Señor Presidente:

Confieso que hoy no apruebo del todo esta Constitución, pero no estoy seguro, señor, de que nunca la apruebe; porque habiendo vivido largo tiempo, he podido observar que en muchas ocasiones me he visto obligado, debido a una mejor información o a una consideración más detenida, a cambiar de opinión, aún en asuntos de gran importancia que un día creí justos y después tuve que abandonar como erróneos. Por esto, cuanto más viejo me hago, más aprendo a dudar de mi propio juicio sobre los demás.
En realidad, la mayoría de los hombres, lo mismo que la mayoría de las sectas religiosas, se creen en posesión de la verdad pura, y piensan que todos los que difieren de ellos están en el error. Un protestante, Steele, en una dedicatoria, le dice al Papa que la única diferencia entre nuestras dos iglesias sobre las opiniones de la veracidad de su doctrina, es que la Iglesia Romana es infalible y que la Iglesia de Inglaterra nunca se equivoca.

Pero, aunque muchas personas particulares piensan casi tan elevadamente de su propia infalibilidad como de la de su secta, pocos la han expresado tan naturalmente como aquella señora francesa que en una pequeña disputa con su hermana, le dijo: “Yo no me he encontrado con nadie más que conmigo que tenga siempre razón” (“Je ne trouve que moi qui aie toujours raison “).

Pensando de este modo, señor, acepto esta Constitución con todas sus faltas… si podemos considerarlas como tales; porque yo creo que un Gobierno general es necesario para nosotros y cualquier forma de Gobierno puede ser una bendición para el pueblo si se administra bien; y creo también que una buena administración dura unos cuantos años solamente y al fin termina en despotismo (como han terminado otras formas antes); porque el pueblo se corrompe de tal manera que es necesario un gobierno despótico. Dudo, también, que ninguna otra Convención que podamos lograr sea capaz de hacer una Constitución mejor; porque cuando se reúnen varias personas y juntan su sabiduría, juntan también todos sus prejuicios, sus pasiones, sus errores, sus intereses locales y sus egoísmos. ¿Puede esperarse de tal conjunción una obra perfecta? Por esto me asombra, señor, encontrar casi perfecto este sistema; y creo que asombrará también a nuestros enemigos, que aguardan confiados a que alguien les diga que nuestros consejos son una torre de Babel y que nuestros Estados están a punto de separarse para juntarse de aquí en adelante tan sólo para degollarse los unos a los otros. Así, pues, señor, apruebo esta Constitución, porque no espero nada mejor y porque casi estoy seguro de que es la mejor. La crítica que he hecho de sus errores la sacrifico al bien general. Jamás diré una sola palabra de esta crítica fuera de aquí. Dentro de estos muros han nacido y dentro de estos muros morirán. Si alguno de nosotros, al volver a nuestros Constituyentes, les cuenta las objeciones que él ha puesto y se esfuerza en sostenerlas para ganar partidarios, impedirá que sea bien recibida en general y hará que pierda por lo tanto sus efectos saludables y las grandes ventajas que resulten naturalmente en nuestro favor, lo mismo entre las naciones extranjeras que entre nosotros, de nuestra verdadera o aparente unanimidad. Mucha de la fuerza y eficacia de un gobierno, al intentar y asegurar la felicidad del pueblo, depende de la opinión, de la opinión general que se tiene de la bondad de este gobierno, lo mismo que de la sabiduría e integridad de sus gobernantes. Espero, por lo tanto, para nuestro beneficio, para beneficio del pueblo, y para beneficio de nuestros descendientes, que nos conduzcamos leal y unánimemente al recomendar esta Constitución hasta donde llegue nuestra influencia, y hacer que nuestros futuros pensamientos y nuestros esfuerzos se acomoden a dirigirla bien.

En resumen, señor, no puedo menos de expresar mi deseo de que todos los miembros de la Convención que quisieran aún hacer alguna objeción, se acojan un poco conmigo en esta ocasión a la duda de su propia infalibilidad y que para manifestar su unanimidad pongan su nombre en este instrumento.
[1] Cuando en 1.787 se convocó en Filadelfia una asamblea general de todos los Estados libres de la América septentrional para dar más energía al gobierno de la Unión, revisando los artículos de la Confederación y corrigiendo algunos de ellos, el doctor Franklin, a pesar de tener entonces ochenta y dos años, fue nombrado diputado por el Estado de Pensilvania, y en calidad de tal firmó la nueva acta constitucional, aprobada por los Estados Unidos. El discurso que pronunció Franklin en esta ocasión y que aquí se publica, es un monumento admirable de prudencia y de moderación política.