Viajes

 

Mi corazón doméstico y descalzo,
de andar por casa, de mirar el fuego
con su magia primera, de paisajes
interiores, ventanas y ventanas,
mi corazón que duerme por el día,
que siente la llamada de las tres
tiendas, que no se quiere levantar
y vuelve al escenario cada noche,
mirándote mirar se quedaría
toda la vida, si dijeras dónde.

Ahora ser feliz

 

AHORA ser feliz es ver tu risa,
tu risa nada más, entre tabaco,
bostezos, media luz, madera oscura,
como una prenda cómoda que usamos,
planta vieja que quema, lo esperaba,
que vengo desde lejos,
que la vida no puede con su brillo,
que la luna se acuesta en tus dos ojos
y se duerme, tranquila y reluciente,
que los días me vienen regalados,
que tus brazos de nido mientras rugen
los coches, los semáforos,
la basura pringosa en las esquinas,
todo se queda fuera, mientras dentro
la lluvia que no duele, los violines
cercanos de la víspera gozosa,
tantos años que llevan en tu puerta,
a tu risa que crece como un río,
a tu risa que duele como un río.

Los tres estados del alma

 

“Dificilmente pudiera
conseguir, señora, el Sol
que la flor del girasol
su resplandor no siguiera:
Dificilmente quisiera
el Norte, fija luz clara,
que el imán no le mirara;
y el imán difícilmente
intentara que obediente
el acero le dejara.

Si el sol es vuestro esplendor,
girasol la dicha mía;
si Norte vuestra porfía
piedra imán es mi dolor;
si es imán vuestro rigor,
acero mi ardor severo;
pues ¿cómo quedarme espero,
cuando veo que se van
mi Sol, mi Norte, mi Imán,
siendo flor, piedra y acero?”

Como en mi propia casa

 

Aquí llega mi madre
felizmente
cansada
con su tacto de agua
con sus ojos
de fruta
y con esa sonrisa
que despierta
castillos medievales
aquí llega mi padre con los años
latiendo
como pájaros
como si no tuvieran
peso alguno
viene
trayendo
el viento en las pupilas
viene
con la cartera
trabajosa
los ojos fulgurantes
como un niño
lo mismo
que un niño que regresa
del colegio
y sueña que es mayor
calvo
filósofo
y con una mujer
que despierta castillos
medievales

Concierto para violón

 

Pequeños estallidos en el aire
con olor a jabón de casa antigua
y frasco de perfume en el armario
de una mujer de cabellera mágica.

Incendios forestales en mi cuarto;
por entre los visillos se desviste
y moja los ladrillos con su rojo
a pinceladas suaves todavía.

Teléfonos ladrando entre la lluvia
y meriendas fugaces en el parque;
si el aire se detiene, no respires
para escuchar los árboles creciendo.

Campo de pomelos

En la muerte de un amigo

 

Para subir a los pomelos altos
tendrás que despertar al sol dormido
en aquella vereda que no vuelve.
Para tumbarte en la ladera fresca
con alguien que se ha ido,
tendrás que descalzarte y aprender
un rito muy cercano
como juego de niños, toboganes,
días oscuros en las noches lúcidas,
nudos terribles que se van soltando
y no sabes por qué, y estar en casa
con alguien que regresa de muy cerca.

El juglar

 

Verte reír es magia cada día.
Tus ojos de penumbra cuidadosa
ver encenderse y más, saber que yo
soy a veces la causa de ese incendio.
A muchos entretuve, por caminos
de luz o de tristezas en la sombra;
y me vestí con oro y bebí vino
en plazas que no eran casa cierta.
Pero tu risa inalcanzable salva
porque es la única paga que recibo.
Hacer reír a la persona amada
es mi oficio feliz, mi vocación.

