Otoño

Me encanta ver, cuando las hojas parten,
llegar al fin la clara anatomía:
el blanco invierno, parangón del arte
que mata toda forma de vida y sentimiento
menos lo puro, que tendrá su día.

En este instante, ahora, las cadenas
de los gansos se uncen a la luna
y el plátano la luz del sol no frena
y los pinos oscuros, sus púas exhibiendo,
se abren al mediodía y sus agujas.

Como canos atletas, los olivos
blanquean cuando el viento los azota,
y de la viña los ramajes vivos
llenan nuestras tinajas; cada gota
–dorado aceite, roja espuma ardiendo–
detiene el tiempo de los días estivos.

Va a deshacerse la podrida rama
al fuego del hogar, vivificado
y, color de rubí, jadeante llama,
se teñirán de carmesí tus dedos
a contraluz del vaso iluminado.

El Alcázar minado

Esta Roca de Fe, bombardeada por el trueno —
¡La eternidad escuchará como se erige
gracias a los que (sobreviviendo en el mismo Infierno),
con ella ascenderán a los cielos!
Hasta que como un susurro en las entrañas del Infierno
el censurado Milagro sea conocido,
y los atónitos Demonios recuerden
que sus propias y crueles torturas
fueron contrarrestadas por la constante fe;
¡Cómo los mortales, en sus huesos con su cadavérica palidez,
gangrenados y pudriéndose hasta los huesos,
con aladas almas de valor cristiano,
más allá del Olimpo o el Valhalla,
pueden defender diez mil toneladas de piedra!

Del Egeo

I
El amor
El archipiélago
Y la proa de sus espumas
Y las gaviotas de sus sueños
En la vela más alta el marinero hace ondear
Una canción

El amor
Su canción
Y los horizontes de su viaje
Y el eco de su nostalgia
En la roca más mojada la novia espera
Un barco

El amor
Su barco
y la despreocupación por sus vientos etesios
Y el foque de su esperanza
En su más suave oleaje una isla acuna
La llegada.

II
Juguetes las aguas
En los sombríos vados
Anuncian con sus besos el alba
Que despunta
Horizonte –

Y las palomas torcaces un eco
Hacen resonar en su cueva
Despertar azul en la fuente
Del día
Sol-

Da el mistral la vela
Al mar
Las caricias de los cabellos
A la indolencia de su sueño
Relente –

Una ola en la luz
Hace renacer los ojos
Donde la Vida boga hacia
La contemplación
Vida-

III
Murmullo beso en su arena acariciada – Amor
Su libertad azul la gaviota
Entrega al horizonte
Olas vienen y van
Espumosa respuesta en los oídos de las caracolas
¿Quién se llevó a la muchacha rubia y quemada por el sol?
La brisa con su soplo transparente
Inclina la vela del sueño
A lo lejos
Amor su promesa murmura – Bisbiseos.

 

De «Orientaciones»
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Versión de Ramón Irigoyen

Dichosa Donna

A la estrella de A.

¡Toma un polen de destello de queja
Un lugar que resplandezca en el infinito
Más arriba de la más alta esperanza tuya
Dichosa Donna! Y desde la punta del mundo de los rayos de sol
Rodó la esmeralda derretida
Olas para el céfiro de la música del austro

Olas para el céfiro de la música que toma
La virginidad de la noche lejos
Con viajes en inmensas cuevas
Con muchachas que aman los abrazos de los lirios
Y cantan la melodía de la hondura del cielo
Y sienten nostalgia de la santificación de la soledad del éter

¡Toma un lugar que relumbre en el infinito
Una muchacha de azul ojo inconmensurable
Con estambres de deseo en tu porte
Dichosa Donna! Y de un corazón consubstancial
Pasó para que veas de los años el fondo
Desparramado por los guijarros de la bonanza.

 

De «Orientaciones»
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Versión de Ramón Irigoyen

Dormida

La voz se corta en el trémulo viento y en sus árboles ocultos tú respiras

¡Es rubia cada página de tu sueño y según mueves tus dedos un incendio se esparce

Dentro de mí con vestigios tomados del sol! Y propicio sopla el mundo de las imágenes

Y el mañana exhibe totalmente desnudo su pecho marcado por la inmutable estrella

Que anochece la mirada como cuando va a agotar un firmamento

Oh no florezcas más en los párpados

Oh no remuevas más en las matas del sueño

Sabes qué suplica en los dedos el aceite enciende que guarda los portales del alba

Qué fresca revelación susurra en la espera el recuerdo convertido en hierba

Allí donde tiene esperanza el mundo ¡Allí donde el hombre no quiere sino ser hombre

En soledad y sin ningún Destino!

