Canal TLV1 – Disenso N° 07

Diego Charamoni, profesor de filosofía, coordinador de grupos jóvenes interesados en la disciplina filosófica actual. Experto en Kierkegaard a traves de las enseñanzas del Padre Leonardo Castellani.

Canal TLV1 – El Compromiso del Laico N° 24

En el editorial del mes, el conductor del programa recuerda al Padre Leonardo Castellani, señalando la impronta que este auténtico sacerdote, maestro e inspirador le ha dejado en su vida, como a tantos de sus discípulos. En una segunda parte, analiza el pensamiento del Padre Castellani respecto a la educación en la Argentina, trasladando su pensamiento a la grave crisis educativa que hoy vivimos.

Sermones

Ayuno y tentaciones de Cristo

Hoy hay sacerdotes que niegan las Tentaciones. Tengo el resumen de un artículo publicado con toda clase de aprobaciones en la  “Revista Eclesiástica” de Lima, que me mandó mi amigo el P. jesuita Florentino Alcañiz: niega la realidad de las Tentaciones de Cristo y afirma que son una “dramatización” para expresar la eterna lucha del bien y del mal. Niega también que haya endemoniados y afirma que todos los “endemoniados” del Evangelio fueron enfermos y nada más. ¿Y cómo Cristo los dio por endemoniados, e incluso habló con los demonios? Ah, ésa es otra “dramatización”, para significar la existencia del mal en el mundo. Después, como si esto fuese poco, se mete con la Santísima Madre de Jesucristo (cosa que Jesucristo no suele tolerar) y dice que la aparición del Ángel Gabriel es un cuento ridículo… y que eso es otra dramatización del “monólogo interior” de María Santísima… o sea, que la Virgen se preguntó ella misma y se respondió ella misma: -¿Quieres ser Madre de Dios? -Sí quiero, cómo no.

Entonces, según Su Sapientísima Reverencia, los milagros de Cristo podrían ser todos “dramatizaciones” -Perfectamente, cómo no -Entonces, Reverendo, ¿en qué se funda su fe? -Se funda en la razón -Hace mucho tiempo que no tienes ni pizca de fe -ni pizca de razón- diría tu Padre San Ignacio de Loyola.

Me hace acordar lo que le sucedió a un paisano mío de Reconquista, que se le paró al lado un turista en auto y dijo: -Oiga amigo ¿éste es el camino que va a Reconquista? –Sí señor. El otro puso en marcha el auto y el paisano le gritó: -Ep, párese! -¿Qué hay? -Este es el camino de Reconquista… pero si quiere llegar a Reconquista, pegue media vuelta y agarre pal otro lao, dirección contraria. Así este Profesor de Escritura, anda por la Sagrada Escritura, pero en dirección contraria: cree que anda entrando y anda saliendo.

Las Tentaciones de Cristo son reales y verdaderas. No diré que sean fáciles: son la mar de raras.

Algunos intérpretes (Durand, y también en cierto modo San Jerónimo y San Juan Crisóstomo) dicen que es natural, Cristo siendo Dios no podía ser tentado como nosotros los hombres. Pero Cristo no fue tentado como Dios, es imposible… y su natura de hombre es esencialmente la misma que la mía.

Mejor dijo el gran místico alemán del siglo XIII Maestro Eckhart: que las tentaciones de Cristo fueron las mismas que las nuestras. ¿Cómo se entiende eso?

La materia de nuestras tentaciones es diferente… en realidad es diferente en cada hombre… pero el fondo (o sea lo que llaman los tomistas “la forma”, que no significa figura sino la estructura esencial de cada cosa, el “alma” como si dijéramos) ésa es la misma. El esquema general es el mismo.

En la parábola de las “Dos Banderas” que inserta San Ignacio en sus “Ejercicios Espirituales”, presenta a Cristo y a Satán como dos caudillos que están reclutando gente para sus campañas bélicas: San Ignacio ve la vida cristiana como una milicia, pues él había sido milico. El Mal Caudillo se sienta en un trono de fuego y humo, en figura horrible y espantosa… y haciendo llamamiento de innumerables demonios los manda a tentar por tres escalones… primero de codicia de riquezas… después de vano honor del mundo… por último a recrecida soberbia… de donde después los precipiten en todos los vicios y pecados. “Dale al diablo un cabello y te tomará todo el pelo” -dice el español. San Juan Crisóstomo pone también estos tres escalones.

Los que hacen los ejercicios dicen -yo mismo lo he dicho alguna vez: “Eso es inexacto. Las tentaciones comunes son:  1º querer tener mucha plata… 2º exceso de lujo, boato, diversiones y comodidades… 3º pecados carnales”. Eso es así, pero es un caso particular del esquema de San Ignacio y del esquema de las Tentaciones de Cristo: primero tienta el demonio con la codicia de una cosa creada (y todas las cosas creadas menos la salud pueden conseguirse con la plata), una cosa creada que no es mala en sí, pero que apegársele demasiado es malo -a veces muy malo… después tienta con una cosa ya mala, aunque no sea o no parezca un crimen… después tienta con cosas perversas. No está obligado el diablo a tentar en este orden lógico… y por eso tampoco los Evangelistas las ponen en el mismo orden: Lucas lo cambia.

Codicia de riquezas: demasiado nos previno Cristo contra ella… el mundo de hoy ha olvidado esa prevención… y por eso anda trastornado… estamos en el Reino del Dinero. Un multimillonario argentino tiene poco que ver con un multimillonario yanqui… pero aquí no hay muchos. Un millonario yanqui, que había muchos hasta llegar al poder Teodoro Roosevelt y los llamaban “los Megaterios Sagrados” no son millonarios, son billonarios (en Estados Unidos y Francia un billón son mil millones). ¿Saben Uds. cuánto viene a ser un billón? Ni lo imaginamos. Por ejemplo, si al nacer Cristo un hombre tuviera un billón de dólares y gastase mil dólares al día (cosa que ningún hombre puede), ahora, pasados casi dos mil años a 365.000 dólares al año, le quedaría dinero todavía que gastar unos 700 años -un poco más. Hagan la cuenta, es una multiplicación y una división que puede hacer un escuelerito de 6º grado.

Es una aberración que un hombre tenga un billón… no lo ha ganado, es un robo… y esa aberración gobierna hoy al mundo. Santo Tomás dice que si se permite a todos que lucren todo lo que puedan, sin límites, eso no es lícito, es aberrante. Ahora no hay muchos billonarios en  EE.UU., porque el Estado, por medio de exorbitantes impuestos, barre con las grandes fortunas… pero el Estado a su vez se ha convertido en billonario, trillonario y cuatrillonario, y eso es para peor. No solamente la deuda pública, solamente los intereses de la deuda pública de EE. UU. pasan del billón. ¿Y quién va a pagar esa deuda? Nadie, no se puede pagar. ¿Y los intereses? Los paga todo el mundo, empezando por las naciones sonsas.

