Resulta apasionante indagar en los avatares históricos y las circunstancias que permitieron recuperar el manuscrito completo del
poema filosófico más bello de la literatura latina y una de las obras de mayor influencia cultural. Nos referimos al poema de Lucrecio, De rerum natura. De la vida de Lucrecio se sabe lo que dejó escrito San Jerónimo en una interpolación que hace al Cronicón de Eusebio, tomada, a su vez, de Suetonio. Aunque algunos datos sean discutibles, nació sobre el 94 antes de Cristo y murió con 43 años en el año 51 antes de Cristo. Su obra, publicada póstumamente, pudo ser preparada por Cicerón, de quien era contemporáneo y conocido. Mientras que la locura que se le suele atribuir, a cuenta de un filtro amoroso, no parece plausible. Se dice que se suicidó. No faltan quienes niegan todo valor a los datos de San Jerónimo, como hace Luciano de Canfora. Su obra, sin embargo, tal vez condenada al olvido como la propia obra de Epicuro de cuyos 300 rollos de papiro, según Diógenes Laercio, se conservan solamente algunos fragmentos, se ha conservado, como si hubiera de cumplir el elogio que le dedicó Ovidio cuando dijo que el poema de Lucrecio durará tanto como el mundo.

La historia de la recuperación del texto de Lucrecio es digna de ser contada y los filólogos y traductores lo han hecho con esmero. Dos estirpes de manuscritos se conservan, ambas procedentes de una copia del siglo IX. Una de ellas, que incluye dos manuscritos (el Oblongus y el Quadratus), se encuentra en la Universidad de Leyden, procedente de la biblioteca de Gerardo Vossius; la otra, procedente de Italia, es la que se tomó como base para todas las publicaciones del poema hasta el siglo XIX. Fue Poggio Bracciolini el primero que lo puso en circulación habiéndolo descubierto, mientras realizaba entre 1414 y 1418 pesquisas en distintos monasterios y abadías europeos con el fin de recoger textos latinos y llevarlos a Florencia, aprovechando el viaje que como secretario apostólico del entonces (anti)papa Juan XXIII hubo de hacer al concilio de Constanza, donde finalmente este papa terminaría siendo encarcelado. Lo curioso es que Poggio tampoco menciona el lugar exacto (sólo dice “locus satis loginquus”) donde se encontró con el manuscrito De rerum natura que mandó copiar. Copiada a su vez por su amigo Niccolo Niccoli, hoy es la copia más antigua que se conserva de la estirpe italiana y está recogida en la Biblioteca Laurenciana de Florencia. Greenblatt supone que ese misterioso lugar sería la Abadía de Fulda, en el centro de Alemania, otros apuntan a la Biblioteca de San Martín de Maguncia, mientras que José Ignacio Ciruelo Borge, discípulo del humanista Eduard Valentí Fiol, cree que pudo ser la biblioteca de la Abadía de Murbach, en Alsacia, donde hay constancia de que en el siglo IX había un manuscrito del De rerum natura. El caso es que el Oblongus de Leyden procede también de Fulda y Maguncia, lo que ha suscitado la opinión de Diels, que afirma que Poggio pudo tomar su copia de alguna de las de Leyden; en cuyo caso, las dos estirpes de manuscritos serían en realidad una única estirpe. Poggio encontró también en dicha biblioteca otro importante texto, el poema épico más largo de la literatura latina, Púnicas, de Silio Itálico, que nos dio la pista sobre la leyenda del rey Astur, el cochero del sobrino de Príamo, y héroe de Troya muerto por Aquiles, Memnón. Según la leyenda, Astur habría dado el nombre a Asturias, después de arribar a nuestras costas por la playa de la Griega, como nuestro particular Eneas (publicamos un artículo en La Nueva España hace dos años sobre este tema. Púnicas podría ser considerado el primer poema épico español y Silio Itálico, nuestro Homero.)

