A una mujer

 

A usted, estos versos, por la consoladora gracia
De sus ojos grandes donde se ríe y llora un dulce sueño;
A su alma pura y buena, a usted
Estos versos desde el fondo de mi violenta miseria.

Y es que, ¡ay!, la horrible pesadilla que me visita
No me da tregua y, va, furiosa, loca, celosa,
Multiplicándose como un cortejo de lobos
Y se cuelga tras mi sino, que ensangrienta.

Oh, sufro, sufro espantosamente, de tal modo
Que el primer gemido del hombre
Arrojado del Edén es una égloga al lado del mío.

Y las penas que usted pueda tener son como
Las golondrinas que un cielo al mediodía,
Querida, en un bello día de septiembre tibio.

Aunque no esté parada

 

Aunque no esté parada
lo mismo me deleita tu miembro
que cuelga -oro pálido- entre tus muslos
y sobre tus huevos, esplendores sombríos,

semejantes a fieles hermanos
de piel áspera, matizada
de marrón, rosado y purpurino:
tus mellizos burlones y aguerridos

de los cuales el izquierdo, algo suelto,
es más pequeño que el otro,
y adopta un aire simulador,
nunca sabré por qué motivo.

Es gorda tu picha y aterciopelada
del pubis al prepucio
que en su prisión encierra
la mayor parte de su cresta rosada.

Si se infla levemente, en su extremo
grueso como medio pulgar el glande se dibuja
bajo la delicada piel, y allí
muestra sus labios.

Una vez que la haya besado
con amoroso reconocimiento,
deja mi mano acariciarla,
sujetarla, y de pronto

con osada premura descabezarla
para que de ese modo -tierna violeta-
el lujoso glande, sin esperar ya más,
resplandezca magnífico;

y que luego, descontrolada,
la mano acelere el movimiento
hasta que al fin el “peladito”
se incorpore muy rígido.

Ya está erguido, eso anhelaba
¿mi trasero o vagina? Elige dueño mío.
¿Quizás un simple autoplacer?
Eso era lo que mis dedos querían…

Sin embargo, tu sacrosanta parte
dispone de mis manos, mi boca y mi trasero
para el ritual y el culto
a su forma adorable de ídolo.

El hogar y la lámpara…

 

El hogar y la lámpara de resplandor pequeño;
la frente entre las manos en busca del ensueño;
y los ojos perdidos en los ojos amados;
la hora del té humeante y los libros cerrados;
el dulzor de sentir fenecer la velada,
la adorable fatiga y la espera adorada
de la sombra nupcial y el ensueño amoroso.
¡Oh! ¡Todo esto, mi ensueño lo ha perseguido ansioso,
sin descanso, a través de mil demoras vanas,
impaciente de meses, furioso de semanas!

Artemis

 

La treceava vuelve… Vuelve a ser la primera;
y la única es siempre, o el único momento;
pues, tú, reina ¿quién eres? ¿la primera o la última?
Y, tú, rey ¿el amante único o el postrero?…

Amar a quien amé desde la cuna al féretro;
Ila que yo amaba solo aún me ama tiernamente!
Es la muerte o la muerta… ¡Oh delicia! ¡Oh tormento!
La rosa que sostiene no es rosa, es Malvarrosa.

Santa napolitana de manos que son fuego,
rosa de alma violeta, flor de la santa Gúdula:
encontraste tu cruz en los cielos desérticos?

¡Rosas blancas, caed! que insultáis a mis dioses,
caed, fantasmas blancos, de vuestro cielo ardiente:
-La santa del abismo es más santa a mis ojos.

Green

 

Te ofrezco entre racimos, verdes gajos y rosas,
mi corazón ingenuo que a tu bondad se humilla;
no quieran destrozarlo tus manos cariñosas,
tus ojos regocije mi dádiva sencilla.

en el jardín umbroso mi cuerpo fatigado
las auras matinales cubrieron de rocío;
como en la paz de un sueño se deslice a tu lado
el fugitivo instante que reposar ansío.