 

De «Orientaciones»
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Versión de Ramón Irigoyen

El concierto de los jacintos

I
Ponte un poquito más cerca del silencio y recoge los cabellos de esta noche que sueña, desnudo su cuerpo. Tiene
muchos horizontes, muchas brújulas, y un destino que arde incansable cada vez y sus cincuenta y dos papeles. Después
vuelve a empezar con otra cosa – con tu mano, que le da perlas para hallar un deseo, una islita de sueño.
Ponte un poquito más cerca del silencio y abraza la enorme ancla que gobierna en los abismos. Dentro de poco estará en
las nubes Y tú no entenderás, mas llorarás, llorarás para que yo te bese y cuando vaya a abrir una brecha en la mentira,
un pequeño tragaluz azul cielo en la ebriedad, me morderás.
Sombra celosa de mi alma, engendradora de una música en el claro de luna.

Ponte un poquito más cerca de mí.

 

De «Orientaciones»
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Versión de Ramón Irigoyen

Éste, este mundo * es el mundo de siempre…

Éste, este mundo * es el mundo de siempre
El del sol y del polvo * del tumulto y la siesta
El tejedor de las constelaciones * el plateador de musgos
En el sumergimiento del recuerdo * en el aflore del ensueño
Este mundo de siempre * es este mismo mundo
Címbalo, címbalo * vana risa lejana !

Éste, este mundo * es el mundo de siempre
El que saquea el placer * el que viola las fuentes
El de encima de los Cataclismos * el de debajo de los Huracanes
El ganchudo, el torcido * el tupido, el rubio
De noche con la flauta * de día con la cítara
En el pavimento de las ciudades * en el barbecho de los campos
él, el braquicéfalo * él, el dolicocéfalo
el voluntario * el rehusado
Hijo de Haggit * y Salomón.

Éste, este mundo * es el mundo de siempre
El del reflujo y el orgasmo * el del remordimiento y nubarrones
El inventor de los zodíacos * el trapecista de las cúpulas
En el extremo de la eclíptica * y en el confín del Universo
Este mundo de siempre * es este mismo mundo
Bocina, bocina * vana nube lejana!

 

De «Dignum est» 1959
Imprenta del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá 1994
Versión del profesor Jorge Páramo Pomareda

Eva

Te abandonas con ola en el silencio
Que asola mi habitada esperanza

Una antorcha al lado de la hoguera
Apuesta de los vientos nocturnos
Una marcha de sombra a la orilla de la Quimera
Una habitación
Habitación de hombres sencillos
Un misterio
Lavado y tendido en la mirada que deleita

En tu mirada o en la altura de su sol
Toda mi vida se vuelve una palabra
Todo el mundo tierra y agua
Y todas las llamas de mis dedos
Violan los labios del día
Cortan en los labios del día
Tu cabeza

Enfrentada a la soledad del sueño.

De «Orientaciones»
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Versión de Ramón Irigoyen

Hacia un país lejano y sin pecado ahora marcho…

Hacia un país lejano y sin pecado ahora marcho.
Ahora me acompañan ligeras criaturas
con auroras en el cabello boreales
y suave doradura en la epidermis.
Por las hierbas avanzo, con la rodilla como proa
y mi aliento expulsa de la faz de la tierra
los ovillos últimos del sueño.
Y los árboles marchan a mi lado, en contra de los vientos.
Grandes misterios veo y extraños :
Fuente, escondite de Elena.
Tridente con delfín, la señal de la Cruz.
Puerta blanca, la impía alambrada.
Por donde he de pasar glorioso.
Las palabras que me traicionaron, con bofetadas
se hacen mirtos y palmas
que repican ¡Hosanna el que viene!
Como placer de frutas veo la privación.
Sesgados olivares con un poco de azul entre los dedos
los años de la ira detrás de los barrotes.
Y playa ilímite, empapada en sortilegios de ojos bellos,
el fondo de la Marina.
Por donde puro marcharé.
Las lágrimas que me traicionaron, con humillaciones
se hacen brisas y pájaros sin tarde
que repican ¡Hosanna el que viene!
Hacia un país lejano y sin pecado ahora marcho.

 

De «Dignum est» 1959
Imprenta del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá 1994
Versión del profesor Jorge Páramo Pomareda

La bella de las bellas en el jardín

Despertaste la gota del día
Sobre el comienzo del canto de los árboles
¡Oh qué bella que estás
Con tus alegres cabellos desplegados
Y con la fuente donde viniste abierta
Para que te oyera que vives y que avanzas!

¡Oh qué bella que estás
Corriendo con el plumón de la alondra
En torno a las fragancias que te soplan
Como sopla el suspiro la pluma
Con un gran sol en los cabellos
Y con una abeja en el resplandor de tu danza!

¡Oh qué bella que estás
Con la nueva tierra que sufres
Desde la raíz hasta la cima de las sombras
Entre las redes de los eucaliptos
Con la mitad del cielo en tus ojos
Y con la otra en los ojos que amas!