La historia de Lucrecio, que vivió “cuando los dioses habían dejado de existir y Cristo aún no había nacido”, como decía Gustave Flaubert; la propia historia de su manuscrito y la del humanista rastreador Poggio Bracciolini, así como la enorme influencia que dicho texto tendría en la revolución científica, eran desde luego un argumento magnífico para un ensayo de historia y filosofía de la ciencia. Y eso es precisamente lo que aprovechó con acierto Stephen Greenblatt, en su interesante libro, El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno, publicado en Barcelona por la editorial Cátedra en el año 2012. El título hacer referencia a la teoría del Clinamen, que es el punto en el que se diferencian particularmente los dos sistemas atomísticos de la antigüedad, el de Demócrito y Leucipo y el de Epicuro y Lucrecio.

Hay que decir que este tema dio argumento para la tesis doctoral de Carlos Marx. Sin embargo de lo cual, Stephen Greenblatt, embriagado por la exuberancia del tema escogido, comete una falta de objetividad flagrante y calumniosa que debe ser contestada. Una de las numerosas curiosidades involucradas en la historia de Lucrecio y su De rerum natura, tiene que ver con los hallazgos de la Villa de los Papiros, en el yacimiento arqueológico de Herculano. En 1987, Tommaso Starace descubrió que uno de los rollos de papiro era una copia del poema de Lucrecio, ¡una copia del siglo I! Greenblatt aprovecha entonces para entrar de lleno en los detalles de la excavación y su historia. La Villa de los Papiros habría pertenecido a Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, suegro de Julio César, y albergaba en su biblioteca una importante colección de obras epicureístas, y una disposición aristocrática hacia el placer y el retiro espiritual inspirada en algunos de los preceptos de la doctrina epicúrea.

Pero cuando Greenblatt pretende remitirse a los orígenes de los trabajos arqueológicos que permitieron estos importantes descubrimientos, suelta el siguiente párrafo en la página 56:
Los trabajos de exploración, que continuaron cuando Nápoles pasó a manos de los Borbones, fueron extraordinariamente toscos, menos parecidos a una investigación arqueológica que a un robo continuado con efracción. El responsable de las obras fue durante más de una década un ingeniero militar español, Roque Joaquín Alcubierre, que, al parecer, trató el lugar como si fuera un basurero fosilizado en el que había sido enterrado un botín infinito (“Este individuo”, comentó cierto personaje de la época, escandalizado por la enormidad del daño gratuito que estaba haciéndose, “tiene tanto que ver con las antigüedades como la luna con los cangrejos”.) Los operarios se dedicaban a cubrir zanjas en busca de estatuas joyas, mármoles preciosos y otros tesoros más o menos conocidos, que encontraban en abundancia y entregaban en caótica profusión a sus regios señores.

Roque Joaquín Alcubierre, reivindicado, Pablo Huerga Melcón

En 1750 a las órdenes de un director nuevo, los exploradores empezaron a poner un poco más de cuidado en su labor. Indigno de su autor, este tipo de descalificaciones groseras abundan en la historiografía porque el pasado de España ya no merece ningún respeto, ni siquiera para los españoles. No obstante, era necesario revisar estos datos y comprobar efectivamente lo que aquí se afirma de un modo tan imprudente. Un somero repaso a la bibliografía sobre el tema en artículos y libros nos revela una situación radicalmente opuesta a esta calumnia.

Alcubierre era un ingeniero militar español nacido en Zaragoza en 1702, y muerto en Nápoles en 1780, con el título de Mariscal de Campo de Nápoles. Encargado de unas obras por parte de la corte de Nápoles en una propiedad del rey, se dio cuenta del tesoro que albergaba el subsuelo y solicitó y convenció a Carlos III para excavar Herculano, Pompeya, Estabia, la villa de Polión en Sorrento, Capri, Pozzuoli y Cumas. Las obras comenzaron en 1738 y se prolongaron durante toda su vida. Consciente de la importancia de los yacimientos, aplicó técnicas mineras para no dañar la estructura de los edificios descubiertos, cartografió todas las ciudades con sumo cuidado y precisión. Dice María del Carmen Alonso Rodríguez, en un ensayo sobre el tema: “las excavaciones arqueológicas estuvieron siempre dirigidas por ingenieros militares capaces de topografiar adecuadamente tanto las galerías como el exterior y de elaborar planos e informes que documentan la marcha de los trabajos… Estamos pues ante uno de los primeros ejemplos de la recogida de datos de campo de manera ordenada en los estudios arqueológicos”.