Un amigo me dijo que el Diablo ha puesto a los  EE. UU. las tres tentaciones… la tentación de la riqueza, y han caído… la tentación de la fama y el poder, y han caído: robo de territorios a Méjico y España, entrada innecesaria en las dos Grandes Guerras, poder: lo han conseguido. Ahora le ha puesto la última: el gobierno del mundo entero… lo mismo que a China, Rusia y De Gaulle (Europa)… a los cuatro Grandes. Veremos lo que pasa.

Esto sólo ya es un loquero… el mundo no puede andar bien… y encima están los otros dos escalones del diablo -que dependen del primero.

Salto los otros dos escalones, porque no hay tiempo. En el segundo escalón están la vanagloria, el auto-engrupimiento y la ambición. Cada día se publican en el mundo (y la gente los lee) millares de libros lascivos, obscenos, sacrílegos, crueles o absurdos. ¿De qué viene eso? De la angurria de gloria, y también de dinero, de los escritores. Y la ambición ha causado más muertes en el mundo que todas las pestes juntas… porque della proceden las guerras.

En el tercer escalón está la crecida soberbia, que fue el pecado del Diablo y también de Adán. Al llegar aquí Cristo rechazó a Satanás sin cortesía: “¡Fuera de aquí!”

Así que vean cómo el diablo tentó a Cristo según el esquema… por supuesto que lo tentó en la suposición de que Cristo podía ser el Mesías, cosa que el Maldito no sabía seguro. Primero lo tienta con una cosa buena, el pan… pero que la consiguiera por mal camino, un milagro innecesario… segundo, con el afán de hacerse famoso, pero por medio de una temeridad, la cual es en sí mismo pecado grave contra la Prudencia… tercero, con una máxima maldad -a la cual tentación sucumbirá el Anticristo: tomar al diablo como Dios.

Como dije antes, este Evangelio está erizado de dificultades: he explicado la principal. Por ejemplo: ¿agarró el Diablo a Cristo que estaba en el desierto y lo llevó volando al pináculo del Templo? “¡Qué julepe tendría el Maldito!” -dice Santa Teresa. Probablemente se apareció en figura de peregrino y le pidió lo acompañara al Templo: el texto griego dice “paralambánein” que no significa “agarrar” ni “transportar” sino “conducir consigo”. ¿Y luego lo llevó volando a un monte alto desde donde se vieran “todos los Reinos del Mundo -a la montaña de Djebel Karantal, a 30 km. de Jerusalén, como dice la leyenda? También aquí dice “paralambánein”. Probablemente produjo una gran visión imaginaria en torno a Cristo, donde se viese además de Jerusalén muchas suntuosas ciudades, ríos, valles y mares -todo el mundo en abreviatura.

El Diablo da bien de comer y da mal de cenar, dice el español. Al final del Padre Nuestro pedimos a Dios nos libre del Mal -o nos libre del Diablo- como traducen los ingleses (“the Evil One”) y los alemanes… y los brasileros. No podemos saber qué palabra aramea dijo Cristo, pues no nos ha quedado el Evangelio arameo de San Mateo -si es que existió. En griego y en latín, la última palabra del Padre Nuestro puede traducirse “de todo mal” o “del Malo”… porque ese ablativo que hay allí: “a malo” y “Apò… poneeroû…” puede venir de un nominativo masculino o bien neutro.

Es lo mismo de todos modos: que nos libre del pecado o del Diablo que es el que induce y se aprovecha del pecado.

Dominica cuarta después de Epifanía – La Tempestad Calmada (1965)

La tempestad calmada

La Tempestad «frenada» (Cristo «reprendió a los vientos», dice San Lucas) en el Mar de Galilea, que es un lago; menor que el Mar Muerto, en la mitad del Río Jordán, contra las ciudades de Cafarnaum y Magdala, donde las tormentas son muy peligrosas (para los barquichuelos de pesca) y levantan olas de dos metros, pues está situado en una depresión o cuenca. Dos veces Cristo sosegó una tempestad, una vez estando embarcado (y dormido por cierto), otra vez viniendo de fuera caminando sobre las aguas con facha de fantasma.
 
La barquilla de Pedro ha sido siempre un símbolo de la Iglesia, y los Santos Padres por ende ven en este milagro la figura de las tempestades de la Iglesia, cuya historia es una serie de tempestades y contrastes, a veces de dentro, a veces de fuera y a veces de los dos. Pero lo que significa directamente este episodio es una reprensión de Cristo a la cobardía; la cual en este caso parecería bastante justificada; es decir, Cristo no reprende la
 
cobardía sino la falta de fe. «¿Porquétenéis miedo? ¡No tenéis fe!».
¿Cómo no vamos a tener miedo?
 
Cristo aborrece la cobardía en el cristiano porque arguye falta de fe. La virtud de la fortaleza, o sea valentía, es absolutamente necesaria para la vida cristiana y nace de la fe: hoy día quizás más que nunca, en que el cristiano tiene que caminar por una selva oscura:
 
«Nel mezzo del cammin di nostra vita
Mi ritrovai per una selva scura …» (8)
 
La fortaleza es una de las cuatro virtudes cardinales, sin la cual las otras tres quedan infructuosas, inertes: es como la cúpula que unifica todo el edificio de la conducta. «La virtud de valentía -dice Santo Tomás- nos habilita a soportar lo adverso y acometer lo dificil». Tiene dos actos que son aguantar y arrojarse; de los cuales el mayor es aguantar; a los cuales corresponden dos virtudes, la paciencia y la intrepidez o arrojo. La cobardía puede ser pecado grave y fuente de graves pecados: por cobardía pecó San Pedro, pecó Pilatos y quizás también Judas. San Juan en el Apokalypsis la enumera entre los pecados que mandan a la perdición.
 
La virtud del valor o valentía no es lo mismo que el coraje, que es una disposición natural, que puede usarse para el bien o para el mal: Barrabás fue corajudo, estos asesinos que andan ahora en Buenos Aires matando comerciantes y policías a pasto, son corajudos. El coraje es una cualidad animal, que algunos hombres tienen y otros no: el león es corajudo, la liebre no es corajuda; la liebre tendría la virtud del valor si algún día lo corriese al león; así un tímido puede tener la virtud de valentía (Santa Martina, una jovencita tímida, delicada, enfermiza, cuya fiesta fue ayer, la tuvo) quizás más perfectamente y más fácilmente que un corajudo; porque como dijo Ercilla:
 
«El miedo es natural en el prudente
Y el saberlo vencer, es ser valiente».
 