¡Oh qué bella que eres
Según despiertas el molino de los vientos
E inclinas tu nido a la izquierda
Para que no vaya perdido tanto amor
Para que no se lamente ni una sombra
En la mariposa griega que encendiste!

Arriba con tu matinal delectación
Colmada del césped del amanecer
Colmada de los pájaros oídos por primera vez!
¡Oh qué bella que estás
‘Tirando la gota del día
Sobre el comienzo del canto de los árboles!

 

De «Orientaciones»
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Versión de Ramón Irigoyen

Monje me haré * de cosas florecientes…

Monje me haré * de cosas florecientes
Serviré dignamente * al orden de las aves
Al alba de la Higuera * me saldré de la noche
Cubierto de rocío * para llevar conmigo
El índigo * el rosado y el malva
y las gentiles gotas * de agua
Encender * yo, el gentilísimo.

Como santas imágenes * tendré muchachas puras
Vestidas sólo con * linos del mar
Habré de hacer que tome * del mirto los instintos
Mi pureza * del animal los músculos
P ara al ordinario * al lanudo, al indócil
En jugo de mi entraña * ahogar
Por siempre * yo, el jugosísimo.

Pasarán tiempos * de muchas injusticias
De ganancias, de honores * de arrepentimiento y golpes
Enrabiado se lanzará * Bucéfalo a mi sangre
Mis deseos albos * para patear
La hombría * el amor la luz
Y oliéndolos potentes * relin-
Chará * el potentísimo.

Pero entonce a las seis * de los alzados lirios
Cuando mi juicio cause * desgarrón en el Tiempo
El mandamiento undécimo * emergerá desde mis ojos
Sea este mundo * o no lo sea
El Parto el Endio * samiento el Semper
Que habré con la justicia * de mi alma
Predicado * yo, el justísimo.

 

De «Dignum est» 1959
Imprenta del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá 1994
Versión del profesor Jorge Páramo Pomareda

Roy Campbell, Durban (Sudáfrica), 1901–1957

Segunda naturaleza

I
¡Sonrisa! ¡Su princesa quiso
Nacer bajo la dinastía de las rosas!

II
El tiempo es rauda sombra de pájaros
Mis ojos de par en par abiertos entre sus imágenes

En torno al verdísimo triunfo de las hojas
Las mariposas viven grandes aventuras

Mientras la inocencia
Se desviste de su última mentira

Dulce aventura Dulce
La Vida

III

Epigrama

Antes que mis ojos fuiste luz
Antes que el Amor amor
Y cuando el beso te prendió
Mujer

 

De «Orientaciones»
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Versión de Ramón Irigoyen

Sinuosidad

En las franjas moradas del dolor
En las estatuas de la agonía
En los húmedos silencios
Hay un rostro
Tan a fondo extraído de las lágrimas
Tan incomprensible
Tan caliente en la mano que le hace señas
Otro rostro
Una visión con antorchas que rasga la desolación
A horcajadas la noche en sus cordilleras
Con estrellas como señales que se lanzaron con honda
Antaño desde la edad de su infancia
Y dan el buen viaje de la vida
Sobre las pendientes de la compasión.

Hay
Una tierna curva que al dolor adeuda
La aventura de su torrente de luz
Una lupa que une los errores
Como entrañas supinas que arrojó la suerte
Allí

Un buen -por la sombra que lo hechiza- muro
Forma un ángulo antes del llanto
Después llegan las tallas del desastre
Árboles con los únicos muebles de sus dedos
Con la única fe de su hablar desarraigado
Es bueno que no hablen aquellos que vivieron
Los demás sostienen lamentos en las manos
Corriendo más allá como alas imbautizables

Vivieron
Un pozo abre miedos tras cada una de sus esperanzas
Por qué ha de temblar este alambre
Este pájaro qué mirada ha de alimentar
Qué queremos
Hay

Un rostro apagado en cada telón de olvido.

 

De «Orientaciones»
Ediciones del oriente y del mediterráneo 1996
Versión de Ramón Irigoyen

Vinieron en vestido de «amigos»…

Vinieron
en vestido de «amigos»
incalculables veces mis enemigos
hollando el antiquísimo suelo.
Y el suelo no se adhería nunca a sus talones.
Trajeron
al Sabio, al Agrimensor y al Colonizador,
Biblias con letras y con cifras,
toda la Sumisión y Prepotencia,
dominando la antiquísima luz..
Y la luz no se adhería nunca a sus tejados.
Ni siquiera una abeja se engañó para empezar su juego de oro
y ni siquiera el viento, para henchir los blancos delantales.
Levantaron sobre cimientos
en las cimas, en los valles, en los puertos
torreones poderosos y mansiones,
barcas y otros navíos,
las Leyes, que decretan lo bueno y conveniente,
adaptándolas a antiquísima norma.
Y la norma no se adhería nunca a sus conceptos.
Ni siquiera una huella de dios dejó en sus almas rastro.
Ni siquiera un reflejo de ninfas recogió su palabra.
Llegaron
en vestido de «amigos»
incalculables veces mis enemigos
ofreciendo sus antiquísimos regalos.
Y no eran sus regalos
sino fuego y acero.
En los dedos que mantenían abiertos
sólo fuego y acero y armas.
Sólo fuego y acero y armas.

