Sufrió en su alma y por su pueblo las consecuencias de la Utopía social, narrando desde la cárcel y el exilio, entre la metáfora y la realidad, los fallos del sistema soviético. Y creó una Ucronía desde el exilio para reconstruir su Rusia natal, entre el nacionalismo y el comunitarismo, ante la miseria y la desigualdad que sacralizaba el sistema capitalista. Solzhenitsyn fue, en su vida y su obra, reflejo del destino histórico deseado para un pueblo, desde el recuerdo de la legendaria soberanía cosaca y desde un método científico convertido en literatura.

Prefacio

Tanto sufrimiento para nada. Después de padecer la represión de la soñada nueva era soviética en primera persona, la transición a la democracia había resultado, en su opinión, un fracaso. Del gobierno de los burócratas insensibles al gobierno de los oligarcas insensibles, de la utopía ultrasoviética de Leonid Ilich Brézhnev a la utopía ultracapitalista de Borís Nikoláievich Yeltsin. Tras años de exilio, el sueño de la nueva Rusia devenía en pesadilla.

Aleksandr Isáyevich Solzhenitsyn [1918-2008], historiador y escritor de formación científica, siempre resistió a la Utopía, siempre fue disidente. Preso en un gulag entre 1945 y 1956, tras recibir el Premio Nobel de literatura fue expulsado de la URSS en 1974. Sus obras, censuradas por el régimen, narraron las miserias de un sistema iluminado que quiso callarlo: Archipiélago GulagUn día en la vida de Iván DenísovichAgosto de 1914 y Pabellón del cáncer{1}; y en esos años de persecución, enfermo y vigilado, inventó en sus páginas casi clandestinas la ucronía de la libertad perdida, de una libertad siempre crítica, siempre en peligro. A su regreso a Rusia tras el derrumbe del régimen, rechazó a contracorriente el utópico camino occidentalizador, máscara del capitalismo más salvaje, denunciando la destrucción de las raíces históricas del país más grande de la tierra; y en este periodo reclamó ucrónicamente, nada más desembarcar en Vladivostok, la vuelta a las raíces, a una democracia verdadera, comunitaria, orgánica que devolviera a su pueblo un camino propio y singular.

1. La resistencia a la Utopía

Lo que constituye nuestra mayor felicidad también nos hace débiles{2}, y Solzhenitsyn lo comprobó en primera persona. Hijo de un terrateniente cosaco de Rostov del Don, se graduó en física y matemáticas en la Universidad federal del Sur, y sirvió en el Ejército soviético hasta 1945 (participando en la Batalla de Kursk). Pero ya en ese mismo año sufrió su primera condena en la futura Kaliningrado (la germana Königsberg), al descubrirse varias de sus cartas a un amigo en las que comentaban las mejores condiciones de vida de los granjeros occidentales (que contemplaba en su avance por territorio alemán) y criticaba las decisiones totalitarias del gobierno (del “bigotudo Stalin”). Fue condenado a ocho años, primero en varios centros de la conquistada Prusia Oriental, después en Lubyanka, sede la KGB en Moscú, y posteriormente en Sharaska, centro de investigación científica para presos políticos bajo la Seguridad del Estado (ante sus enormes conocimientos y facultades){3}. Años donde comenzó su epopeya vital, perdiendo siempre lo que más amaba: su libertad, su país, e incluso a su esposa Natalia Alekséyevna Reshetóvskaya (que le abandonó tras la publicación de sus obras más críticas).

En esta época redactó su primera obra, El primer círculo (publicada en 1968), donde narraba su experiencia en las diferentes cárceles y en los diversos centros de trabajo durante su período de internamiento, y con aquellos presos acusados de mantener excesiva relación con los extranjeros o los enemigos, todos ellos encerrados en el que denominó como el infernal “primer círculo de Dante“. Trasladado al durísimo campo de trabajo de Ekibastuz (Kazajistán) en 1950, tras varios años como minero y albañil se le detectó un cáncer del que fue operado pero que volvió a reproducirse. Experiencia que inspiraría su novela Pabellón del cáncer (1967){4}.

