No me acuerdo de no haber sido feminista. Anduve a gatas en las marchas de los 70 con mi madre. Ella se había convertido en una feminista de la segunda ola en los años 60, después de habérsele negado una hipoteca sin un aval masculino, y después de que su jefe le haya dicho que no podía estudiar para unas pruebas de contabilidad porque “no hay contabilidad para mujeres”. Habiendo flirteado brevemente con el feminismo radical, lo consideró extremista y poco razonable, y fue reprendida por sus relaciones heterosexuales y por su amor por la moda de femenina (véase su poema, Woman the Barricades). Encontró su lugar en el feminismo liberal y desde allí escribió, participó en manifestaciones, y protestó activamente por los cambios legales que le diesen las mismas oportunidades que a los hombres. A mediados de la década de 1980, sintió que habían ganado las principales cuestiones legales, y en gran parte se retiró del activismo, aunque siguió considerándose feminista y estudiando la historia de las mujeres.

Teniendo en cuenta esta influencia, por supuesto que era feminista, una feminista liberal. Al crecer, yo hablaba con rabia en contra de la legalidad de la violación dentro del matrimonio (tipificado en 1990 [en el Reino Unido. T.]), y gané una batalla personal para llevar a la escuela trabajos de carpintería en lugar de cocina (yo era malísima en eso, pero no mucho peor de lo que soy en la cocina). Critiqué actitudes sexistas en el trabajo, que todavía sucedían sin pudor en los 90, informando a mi jefe de que él era un “buen chico” cuando el me llamaba “buena chica” y negándome a decir cualquier cosa excepto “pío” hacia cualquier hombre que se refierese a mí como un “pájarita” [“bird”, “mujer joven” en argot inglés. T.]. El feminismo liberal fue agresivo en su momento, pero era una agresividad muy diferente de la malevolencia reivindicativa que vemos ahora. Se mostraba optimista, casi lúdico. Teníamos la confianza de quien estaba ganando. Era divertido ver como podíamos desconcertar a los perpetradores de estereotipos sexistas y desafiar al sexismo informal, a menudo de manera cómica. No pensábamos que los hombres (o las mujeres) mayores con sus presupuestos sexistas fuesen gente horrible, ni queríamos castigarlos. Sólo queríamos que entendiesen que los tiempos habían cambiado y que tenían que adaptarse. Ahora las mujeres están en todas partes. Acostúmbrense.

A veces teníamos que trabajar con las feministas radicales. Las víctimas de violación todavía eran despedidas y desacreditadas. La gente, de forma todavía respetable, aun culpaba a las víctimas por su manera de vestir. Esto tenía que ser continuamente condenado. Las RadFems, que insistían en que el patriarcado estaba presente en todo, que la idea de género tenía que ser destruída y que los hombres como un todo eran peligrosos y violentos, eran vistas por las feministas liberales como el mayor problema interno que tenían que resolver. En la mayoría de los casos, su máxima contribución a los debates feministas fue apartar la mirada y decir “quizás no tenemos que ir tan lejos”. No estábamos preparadas para el problema que estaba creciendo en nuestro propio sector liberal.

Desde los años 80, se empezaron a hacer algunas críticas internas al feminismo liberal. El feminismo liberal en su conjunto fue acusado de no reconocer los problemas adicionales a los que se enfrentan las mujeres negras, asiáticas y lesbianas, y de centrarse principalmente en asuntos de clase media. Estas eran unas críticas válidas que debían ser universalmente escuchadas y priorizadas dentro del feminismo liberal. Todas las mujeres deben tener equidad. Muchas feministas liberales empezaron a dedicar más tiempo a los derechos LGBT o a resaltar la vulnerabilidad especial de las mujeres que vivían en comunidades que se adherían a una religión opresiva y patriarcal, en particular el islam, donde las mujeres y las niñas eran víctimas de la violencia de “honor” e la mutilación genital. Sin embargo, durante esta década, la transición académica de las ciencias humanas y sociales hacia el posmodernismo ya había comenzado, y se fue filtrando gradualmente en la praxis del feminismo. Se formaba la interseccionalidad.

