Fuego y nieve

 

Duro es tu corazón como el granito;
mi corazón como la cera tierno:
verano ardiente soy; tú helado invierno;
tú nieve eterna; fuego yo infinito.

Yo me acerco a tu nieve, y no tirito;
antes crece la furia de este infierno;
y hiélate a ti más mi fuego eterno,
y ni me apagas ¡ay! ni te derrito.

¿Cómo encuentro calor donde no hay llama?
¿Cómo no da calor la llama mía?
¿Cómo mi incendio tu esquivez no inflama?

¿Cómo tu hielo mi pasión no enfría?
¡Oh! ¿por qué no nos hizo el hado aleve,
o de fuego a los dos, o a ambos de nieve?

Las palmeras

 

«¡Quiero sol!» Moribunda dijo un día
una palmera que en umbroso huerto,
amortajada en su ramaje yerto,
cual alma sin amor languidecía.

Y elevando sus ramas con porfía,
descubrió al fin su copa el campo abierto,
y vio marchita, en medio del desierto,
otra palmera que de sed moría.

«¡Quiero sombra!» Decía esta palmera,
gimiendo por un soplo de frescura.
«¡Quiero sol!» Repetía la primera…

Y de ambas condolida el aura pura,
compaginó las cosas de manera
que gozaron de igual temperatura.

Al amanecer

 

LANDO céfiro mueve sus alas
Empapadas de fresco rocío…
De la noche el alcázar sombrío
Dulce alondra se atreve a turbar…
Las estrellas, cual sueños, se borran…
Sólo brilla magnífica una…
¡Es el astro del alba! La luna
Ya desciende, durmiéndose, al mar.

Amanece: en la raya del cielo
Luce trémula cinta de plata
Que, trocada en fulgente escarlata.
Esclarece la bóveda azul;
Y montañas, y selvas, y ríos,
Y del campo la mágica alfombra,
Roto el negro capuz de la sombra,
Muestran nieblas de cándido tul.

¡Es de día! Los pájaros todos
Lo saludan con arpa sonora,
Y arboledas y cúspides dora
El intenso lejano arrebol.
El oriente se incendia en colores…
Los colores en vivida lumbre…
¡Y por cima del áspera cumbre
Sale el disco inflamado del sol!

​A San Ramón Non Nato

Tú, que a Dios te pareces y a mis nietos
por tu rara excepción de no nacido;
segundo Adán, pues nadie te ha parido;
de Jonás viceversa en los aprietos;

retoño de la Nada en los efectos,
si la Nada es igual a haber sido;
desfacedor de agravios de marido,
patrono ya abogado de los fetos:

vuélveme el pelo, quítame el bigote;
arráncame los dientes; la comadre
haz que me vista el primitivo hato;

y, trocado en inerte monigote,
sepúltame en el vientre de mi madre…
Que, mejor que nacido, es ser non nato.

Humo y ceniza

 

Fumaba yo, tendido en mi butaca,
cuando, al sopor de plácido mareo,
mis sueños de oro realizarse veo
del humo denso entre la niebla opaca.

Mas ni la gloria mi ambición aplaca,
ni nada calma mi febril deseo
hasta que, envuelta por el aire, creo
verte mecida en vaporosa hamaca.

Corro hacia ti, mi corazón te evoca,
y cuando el fuego de tu amor me hechiza
y van mis labios a sellar tu boca,

de ellos, ¡ay!, el cigarro se desliza
y sólo queda, de ilusión tan loca,
humo en el aire y, a mis pies… Ceniza.

Si no has de amarme, dime que retire

 

Si no has de amarme, dime que retire
de ti mi admiración; si no he de amarte,
haz que nunca te mire;
si no he de mirarte,
deja de ser tan hechicera y pura;
pues mi amor sin tu amor me da la muerte,
y a mi pesar te adora el alma al verte
y a mi pesar contemplo tu hermosura…
Así, dulce bien mío,
tu belleza depón o tu desvío.

El fruto de bendición

 

¡Cuántas veces fugaz la Primavera
vistió de flores mil el campo abierto,
hora tornado en árido desierto,
ni sombra ya de lo que en Mayo fuera!

En tanto aquella flor, la flor primera,
logro de afanes en cerrado huerto,
ve trocada el colono en fruto cierto,
de árboles mil semilla duradera.

¡Así la juventud! ¡Así la vida!
La que en vanos placeres se consume,
olvidada a la tarde desfallece:

en tanto que la fiel y recogida
que a un solo amor consagra su perfume,
más allá de la tumba reverdece.

El cigarro

 

Lío tabaco en un papel; agarro
lumbre y lo enciendo, arde ya medida
que arde, muere; muere y enseguida
tiro la punta, bárrenla… Y al carro!

Un alma envuelve Dios en frágil barro,
y la enciende en la lumbre de la vida,
chupa el tiempo y resulta en la partida
un cadáver. El hombre es un cigarro.

La ceniza que cae es su ventura;
el humo que se eleva su esperanza;
lo que arderá después su loco anhelo.

Cigarro tras cigarro el tiempo apura;
colilla tras colilla al hoyo lanza,
pero el aroma… ¡Piérdese en el cielo!

A Carmen, al piano

 

No mujer… ¡Hada eres! Si amorosa
las manos tiendes al callado viento,
en él despiertas lánguido concierto
como la brisa en arpa meloDiosa.

No mujer, bella Carmen… Eres Diosa;
y de tu rostro el celestial portento
irradia el infinito sentimiento,
ser de tu ser, inspiración hermosa.

No mujer… ¡Eres ángel! Tu pureza
eclipsa la del sol: la sensitiva
no es como tú modesta y delicada.

Yo admiro arrebatado tu grandeza;
pero calla mi voz, no osando altiva
cantar a la que es ángel, Diosa y hada.

A mis hijas en sus días

 

Por la primera vez hoy es tu día…
¡Ven a mi corazón, prenda adorada…
Orgullo de la esposa más amada,
vida de mis entrañas hija mía!

¿Qué te dirá de un padre la ufanía?
¿Qué te dirá tu madre embelesada,
sino verte del alma enajenada
lágrimas de cariño y alegría?

Delicia de los dos ¡bendita seas!
¡Bendita seas de la Virgen pura
que ampara con su manto nuestro nido!

Y allá en los años en que no nos veas,
¡Dios te de tanto bien, tanta ventura,
como tú con nacer nos has traído!

Los siete dolores de María

 

De Simeón la triste profecía
anúnciale una vida de dolores,
y huye a Egipto, temiendo los furores
con que Herodes al Cristo perseguía.

Crece su pena y crece su agonía,
cuando pierde a la luz de sus amores,
y su duelo y su luto son mayores,
al hallarle del Gólgota en la vía.