Cumpliendo su “destierro a perpetuidad“, Solzhenitsyn fue enviado posteriormente a vivir a la lejana Kok Teren, donde fue profesor de primaria entre 1953 y 1956. Liberado y rehabilitado en 1956, pudo vivir en Riazán y Vladímir donde nuevamente dio clases de matemáticas, escribiendo su impactante Un día en la vida de Iván Denísovich; una novela corta profundamente realista, inicialmente conocida como SCH-854 (placa de identificación del protagonista) en la que el preso Iván fabulaba sobre el “gran día” que había pasado en Gulag (entre la rutina y la fiebre). Gracias a la ayuda del poeta y editor Aleksandr Tvardovsky, su trabajo fue publicado en la revista literaria de mayor impacto el país, Novy Mir, en 1962 superando la censura gracias a la intervención de Kruschev y convertida en un superventas; pero llegó a ser tan popular que fue prohibida dos años después y la candidatura de Solzhenitsyn fue retirada del Premio Lenin (tras la caída del mismo Kruschev). A este auténtico best seller le siguieron las censuradas obras Nunca cometemos errores (1963) y Por el bien de la causa (1964), donde magistralmente diseccionaba la esencia del régimen comunista; aunque final y temporalmente recibió el permiso para la publicación de Pabellón del cáncer (1969){5}.

Su éxito y su libertad hicieron que fuera expulsado de la Unión de escritores soviéticos en 1969. Tras denunciar la sistemática censura a la que estaba siendo sometido, Solzhenitsyn recibió el Premio Nobel de literatura el año siguiente, que no recogió en Estocolmo para evitar que las autoridades soviéticas le impidieran volver{6}.

Comenzó a terminar su inmortal Archipiélago Gulag, tras entrevistar a 256 supervivientes de los campos de trabajo soviéticos desde su fundación, que atribuía a Lenin; mezclando sus recuerdos y los testimonios recogidos, hechos históricos y ficción demasiado veraz, recreó ese mundo que todos sabían y todos decían desconocer. Apoyado por el compositor Mstislav Rostropovich, fue publicada su primera parte en 1973 (en una editorial parisina), siendo acusado de “traidor y hitleriano” por Pravda, lo que provocó que la KGB le detuviera y torturara a su secretaria Elizaveta Voronyánskaya, que finalmente se suicidó por ahorcamiento{7}. Y así, y por ello, comenzó su novela de la siguiente manera:

“Con el corazón oprimido, durante años me abstuve de publicar este libro, ya terminado. El deber para los que aún vivían podía más que el deber para con los muertos. Pero ahora, cuando pese a todo, ha caído en manos de la Seguridad del Estado, no me queda más remedio que publicarlo inmediatamente”{8}.

Detenido y acusado de traición el 12 de febrero de 1974, al día siguiente fue expulsado del país; tras ser privado de la ciudadanía soviética se exilió en la República federal alemana (con residencia en Frankfurt), a la que nunca se aconstumbró. En 1975 publicó Archipiélago Gulag 2 y tres años más tarde Archipiélago Gulag 3; y en su posterior exilio norteamericano realizó dos ensayos de enjundia, El roble y el ternero y El peligro mortal; además recibió el prestigioso Premio Templenton.

Tras años infelices en su último refugio norteamericano (que sintió como una gran cárcel consumista), en 1990 terminó su gran novela al más puro estilo tolstoiano, La Rueda roja, tetralogía sobre la Revolución rusa iniciada en 1984 (Agosto de 1914Octubre de 1916Marzo de 1917 y Abril de 1917), justo cuando se desmoronaba su primera “gran cárcel”, el gran Gulag por donde pasaron millones de personas a las que uno de sus presos más famosos nunca quiso olvidar:

“Dedico este libro a todos los que
no vivieron para contarlo,
y que por favor me perdonen por
no haberlo visto todo,
por no recordar todo,
y por no poder decirlo todo”{9}.

2. La Ucronía necesaria: volver a las raíces

Tras años de soledad interior y exterior, se acercó a los teóricos del nacionalismo ortodoxo ruso al comprobar la “falsa” realidad liberal occidental de primera mano, y a la que nunca se llegó a acostumbrar. Y pensando en Cómo reorganizar Rusia (1990) tras el fin de la URSS, regresó a su patria; en 1994 llegó en tren a la portuaria y antigua ciudad restringida de Vladivostok, siendo recibido como un auténtico héroe. Pero nunca dejó de ser crítico con el poder y con la realidad. Ya en 1967 escribía proféticamente que “no tengo ninguna esperanza en Occidente, y ningún ruso debería tenerla. La excesiva comodidad y prosperidad han debilitado su voluntad y su razón” {10}.

