Y la libertad está contenida en el amor,
Palpita
En todas las cosas el deseo de inventar la
aproximación más
exquisita, toda belleza en su insuficiencia.
Yo no os veo, pero me perpetúan estos seres
que os ven.
No se entrega sino lo que se ha recibido.
Y como todas las cosas de ti
Han recibido el ser, en el tiempo restituyen la
eternidad.
Y yo también
Tengo una voz y escucho y oigo el ruido que ella hace.
Y produzco agua con mi voz, como si fuera agua
pura, y porque ella nutre todas las cosas, todas las cosas
se reflejan en ella.
¡Así la voz con la que yo hago de ti palabras eternas!
no puedo nombrar nada sino lo eterno.
¡La hoja muere y el fruto cae, pero la hoja
en mis versos no perece,
Ni el fruto maduro, ni la rosa entre las rosas!
Ella perece, mas su nombre en el espíritu que es mi
espíritu ya no perece. Hela aquí liberada del tiempo.
Y yo que hago las cosas eternas con mi voz,
haz que yo sea eternamente
Esta voz ¡Una palabra totalmente inteligible!
¡Libérame de la esclavitud y del peso de esta materia
inerte!
¡Clarifícame, pues! despójame de estas tinieblas
execrables y haz que yo sea, por fin,
Toda esta cosa deseada oscuramente en mí.
¡Vivifícame, así como el aire aspirado por nuestra
máquina hace brillar nuestra inteligencia como una brasa!
Dios, que has soplado sobre el caos, separando lo seco
de lo húmedo,
Que has soplado sobre el Mar Rojo, que se apartó
ante Moisés y Aarón,
Sobre la tierra mojada, he aquí al hombre,
Mandas también sobre mis aguas, y has puesto
en mi nariz el mismo espíritu de creación y de figura.
No es lo impuro lo que fermenta, lo puro es
la simiente de vida.
¿Qué es el agua sino la necesidad de ser líquido
Y perfectamente claro en el sol de Dios como una
gota traslúcida?
Y qué me dices del azul del aire que conviertes en
líquido
¡Oh, qué precioso elixir es el alma humana!
Si el rocío resplandece en el sol,
¡Cuánto más el carbunclo humano y el alma
substancial en la luz inteligible!
¡Dios que has bautizado con tu espíritu el caos
Y que la víspera de Pascuas exorcizas por la boca
de tu sacerdote la fuente pagana con la letra psi,
Fecundas con el agua bautismal nuestra agua
humana
Ágil, gloriosa, impasible, imperecedera!
El agua transparente ve por nuestros ojos y sonora
escucha por nuestra oreja y prueba
Por la boca púrpura que abreva en la séxtuple fuente,
Y colorea nuestra carne y modela nuestro cuerpo
plástico.
Y como la gota seminal fecunda la figura matemática,
repartiendo
El inicio abundante de los elementos de su teorema.
¡Así el cuerpo de gloria desea bajo el cuerpo de
barro, y la noche
Se disuelve en la visibilidad!
¡Dios mío, ten piedad de estas aguas deseantes!
¡Dios mío, ves que yo no soy solamente
espíritu sino agua! ¡Ten piedad de estas aguas que mueren
de sed dentro de mí!
Y el espíritu está deseante, mas el agua es la cosa
deseada.
¡Oh, Dios mío, tú me has dado este instante
de luz para verla,
Como el hombre joven que piensa en su jardín en el
mes de agosto y ve por intervalos todo el cielo y la
tierra de una sola mirada,
El mundo de una sola mirada atravesado por
un rayo dorado!
¡Oh fuertes estrellas sublimes y qué fruto entrevisto
en el negro abismo! ¡Oh flexión sagrada del largo ramaje
de la Osa Menor!
No moriré.
¡No moriré, soy inmortal!
¡Y todo muere, mas yo crezco como una luz más
pura!
Y así como ellos hacen muerte de la muerte, de su
exterminio hago mi inmortalidad.
¡Que cese yo de ser oscuro! ¡Utilízame!
¡Extrae mi esencia con tu mano paternal!
Saca al fin
Todo el sol que hay en mí y la capacidad de
tu luz, que yo te vea
Ya no sólo con los ojos, sino con todo mi cuerpo
y mi sustancia y la suma de mi cantidad resplandeciente
y sonora!
El agua divisible que da la medida del hombre
No pierde su naturaleza que es la de ser líquida
y perfectamente pura por lo que todas las cosas se
reflejan en ella.
Como esas aguas que sustentaron a Dios en el
principio,
Así estas aguas hipostáticas en nosotros
No cesan de desearlo, ¡no hay deseo más que de él!
Pero lo que hay en mí de deseable no está maduro.
Que la noche esté pues en espera de mi partición
donde lentamente se elabora desde mi alma
La gota pronta a caer por su peso.
¡Déjame hacer una libación de las tinieblas,
Como la fuente de la montaña que da de beber al
Océano con su pequeña concha!
¡Dios mío, que conoces por su nombre a cada
hombre desde antes de que nazca,
Recuérdame pues estaba oculto en la fisura
de la montaña,
Allá donde brotaban las fuentes de agua hirviente, y
acuérdate
de mi mano sobre la pared colosal de mármol blanco!
