Tengo a la vista el discurso, en lengua catalana, con que el alcalde de Barcelona se dirigió a S. M. el Rey dándole la bienvenida de su llegada a la ciudad condal, y el discurso con que S. M. le contestó, en lengua española.

El alcalde le dice: «Permitidme que os dirija la palabra en nuestro idioma propio, ya que por medio de él damos toda expresión a nuestro sentir y de él nos servimos los hijos de la tierra catalana para dirigirnos a Dios y a nuestros seres más queridos.»

Alto aquí. Primero, nuestro idioma. ¿Nuestro?, de quiénes. Lo dice más abajo: de los hijos de la tierra catalana. Pero es que el alcalde de Barcelona no representa a los hijos de la tierra catalana, sino a los vecinos de Barcelona, muchos de los cuales no son catalanes, y los vecinos de Barcelona, representados por el alcalde, saben todos español, y no todos saben catalán.

«Nunca más oportuno –sigue diciendo– que en estos momentos, en que deseamos que nuestro afecto y nuestras aspiraciones lleguen sin las mixtificaciones que exige la traducción de nuestro pensamiento…»

¡Alto de nuevo! Esto es una de tantas pedanterías catalanistas. ¿Con que los diputados catalanes mixtifican su pensamiento al traducirlo al español en el Parlamento? Pedantería pura. Porque una de las muchas pedanterías catalanistas es la de pretender que en español no saben decir bien lo que piensan y quieren. ¡Y tan bien como lo dicen!… Sobre todo, cuando hay que pedir.

Un poeta mallorquín, y poeta de verdadero mérito, que durante años estuvo cantando en castellano, se puso a cantar en su lengua de la infancia así que entró en edad más que madura; y decía, para explicarlo, que cantó en castellano mientras tuvo avaricia de lágrimas –la frase, como de poeta, es muy linda–; pero así que sintió la necesidad de dar voz a intimidades, tuvo que hacerlo en su lengua íntima. Acaso haya otra explicación, y es que si hubiera obtenido la fama y renombre que apetecía, y tal vez merece, cantando en castellano, habría seguido en él. Es cuestión de público.

Mas vengamos a la contestación al alcalde que el Gobierno de S. M. ha hecho leer a éste. En la tal contestación se le ha hecho decir que le son igualmente gratas al oído todas las lenguas nacionales, pareciéndole cada vez preferible la expresión que mejor conserve la intimidad ingenua de los corazones que siente cercanos al suyo.

Nos sorprende que haya hecho decir tal cosa a S. M. el Rey el señor presidente de su Consejo de Ministros, que es, además, académico de la Real Academia Española. ¿Lengua nacional? En España no hay más que una, y es la lengua española o castellana. ¿Lengua nacional el catalán? ¿De qué nación? ¿De la española o de la catalana?

No; la única lengua nacional de España es la lengua española; la única lengua, lengua íntegramente española, y, además, lengua internacional, lengua mundial. En ella pronuncia sus discursos el señor presidente del Consejo de Ministros, y no en la lengua de su infancia, no en su lengua materna, no en mallorquín.

Bien están las aspiraciones del pueblo catalán, y ojalá tuviera este pueblo los anhelos de expansión, de imperialismo que algunos de sus hijos quieren con noble empeño infundirle.

Detesto a los retraídos, a los abstinentes, a los que rehúsan o temen influir en los demás, imponerse a ellos. El cogollo de mi ética es que cada uno debe tratar de sellar a los otros con su sello, esforzarse por apartarles del camino que llevan, para traerles al de él. El que así no obra, o es un egoísta o es un incapaz. El que trate sólo de salvar su alma, la perderá, y el mejor modo de salvarla es tratar la salvación de los demás. Y esto se trata imponiéndose uno a ellos. Si mi hermano camina, ciego, a un abismo, mi deber es desviarle de su senda, aun a la fuerza. El inquisidor es más caritativo que el anacoreta.

