Poemas

Wall Street

Abramos la puja. Igualar, retirarse, subir.
La suerte está echada. Ahí están los que juegan
sin importarles que su ganen o su pierdan
lo paguemos entre todos.

 

 

del libro de poemas Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Wall Street de Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Nueva vía

Esta vía nueva que desbrozas, señalas y abandonas,
esa que fue, inacabada, la tuya, la adecuada,
te aseguro encontrará mañana
un caminante que sea su alma y la concluya.

 

 

del libro de poemas Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Nueva vía de Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Bata azul, bata rosa

Bata azul, bata rosa,
cromos, hielo, carbón,
banderines, tardes de radio, sopa de pan,
papel cebolla, papel de calcar,
alcohol, mercromina, esparadrapo,
come y calla, si escuece cura, penalti y gol es gol.

El afilador hace girar la muela
junto al remendón de la esquina
y el velador guarda el pan duro de ayer para mañana.

Hace mucho el lampista de nuestra calle dejó viuda y bajó persiana
y tampoco resistió mucho más la pastelería Fontanet en la esquina con Travesera.

 

del libro de poemas Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Bata azul, bata rosa de Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

En el que ayer, pusilánimes, nos cobijamos

Las bestias aplauden, en el circo romano,
el deshonor y la brutalidad
cuando destrozan, sucias de dolor,
las carnes al esclavo que nos representa.
Vitoreamos, de su muerte, la agonía,
porque tal es lo que la nuestra posterga.
Nuestros abucheos lo condenan a la no clemencia
y nos salvaguardan hasta que llega la hora y pisamos la arena
y nos denuesta el tumulto
en el que ayer, pusilánimes, nos cobijamos.

 

del libro de poemas Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Lo que nunca te dan del libro Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Lo que nunca te dan

Te dan un reloj y una cuerda
una vela y un papel
una semilla
un copo de nieve
una chistera mágica
una cajita sin fondo
el sonido de la lluvia
unos puntos suspensivos
una hoguera y un pincel
un remo, una piedra,
una palabra del revés
un ojo crítico
un pulgar oponible
un drama, una comedia,
una tragedia y un entremés.
Muchas perspectivas
y una forma de ser.
Lo que nunca te dan
lo que no te dan nunca
es lo que debes hacer.

 

del libro de poemas Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Lo que nunca te dan del libro Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Hubo una época

Hubo una época en que Carpanta y el Coyote
eran pozos de sabiduría
¡Qué mala es el hambre!

En los arrozales de Vietnam
cazaban mujeres y niños desde los helicópteros
¡Qué puta es la guerra!

Arrimar el hombro por imperativo legal, afeitarse cada mañana
y que puntualmente le lleve el chofer a la agencia de publicidad
¡Es este un mundo muy cabrón!

En las fosas comunes, donde algunos eran enterrados vivos,
el último de la fila encala los muertos
¡Qué amarga es la victoria!

Perdonavidas, engreído y depredador
y no tener a nadie cerca digno de tales proezas
¡Oh, en el éxito cuánta soledad!

No quiero que nada malo le pase,
por eso, para protegerla, la vigilo noche y día
¡Qué incomprendido es el amor!

¿Quién haría algo así?
es lo primero que pregunta el asesino
¡Qué grandeza tirando la piedra y escondiendo la mano!

Semen, saliva y marcas de mordiscos
¿noche de amor o dictamen forense?
¡200 euros de bonus para quien resuelva el acertijo!

 

del libro de poemas Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Hubo una época del libro Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Sueño recurrente

Crecen animales lentamente horribles,
seres deformes, nuevos.
Allí, de piedras que palpitan gotean líquidos
(imposible distinguir lo animal de lo vegetal y de lo mineral).
Sapos enormes, tigres champawat con escamas
y diferentes especies de insectos
del tamaño de una cafetera, copulan
bajo las hojarascas podridas,
engendrando novedades aún más dolorosas.
Homínidos enanos de cuerpos lechosos, desnudos,
al mismo tiempo suaves y viscosos,
me miran sin párpados ni músculos en los labios.

Habitantes en un foso, colindante a mi terraza,
desde donde podría tocarlos, si me atreviera,
llagado por el olor putrefacto de sus miradas.
Una zona del patio que me pertenece,
un edén inverso y retorcido y grotesco
del que no salen, pero sé perfectamente
que podrían si quisieran.
Todo allí se mueve despacio o se aquieta vertiginoso,
extrañamente, sin violencia alguna,
más bajo el signo permanente de la más atroz de las amenazas.