Cuando en mis sienes calme la divina tormenta,
reclinaré, jugando con tus bucles espesos,
sobre tu núbil seno mi frente soñolienta,
sonora con el ritmo de tus últimos besos.

Id pues, vagabundos, sin tregua

 

Id pues, vagabundos, sin tregua,
Errad, funestos y malditos
A lo largo de los abismos y las playas
Bajo el ojo cerrado de los paraísos.

(…)

Y nosotros, a los que la derrota nos ha hecho sobrevivir,
Los pies magullados, los ojos turbios, la cabeza pesada,
Sangrantes, flojos, deshonrados, cansados,
Vamos, penosamente ahogando un lamento sordo.

Lasitud

 

Encantadora mía, ten dulzura, dulzura…
calma un poco, oh fogosa, tu fiebre pasional;
la amante, a veces, debe tener una hora pura
y amarnos con un suave cariño fraternal.

Sé lánguida, acaricia con tu mano mimosa;
yo prefiero al espasmo de la hora violenta
el suspiro y la ingenua mirada luminosa
y una boca que me sepa besar aunque me mienta.

Dices que se desborda tu loco corazón
y que grita en tu sangre la más loca pasión;
deja que clarinee la fiera voluptuosa.

En mi pecho reclina tu cabeza galana;
júrame dulces cosas que olvidarás mañana
Y hasta el alba lloremos, mi pequeña fogosa.

Fantasía

 

Existe una tonada por la que yo daría
todo Mozart, Rossini y todo Weber,
una vieja tonada, languideciente y fúnebre
que me trae a mí solo sus secretos encantos.

Cada vez que la escucho mi alma se hace
doscientos años -es sobre Luis Trece-
más joven; y creo ver cómo se extiende
una ladera verde que amarillea el ocaso,

luego un alcázar de ladrillo y piedra,
de vidrieras teñidas de colores rojizos
ceñido de amplios parques y a sus pies un arroyo
que entre las flores corre;

luego una dama, en su ventana altísima,
rubia. con ojos negros. de vestimenta antigua,
que en otra vida acaso ya hube visto
y de la cual me acuerdo.

Mujer y gata

 

La sorprendí jugando con su gata,
y contemplar causóme maravilla
la mano blanca con la blanca pata,
de la tarde a la luz que apenas brilla.

¡Como supo esconder la mojigata,
del mitón tras la negra redecilla,
la punta de marfil que juega y mata,
con acerados tintes de cuchilla!

Melindrosa a la par por su compañera
ocultaba también la garra fiera;
y al rodar (abrazadas) por la alfombra,

un sonoro reír cruzó el ambiente
del salón… y brillaron de repente
¡cuatro puntos de fósforo en la sombra!

Pon tu frente sobre mi frente

 

“Pon tu frente sobre mi frente y tu mano
en mi mano.
Y hazme los juramentos que romperás
mañana.
Y lloremos hasta que amanezca,
mi pequeña fogosa”.

Serenata

 

Como la voz de un muerto que cantara
desde el fondo de su fosa,
amante, escucha subir hasta tu retiro
mi voz agria y falsa.

Abre tu alma y tu oído al son
de mi mandolina:
para ti he hecho, para ti, esta canción
cruel y zalamera.

Cantaré tus ojos de oro y de onix
puros de toda sombra,
cantaré el Leteo de tu seno, luego el
de tus cabellos oscuros.

Como la voz de un muerto que cantara
desde el fondo de su fosa,
amante, escucha subir hasta tu retiro
mi voz agria y falsa.

Después loare mucho, como conviene,
A esta carne bendita
Cuyo perfume opulento evoco
Las noches de insomnio.

Y para acabar cantaré el beso
de tu labio rojo
y tu dulzura al martirizarme,
¡Mi ángel, mi gubia!

Abre tu alma y tu oído al son
de mi mandolina:
para ti he hecho, para ti, esta canción
cruel y zalamera.

Sueño a menudo

 

Sueño a menudo el sueño extraño y penetrante
De una mujer ignota que adoro y que me adora,
Que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora
Y que las huellas sigue de mi existencia errante.