 

De «Dignum est» 1959
Imprenta del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá 1994
Versión del profesor Jorge Páramo Pomareda

Helena

Con la primera gota de la lluvia murió el verano
Se empaparon las palabras que habían engendrado la claridad
nocturna
Todas las palabras que estaban solamente destinadas ¡a Ti!
Hacia dónde extenderemos nuestras manos ahora que el tiempo
ya no nos tiene en cuenta
Hacia dónde abandonaremos nuestra mirada ahora que las líneas
lejanas naufragaron en las nubes
Ahora que tus párpados se cerraron sobre nuestros paisajes
Y estamos – como si la niebla hubiera penetrado en nosotros —
Solos totalmente solos rodeados de tus muertas imágenes.

Con la frente en la ventana velamos el nuevo dolor
No es la muerte quien nos derribará puesto que Tú existes
Puesto que existe en otra parte un viento para vivirte plenamente
Para vestirte de cerca como te viste de lejos nuestra esperanza
Puesto que existe en otra parte
Una verde llanura más allá de tu sonrisa hasta el sol
Diciéndole confidencialmente que nos encontraremos otra vez
No no es la muerte a quien enfrentaremos
Sino a esta gota de lluvia otoñal
Un confuso sentimiento
La fragancia de la tierra húmeda en nuestras almas que se alejan
de todo

Y si no está tu mano en nuestra mano
Y si no está tu sangre en las venas de tus sueños
La luz en el inmaculado cielo
Y la música invisible dentro de nosotros oh melancólica
Pasajera de todo cuanto nos retiene todavía en el mundo
Es el viento fresco la hora del otoño la separación
El amargo instante de apoyar el codo en el recuerdo
Que surge cuando la noche viene a separarnos de la luz
Detrás de la ventana rectangular que mira hacia la tristeza
Que nada ve
Porque se hizo ya música invisible llama en la chimenea
tañido del gran reloj de pared
Porque se hizo ya
Poema verso tras verso sonido paralelo a la lluvia lágrimas
y palabras
Palabras no como las otras pero también ellas solamente destinadas:
¡a Ti!

Edad del recuerdo azul

Olivares y viñedos lejos hasta el mar
Rojas barcas de pesca más lejos hasta el recuerdo
Dorados élitros de agosto en el sueño del mediodía
Con algas o caracolas. Y aquel barco
Recién botado, verde, que lee aún en las serenas aguas
del golfo Dios proveerá

Pasaron los años hojas o guijarros
Recuerdo a los muchachos, los marineros que partían
Pintando las velas como sus corazones
Cantaban los cuatro puntos cardinales
Y tenían dibujados vientos boreales en sus pechos.

Qué buscaba cuando llegaste teñida por el amanecer
Con la edad del mar en los ojos
Y la salud del sol en el cuerpo –qué buscaba
En las hondas grutas marinas en los vastos sueños
Donde el viento desconocido y azul
Espumaba el sentimiento, grabando en mi pecho su
emblema marino

Con la arena en los dedos cerraba los dedos
Con la arena en los ojos apretaba los dedos
Era el dolor—
Recuerdo era abril cuando sentí por primera vez tu peso
humano
Tu cuerpo humano arcilla y pecado
Como en nuestro primer día sobre la tierra
Las amarilis estaban de fiesta –Pero recuerdo
que te dolió
Fue una profunda marca en los labios
Un profundo rasguño en la piel allí donde el tiempo se graba
para siempre
Entonces te dejé
Y un hálito sonoro levantó las blancas casas
Los blancos sentimientos recién lavados hacia lo alto
Hacia el cielo iluminado por una sonrisa.

Ahora tendré a mi lado un cántaro de agua inmortal
La forma del viento que sopla libremente
Y tus manos aquellas donde será torturado el Amor
Y aquel caracol donde resonará el Egeo.