Dirigió las obras con el apoyo directo de quien sería después Carlos III de España, que organizó en Nápoles lo que hoy es el voluptuoso Museo Arqueológico, enriquecido con la fastuosa colección Farnesse, propiedad del rey, que mandó traer desde Parma. Los materiales
recuperados se organizaron por categorías, para ser contemplados por el público. Los descubrimientos se recogían en una publicación específica editada por orden real. Carlos III puso además especial cuidado en el estudio de los rollos de papiro que en 1753 fueron encontrados en la villa de los Papiros. Hizo venir desde la Biblioteca Vaticana al experto Antonio Piaggio que inventó una máquina para desenrollar estos manuscritos sin estropearlos más de lo que estaban, e identificarlos. La dedicación y el respeto al trabajo arqueológico sitúa esta empresa en el primer lugar de la historia de la arqueología moderna y sería el modelo, por ejemplo, que luego se siguió para la recuperación del sitio arqueológico de la ciudad maya de Palenque, obra también realizada por el empeño del rey Carlos III.

Félix Fernández Murga, en un libro dedicado al papel de Carlos III en estas excavaciones, dice: “Empresa arqueológica única y sin precedentes que bien puede considerarse como el primer intento de excavación organizada y metódica que se conoce. En ningún lugar de la Europa ilustrada se emprendieron los trabajos con tantos medios y tanta voluntad de servir a la ciencia, y al conocimiento de la antigüedad como en el caso de estas ciudades […] Pero al mismo tiempo, con el Museo Ercolanese nace el primer museo monográfico dedicado a la arqueología y el primero que se monta en función de unas excavaciones y de sus necesidades”.

Comparado con esto, nos preguntamos cómo habría que explicar lo que hizo, por ejemplo, Lord Elgin con los mármoles del Partenón, quien sólo veinte años después de los acontecimientos antes referidos, esquilmó y destrozó de modo irreversible el famoso friso del Partenón, cortando piezas únicas, y llevándoselas para Londres. ¿Acaso eso es arqueología y no rapiña? ¿Y Napoleón en su conquista de Egipto? ¿Qué es el Museo de Pérgamo? El museo de Nápoles se realizó en el mismo lugar de las excavaciones y con el mayor respeto a lo que allí se encontraba. Creemos que este detalle es un ejemplo práctico de la diferencia entre Imperio generador e Imperio depredador, establecida por Gustavo Bueno en su libro España frente a Europa.

El misterioso erudito que cita Greenblatt insultando a Alcubierre no es otro que el esforzado historiador del arte Winkelmann, que estaba “echando chispas” porque Carlos III no le dio permiso para acceder a las excavaciones, como hubiera sido su deseo. Este asunto  el permiso tenía, por supuesto, razones geopolíticas de suma importancia. El Imperio Español estaba siendo acosado por las nuevas potencias europeas, y ninguno de estos eruditos y científicos iba en “búsqueda desinteresada de la verdad”. El discurso positivista de la ciencia por la ciencia sólo sirve para ocultar intereses espurios. Y no hay mejor prueba que el caso del famoso científico alemán, Alexander Humboldt, el creador del Mito de la Naturaleza. A Humboldt se le permitió imprudentemente por parte de Carlos IV viajar a Sudamérica, donde, después de tres años de permanencia y habiendo viajado por Venezuela, Colombia, Perú, Chile, Ecuador México, etc., no tuvo otra ocurrencia que ir directamente a visitar al gran Thomas Jefferson, presidente de EEUU, para darle buena cuenta durante varias semanas, del estado de las colonias españolas, sobre todo aquellas de la Nueva España que serían posteriormente arrebatadas por EEUU, y que Humboldt describió para el admirado presidente con todo detalle. Esto lo cuenta alborozada otra historiadora anglosajona, Andrea Wolf, en un libro reciente titulado La invención de la Naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, editado en Madrid por Taurus, que también carga las tintas contra España de modo gratuito. Es curioso, no obstante, que Jefferson sea el último epicúreo citado en el libro de Greenblatt.