Se vuelve transparente mi corazón sangrante
Para ella, que comprende lo que mi mente añora;
Ella me enjuga el llanto del alma cuando llora
Y lo perdona todo con su sonrisa amante.

¿Es morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro.
¿Su nombre? Lo imagino dulce y sonoro,
Como los de los amados que la Vida exilia.

Como el de las estatuas es su mirar suave
Y tienen los acordes de su voz, lejana, calma y grave,
Un eco de las voces queridas que se fueron.

Tú crees en el ron del café

 

Tú crees en el ron del café, en los presagios,
y crees en el juego;
yo no creo más que en tus ojos azulados.
Tú crees en los cuentos de hadas, en los días
nefastos y en los sueños;
yo creo solamente en tus bellas mentiras.
Tú crees en un vago y quimérico Dios,
o en un santo especial,
y, para curar males, en alguna oración.
Mas yo creo en las horas azules y rosadas
que tú a mí me procuras
y en voluptuosidades de hermosas noches blancas.

Y tan profunda es mi fe
y tanto eres para mí,
que en todo lo que yo creo
solo vivo para ti.

Anhelo

 

Oh el amor que nos dieron las primeras amantes
ojos azules, trenzas doradas, la delicia
inefable y ardiente de sus pechos fragantes
y la espontaneidad ingenua en la caricia!

Ya están lejos las claras alegrías primeras,
los sueños juveniles se hunden en el ocaso
y las saudades de mis muertas primaveras
lloran en el invierno negro de mi fracaso.

Y ya estoy solo y triste, solo y desesperado
para siempre, lo mismo que un viejecito helado
o como un pobre huérfano sin hermana mayor.

¡Oh la mujer mimosa y dulce como un sueño
de paz, morena y casta que a veces, con amor
nos da un beso en la frente como a un niño pequeño!

Never more

 

Oh, recuerdos, recuerdos! ¿qué me queréis? Volaba
un turbión de hojas secas; ponía el sol un brillo
de oro viejo en el bosque húmedo y amarillo,
y la fugaz llovizna de otoño sollozaba.

Ibamos los dos solos; su cabellera de oro
volaba loca al viento, cual nuestra fantasía.
— ¿Cuál fue el día más bello de tu vida?— decía
junto a mí, con su acento angélico y sonoro.

Respondió a su pregunta mi sonrisa discreta;
después, devotamente, con gesto de poeta,
besé su mano blanca de dedos afilados.

¡Ah, qué fragancia tienen nuestras primeras rosas
y qué bien suena, como músicas deliciosas,
el primer sí que brota de unos labios amados!

El beso

 

Beso! rosa temprana, de un jardín de caricias,
estribillo en el niveo teclado de los dientes,
de los salmos que Amor en las almas ardientes
canta, con voz de arcángel de lánguidas delicias.

Sonoroso y gracioso Beso, Beso divino,
placer sin par, celeste embriaguez inefable.
¡Salud! Cuando nos brindas tu vaso diamantino,
nos enbriagas del único deleite inagotable.

Como el vino de! Rhin, como una sideral
melodía, consuelas a las almas inquietas,
digno de que el más grande de los grandes poetas,
Goethe o Will, te cantara en un verso inmortal.

Por ti teje este ramo de estrofas que deslíe
una ingenua fragancia, el pobre trovador,
como premio, a los labios encendidos de amor
de Una que yo conozco, Beso, desciende y ríe.

Croquis parisiense

 

Sobre las fachadas pintaba la luna
con tintes de zinc, ángulos obtusos;
salen de los techos de las chimeneas,
en forma de cinco, penachos de humo.

El cielo está gris, llora la llovizna
igual que un fagot,
y maúlla a lo lejos un gato encelado
por su zapaquilda su extraña canción.

Yo pensando en Fidias, soñando en Platón,
errante mi paso por las calles va
—y con Marathón y con Salamina—
mientras parpadean las luces del gas.