Que la valentía sea necesaria para una vida cristiana, lo sabemos de sobra. El cristianismo no ha sido inventado para volver la vida fácil sino más bien dificil, dice audazmente Kirkegord: el joven rico, que era virtuoso y a quien Cristo miró con tristeza, no quiso seguir a Cristo por falta de valentía: así se arruinan muchísimas vocaciones y muchísimas personas: estoy cansado de verlo. Por ejemplo, personas que se ponen en una «situación irregular», como se dice, es decir, en mal camino; y al principio es fácil romper eso pero se va haciendo cada vez más dificil (porque «el pecado más fácil de evitar es el primero» -y después el segundo) hasta que al fin no tienen valor para romper la cadena, supera sus fuerzas. Si entonces reconocieran la situación y dijeran: «No tengo fuerzas» sería menos malo; pero sucede algo peor, que se inventan una justificación, lo que llamó Aristóteles el «silogismo del borracho», «racionalizan», como dicen los psicólogos modernos. Las mujeres tienen fama de ser especiales para eso, para remodelar la religión de manera que les acomode; pero creo que los varones no se quedan cortos.
 
Hay un episodio de mi vida muy remoto ya, casi de mi infancia, que nunca pude olvidar: un varón muy allegado a mí, que hizo algo que era un verdadero crimen; años después lo encontré, se había transformado en un místico; es decir, en un misticón: hacía poesías muy por lo fino a Dios, al amor de Dios; y las publicaba en el diario del pueblo. Yo que era menor que él no me atreví a decirle que me parecían falsas; no veía en él ni arrepentimiento ni reparación del antiguo crimen -sino más bien una como escapatoria de su conciencia. Un buen día, con gran asombro de todos, cometió suicidio. Es muy peligroso tapar la olla del remordimiento, puede reventar. Por supuesto, yo no sé con seguridad si fue eso, Dios lo sabe. Digo lo que vi; y conjeturo lo que no vi.
 
Se necesita valor para mirar cara a cara nuestros errores y defectos, tendemos a ocultarlos, incluso a nosotros mismos, deformamos el espejo interior. La gran dificultad para vernos bien a nosotros mismos es la falta de valor; pero aun después de vernos bien, falta mucho, hay que vivir bien. Muchos viéndose bien caen en desaliento y tristeza; porque la desesperación también es un acto de cobardía: «Señor ¿no te importa nada que perezcamos?», gritaron los Apóstoles.
 
El pueblo argentino fue renombrado en otros tiempos por su coraje natural y por su valentía; ¿y ahora? Un amigo mío me dice siempre que el pueblo argentino ahora no es valiente, ni siquiera resignado; que es embotado. La resignación es una virtud, es tener encima un mal irremediable, y no quebrarse; el embotamiento no es una virtud. Yo no lo sé, no podría afirmarlo; pero cierto a veces me parece que en la Argentina la mujer, hablando en general, no ha rehuido su riesgo mortal-la mujer tiene siempre un riesgo mortal- y el varón rehuye su riesgo mortal; de modo que la mujer puede despreciar un poco al varón, subvalorarlo. El riesgo mortal de la mujer es el parto, el riesgo mortal del varón es la guerra; es decir, la lucha; pues hay muchas clases de guerra. La Argentina no tiene ahora nada que hacer en el mundo -excepto adherirse a los funerales de Churchill, a los cuales me adhiero de todo corazón- y el hombre argentino no tiene para quién luchar; tiene que trabajar para los extranjeros, o en todo caso trabajar para hacerse rico y luchar contra los otros codiciosos; para Dios no se ve que haya nada que hacer aquí.
 
«Señor ¿no te importa que muramos?» El temor a la muerte es el más difícil de vencer; el hombre tiene miedo a la Nada. Por eso nos dijo Cristo: «No temáis a los que pueden matar el cuerpo, temed más bien al que puede perder el cuerpo y el alma en los infiernos». El temor de Dios expulsa los otros temores; o los modera por lo menos. El temor a la muerte se modera con la convicción de la inmortalidad.
 
En la liturgia de la Iglesia Inglesa existe esta frase notable: «vivir como corresponde a seres inmortales». «¿Por qué no tenéis fe? Yo estaba con vosotros» -dijo Cristo a los amedrentados pescadores. Estaba con ellos la Inmortalidad, el Vencedor no sólo de las olas del mar sino también de la Muerte.
 
 
Notas
 
8.  En medio del camino de la vida/ errante me encontré por selva oscura (Divina Comedia, Infierno, Canto I vs 1-2)

Domingo Segundo después de Epifanía – Las Bodas de Caná

Las Bodas de Caná

En aquel tiempo: Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Jesús también fue invitado a estas bodas, como asimismo sus discípulos. Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le dijo: “¿Qué (nos va en esto) a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía”. Su madre dijo a los sirvientes: “Cualquier cosa que Él os diga, hacedla”. Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, que contenían cada una dos o tres metretas. Jesús les dijo: “Llenad las tinajas de agua”; y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: “Ahora sacad y llevad al maestresala”; y le llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, cuya procedencia ignoraba –aunque la conocían los sirvientes que habían sacado el agua–, llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo sirve primero el buen vino, y después, cuando han bebido bien, el menos bueno; pero tú has conservado el buen vino hasta este momento”. Tal fue el comienzo que dio Jesús a sus milagros, en Caná de Galilea; y manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.

Juan II,, 1-11

El primer milagro de Cristo: conversión del agua en vino; como cuando en San Juan echaron el vino a las acequias, pero al revés.
 
Seis hidrias con dos o tres fanegas cada una, dicen que vienen a ser como unas tres bordalesas. Mucho vino para una comida de bodas, por muchos que hayan sido los invitados en Caná de Galilea. Esperemos que haya sobrado bastante; porque si no, allí hubo más de un milagro.
 