Alexandr Solzhenitsyn se preguntaba en El problema ruso: al final del siglo XX (1995) sobre el destino de su país ante la recién llegada democracia occidental. Frente a un Occidente que carecía de recursos morales y espirituales para resistirse a su propia decadencia, Rusia debía recuperar su tradicional y verdadera forma de gobierno y administración a nivel local, la única capaz de fundar una democracia real desde sus cimientos en plena armonía con el alma rusa. Una democracia orgánica y comunitaria basada frente al ficticio “poder del pueblo” otorgado por las elites, como supuestamente se había ido reconociendo en las “repúblicas periféricas”, y que había llegado a su país:

“La segunda consecuencia de la quiebra del comunismo en la URSS debiera haber sido –como se afirmó al fragor de aquellos días de agosto– el inmediato advenimiento de la democracia. ¿Pero qué democracia puede crecer súbitamente en un terreno donde ha habido totalitarismo durante setenta años?”{11}.

Pero no se había creado ese “poder local vivo y sin ligaduras”, al seguir mandando los “mismos jerifaltes comunistas locales” que ahora se proclamaba democráticos; un poder ligado a nuevas elites que miraban más a la otrora odiada América que a unas provincias aisladas sin voz ni voto. Con ellos se había sacralizado el mercado todopoderoso, dominado por grandes oligarquías apoyadas por el Fondo Monetario Internacional y gestionadas por Gaidar{12}; y que aprovecharon de la extrema liberalización en una nación sin tradición competitiva, para pisotear a las pequeñas empresas domésticas, que eran las únicas capaces de hacer subsistir al país, y justificar la extrema pobreza ciudadana provocada por reformas que no estimularon la producción, sino solo permitieron la rapiña de los recursos:

“Los miembros de la nomenklatura comunista, que ya empezaron a prepararse en tiempos de Gorbachov, han sabido componérselas para reciclarse como perfectos “demócratas”, sin los sufrimientos que han experimentado los cimientos vivos del país”{13}.

Todo ello ayudó a la catástrofe demográfica. Sin certezas ni esperanza, Rusia caminaba hacia la rápida extinción. Solzhenitsyn recordaba que en 1993 la mortalidad superaba a la natalidad en ochocientas mil personas, los suicidios crecieron hasta representar una tercera parte de las muertes no naturales, y se produjeron 14,6 muertes por cada mil personas, un veinte por ciento más que en 1992. Un panorama donde:

“Las personas, desesperadas, no comprenden para qué sirve vivir y para qué sirve traer nuevas vidas. Si en 1875 en Rusia una mujer tenía por término medio siete hijos, si antes de la segunda guerra mundial en la URSS la cifra era de 3 y hace cinco años de 2,17 niños, ahora ésta es ligeramente superior a 1,4. Nos estamos extinguiendo”{14}.

Este diagnóstico, la “Gran Catástrofe Rusa”, concluía en una crisis casi terminal de la conciencia nacional rusa{15}, como escribía en su ensayo Rusia bajo los escombros (1992). Una catástrofe alentada por la división entre “una enorme masa en las provincias, en las aldeas y una minoría occidentalizada que habita las ciudades”. Para Solzhenitsyn el grave “problema ruso” a finales del siglo XX se manifestó, terminalmente con la “ola de nivelación monótona y trivial entre culturas, tradiciones, nacionalidades y caracteres” que disolvía las peculiaridades patrias y acaba con toda convivencia común, tal como señalaba en Los invisibles (1992). Una “desgracia” identitaria derivada de la automática desintegración de la URSS, realizada:

“siguiendo las falsas fronteras trazadas por Lenin, de manera que Rusia se vio privada de regiones enteras. En unos pocos días perdimos a veinticinco millones de rusos étnicos –el dieciocho por ciento de los rusos– y el gobierno de Rusia no tuvo coraje ni siquiera para denunciar este horrible hecho, esta colosal derrota histórica de Rusia ni tampoco para manifestar políticamente su desacuerdo, aunque sólo fuera para establecer el derecho a algún tipo de negociación futura”{16}.

Pero no se podía perder la esperanza. El maestro Solzhenitsyn aportaba una solución: “lo que nosotros necesitamos es salvar también nuestro carácter, nuestras tradiciones populares, nuestra cultura nacional, nuestro camino histórico”; para ello soñaba con recuperar las viejas asambleas comunitarias o zemsky sobor (земский собор). Esta proclama partía no desde el fallido materialismo progresista, ni siquiera del desarrollo social moderno; germinaba desde una nueva educación, una escuela patria para que los “hijos de un pueblo ya degenerado salgan educados en un espíritu moral”. Esta era la misión: “nuestra amarga experiencia nacional contribuirá, en caso de nuevas condiciones sociales inestables, a prevenirnos contra fracasos funestos“. Por ello se debía edificar una verdadera “Rusia moral”, tomando como referente esas viejas y apartadas provincias, granero de “alimento espiritual” y con personas “moralmente sanas”, recuperando el viejo ascendente cristiano de la nación tras décadas de opresión y sumisión:

“Han pasado dos siglos y medio y sigue postergado entre nosotros él nunca emprendido proyecto de Salvación del pueblo que nos legara P.I. Shuválov. Hoy no hay para nosotros nada más importante. Este –y no otro– es el “problema ruso” al final del siglo XX”{17}.