Se aumenta su pesar cuando la muerte
dobla la frente del Crucificado,
añadiendo amargura a su amargura

el abrazar después su cuerpo inerte,
y más y más su pecho es angustiado
al dejarle en la yerta sepultura.

A Pompeya

 

Cuando amanezca el iracundo día
que en la mente de Dios leyó el Profeta,
y, al agrio son de la final trompeta,
abandone de Adán la raza impía,

ora el sosiego de l ahuesa fría,
ora los lares de la vida inquieta,
y pase el JUICIO extremo, y el del Planeta
quede la extensa faz muda y vacía,

no será tan horrendo y pavoroso
encontrar por doquier huellas del hombre
y ni un hombre en campiñas ni ciudades,

como verte, sin vida ni reposo,
desierta y mancillada por tu nombre,
expiar ¡oh Pompeya! tus maldades.

La moña

A la señora Marquesa del Salar

 

¡Cuán airosa y ufana en la corrida
irá la noble fiera, engalanada
con tan bella divisa, regalada
por tan ilustre dama y tan garrida!

Cárdena sangre de la oculta herida
matizará la seda recamada,
y aun el toro, al mirarla disputada,
más sentirá el perderla que la vida.

¡Oh, si al coger la codiciada prenda,
tu corazón ganara y tu albedrío
el esforzado justador! ¡Oh gloria!

¡Todos fueran al par en la contienda!
Y yo ante todos redoblando el brío,
diera la vida allí por la victoria.

El viernes santo

 

Solo, negado, escarnecido, muerto,
enclavado en la Cruz, ¡oh Jesús mío!
la frente inclinas sobre el mundo impío,
en la cumbre del Gólgota desierto.

Ebrio, entre tanto, y de baldón cubierto,
el mortal, en su infame desvarío,
adora una beldad de aliento frío,
pálida y mustia cual cadáver yerto.

¡Perdónalo, Señor! Que si en tal hora
la majestad de tu dolor ultraja
e ingrato y loco tu pasión olvida,

su espíritu inmortal se agita y llora
por sacudir del cuerpo la mortaja…
Y vive en él como enterrado en vida!

Epitafio

 

Llorad aquí los que en veloz huida
cruzáis el tiempo que a la muerte os lanza.
Contemplad en ceniza convertida
cuanta ventura a desear se alcanza;
belleza, juventud, virtudes, vida,
dicha, gracias, amor, genio, esperanza,
amiga, hermana, hija, madre, esposa…
¡Todo desvanecido aquí reposa!

El llanto del soltero

 

Sin ti…¡Cuán negra y angustiosa y larga
pasé la noche toda, amada mía!
¡Sin ti me encuentra el implacable día;
sin ti y en honda soledad amarga!

Ya el sueño, que mis párpados embarga,
sin ti mis pasos hacia el lecho guía;
y pues no estás en él, en él querría
dejar por siempre del vivir la carga.

Pero ¿quién eres tú? ¿Luz postrimera
eres del bien perdido, o vaga sombra
de un nuevo bien que al porvenir demando?

No sé, no sé quién eres. «Compañera»
te llama el corazón cuando te nombra,
y las noches sin ti paso llorando.

Al vino «Abolengo» de las bodegas de Misa (Jerez)

 

¡Deténte Pasajero! Aquí reposa
el Adán de los vinos jerezanos,
padre de tantos ínclitos ancianos
como duermen en torno de su fosa.

¡Enterrado está el sol bajo esta losa!
Pero no se lo comen los gusanos,
sino que vida y alma los humanos
aun piden a su llama generosa.

«Abolengo» se llama aqueste vino,
y en cada gota concentrado encierra
de mil generaciones el destino…

Si las cuitas del mundo te hacen guerra,
cátalo media vez, ¡oh peregrino!
y jurarás que el cielo está en la tierra.

Adiós al vino

 

No más, no más en piélagos de vino
sepultaré, insensato, mis dolores,
velando con quiméricos vapores
de la razón el resplandor divino.

No más, hurtando el rostro a mi destino,
pediré a la locura sus favores,
ni, ceñido de pámpanos y flores,
dormiré de la muerte en el camino.

Arrepentido estoy de haber hollado,
vate indigno, con planta entorpecida,
el laurel inmortal y el áurea ropa…

¡Néctar fatal!, licor envenenado,
acepta, al recibir mi despedida,
el brindis postrimer… ¡Llenad mi copa!

Una flor menos

 

Á la orilla de un plácido árroyuelo,
que en sus cristales nítidos retrata
el verde margen y el tranquilo cielo…
—Lengua armoniosa de fulgente plata,
que siempre está contando sin recelo
de aquella soledad la vida grata,—
una noche clarísima y serena
nació una melancólica azucena.

Esto pasó en Abril. —El sol de Mayo
miróla ya, formada y entreabierta,
beber ansiosa el matutino rayo,
cual alma jóven que al amor despierta…
Y ya las brisas, con falaz desmayo,
de su fragancia virgen, leve, incierta,
los primeros efluvios le robaban…
Que con frias lisonjas le pagaban.

En Junio… La magnífica azucena,
sultana favorita entre las flores,
gala y encanto de la orilla amena,
hechizo de los céfiros traidores,
ya prodigaba, de ufanía llena,
al aire… Sus balsámicos olores,
su candidez… Al sol, su risa… Al cielo
y su imágen… Al lúbrico arroyuelo.

Desaliento

 

Llorar es tu destino… Mas no llores.
Alza la frente soberana al cielo,
y no afanada busques en el suelo
premio al amor, alivio a tus dolores.

Acaso yo… Mas ¡ay! a tus clamores
respondieran los gritos de mi duelo,
y, sin prestar a tu dolor consuelo,
marchitaría tus postreras flores.

¡Ay de los dos! Del mundo la inclemencia
rompió de nuestras almas el encanto…
Lloramos… Y la ajena indiferencia

mi risa provocó, secó tu llanto…
Hoy nos acerca un sentimiento amigo,
¡y en hielo en otro hielo no halla amigo!

Una flor menos

 

Á la orilla de un plácido árroyuelo,
que en sus cristales nítidos retrata
el verde margen y el tranquilo cielo…
—Lengua armoniosa de fulgente plata,
que siempre está contando sin recelo
de aquella soledad la vida grata,—
una noche clarísima y serena
nació una melancólica azucena.

Esto pasó en Abril. —El sol de Mayo
miróla ya, formada y entreabierta,
beber ansiosa el matutino rayo,
cual alma jóven que al amor despierta…
Y ya las brisas, con falaz desmayo,
de su fragancia virgen, leve, incierta,
los primeros efluvios le robaban…
Que con frias lisonjas le pagaban.