¡Oh Dios mío cuando el día se apaga y Lucifer
aparece solitario en Oriente,
Nuestros ojos únicamente no son sólo nuestros ojos,
nuestro corazón, también nuestro corazón aclama la
estrella inextinguible,
Nuestros ojos van hacia su luz y nuestras aguas hacia
el destello de esta gota glorificada!
¡Dios mío, si has colocado esta rosa en el cielo,
dotado
De tanta gloria, este glóbulo de oro en el rayo de la
luz creada,
Cuánto más al hombre inmortal animado de la eterna
inteligencia!
¡Así la viña bajo sus racimos colgantes, así el árbol
frutal el día de su bendición,
Así el alma inmortal a quien este cuerpo que perece
no basta!
Si el cuerpo extenuado desea el vino, si el corazón
adorante saluda a la estrella reencontrada
¿Cuánto más el alma deseante de resolución no vale
la otra alma humana?
¡Y yo también al fin la he encontrado, la muerte
que me era necesaria! He conocido a esta mujer. He
conocido el amor de la mujer.
He poseído la interdicción. ¡He conocido esta fuente
de sed!
¡He deseado el alma, saberla, esta agua que no
conoce
la muerte! ¡He sostenido entre mis brazos al astro
humano!
Oh amiga, no soy un dios,
Y mi alma no la puedo compartir y tú no puedes
tomarme y contenerme y poseerme.
Y he aquí que como alguien que se aleja, tú me
has traicionado, ¡Tú no estás más en ninguna parte,
oh rosa!
¡Rosa, no veré más tu rostro en esta vida!
Y heme aquí solo, al borde del torrente, el rostro
contra el suelo
Como un penitente al pie de la montaña de Dios:
los brazos en cruz en el trueno de la voz rugiente!
¡He aquí las grandes lágrimas que brotan!
¡Y estoy allá como alguien que muere, y que
se asfixia y que siente náuseas, y toda mi alma fuera
de mí brota como un gran chorro de agua clara!
Dios mío,
Me veo y me juzgo, y ya no tengo precio alguno
para mí mismo.
Tú me has dado la vida: te la devuelvo, prefiero
que recobres todo.
¡Me veo al fin! y tengo desolación, y el dolor
interior abre en mí todo como un ojo líquido.
¡Oh Dios mío, no quiero ya nada, y te devuelvo
todo, y ya nada tiene precio para mí,
Y ya no veo más que mi miseria, y mi nada, y mi
privación, y esto al menos es mío!
¡Ahora brotan
Las fuentes profundas, brota mi alma salada, estalla
en un grito la bolsa profunda de la pureza seminal!
¡Ahora me soy perfectamente claro, todo
Amargamente claro, y ya no hay nada en mí
Sino una perfecta privación sólo de ti!
Y ahora de nuevo, después de un año,
Como el segador Habacuc a quien el Ángel condujo
hasta Daniel sin que hubiera cortado el asa de su cesto,
El espíritu de Dios me ha encantado de un golpe por
encima del muro y heme aquí en este país desconocido.
¿Dónde está el viento ahora? ¿dónde está el mar?
¿dónde, el camino que me ha llevado hasta aquí?
¿Dónde están los hombres? No hay más que el cielo
siempre puro. ¿Dónde está la antigua tempestad?
Presto oído: y no hay más que este árbol
que se estremece.
Escucho, y no hay más que esta hoja insistente.
Sé que la lucha ha terminado. ¡Sé que la tempestad
ha terminado!
Hubo el pasado, mas ya no existe. Siento sobre
mi rostro un soplo más frío.
He aquí de nuevo la Presencia, la pavorosa soledad, y
de pronto, el soplo de nuevo sobre mi rostro.
Señor, mi viña está en mi presencia y veo que
mi liberación ya no me puede escapar.
Aquél que conoce la liberación, se ríe ahora
de todas las ataduras. Y ¿quién comprenderá la risa que
hay en su corazón?
Mira todas las cosas y ríe.
Señor, aquí estamos bien en este lugar, que yo no
retorne a la mirada de los hombres.
Dios mío, ocúltame a la mirada de todos los hombres,
que ya no sea conocido por ninguno de ellos,
Y como de la estrella eterna
Su luz, que no quede nada de mí sino sólo la voz.
¡El verbo inteligible y la palabra en su esencia y la
voz que es el espíritu y el agua!
Hermano, no puedo darte mi corazón, pero donde la
materia no sirve vale y va la palabra sutil
Que soy yo mismo con una inteligencia eterna.
Escucha, hijo mío, e inclina hacia mí la cabeza
y te daré mi alma.
Hay mucho ruido en el mundo y sin embargo
el amante con el corazón deshecho escucha solo en lo
alto del árbol como se estremece la hoja sibilina.
Así, entre las voces humanas, ¿cuál es ésta que no es
ni más alta ni más baja?
¿Por qué, entonces, sólo tú la escuchas? ¡Porque es
la única que se somete a una medida divina!
¡Porque ella es toda entera la medida misma,
La medida santa, libre, todopoderosa, creadora!
Ah yo lo percibo ¡El espíritu no cesa de ser
sustentado sobre las aguas!
Nada existe, hermano mío, ni siquiera tú mismo,
Sino por una proporción inefable
y el justo número sobre las aguas infinitamente
divisibles!