El patriotismo es un sentimiento, pleno y tenaz, de amor a la patria y a la propia nación, a las que debe servirse sin ser servil ni respaldar pretensiones injustas y siendo sinceros en la valoración de sus vicios y pecados”. Solzhenitsyn dejó esta necesidad del patriotismo como valioso legado para las siguientes generaciones{18}, como vía intermedia entre la dictadura del Partido y la dictadura del Mercado, desde la inevitable fraternidad comunitaria y tradicional, ya que “uno nunca debe dirigir a las personas hacia la felicidad, porque la felicidad es también un ídolo del mercado. Uno debe dirigir hacia ellos el afecto mutuo“.

Pero esta vía, para Solzhenitsyn, solo podía eclosionar en un pueblo orgulloso de sus raíces y de su identidad, en este caso la rusa. Por ello defendió la unidad fundamental de las tres ramas de los pueblos eslavos orientales (bielorrusa, ucraniana y rusa), históricamente separadas por “la invasión de los Mongoles y la colonización polaca“. “Todos juntos hemos surgido de la atesorada Kiev“, desde la cual “comenzó la tierra rusa” al reunificar posteriormente “a los grandes rusos, a los rusos blancos y los pequeños rusos” protegidos de la “expansión del catolicismo”. Los ucranianos, a su juicio, habían sufrido mucho durante la URSS, pero ese no era motivo para la separación ni para “arrebatar a Rusia las partes que no eran parte de la antigua Ucrania como Novorossia, Crimea, Donbás y áreas que llegaba prácticamente hasta el Mar Caspio{19}.

Era evidente que el antiguo Imperio no podría recuperarse. Para Solzhenitsyn la desintegración y división “del mundo ruso” vino de la mano de una URSS que impuso un sistema de dominación basado en lo “no ruso“, y que aprovechó su final para romper el destino común en beneficio personal de las élites herederas. Y el caso de su querida Ucrania era el ejemplo palmario de ese gran desastre geopolítico y humano que denunció años más tarde Putin: “la separación actual de Ucrania significaría cortar los lazos de millones de familias y personas“, acabar con “la mezcla de poblaciones” y situar a los rusos como minorías o extinguiendo su identidad, ya que “muchas personas no podrán elegir entre las dos nacionalidades” por su origen étnico mixto o “por matrimonios mixtos que hasta ahora nunca fueron considerados mixtos“; e incluso podría conllevar en el futuro conflictos y enemistades identitarias que hasta ahora no se habían producido{20}.

Galardonado en 2006 con el Premio estatal de la Federación rusa, se había convertido en el gran referente intelectual y espiritual de la nación rusa. El 3 de agosto de 2008 falleció en Moscú, fue enterrado junto a su admirado historiador Vasili Kliuchevski [1841-1911] en el cementerio del monasterio Donskói de Moscú, como meses ante solicitó{21}. El presidente Vladimir Putin, que siempre se reconoció como su alumno, homenajeó a Solzhenitsyn en el Kremlin un año antes, en una ceremonia donde subrayó como había dado “prácticamente toda su vida a la Patria“, pero sobre todo, como su programa para Rusia estaba “en gran medida, en sintonía con lo que Solzhenitsyn había escrito{22}.

Y en este Programa reconocía el testamento intelectual dejo una misión: recuperar la “autoridad” en clave rusa o Gosudarstvo (Государство). Un poder orgulloso que dominaba a la comunidad (общегеографическим) como pretendida unión orgánica, material y espiritualmente. “Aquí radica la originalidad singular del destino histórico de Rusia”, proclamaba Solzhenitsyn. Ante su lejanía del humanismo latino occidental del periodo renacentista, “Rusia desempeñó un papel absolutamente único y propio{23}. Su Renacimiento vino con la etapa cultural marcada por el tardío “fenómeno Pushkin”; pero este fue un momento breve “que no llegó a ser determinante en el destino del espíritu ruso”; a su juicio “las creaciones del espíritu ruso han partido siempre del dolor y del sufrimiento; en la base de nuestra literatura hubo siempre un sentimiento de compasión, un anhelo de redención de los pecados del mundo y un ansia de salvación” de Gógol, Dostoyevski o Tolstoi, frente al “espíritu gozoso del Renacimiento y del humanismo”. Como sus maestros Ilyin o Berdayev, Solzhenitsyn reivindicaba la singularidad del “alma rusa”, de su identidad soberana con una misión específica, descubrir algo peculiar en el progreso: “el destino final de la historia”.