A veces descubro a mis hijos paseando
por la densidad de esa jungla inexplorable,
que por el miedo me ha sido vedada,
y no puedo hacer nada más que temer por ellos y preguntarme
¿de qué se puede alimentar esa malignidad
contrahecha y latente más que de mis propios terrores?

 

del libro de poemas Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Sueño recurrente del libro Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Esos papeles

Estos papeles desperdigados
llenos de palabras que se acumulan en el trasiego de las idas y venidas,
ese tiempo, ¡tanto!, dedicado,
secuestrado sin rescate,
horas y horas solo mías
requisadas al comercio, al sueño, al trabajo,
al poniente de los faros, a la cordura del suicida,
a las noches sin terapia, a los trasplantes, a los inventos,
a la compañía de bellezas inquietantes,
a los entierros, a las tormentas, a las botas de siete leguas,
al telón del comediante, al perro de la vecina,
al dolor de muelas, de cartílagos, de caligrafías,
a los lazos familiares, al soborno de los gremios,
a los pesticidas de los huertos, a los pleitos judiciales,
a la horma de los rituales, al golpe seco de las milicias,
a los síndromes de abstinencia, a las vírgenes arrepentidas,
a las hostias consagradas, a los exámenes de conciencia,
no sostienen más paredes que unos pocos gramos de mi vida
ni valen lo que un buen puchero de judías pintas.

 

de Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Esos papeles del libro Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Churro, mediamanga

La madre comprobó que no hay
más tela escondida
en el dobladillo de la falda
de mi hermana
y que a los dos se nos quedó corto
el abrigo del invierno pasado.

El carbón escasea en el capazo
y hace dos días que no pasa
el carro del basurero
(la última vez el jamelgo cojeaba).

Los niños se caldean en la calle
jugando al churro media manga mangotero
y la picadura que está liando
mi tío abuelo formará
un celaje azul amable
que flotará durante horas
en la penumbra del comedor
y nos picará en la garganta.

Hoy cenamos, hace frío,
con los guantes de lana puestos
otra vez sopa de pan
y un poco de membrillo
y nos repartimos
los gajos de la naranja
con los que ya hemos jugado a barquitos…
tal vez luego
calentaremos castañas
sacaremos la gaseosa
y el comedor será una fiesta.

El mendigo de la esquina
cierra su jornada
en la bodega
reparando el pescuezo
con garnacha
y una esposa, hace mucho
no se tiñe, pela patatas
y ya no recuerda que tuvo un amante
que la maltrataba.

“… media manga, mangotero… adivina lo que tengo
en el puchero…
de mi abuelo Baldomero…”
y el niño que soy se hunde
bajo el peso
de las circunstancias.

 

de Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

Churro, mediamanga de Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

El cuarto de los ratones

Esta noche habrá una tormenta de verano,
saltarán otra vez los plomos
y a la luz de las velas esconderá el niño
el trasgo de sus pequeños hurtos
en el lugar más seguro del mundo:
el cuarto de los ratones.

 

de Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

El cuarto de los ratones del libro Jornalero, ebanista, revisor y camarero

El hombre del saco

Carga el Hombre del Saco
con las vituallas de los escombros,
mientras la chiquillería lo provoca
ensayando bravuconería desde la distancia,
retando así, no al más temido de los enemigos,
sino a la madre que lo contrata.

 

 

 

de Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

El hombre del saco del libro Jornalero, ebanista, revisor y camarero

Soy el penúltimo de la fila

Soy el penúltimo de la fila.
Las chimeneas llenan de terrible humo el aire.
Ahora que aun no sabemos si moriremos algunos o todos
y que la lucidez del horror cruza el cielo
intuimos que todos desapareceremos
sin dejar rastro
y que los supervivientes serán malditos
muertos en vida.
Ya soy el tercero de la fila.

 

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Soy el penúltimo de la fila de El libro de las tentativas

Una vez desaparecida la campana del campanario

a mi tío antonio
in memoriam

 

Una vez desaparecida la campana del campanario
solamente el balanceo de la cuerda
como vestigio de los antiguos repiques
y es en esta gravedad de añicos
donde rozan mis dedos tus dedos lejanos
y me dicen “hay en el acantilado senderos que llevan al mar”.

 

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Una vez desaparecida la campana de El libro de las tentativas

Camino entre los que duermen

Camino entre los que duermen.
Pánico y determinación.
Lo hago con sigilo por temor a despertarlos.
Me acompañan y los acompaño.
Cuando me abandonan los abandono.

Duermo, pánico y determinación,
en una estancia dorada y oscura
donde todo puede brillar pero todo
yace apagado en su propia penumbra.