El ruiseñor

 

Con un loco vuelo de aves asustadas
todos mis recuerdos llegan en bandadas
y se abaten sobre la desolación
del hendido tronco de mi corazón.
Y en la linfa triste de mis añoranzas,
la fuente que llora mis desesperanzas
se abaten; después un temblor irisa
su cristal, y se oye gemir a la brisa,
una brisa espesa que envuelve el ramaje,
y después, tan sólo, se oye entre el follaje
— tan sólo— la voz que canta a la Ausente
la voz tan lejana, tan languideciente
del ave que íué mi pasión primera,
cantando lo mismo que en mi primavera.
Y en el esplendor triste de una luna
que asciende solemne y pálida, una
noche del estío, pesada y sombría,
plena de silencio, de melancolía,
mece en el misterio vago de la hora
el árbol que tiembla y el ave que llora.

Una dalia

 

Cortesana de senos magníficos, de obscuros
ojos bovinos, lentas pupilas sin fulgor,
su torso blanco brilla cual los mármoles puros,

su hermosura serena, rica y pomposa flor,
a pesar de la espléndida realeza de sus pomas,
pasea su insensible belleza sin aromas.

Insensible a la carne, insensible al romántico
amor, peor que las turbias vendedoras de amor
ídolo indiferente a! incienso y al cántico.

Igual que tú es la dalia, reina de los brillantes
colores, que levanta su flora sin olor
junto a los lujuriosos jazmines enervantes.

Efecto de noche

 

La noche. Llueve. Un cielo siniestro. Se destacan
los perfiles borrosos de góticas iglesias
con sus agujas místicas y sus torres de espuma…
Una ciudad antigua allá a lo lejos sueña.
La llanura… Un patíbulo con racimos de ahorcados
renegridos, horribles, con la cárdena lengua
en una mueca trágica de burla, sacudidos
a compás, por los ávidos picos de las cornejas.
Y sus piernas moradas, mordidas por los lobos,
danzan en el espacio zarabandas grotescas.
Espesos jaramagos y zarzales hirsutos
orillan el camino con hórridas malezas
sobre un ferruginoso fondo de pesadilla.
Después, tres prisioneros, cargados de cadenas,
harapientos, en medio de un pelotón de guardias,
cuyos rectos fusiles, como hierros de verja,
a contraviento de las lanzas de la lluvia
fulguran y se clavan en la noche siniestra.

Paul Verlaine, Francia, 1844-1896

Aria de antaño

 

Lucen vagamente las teclas del piano
A la luz del suave crepúsculo rosa,
Y bajo los finos dedos de su mano

Un aire de antaño canta y se querella
En la diminuta cámara suntuosa
En donde palpitan los perfumes de ella.

Un plácido ensueño mi espíritu mece
Mientras que el teclado sus notas desgrana;
¿Por qué me acaricia, por qué me enternece

Esa canción dulce, llorosa e incierta
Que apaciblemente muere en la ventana
A las tibias auras del jardín abierta?

Canción de otoño

 

Los sollozos más hondos
del violín del otoño
son igual
que una herida en el alma
de congojas extrañas
sin final.

Tembloroso recuerdo
esta huida del tiempo
que se fue.
Evocando el pasado
y los días lejanos
lloraré.

Este viento se lleva
el ayer de tiniebla
que pasó,
una mala borrasca
que levanta hojarasca
como yo.

En los bosques

 

Algunos, los ingenuos, tal vez por linfatismo
encuentran en los bosques encantos misteriosos,
frescas brisas y tibios perfumes. Son dichosos.
Los soñadores sienten ondas de misticismo

y también son felices. Pero yo, por inciertos
remordimientos siempre tenazmente roído,
tengo miedo en la selva como un niño perdido
que viera en los pinares la danza de los muertos.

Las grandes espesuras, negras, siniestramente
negras, con su silencio glacial como un sudario,
todo este alucinante fatídico escenario
de un extraño y pueril terror llena mi mente.

Sobre todo en estío; la sangre del ocaso
con púrpuras de incendio mancha el gris de la bruma
y es el canto del Angelus que a lo lejos se esfuma
como un grito de angustia que siguiera mi paso.