¡Escucha, hijo mío, y no me cierres tu corazón,
y recibe
La invasión de la voz razonable, en quien está la
liberación del agua y del espíritu, por las cuales son
Explicadas y resueltas todas las ataduras!
No es la lección de un maestro, ni la tarea
que se da para que se aprenda,
Es un alimento invisible, es la medida que está
por encima de toda palabra,
Es el alma que recibe al alma y todas las cosas en ti
se vuelven claras.
¡Hela aquí, pues, en el umbral de mi casa, la Palabra
que es como una joven muchacha eterna!
¡Abre la puerta! Y la Sabiduría de Dios está ante ti
como una torre de gloria y como una reina coronada!
¡Oh amigo, no soy un hombre ni una mujer,
soy el amor que está por encima de toda palabra!
Te saludo, hermano mío, bienamado.
¡No me toques! No trates de asir mi mano.

 

Pekín, 1906

 

Nota (argumento): El poeta en el cautiverio de los muros de Pekín, sueña con el Mar. Ebriedad del agua que es infinito y liberación. Pero el espíritu le es superior aun en penetración y en libertad. Impulso hacia el Dios absoluto, el único que nos libera de lo contingente. Pero en esta vida estamos separados de él. Sin embargo, él está allí aunque invisible y a él estamos ligados por este elemento fluido, el espíritu y el agua, por el cual todas las cosas son penetradas. Visión de la Eternidad en la creación transitoria. La voz que es a la vez el espíritu y el agua, el elemento plástico y la voluntad que se impone a ella, es la expresión de esta unión bienaventurada. El espíritu en toda cosa libera al agua, ilumina y clarifica. Pide a Dios ser él mismo, liberado de las mortales tinieblas. El agua que purifica cuando salta al llamado de Dios, son las lágrimas que brotan de un corazón penitente. Recuerdo de errores pasados. Todo concluye ahora y el poeta escucha en un silencio profundo, el Espíritu de Dios que sopla a esta voz de la Sabiduría que se dirige a todo hombre.

Paul Claudel, Francia, 1868-1955

Oda Tercera

 

MAGNIFICAT
Mi alma glorifica al Señor.
¡Oh las luengas calles antaño amargas y los días en
que yo era uno y solo!
¡La caminata en París, esa larga calle que desciende
hacia Notre Dame!
¡Entonces como el joven atleta que al estadio se
dirige rodeado del grupo solícito de amigos y
entrenadores,
Y éste le habla al oído, y el brazo que abandona,
otro sujeta la venda que le ciñe los tendones.
Yo caminaba entre los pies precipitados de mis dioses!
¡Menos murmullos en el bosque durante la fiesta de
San Juan
Menos alborozo en Damasco, cuando
al relato de las aguas que descienden en tumulto de los
montes
Se une el suspiro del desierto y la agitación en la
tarde de los altos arces en el aire ventilado,
¡Cuántas palabras en este joven corazón colmado de
deseos!
¡Oh dios mío, un hombre joven y el hijo de la mujer
te son más gratos que un tierno novillo,
Y fui ante ti como un luchador que se rinde
No porque se crea débil, sino porque el otro es
más fuerte.
Me llamaste por mi nombre
Como alguien que lo conoce, me elegiste
entre todos los de mi edad.
¡Oh Dios mío, tú sabes cómo el corazón de los
jóvenes está lleno de afección y cómo no se sujeta ni a su
impureza ni a su vanidad!
¡Y he aquí que eres alguien de pronto!
Fulminaste a Moisés con tu poder, pero
en mi corazón eres como un ser sin pecado.
¡Oh cierto que soy el hijo de la mujer! ¡Porque ni
la razón, ni la lección de los maestros, ni lo absurdo,
nada pueden
Contra la violencia de mi corazón y contra las manos
tendidas de este pequeño infante!
¡Oh lágrimas! ¡Oh corazón tan débil! ¡Oh mina de
lágrimas que estalla!
Venid, feligreses y adoremos a este recién nacido.
¡No me tomes por tu enemigo! No comprendo y
nada veo, no sé dónde estás.
Sin embargo vuelvo hacia ti este rostro cubierto de
lágrimas,
¿Quién no amaría a quien nos ama? Mi espíritu
se ha llenado de gozo en mi Salvador. Venid, feligreses,
y adoremos a este pequeño que nos ha nacido.
Y ahora no soy un recién llegado, sino
un hombre en la mitad de su vida, sabiendo,
Que se detiene y que se sostiene de pie con gran fuerza
y paciencia y mira en todas direcciones.
Y con este espíritu y el ruido que tú metiste en mí
Hice muchas palabras e historias
inventadas, y personas reunidas en mi corazón con sus
voces diversas.
Y ahora, suspendido el largo debate,
Me tiendo hacia ti solo, como otro
que comienza
A cantar con la voz plural como el violín
que el arco toma sobre doble cuerda.
Puesto que nada me retiene aquí sino este muro de
arena y la mirada constante sobre las siete esferas de
cristal sobrepuestas,
Estás aquí conmigo, y voy a hacer para ti sólo por
gusto un hermoso cántico, como un pastor sobre el
monte Carmelo que mira una pequeña nube.