En Junio… La magnífica azucena,
sultana favorita entre las flores,
gala y encanto de la orilla amena,
hechizo de los céfiros traidores,
ya prodigaba, de ufanía llena,
al aire… Sus balsámicos olores,
su candidez… Al sol, su risa… Al cielo
y su imágen… Al lúbrico arroyuelo.

Chispas y témpanos

 

Al fuego lento de tus ojos frito,
tengo en mi corazón verano eterno:
tú, en las neveras de constante invierno,
guarda, Inés, un alma de granito.

Yo me acerco a tu hielo y no tirito,
ni las llamas mitigo de mi infierno:
tú llegas de mi alma al hogar tierno
y en sus ascuas tu nieve no derrito.

¿Cómo encuentro calor donde no hay llama?
¿Cómo no da calor la llama mía?
¿Cómo mi incendio tu esquivez no inflama?

¿Cómo tu hielo mi pasión no enfría?
¡Ay! ¿cuándo nos veremos igualados,
abrasados los dos, o ambos helados?

La hija del poeta

 

Como, en verano, inútil el rocío
truécase en nube que disipa el viento;
así del noble vate el sentimiento
espiraba sin eco en el vacío.

Y cual la nube en lluvia y ésta en río
trueca de abril el generoso aliento,
tal, realizado en celestial portento,
miró el cantor su vago desvarío.

Tú, gentil Isabel, tierna y piadosa,
tú del paterno amor, tú de su alma,
de sus dolores tú fuiste nacida:

y eres amor en que su fe reposa,
dulce tristeza que las suyas calma,
numen del arte, ensueño de su vida.

Pedro Antonio de Alarcón, Madrid, 1833-1891

​El suspiro del moro
Canto Épico
(Dedicado a mi hija Paulina)

«Y el Santo de Israel abrió su mano,
y los dejó, y cayó en despeñadero
el carro y el caballo y caballero.»
Herrera

 

No la grandeza del empeño santo,
que eternizó en Granada la memoria
de la ínclita Isabel: el duelo canto
del rey sin trono, sin hogar ni gloria,
que, en vez de sangre, vergonzoso llanto
vertió a la postre de su infanda historia:
¡llanto sin fin que los anales cierra
de siete siglos de implacable guerra!

Madre Afligida del Amor cristiano:
sé Tú la Musa que piedad me inspire,
para que enfrente del procaz pagano
ni los de Dios ni tus agravios mire.
Está vencido, llora, y es mi hermano…
¡Haz que a su vez mi cítara suspire
cuando él dirija la postrer mirada
de eterno adiós a la gentil Granada!

Y tú que, errante, la infinita arena
de los desiertos cruzas, los tesoros
sin olvidar de esta región amena:
¡triste progenie de los reyes moros!
deja que tu apenada cantilena
salve del mar los ámbitos sonoros,
y preste al eco de la guzla mía
su vagón son y lánguida armonía.

Eran los días de feliz memoria
en que la Cruz, venciendo a la Fortuna,
tras luenga noche de eternal historia,
miró en su ocaso a la menguada Luna:
primeros días en que el sol de gloria
que un tiempo tuvo en Covadonga cuna,
libre veía el territorio hispano
bajo el bendito pabellón cristiano.

Una garrida, valerosa dama,
noble matrona, celestial princesa,
ganando eterna bendición y fama,
cumplido había la sagrada empresa:
¡Reina inmortal, que aun reverente aclama
el pueblo fiel que su sepulcro besa!…
¡Fuerte heroína, cuyo nombre santo
aún oye el Moro con terror y espanto!

Ella fue, sí, la que, animosa y pía,
su Fe inculco y su aliento a la cruzada;
ella quien supo la prudencia fría
de FERNANDO trocar en furia armada;
y ella tras su bridón llevado había
ante los muros de la infiel Granada
aquella flor de ilustres campeones
que al grito de «ISABEL» fueron leones.

Y las altas empresas de Cisneros,
de Pulgar las magníficas hazañas,
del gran Gonzalo los arranques fieros,
de Tendilla y de Cabra las campañas,
y los hechos de tantos caballeros,
gloria de Cristo, prez de las Españas,
justas fueron de amor, fiestas galantes
que en su obsequio inventaban los Gigantes.

Dado me fuera aliento para tanto,
y aquí cantara la mortal refriega
que una vez y otra vez sembró el espanto
en la ciudad sitiada y la ancha vega;
pero ni el cerco ni las lides canto
que precedieron a la humilde entrega,
ni la lucha civil encarnizada
que franqueó las puertas de Granada.

Absorto ante ese cuadro de grandeza,
el son apago de mi plectro rudo;
descubro reverente mi cabeza,
y admiro y tiemblo con respeto mudo;
triunfante en la morisca fortaleza
la Santa Cruz del Redentor saludo,
y, de piedad y compasión movido,
sigo los pasos de Boabdil vencido.

Principiaba una fúlgida mañana,
de esas que alegran el adusto invierno
cual bellas hijas que en edad temprana
la hiel endulzan del dolor paterno:
del monte excelso la cabeza cana
reflejaba del sol el rayo eterno,
y en la atmósfera azul, diáfana y pura
destacaba la nieve su blancura.

Por los barrancos de la ingente Sierra
mil arroyuelos nítidos corrían,
buscando el llano, en cuya arada tierra
su caudal fecundante repartían:
tranquilos ya, tras la finada guerra,
los labradores a su afán volvían,
y en medio de los densos olivares
humeaban los rústicos hogares.

También las aves a sus dulces nidos
y a la paz que perdieron retornaban;
los rebaños, ayer despavoridos,
otra vez por las cubiertas asomaban;
y cantos y rumores y balidos
el aire placidísimo poblaban,
cual si el pasado sanguinoso empeño
hubiera sido imaginario ensueño.

Esa mañana refulgente y grata,
mientras el sol del aterido Enero
rizados hilos de escarcha plata
trocaba en perlas con su ardor primero,
de Moros una espesa cabalgata,
que el blanco lino y el bruñido acero
igualaban a un bando de palomas,
subía del Padul las mansas lomas.

Aquel cortejo, triste y misterioso
de noche a Santafé dejado había,
y cruzado la vega silencioso
antes que el alba despertase al día;
pero al salvar el punto montuoso
a que llegaba cuando el sol salía,
los Moros sus corceles refrenaron
y atrás la vista con afán tornaron.

Iba al frente de aquella comitiva
un joven de gallarda gentileza,
cuyo boato y majestad esquiva
señales daban de imperial grandeza;
su noble palidez y frente altiva,
sus negros ojos de oriental belleza,
sus blancas tocas y barba oscura
completaban tan clásica figura.

Siempre a su lado, como fiel esposa,
fijos en él los hechiceros ojos,
cabalgaba una joven tan hermosa,
que a la cándida luna diera enojos:
de su semblante angelical la rosa
y de sus labios los claveles rojos
trocado había pertinaz la pena
en lirio mustio y pálida azucena.