“La madre de Jesús estaba allí –dice el Evangelista– y fueron invitados Jesús y sus discípulos…”. Había hecho algunos discípulos, los primeros: Juan el que hace el relato y Andrés; Simón hermano de Andrés que ya le habían cambiado el nombre, Felipe y Natanael, todos ellos preparados por la dura predicación del otro Juan. Era un casamiento de pueblo, de esos a los que va todo el pueblo, de personas aparentemente acomodadas, de esas que no van mucho a misa. Cristo acababa de venir del ayuno de 40 días y las Tres Tentaciones y sin embargo tuvo humor para ir a un casamiento. “Su madre estaba allí”, es decir, era de la casa, parienta cercana o lejana de uno de los novios; y así ella se afligió de que vio que en la mitad de la comida los camareros titubeaban y se hacían señas y consultas acerca del vino. Avisó a su hijo; y recibió una respuesta seca que parece a la vez negativa y reprensión. Mas ella sin desanimarse –sea que el diálogo haya continuado y el Evangelio no lo reporte, sea que el tono del Maestro haya desmentido la dureza de las palabras, sea que su confianza en el fuera inconmovible– “llamó a los sirvientes”; lo cual prueba que era de la casa. Cristo les ordenó llenar de agua hasta el tope las seis hidrias; e hizo el milagro con sencillez. Sigue el rasgo humorístico del diálogo entre el novio y el maestresala (el chef, que diríamos nosotros) acerca de la calidad del nuevo vino; que él no sabía, pero los criados sí sabían de dónde había salido. Por los sirvientes la noticia se propaló sin duda entre los invitados y hubo una gran sensación: “Reveló El su Mesianidad –dice el primero de sus Discípulos– y sus discípulos creyeron en El”.
 
El primer milagro de Jesucristo no deja de ser curioso: fue un milagro de lujo, un milagro hecho antes de tiempo, un milagro hecho en una fiesta de bodas.
 
¡Oh Cristo, espectro exangüe que has venido a perturbar la fiesta de la vida!… 
 
dijo en francés uno que sabía poco de Cristo: puesto que su primer milagro fue regalar alegría y su último milagro fue resucitar de entre los muertos. Mucho mejor dijo San Pablo: “Apareció la humanidad y la benignidad de Dios en la persona de su Hijo, hecho de Israel, hecho de mujer, hecho hombre”.
 
Anatole France le tenía pavor a la ascética de Cristo; y por eso en sus Bodas Corintianas lo llama “espectro exangüe”. Cristo venía de hacer un ayuno de 40 días; pero novino a imponer el ayuno a los novios y a sus invitados. Caer al baile y empezar a tronar: “¡Desdichados! ¡No sabéis que tenéis que morir! ¡No sabéis que el juicio de Dios es terrible! ¡No sabéis que estáis llenos de pecados y el hacha está ya cerca de la raíz del árbol!”, eso no es Cristo: eso es Montano, Savonarola o Calvino. O en último caso, San Juan Bautista. Cristo no fue menos asceta que todos éstos sino más; pero como hombre religioso, se aplicaba el ascetismo a sí mismo y no a los demás. No hay cosa peor que los que son muy ascetas para el prójimo y muy poco para sí mismos. Al revés fue Jesucristo.
 
Se me figura que en el primer milagro de Cristo hay algo de burla hecha al demonio, una especie de respuesta humorística: el diablo lo invitó a que hiciese su primer milagro para procurarse pan, una cosa necesaria; y debe haber sido una tentación terrible, puesto que a los 40 días de ayuno el hambre retorna con la fuerza de una enfermedad y una tortura: que los médicos llaman gastrokenosis; pero Cristo hizo su primer milagro “antes de tiempo’, como dijo él; a invitación de su madre, y para proveer a una humilde fiesta humana de una cosa de lujo, de una cosa superflua… Con lo cual afirmó que el vino es también necesario.
 
Si no existiera el vino, no pudiera Cristo haber hecho su primer milagro, ni después su permanente milagro de convertirlo en su sangre; del cual este primero fue como anticipación y símbolo. Es necesario que existan cosas buenas para poder con ellas conocer a Dios, servir a Dios; y, llegado el caso, sacrificarlas a Dios. El Asceta no es el hombre que cree que las cosas buenas son cosas malas; el Asceta es el hombre que conoce lo bueno como bueno y sin embargo lo sacrifica. ¿Por qué? Por otro bien mayor. ¿Qué bien? Pregúnteselo a él. “No de solo pan vive el hombre…”. El bien de la Palabra Divina. Uno deja de fumar, por ejemplo, para comprarse una Biblia en griego (47).
 
“La virginidad voluntaria es santa cuando se elige en orden a la contemplación”, enseña Santo Tomás. No cualquier celibato es santo; como tampoco cualquiera ascética. Hay ascéticas infructuosas, tristes, e incluso diabólicas.
 
El cristianismo es a la vez la religión más fuerte y más mansa que existe. No ha sido dado a todos ni será pedido a todos el que vivan en la extrema pobreza y humillación en que vivió el Maestro; pero sí se nos pide a todos que estemos dispuestos a eso si Dios lo llegara a pedir; y que pensemos que eso es demasiado alto para nosotros, y por eso no lo pide, y nos lleva por un camino más suave. En tanto que el Asceta se humilla pensando que si él hace tanta penitencia, es porque la necesita, por ser más ruin que los otros. Lo cual no es mentir tampoco; y así todos, Ascetas y Musagetas, hemos de vivir en alegría y humildad.
 
Los Santos Padres han visto siempre en este primer milagro de Cristo, amable manifestación de la benignidad de Dios, la figura de la elevación del matrimonio a Sacramento. Así como convirtió con su palabra el agua en vino, así transformó Jesucristo con su gracia un contrato natural en un sacramento; es decir en una fuente de gracia. Para convertirlo en una desgracia, ya bastan los hombres.
 
 
 
Notas
 
47. …Y después vulve a fumar para poder leerla.

Domingo XXVI después de Pentecostés (VI móvil después de Epifanía) – Parábola del grano de mostaza (1966)

Domingo XXVI después de Pentecostés (VI móvil después de Epifanía) - Parábola del grano de mostaza (1966)

En aquel tiempo: Dijo Jesús a las turbas esta parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.» Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.» Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

Mateo XIII, 31-35

 

Domingueras Prédicas II

 
 
 
R.P. Leonardo Castellani
 
 
 
 
En este Domingo último antes de Septuagésima (que es el preámbulo de Cuadragésima, o sea, Cuaresma) trae las, dos breves Parábolas del Árbol de Mostaza y de la Levadura, referidas al Reino; es decir, a la Iglesia. Los comentadores dicen no hay nada que comentar, y yo he hecho un comentario tres veces mayor del ordinario.
 