Este poco profesional tratamiento realizado por quienes dan muestras de ser buenos científicos e investigadores, debe ser analizado en términos gnoseológicos. Apuntamos aquí meramente la siguiente hipótesis: la precaria situación de España como nación política, su debilidad estructural provocada por años de dejadez y políticas imprudentes, hace que los historiadores situados en el vórtice del proyecto globalizador comiencen a desestimar el papel que desde la nueva historiografía cabe atribuir a un territorio que ya puede comenzar a dejar de considerarse como término –sujeto activo- del campo gnoseológico de la Historia. Sólo así puede entenderse que Andrea Wolf despache la Guerra de Independencia en España con esta frase brutal (pág. 185):
“Al terminar 1813, el ejército británico, bajo el mando del duque de Wellington, había expulsado a los franceses de España”.

 

Fuente | Pablo Huerga Melcón, Gijón, a 11 de diciembre de 2016 | Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 51 (2017.2)

Una mujer abandona la casa de sus amos.
Estamos en el año 832 desde la fundación de Roma, el séptimo día antes de las calendas de septiembre. Con el tiempo, de esta palabra, “calendas”, derivará “calendario”; pero falta mucho para ello. Centrémonos.
Vivimos, así pues, el 24 de agosto del año 79 d.C., y nuestra protagonista habita en la región de Campania, una zona privilegiada, lugar de vacaciones para la nobleza romana, fecunda en ricas fincas y propiedades, con una tierra fértil, playas de aguas cálidas y un clima agradable. Está salpicada por pequeñas poblaciones y cuenta con una gran urbe, Neapolis (Nápoles).
La mujer abandona, decíamos, la casa de sus amos. Es una esclava de 43 años, a la que se le advierten los muchos años de trabajo por su andar cansino. Se sabe afortunada; tiene unos dueños amables y justos, y ha sido lo bastante poco agraciada como para que los hombres no le incomodaran salvo en un par de ocasiones. Lleva una vida tranquila y tiene varias amigas en casa. Como Alia, la esclava que sabe leer, hija que fue de un pequeño propietario empobrecido. Alia es hermosa y más joven, la pobre. El hijo del amo la solicita a menudo en su lecho.
Podría ser peor, piensa. Podría haberle obligado a ponerse la toga corta oscura y la peluca rubia, para así ganar dinero con ella. Habría sido una “triviae”, una prostituta de baja estofa que ofrece “los tres servicios”. La mujer no puede evitar estos pensamientos mientras recorre las calles de una ciudad en la que hay más prostíbulos que panaderías. Muchos de los anuncios que jalonan las paredes son bastante explícitos respecto del servicio que se ofrece.
Casi a diario, Alia le acompaña en el paseo, y con su ayuda escudriña los carteles. Les gusta estar al día de las novedades, y a menudo se escandalizan con ciertos anuncios y proclamas. La ciudad bulle de gente; y en esta época del año aun más. Hay multitud de anuncios proponiendo alquileres durante el verano (sigue habiendo habitaciones disponibles, a pesar de lo avanzada que está la temporada), y se anuncian juegos próximos en ésta y otras ciudades cercanas. En ellos se puede leer al final la fórmula “qua dies permittat” (si el tiempo lo permite) ¿Les suena?
Por toda la ciudad hay restos humeantes de la fiesta de anoche, la “vulcanalia”, la fiesta en honor a Vulcano, el dios del fuego.