Junto a ella, blanco cual nevado armiño;
hermoso, aunque tristísimo y doliente;
único bien del paternal cariño;
severo ya como león naciente,
sobre negro corcel marchaba un niño,
no llegado a la edad adolescente;
pero que ya maldijo su hado insano,
cautivo y solo en el Real cristiano.

Torvo el aspecto de la faz sombría,
parda la tez y la cabeza cana,
tras ellos impertérrita venía
una lujosa, gigantesca anciana:
su viril ademán y la energía
de su mirada fiera y soberana
descubrían en ella a la matrona
digna del cetro y la imperial corona.

Dos príncipes, que el pálido semblante
en su idéntico rostro reflejaban
del Moro esquivo que subió delante.
a la austera mujer acompañaban;
y, en fin, tras estos, en tropel brillante,
hasta cien caballeros galopaban,
entre los cuales víanse mezclados
palaciegos, visires y criados.

Desde el lugar en que parado habían,
a la vez abarcaba la mirada
los rudos montes en que entrar debían
y la extendida vega matizada.
¡Un paso más…, y nunca ya verían
el mágico horizonte de Granada!
¡Un paso más…, y de su vista ansiosa
desparecía la ciudad hermosa!

El Moro más altivo y arrogante
se apartó de la inquieta muchedumbre,
y silencioso, tétrico, anhelante,
quedó como clavado en la alta cumbre.
La horrible contracción de su semblante
retrataba su negra pesadumbre;
pero en su seno, comprimido el llanto,
negaba alivio a su mortal quebranto.

Fijos los ojos, cual queriendo en ellos
dejar grabados y por siempre vivos
de aquel paisaje los matices bellos;
mudo, inmóvil, alzado en los estribos,
el infeliz, del sol a los destellos,
vio pasar los instantes fugitivos,
sin poder separar la vista un punto
de aquel sublime, sin igual conjunto.

¿Quién era? ¿Iba a morir? ¿Por qué tal duelo?
¿Por qué a su alrededor no resonaba
ni una voz de esperanza o de consuelo?
¿Por qué su esposa con rubor echaba
sobre la casta faz el blanco velo?
¿Quién era el triste que tan solo estaba?
¿Qué maldición cayó sobre aquel hombre?
¿Cuál era su infortunio? ¿Cuál su nombre?

¡Era Boabdil!… ¡Boabdil, el fruto airado
de Muley desdeñoso y de Aixa fiera;
el hijo por la madre aleccionado
contra su padre y rey a alzar bandera;
el ambicioso audaz y desalmado,
ladrón del solio a cuyo pie naciera,
que al eco santo del paterno grito,
fue por su raza y por su Dios maldito!

¡Era Boabdil, cuya ominosa estrella
costó a sus padres sempiterno lloro,
rompió el encanto de la Alhambra bella
y el fin atrajo del Imperio moro!…
¡Mísero rey, tras cuya infausta huella
se hundió la tierra siempre, y llanto y oro
y sangre y honras devoró el abismo,
hasta que al cabo sumergiose él mismo!

¡Era Boabdil, que con indigna mano
dado las llaves de la Alhambra había
y su trono y su pueblo al Rey cristiano!…
¡Era Boabdil, que desde allí veía
tremolar en la Vela al castellano
la Santa Cruz del Hijo de María!
¡Era Boabdil, que la postrer mirada
dirigía por siempre a su Granada!

Érase la ciudad cuyas ruinas,
festoneadas de perpetuas rosas,
aun alegran las aguas cristalinas
que en sus cármenes entran bulliciosas:
la Ciudad que las fieles golondrinas,
como en tiempo mejor, buscan ansiosas,
pidiendo a los palacios derruidos
grata quietud para sus caros nidos

Érase la Ciudad que despoblada
hoy parece tal vez al que la mira
de yerba y rotos mármoles sembrada,
como Paesthum, Itálica o Palmira:
La Ciudad que, entre flores sepultada,
aun al viajero admiración inspira,
mientras sus muros de labrada piedra
disputa el tiempo a la viciosa hiedra.

¡Era Granada… rica y prepotente,
tal como fue… cuando Granada era!
Llamábanla Damasco de Occidente,
de la grey de Ismael Roma altanera,
de sus sabios Atenas floreciente,
de las artes lujosa primavera,
hija del Cielo, patria de las flores,
edén de la hermosura y los amores.

Boabdil la contemplaba adormecida
en los cárdenos montes del Oriente,
de un alquicel blanquísimo vestida,
y de bermejas torres la alta frente,
cual de corona señorial, ceñida…
¡Allá quedaba lánguida, indolente,
adúltera sultana, infiel esposa,
mostrando al vencedor su risa hermosa!…

Y allá quedaban los amantes ríos
que plata y oro le tributan fieles;
el Dauro con sus cármenes umbríos,
y el Genil con sus cálidos vergeles;
del Albaicín los blancos caseríos,
la Antequeruela oculta entre laureles,
de la Alcazaba el recio baluarte,
y la Alhambra gentil, ¡gloria del arte!

¡La Alhambra! ¡Regio edén, huerto florido,
soñado alcázar, que su planta moja
del hondo Dauro en el raudal temido,
y cuyas torres de argamasa roja,
de las copas del bosque entretejido
salir se ven entre la verde hoja
y luego alzarse a la región del viento,
como ideal, aéreo monumento!…

¡Oh! ¡Con cuánto pesar, con cuánta pena
Boabdil aquel recinto miraría
donde su infancia transcurrió serena
y entró aclamado, victorioso un día!
Entonces ¡ay! desde su fuerte almena
reinaba en la mitad de Andalucía…
Ya… sólo le ofrecía el hado cierto
un caballo… y la arena del desierto.

Luego miró la anchísima llanura…
tapiz que bordan con vistosas tintas,
ora las huertas de eternal verdura,
ora las blancas y graciosas quintas,
ya de extenso olivar la mancha oscura,
ya de las aguas las fulgentes cintas,
aquí las torres de apiñada aldea,
allí el camino que tenaz serpea…

¡Cuadro grandioso, que mostraba unidos
de tierra y cielo todos los favores…!
-nieves perpetuas, árboles floridos,
verdes campiñas, nubes de colores
un aire que arrobaba los sentidos,
un firmamento azul y un sol de amores!…-
¡Cuadro cuya magnífica hermosura
de Boabdil puso el colmo a la amargura!

¡Triste Boabdil! Su miserable estrella
¿Por qué en Lucena le negó la muerte?
¡No viera entonces tras su infame huella
marchar, ligados a su aciaga suerte,
a un tierno hijo, a su Moraima bella,
a Aixa, la madre valerosa y fuerte,
y a dos nobles hermanos, que su yerro
al ocio condenaba y al destierro!