Imagen de Beocia

Aquí donde la desierta mirada sopla sobre las piedras y los
agaves
Aquí donde se escuchan los profundos pasos del tiempo
Donde se abren grandes nubes como dorados estandartes
Sobre la metopa del cielo
Dime de dónde partió la eternidad
Dime cuál es la señal de tu dolor
Y cuál el destino de la eleminta

Oh tierra de Beocia iluminada por el viento

Qué fue de la orquesta de manos desnudas bajo los palacios
De la piedad que subía como humo sagrado
Dónde están las puertas con los antiguos pájaros cantando
Y el choque de las armas que despertaba el terror de los pueblos
Cuando el sol entraba triunfante
Cuando el destino palpitaba en la lanza del corazón
Y se encendían trinos civiles
Qué fue de las inmortales libaciones de marzo
De las líneas griegas en el agua de la hierba

Fueron heridos las frentes y los codos
El tiempo atravesó rosado el ancho cielo
Los hombres avanzaron
Llenos de dolor y de sueños

¡Áspera imagen! Ennoblecida por el viento
De una tormenta de verano que deja sus huellas
Llameantes en las líneas de las colinas y de las águilas
En las líneas que el destino trazó en tu mano

Qué sabes de enfrentar qué sabes de vestir
Vestida como estás por la música de las hierbas y cómo avanzas
Entre los brezos y las salvias
Hacia el punto final de la flecha

En esta roja tierra de Beocia
Al sonido marcial de las rocas desiertas
Encenderás las doradas gavillas del fuego

Arrancarás la mala fertilidad del recuerdo
¡Dejarás un alma amarga en la menta silvestre!

Marina de las rocas

Tienes gusto a tempestad en los labios – Pero dónde vagabas
Todo el día en la dura ilusión de la piedra y del mar
Un viento de águilas desnudó las colinas
Desnudó tu deseo hasta el hueso
Y las niñas de tus ojos tomaron el escítalo de la Quimera
¡Estriando con espuma el recuerdo!
Dónde está la conocida pendiente del pequeño setiembre
En la roja tierra donde jugabas mirando hacia abajo
Los profundos habares de las otras muchachas
Los rincones donde tus amigas dejaban a manos llenas el romero

Pero dónde vagabas
Toda la noche en la dura ilusión de la tierra y del mar
Te decía que contaras en el agua desnuda sus luminosos días
Que gozaras de espaldas el alba de las cosas
O volvieras de nuevo por los campos amarillos
Con un trébol de luz en tu seno de heroína de yambo.

Tienes gusto a tempestad en los labios
Y un vestido rojo como la sangre
En el oro profundo del verano
Y el aroma de los jacintos –Pero dónde vagabas
Descendiendo a las playas a los golfos llenos de guijarros
Había allí una fría y salobre planta marina
Pero en lo hondo un sentimiento humano se desangraba
Y abrías asombrada tus manos diciendo su nombre
Ascendiendo ligeramente hasta la claridad de los abismos
Donde brillaba tu propia estrella de mar.

Escucha, la razón es la prudencia de los últimos
Y el tiempo un febril escultor de los hombres
Y el sol se yergue sobre él como una fiera de esperanza
Y a su lado tú estrechas un amor
Teniendo amargo gusto a tempestad en los labios.

No es para que esperes azul hasta el hueso otro verano
Para que los ríos cambien de curso
Y te lleven hacia atrás hacia sus fuentes
Para que beses nuevamente otros cerezos
Y vayas cabalgando en el viento del Este

Erguida en las rocas sin ayer ni mañana
En el peligro de las rocas con un peinado de tormenta
Despedirás tu enigma.

Roy Campbell, Durban (Sudáfrica), 1901–1957

Melancolía del Egeo

¡Qué coherencia del alma en los alciones de la tarde!
¡Qué calma en las voces de la tierra lejana!
El cuclillo en el pañuelo de los árboles
Y el místico instante de la cena de los pescadores
Y el mar que toca la armónica
La lejana pena de la mujer
De la bella que desnudó sus pechos
Cuando el recuerdo entró en los nidos
Y las lilas regaron con fuego el poniente.

Con el caique y las velas de la Virgen
Partieron rumbo al viento
Los amantes de la extranjería de los lirios
Pero cómo la noche arrulló aquí el sueño
Con vaporosos cabellos sobre cuellos traslúcidos
O en vastos y blancos litorales
Y cómo la áurea espada de Orión
Vertió y esparció en lo alto
El polvo de los sueños de muchachas
Que olían a menta y albahaca.

En la encrucijada donde se detuvo la antigua maga
Quemando los vientos con tomillo seco
Las esbeltas sombras pasaron levemente
Con un cántaro de agua silenciosa en la mano
Con toda facilidad como si entraran al paraíso
Y de la oración de los grillos que cubrió de espuma los campos
Asomaron las bellas de piel lunar
Para danzar en la era de la medianoche…

Oh señales que pasáis por el fondo
Del agua que sostiene un espejo
Siete nardos resplandecientes

Cuando regrese la espada de Orión
Hallará pobre pan bajo la lámpara
Pero un alma en el rescoldo de los astros
Hallará grandes manos ramificadas hacia el infinito
Algas solitarias últimos retoños del mar
Años verde pedrería

¡Oh verde gema –qué adivino de tormentas te vio
Detener la luz en el nacimiento del día
La luz en el nacimiento de los dos ojos del mundo!