Es, creo, pánico y determinación, la Casa de un Dios
que ha renunciado a serlo
y vaga ebrio de silencio y soledad.

 

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Camino entre los que duermen de El libro de las tentativas

Nadie puede pagarme como es debido

Nadie puede pagarme como es debido
mi deseo de vida, el rostro exclusivo
el desgarro de tanta locura
el gesto curvo del arco tenso
el ángulo exacto del fuego propicio
que purifica y consume.
Nadie puede pagarme como es debido
ni tampoco nadie puede devolverme lo aplazado.

 

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Nadie puede pagarme como es debido de El libro de las tentativas

Era jueves por la tarde y anochecía

Era jueves por la tarde y anochecía.
Llegó confuso a su casa. Lo habían despedido.
Estaba muerto y dijo hola.
Notó como en su interior crecía una idea sagrada.
Había abandonado las posibilidades
cuando entró en su cuarto
y descendió lentamente.
Su madre y su hermana no le oyeron llegar.
Estaba muerto.
En su mundo no había cuarta pared:
todo abocado siempre al vacío, al abismo.
Su baraja de mentiras se había agotado.
Durante años inventando
una enfermedad para ser tenido en cuenta
y no llegar a saber nunca que nunca conocería
su verdadera enfermedad.
Que era peor, que era otra. Y que no se curaría.
Todos tienen la culpa se dijo por enésima vez.
Ahora no tenía salvación. Liberado, había soltado amarras.
Salió de su habitación
y empezó por su madre y su hermana.
Luego siguió descendiendo muy lentamente.

 

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Era jueves por la tarde y anochecía de El libro de las tentativas

Han visto a Luz en el Barrio Chino

a Luz

Han visto a Luz en el Barrio Chino.
Nunca más.
Tras la investigación policial
queda en la bolsa de plástico
una foto de Elvis Presley
una caja de condones
un escudo del Real Madrid.
Su última guarida, este sótano
del médico forense.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Han visto a Luz en el Barrio Chino de El libro de las tentativas

La mujer se aferra a su dolor con dignidad

La mujer se aferra a su dolor con dignidad.
Ha perdido algo que se ha llevado todo.
Hace frío y repudia el amor, esa búsqueda
desesperada de uno mismo en el otro.
Hurga en la pérdida. Es, dice, lo que le queda.
Sabe que envejece, que muere,
no le importa, al contrario,
ese es el desagravio que le ofrece la vida.
La he visitado llevándole un regalo modesto.
Se sostiene despierta pero no puede agradecer.
Eso acabó, el amor la ha dejado sin entrañas
y en esa oquedad ha encendido
una lámpara de aceite y acurrucada
ha iniciado la espera.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

La mujer se aferra a su dolor con dignidad de El libro de las tentativas

El café humea

El café humea. Te vas y me voy.
El café se está enfriando sin resentimiento ni alegaciones.
No sufre. Su muerte es un tránsito al frío mundo
de los objetos inanimados. El café infructuoso muere.
Se encoge en la taza, no piensa en nada, se pervierte,
se ve obligado a seguir
siendo lo mismo a otra temperatura. El café no se defiende
y por la noche
alguien volverá (no seremos, ya no, ni tú ni yo)
para despreciarlo.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

El café humea de El libro de las tentativas

El balcón de la habitación del hotel daba al mar

El balcón de la habitación del hotel daba al mar.
La mujer se llama, paradoja, Ángeles. Está triste
y se moja los pies
El oleaje aviva su soledad.
Desea los mil besos de un hombre.
Se repite cuando habla.
Vive enclaustrada.
Se le escapan los motivos. ¿Se da cuenta
que no se apercibe de la liturgia de las llamas?
No hay hidras en sus sábanas no hay destellos
enroscándose en sus nalgas no hay terracota mojada
no hay placer no hay montañas. Bebe infusiones.
Está enferma y busca entre la multitud semejanzas.
Todos lo estamos de algún modo en algún momento.
No sabía que hacer en aquella playa. Se movía
por los alrededores de la periferia. En el horizonte
que cierra la bahía
la puesta del sol tras la rada
todo converge y ella convencida que hace lo que debe
se destroza y no escucha nada.
Se pervierte cuando compara.
Es una niña vieja. Una mujer enferma y triste que camina descalza por la orilla de la nada.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

El balcón de la habitación del hotel daba al mar de El libro de las tentativas

Dormí en la isla

Dormí en la isla
junto a ti
bajo los olivos
a cielo descubierto
allí donde los grillos
exaltados y las estrellas
tu cuerpo y el mío
sobre penachos
de hierba, maleza
olorosa y tersa, y el calor
y el viento y las voces
lejanas de las escaramuzas
de unos niños
marchando
como nosotros
en pos de la felicidad
y del sueño.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Dormí en la isla de El libro de las tentativas

Él, el criminal

Él,
el criminal,
desayuna
huevos revueltos
en el hotelito de temporada de la costa.