Se alza un viento pesado, pasa un escalofrío
de horror, por la espesura de la selva inquietante;
es un horror de hielo, sin causa, delirante,
que va a desvanecerse bajo el ramaje umbrío.

Ha llegado la noche. Vuela un búho agorero,
de fantasmas de fábula se llenan los caminos,
finge una fuente oculta un rumor de asesinos
que aguardan apostados al borde del sendero.

En el balcón

 

En el balcón las amigas miraban ambas como huían las golondrinas
Una pálida sus cabellos negros como el azabache, la otra rubia
Y sonrosada, su vestido ligero, pálido de desgastado amarillo
Vagamente serpenteaban las nubes en el cielo

Y todos los días, ambas con languideces de asfódelos
Mientras que al cielo se le ensamblaba la luna suave y redonda
Saboreaban a grandes bocanadas la emoción profunda
De la tarde y la felicidad triste de los corazones fieles

Tales sus acuciantes brazos, húmedos, sus talles flexibles
Extraña pareja que arranca la piedad de otras parejas
De tal modo en el balcón soñaban las jóvenes mujeres

Tras ellas al fondo de la habitación rica y sombría
Enfática como un trono de melodramas
Y llena de perfumes la cama vencida se abría entre las sombras

Grotesco

 

Sus piernas por toda montura,
Por todo bien el oro de sus miradas,
Por el camino de las aventuras
Marchan harapientos y huraños.

El prudente, indignado, los arenga;
El tonto compadece a esos locos aventurados;
Los niños les sacan la lengua
Y las chicas se burlan de ellos.

Sin más que odiosos y ridículos,
Y maléficos, en efecto,
Y tienen el aire, en el crepúsculo,
De un mal sueño.

Y con sus agrias guitarras,
Crispando la mano de los liberados,
Canturrean unos aires extraños,
Nostálgicos y rebeldes

Y es, en fin, que sus pupilas
Ríe y llora – fastidioso-
El amor de las cosas eternas,
¡Viejos muertos y antiguos dioses!

Id, pues, vagabundos sin tregua,
Errad, funestos y malditos,
A lo largo de los abismos y de las playas
Bajo el ojo cerrado de los paraísos.

La naturaleza del mundo se aísla
Para castigar como es preciso
La orgullosa melancolía
Que te hace marchar con la frente alta,

Y, vengando en ti la blasfemia
De inmensas esperanzas vehementes,
Hiere tu frente de anatema.

Soles ponientes

 

Una aurora fría
vierte en el trigal
su melancolía
de hora vesperal.
La melancolía
como una canción
de suave emoción
mece el alma mía,
mientras muere el día.
Sueños irreales
cruzan por mi frente
como fantasmales
sombras del poniente.
Son a sus reflejos
fantasmas bermejos;
pasan por mi mente,
cual soles irreales
en los arenales
rojos del poniente.

Las conchas

 

Cada concha incrustada
En la gruta donde nos amamos,
Tiene su particularidad.

Una tiene la púrpura de nuestras almas,
Hurtada a la sangre de nuestros corazones,
Cuando yo ardo y tú te inflamas;

Esa otra simula tus languideces
Y tu palidez cuando, cansada,
Me reprochas mis ojos burlones;

Esa de ahí imita la gracia
De tu oreja, y aquella otra
Tu rosada nuca, corta y gruesa;

Pero una, entre todas, es la que me turba.

Mi sueño familiar

 

Tengo a menudo el sueño raro y emocionante
de una maravillosa mujer desconocida
que no es siempre la misma ni es otra en cada instante
y me ama y se penetra del dolor de mi vida.

Porque ella me comprende y mi alma transparente
para ella solo no es un problema insondable
y la fiebre tenaz de mi pálida frente
ella sabe calmarla con su llanto inefable.

¿Es morena o es rubia o es roja? Yo lo ignoro.
¿Su nombre? Sólo sé que es tan dulce y sonoro
como el de las amantes del mundo desterradas.

Sus pupilas de estatua miran sin expresión
y su voz dulce y grave recuerda la inflexión
de las voces queridas ya por siempre calladas.

Mi sueño

 

Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante
de una mujer ignota que adoro y que me adora,
que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora
y que las huellas sigue de mi existencia errante.