Las dos apuntan a Jo que llamó el Concilio Vaticano «el milagro moral de la Iglesia». Las dos significan la expansión enorme y maravillosa del Reino de Cristo -que había de venir; pues entonces era tan insignificante como un granito de mostaza o una pizca de levadura. El grano de mostaza es realmente «la menor de las semillas», si se consideran los árboles, no las hierbas, como el alpiste o el nabo silvestre; pero la intención de Cristo no era hacer una lección de Botánica; ni tampoco de cocina, pues una masa de tres «jehís» (1) no la puede amasar una mujeruca sola. La Parábola del Árbol indica no solamente la expansión de la semillita sino también la expansión LENTA; y las dos indican que esa expansión es efecto de un principio intrínseco -la savia o el fermento- y no viene de fuera. La del Árbol alude a la profecía de Ezequiel, capítulo XVII (2), que compara el Reino de Dios con un árbol, en el cual vienen a posarse las aves del cielo.
 
De la expansión maravillosa de la Iglesia -fenómeno único en la historia- he hablado ya. Baste decir al presente que el año 57 San Pablo escribía a los cristianos de Roma que «vuestra fe es conocida en el universo mundo» (3) al fin del siglo 1, a 70 años de la muerte de Cristo, había ya medio millón de cristianos desparramados en todas las ciudades del Imperio; al fin del siglo IV, con la conversión de Constantino, saltó a 10 millones¡ y fue siempre creciendo el número hasta hoy, que son 800 millones. (Estas cifras son de Omsk, un autor muy seguro) (4).
 
Yo no digo que por el hecho de ser mayoría, los cristianos tienen razón: «las mayorías nunca tienen razón» -dijo Ibsen; ni son tampoco hoy mayoría. En realidad las mayorías no siempre tienen razón; tienen razón solamente en asuntos que estén al alcance del sentido común¡ por ejemplo, la mayoría de los hombres cree que hay Dios, y tiene razón. Cuando los cristianos eran una minoría de 12 hombres tenía tanta razón como ahora¡ y si algún día el Cristianismo fuera reducido a un solo hombre, ése seguiría teniendo razón.
 
Para razón alcanzar
Tres cosas son menester:
Tenerla, darla a entender,
Y… que te la quieran dar.
 
Dos cosas importantes hay que advertir en estas dos sencillísimas Parábolas: primera, el crecimiento se verifica por un principio interno, que no es otro sino el Espíritu Santo¡ otra, este crecimiento había de ser lento. Las dos cosas están implicadas en las Parábolas.
 
Primero, hay escritores impíos, encabezados por el historiador inglés Gibbon, que pretenden explicar ese Fenómeno Único por causas externas y naturales: Gibbon da cinco razones, una de las cuales (o dos) no son muy virtuosas que digamos: la astucia política de los Obispos, y el celo inflexible y fanático de los cristianos: todo este último capítulo del Libro I de «Decline and Fall» está escrito con refinada hipocresía y contiene calumnias anticristianas de gran calibre. Cinco causas da él y yo podría añadir otras cinco y aun cincuenta y el asunto queda igualmente asombroso e inexplicable. Si la religión de Mahoma hubiese tenido las mismas dificultades del Cristianismo naciente (persecución, proscripción, millares o millones de mártires), no hubiese durado 30 años. Casi lo mismo puede decirse del Protestantismo. El Cristianismo se expandió como masa en fermento a contrapelo de todas las razones y fuerzas humanas. Y basta.
 
Segundo, hay que observar el crecimiento lento del árbol, el tiempo que iba a tardar la Iglesia en ser universal, que en otra versión desta Parábola del Arbol Cristo señala y subraya: «Así es el Reino de Días como un hombre que sale a hacer sementera; siembra, se va a dormir, pasan días y pasan noches, y la semilla crece y él no lo sabe; mas la tierra incesantemente hace tallos y después flores y después el grano madura en la espiga y cuando produjo fmto, enseguida manda la guadaña, porque llegó el tiempo de la siega.» (5) Aquí está acentuado el crecimiento lento del Reino de Dios, lo mismo que en la Parábola del Trigo y la Cizaña y en varias otras Parábolas; y directamente, en el Sermón Esjatológico de Cristo, en San Lucas (6) y en toda la conducta de Cristo.
 
Estas Parábolas revientan la principal herejía o impiedad de nuestros días contra Cristo, llamada la «Escuela Esjatológica». Este infundio, inventado por el alemán Weiss (aunque su núcleo está en el sacerdote apóstata francés Loisy), es sostenido y propagado hoy por el suizo Schweitzer; y lo llamo suizo aunque haya nacido en Alsacia, porque su familia fue suiza, su apellido significa «Suizo», y él hizo de Suiza su país de adopción.
 
La «Teoría Esjatológica» sostiene simplemente que Cristo no supo nada de la Iglesia; que él creyó el fin del mundo iba a venir en su tiempo; o a lo más, después de su muerte, de inmediato; creyó que él iba a morir, iba a resucitar y con él todos los muertos, y venía el fin del mundo. El más atrevido, impertinente y (digamos la palabra) disparatado y blasfemo de todos estos noveleros es Alberto el Suizo. No cree en Jesucristo y aun aveces parecería que lo odia: en su tesis doctoral, llamada «La Psiquiatría de Jesucristo», no vacila en darlo corno loco o desequilibrado, «energúmeno» es la palabra que usa. Y sin embargo, los protestantes de todo el mundo lo han levantado a las nubes, cerrando los ojos al hecho de que ya no es protestante, sino ateo (7). También los ateos de todo el mundo intentan hoy vendérnoslo corno un santo. Su libro principal se titula «La Búsqueda del Cristo Histórico», sumamente impío.
 
¿Y qué nos importa a nosotros un suizo más o menos? Nos importa porque es una falsa fama, désas que hay muchas hoy día, y hay una maquinaria para fabricarlas. Más de diez veces he visto su nombre en la Prensa argentina; y corren aquí varios libros mentirosos sobre él, de los cuales poseo el de Felschotte. Lo canonizan de héroe, de santo y de apóstol: ni es santo, ni apóstol. Es en todo caso un apóstol de la impiedad -modernista.
 
Se fue a curar a los negros de Africa, fundó un hospital en el Lambaréné; no en «el dulce Lambaré» del Paraguay, sino en el Lambaréné del Africa Ecuatorial Francesa. Centenares de católicos han fundado centenares de hospitales; pero eso no vale. Al principio curó personalmente a los negros: miles y miles de misioneros y monjas han hecho eso en silencio y con los mayores sacrificios, pero eso tampoco vale. ¿Han visto Uds. en la prensa alguna vez el nombre del P. Darnián? Ni siquiera está en la Enciclopedia Espasa. El P. Damián fue un sacerdote belga que fue a curar leprosos en la isla de Molokai, vivió corno uno dellos y murió leproso. Eso tampoco vale. ¡Un ateo santo! ¡Eso es lo que vale! Fue un santo con mucha suerte: tuvo a su disposición mucho dinero, recorría Europa recogiendo honores y triunfos, tuvo todas las comodidades de la vida. Se fue al Lambaréné huyendo de la Gran Guerra del 14 (corno después huyó de la del 39), recibió enormes sumas del Gobierno Francés y la Sociedad «Amigos del Lambaréné», que hacía colectas para él en todos los países protestantes, sobre todo en EE.UU.: trajo cantidad de médicos y enfermeras pagadas, se convirtió en Director y comenzó a quijotear por Europa dando conferencias (impías) y conciertos de piano; pero más que el piano, lo que sabía él tocar es el bombo: el autobombo (8). Y sigue tocándolo, seguido por dos o tres millones de imbéciles. Tiene ahora 89 años, si es que vive todavía (9). Siete veces dejó el Lambaréné para pasear por Europa: no hizo tal el Santo P. Damián.
 