A veces, en mi casa

 

A veces, en mi casa, cuando gritan
los perros, cuando ladran los minutos,
cuando no sé qué hacer, pero no tengo
mapas para mis manos y mis ojos,
cuando las cosas lloran su silencio
entonces, lentamente voy girando
la cara para ver tu luz de tarde.
Has venido, me tomas por sorpresa.
Como un país lejano,
una pequeña flor gritando vida
en un camino seco, se me cuelan
tus últimas palabras, ese gesto
de mirar tu reloj en una isla,
la sonrisa perfecta, chimenea.
Te quedarás conmigo
te mostraré mis nueve manuscritos,
cenaremos al fin en la terraza
entre limones, viento y buganvilla,
y luego marcharás.
A veces, cuando vuelvo de tu vida
a mis manos vacías en mi cuarto,
a los perros, la tarde y la pantalla,
de pronto surges tú
de un país remotísimo, poblado
por islas y volcanes,
donde te estoy viviendo cada día.

Rocío Arana, Sevilla, 1977

Un Niño

 

Un niño: balbuceos y pañales.
Gorjeos, juegos, llantos, risotadas
y noches sin dormir, alimentadas
por sueños y bostezos a raudales.

Sudores, prisas, ayes, alegrías
y esforzados «no llego», sonajeros
rotos, la leche tibia y el «te quiero»
reconvertido en un «te comería»…

Eso fuiste también. Se nos olvida
lo normal y sencillo que fue todo,
cómo lo cotidiano siempre brilla.

Quisiste ser pequeño, y en la herida
luminosa del barro, casi lodo,
iluminas, secreto, nuestra vida.

To find and to lose

 

Entré cuando la tarde vacilaba
y la madera antigua desprendía
un aroma de sol y hierba seca.
Al entrar una música rasgó
el aire desde un tiempo paralelo.
Una vihuela dulce y dolorosa
me hizo recordar una muchacha
llorando lentas lágrimas azules
con joyas en el pelo y un vestido
bordado de oro pálido.
Cerré los ojos, tuve que marcharme.
He buscado sin fin aquella música,
pero no volverá,
al menos todavía.

NO

 

El sueño y la vigilia se confunden
en tus manos de faro poderoso.
Me dicen “no” y fulgor antiguo brindan,
un “no” que vale siempre por mil síes.
Tu “no” es vigilia y sueño y es milagro,
es vivir la intemperie y es estar
en casa siempre, regresar a casa,
agradecer prodigios en la sombra.

JUAN 5, 31-47

 

Ardías y brillabas en lo oscuro
como una blanca torre, como luna
que refleja la luz de un sol mayor.
En medio de las calles grises eras
letrero luminoso, nos guiabas
a la casa encendida de cien puertas;
y nosotros quisimos un instante
disfrutar de esa luz que no era tuya,
como quien vuelve a casa muy cansado
y necesita estrellas en la noche.

Magia

 

En el monte vivimos una noche
cuando éramos niños, y vimos un fantasma.
Era un castillo verde y ojival
con ventanas abiertas y una hoja en el aire.
Volando sobre el aire, sola se mantenía
por pura magia, o eran nuestros ojos
quienes la sostenían. No había viento alguno
y un sol naranja sombras medievales
dibujaba en la tierra, ya penumbra.
De nuestros ojos un incandescente
amor mecía aquella hoja sola.
Era la prueba de que el mundo existe,
con su destello único, su fuego de Merlín:
¡No podía caer al suelo aquella hoja!

Olor a tortilla francesa – OMELETTE

 

Como un ciclón invade los salones,
la casa, las alcobas, el vestíbulo,
un aroma de huevos cocinándose.

Era primero el eco de la loza
contra el rojo metal del tenedor:
ruido de castañuelas y cansancio,
el pijama de pies, las gotas de Nenuco.
Los deberes que nunca se acababan,
la lámpara flotando sobre el lunes.

Luego la lumbre se encendía, y era
el amor sin cansancio del aceite: fundirse, crepitar.

Y mi madre logrando
la redondez exacta, amarilla y brillante.
Una felicidad redonda y de diario.

La espada

 

Por rendijas de nieve
por agujeros lentos se me cuelan
sin pedirme permiso mil imágenes
revelan una foto en mi memoria
y sales tú perfecto sonriendo
atravesando lluvias para venir a mí

la luz rasgando el aire tan oscuro
el sol como una espada combatiendo
la lluvia

y la luz era un dardo
y una espada tu imagen en la lluvia.

Rocío Arana, Sevilla, 1977