El monograma

IV

Es temprano todavía en este mundo, me oyes
No se han domesticado los monstruos, me oyes
Mi sangre derramada y el afilado, me oyes
Cuchillo
Como un cordero que corre por el cielo
Y quiebra las ramas de los astros, me oyes
Soy yo, me oyes
Te amo, me oyes
Te tengo y te llevo y te visto
Con el blanco vestido nupcial de Ofelia, me oyes
Dónde me dejas, dónde vas y quién, me oyes

Te toma la mano sobre los cataclismos

Las enormes lianas y la lava de los volcanes
Llegará un día, me oyes
En que habrán de sepultarnos y miles de años después, me oyes
Nos convertirán en resplanceciente roca petrificada, me oyes
Para que brille sobre ella la crueldad, me oyes
De los hombres
Y nos arroje en mil pedazos, me oyes
A las aguas uno por uno, me oyes
Cuento mis amargos guijarros, me oyes
Y el tiempo es una gran Iglesia, me oyes
Donde a veces las imágenes, me oyes
De los santos
Lloran lágrimas verdaderas, me oyes
Las campanas abren en el cielo, me oyes
Un hondo vado para que pase
Aguardan los ángeles con cirios y salmos fúnebres
No voy a ninguna parte, me oyes
Los dos juntos o ninguno, me oyes
Esa flor de la tormenta y, me oyes
Del amor
La cortamos de una vez para siempre, me oyes
Y no volverá a nacer de otra forma, me oyes
En ninguna otra tierra, en ninguna otra estrella, me oyes
No existe la tierra, no existe el aire
que tocamos, el mismo, me oyes

Y ningún jardinero fue tan felíz en otros tiempos

Por tanto invierno y tantos vientos, me oyes
Azotando flores, sólo nosotros, me oyes
En medio del mar
Por la sola voluntad del amor, me oyes
Elevamos una isla entera, me oyes
Con cuevas y cabos y floridos acantilados
Oye, oye
¿Quién habla en el agua y quién llora –oyes?
¿Quién busca al otro, quién llama –oyes?
Soy yo que llamo y soy yo que lloro, me oyes
Te amo, te amo, me oyes.

To axion estí (Dignum est)

La Pasión, 1

He aquí, pues,
al creado para las pequeñas Kores y las islas del Egeo,
el amante del brinco de las corzas
y adepto de las hojas del olivo,
el bebedor del sol y exterminador de langostas.
Heme aquí frente
al traje negro de los fascinerosos
y el vientre vacío de los años, que abortó a
sus hijos, ¡el grito erótico!
El viento desata los elementos y el trueno asalta la montaña.
¡Destino de los inocentes, otra vez solo, allí, en los Desfiladeros!
Abrí mis manos en los Desfiladeros
Vacié mis manos en los Desfiladeros
y no vi otra riqueza, no oí otra riqueza
que frescos manantiales vertiendo
Granadas o Céfiros o Besos.
Cada cual con sus armas, dije:
Abriré mis granadas en los Desfiladeros
Apostaré los céfiros como centinelas en los Desfiladeros
liberaré los viejos besos santificados por mi anhelo.
El viento desata los elementos y el trueno asalta la montaña.
¡Destino de los inocentes, eres mi propio Destino!

Sol el primero

No conozco ya la noche, terrible anonimia de la muerte.
En lo hondo de mi alma ancla una flota de estrellas.
Véspero, centinela, brilla junto a la celeste
brisa de una isla que me sueña
para que anuncie yo el alba desde sus altas rocas.
Mis dos ojos en abrazo te navegan, con el astro
de mi verdadero corazón: no conozco ya la noche.

No conozco ya los nombres de un mundo que me niega.
Nítidamente leo las conchas, las hojas, las estrellas.
El rencor me es superfluo en las sendas del cielo.
Salvo que sea el sueño, que me vuelve a mirar
cruzar con lágrimas, el mar de la inmortalidad.
Véspero bajo el arco de tu fuego de oro,
La noche, que es sólo noche, no la conozco ya.

Tiempos serenos

Un nombre fresco cual si en el mar hubiese crecido
o hubiera vivido con una azulada primavera en el pecho
trae al mundo cerca. Y es el día
en cuyo interior ha comenzado el íntimo
Orto que olvidó las lágrimas,
mostrando en los espacios de los ojos
terrenales fragmentos de felicidad.

Salmo primero

Heme aquí pues,
el creado para las niñas y las islas del Egeo;
el amante de los saltos de las corzas
y sacerdote de las hojas del olivo;
el bebedor de sol y cazador de saltamontes.