¡Triste Boabdil! ¡Cuánto a sus pies veía
fue suyo, fue su vida, fue su encanto…
¡Y nunca más a verlo tornaría!…
¡Nunca más! -Al pensarlo, fue ya tanto
su dolor, y tan fiera su agonía,
que de sus ojos desbordose el llanto,
y, con acento fúnebre y rugiente,
lanzó un suspiro que aterró a su gente…

¡Suspiro amargo, lúgubre, espantoso,
que aún en Granada sin cesar resuena,
turbando de los siglos el reposo
y de la muerte la región serena!
¡Y repítelo el viento caluroso,
que raudo agita la africana arena!…
¡Y sonará implacable, tremebundo,
mientras se acuerde de la Alhambra el mundo!

Aixa, entretanto, la sublime altura
de Mulhacen miraba con recelo…
-(¡Allí…, al amparo de la nieve pura,
en la sagrada vecindad del cielo,
yacía en misteriosa sepultura
Muley, su esposo, presenciando el duelo
de la airada consorte y del mal hijo
a quienes fiero al expirar maldijo!…)

Pero al ver la Sultana el triste llanto
del rey, que entre suspiros repetía:
«¡Allak-Akbar!…», tan íntimo quebranto,
lejos de conmover su faz sombría,
inflamola de un fuego que dio espanto,
y, mujer insensible, madre impía,
cuanto patricia indómita y severa,
dijo el débil Boabdil de esta manera:

«¡Llora como mujer, desventurado,
la pérdida del reino que has debido
cual hombre defender!… ¡Llora, menguado!»
Y con brusco desdén mal comprimido,
(¡tal vez con hondo amor desesperado!),
apartose del príncipe afligido,
y, mirando colérica a Granada,
huyó vencida, pero no domada.

Como reo de muerte que a la vida
y al sol y al cielo como afán profundo
da el adiós de suprema despedida…
así Boabdil, lanzado de aquel mundo
en que dejaba su ilusión querida,
«¡Adiós!…» dijo con aye moribundo,
e inclinando la frente sobre el pecho,
huyó también, en lágrimas deshecho…

Y, tras él, en confuso torbellino,
partieron todos; y del sol la lumbre
vio, de polvo entre denso remolino,
desbocada correr de cumbre en cumbre,
huyendo de su lóbrego destino,
a aquella fastuosa muchedumbre,
a quien la desventura daba en arras
un rincón en las agrias Alpujarras.

Pronto, como blanquísima paloma,
mirábase a lo lejos, de la Sierra
a un jinete salvar la última loma…
Era el triste fantasma de la guerra…
Era el poder inicuo de Mahoma
que abandonaba la española tierra…
¡Era Boabdil, herido por el rayo
que allá en Asturias fulminó Pelayo!

Otro día…, del mar sobre la espuma,
sola cruzó desde Adra hasta Melilla
rápida nave cual ligera pluma.
Ganada, al cabo, la africana orilla,
viose a un Moro gentil, entre la bruma,
doblar, al pisar tierra, la rodilla…
¡Era Boabdil, a quien su negro sino
negó una tumba en suelo granadino!

Un día, en fin, que el Marroquí tirano
luchaba por salvar su poderío
contra los dos Jarifes, -un anciano
lidió por él con temerario brío,
hasta que, herido y sin aliento humano,
se hundió en las olas de opulento río…
¡Era Boabdil, a quien su suerte dura
le negaba en la tierra sepultura!

¡Así cumpliose lo que escrito estaba…
pero escrito por Dios, que al hombre dijo:
«HONRARÁS A TU PADRE». -Así acababa
el príncipe rebelde, ingrato hijo,
a quien su padre ciego, que espiraba
una vez y otra vez feroz maldijo…
¡Y así fue llanto y exterminio y luto
de la traición de Don Julián el fruto!

¡Huyó de España para siempre el Moro!…
¡Bendigamos a Dios! -«Él es el fuerte:
Él solo es vencedor: Él es tesoro
de vida y de salud: Él da la muerte».
Así, con letras de carmín y oro,
cuando propicia contempló la suerte,
lo consignó en la Alhambra el Mahometano.
-¡DIOS SÓLO ES VENCEDOR! Dice el Cristiano.

A Fray Luis de León al inaugurarse su estatua en Salamanca

 

«¡Gloria!» las arpas, los salterios «¡gloria!»
resuenen por doquier… ¡Ved al poeta
surgir triunfante, coronado atleta,
del seno de la noche mortuoria!
¡Él es! -Un sueño de dolor han sido
trescientos años de pasada historia…
La tumba en pedestal se ha convertido,
y el pedestal en cátedra… ¡Silencio!
¡LEÓN, libre otra vez, como algún día,
desde el alzado puesto
mira al concurso con afable calma…
la multitud lo aclama como entonces…
y, con acento que percibe el alma,
«Decíamos ayer…» prorrumpe el bronce!

¡Él es, que torna a la vital arena,
no ya del fondo de prisión impía,
mas de los reinos de la muerte oscura,
rota mostrando al mundo su cadena,
íntegra y salva su doctrina pura!
¡Él es!…, el docto, el inspirado, el tierno,
seráfico agustino…
el poeta divino
que, en coloquios de amor con el Eterno,
cantó la ansiada libertad del alma
y de caducos bienes el olvido,
cual ruiseñor que en la solemne calma
de la NOCHE SERENA,
de amor enloquecido,
entona apasionada cantilena,
única voz del mundo adormecido!

Jubilosa Natura
ya reconoce a su cantor amado…
a aquel que blandamente recostado
cabe la linfa de fontana pura,
las horas descuidado
pasaba, ni envidioso ni envidiado.
Y ufano el sol, extática la luna,
las flores de placer ruborizadas,
trémulo el bosque, y locas de alegría
las aves en sus copas anidadas,
saludan a porfía
la noble Efigie del ilustre vate,
cuando en el alto pedestal parece
en que un siglo entusiasta le coloca,
del tiempo a resistir el fiero embate,
como a la mar la perdurable roca.

Gozoso en tanto el pueblo salmantino,
con aplausos y vítores aclama
el triunfo egregio, la perpetua fama
del cristiano David, segundo Aquino.
Y el raudal cristalino
del viejo Tormes, que los patrios lares
besó de tanto ingenio peregrino,
olvidando sus lúgubres pesares:
«¡Loor a Fray Luis!», resuena por Castilla…
«¡Vítor!», responden de la mar las olas,
al recibir el Tormes con el Duero,
y «¡Vítor!», claman en el mundo entero
cuantas naciones fueron españolas.