Sin embargo, con sus ojos de mujer mayor, nuestra protagonista sabe leer la decadencia en una grieta no reparada, en un local abandonado, en las hogueras vulcanalias aun sin limpiar o en los burdeles medio llenos. La mujer hace memoria: la mañana del 5 de febrero del 62 la tierra se agitó con fuerza y destruyó buena parte de la ciudad. Hubo cientos de muertos, y las obras de reparación no han acabado 17 años después. Se percibe que la región vive un periodo de declive económico evidente, y la tierra se agita para recordarlo. En el 64 hubo otro pequeño temblor; se cuenta que el sátrapa Nerón se encontraba recitando en Nápoles cuando le sorprendió el terremoto. Era la primera vez que ejecutaba una canción en público, y demostró valor al continuar con su representación. Cuando salió del teatro, éste se derrumbó.
Es la hora quinta. La mujer debe darse prisa, pronto hará mucho calor.
Es una incomodidad lo que está pasado con el agua, piensa. Llevan varios días sufriendo temblores, y hace dos, inexplicablemente, el Aqua Augusta, el acueducto que abastece de agua la ciudad, se ha secado. Las autoridades no saben por qué.
La mujer se detiene a observar el muro de una casa; hay elecciones próximamente, y la pared está repleta de carteles electorales de color rojo. Lo normal es que un equipo de tres personas intervengan en su elaboración; uno blanquea la pared y otro realiza el cartel con una letra cuidada. El tercero alumbra y vigila si es de noche; las calles no siempre son seguras. Se emplean todo tipo de argucias durante la campaña: en ocasiones, los seguidores de un candidato intentan tapar los carteles de su adversario; y se han visto carteles en los que prostitutas apoyaban a una persona. Es seguro que son falsos, obra de sus oponentes. Lo cierto es que ninguno de los candidatos ha podido explicar lo que sucede con el agua, ni ha propuesto soluciones. (No como en nuestros tiempos, lector, en los que contamos con grandes políticos prestos a encontrar soluciones).
La mujer piensa en todo esto mientras retoma su camino y pasa junto a una plaza, con una fuente seca.
La mujer se acerca a una de las puertas de la ciudad, sorprendida por el ruido. De repente, todos los perros de la ciudad se han puesto a aullar a la vez. Los caballos están inquietos, con ansia por salir a campo abierto; a los jinetes les cuesta dominarlos. ¿Qué está pasando? En los cielos, grandes bandadas de pájaros se dirigen al norte.
Sale de la ciudad y pronto deja atrás una necrópolis. Ya es la hora sexta y el astro sol brilla en lo más alto. (De esta hora “sexta”, que marcaba el mediodía, procede nuestra palabra “siesta”). Frente al bullicio de la ciudad, la campiña ofrece silencio. Todavía debe caminar un trecho hasta llegar a la finca del amo y recoger la cesta de huevos frescos que le han encargado. La mujer se detiene; algo ha llamado su atención. El silencio tan absoluto. No es normal que ni tan siquiera canten los pájaros. El silencio del campo es más inquietante que el bullicio de la ciudad
Entonces, sin previo aviso, a sus espaldas, un gigante que llevaba dormido mil años despierta con una explosión descomunal, un ruido imposible que destroza su cima. La mujer observa aterrada la enorme columna de humo que se alza hacia lo más alto. El dios Vulcano se ha manifestado con toda su furia el día posterior a su fiesta. Corre hacia la ciudad en busca de refugio.
Corre hacia Pompeya.
Es la una de la tarde del 24 de agosto del 79 d.C.

Una nube extraña se divisa desde Miseno, a unos 35 kilómetros al norte. Son las dos de la tarde. Dos personas extraordinarias son testigos del suceso: Plinio el viejo y su sobrino, Plinio el joven, abogado, escritor y científico.