Su fama es falsa: no fue un santo. Yo no negaré que tuvo un gran vigor de talento y un gran vigor físico y temperamental; pero ésos son dones naturales que Dios da, y que se pueden usar bien o usar mal; no son la santidad. Para no alargarme analizando su singular santidad, diré brutalmente una sola cosa: «Extra Ecclesiam nulla salus «: fuera de la Iglesia no hay salvación -ni santidad 10 ; y Alberto el Suizo no sólo está fuera de la Iglesia sino contra della. Sus errores y blasfemias, solapadas con hipocresía debajo de palabras cristianas (pues eso caracteriza la herejía del «Modernismo») anulan enteramente sus actos de bondad, que también son discutibles. Me parece una prefigura de la Bestia de la Tierra que pinta San Juan en el Apokalypsis (11): también el Pseudoprofeta hará alardes de religión para arruinar la verdadera religión.
 
Es una fama falsa, cosa abundante hoy día; se fabrican con la maquinaria de la «publicidad». Gracias al periodismo y a lo que dél depende, hay muchísimas mentiras sueltas y verdades encadenadas en la Argentina. Dicen que la mentira tiene las patas cortas. ¡Cuernos! Tiene las patas cortas cuando no le ponen auto; ahora tiene auto y atropella por todo. N os dan mentira y encima nos cobran por ella¡ la verdad está en un pozo, y hay que sacarla, y así resulta más cara que la mentira¡ y la gente se va a lo más barato.
 
Hay muchas verdades que no se dicen en la Argentina; que no se pueden decir y no se dirán jamás. Si yo dijera , por ejemplo, que Jorge Luis Borges es un buen escritor perverso de segundo orden, no sería creído, e incluso me tratarían de envidioso o estúpido. Si dijera que José Ingenieros fue uno de los fumistas o macaneros más grandes que ha existido … a lo mejor me castiga la Justicia lo mismo que a los que manchan de alquitrán la estatua de Sarmiento; si dijera que todos los próceres argentinos que tienen estatua, o casi todos, fueron poco inteligentes, entonces soy antipatriota y a lo mejor pertenezco a la sociedad de la Mazorca. Por eso no lo diré: Uds. no me denuncien.
 
Todo esto es solamente para prevenirlos acerca de la «publicidad»: lo mismo hizo Jesucristo. La gran publicidad es siempre sospechosa: acompaña a los falsos profetas, según Jesucristo (12). ¿A quién se hace gran publicidad ahora en la Argentina? A un payaso, Carlitos Chaplin, y a un camandulero, Winston Churchill (13). Éstos son los santos de ahora. Decían los diarios esta semana que la aldea de Brandon, donde está el cadáver de Churchill (Churchill quién sabe dónde estará), se está convirtiendo en un santuario nacional. Ojalá que se convierta en el santuario nacional, y los ingleses se cretinicen del todo, y así dejen de embromar a la Argentina. Y que Dios me perdone este mal deseo (14).
 
Así que conviene imitar un poco a aquel cura que cada día, después de leer el Evangelio, cerraba el libro y decía: «¡Adiós, verdad: hasta mañana!» O bien a Don Ángel Cisera, que volaba más bajo, pero en el fondo decía lo mismo. Éste era un italiano muy bueno, y filósofo; albañil era, y me enseñó varias cosas cuando yo era chiquillo. Me contó que la primera oración que hacía al despertarse, era sentarse en la cama y decir: «Dí o mío: ¿quién me querá coder hoy? ¿E como hago chó para que no me coda?»
 
 
Notas
 
1. Medidas.
2. vs. 22-24.
3. 1, 8.
4. En 1997, los católicos sumaban 1.000 millones, el 17% de la población mundial.
5. Marcos 4, 26-29.
6. 21, 29-36.
7. Lo más curioso es que Schweitzer era pastor protestante. Por desgracia hizo escuela, y aun entre los católicos: uno de los más renombrados teólogos de nuestro tiempo, el dominico belga Edward Schillebeeckx, escribe que «Cristo no instituyó directamente la Iglesia porque creía próximo el fin del mundo y no creía en una historia temporalmente larga … (Por ello) la estructura de la Iglesia debe ser desmitificada» («Soy un Teólogo Feliz», Sociedad de Educación Atenas, Madrid, 1994, págs. 112-113).
8. En 1953 ganó el Premio Nobel de la Paz.
9. Murió el 5 de setiembre de 1965.
10. Castellani explica el sentido de esto en «El Evangelio de Jesucristo», Resumen de Todo lo Dicho, 11 – La Doctrina: » ‘Sin fe es imposible ser elegido’ (agradar a Dios, traduce la Vulgata). Y para allegarse a Dios, es necesario creer (por lo menos) que El es, y a los que le buscan es Remunerador’. (Hebreos 11, 6)».
«Para salvarse hay que saber y tener con fe (y no solamente con razón) por lo menos que hay un Dios Premiador de buenos. Esto es necesario ‘con necesidad de medio’, corno dice la jerga escolástica; las demás verdades reveladas, como la Trinidad o la Encarnación, son necesarias ‘con necesidad de precepto’, si llegan a nuestro conocimiento corno reveladas; es decir, que si no llegan a nuestro conocimiento, no son necesarias; pues ningún ‘precepto’ puede obligar si no es conocido. ‘¿Cómo creerán sin predicante?»‘
«Esto responde a una tentación que tienen muchos acerca del ‘infinito número de almas fuera del camino de la salud’, corno dice Billot. Un cristiano me decía poco ha: ‘¿Cómo puedes entender esto? ¿Cómo puede Dios hacer tal cosa? Los cristianos solamente nos salvamos y los cristianos somos hoy todavía una minoría entre los millares del mundo, y antes de ahora todavía mucho menos. ¿Todos los budistas, los hinduistas y los mahometanos se condenan sin culpa?’ -de lo cual quería concluir, corno el novelista James Jones y su maestro Toynbee, la verdad (pragmática) de todas las religiones: con que mostraba una ignorancia religiosa realmente argentina … «
11. 13, 11-17.
12. Lucas 6, 26.
13. Primer Ministro inglés, murió el 24 de enero de 1965, poco antes de que Castellani escribiese este sermón.
14. «Vivimos una época llena de confusión y atenazada por el temor; la inmensa maquinaría de la propaganda y de la difusión servida por la técnica más maravillosa, no trabaja en pro de la Revelación ¡qué esperanza!, ni siquiera en pro de la Razón; sino de la ligereza, de la distracción, de la confusión; el mundo se divierte, hasta demasiado, pero está recorrido por debajo de una sorda desesperanza. ¿Qué quieren que les diga? Navegamos en medio de la niebla y en medio de la tormenta; navegamos sin embargo hacia el Reino de Dios, así lo espero; por lo más oscuro amanece» (Castellani, «La Exégesis Actual», en «Exégesis». Inédito).

