“Ningún ruido en las ciudades ni en el campo oía; sólo se hace de la tierra dueño, lleno de olvido y de silencio el sueño.”

“Otro en desnudo altar incienso ofrece no menos de los dioses recibido; que mucho un limpio corazón merece, y siempre de los dioses es oído.”

“¿Qué hay en la tierra o el cielo que no esté sujeto a la ley de la obediencia? Todos los seres reciben órdenes y, a su vez, gobiernan sobre otros. Cada tierra tiene su rey respectivo.”

“No fue ilustre, es verdad, placidísimo anciano, la línea de tu estirpe, ni tu árbol genealógico se remonta a ancestros lejanos, pero tu enorme fortuna compensó tu linaje y ocultó la bajeza de tus padres.”

“¿Quién abrió una ruta por el mar virgen y fuera del alcance de los desgraciados mortales, quién exiló hacia las olas a los piadosos hijos de la tierra firme y los arrojó al voraz piélago, con audaz inventiva?”

“El vulgo a sus reyes no perdona si una vez pierde el miedo y la vergüenza del nuevo rey a murmurar comienza.”

“La crueldad de la guerra induce a la paz.”

“El miedo fue lo primero que dio en el mundo nacimiento a los dioses.”

“Si la inocencia, pues, a nadie excusa, a ejecutar comienza tu deseo.”

“De tantas amenazas ofendidos, ya con rabia y furor llegan a asirse, con piernas y con brazos atrevidos, queriendo en fiera lucha preferirse; ya con desnudas manos desasidos, con tanta prisa llegan a herirse, que no el granizo de la nube espesa con tanta furia baja y tanta priesa.”

“Y apenas al enigma obscuro y ciego el engañado huésped dado había no acertada respuesta, cuando luego pagaba al monstruo fiero su osadía; por los ojos echando vivo fuego con uñas y con dientes lo hería; o bajaba escapando de sus brazos, por las penas haciéndose pedazos.”

“El lugar del palacio más oculto están los sacerdotes ocupando, y en los altares, con divino culto, está el fuego sagrado humeando, en otra parte el mujeril tumulto la deseada fiesta celebrando, con mayor gravedad y más decoro hace (corona casta) alegre coro.”

“El torpe miedo vuela, el suelo cubre silencio, obscuridad, horror y espanto; y ya con ronco son, confusa y ciega, la tempestad amenazando llega.”

“¿Qué pena, qué castigo habrá que cuadre a éste, de los hombres monstruo fiero, temerario homicida de su padre, aunque de su corona el heredero?”

“El recuerdo de aquel día me invita a acallar tu desgracia con mi canto. El lamento que ahora te ofrezco fue un día mi propio lamento”.

 

 

La Tebaida (extracto inicial)

1 Las armas, el furor de dos hermanos
en pertinaz discordia divididos,
contra ley natural odios profanos,
reinos a veces entre dos regidos,
delitos sin disculpa, de tebanos,
por injuria del tiempo no sabidos,
para que al mundo su memoria espante,
me incita Apolo que renueve y cante.

2 ¿Por dónde, oh musas, del Parnaso gloria,
mandáis que dé principio al triste cuento?
Cantaré en el principio de mi historia
de esta gente feroz el nacimiento,
traeré el robo de Europa a la memoria,
la ley inviolable y mandamiento
de Agenor, y forzado del destino
a Cadmo, navegante peregrino.

3 Largo fuera el discurso si dijera,
debajo del agua!
tomando tan de lejos la corriente,
de aqueste labrador la sementera
que tuvo por cosecha armada gente,
cuando, no sin temor de que naciera
el fruto semejante a la simiente,
dientes sembró en los surcos de esta tierra,
que guerra nace donde siembran guerra.