Se vuelve transparente mi corazón sangrante
para ella, que comprende lo que mi mente añora;
ella me enjuga el llanto del alma cuando llora
y lo perdona todo con su sonrisa amante.

¿Es morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro.
¿Su nombre? Lo imagino por lo blando y sonoro,
el de virgen de aquellas que adorando murieron.

Como el de las estatuas es su mirar de suave
y tienen los acordes de su voz, lenta y grave,
un eco de las voces queridas que se fueron…

Pensionistas

 

Una tenía quince años, la otra dieciséis
Y ambas dormían en la misma pequeña habitación
Esto sucedió una sofocante noche de septiembre
¡Quebrantables asuntos! Ojiazules y con mejillas de marfil

Para refrescar sus delicados cuerpos, se despojaron
De las exquisitas camisas perfumadas de ámbar
La más joven levantó sus manos inclinándose hacia atrás
Y su amiga, con sus manos en sus pechos, la besó.

Entonces bajó a sus rodillas y, en un arrebato
Pegó a la pierna de la otra su mejilla, y su boca
Acarició el dorado oro entre las grises sombras

Y durante todo ese tiempo la más joven contaba
Con sus queridos dedos los prometidos valses
Y sonrojándose, inocentemente sonreía.

Primavera

 

Tiernamente la joven mujer de cabello rojizo
Conmovida ante tanta inocencia
Le dijo a la rubia muchacha
Estas palabras en suave voz

“Savia que se eleva; flores que se abren
tu juventud es una glorieta
permite a mis dedos vagar por la hierba
donde se estremece el capullo de la rosa

Déjame por entre el herbaje puro
Beber las gotas del rocío
Que humedece a la tierna rosa,..

De modo que el placer, mi cariño
Avive tu rostro
Como el amanecer el azul del cielo

Su adorado cuerpo bello, armonioso
Perfumado, blanco como el blanco
Rosa, emblanquecido con pura leche, rosado
Como un lirio bajo un cielo púrpura

Bellos los muslos, enhiestos los pechos
Tu espalda, hombros, vientre, un banquete
Para los ojos y para las curiosas manos
Para los labios y todos los sentidos

“Pequeña niña, deja ver si tu lecho
tiene aún debajo de la roja cortina
la hermosa almohada que lleva
y las salvajes sábanas. Oh a tu lecho.

Soñé contigo esta noche…

 

Soñé contigo esta noche:
Te desfallecías de mil maneras
Y murmurabas tantas cosas…

Y yo, así como se saborea una fruta
Te besaba con toda la boca
Un poco por todas partes, monte, valle, llanura.

Era de una elasticidad,
De un resorte verdaderamente admirable:
Dios… ¡Qué aliento y qué cintura!

Y tú, querida, por tu parte,
Qué cintura, qué aliento y
Qué elasticidad de gacela…

Al despertar fue, en tus brazos,
Pero más aguda y más perfecta,
¡Exactamente la misma fiesta!

Te ofrezco

 

Te ofrezco entre racimos, verdes gajos y rosas,
Mi corazón ingenuo que a tu bondad se humilla;
No quieran destrozarlo tus manos cariñosas,
Tus ojos regocije mi dádiva sencilla.

En el jardín umbroso mi cuerpo fatigado
Las auras matinales cubrieron de rocío;
Como en la paz de un sueño se deslice a tu lado
El fugitivo instante que reposar ansío.

Cuando en mis sienes calme la divina tormenta,
Reclinaré, jugando con tus bucles espesos,
Sobre tu núbil seno mi frente soñolienta,
Sonora con el ritmo de tus últimos besos.

La angustia

 

Creación, no me importan tus fastos esplendentes
ni tus campiñas ni tus dulces pastorales
sicilianas; tampoco tus magias aurórales
ni la maravillosa visión de tus ponientes.

Yo me burlo del arte, del hombre, de los versos,
de los templos helénicos y de las espirales
que en el cielo vacío hunden las catedrales,
y los buenos me dan igual que los perversos.