En este mes de diciembre y en esta canícula del frío,
cuando todo abrazo se acorta y estrecha
y esta misma noche reluciente,
El espíritu de gozo no me entra menos directamente
en el cuerpo
Que cuando la palabra fue dicha a Juan en el desierto,
bajo el pontificado de Caifas y de Ana, siendo Herodes
Tetrarca de Galilea y Felipe, su hermano,
del Iturea y de la región Traconnitida, y Lisanias de
Abilene.
¡Dios mío, que nos hablas con las mismas palabras
que te dirigimos,
No desprecies mi voz en este día como no despreciaste
la de ninguno de tus hijos ni la de la propia María tu
sierva,
Cuando en la exaltación de su corazón clamó hacia ti
porque te has fijado en su humildad!
¡Oh madre de mi Dios! ¡Oh mujer entre todas las
mujeres!
¡Has llegado a mí después de este largo viaje! ¡Y he
aquí que todas las generaciones en mí, hasta mí, te
llaman bienaventurada!
¡Así desde que entras, Isabel te escucha,
Y está ya en sexto mes la que fue considerada estéril!
¡Oh mi corazón está grávido de alabanzas
que apenas hacia ti puede elevarse
Como el pesado incenciario de oro repleto de
incienso y de brasas,
Que un instante vuela hasta el límite de su cadena
desplegada, desciende, y deja a su paso
Una gran nube, de denso humo en el rayo del sol!
¡Que el ruido se haga voz y que la voz en mí
se haga palabra!
En medio de este universo balbuciente, déjame
preparar mi corazón como alguien que sabe lo que tiene
que decir,
Porque no es en vano la profunda exultación de la
Criatura, ni este secreto que guardan las miríadas
celestes en una diligente vigilia.
¡Que mi palabra sea equivalente a su silencio!
Ni esta bondad de las cosas, ni la agitación de las
cañas huecas cuando sobre ese antiguo túmulo entre el
Caspio y el Aral,
El Rey Mago fue testigo de una gran preparación
en los astros.
¡Pero que yo encuentre sólo la palabra justa,
que exhale solamente
Esta palabra de mi corazón, habiéndola encontrado,
y que muera enseguida, habiéndola dicho, y que
enseguida incline la cabeza
Sobre mi pecho, habiéndola dicho, como el anciano
sacerdote que muere al consagrar!
Bendito seas, Dios mío, porque me libraste de los
ídolos,
Y porque haces que sólo a ti te adore, y no
a Ísis ni a Osiris,
Ni a la Justicia, ni al Progreso, ni a la Verdad, ni a la
Divinidad, ni a la Humanidad, ni a las leyes de la
Naturaleza, ni al
Arte, ni a la Belleza,
Y porque no permitiste existir a todas estas cosas
que no son, ni al vacío dejado por tu ausencia.
Como el salvaje que construye una piragua y con lo
que sobra fabrica a Apolo,
Así todos estos portadores de palabras con el exceso
de sus adjetivos han hecho monstruos sin sustancia,
Más huecos que Moloch, devoradores de niños,
más crueles y horribles que Moloch.
Producen sonido y no tienen voz, ostentan un
nombre y nadie
hay,
Y el espíritu inmundo está allí,
que colma los lugares desiertos
y todas las cosas vacías;
Señor, me libraste de los libros y de las Ideas, de los
Ídolos y sus sacerdotes,
Y no has permitido que Israel sirva bajo
el yugo de los Afeminados.
Yo sé que no eres el dios de los muertos, sino
de los vivos.
No honraré a fantasmas ni a muñecas, ni a
Diana, ni al Deber, ni la libertad, ni al buey Apis.
Y los “genios”, y los “héroes”, los prohombres
y los superhombres, me dan el mismo horror que aquellos
desfigurados.
Porque no soy libre entre los muertos,
Y porque existo entre las cosas que son y las obligo
a tenerme por indispensable.
Y porque no deseo ser superior a nada, sino a un
hombre
justo,
Justo como tú eres perfecto, justo y viviente entre
los espíritus reales.
¡Qué me importan las fábulas! ¡Que pueda yo ir
solamente a la ventana y abrir la noche y que estalle en
mis ojos, en cifra simultánea,
Lo innumerable como otros tantos ceros después
del 1,
coeficiente de mi necesidad!
¡Es verdad! Nos has otorgado la Gran Noche después
del día y la realidad del cielo nocturno.
Como estoy allá, él está allá con los billones de
su presencia,
Y con las 6 000 Pléyades nos deja su firma sobre el
papel fotográfico
De la misma forma como el criminal imprime la
huella de su pulgar manchado de tinta sobre la
declaración escrita
Y el observador busca y encuentra los ejes y los
rubíes, Hércules o Alción, y las constelaciones
Semejante al alamar sobre el hombro de un pontífice
y a los suntuosos ornamentos cuajados de pedrerías de
diversos colores.
Y aquí y allá en los confines del mundo donde el
trabajo de la creación se cumple, las nebulosas,
Como cuando el mar violentamente agitado y
removido
Recobra la calma, he aquí por todas partes la espuma
y grandes capas de sal turbia en ascenso.
Así también el cristiano en el
cielo de la fe siente palpitar la comunión
de todos sus hermanos vivos.
Señor, no es plomo ni piedra ni un podrido
madero que has enlistado en tu servicio,
Y ni hombre alguno se consolidará en la figura
del que dijo: Non serviam!