4 Ni es bien ahora que despacio cante
con cual pudo Anfión dulce armonía
cercar de muros la ciudad triunfante
si tirios montes a su voz traía,
ni el triste fin de Sémele ignorante,
obra de Juno, que celosa ardía,
ni por cuál ocasión, con rigor grave.
al propio hijo dio la muerte Agave.

5 Ni diré contra quién, con desatino,
arco flechó Atamante desdichado,
ni cómo, por huir sus furias, Ino
las olas no temió del mar hinchado
y en los brazos del Jonio cristalino
fiada más que del marido airado,
se arrojó con su hijo, do Neptuno
dio nueva vida y nombre a cada uno.

6 Por tanto, pues, de Cadmo dejar quiero
la contraria fortuna o suerte buena,
el mal presagio o el feliz agüero,
la causa de su llanto y de su pena;
que si otra lira le cantó primero,
la morada de Edipo, siempre llena
de confusos gemidos y de llanto,
han de ser el principio de mi canto.

 

[Dedicatoria de Estacio al emperador Domiciano, 7-11]

7 Puesto que yo cantar no he merecido
triunfante a Italia tremolar banderas,
dos veces al flamenco, y dos vencido
al que del Istro ocupa las riberas,
ni al godo rebelado, compelido
dejar al monte, habitación de fieras,
ni cuando tiernos años, raro ejemplo
defendieron de Júpiter el templo.

8 Y tú, gloria de Italia, que a su fama
nuevo esplendor y nueva luz aumentas,
y al valor de tu padre, que te llama,
no menos digno hijo te presentas;
de ti, que de su estirpe clara rama,
en las hazañas imitarle intentas,
imperio eterno Roma se desea
y que un monarca solo en ti posea.

9 Y aunque, señor, te ofrezcan las estrellas
lugar entre los rayos que despiden,
y porque quepa tu grandeza entre ellas
la suya estrechen si a la tuya impiden,
y aunque por digno de sus luces bellas
con la región los cielos te conviden
de lluvias libre, y donde, por sublime,
ni el rayo abrasador ni Bóreas gime;

10 y aunque Apolo su clara luz serena
te comunique al fin tan igualmente,
que los rayos que adornan su melena
imprima por diadema de tu frente,
y aunque de los caballos que él enfrena
te entregue el freno en su carrera ardiente,
y aunque te dé que tengas en gobierno
su medio cielo Júpiter eterno;

11 contento goza el cetro merecido,
poderoso señor de mar y tierra,
y al cielo vuelve el don que te ha ofrecido,
que no en aqueste honor tu honor se encierra:
y tiempo habrá que yo, más instruido,
cantando hazañas en ajena guerra,
las tuyas cante en laureada trompa,
que con fuerza mayor los aires rompa.

12 ahora, pues, mi mal templada lira
armas de Tebas bastará que cante,
cetro de dos tiranos, cuya ira
no halló en la muerte límite bastante.
llama que juntos abrasar no aspira,
reyes muertos en odio semejante;
vivos sin reino, y sin sepulcros muertos,
pueblos de gente viudos y desiertos.

13 Digo en aquel infausto y triste día
cuando con griega sangre sus raudales
tiñeron, Dirce bella, que solía
adornar sus corrientes de cristales,
y el claro y manso Ismeno, que corría
mojando apenas secos arenales,
que a Tetis admiró, cuando a su seno
llegó de tanto estrago y muertes lleno.

14 Musa, con cuyo aliento los afanes
renovar de la antigua Tebas quiero,
decidme a quién de tantos capitanes
daré en mis versos el honor primero.
¿Al destemplado en iras y ademanes
Tideo, ilustre, si soberbio y fiero,
o al sacerdote que en la injusta guerra
armado, vivo le tragó la tierra?

15 De Hipomedón me llama el gran trofeo,
contra el rigor de un río opuesto en vano,
y del de Arcadia el pertinaz deseo,
que su muerte obligó a llorar temprano,
y el soberbio furor de Capaneo,
despreciador de Jove soberano,
sujeto digno de inmortal memoria
y de cantarse en más heroica historia.