Y nada aborrezco más que al anacoreta que, encubriendo, so capa de escéptico, su egoísmo y su avaricia espiritual, exclama: «¿Y sé yo acaso cuál es el mejor camino? ¿Sé yo si es él o soy yo quien va a peor? ¿Sé yo si es salvación lo que creo abismo?» Con los que así dicen no nos queda sino lo del Dante: mirarlos al pasar, sin hablar de ellos. Si cada cual en su casa, Dios falta de la de todos.

Y lo que digo de los hombres tomados individualmente, digo también de los pueblos.

Aquí, en España, cada región debe esforzarse por expansionar el espíritu que tenga, por dárselo a las demás, por dar a éstas el ideal de vida civil pública que tuviere, y si no le tiene, acaso no lo adquiera sino buscándolo para darlo; por sellar a las demás regiones con su sello. El deber patriótico, y aun más que patriótico, humano, de Castilla, es tratar de castellanizar a España y aun al mundo; el de Galicia, galleguizarla; andalucizarla, el de Andalucía; vasconizarla, el de Vasconia, y el de Cataluña, catalanizarla.

¿Es que los catalanes se proponen de cierto catalanizar a España? ¡Ojalá! Pero su acción, hasta ahora, y pese a voces aisladas, es puramente defensiva y puramente política, esto es, egoísta y mezquina, no es ni ofensiva ni cultural. Esfuércense por catalanizar a España y a Europa y hasta al mundo, por darles su ideal de vida civil y cultural, y lo adquirirán para sí mismos –ya que hoy no le tienen– y serán salvos.

No le tienen, no, porque la desorientación política y cultural no es en Cataluña menor que en el resto de España, digan lo que quieran los que juzgan del fuego por el humo. ¿Quieren orientarse? ¿Quieren tener ideal? Traten de darlo a los demás, de exportarlo.

Esfuércense en ello. Pero, al esforzarse, caerán bien pronto en la cuenta de que tienen que hacerlo en español, en lengua española, en la única nacional, no sólo de España, sino de una veintena de naciones desparramadas por el mundo todo, en la lengua hispano-americana, lengua mundial.

¿Quieren catalanizar a España? ¿Quieren catalanizarse a sí mismos? ¿Quieren hacer cultura? Pues tendrán que hacerlo en español, en la lengua en que escribieron Boscán, Campmany, Balmes, Milá, Piferrer, Pí y Margall…, en la lengua en que hoy hacen labor de cultura política Maragall, Oliver, Zulueta…

No conozco nada más soberanamente ridículo que ese menguado intento de traducir El criterio, de Balmes, al catalán. ¡Si fuese siquiera El liberalismo es pecado, de Sardá y Salvany, que nunca debió ser escrito en otra lengua!… Tal intento equivale a intentar poner a Renán en bretón, o a Burke en irlandés, o a Thiers en provenzal, porque estas tres lenguas tuvieron también sus literaturas y hubo tiempos en que reflejaron civilizaciones.

El alcalde de Barcelona recordaba a S. M. el Rey que en su reciente visita a tierras extranjeras habrá podido observar en alguna de ellas regiones pertenecientes al mismo Estado expresándose en lenguas diferentes, sin que esto quebrante ni atenúe en lo más mínimo la cordialidad de relaciones que entre las mismas deben existir. Se refería, sin duda, al imperio austro-húngaro. ¡Vaya un modelo! ¡Vaya un modelo de nación ese Estado corroído por odios intestinos y sobre el cual no hay otro principio de unidad que un espíritu de sombrío reaccionarismo! ¡Vaya un modelo Austria! ¡Sólo eso nos faltaba: austricizarnos! ¡Después de lo que debemos a todos esos funestos Austrias! Sólo nos faltaba que en Barcelona hubiera dos Universidades: una en que se explicara en castellano, y otra, en catalán, como hay dos en Praga, donde estudiantes checos y alemanes de lengua se vienen a las manos por cualquier futesa. A ver si en Francia, en Alemania, en Inglaterra o en Italia se da así la beligerancia a las lenguas regionales; a ver si al presidente de la República francesa se le dirigen en provenzal o en bretón; al kaiser, en plattdeutsch o en polaco, y al rey de Inglaterra en galés.