Yo no creo en e! Dios que me dió, cruel y ciego,
la angustia de pensar, y maldigo y reniego
del Amor, esa vieja y trágica ironía;

sin amor a la vida y temiendo a la muerte,
soy un barco perdido al azar de la suerte,
que se hundirá en la sima sin fondo cualquier día…

Pesadilla

 

Yo he visto a la luna llena,
como un sueño, en el sendero,
en una mano el acero,
en la otra un reloj de arena,
al caballero

de las baladas del Rhin,
como un huracán violento
galopando hacia el confín
con la negra capa al viento
sobre un rocín

negro de ébano y fulgente
como un ascua, velozmente;
sin ¡hop! ni fusta, ni brida,
ir a carrera tendida
eternamente.

Amplio chambergo plumado;
en las cuencas, su ojo ciego
entre la niebla ha brillado
con un fulgor azulado
de arma de fuego.

Como ala de gaviota
que sorprende la borrasca,
al furor de la nevasca,

Claro de luna

 

Vuestra alma es un exquisito paisaje,
Que encantan máscaras y bergamascos,
Tocando el laúd y danzando y casi
Tristes bajo sus fantásticos disfraces.

Siempre cantando en el tono menor,
El amor triunfal y la vida oportuna
Parecen no creer en su felicidad
Y sus canciones se unen al claro de la luna.

Al tranquilo claro de luna, triste y bello,
Que hacen sonar los pájaros en los árboles,
Y sollozar extáticos a los surtidores,
Surtidores esbeltos entre los blancos mármoles.

Marina

 

La luna en crespones
envuelve su faz
de muerta quimérica
y palpita el mar.

De pronto un relámpago
siniestro y brutal
hiende el cielo cárdeno
de un largo zig-zag.

Las olas convulsas
saltan sin cesar;
rugen, fosforecen
y vienen y van.

En la lejanía
silba el huracán
y rugen las furias
de la tempestad.

Paseo sentimental

 

Flechaba el crepúsculo sus luces postreras
sobre los nenúfares, entre las junqueras;
los blancos nenúfares que tenían una
palidez heráldica de rayo de luna.
Junto al muerto estanque llora la sauceda;
yo voy silencioso bajo la arboleda,
en donde la bruma finge un inquietante
fantasma azulenco de voz sollozante.
Yo voy junto al triste lago de agua muerta,
con mi llaga viva, para siempre abierta;
los sauces se inclinan, y baja del cielo,
la sombra, el nocturno y estrellado velo,
que ahoga del crepúsculo las luces postreras
en el quieto estanque de espesas junqueras,
y blancos nenúfares soñadores de una
palidez heráldica de rayo de luna.

Nocturno parisiense

 

Sigue, sigue tu curso, triste Sena; tus puentes
ven pasar muchos muertos, horribles, pestilentes,
siempre cara a la luna, bajo la niebla gris,
a cuyas tristes almas asesinó París.
Pero no arrastras tantos muertos como a mi mente
inspira pensamientos tu lúgubre corriente.

Hay ruinas en la orilla del Tíber encantado,
que hacen que el viajero viva todo el pasado,
cubiertas por los líquenes y por la obscura yedra
que empenachan su sueño milenario de piedra.
Ríe el Guadalquivir junto a los azahares,
entre un son de boleros y de alegres cantares.
Oro tiene el Pactólo. La odalisca lasciva
danza a orillas del Bósforo como una llama viva.

El Rhin es un burgrave, y un poeta el Lignon,
y el Adour un rufián. La dormida canción
del Nilo, con su largo gemido misterioso,
arrulla de las momias el sueño fabuloso.
El gran Meschacabé, de los juncos sagrados,
augustamente besa los islotes dorados;
o en Niágaras espléndidos su armonía desata
de espumas y fulgores en triunfal catarata.
Y el Eúrotas, en donde los cisnes familiares
nievan de blanca gracia los lauros tutelares,
y bajo el claro cielo que un vuelo de gypaeta
raya, rítmico y dulce canta como un poeta.
Y, en fin, el sacro Ganges, de los altos palmares,
lento y majestuoso, junto a los templos lares,
donde una muchedumbre aúlla lastimera
a compás de los secos címbalos de madera
a cuyo son el tigre amarillo y rayado,
del salto del antílope presintiendo ¡a hora,
en las vírgenes selvas se oculta agazapado
y parece, en la noche llena de paz, que llora…