¡Noble ciudad, Atenas castellana,
Salamanca inmortal, aula del mundo!
Oye también mis plácemes, y acoge
en tan dichoso, memorable día,
(sin ver la ruda mano que las coge),
las flores que a LEÓN Granada envía.
Hijas son de sus cármenes amenos
que ofrecieron al vate laureado
de amor y juventud años serenos…
De la Alhambra en los huertos han brotado,
donde acaso escuchó por vez primera
el sabio esclarecido,
de su vida en la dulce primavera,
el cántico sabroso, no aprendido
de avecilla parlera,
y aquel manso ruido
que del oro y el cetro pone olvido.

Y ellas entre sus hojas perfumadas
llévanle de las almas granadinas
lágrimas de entusiasmo, derramadas
al escuchar sus cántigas divinas:
llévanle el parabién con que, postrada,
reverencia al altísimo Maestro
la musa del Genil, ya consagrada
un fausto día y con valioso estro
a hacerle revivir joven y amante
sobre la corva escena,
al compás del aplauso resonante,
galardón de tan ínclita faena:
y llévanle, por fin, con el acento
tímido de mi lira,
que, en su impotencia, trémula suspira
al ensalzar al Píndaro cristiano,
el orgullo, la envidia y el contento
del pueblo que vio suyo al grande hombre
y donde tiene su glorioso nombre
en cada corazón un monumento.

 

Granada, 1868.

​A mi mujer
Dedicatoria

El que va tras flores halla espinas
El que va tras espinas halla flores

– I –

Entre incesantes,
improvisas fiestas,
¡cuán presto pasa el suspirado día
que bulliciosa turba en las florestas
consagrara al amor y la alegría!
¡Cuán presto!… Ved. -La tarde moribunda
los párpados entorna en Occidente,
e inadvertida oscuridad profunda
va envolviendo al tropel indiferente…
Melancólico al fin lejos resuena
el toque de oración, eco de un mundo
que a Dios acude en su constante pena,
y, tétrica y medrosa,
la antes alegre turba bulliciosa
regresa a sus hogares
y al cotidiano afán de sus pesares.

¡Pasó, y no volverá! ¡Pasó aquel día
de vano aturdimiento y de locura
que les dispuso en la enramada umbría
el genio del placer y la hermosura!
-Helos tornar entre la sombra oscura…
¡Feliz aquel que vuelve aprisionado
en las redes de amor, y enamorada
ve a la prenda querida que a su lado
suspira por la luz de una mirada!
Pero, de tantas descuidadas risas,
de la danza frenética y del canto,
de los besos fiados a las brisas,
¿qué más le resta que mortal quebranto
al que en su pobre corazón vacío
tan sólo siente el gotear del llanto
que lento infiltra el implacable hastío?

– II –

Así tornaba yo de los pensiles
de mis años floridos, contemplando
cómo aquellos quiméricos abriles
vinieron y se fueron tan callando.
Soñando entré en mis años juveniles;
soñando los pasé; salí soñando…
y al despertar entonces me veía
solo, en la noche de un soñado día.

Detrás de mí, cerrada y misteriosa
quedaba, ya distante, una arboleda,
cuyas ramas mil veces cariñosa
meció para arrullarme el aura leda…
¡Era mi juventud! -Triste y oscura,
como negra alameda
plantada entre una y otra sepultura,
ya al lejos la enramada aparecía…
¡Allí quedaba la corriente pura
que bullir entre céspedes veía;
allí la senda abierta entre las flores;
allí la sombra que gustar solía,
y el trino de los tiernos ruiseñores;
que nunca más ¡ay triste! ¡escucharía!…

La edad cruel en tanto me empujaba
por áridos senderos:
-¿Adónde caminaba?-
¡Sólo el recuerdo inútil me quedaba
de mis años primeros!
¡El recuerdo no más!… -¡Oh vil memoria,
cómplice fiera del ajeno olvido!
¿Qué me valía la pasada historia,
si era ya el corazón desierto nido?
¿A qué hablar de las aves pasajeras,
que huyeron hacia nuevas primaveras
al árbol en que ayer su amor cantaron?
¡Qué valen a las áridas praderas
las flores que sin fruto se secaron?

¡Fueron ¡ay! mis estériles venturas
leves nubes del cielo,
cuyas mudables tintas y figuras
arrastra el aire en su callado vuelo!
Y mis ídolos fueron sueños míos,
que yo, insensato, apellidé querubes;
y a merced de mis propios desvaríos,
mudaron nombre y forma y atavíos,
como a merced del sol cambian las nubes.

Muerto en mi cielo el luminar del día,
borrados de mis sueños los antojos,
huérfano el corazón, solo y sin guía,
breñas y abismos viendo ante mis ojos,
¿cómo arrostrar la pedregosa vía,
cubierta de malezas y de abrojos?
¿A qué existir? ¿A qué tan cruda guerra,
si era un desierto para mí la tierra?
En la dorada copa de la vida,
de grato néctar por el cielo henchida,
no quedaba ya más que la hez amarga
y el veneno fatal de la experiencia…
¿Qué hacer de mi existencia?
¿Vivir… para morir? ¡Imbécil carga!
¿Esperar? ¿Merecer? ¡Atroz violencia!
¡Cáncer cuyos dolores nunca embarga
el bálsamo eficaz de la paciencia!

– III –

Imagínate ahora, esposa mía,
-tú, a quien mi alma reverente canto
en estos versos tímidos te envía,-
que, en tanta soledad y duelo tanto,
cuando más tenebroso mi camino
era y más triste mi ignorado llanto,
hubiese visto en el confín del cielo
alzarse blanca, pura, misteriosa,
la bienhechora luna tras un monte,
esclareciendo con su faz radiosa
la densa lobreguez de mi horizonte.
Imagínate el gozo con que viera
inundarse de luz la ingente esfera,
reaparecer el mundo ante mis ojos,
y en medio de los ásperos abrojos,
serpentear la senda ya perdida…
así como del alma agradecida
la emoción y contento
al verse acompañada y asistida
de la casta deidad del firmamento.

Idólatra o amante,
fijos mis ojos en aquel semblante
que una paz inmortal me prometía,
hubiérale sin duda abierto el alma,
diciéndole: «Pon fin a aquesta guerra,
»y apártame por siempre de la tierra,
»tú que del cielo vives en la calma.
»Llévame de este mundo y de esta vida
»a otro mundo mejor donde las flores
»no desparezcan en veloz huida
»al soplo de los vientos bramadores.
»¡Háblame de delicias inmortales;
»cuéntame las grandezas de esa altura;
»que vivos en mi alma los raudales
»aún están de la fe y de la ternura!».

Tal hubiérale dicho yo a la Diosa,
al verla aparecer… Mas no era ella:
no fue la luna la deidad radiosa
que allí me apareció… -¡Cuánto más bella
y cándida y piadosa,
a mis ojos lució gentil doncella!…
-Pero mis labios sella
ese rubor que en tu mejilla casta
me suplica modesto que no siga…
No temas. -Yo también ¡oh dulce amiga!
tiemblo y bendigo y enmudezco… -Basta.