Y si me hablan de Suiza, Suiza no es una nación, sino una Confederación de naciones, y España no puede ser federal; las colmenas no retrogradan a corales. En ninguna nación una, como es España, pasaría cosa tal. ¿Es acaso político buscar un éxito pasajero al jefe del Estado con mengua de la augusta majestad de la lengua nacional?

En esta cuestión de la lengua nacional hay que ser inflexibles. Cobren toda la autonomía municipal y provincial que quieran, puertos francos, libertades y privilegios y fueros de toda clase; pero todo lo oficial en español, en español las leyes, en español los contratos que obliguen, en español cuanto tenga fuerza legal civil, en español sobre todo y ante todo la enseñanza pública en sus grados todos.

La Iglesia puede y debe adoctrinar a cada cual en su lengua materna, pues que trata de salvarle el alma, y para eso no hace falta cultura; pero el Estado, que es y debe ser ante todo un órgano de cultura, debe imponer la lengua de cultura. Y de cultura moderna no hay más que una lengua en España: la lengua nacional, la española.

Y no sólo por razón de estricta justicia, ya que darle valor oficial al catalán sería tanto como obligar injustamente a que lo aprendan a los vecinos de Cataluña no catalanes y a los que allí enseñan y administran justicia o negocios públicos, sino también en bien de ellos, de los catalanes.

En bien espiritual de Cataluña, en bien de su mayor cultura, hay que mantener la oficialidad irrestringida e incompartida de la lengua española, de la única lengua nacional de España. Al sentimiento, siempre respetable, le queda como asilo y refugio la literatura. En catalán canta, y canta egregiamente, Maragall; pero cuando ha tenido que hacer a su modo política, la ha hecho casi siempre en español, y en un español muy fogoso y muy sabroso.

Eso de que los catalanes no acierten a expresarse bien en español, es una pedantería de muchos de los catalanes mismos y de no pocos castellanos inficionados de ese pestilente casticismo, que es una de las mayores plagas de la lengua y lo que más impide su difusión. Y la lengua española ganará con llegar a ser la de los catalanes todos, porque, al hablarla, le dan su espíritu y nos la ensanchan por dentro.

Y tal vez sea en español cómo Cataluña haya de llegar a descubrir lo más hondo de sus honduras espirituales, así como Prusia no las ha descubierto en lituanio, sino en alemán, y acaso Provenza en francés, más que en provenzal. Si Cataluña quiere traducirse y quiere traducir España al europeo, lo tiene que hacer en español, que es su lengua futurista, la de su porvenir. Hablar de futurismo en catalán es un contrasentido; en catalán puede cantarse añoranzas íntimas y hablar arqueológicamente de ideales de tiempo del rey D. Jaime o de Raimundo Lulio; pero no de vida civil del porvenir. No se puede hablar bien de futurismo en una lengua del siglo XV; para hablar de eso está el español, que ha vivido vida civil, europea, moderna, en los cuatro grandes siglos, del XVI al XX, en los siglos del Renacimiento, de la Reforma y de la Revolución, siglos durante los cuales la lengua castellana, la lengua española, civilizó a Cataluña.

Sí, la civilizó; es decir, la liberalizó. Porque la civilización catalana moderna es española y liberal, es, en cuanto a la lengua, castellana. En español aprendieron Ciencias y Filosofía y pensamiento moderno. Su catalán mismo, su lengua regional, el que hablan, y no ese producto galvanizado en que escriben algunos eruditos y escritores profesionales, a los que el pueblo entiende mal, su lengua regional corriente y moliente, es un catalán castellanizado. Y no se descastellaniza con ridículas medidas que se adoptan por votación en un Congreso de la Lengua, cuyo espíritu director, el apóstol Mosén Alcover, no parece tener idea de lo que es una lengua viva. No; cuando quieren pedir algo que valga, tienen que pedirlo en español, y cuando tienen que influir en el propio pueblo, no en los pedantes del renacimiento de la vieja lengua, escriben en el parlar municipal de La Veu de Catalunya, que como catalán es un catalán detestable. Es decir, excelente, porque es el catalán vivo y corriente, castellanizado, en vías de fundirse en el español, como lo está ya casi del todo el valenciano.