¡No es la muerte quien vence a la vida, sino la vida
quien destruye a la muerte y ésta no puede contra ella!
¡Derribaste a los ídolos,
Derribaste a los poderosos de sus tronos
y quisiste como servidora la llama del
fuego!
¡Como en un puerto cuando llega el deshielo se ve
la negra muchedumbre de los trabajadores invadir los
muelles y agitarse a lo largo de los barcos,
Así en mis ojos las estrellas pululantes y el inmenso
cielo activo!
Estoy preso y no puedo escapar, como una cifra
de la suma.
¡Ha llegado la hora! Para la tarea que se me
encomienda sólo basta la eternidad
Y sé que soy responsable y creo en mi maestro
como él cree en mí.
Confío en tu palabra sin requerir de pruebas,
Por eso rompemos los lazos de los sueños,
y pisoteamos los ídolos, y abrazamos la cruz con la cruz.
Porque la imagen de la muerte produce la muerte, y
la imitación de la vida,
La vida, y la visión de Dios engendran la vida eterna.
¡Bendito seas, Dios mío, que me libraste de la muerte!
¡Así, a grandes gritos, el rostro descubierto,
Canta María, hermana de Moisés,
Sobre la otra orilla del mar que se había tragado al
Faraón,
Porque hemos dejado al mar detrás de nosotros!
Porque acogiste a Israel, tu criatura, acordándote
de tu misericordia,
Y porque hiciste ascender hacia ti al humillado
tendiéndole la mano como un hombre que sale de la fosa.
A nuestras espaldas la mar confusa de encontradas
olas
Mas tu pueblo lo atraviesa sin mojarse los pies por el
camino más corto, detrás de Moisés y Aarón.
¡El mar detrás de nosotros y ante nosotros el
desierto de Dios y las montañas terribles con
relámpagos,
Y la montaña con relámpagos que la exhibe y la
absorbe alternativamente con aire de bronco carnero
Como un potro que se debate bajo la carga de un
hombre corpulento!
¡Detrás de nosotros el mar que se tragó al
Perseguidor, y caballo y jinete, armado
como lingote de plomo,
cayeron hasta el fondo!
Así la antigua María, y así en el jardincillo
de Hebrón
Se estremeció en su ser la otra María cuando vio
los ojos de su prima que le tendía los brazos
¡Y cuando la esperanza de Israel entendió que ella
era la otra!
¡Y a mí, igual que salvaste a José de la cisterna
y a Jeremías de la profunda fosa,
Me salvaste así de la muerte y por eso
grito a mi vez,
Porque me ha hecho maravillas y porque
el Santo es su nombre!
¡Pusiste en mi corazón el horror a la muerte,
y no puede mi alma tolerar la muerte!
Sabios, epicúreos, maestros del noviciado del
Infierno, practicantes de la introducción a la Nada,
Brahamanes, bonzos, filósofos, ¡sus consejos,
Egipto! sus consejos,
Sus métodos y sus demostraciones y su disciplina,
¡Nada me reconcilia, yo estoy vivo en tu noche
abominable, alzo los brazos en la desesperación, alzo
los brazos en el trance y en la transformación de la
esperanza salvaje y sorda!
Quien no cree en Dios, tampoco cree en el Ser,
y quien odia el Ser, odia su propia existencia,
Señor, yo te encontré.
¡Quien te encuentra, no puede ya tolerar la muerte,
E interroga toda cosa contigo con la intolerancia
del fuego que pusiste en él!
¡Señor, no me apartaste, como a
flor de invernadero,
Como al monje negro bajo su capuchón y cogulla que
florece cada mañana todo de oro para la misa al
despuntar el sol,
Sino que me plantaste en lo más hondo de la tierra
Como yerba seca y tenaz, invencible, que atraviesa
el antiguo Loess y las capas de arena superpuestas.
¡Señor, pusiste en mí un germen no de muerte
sino de luz!
Ten paciencia de mí pues no soy uno de
tus santos
Que tritura como penitencia la amarga y dura
corteza
Comidos por sus obras por todas partes como una
cebolla por sus raíces;
—¡Tan débil que se le cree extinguido! Mas helo aquí
operante de nuevo, y no cesa de hacer su obra y su
alquimia con gran paciencia y tiempo.
¡Porque no es sólo este cuerpo que requiero domar,
sino todo este mundo en bruto, proveer lo
Necesario para entender y disolverlo y asimilarlo
En ti y no ver nada
Que sea refractario a tu luz en mí!
Porque hay quienes ven por los ojos y oyen por las
orejas,
Pero yo escucho y miro sólo por el espíritu.
¡Yo veré con esta luz tenebrosa!
Mas ¡qué me importan las cosas vistas con la mirada
del ojo que me las hace visibles,
Y la vida que yo recibo, si no la doy, y todo aquello
a lo que soy extraño,
Y toda cosa que no seas tú mismo,
¡Y esta muerte, al lado de tu Vida, que llamamos
vida mía!
¡Harto estoy de la vanidad! Ves que soy sumiso
a la vanidad sin quererlo!
¿Cuál es el motivo de que no halle placer en tus obras?
¡No me hables más de la rosa! ningún fruto tiene ya
sabor para mí.