– IV –

¿Ni a qué más? ¿Por ventura, al dedicarte
estas desaliñadas poesías,
fatuas de inspiración, mofa del arte,
cosecha ingrata de los tristes días
que viví sin amarte,
fuera noble que gárrulas excusas
te diese, como suelen los conversos,
sobre la varia multitud de Musas
que verás invocadas en mis versos?
No: ni fuera cortés (y lo pasado
merece cuando menos cortesía)
renegar a la postre de ese coro,
ayer tan celebrado,
que vaga entre una y otra poesía,
¡ni tu propio decoro
semejante hecatombe aceptaría!

¡Baste decir que para ti he reunido
éstas que llamaré marchitas flores
dispersas por el viento del olvido,
y que en todas cantara tus amores…
si primero te hubiera conocido!

Sueños de sueños

 

Vine a verte, y dormías;
y dormías tan muda y mansamente,
que una rosa cerrada parecías.

Era la siesta. -La morisca frente,
sola en el patio, conturbaba apenas
la quietud de las anchas galerías,
de fresca sombra y de silencio llenas.
Las aves en sus jaulas; el ambiente,
embargado entre opacas celosías;
el perro fiel y el gato negligente
reposaban también… -Calma y pereza
era todo en redor… -¡Tan sólo el vuelo
del zumbador insecto recordaba
que el sol, en tanto, vívido lanzaba
mares de lumbre desde el alto cielo!

He dicho que dormías;
y dormías tan muda y mansamente,
que una rosa cerrada parecías.

Dormías… y, aunque amante desdeñado,
próximo alguna vez a aborrecerte,
(odio del sitiador hacia el sitiado,
que arguye amor al codiciado fuerte),
te admiré en aquel sueño sosegado…
sin desear que fuera el de la muerte.
Quizás más bien compadecí tu suerte,
y perdón te pedí de mis antojos…
-«¿Por qué (dije), por qué tan combatida?
»¿Culpa es acaso de su mansa vida
»inspirarme este amor que me da enojos?
»¿Es obra de sus ojos,
»o de los míos, mi mortal herida?-
»Y, si no es culpa suya el ser hermosa,
»y, a su pesar, a mí me encuentra feo,
»(arguyamos en prosa),
»¿Ha de dejar por mí de ser dichosa?
»¿Me ha de abrazar como al verdugo el reo?…
»¡No! ¡Nunca! -¡Duerme, pobrecita, duerme;
»pues, diga lo que quiera mi deseo,
»obligación no tienes de quererme!»

En esto un aye leve y fugitivo
lanzaste al modo de suspiro tierno,
y pareciome que tu pecho esquivo,
cándido y frío como helado invierno,
se entreabría al cariñoso rayo
que en ti fijaban mis amantes ojos,
como su cáliz de matices rojos
entreabre una rosa al sol de Mayo.

Lo que quiere decir que, aunque dormías,
dormías tan turbada y tiernamente,
que una rosa entreabierta parecías.

¿Qué soñabas? -Lo vi: de mis pesares
al cabo condolida,
imaginabas de pasión y gloria
la que te ofrezco venturosa vida.
Suspensa, enternecida,
amorosa… (perdóname), soñabas
estar en brazos del amor prendida…
y de temor y gratitud llorabas,
y mi nombre, gimiendo, pronunciabas.
-¡Ay! Aquel dulce, generoso llanto
cayó en mi corazón como el rocío
sobre el árida arena del desierto…
¡Nunca te he amado tanto!
¡Yo por aquellas lágrimas, bien mío,
mil veces con placer hubiera muerto!
-Por poco te despierto.

¡Ah! Nunca lo creyera,
y sé que exclamarás: «¡Quién lo diría!»
(yo hago justicia a tu virtud austera)…
mas tú por mí llorabas, vida mía,
y llanto de pasión tu llanto era.

Perdónale este agravio
a tu propia locura,
y dispénsame a mí si tal ventura
se atreve a pronunciar trémulo el labio…
Pero lo vi… Mi espíritu sin calma
era ya de tu espíritu un reflejo…
Toda mi alma se espació en tu alma,
y en ella viose como en claro espejo.
Consignado lo dejo:
quizás era una burla del destino
aquel falso espectáculo halagüeño…
Yo sé que todo sueño es desatino,
y el tuyo no pasó de ser un sueño…

Porque ello es que dormías
y dormías tan dulce y blandamente,
que ya una rosa abierta parecías.

La monótona fuente,
única voz de la callada siesta,
murmurando seguía
su cántiga modesta,
y, del toldo a la sombra,
con mil líquidas perlas recamaba
del verde césped la mullida alfombra.

Retratarte olvidaba.
Sobre un sofá dormías: una mano,
suave apoyo a tu cabeza daba,
y el otro brazo lánguido colgaba,
envidia siendo del cincel pagano.
-Vestías una bata de verano.-
Sobre tu frente pálida y serena
la aureola de oro
de un ángel tu cabello parecía:
tus mejillas de rosa y azucena
aún ostentaban del reciente lloro
dos perlas que la aurora envidiaría;
y el cándido tesoro
de tu inocencia púdica, que, aleve,
indiscreto cendal diera al olvido,
como palomas que el amor conmueve,
palpitaba al compás incierto y breve
de tu dichoso corazón dormido.
Tus puros labios, de caricias nido;
tus dientes, gotas límpidas de hielo;
tu lindo pie, soltando inadvertido
el árabe chapín de terciopelo,
todo era bello y tentador… y todo
me enajenó de modo…
que hubiera dado por tu amor la vida,
aun no siendo mi vida tan cuitada…
-¡Ay! ¡Tú, prenda adorada,
no te has visto dormida!

¡Nunca tan hechicera
me pareció tu angélica hermosura!
¡Nunca tan noble y celestial!… Y era
que el amor le prestaba su dulzura…
¡era que amabas por la vez primera!

¡Oh! ¡Tú me amabas, sí! Noches serenas
de soledad conmigo te fingías,
tardes de encanto y de misterio llenas,
y allá lejanos, bonancibles días
en que contarnos las pasadas penas.

Libres éramos ya como las aves,
libres como los céfiros suaves,
como las amapolas en los trigos…
y ni tutores ni parientes graves
eran fieros testigos,
de nuestras expansiones enemigos.

Ya podíamos vernos
en mis pupilas tú, yo en tus pupilas,
y ahogar suspiros con suspiros tiernos,
y luego en dulces pláticas tranquilas
pasar instantes de quietud eternos.

Y ya eran frutos las primeras flores;
o bien de nuestro amor nuevos cariños
brotaban cual capullos seductores;
o, por mejor decir, nuestros amores
se convertían en alegres niños…

Y a todo esto dormías,
y dormías tan quieta y hondamente,
que una rosa marchita parecías.