Las personas a menudo se confunden sobre lo que es el postmodernismo y su relación con el feminismo. De manera muy simplificada, fue un cambio académico, promovido por Jean-François Lyotard y Jean Baudrillard, que negaba que se pudiese obtener ningún conocimiento fiable y que afirmó que el significado y la realidad se habían demolido a sí mismos. El postmodernismo rechaza explicaciones grandiosas (grandes relatos) que incluían no solo a la religión, sino también a la ciencia, sustituyéndolas por explicaciones subjetivas y relativas (pequeños relatos) de las experiencias de un individuo o de un grupo subcultural. Estas ideas ganaron amplia aceptación entre las ciencias humanas y sociales, y fue así como se convirtieron en un movimiento artístico y una “teoría” social. Ellos rechazaron los valores universales del liberalismo, los métodos de la ciencia y el uso de la razón y del pensamiento crítico como una forma de determinar la verdad y formar la ética. Los individuos podrían tener ahora no solo sus propias verdades morales, sino también sus propias verdades epistemológicas. La expresión “es mi verdad” capta el ethos del posmodernismo. Afirmar que podemos saber que algo es objetivamente cierto (por muy bien demostrado que esté) es imponer una meta-narrativa y una “falta de respeto” hacia las opiniones contrarias de otros, lo que resulta opresivo (incluso si esas opiniones son claramente absurdas). La palabra “cientificismo” fue creada contra la opinión de que las pruebas y comprobaciones son la mejor forma de fundamentar las verdades.

En su momento más alto, el postmodernismo como movimiento artístico produjo la literatura no cronológica, sin argumento, y se presenta como arte urinario. En la teoría social, los postmodernos “deconstruían” todo lo que se consideraba verdad y lo presentaban como un sin sentido. Sin embargo, al hacerlo, no había hacia donde ir y nada más que decir. En el ámbito de la justicia social, nada puede lograrse a menos que aceptemos que ciertas personas en un lugar determinado experimentan ciertas desventajas. Para esto, debe existir un sistema de realidad, entonces las nuevas teorías de género, raza y sexualidad comenzaron a surgir, componiéndose una serie de pequeños relatos. Se tomaron estas categorías como socialmente construídas, y construídas jerárquicamente a costa de mujeres, personas no blancas y LGBT. La identidad era importantísima.

Los objetivos de las feministas liberales fueron gradualmente cambiando desde la posición:

Todo el mundo merece los derechos humanos e igualdad, y el feminismo se centra en conseguirlos para las mujeres.

hacia:

Los individuos y grupos de todos los sexos, razas, religiones y sexualidades tienen sus propias verdades, normas y valores. Todas las verdades, normas culturales y valores morales son iguales. Las de los hombres blancos occidentales y heterosexuales han dominado injustamente a otras en el pasado, por lo que ahora ellos con todas sus ideas deben ponerse a un lado a favor de los grupos marginados.

El feminismo liberal había transitado de la universalidad de los derechos humanos iguales hacia las políticas de identidad. Las ideas no fueron valoradas por sus méritos, sino por la identidad del hablante, y eso tenía muchas facetas, incorporando sexo, identidad de género, raza, religión, sexualidad y capacidad física. El valor de una identidad en términos de justicia social depende de su grado de marginación, y estos grados se superponen y compiten por la supremacía. Y a partir de aquí el feminismo liberal cayó en picado. Cuando la culpabilidad postcolonial luchó con el feminismo, el feminismo perdió. Cuando peleó con los derechos LGBT, ellos también perdieron.

El feminismo liberal occidental estaba tan pendiente de ver como el imperialismo de occidente había pisoteado históricamente a otras culturas, que acabó por abrazar sus aspectos más patriarcales. Una feminista liberal occidental puede, en un solo día, participar en una marcha de las putas en protesta por el juicio que sufren las mujeres occidentales a causa de sus vestimentas y luego acusar a cualquiera que critique el niqab por islamofobia. Puede reclamar que un confitero cristiano sea condenado por negarse a hacer una tarta nupcial para una pareja del mismo sexo y condenar la planificación del trayecto de un desfile del Orgullo Gay a través de una zona mayoritariamente musulmana por racista. Muchas feministas interseccionales no se limitan a criticar a otras feministas blancas y occidentales, sino que también arrojan insultos virulentos y racistas a feministas y activistas LGTB musulmanes y ex-musulmanes liberales. La misoginia y homofobia del cristianismo pueden ser criticados por todos (lo cual está bien), pero nadie puede criticar la misoginia y la homofobia del islam, ni siquiera los musulmanes. El derecho a criticar la propia cultura parece restringido al blanco occidental. (El mejor análisis de esto es The racism of some anti-racists de Tom Owolade).

