“(…) Ahora dejen que les hable concretamente de la integración europea. Espero que entiendan que no puedo entrar en detalle sino abordar únicamente principios.

En primer lugar, me parece un imperativo que los europeos deberían reconocer claramente las siguientes realidades: desde la última guerra, se han producido cambios y desarrollos como los que acabo de resumir. Estos nos empujan a mirar hacia la integración europea principalmente desde una perspectiva que la contemple en su contexto global más que desde un punto de vista exclusivamente europeo. Si hacemos esto, muchos de los obstáculos que han tenido valor por razones nacionalistas empiezan a parecer tan minúsculas como son realmente.

No hay alternativa, ante el reto de los desarrollos globales debemos trabajar sin descanso para arrojar por la borda las objeciones derivadas de conceptos nacionalistas y tradiciones y, sobre todo, debemos actuar. Otros actúan también.

De no hacerlo, aquellos eventos en los que los europeos no seamos capaces de influir nos superarán, Creo que, como europeos, nos sentimos demasiado seguros. El liderazgo político y económico mundial, que permaneció incuestionado hasta principios de siglo, hace tiempo que dejó de ser verdad. ¿Se mantendrá la influencia cultural dominante de Europa? No lo creo, a menos que la defendamos y nos ajustemos a la nueva situación; la historia demuestra que todas las civilizaciones son perecederas.

Hay otra cuestión que tendríamos que aprender de la experiencia de la última década. La integración europea no debe verse obstaculizada por el desproporcionado perfeccionismo que parece caracterizar a nuestro tiempo. La integración europea no debería ser rígida, sino tan flexible como podamos hacerla. No debería ser una camisa de fuerza para las gentes de Europa, sino su pilar común, un apoyo compartido para el desarrollo saludable e individual de cada uno.

Las instituciones que tengo en mente no necesitan en todos los casos un carácter supranacional; dejen que escojamos formas de integración que no desalienten a otras naciones con intención de unirse. Por otra parte, las funciones y la eficacia de una federación de este tipo no deberían estar sujetas a la voluntad o los intereses de uno solo de sus miembros. Estoy convencido de que es posible encontrar una vía intermedia entre estos extremos.

Sobre el alcance de la Federación Europea. Dejen que aborde dos cuestiones más en este contexto: ¿Qué pueblos deberían ser admitidos y cuál sería una posible demarcación práctica del alcance funcional de una federación así?

En mi opinión, los estados miembros de una Federación Europea no deberían estar numéricamente limitados. El destino de Europa es el destino de cada nación europea. El alcance funcional debería ser tan amplio como sea posible. Sin embargo, en los primeros pasos de planificación, estaría bien ejercitar algunas restricciones tanto al número de miembros como al alcance, pues en caso contrario se podría caer en un punto muerto nada más comenzar por el excesivo trabajo de compilación en los preparativos.

Sin embargo, una vez empezado, no deberíamos temer al crecimiento y la expansión. Este proyecto exige coraje y altura de miras, tanto en lo político como en lo económico.Las ventajas políticas pronto se harán evidentes, las económicas puede que tarden más en aparecer. Pero, una vez superadas las dificultades iniciales de todas las economías de los Estados miembros, habrá grandes beneficios. Solo entonces, seremos capaces de competir con las mayores áreas industriales del mundo o las que vendrán.

Creo que una Federación Europea de esta naturaleza no debería obstaculizar o ir en contra del trabajo de la OTAN, cuyo ámbito de trabajo es mayor que el de una Federación Europea tanto geográficamente como funcionalmente. Allí donde sus trabajos se toquen o se solapen, debería ser sencillo conseguir ajustarlos.

El propósito de la OTAN es proteger ciertos intereses de la comunidad atlántica y no intereses comunes europeos.

Me gustaría decir algo sobre la participación de Gran Bretaña. Al unirse a la Unión Europea Occidental en 1954, Gran Bretaña manifestó su convicción de que algunos de sus intereses esenciales corrían en paralelo con los de las naciones continentales. Desde entonces, especialmente tras la crisis de Suez, los acontecimientos han probado que su convicción era correcta.

La actitud de Gran Bretaña tiene una importancia inmensa para el futuro de Europa. Deseo con todo mi corazón que su política continúe en la dirección que ha tomado en los últimos años. Estoy convencido de que no es una utopía creer en la posibilidad de establecer una Federación Europea próximamente. Tenemos ya tantas regulaciones separadas que podrían ser combinadas y hay tantos ámbitos que esperan soluciones comunes que creo que una institución viable podría asentarse en un futuro próximo.

(…) Me parece que en este trabajo de la integración europea, los europeos católicos deberían tener en cuenta que hay Estados que comprenden un total de 1.000 millones de habitantes que están siendo gobernados y dirigidos según principios deliberadamente ateos y que pretenden que la libertad del individuo, que está fuertemente enraizada en el espíritu del Cristianismo, no tiene relevancia en comparación con la omnipotencia del Estado.

Esta dominación sobre 1.000 millones de personas constituye un peligro extremo y real para el pensamiento y los sentimientos cristianos. Que deberíamos unirnos frente a las amenazas es un precepto no solamente de autoconservación sino del sentido común.

Voy terminando: he intentado poner de relieve mi noción sobre los requisitos y posibilidades de la unificación europea. He intentado describir no solamente la seriedad de la situación sino también su lado esperanzador. De nosotros depende extraer las conclusiones necesarias. El poder de la razón por sí mismo no basta. Dice un conocido refrán: “los pensamientos más grandes nacen del corazón”. Nosotros también debemos dejar que el pensamiento de una Europa unida nazca de nuestros corazones si se ha de materializar. No porque la unidad de Europa sea una cuestión de emociones, de sentimiento, sino en el sentido de que solo un corazón firme, dedicado a una gran tarea, puede darnos la fuerza de cargar con las dificultades que nuestra razón reconoce. Si encontramos esta fuerza, entonces deberemos hacer justicia a todas las necesidades que he mencionado. Deberemos, entonces, completar el gran proyecto de unificación que necesitan cada una de nuestras naciones, Europa y el mundo entero”.

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