Este último nos describe la erupción con detalle en una carta dirigida al historiador Tácito: “la nube mostraba un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol. Pues tras alzarse a gran altura como si fuese el tronco de un árbol larguísimo, se abría como en ramas; yo imagino que esto era porque había sido lanzada hacia arriba por la primera erupción; luego, cuando la fuerza de ésta había decaído, debilitada o incluso vencida por su propio peso, se disipaba a lo ancho, a veces de un color blanco, otras sucio y manchado a causa de la tierra o cenizas que transportaba”. Plinio describe terremotos, cómo el cielo se oscurece como si fuera de noche y la mar se ve sacudida por maremotos.
¿Exactamente, qué está describiendo Plinio?
El volcán Vesubio es uno de los 12 volcanes más peligrosos del mundo (otros de la lista son el Teide en Canarias, o el Galeras en Pasto, Colombia), y el único que mostró actividad en la parte continental de Europa durante el siglo XX. En sus laderas viven en la actualidad unos tres millones de personas, siendo la zona volcánica más densamente poblada del mundo.
El año 79 el Vesubio había dado indicios de una erupción inminente, pero los habitantes de la zona ni tan siquiera sabían que era un volcán. De hecho, llevaba mil años sin apenas actividad. Demasiado tiempo callado, demasiada energía acumulada.
La mañana del 24, hacia las 9, la cámara de lava comienza a enviar magma y gases ardientes en dirección a la cima del volcán. Cuatro horas más tarde la montaña no soporta la presión, y explosiona con la fuerza de 100 bombas nucleares. Durante 19 horas se liberan 4 km3 de ceniza y roca a la atmósfera, formando una nube en forma de hongo que alcanza los 30.000 metros de altitud, tres veces la altura a la que vuela un avión. Cuando la ardiente nube piroclástica finalmente colapsa, arrasa con todo lo que hay en un radio de 20 kilómetros. El viento sopla en dirección sureste, y se ven afectadas las ciudades de Herculiano, Oplontis, Pompeya y Stabiae.
Herculiano está situada de manera que no recibe tanto la acometida de gases como una corriente de fango ardiente, que la sepulta a 15 metros de profundidad. Una mayoría de sus habitantes tuvieron tiempo de evacuar la ciudad. Posiblemente, la presión del fango y la lava, algo realmente tangible, les obligó a salir corriendo, sin preocuparse por salvar  enseres ni riquezas. Se han encontrado en Herculiano unos 300 cadáveres, aunque esta cantidad es sólo estimativa. Es seguro que debieron de fallecer muchos más.
 En Pompeya sin embargo las cosas sucedieron de otra manera. La ciudad sí recibió la acometida de cenizas, piedras y, sobre todo, gases nocivos provenientes del volcán. Se piensa que la mayoría de los 2.000 muertos encontrados fallecieron por asfixia al respirar los vapores nocivos. Buscaron refugio en sus casas, y ello fue su perdición. A esto hay que sumar el derrumbe de techos, las altas temperaturas (la nube piroplástica alcanzo temperaturas de 350 grados) o la constante lluvia de ceniza pumítica blanca, que debía introducirse en los pulmones. El polvo volcánico enterró la ciudad a una profundidad de unos seis metros.
Cuando todo acabó, Pompeya no existía, la erupción cambió el curso del río Sarno y levantó la playa. Con el tiempo se olvidó su emplazamiento.

Un aragonés tozudo entra en escena. Es casi un desconocido. Su nombre: Roque Joaquín de Alcubierre, ingeniero. Y es el verdadero descubridor de Pompeya.