Sena, tú nada tienes. Dos barrios deleznables
sembrados por doquiera de chozas miserables,
puestos de libros viejos, y algún golfo que baña
su roña, y los hieráticos pescadores de caña.
Mas, cuando el día muere y se aleja el enjambre
medio muerto de sueño, de tristeza y de hambre,
y el cielo se tachona de rojos resplandores,
de sus tugurios hórridos bajan los soñadores,
y sobre el viejo Puente de la Cité, ante Nuestra
Señora, con la frente apoyada en la diestra,
oyendo de las aguas el sonoro lamento
sueñan con las melenas y el corazón al viento.
Las nubes empujadas por el viento nocturno
cruzan, rojas y cárdenas, el azul taciturno,
y en los reyes del pórtico, el sol deja un reflejo
que es en la piedra añosa como un beso bermejo.
Anunciando la densa noche que se avecina
voltijea el murciélago y huye la golondrina.
Todo ruido se apaga. Acaso un vago son
anuncia la ciudad que canta su canción
que al déspota acaricia mientras los tristes gimen;
es el alba del robo, del amor y del crimen.

De repente, lo mismo que un tenor azorado
que exhala un estridente gallo desaforado,
su grito que se queja, se prolonga y avanza
en no sabemos dónde, un organillo lanza.
Gime, acaso, algún aria ramplona y anacrónica
que de niños solíamos tocar en nuestra armónica
y que, triste o alegre, con su acento cansado
emociona al artista, conmueve al desterrado.
Es falso, es espantoso, es ratonero, es duro;
le pondría a Rossini enfermo de seguro,
es su risa ramplona y su queja risible
y siempre en una clave de sol inadmisible,
trocando en la los do, mas ¿qué puede importar,
si, al oírle, sentimos deseos de llorar?
Vuela el alma a un quimérico país de ensoñación
y siente a sus acordes un llanto de emoción
que el corazón sahúma de diáfana piedad.
Y en un punto vivimos la azul diafanidad
y así, en una armonía misteriosa y fantástica
que siendo musical tiene mucho de plástica,
mezcla mi alma el sonido con la tarde muriente;
la pena de la música y el dolor del poniente.

Después, el organillo se va alejando. Crece
la sombra en el silencio y Venus aparece
en una nube blanca, sobre el confín obscuro;
se encienden los faroles ahilados junto al muro.
Y el astro y las luciérnagas temblorosas del gas
cabrillean fantásticas sobre el horror del río
de linfa espesa y pútrida, más denso y más sombrío
que el negro terciopelo del más negro antifaz.
Y sobre el barandal, el contemplador, pobre
y roído por la vida cual moneda de cobre,
presa de un viento infausto, se inclina hacia el abismo
y olvidando sus sueños, ausente de sí mismo,
se encuentra entre las garras de la angustia más honda:
¡a solas con París, con la Noche y la Onda!

¡Siniestra trinidad! ¡Del Horror negros puertos!
El Mane-Thecel-Phares de los ensueños muertos.
Sois las tres, oh siniestras, los monstruos del horror
tan terribles, que el hombre borracho de dolor,
Orestes sin Electra, por vuestro maleficio
¡no puede más! y rueda derecho al precipicio.
Las tres asesináis al pobre harapo humano
ansiosas de ofrecer carnaza al gran Gusano
y se duda, temblando, entre los tres horrores
si acaso es más tremendo morir por los terrores
de las tinieblas densas o en el río profundo
o en tus brazos, Sirena París, reina del mundo.

Y tú, Sena impasible, deslizas tu corriente,
que cruza por París igual que una serpiente
monstruosa, caminando hacia lejanos puertos
con tu carga de hulla, de madera y de muertos.

Paul Verlaine, Francia, 1844-1896