“En cuanto a Occidente, no hay esperanza; es más, nunca debemos contar con él. Si conseguimos la libertad, sólo nos la deberemos a nosotros mismos. Si el siglo XX comporta alguna lección para con la humanidad, seremos nosotros quienes la habremos dado a Occidente, y no Occidente a nosotros: el exceso de bienestar y una atmósfera contaminante de sinvergonzonería le han atrofiado la voluntad y el juicio” {24}.

 

Notas:
{1} Jorge Traver, “Aleksandr Solzhenitsyn, un Nobel en el gulag”. Qué leer, nº 218, 2016, pp. 80-83.
{2} Aleksandr Isaevich Solzhenitsyn, Ego, seguido de En el filo. Página Indómita, 2016, p. 22.
{3} Javier Huerta Calvo, “El Nobel Solzhenitsin (1918-2008): el coloso que aceleró el fin de la Rusia soviética”. Leer, Año 24, nº. 196 (oct.), 2008, Ejemplar dedicado a: La muerte del “Nobel” Solzhenitsin (1918-2008), pp. 18-28.
{4} Joseph Pearce, Solzhenitsyn. Un alma en el exilio. Ciudadela Libros. 2007.
{5} Alejandro San Francisco, “Alexander Solzhenitsyn: 90 años de historia”. Humanitas: revista de antropología y cultura cristiana, Año 13, nº 52, 2008, pp. 694-710.
{6} Jean Meyer, “Solzhenitsyn”. Istor: revista de historia internacional, Año 11, nº 42, 2010, pp. 82-95.
{7} Aleksandr Isaevich Solzhenitsyn, Lucía Gabriel y Vladimir Lamsdorff, Archipielago Gulag, 1918-1956: ensayo de investigación Plaza & Janés, 1976.
{8} Aleksandr Isaevich Solzhenitsin, Archipiélago Gulag: 1918-1956. Círculo de Lectores, 1976.
{9} Aleksandr Isaevich Solzhenitsin, Archipiélago Gulag. Plaza y Janés, 1974, pp. 6 sq.
{10} Aleksandr Isaevich Solzhenitsin, El colapso de Rusia. Espasa Calpe, 1999.
{11} Aleksandr Isaevich Solzhenitsin, El “problema ruso” al final del siglo XX. Tusquets editores, 1995, pp. 35-40.
{12} Ídem, pp. 80 sq.
{13} Ídem, pp. 85 sq.
{14} Ídem.
{15} Ídem.
{16} Ídem.
{17} Ídem.
{18} Ídem.
{19} Robert Coalson, “Is Putin ‘Rebuilding Russia’ According To Solzhenitsyn’s Design?”. RadioFreeEurope, 01/09/2014.
{20} Ídem.
{21} Aleksandr Isaevich Solzhenitsin, “Reflexiones en la víspera del siglo veintiuno”. En Nathan P. Gardels (ed. lit.), Fin de siglo: grandes pensadores hacen reflexiones sobre nuestro tiempo, 1996, pp. 4-15.
{22} Peter Eltsov, “What Putin’s Favorite Guru Tells Us About His Next Target”. Politico, 10/02/2015.
{23} Así señalaba que “no hemos vivido el Renacimiento mismo. A nosotros no nos fue dado experimentar la alegría del Renacimiento, entre nosotros nunca existió un verdadero pathos por el humanismo, ni hemos sentido jamás aquel goce ante el libre despliegue de las desbordantes energías creadoras. La gran literatura rusa, que es la creación más importante de que podemos enorgullecemos frente a Occidente, no tiene nada de renacentista en su inspiración”. Alexandr Solzhenitsyn, El problema ruso: al final del siglo XX. Barcelona, Tusquets Editores, 1995, pp. 10 sq.
{24} Ídem.

 

 

Fuente | Sergio Fernández Riquelme | El Catoblepas · número 181 · otoño 2017 · página 10