A esta gran lengua internacional y mundial, a la lengua española, a la única lengua nacional de España, convergen los verbos de muchedumbre de pueblos desparramados por el mundo todo; a ella convergerá el catalán. Es nuestro más preciado tesoro común.

¿Que el castellano es una lengua dura? –Según quien la pronuncie–. ¿Que es pobre en sonidos? Mejor; la perpetuidad de Velázquez depende de su sobriedad de colores. ¿Que es enfática? ¿Y qué? ¿Que es…? Tonterías de pedantes, que en ninguna parte faltan, y en unas se dan más que en otras, y de literatos condenados a no ser cosa alguna ni a encontrar aplauso y eco sino expresándose en la lengua casera, la del comedor y la alcoba.

Bien, muy bien está guardar cariño a la lengua en que primero se pidió de comer al padre y en que se hizo el amor a la novia; pero no es en esa en la que se puede hacer el amor al mundo ni pedirle civilización. «Es la lengua en que nos dirigimos a Dios», dice a S. M. el Rey el alcalde de Barcelona, como si fuese el catalán la lengua en que se dirigen a Dios todos los vecinos de Barcelona, catalanes y no catalanes, por él representados; «es la lengua en que nos dirigimos a Dios». Pero, aparte de que Dios nos oye mejor el silencio que la palabra, pues con ésta tratamos de encubrir nuestro pensamiento ante Él, el Rey no es Dios, como el Estado no es la Iglesia, ni la cultura es la religión. No puede haber más que una lengua para dirigirse pública y oficialmente al jefe del Estado, que es órgano de cultura, y esta lengua es la lengua de cultura, la única lengua de cultura moderna que hay en España, su única lengua nacional, la lengua española.

Por algo aplauden esa beligerancia concedida a la lengua catalana los antiliberales del resto de España. Sí; la lengua española es vehículo de liberalismo, como lo es todo lo que une y relaciona íntimamente los pueblos. El ideal de ciertas gentes sería cada pago con su lengua rústica, en la que el cura les predicase, y luego el latín litúrgico como lengua universal de los doctores de la Santa Madre Iglesia, de los que sabrán responder aquello que no se nos ha de preguntar a nosotros, que somos ignorantes.

Dejo de lado, claro está, todo lo que toca a esa archirridícula disputilla escolástica, puramente verbal, de si el catalán es dialecto o lengua. Es discusión que no cabe ya sino entre mentecatos, lo mismo los que sostienen una cosa que los que sostienen la otra, pues no se trata sino de cuestión de nombres. Dialecto o lengua es igual; como no vayamos a hacer cuestión capital de las cuestiones de nombres, cosa nada extraña en un país de frases, en que se inventa el mote ese de futurisme para una especial retórica política en catalán. Tradúzcanlo al español, si quieren exportarlo. Y si no lo exportan, será todo menos futurismo; será siempre preteritismo. Dejen, por amor a la cultura, el catalán para las pastorales del señor obispo de Vich, que no carecen, por cierto, de unción y de fuerza. Pero, ¿futurismo en catalán…?

Y ante el peligro que para la cultura, tanto como para la patria y aún más, implica el que se haya consentido que el alcalde de Barcelona se dirija en lengua regional al jefe del Estado español, y el peligro que implica el que se le haya hecho a éste llamar lengua nacional a la que de ninguna nación lo es hoy día, pues que España, gracias a Dios, no es todavía el imperio austro-húngaro, ante esto tienen qua unirse todos los verdaderos futuristas, todos los amantes de la cultura, para defender la augusta majestad de la lengua española.

Miguel de Unamuno

 

Fuente | Proyecto de filosofía en español