Heme aquí justo al frente
del traje negro de los decididos
y del vientre vacío de los años, que abortó a sus hijos,
del grito del celo.
Una brisa disuelve los elementos y un trueno golpea las montañas,
¡Suerte de los inocentes, de nuevo sola, hete aquí, en los Estrechos!

En los Estrechos mis manos vacié
y otras riquezas no ví, y otras riquezas no oí,
sino fuentes frías que manan
granadas o Céfiros o besos.
“Cada uno y su arma”, dije:
en los Estrechos mis granadas abriré.
En los Estrechos, guardianes a los Céfiros pondré.
¡Liberaré los viejos besos que mi anhelo ha consagrado!
Una brisa disuelve los elementos y un relámpago golpea las montañas.
¡Suerte de los inocentes, eres mi propia suerte!

Oda a Santorini

Isla volcánica del archipiélago de Las Cícladas

(Fragmento)

Brotaste de las entrañas de un trueno,
estremeciéndote en las nubes contritas,
roca amarga, sufrida, orgullosa,
buscaste el sol como primer testigo
para enfrentaros juntos al temerario fulgor
para desplegaros en el piélago como un eco.

Despertada por el mar, altiva,
erguiste un pecho de roca,
salpicada por la inspiración del viento sudeste,
para que allí grabara sus entrañas la esperanza,
para que allí esculpiera sus entrañas el dolor.
Con fuego, con lava, con humo,
con palabras que predican el infinito,
diste a luz la voz del día.

Roy Campbell, Durban (Sudáfrica), 1901–1957

La apuesta eterna

 

1

Porque un día morderás el nuevo limón
y liberarás
de su interior enormes cantidades de sol.

 

2

Porque todas las corrientes de los mares
súbitamente iluminadas te enseñarán
a elevar la tempestad al plano ético.

 

3

Porque incluso en tu muerte serás de nuevo
como el agua al sol
que se enfría por instinto.

 

4

Porque serás iniciada por los pájaros
y una hojarasca de palabras te vestirá
de lengua griega para que parezcas invencible.

 

5

Porque una gota culminará
imperceptiblemente tus párpados
más allá del dolor y tras un largo llanto.

 

6

Porque toda la crueldad del mundo se convertirá en piedra
y te sentarás dominadoramente
con un dócil pájaro en tu palma.

 

7

Porque tú sola te adaptarás por fin
despacio a la grandeza
del alba y el ocaso.

 

De: «María Nefeli» – 1978
Traducción de Cristian Carandell
Recogido en «Dignum est y otros poemas»
Ed. Galaxia Gutenberg 2008©
ISBN:978-84-8109-717-7

El sueño de los valientes

Huelen a incienso todavía, y tienen el rostro quemado por la travesía de los Grandes Lugares Oscuros.

Allí donde el golpe los arrojó lo Inamovible

De bruces, en una tierra cuya anémona más chiquita bastaría para envenenar el aire del infierno

(Una mano hacia delante, diríase que pugna por agarrar el futuro, la otra bajo la cabeza desolada, vuelta hacia el costado

Como si contemplara por última vez, en los ojos de un caballo destripado, el cúmulo de escombros humeantes)

Allí los soltó el Tiempo. Una de las alas, la más roja, cubrió el mundo, mientras la otra, delicada, se agitaba ya en el espacio,

Sin arrugas ni remordimiento pero a gran profundidad

La antigua sangre inmemorial comenzaba penosamente a amanecer, en medio de la negrura del cielo

Un sol joven, inmaduro aún

Que no alcanzaba a disolver la escarcha de los corderos del trébol vivo, pero anulaba, antes de que brotara una espina siquiera, el oráculo de las tinieblas…

Y desde el principio Valles, Montañas, Árboles, Ríos,

Resplandecía una creación de sentimientos vengados, idéntica pero vuelta del revés, por lo que ellos mismos pudieran pasar ahora, con el Verdugo ejecutado en su pecho,

¡Campesinos del azul infinito!

Ni siquiera al dar las doces en las profundidades, ni siquiera la voz del Polo, cayendo en picado, les hizo volver sus pasos,

Leían ávidamente el mundo con los ojos abiertos para siempre, allí donde de golpe los arrojó lo Inamovible

De bruces, allí se precipitaban los buitres para saborear la arcilla de sus entrañas y su sangre.

 

De: «Seis y un remordimiento por el cielo», 1960
Traducción de Cristian Carandell
Recogido en «Dignum est y otros poemas»
Ed. Galaxia Gutenberg 2008©
ISBN:978-84-8109-717-7

La Santa Inquisición

Ojo que lo que te quita
te lo añade el dolor, Hombre
Conservalmas
que te ufanas

Haz la guerra cuanto quieras
no tiene talones la Perfección

Y es preciso que sigamos adelante
que llenamos todos los Vacíos
si no que nos autodestruyamos sacando
fuerzas del pasado.
Llegará el día en que trinaremos en pie
y valientes en la belleza.
Tarde o temprano
los pájaros nos domesticarán

Adelante, muchachos…

El verdadero valor
ha de bautizarse en alta mar
y traer algo del viento etesio
en las octavas plantas de los edificios
debe abandonar los campos de batalla
y desarrollarse en el amor y los libros
que salga con otro nombre más bonito
y que espere allí.

