El académico y catedrático de Derecho Administrativo Santiago Muñoz Machado llevaba media vida queriendo contar la epopeya del español en América. En los últimos tiempos se ha entretenido con otras obras de gran calado, individuales y colectivas, pero el último año y medio ha reunido el tiempo necesario para redactar el libro tan anhelado: Hablamos la misma lengua, publicado por Crítica.

Tal vez el impulso último para acometer este tocho de más de 800 páginas se lo ofreció figurarse una imagen: “la de un Cristóbal Colón que llega a Guanahaní o a La Española y no comprende una palabra de lo que allí se habla”. Con ese pie, Muñoz Machado narra el empeño de la Corona española por implantar el castellano en ultramar.

Su libro se distingue de las aproximaciones habituales a la cuestión, centradas en los rasgos léxicos o fonéticos del español de América, en que propone por primera vez una historia política, social, cultural y religiosa de un proceso muy diferente, por cierto, del emprendido por otras potencias coloniales.

“Se trata de una aventura fantástica, pero a los españoles nos encanta fustigarnos, recrearnos en que fuimos grandes malvados y no contar la generosidad que no ha tenido ningún otro colonizador. Los españoles llevamos nuestra cultura, todo lo que sabíamos en aquel momento; nos mezclamos con los nativos, hasta les dimos algo que no teníamos en la península: una lengua única que llegó a convertirse en la lengua del continente”, mantiene el secretario de la Real Academia Española (RAE).

No sólo llevamos a América un idioma único, sino también un derecho fragmentado aquí en regulaciones forales. De hecho, el Código Civil español se retrasará hasta 1889 y para entonces el de Chile llevará vigente más de 30 años. Ya dijo Nebrija que “la lengua es compañera del imperio”, de manera que el código chileno se llevó de la mano por aquellos pagos al español. “El idioma avanza con el poder, la legislación y la administración de los territorios”, remacha el catedrático.

Pero su implantación se topó con recios obstáculos. Fue clave el mandato papal de supeditarla a la evangelización, pues “los misioneros interferían en las políticas de castellanización: preferían adoptar las lenguas amerindias porque eso los convertía en intermediarios necesarios entre la Monarquía y los nativos”.

Desde la época de los Reyes Católicos y durante el reinado de los Austrias, se practicaron “una política de descentralización -prosigue Muñoz Machado- y unos hábitos de respeto de las culturas locales” muy alejados de “los métodos más brutales” de otros colonizadores.

La situación se transforma radicalmente con la Ilustración y la llegada de los Borbones, más proclives a centralizar y controlar más firmemente la gobernación de América, a “reconquistar” una tierra que se había tornado desconocida para la metrópoli, si alguna vez la había llegado a conocer. Es sabido que con ese fin quisieron desmantelar el inmenso poder acumulado por los misioneros y las órdenes mendicantes, proceso en el que se inscribe la expulsión de los jesuitas.

Este hecho es decisivo en un doble sentido, explica el académico. “Por un lado, permite a la Corona una relación más directa con los indios. Por otro, los jesuitas expulsos inician sus políticas antiespañolas; reivindican la época precolombina y siembran las semillas de los futuros defensores de la independencia”.

Tras la descolonización, las nuevas repúblicas americanas se enfrentarán a su vez al dilema de decidir cuál será su idioma nacional. Pugnarán los partidarios de acuñar una nueva lengua y los de quedarse con el idioma del opresor, si bien enriqueciéndolo con sus variantes locales.

“Se impuso esta segunda opción”, señala Muñoz, por la contribución decisiva de la RAE, a la que se terminó reconociendo su autoridad reguladora, y de personalidades como Andrés Bello, que convenció a sus contemporáneos más virulentos de la necesidad de usar el mejor y más castizo castellano, el del Siglo de Oro, como hizo él mismo en el Código Civil chileno y en la Gramática española para americanos.

“Han pasado dos siglos”, concluye el catedrático, “y América ha sabido crear un español maravilloso por sonoridad y fuerza”. En cuanto a nosotros, dice, “si España puede presumir de algo, es de que se hable nuestra lengua en América; ésa es la verdadera Marca España”.

 

 

Fuente | Santiago Muñoz Machado | El Mundo Cultura (1/12/2017)

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