Publio Papinio Estacio poeta, Nápoles, 45-96

Silvas
Libro cuarto
III La vía domiciana

¿Del duro sílex y del grave hierro,
qué sonido ha llenado, enorme, el lado
cercano al mar de la Apia peñascosa?
No, en verdad, suenan líbicas catervas,
ni el extranjero jefe, en guerra pérfida, 5
golpea los campos de Campania, inquieto;
ni Nerón quiebra vados, ni en cortados
montes mete los sórdidos pantanos,
mas quien de Jano los umbrales bélicos
corona con un Foro y leyes justas 10
con que, negadas mucho, a Ceres casta,
yugadas le devuelve, y sobrias tierras,
con que veda que el sexo fuerte muera
y prohíbe, censor, que adultos machos
la pena de su hermosa forma teman; 15
quien devuelve al Tonante al Capitolio
y repone a la Paz en casa propia;
quien a la gente de su padre, umbrales
que han de ser siempre otorga, y flavio cielo,
aquí, al sentir las tardas vías del pueblo 20
y los campos que frenan todo viaje,
largos rodeos quita, y consolida
con nueva capa las arenas graves,
gozando en acercar, de la Sibila
de Eubea la casa, y los gauranos golfos, 25
y, ardiente, Bayas, a los siete montes.

Aquí, en un eje, un día, pigre llevado,
oscilaba el viajero en lanza incierta,
y la maligna tierra sorbía ruedas,
y la plebe latina, a medio campo, 30
de la navegación temía los males;
y no ágiles, los cursos, mas al viaje
molesto las tenaces huellas frenan,
mientras repta, gimiendo al peso ingente,
bajo alto yugo, lánguido el cuadrúpedo. 35
Mas la vía que gastaba un día entero,
de dos horas apenas se hizo ahora.
No por los astros, tensas plumas de aves,
iréis, ni quillas, más ligeramente.

Primer trabajo, aquí, iniciar los surcos 40
y los lindes cortar y con profunda
extracción, cavar tierras hasta el fondo;
pronto, otramente henchir las huecas fosas
y a lo sumo del dorso aprestar forro:
no oscile el suelo, no, maligno, el sitio, 45
dé lecho incierto a las opresas piedras;
luego, con combas de ambos lados juntas,
y muchas cuñas, sujetar la vía.
¡Oh, cuántas manos a la par laboran!
Bosque éstas cortan y desnudan montes, 50
éstas, trabes y escollos con hierro alzan;
ésas ligan las piedras y urden la obra
con polvo recocido y toba sórdida;
a mano éstas, bebientes charcos secan,
y lejos llevan los menores ríos. 55
Podrían cavar el Atos estas diestras
y, de Hele gemebunda, el triste piélago
encerrar con un puente no nadante.
Con éstas (si algún dios la vía no veda,
parvo), el istmo de Ino mares mezclara. 60
Hierven las costas y las selvas móviles,
va un fragor largo en medio de las urbes,
y, a una, de aquí y de allí quebrado el eco,
remite al Gauro el Másico vitícola.
El son admiran la tranquila Cime 65
y el literno trampal y, pigre, el Safon.

Mas, ceñido ampliamente la cabeza
flava y la húmeda crin con muelles juncos,
Vulturno alza su rostro y, reclinado
so el máximo arco del cesáreo puente, 70
esto desborda de sus roncas fauces:
“Buen guardián de mis campos, que me ataste,
a mí que me vertí en ocultos valles,
y que ignoraba el habitar riberas,
con las leyes de un cauce fluvial recto. 75
Y hoy yo, aquel túrbido y amenazante,
que antes dudosas quillas sufrió apenas,
un puente llevo ya, y me pisan franco;
que halar tierras y echar a rodar selvas
solía (¡vergüenza!), comencé a ser río. 80
Mas gracias doy, y que yo sirva es válido,
pues cedí a ti, mi jefe; a ti, que mandas,
pues tú serás leído árbitro máximo
y de mi borde vencedor perpetuo.
Y hoy me cultivas con dichoso linde; 85
no dejas que me ensucie y ampliamente
limpias el mal pudor del suelo estéril,
por que, polvoso y por el cieno grave,
del mar Tirreno no me cubra el golfo
(cual, desde el borde tácito, el cinifio 90
Bágrada repta entre fenicios campos),
mas tal me llevarán que, en curso nítido,
al mar tranquilo y al cercano Liris
yo pueda provocar con puro abismo”.