¿Y qué es esta muerte que tú me has quitado junto
a la verdad de tu presencia
Y de esta nada indestructible que soy yo
Con la que me es preciso soportarte?
¡Oh longitud del tiempo! No puedo más y soy como
alguien que apoya la mano contra el muro.
El día sigue al día, pero he aquí el día en el que
el sol se detiene.
Está aquí rigor de invierno, adiós, oh hermoso verano,
el trance y el pasmo de la inmovilidad.
Prefiero el absoluto. No me devuelvas a mí mismo.
¡He aquí el frío inexorable, he aquí sólo a Dios!
En ti soy anterior a la muerte —y he aquí otra vez
al año que comienza.
Antiguamente estaba con mi alma como con un
inmenso bosque
Que no cesa de oírse cuando uno
calla, un pueblo con más voces murmurantes que
en la Historia y la Novela
(Y luego por la mañana, o bien en domingo, se oye
una campana entre los hombres).
Pero ahora los vientos alternantes se han callado y
las hojas en mi alrededor caen en masas densas.
¡Y trato de hablar con mi alma: oh alma mía, los
países que hemos visto.
Y todas aquellas gentes, y los mares recorridos tantas
veces!
Y ella es como alguien que sabe y prefiere
no responder.
Y por todos los enemigos de Cristo a nuestro
alrededor:
¡Toma tus armas, oh guerrera!
Pero yo como niño que provoca al pequeño escorpión
repulsivo con una paja, no logra así llamar su atención.
“¡Que la paz esté contigo!” ¡regocíjate!
Y di: no es con palabras como mi alma glorifica
al Señor!
Pide dejar de ser un límite, rehúsa ser un obstáculo
a su santa voluntad.
Es preciso. ¡Terminó el verano! y no hay ya verdor,
ni cosas pasajeras, sino sólo Dios.
Y mira, y ve la campiña desolada ¡y la tierra por
todas partes vacía, como un anciano que no ha hecho
mal!
Hela aquí solemnemente muerta en apariencia,
dispuesta a su ordenación para la siembra siguiente
Como el sacerdote tendido boca abajo entre sus dos
asistentes
como un diácono que va a recibir la orden suprema.
Y sobre ella la nieve desciende como una absolución.”
Y yo sé, y recuerdo
Y vuelvo a ver este bosque, al día siguiente de
Navidad, antes de que el sol estuviera en alto,
Era todo blanco, como un sacerdote vestido de
blanco del que
no se ven sino las manos, que tienen el color de la aurora,
(La madera entera presa en la espesura y materia
de un vidrio oscuro),
Blanco desde el tronco hasta las más finas ramillas
y el color
Rojizo de las hojas muertas y el verde almendrado
de los pinos,
(El aire, en horas de paz y de noche,
se decanta como un vino tranquilo).
Y el largo hilo de la araña cargado de vello
atestigua la concentración del que reza.
“Quien participa en la voluntad de Dios, es preciso
que participe en su silencio.
Sé conmigo todo entero. Callemos ¡untos ante todos
los ojos.
Quien da la vida es preciso que acepte la muerte.”
Bendito seas, Dios mío, porque me libraste de mí
mismo,
Y haces que no coloque mi bien en mí
ni en el estrecho calabozo donde Teresa vio
empotrados a los réprobos.
Sino sólo en tu voluntad
Y no en bien alguno, sino sólo en tu voluntad.
¡Feliz no quien es libre, sino aquél a quien tú
señalas como una flecha en la aljaba!
Dios mío, que al principio de todo y de ti mismo
pusiste la paternidad,
Bendito seas porque me has dado esta hija,
Y has puesto en mí con qué devolverte esta vida
que me diste,
Y por ello comparto contigo la paternidad de esta
vida.
No soy yo quien engendra, ni quien es
engendrado.
Bendito seas porque no me abandonaste
a mí mismo.
Sino porque me aceptaste como cosa
útil y buena para el fin que persigues.
Y porque ya no tienes pavor de mí como de
los soberbios y ricos que despediste vacíos.
Pusiste en mí tu poder que es el de
tu humildad por la cual te borras ante
tus obras,
En este día de sus generaciones en que el hombre
recuerda que es tierra, y he aquí que contigo me he
tornado principio y comienzo.
Como tuviste necesidad de María y María de la
línea de todos sus ancestros,
Antes de que su alma te glorificase y de que
recibieses por ella magnificación ante los ojos de los
hombres,
¡Así fue como tuviste necesidad de mí, a su vez
y fue así como quisiste, oh maestro mío,
Recibir de mí la vida como entre los dedos del
sacerdote que consagra, y colocarte tú mismo en esta
imagen real entre mis brazos!
Bendito seas porque no permanecí solo
Y porque de mí brotó existencia y suscitación
de mi hijo inmortal, porque de mí a su vez, en esta
imagen real para siempre, de una alma unida a un
cuerpo,
Recibiste figura y dimensión.
He aquí que no es una piedra lo que tengo entre mis
brazos, sino esta criatura llorando que agita brazos y
piernas.
Heme aquí ligado a la ignorancia y a las generaciones
de la naturaleza y ordenado para una finalidad que me es
extraña.
Al fin tú, recién nacida, al fin pude mirarte.