Roque nació en agosto de 1702 en Zaragoza, y en junio de 1734, con 32 años, aprovecha la victoria de Montemar para buscar fama y fortuna como ingeniero militar en Nápoles, ahora territorio español. Desde 1736 trabaja en las obras de ampliación del palacio real de Portici y en encargos relacionados con la conducción de aguas.
Dos años más tarde, ya capitán ingeniero, hizo amistad con un cirujano llamado Giovanni de Angelis, quien le confesó los muchos restos arqueológicos que se encontraban por la zona. Además, supo de la existencia del llamado “pozo Nocerino”, excavado por el príncipe de Elbeuf en 1720 mientras buscaba mármoles para su casa; un lugar en el que se habían encontrado cimientos de edificios antiguos. Con una intuición que lo acompañó el resto de su vida, Roque pensó que había grandes descubrimientos esperando a ser desenterrados, e informó a sus superiores.
El propio monarca Carlos III, un hombre culto, se mostró entusiasmado con la idea, compró los terrenos al príncipe de Elbeuf y, en una Real Orden fechada el 13 de octubre de 1738, encargó a nuestro zaragozano que comenzase de inmediato las excavaciones en el pozo Nocerino. Claro que, como suele ser norma en España, los medios con los que contaba no eran como para hacerse muchas ilusiones: tres obreros con sus picos y palas. Pero pronto Roque encontró el muro de un templo romano, y el monarca, muy motivado, puso a su cargo a quince obreros más.
El problema es que Alcubierre no era arqueólogo (en esa época la arqueología era una ciencia por nacer), y su formación de ingeniero militar le llevaba a excavar profundas galerías, oscuras y mal ventiladas, y muy peligrosas. A pesar de todo, las excavaciones avanzaron a buen ritmo y con grandes resultados, hasta que se encontró una inscripción: no se encontraban en un templo de Pompeya, sino en el teatro de Herculiano.
La mítica ciudad de Herculiano, que Plinio el joven había citado en una carta a Tácito unos 1650 años antes, y que había desaparecido de la historia, volvía a ver la luz. Su teatro, la basílica, esculturas, adornos y frescos. Todo en un estado de conservación asombrosamente bueno.
El importante hallazgo, que confirmaba el descubrimiento de los restos de una de las ciudades mencionadas en los textos de Plinio el Joven, alimentó aún más el entusiasmo de Alcubierre. Una galería tras otra, piezas de distinta índole se iban sucediendo sin descanso: esculturas de mármol y bronce, pequeños utensilios y, finalmente, bellísimas pinturas. Pero el trabajo bajo tierra, en esas oscuras galerías subterráneas viciadas por el humo de las lámparas, minó la salud de Roque Joaquín de Alcubierre, y tuvo que retirarse a Nápoles durante cuatro años, entre 1741 y 1745. Perdió casi toda su dentadura y se quedó prácticamente ciego.
Más tarde, algo recuperado, Roque Joaquín Alcubierre supo que se habían encontrado algunas pieza de interés en un terreno situado a varios kilómetros de allí. El ingeniero aragonés comenzó a excavar en aquella zona en 1748. De nuevo una inscripción hallada en 1763 confirmó que había encontrado Pompeya.
Carlos III no sólo financió las excavaciones; ordenó que se le informase de cada descubrimiento, promovió la publicación de tratados que estudiaran los restos y la fundación de un museo en el que conservar, catalogar y estudiar las piezas. Es importante destacar este hecho: se prohibió que pieza alguna saliera de Nápoles. Sólo hubo una excepción, una pequeña e insignificante caja de semillas, que se conserva en el museo arqueológico nacional de Madrid. Es el único tesoro que Carlos III se trajo de Nápoles.
¿Y Roque Joaquín Alcubierre? Johann Joachim Winckelmann, el verdadero padre de la arqueología, había criticado con dureza los modos de Roque, y empezaron a ser frecuentes los roces con sus subalternos, el suizo Carlos Weber y el romano Francesco de la Vega. Finalmente, nuestro bravo aragonés fue paulatinamente apartado de las excavaciones, y su figura cayó en un olvido insoportable, siendo como es una de las figuras fundamentales en el nacimiento de la arqueología.
Que se sepa: fue Roque Joaquín Alcubierre, zaragozano e ingeniero, quien, arrastrándose bajo tierra durante 42 años, envenenándose con un aire malsano, descubrió los tesoros de Herculiano y Pompeya.

 

 

Fuente | Antonio Carrillo Tundidor | Tradux