 

De: «María Neefelli» – 1978
Traducción de Cristian Carandell
Recogido en “Dignum est y otros poemas”
Ed. Galaxia Gutenberg 2008©
ISBN:978-84-8109-717-7

Bebiendo sol corintio…

Bebiendo sol corintio
Leyendo los mármoles
Brincando sobre los mares de viñedos
Apuntando con el arpón
Un pez votivo escurridizo
Encontré las hojas que el salmo del sol recita de memoria
La tierra viva que el deseo se goza
En abrir.

Bebo agua corto fruta
Hundo las manos en los follajes del viento
Los limoneros riegan el polen del verano
Pájaros verdes rasgan mis sueños
Me voy con una mirada
Una amplia mirada en la que el mundo vuelve a ser
Bello desde el principio a la medida del corazón.

 

De: «El sol primero» – IV – 1943
Recogido en «Dignum est y otros poemas»
Traducción de Cristian Carandell
Ed. Galaxia Gutenberg 2008©
ISBN:978-84-8109-717-7

La muchacha naranja

A Andreas Kambás

Tanto la embriagó el zumo del sol
Que abatió su cabeza y aceptó ser
Poco a poco ¡la pequeña muchacha naranja!
Así mientras resplandecieron en azul los siete cielos,
Así mientras rozaron una hoguera los cristales,
Así mientras destellaron colas de golondrinas,
Perplejos arriba los ángeles y abajo las muchachas,
Perplejos arriba las cigüeñas, abajo los pavos reales.
Y todos juntos se reunieron y todos juntos la vieron
Y todos juntos la llamaron: ¡Muchacha Naranja!
Se embriaga la viña y el escorpión, se embriaga el mundo entero
Pero el aguijón del día no suelta el dolor.
Lo dice la garza diminuta entre gusanos.
Lo dice el golpe de agua en las ocasiones de oro.
Lo dice incluso el rocío en el labio superior del buen Bóreas:
¡Arriba pequeña, pequeña, pequeña Muchacha Naranja!
Como te conoce el beso nadie te conoce.
Ni te conoce siquiera el risueño dios
Que con su mano abierta en el ardiente resplandor
¡Te muestra desnuda a sus treinta y dos vientos!

La ciclista

La senda junto al mar anduve
que hacía la ciclista cada día
Hallé las frutas que llevaba su canasto
y el anillo caído de su mano

Hallé la campanita y su chamanto
las ruedas el manubrio y el pedal
Hallé su cinturón y en una orilla
una piedra translúcida parecida a una lágrima

Una a una guardé todas las cosas
y dónde ha de estar la ciclista me decía
La vi pasar arriba de las olas
al otro día encima de las tumbas

Perdí sus huellas la tercera noche
en los cielos prendiéronse las lámparas.

Vinieron en vestido de «amigos»…

Vinieron
en vestido de «amigos»
incalculables veces mis enemigos
hollando el antiquísimo suelo.
Y el suelo no se adhería nunca a sus talones.
Trajeron
al Sabio, al Agrimensor y al Colonizador,
Biblias con letras y con cifras,
toda la Sumisión y Prepotencia,
dominando la antiquísima luz..
Y la luz no se adhería nunca a sus tejados.
Ni siquiera una abeja se engañó para empezar su juego de oro
y ni siquiera el viento, para henchir los blancos delantales.
Levantaron sobre cimientos
en las cimas, en los valles, en los puertos
torreones poderosos y mansiones,
barcas y otros navíos,
las Leyes, que decretan lo bueno y conveniente,
adaptándolas a antiquísima norma.
Y la norma no se adhería nunca a sus conceptos.
Ni siquiera una huella de dios dejó en sus almas rastro.
Ni siquiera un reflejo de ninfas recogió su palabra.
Llegaron
en vestido de «amigos»
incalculables veces mis enemigos
ofreciendo sus antiquísimos regalos.
Y no eran sus regalos
sino fuego y acero.
En los dedos que mantenían abiertos
sólo fuego y acero y armas.
Sólo fuego y acero y armas.

 

De:«Dignum est» – 1959
Traducción de Jorge Páramo Pomareda

Roy Campbell, Durban (Sudáfrica), 1901–1957
Roy Campbell, Durban (Sudáfrica), 1901–1957
Roy Campbell, Durban (Sudáfrica), 1901–1957
Roy Campbell, Durban (Sudáfrica), 1901–1957