Al fin, alma mía, puedo al fin ver tu rostro,
Como un espejo que acaba de ser retirado de Dios,
limpio aún de toda otra imagen.
De mí mismo nace algo extraño,
De este cuerpo nace un alma, y de este hombre
externo y visible
Un no sé qué de secreto y femenino, de extraño
parecido.
¡Oh hija mía! ¡Oh pequeña niña semejante a mi
alma esencial y a quien es preciso asemejarse
de nuevo
Cuando el deseo sea purgado por el deseo!
¡Bendito seas, Dios mío, porque en mi lugar nace
un niño sin orgullo,
(Como en el libro en lugar del poeta repugnante y
endurecido
El alma virginal sin defensa y sin cuerpo enteramente
ofrendada y recibida)
Nace de mí algo nuevo de
extraña semejanza!
En mí y en la línea profunda de todos mis ancestros
comienza un nuevo ser.
Éramos necesarios en el orden de nuestras
generaciones
Para que a esta especial voluntad de Dios sangre y
carne estuvieran dispuestos.
¿Quién eres tú recién llegada, extranjera? y ¿qué
vas a hacer con estas cosas nuestras,
Cierto color de nuestros ojos, cierta posición
de nuestro corazón?
¡Oh niño nacido en suelo extranjero! ¡Oh corazón
de rosa!
¡Oh hatillo más fresco que un gran ramo de lilas blancas!
Esperan por ti dos ancianos en la casa natal,
vieja y agrietada, apuntalada con pedazos de fierro
y ganzúas.
Esperan tu bautizo las tres campanas del
mismo campanario que han doblado
por tu padre, semejante a ángeles
y a hijas adolescentes,
¡A las diez cuando el jardín libera sus aromas y
todos los pájaros cantan en francés!
¡Te espera ese gran planeta encima del
campanario que está en el cielo estrellado como un
Pater entre las pequeñas Aves María,
Cuando el día se extingue y se empiezan a contar
sobre la iglesia dos débiles estrellas parecidas a las
vírgenes Paciencia y Evodia!
Esto ha cambiado ahora entre los hombres y yo: que
soy padre de uno de ellos.
Quien ha otorgado la vida ya no la puede odiar, no
puede decir que la ignora.
Como ningún hombre es por sí mismo tampoco es
para sí mismo
La carne engendra la carne, y el hombre al hijo que
no es para él, y el espíritu,
La palabra destinada a otros espíritus.
Como la nodriza colmada de su leche desbordante,
así el poeta se siente pleno de esta palabra en él a otros
destinada.
¡Oh antiguos dioses, sin pupilas; en quienes no se
refleja la pequeña criatura! ¡Apolón Loxias de rodillas
abrazadas en vano!
¡Oh Cabeza de Oro en el cruce de caminos! Hete
aquí con algo más
que verter al suplicante que tu sangre inútil
y el juramento sobre la piedra céltica.
La sangre se une a la sangre, el espíritu se desposa
con el espíritu,
Y la idea salvaje con el pensamiento escrito, y la
pasión pagana con la voluntad razonable y ordenada.
Quien cree en Dios, lo acredita. Quien tiene al Hijo
con él tiene al Padre. ¡Abraza el texto vivo y a tu dios
invencible en este documento que respira!
Toma este fruto que te pertenece y esta palabra sólo
a ti dirigida.
¡Dichoso quien en él porta la vida de los otros y no
su muerte, como fruto que madura en su lugar y tiempo,
y tu pensamiento creador en él!
Es como un padre que reparte su sustancia entre sus
hijos.
¡Y como un árbol saqueado hasta el último fruto
cuya munificencia es de Dios quien colma de bienes
a los hambrientos!
Bendito seas, Dios mío, que me introdujiste en esta
tierra de mi atardecer;
E hiciste pasar a los Reyes Magos a través
de la emboscada de los tiranos, y condujiste
a Israel en el desierto,
Y así también después de larga y penosa ascensión,
un hombre encuentra el paso
desciende por la otra ladera.
Murió Moisés sobre la cima de la montaña, pero
Josué entró con todo su pueblo en la tierra prometida.
Después de largo ascenso, tras largas jornadas por
la nieve y la niebla,
Parece un hombre que empieza a descender,
sosteniendo la rienda con la mano derecha.
Y sus mujeres le siguen en caballos
y asnos, y más atrás, sobre albardas, los hijos y el material de guerra y de campamento, y las Tablas de la ley,
Y escucha en la niebla detrás de él el ruido de
un pueblo entero en marcha.
¡Y he aquí que ve al sol elevarse a la altura de su
rodilla como una mancha rosa a través de algodones
Y el vapor se adelgaza y de pronto
La Tierra Prometida se le aparece en una luz
resplandeciente como una doncella nueva,
Toda verde y rutilante de agua como una mujer
que sale del baño!
¡Y se ven aquí y allá elevarse del fondo del abismo,
perezosamente en el aire húmedo, grandes vapores
blancos,
Como islas que sueltan sus amarras, como
gigantes cargados de odres!
Para él no hay ni sorpresa ni curiosidad sobre su
rostro, y ni siquiera mira a Canaán sino que se fija en el
primer paso del descenso.
Porque su misión no es entrar en Canaán, sino
ejecutar tu voluntad.
¡Es por eso que seguido por todo su pueblo en
marcha emerge con el sol levante!