Ha bajado la marea dejando un manto de algas y caracolas.
Desde el ventanal se divisa el edificio de las aguas termales
más lejos las columnas de mármol del tanatorio.

El,
el criminal,
es miope y le duelen los ojos si los fuerza
así que ajusta las imprecisiones a los procedimientos habituales
y esta tarde, cuando aparezca el rosa lunar
en el cielo extranjero, matará
y mañana, al tomar el tren de las ocho hacia otro lugar
retornará el ferviente deseo de ser apresado
para que le impidan ser él, porque él nunca dejará de serlo.

También la oración del monstruo es de esperanza.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Él, el criminal de El libro de las tentativas

bajó a la ciudad y le dijo una mentira al primer hombre

bajó a la ciudad y le dijo una mentira al primer hombre
que la rozó y de inmediato se hicieron amantes

en el preludio todo eran expectativas
más solamente ella estaba dispuesta a todo

con el advenimiento del placer, vertido el cáliz de la euforia,
quiso cambiar las leyes del panal

ella, que no era más que un pequeño agujero
en una pared inmensa
ella, que escogió ser dulce porque no sabía ser feliz

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

bajó a la ciudad y le dijo una mentira al primer hombre de El libro de las tentativas

Luego de quedarse con aquel perro abandonado

Luego de quedarse con aquel perro abandonado
pusieron agua en el fuego para hervir el té chino
hicieron lentos comentarios
mientras preparaban una ensalada
han encontrado muerta la niña desaparecida
tengo que pedir hora al dentista
los días ya vuelven a ser más largos
¿cómo seremos cuando seamos realmente viejos?
¡Con qué debilidad él negó con la cabeza (algo imperceptible)
cuando ella comenzó a besarle en la nuca!
… al recostarse juntos
seguían sin encontrar un nombre adecuado
para el dichoso animal

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Luego de quedarse con aquel perro abandonado de El libro de las tentativas

Miro por la ventana

Miro por la ventana.
Tras la línea del horizonte
alguien mantiene escondidos cereales
y aluminio para diez años
mientras por la radio
consideran a Jacqueline Onassis,
Diana de Gales y a Teresa de Calcuta
las tres mujeres más influyentes del siglo XX.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Miro por la ventana de El libro de las tentativas

La cerca

La cerca que con claridad separa esto de aquello
y junto a ella la silueta de un hombre.

A esta distancia no distingo a qué lado de la linde.

A esta distancia no puedo saber
si defiende lo suyo o ataca lo mío.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

La cerca de El libro de las tentativas

No pienses en nada

No pienses en nada. Deja que tu voz vague en silencio
por sus apetencias y predilecciones.
Y si piensas en mí hazlo levemente,
sin recelo y sin dejar de ser.

No pienses en nada. Deja que la naturaleza de las cosas adquiera en ti su propia dimensión.

No tienes nada que fingir. El ideal no es la perfección,
es, averígualo, tu destino.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

No pienses en nada de El libro de las tentativas

Pasan cosas extrañas

Pasan cosas extrañas.
Las ranas están desapareciendo del planeta.
Quizá no son inmunes al desenfreno de la decadencia
o la capa de ozono es más trágica para ellas.
Ese animal obligado a procrear por la boca
y a cambiar el sexo de acuerdo con sus necesidades
se ha dicho a sí mismo que ya es suficiente.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Pasan cosas extrañas de El libro de las tentativas

a la vida

Sal, pan, aceite, queso, el relincho paciente de los caballos.
En torno a los ríos una dulce y dilatada campiña de pajonales
y en los humedales las garzas imperiales
y los martinetes y las cangrejeras
y un elenco de bellezas anónimas
rasgando con su vuelo la planicie monótona.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

a la vida de El libro de las tentativas

El dolor es una mezquita

El dolor es una mezquita:
tienes que entrar descalza

La tierra es un salmo:
debes entonarlo en el momento adecuado

El cuerpo es un monstruo de fuego:
acarícialo con manos de agua

La soledad es un bálsamo peligroso:
acércate despacio, refúgiate en él con muchísimo cuidado

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

El dolor es una mezquita de El libro de las tentativas

a la escritura

Hay unas figuritas de arcilla guardadas
en una caja también de arcilla
¿cada figura una deuda, una herencia,
acuerdos comerciales, matrimonios pactados?

