“Oscar Wilde era alto, demasiado alto, con un cuerpo grande y un tanto destartalado. Iba vestido de gris; llevaba un sombrero blanco y una indumentaria vulgar. Tenía la cara larga, pálida, un poco caballuna; las manos, enormes, así como fláccidas, muertas, y los pies por el estilo. Sabiendo quién era, daba la impresión de un fantasma. No sabiéndolo, parecía un hombrón vulgar. No tenía nada de ese aire trágico y dramático que tienen a veces las ruinas humanas. En el tiempo que le vi no contaba más de cuarenta y tres años, pero parecía un hombre de cincuenta.

El hombre aquel, triste y decaído, podía ser en su decadencia el autor de El retrato de Dorian Grey y de otros libros un poco aparatosos y petulantes escritos para snobs; pero no parecía que pudiera ser el que había escrito comedias tan chispeanes y alegres como El abanico de lady Windermere y, sobre todo, como La importancia de llamarse Ernesto (“The importance of being earnest”).

Los escritores franceses se mostraron muy severos con Oscar Wilde. Esto podía explicarse en una sociedad puritana; pero en un ambiente de estetismo y de corrupción no se comprendía.

La severidad inglesa en la cuestión de Oscar Wilde fue estúpida y torpe. Un hombre puede empeñarse en desafiar la opinión pública de un país; pero un país grande y fuerte, por lo mismo de ser fuerte, no debe aceptar el desafío de un cínico, sino resueltamente alejarlo y no ocuparse de él.

Era difícil explicar una actitud tan mezquina, tan ruin como la que tomaron los escritores con tipos como Oscar Wilde o como Verlaine. Que el uno era un invertido y el otro un borracho y quizá también invertido. Cierto; pero había un gran número de escritores que eran también invertidos y borrachos y no se les insultaba ni se les aislaba al ponerles este inri. (…)

Esta cuestión de Oscar Wilde a mí no me interesó nunca. Me pareció un tema de pensión de solteronas, una verdadera cursilería. La justicia inglesa estuvo también muy torpe. El juez debía haberle dicho al escritor:

–Mire usted, señor Wilde. Ese problema de usted nos importa poco a nosotros. Tome usted el barco, vaya usted al continente e instálese usted donde le parezca y viva donde quiera y como quiera.

El proceso de Oscar Wilde fue tan ridículo como el Corydon de Gide. Este libro parece, por lo poco que he leído de él, la apología del homosexualismo. ¿Para qué esa apología y esa pedagogía? No se ve para qué. Lo mismo creo que podría hacer la apología del herpetismo o de las hemorroides.

Oscar Wilde era, evidentemente, un escritor de talento; pero en aquel tiempo estaba rechazado por todos sus colegas franceses, a pesar de que a muchos de estos, como a Jean Lorrain y a otros varios, se les atribuían las mismas costumbres que al autor de Salomé. El homosexualismo era un mérito. Un escritor francés me decía:

–A mí nunca me han tachado de homosexual, y, naturalmente, no tengo éxito.

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