Tal soñaste… y en tanto
la tarde deslizándose había ido
por la triste pendiente
de la sombra, el silencio y el olvido.
Y su vuelo tupido
tendida ya la noche, y el ambiente
agitaba sus alas bienhechoras,
mientras que murmuraba más sonoras
sus quejas melancólicas la fuente.

-Entonces desperté. -Ya era de día.-
Tu sueño recordé… Mas ¿dónde estabas,
dónde, mi bien, que ya no te veía?
-¡Ay, desdichado! ¡Yo era el que dormía
y yo era el que soñaba que soñabas!

El amanecer

 

Blando céfiro mueve sus alas
empapadas de fresco rocío…
De la noche el alcázar sombrío
dulce alondra se atreve a turbar…
Las estrellas, cual sueños se borran…
Sólo brilla magnífica una…

¡Es el astro del alba! La luna
ya desciende, durmiendose, al mar.

Amanece: en la raya del cielo
luce trémula cinta de plata
que, trocada con fulgente escarlata,
esclarece la bóveda azul;
y montañas y selvas y ríos,
y del campo la mágica alfombra,
roto el negro capuz de la sombra,
muestra nieblas de cándido tul.

¡Es de día! Los pájaros todos
lo saludan con arpa sonora,
y arboledas y cúspides dora
el intenso lejano arrebol.

El Oriente se incendia en colores…;
Los colores en vívida lumbre…,
¡Y por encima del áspera cumbre
sale el disco inflamado del sol!

A la gloriosa muerte del coronel Don Patricio Bray

 

¡Númenes de dolor, templad mi lira!
¡Vírgenes de la Iberia, dadme llanto!
¡Musa de la memoria, quema olores!…
La heroica muerte del soldado canto…
¡Genios, sembrad en su sepulcro flores!
¡Era un héroe! -Murió-. Murió en campaña,
y en su crispada diestra
apretaba el acero
al lanzar con el aye prostrimero
un tierno adiós a la infeliz España.
Murió en la lid siniestra,
civil y fratricida
del torpe despotismo
contra la santa libertad querida…
Y «¡Libertad!» diciendo el labio inerte.
En aras de la patria dio la vida…
¡Pensaba redimirla con su muerte!
Ronco se queda el atabal guerrero:
la altiva frente del feroz soldado
mustia se inclina; y en su rostro fiero,
con el sol de las lides atezado.
Brilla lágrima ardiente,
que al corazón le arranca la tortura
del acerbo pesar que su alma siente…
El león español temblando llora,
y su rugido de feral bravura
¡torna el dolor en ayes de tristura!
¡Bray murió! Liado en su bandera.
Y al compás de la hórrida metralla,
le llevan a la tumba sus soldados:
fúnebre y ronca música guerrera
marcha con el cortejo: al aire estalla
del lúgubre clarín el grito helado,
Y el timbal desconsuela y ensordece
con su son cadencioso y destemplado,
Inmóvil va la espada
junto a la inmóvil mano de Patricio…
¡Su faz inanimada
parece blanca rosa marchitada!
¡Es tan joven!… La bella desposada
le vio partir un día, quebrantando
el de amor aún reciente yugo blando…
-¿A dónde vas? -le dijo:
-A defender los fueros españoles,
Bray repuso, besando al tierno hijo
y ala guerra partió; lidió en la guerra,
y ¡ay! a los pocos soles,
hijo y madre eran solos en la tierra,
¡Murió! Mas no murió, mi caro amigo
que vive en la memoria del Ibero
y en las páginas áureas de la historia:
vive su prez, su nombre va contigo,
y en su fama inmortal vive su gloria.
¡Hijo de Bray! tu padre,
triunfando de la muerte,
te circunda de honor y de ventura:
¿no alzas la sien orgullecida al verte
hijo de aquel que con su sangre pura
regó el árbol sagrado
de nuestra libertad, a cuya sombra…
¡Libertad! ¡Ay! ¿por qué el labio te nombra?
¿do están los frutos de ese bien soñado?
¿dónde está, pobre España,
el ídolo amasado
con sangre de tus hijos?
¿do el monumento que la sangre baña
de Mariana, de Riego y de Torrijos?
¡Libertad! sueño hermoso de la vida
alimento de grandes corazones,
dicha acaso perdida
por Adán del Edén en los dinteles;
sagrada libertad, hija del cielo,
he aquí, bajo el dosel de esos laureles,
otra víctima más… ¡Oh desconsuelo!
¡Libertad! triste reina destronada,
que lloras decepciones, reclinada
en tumbas mil y mil; perdida Diosa,
que cobijas doquier bajo tus alas
de mártires sin fin la helada losa;
arcángel sin ventura,
que la pálida faz, en tus cabellos
tristemente encubierta,
abates, y con ellos
lágrimas de ignominia enjugar quieres,
¿por qué bajaste al corazón del hombre
a encarnarte a su anhelo,
si eres visión fantástica sin nombre,
si eres la peregrina de este suelo?
¡Cuántas veces las orlas de tu manto
asieron delirantes las naciones,
y huiste, y encontraron con espanto
de tu veo en su mano los girones,
mientras nueva opresión con férreos clavos
la cadena amarrábales de esclavos!
¡Y aún ansiamos por ti, cuando los ojos
contemplan esta urna funeraria
que encierra los despojos
del héroe liberal, y solitaria
a la viuda ven, huérfano al hijo,
la patria sin ventura,
y al español gimiendo en la amargura
tus negros desengaños
de luto y guerra tras los fieros años!
¿Y esperanza no habrá?¿Y así muriendo
uno tras otro a manos del verdugo,
o en la ruda pelea,
o de la edad bajo el pesado yugo
irá esa grande y luminosa idea
a perecer, del mundo aún no gozada,
cual sol que en día lóbrego se eleva
tras de nubes, y a ocaso el rumbo lleva
sin lanzar a la tierra una mirada?
Allá está el porvenir, encapotado,
fatídico, nublado,
que relámpagos fúnebres arroja
al mundo estremecido:
la esperanza está allí, sobre la roja
superficie del mar: mientras retumba
el bronce en el oriente
siguiendo vuestra obra,
¡mártires! ¡bendigamos vuestra tumba!
Manes ilustres, sombras veneradas,
por nuestra Libertad sacrificadas,
oíd de gratitud el tierno canto
que os eleva mi voz, y sed dichosas
en vuestros monumentos, invioladas…
Porque al menos ahí, sombras augustas,
si en este mundo libertad no hubiere
tus lazos rotos ven la almas justas…
¡El hombre sólo es libre cuando muere!

Pedro Antonio de Alarcón, Madrid, 1833-1891