Estamos en Mesopotamia y en el exterior
de la caja hay grabado lo que contienen.

Un funcionario sumerio dijo:
¿para qué necesitamos el recordatorio
de las figuras si disponemos del símbolo grabado?

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

a la escritura de El libro de las tentativas

Están malvendiendo la maquinaria de la fábrica

Están malvendiendo la maquinaria de la fábrica
han desaparecido muchos archivos y el mobiliario
parece ahora, por fin, todo lo triste que siempre fue.

En el patio de entrada los hombres y las mujeres
se mueven muy despacio, tanto como si estuvieran
en peligro de extinción, contaminados
o en la escena de una película rusa de los años setenta.
Pero en algún momento tendrán que volver a sus casas
y algunos comprenderán y otros no.

Durante todos aquellos años
no han levantado ninguna Catedral
nada que perdure lo suficiente, un montón de supervivencia,
nada que puedan rozar las yemas de los dedos de sus hijos
esos niños que miran el cielo y dicen que la luna es pequeña
o dibujan un sol redondo, amarillo y sonriente
tan poco galileano.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Están malvendiendo la maquinaria de la fábrica de El libro de las tentativas

Que pregunte la esfinge sus locos acertijos

Que pregunte la esfinge sus locos acertijos.
Yo contestaré siempre lo mismo:
que el mundo me ha dado
tan sólo virtudes frías y prudentes
pero que aquí dentro hay un hombre ardiendo
que no entiende sus propias respuestas y al que faltan vidas
para realizar tantas imaginaciones contrapuestas.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Que pregunte la esfinge sus locos acertijos de El libro de las tentativas

Crecen los tomates en el pequeño huerto del vecino

Crecen los tomates en el pequeño huerto del vecino
y yo lo he delatado quizás porque sus dientes son amarillos
o por su forma de abrir y cerrar las manos
o por la piedad con que me miraba pasar cada mañana.
Lo he delatado y las cosas del mundo siguen intactas
pero mis recuerdos ya no son los mismos.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Crecen los tomates en el pequeño huerto del vecino de El libro de las tentativas

En un rincón del piso

En un rincón del piso
hay un recuerdo, una vibración
de sentimientos inadecuados,
metales que nacidos volátiles
se espesaron dejando
el fantasma de una cicatriz mal cosida.

En el horizonte sonoro de cada amanecer
gaviotas y ambulancias:
todo es nuevo para mí
que debo volver a empezar
después de tanto tiempo
cuando creía haber merecido
sabiduría y descanso.

Y aquí estoy
ya muy relativas las fuerzas
estómago, corazón y vientre
más fugaces, más finales,
con mis propios recuerdos a cuestas
llenando la casa de sal, incienso y moxa.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

En un rincón del piso de El libro de las tentativas

Se encienden las primeras luces en el pequeño puerto

Se encienden las primeras luces en el pequeño puerto.
Llega la tramontana y vuelan por docenas
los alcatraces sobre las olas
y se refugian los cangrejos en el mar
para resguardarse del mar.

Protegido en la terraza frente a la bahía descanso
de la ética y de la avaricia
de las convicciones que atesoraban Platón y Marx
de la lógica de la autorregulación, de la economía de mercado,
de que el estado del bienestar
no pueda prescindir del especulador,
de que la virtudes públicas dependan de los vicios privados.

El viento venido del mar
parece inclinar las paredes de las casitas
hasta convertirlas en algo franqueable.
Los cirros vienen y van a su antojo que es el antojo
de las fuerzas planetarias…
si pudiera irme me iría pero no puedo
mi justificación esta aquí
junto a las contradicciones y las banderas hechas jirones.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Se encienden las primeras luces en el pequeño puerto de El libro de las tentativas

Las botas viejas de mi hija están a punto de ser abandonadas

Las botas viejas de mi hija están a punto de ser abandonadas.
También hay una caja de raíz que hizo
mi padre un día lluvioso
donde se guardan los utensilios que una mujer
usa para maquillarse. El buzón
está vacío y las amapolas ronronean en los márgenes
de la carretera que me lleva de aquí para allá.

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

Las botas viejas de mi hija están a punto de ser abandonadas de El libro de las tentativas

tan lejos de mí

tan lejos de mí
que lo único que puedo alcanzarte
son las pastillas para dormir y también el salero
las sonrisas que acompaño
no las ves
no forman parte de tu realidad
son alucinaciones de mi musculatura facial

 

de El libro de las tentativas
(otros poemas de El libro de las tentativas)

tan lejos de mí de El libro de las tentativas