Las feministas universalistas y liberales estaban horrorizadas ante este proceso. Nuestro viejo adversario, el feminismo radical, parecía racional en comparación. Nos podían decir que estamos condicionadas culturalmente por la misoginia internalizada, y sin duda tenían una visión del mundo pesimista y paranoico, pero al menos eran coherentes. El feminismo interseccional ni siquiera es coherente. Además de su relativismo cultural, las reglas cambian todos los días mientras se inventan nuevos pecados contra la justicia social. Nosotras nos oponíamos a las feministas radicales por su extrema antipatía hacia los hombres, pero por lo menos compartían un vínculo de hermandad entre sí. El feminismo interseccional no solo tiene grandes prejuicios contra los hombres, sino que también se vuelven las unas contra las otras por la más mínima de las infracciones imaginadas en sus reglas. Al no tener el más mínimo respeto por la razón o por las pruebas, vilipendian y acosan a los que se imaginan que cometieron transgresiones.

Además de fracasar en apoyar a las mujeres más vulnerables de la sociedad, el feminismo interseccional cultiva una cultura de la victimismo, impactando negativamente en todas las mujeres en la sociedad, pero especialmente en las mujeres jóvenes. Las mujeres están oprimidas, nos dicen, por los hombres que explican cualquier cosa, que abren las piernas en el metro o que cometen pecados tan vagos como “esperar cantidades desiguales de trabajo emocional”. Si se nos acercan o nos piropean, deberíamos entrar pánico. Si hombres extremadamente desagradables intentan o logran meternos mano, pasamos por una agresión sexual horrible de la que nunca nos podremos recuperar. Nosotras no solo estamos oprimidas por todos los hombres, sino por cualquiera que exprese ideas anti-feministas o feministas que no nos gustan. Todavía más, perdemos la seguridad debido a estas ideas, en particular aquellas mujeres que son trans y que pueden tener que oír lo que dijo alguna feminista radical que excluye a las trans en algún lugar que no necesita visitar. Es difícil imaginar cómo las mujeres pueden sobrevivir fuera de su casa.

Incluso en casa, nunca podemos acceder a la “seguridad”. Los hombres pueden decirnos cosas malas por Internet, y no hay manera de que podamos manejarlo. De hecho, creo que el problema opuesto es más preocupante. Recientemente, al mostrar mi desacuerdo con un hombre feminista interseccional, ¡empezó a cambiar de opinión! Muy animada, continué discutiendo. Un tiempo después, miré su perfil y me di cuenta de que estaba teniendo una conversación paralela con otro hombre donde expresaba los mismos puntos de vista que había cambiado en nuestra conversación. Cuando lo confronté a eso, me dijo que él sentía que no debería faltar al respeto de mi vivencia como mujer contradiciéndola con sus propios puntos de vista como hombre. Sin embargo, él todavía no estaba de acuerdo conmigo y era capaz de decírselo a otro hombre. No pude hacerle ver que eso solo lo llevaba a excluirme de la conversación y a hacerme perder el tiempo. Viene a ser lo mismo que enviarme a la sala para que los hombres puedan hablar.

¿Podrían quizás los hombres criticar nuestros trabajos académicos o blogs? Richard Dawkins fue acusado de misoginia por burlarse de un artículo de sociología posmoderna que por casualidad había sido escrito por una mujer. (Se había burlado de otro escrito por un hombre unos días antes). Varias personas le preguntaron por qué odiaba a las mujeres inteligentes o por qué él tenía que criticar los textos de mujeres. Ciertamente, ¿debería estar claro para todo el mundo que no hacerlo excluye a las mujeres del debate académico? Si queremos ser tomadas en serio como académicas (o como bloggers), tenemos que dejar que la gente critique nuestro trabajo.

Al igual que muchas feministas universalistas y liberales de mi generación y anteriores, decidí mantenerme firme y hacerles frente, desde dentro, a los problemas del relativismo cultural, la negación de la ciencia, la irascible falta de educación y el desempoderamiento de las mujeres por las feministas. El resultado todo esto fue ser bloqueada por las feministas, me enteré de que decían que no era feminista, me llamaron “anti-feminista”, MRA [Activista por los Derechos de los Hombres, por sus siglas en inglés. T.], “misógina” e incluso de “defensora del violador” (he sugerido que los hombres que inventaron un esmalte para detectar drogas en las bebidas tenían buenas intenciones). Me dijeron que me fuese a joder con una sierra eléctrica oxidada, y que yo era una mujer de mediana edad confusa que no entiende la sociedad. Después de un encuentro con una feminista en el que dije que nunca había recibido amenazas de muerte o de violación por parte de hombres, se hizo de repente una nueva cuenta con nombre de hombre y empezó a enviarme algunas.