No le fue necesario verte en el Sinaí, en su corazón
no hay duda ni indecisión,
Y las cosas que no están en tu mandamiento
nada significan para él,
Para él no hay belleza en los ídolos ni
interés en Satán ni existencia en lo que no es.
Con la misma humildad con que detuvo el sol,
Con la misma modestia con que ponderó a quien le
era entregada
(Nueve tribus y media más allá del Jordán
y más acá dos y media.)
Esta tierra de tu promesa sensible,
¡Déjame invadir en esta hora posmeridiana tu
estancia inteligible!
Porque ¡qué valen ocupación y regocijo y propiedad
y acomodo
Al lado de la inteligencia del poeta que hace de
muchas cosas una sola con él,
Puesto que comprender es rehacer
La cosa propia que uno toma consigo,
Permanece conmigo, Señor, porque la noche se
aproxima, no me abandones!
¡No me relegues con los Voltaire, y los Renán y
los Michelet, y los Hugo y los demás infames!
Su alma está con los canes muertos, y juntos sus
libros están en el estiércol.
Están muertos, y su nombre aun después de su
muerte es veneno y podredumbre.
Dispersaste a los orgullosos y ya no pueden
estar juntos,
Ni comprender, sino solamente destruir y disipar,
juntar las cosas.
Déjame ver y oír todas las cosas con
la palabra
Y saludar a cada una por su nombre con la propia
palabra que la hizo.
Miras esta tierra: tu criatura inocente.
¡Líbrala del yugo del infiel y del impuro
y del Amorreo! porque está hecha para ti y no para él.
¡Líbrala por mi boca de esta alabanza que te
debe, y como el alma pagana que aspira lánguidamente
al bautismo, haz que reciba por todas partes la autoridad
y el Evangelio!
Como las aguas que surgen de la soledad y caen
con fragor de trueno sobre los campos regados
Cuando se aproxima esa estación que anuncia
el vuelo estridente de los pájaros.
¡El labrador se apresura en todas partes a limpiar
la acequia y el arroyo,
a levantar los diques, ya a
roturar su campo terrón a terrón con el arado y el
azadón,
Así como he recibido sustento de la tierra, que así
ella reciba a su vez el mío, como una madre de su hijo,
Y que lo árido beba hasta los bordes la bendición
por todas las grietas de su boca como agua
carmesí,
Como bebe el profundo prado levantadas todas las
compuertas,
como el oasis y la huerta
por la raíz de su trigo
y como la mujer Egipto por el doble flanco de su Nilo!
¡Bendita sea la tierra! ¡Bendita sea el agua sobre
las aguas! ¡Benditos sean los cultivos! ¡Benditos sean
los animales según la distinción de su especie!
¡Benditos sean todos los hombres! ¡Abundancia y
bendición sobre la obra de los buenos! ¡Abundancia y
bendición sobre la obra de los malvados!
¡No es el invitatorio de Maitines, ni el Laudate a
la salida del sol ni el cántico de los Niños
en la hoguera!
Sino la hora en que el hombre se detiene y considera
lo que ha hecho y su obra unida con la del día,
¡Y todo el pueblo entero se une a él para el
Magnificat a la hora de las Vísperas cuando el sol mide
la tierra,
Antes de que comience la noche y la lluvia, antes de
que en la noche comience la interminable lluvia sobre la
tierra sembrada!
Y heme aquí como un sacerdote envuelto con su
amplio manto de oro que permanece de pie ante el altar
en llamas y al que sólo se ven el rostro y las manos con
el color del hombre,
Y mira cara a cara con tranquilidad, con la fuerza
y con la plenitud de su corazón,
A su Dios en su presentatorio, sabiendo
perfectamente que está ahí bajo la forma del ázimo.
Y pronto te tomará en sus brazos, como María te
tomó en los suyos,
Y mezclado con este grupo al coro que oficia en el
sol y en la humareda,
y te mostrará a la oscura generación que llega.
La luz para la revelación de las naciones y la
salvación de tu pueblo, Israel,
Tal como lo juraste una sola vez a David,
recordando tu misericordia,
Y según la palabra que diste a nuestros padres,
a Abraham y su simiente por todos los siglos,
¡Así sea!

 

Tientsin, 1907

 

Nota (argumento): El poeta recuerda los beneficios de Dios y eleva hacia él un canto de reconocimiento —Porque me libraste de los Ídolos. Solemnidad y magnificencia de las cosas reales que son un espectáculo de actividad; todo sirve. El poeta reclama su lugar entre la servidumbre— Porque me libraste de la muerte. Horror y execración de una filosofía embrutecedora y homicida. Abrazo del deber poético, que consiste en encontrar a Dios en todas las cosas y asimilarlas al Amor —Pausa. Fatiga de las cosas creadas. Sumisión pura y simple a la voluntad y al orden divinos— Bendito seas, Dios mío, que me libraste de mí mismo y que te colocaste tú mismo en mis brazos bajo la figura de esta criatura recién nacida. El poeta que lleva a Dios consigo entra en la Tierra Prometida.

Paul Claudel, Francia, 1868-1955
Resumen
Paul Claudel, Francia, 1868-1955
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Paul Claudel, Francia, 1868-1955
Descripción
Poesías de Paul Claudel
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