El Buen Samaritano (sermón sobre el amor a los enemigos)

El Buen Samaritano (sermón sobre el amor a los enemigos)

Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, los cuales después de despojarlo y de darle golpes, se fueron, dejándolo medio muerto. Por casualidad cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y cuando lo vio, pasó por el otro lado del camino. Del mismo modo, también un levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado del camino. Pero cierto samaritano, que iba de viaje, llegó adonde él estaba; y cuando lo vio, tuvo compasión, y acercándose, le vendó sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas; y poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero, y dijo: “Cuídalo, y todo lo demás que gastes, cuando yo regrese te lo pagaré.” ¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Y él dijo: El que tuvo misericordia de él. Y Jesús le dijo: Ve y haz tú lo mismo.


La parábola del Buen Samaritano, que trae Lucas en X, 23, y se lee hoy, está henchida de conclusiones cristianas. Todas las parábolas lo están, naturalmente; pero en ésta las enseñanzas son no sólo diversas sino como opuestas al Talmud; al judaísmo específicamente judaico, no al mosaísmo. De ellas retendremos solamente tres, la caridad con el prójimo como una “obligación” capital y necesaria; la extensión del concepto de prójimo a todos los hombres; y una alusión poco sabrosa a los Sacerdotes y Levitas, que se le ha de haber escapado a Cristo… ¿Por qué diablos no habrá puesto como ejemplos de inmisericordes a un Banquero y a una Actriz, y no a un Sacerdote y un Levita? ¿Y por qué tengo que explicar yo delante de toda mi feligresía esta parábola que les puede dar malos pensamientos, sin poder cambiarle una sola palabra?

No sé si peco de irreverencia transcribiendo aquí el “arreglo” moderno de esta parábola hecho en 1945 por un poeta de estos reinos; de esta nación ubérrima y feliz, tierra de promisión para todos los vivos que quieran habitar en ella, como dice el Locutor. Dice así: “Un hombre bajaba una vez de Jerusalén a Jericó, el cual cayó en manos de bandoleros que a tiros lo dejaron por muerto. Y sucedió que pasó por el mismo camino un Político, y no lo vio; pasó después un Militar, y le encajó un balazo más. Pero pasó un pobre Turco y se llenó de compasión; y dijo “Aunque éste no es mi prójimo, sin embargo me voy a bajar, y lo voy a curar…”. Pero en ese momento recapacitó y dijo: “–¿Y si me encuentra aquí la policía, qué pasa?”. Y metiendo todo el acelerador disparó a todo lo que daba… Moraleja: guárdate de los ladrones; pero guárdate más de la policía…

Esto es humorismo, y por cierto muy barato; la parábola es seria, aunque hay unos toques de humorismo en la manera un poco oblicua y socarrona con que Cristo responde a las tres preguntas que el Doctor de la Ley le pone, que eran batallonas preguntas entre aquellos doctores; y fueron puestas, dice el Evangelio, “con intención de embromar”:

“¿Qué hay que hacer en suma para salvarse?”. “¿Cuál es el mandato en que se suman todos los mandatos?” y “¿Quién es mi prójimo?”. Esta última pregunta, Cristo la responde reiterándola, es decir, mandándola de rebote, después de haber contado su intencionado cuentito. “¿Decid ahora vos mismo quién es el prójimo aquí? Es claro que es el que hizo misericordia…”. Y entonces Cristo en vez de contestarle: “¡Muy bien habéis respondido!” como le había dicho en la segunda pregunta, le dijo: “Andad y haced vos lo mismo.” Porque: está bien saber la Ley, predicarla está mejor; mas cumplirla sí que es ser… entre doctores, Doctor.

Lo que hizo el Turco de la Parábola –que no era un pobre Turco, porque tenía por lo menos una mula propia (“jumentum suum”) que pudo ser también caballo, y dos denarios de sobra, que le dio al posadero– es muy diverso de lo dicho arriba: se bajó y cuidó tan solícitamente al herido como si fuese su hermano –Cristo detalla allí la cura–, lo puso en su cabalgadura y volvió atrás desde el desierto de Judá a la Parada que hoy llaman del Buen Samarita y en aquel tiempo llamaban Casteldesangre; y confiándolo al posadero con sus dos monedas de plata, le prometió pagar todos los gastos si acaso pasaban de dos dólares –es decir “yo corro con todo”. Gesto noble. “¡Yo turquita buenita; turquito buena yo, butrón, turquita ortodoxa griega muy buenito, butrón!”.

Los moralistas cristianos han deducido de esta parábola que yo tengo obligación grave de ayudar al que está en necesidad grave, pudiendo hacerlo, sin más averiguaciones que haber topado con él, aunque sea por azar; y aunque el lazrado no sea ni siquiera primo tercero de mi cuñado, sino un judío cualquiera, que ni se pueden ver con los turcos. “Hace ya miles de años –escribe Simona Weil–, ya los egipcios pensaban que nadie puede ser justificado después de morir, si su alma no puede decir a Dios: “no he dejado sufrir hambre a ninguno””6, Todos los pueblos del mundo han creído lo mismo. Todos los cristianos nos sabemos expuestos a que Cristo mismo nos diga: “Tuve hambre y no me diste de comer.” Nadie osará afirmar que sea inocente un hombre cualquiera que, teniendo medios, consintiera que otro se muera de hambre… si se le plantea la cuestión en términos generales; aunque en términos concretos, quizás él mismo esté dejando morir de hambre a su madre, si a mano viene; porque así es la flaqueza humana; y el mismo Doctor de la Ley, a juzgar por la manera como Cristo le responde, sabía muy bien la Ley, pero no sabemos si la sabía para los demás solamente o para él mismo también; porque una cosa es predicar, y otra cosa es dar trigo, aymé; y yo que predico tan lindo, trigo no tengo por suerte; que si lo tuviera, quién sabe lo que haría.