Al mismo tiempo, no feministas me decían que yo no era lo que ellos entendían por “feminista”, o incluso afirmaban que yo no era feminista. Les aseguré que sí lo era porque que estaba preocupada por la mutilación genital femenina, la violencia de “hono” y los matrimonios forzados que afectan a las mujeres británicas de hoy, y que rara vez se juzgan legalmente. Me opongo al desempoderamiento de las mujeres jóvenes que oyen de las feministas de las universidades y escuelas que ellas no pueden aguantar diferentes ideas y que la crítica es abuso. ¿No son estos problemas que afectan actualmente a las mujeres? Mi amiga Kath, un radfem en recuperación, me ayudó a clarificar mis ideas sobre esto:

Tweet de Kath a Helen: «No creo que seas lo que hoy en día la mayoría de la gente llamaría “feminista”. Te preocupas por la mutilación genital femenina, etc, pero toda la gente decente le pasa lo mismo”».

Eso es verdad. Estoy de acuerdo con Ayaan Hirsi Ali en que el feminismo occidental tiene que dejar de centrarse en ‘disparate trivial’. No tengo mucha simpatía por las mujeres que se sienten traumatizadas y excluidas por las camisetas de los científicos o por los videojuegos. Cuando se trata de las pequeñas cosas, el campo de juego se vuelve mucho más equilibrado. Todos tenemos presiones de género que preferiríamos no cumplir. Sugiero no hacerlo. No tiene mucho sentido quejarse de las expectativas de género y, al mismo tiempo perpetuarlas. La idea de que las mujeres no pueden desafiar tales expectativas por temor a la desaprobación parece contrario a todo el espíritu del activismo feminista y de las que vinieron antes de nosotras.

Creo que para mí ha llegado el momento de aceptar que “feminismo” ya no significa «la meta de derechos iguales para las mujeres», sino que se entiende en referencia al movimiento feminista actual, que abarca mucho más, y muy poco de las cosas con las que me quiero asociar. He publicado esto en Twitter recientemente:

¿Soy feminista?
¿Defines “feminista” como alguien que cree en la igualdad de género?Entonces sí.
Pero si defines como “feminista” a alguien que cree que:
¿El Reino Unido y los EE.UU. Son patriarcados opresores que perpetúan la cultura de la violación?¿El género es una construcción social y cualquiera que diga otra cosa es misógino?¿Las generalizaciones e insultos sexistas están bien si son contra los hombres?¿Las mujeres no pueden lidiar con críticas a ideas o personas en internet?¿Falta de educación, lecturas sin compasión y acusaciones injustas son activismo feminista?¿La gente que dice cosas que no nos gustan deberían ser sometidas al ostracismo y vituperadas?¿Los espacios seguros e trigger warnings deberían ser la protección de base contra las ideas?¿La mutilación genital femenina, los crímenes de “honor” y el matrimonio forzoso son asuntos de los racistas?¿Los videojuegos, las camisetas de científicos y la publicidad de proteína shake son problemas feministas vitales?”Trabajo emocional” y “apropiación cultural” son problemas reales que debemos resolver?
Entonces, no.
No, no soy feminista.
(HGWP)

Los serios problemas que enfrentan las mujeres británicas en los que me quiero involucrar están abarcados por el activismo de los derechos humanos, y oponerse al desempoderamiento de las mujeres jóvenes implica, por desgracia, oponerse al propio feminismo.

Solía contentarme cuando la gente me decía que tenía que pensar de manera más positiva sobre el feminismo, pero ahora me temo que esto no ha hecho más que impedir a esta gente en cuestión criticar a un movimiento que necesita mucho ser criticado. El feminismo se ha perdido y no se le debe dar respetabilidad pública hasta que resuelva este problema. Parece que cada vez más personas se están dando cuenta de esto. Un estudio reciente mostró que solo el 7% de la población británica se considera feminista, aunque más de dos tercios apoyan la igualdad de género. Mi tristeza al abandonar la identidad que fue el legado de mi madre hacia mí está mezclada con la rabia de pensar que ella, una mujer que fue clave en la apertura del sector bancario a las mujeres, ahora sería muy problematizada.

 

 

Fuente | Helen Pluckrose | Areo Magazine

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