El río, esto, y a la par se alzaba, 95
con dorso ingente, una región marmórea.
Su puerta y el umbral feliz, un arco,
con bélicos trofeos del jefe, nítido,
y con las minas todas de ligures,
como el que, entre el llover, corona nubes. 100
Dobla el camino, allí, el viajero rápido,
Apia se duele, allí, de ser dejada.
Más veloz y más ágil, luego, el curso,
luego, a las bestias mismas place el ímpetu,
tal cuando, hartos los brazos del remero, 105
primeras, ventiláis los linos, auras.
Ea, pues, todas las gentes que del padre
romano honráis la fe, so el primer cielo,
id y venid por el camino fácil,
venid más pronto, lauros aurorales: 110
nada obsta, nada tarda a los ansiosos.
Aquel que de mañana dejó el Tíber,
el Lucrino navegue, al caer la tarde.

Mas, de la nueva vía en el fin último,
donde Apolo la antigua Cumas muestra, 115
¿a quién contemplo, blanca en crines e ínfulas?
¿Nos engaña la vista o, de antros sacros,
lauros de Calcis la Sibila saca?
Cedamos; lira, repón ya tus cantos:
más santo, un vate empieza, hay que callarse. 120
Ved: gira el cuello y en espacios nuevos
latamente se inspira, y la vía colma.
Con boca virginal, así habla entonces:
“Decía yo: va a venir (quedad, los campos
y el río), va a venir, propicio el cielo, 125
quien el feo bosque y las arenas pútridas
con altos puentes y una vía aligere.
Éste es un dios, mirad; ordena Júpiter
que éste, en la tierra alegre, en vez de él mande;
nadie más digno que él tiene estas riendas, 130
desde que Eneas, siendo guía yo, ávido
indagando el futuro, entró en los bosques
prescientes del Averno, y los dejó.
Éste, bueno en la paz, temible en armas;
si éste tuviera los ejes flamígeros, 135
mejor que la natura y más potente,
con largas nubes, India, te mojaras,
ondeara Libia, el Hemo se entibiara.
Salve, guía de hombres, padre de los dioses,
numen por mí previsto e instaurado. 140
Ya no, de hojas podridas desenvueltos,
con altas preces de quindecenviros,
mis dichos leas, sino a mí cantándolos
de cerca, tal como mereces, óyeme.
Yo vi qué serie de una edad florida 145
te entretejen las cándidas hermanas:
te queda el orden magno de los siglos,
más largo que tus hijos y tus nietos;
de eterna juventud tendrás los años
a que Néstor llegó, se dice, plácidos, 150
los que la senectud titonia cuenta
y tantos cuantos exigí yo al delio.
Ya se te sometió la Osa nevada,
hoy magnos triunfos te dará el Oriente.
Irás do el vago Hércules y Eván, 155
más allá de los astros y el sol flámeo
y la fuente del Nilo y nieves de Atlas,
y, alegre en todo el cúmulo de loas,
tendrás y rehusarás los carros, bélico,
mientras de Troya el fuego, y el tarpeyo 160
padre del aula renacida truene,
mientras más que la añosa Apia, esta vía,
rigiendo tú las tierras, envejezca”.

Publio Papinio Estacio poeta, Nápoles, 45-96
Publio Papinio Estacio poeta, Nápoles, 45-96

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