De manera que mi prójimo es el que raye, sea turco, judío, protestante o colectivero; aunque con esto no se niega que a mi madre le debo yo más que al Padre Trabi; y en caso de naufragio y no tener más que un bote, primero debo salvar a mi madre que al Padre Trabi; porque la caridad es universal, pero es también ordenada; y más quiero a mis dientes que a mis parientes; y mas a mis parientes que a las otras gentes, como dicen los gallegos. Los talmudistas en tiempo de Cristo, a fuerza de disputar, habían llegado –Hillel y algunos otros– a una conclusión que no está en el Deuteronomio, y que Cristo aprobó grandemente; que el Mandato Máximo, en el cual se resumía toda la Ley de Moisés, es éste: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas; y [por ese mismo amor] al prójimo como a ti mismo.” Esto no está escrito así en Moisés, pero ellos habían llegado a eso a través de la meditación de los Profetas. Sólo que era un poco demasiado grande tanta belleza, y la echaban a perder enseguida poniendo en cuestión “¿quien es mi prójimo?”, a la cual Shamái y su escuela respondían que solamente los parientes próximos y quizás algunos amigos; Hillel y su escuela, que eran todos los judíos y quizá también algunos gohím de los mejores, de los que estaban a punto de convertirse al judaísmo, como el Centurión Romano de Cafarnaúm; pero ninguno que se sepa en aquel tiempo se abrevió a extender el precepto de la caridad a los extranjeros, los herejes, los enemigos. Eran enemigos los judíos y los samaritanos; y el Buen Samaritano no se fijó en que el herido era judío. Eran despreciados y abominados como herejes los samaritanos por los judíos. El Escriba sin embargo, guiado por Jesucristo, confesó la verdad cristiana, que había que querer incluso a los herejes y a los enemigos, cuanto más a los extraños y extranjeros. Cuando se dijeron esas palabras, nació en el mundo la Cristiandad; ahora que se han retirado y nos estamos volviendo extranjeros unos a otros, la Cristiandad periclita y muere. La convivencia se vuelve en el mundo de más en más difícil; y en un legajo de correspondencia diplomática secreta que tengo yo en este cajón llamada Cartas de un Demonio a Otro, la principal instrucción que les da Satanás a los dos demonios que manda de nuncios al Río de la Plata, llamados Juan Conrropa y AñangMandinga, es la de que “destruyan la convivencia”.

La tercera observación es que Cristo escogió irónica o humorísticamente como ejemplos de inmisericordes a dos miembros del “Clero”; lo cual prueba que eso ocurría de hecho en aquel tiempo, porque Cristo era demasiado buen artista para poner en sus cuentos cosas inverosímiles; y por tanto, si pasara también en nuestros tiempos, no habría que desesperarse en demasía. Tengo un amigo que anda enloquecido con este “problema”, como lo llama él: “en el clero argentino no hay nobleza: carece de nobleza el clero argentino. ¿Cómo puede ser eso? ¿Las virtudes sobrenaturales destruyen las virtudes naturales? De suyo el oficio de sacerdote no es vil. ¿Cómo es que el clero argentino es vil, hablando en general; o por lo menos es servil?”. Con esta cuestión el hombre, que también es clérigo, se enloquece literalmente; porque, según él, esta cuestión está de tal modo conectada con su fe, que resolverla es para él “cuestión de vida o muerte”, dice con énfasis.

Yo le respondo: “–¿De dónde sacás que no hay nobleza en el clero? ¿De que ningún sacerdote hizo hacia vos un gesto noble, cuando te hallaste según relatas en peligro de perder la vida y aun el alma, lo cual tengo por exagerado? Ese argumento no prueba. Porque había que ver “si podían” hacer ese gesto noble… El argumento probaría, si constara que no lo hicieron “pudiendo” hacerlo.”

Él dice: “–Monseñor Mandinga no lo hizo pudiendo y aun debiendo hacerlo.”

Yo digo: “–Monseñor, Mandinga no es “todo” el clero argentino.”

Pero supongamos que por un imposible todo el clero argentino perteneciera a la raza de los que Jesús llamó Dicen-y-no-Hacen; eso no invalidaría para nada lo que dicen. Porque Cristo en su parábola no concluyó: “los de nuestro clero han dejado a un lado por sus ceremonias la misericordia y la justicia; por tanto, la Sinagoga ha caducado”. Al contrario, dijo: “Haced todo lo que predican; no hagáis lo que practican.” La Sinagoga caducó, ciertamente; pero no entonces: la Sinagoga caducó en el momento en que Caifás, con su autoridad de Sumo Pontífice, conjuró a Cristo que contestara si era o no el Mesías. A lo cual Cristo obedeció y contestó, sabiendo que le costaba la vida, que sí lo era. Y Caifás, en nombre de la Sinagoga lo rechazó como Mesías, gritándole “¡Blasfemo!” y “¡Reo de Muerte!”; rechazo que reiteró el pueblo al escoger un rato después a Barrabás, y al decir a Pilato: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. No tenemos más Rey que el César.”

Aunque todo el clero junto no hiciera lo que dice, yo lo había de hacer. Pero por suerte, aquello no es verdad. Hay turquitos buenos. Hay gente que aún da testimonio, a veces donde menos se pensaría salta gente así. Algo hay. Unos se limitarán a curar a un herido, otros prestarán la mula, y los terceros darán los dos o los veinte denarios: un tercio del gesto total, nobleza terciada, como vino rebajado; pero siempre es algo en un país bastardeado. Y debe existir el noble entero en alguna parte ¿Cómo se puede admitir lo contrario? ¡Oh Dios! ¿cuándo saldrá y lo veremos?

Sea como fuere, de lo que no hay duda es de que existe en Cristo el Buen Samaritano entero y no terciado. Él recogió a la humanidad herida, que había caído en manos de ladrones; echó en sus llagas aceite, que significa paciencia, y vino, que significa amor; la vendó lo mejor posible, la confió a un estabularlo que hiciese sus veces, y se fue a sus asuntos, prometiendo volver y ajustar la cuenta. Cuando hizo la parábola y puso como héroe de ella al Turquito, quizás recordó que varias veces los fariseos le habían gritado a él mismo en son de escarnio la palabra “¡Samaritano!”; es imposible que no lo haya recordado (samaritano, para los judíos era como si dijéramos turco; y mucho peor todavía).